Ontologismo II. Ontologistas.
En el sentido estricto y riguroso del término, son ontologistas Nicolás Malebranche y Vincenzo Gioberti. Gérmenes de o. se encuentran como una constante intelectual en la historia del pensamiento filosófico desde Platón, y preferentemente en la línea ondulante del platonismo. Para no ceder a la fácil tentación de vislumbrar virtualidades de o. en filósofos, místicos o teólogos a los que no cuadraría con justeza semejante
atribución, convendrá distinguir con pulcritud las distintas tesis que comprende el o. descubriendo el núcleo fundamental o esencial que es la clave del sistema (v. I).
l. Épocas antigua y media. En un aspecto demasiado amplio puede ser considerado como ontologista Platón (v.). La razón para esta atribución se encuentra en la primacía ontológica del mundo ideal, y en la hipóstasis de la idea de "Bien", en la que Platón cifra la fuente de las idealidades y de la realidad. El platonismo (v. PLATÓNICOS; NEOPLATÓNICOS) descubre en su desarrollo una predisposición ontologista, que se manifiesta en los filósofos medievales de la línea agustiniana y buenaventuriana, como ha sugerido Gilson a lo largo de su obra Espíritu de la Filosofía medieval. En esta línea platónica, el primero al que cabe otorgar el título de ontologismo, sin reticencias, es Marsilio Ficino (1433-99) con su Theologia platónica. Las afirmaciones de Ficino: "Dios es el principio de nuestra inteligencia, el medio y el fin de la misma" y "Deum dicere possumus formam, quae neque haeret, neque f ormat, neque f ormatur" o Dios es la causa omniforme, no sólo de las cosas, sino de las formas de las cosas en acto (M. Schiavone, o. c. en bibl., p. 193 y 213), son tesis que concuerdan con las fundamentales que se leen en Malebranche o en Giobérti.
El argumento a simultaneo de S. Anselmo (v.), con el que aspira a pasar en forma inmediata de la idea de Dios a su realidad basándose en que la idea de Dios implica y supone la necesidad de su existencia, no engloba necesariamente a su autor entre los ontologistas, ya que en la doctrina del Proslogion no aparece que Dios sea la Idea, el Ente o el objeto del conocimiento intuitivo originario. Si falla el postulado que considera la presencia inmediata de Dios como conciencia de la inteligencia humana, y, por tanto, prerrequisito inteligible para cualquier prueba posterior de su existencia y de la de las criaturas, no se puede hablar con rigor de ontologismo. Tampoco está fundada la atribución de o. a Eunomio (m. 395), discípulo y secretario de Aecio (m. 367), aunque las frases transmitidas por Sócrates en su Historia Eclesiástica (11,7: PG 67) suenen como las de un o. "avant la lettre". La polémica antinicena de Eunomio es restrictivamente teológica, y su pensamiento filosófico le adscribe al más simple nominalismo y al agnosticismo, como se aprecia en S. Basilio en su Adversus Eunomium (PG 29), y ha comprobado en su estudio sobre el tema A. Benito y Durán (o. c. en bibl.). Análogas apreciaciones cabe establecer frente a la pretensión de adscribir a los Begardos y Beguinas (v.) al o.
Considerar a S. Agustín (v.) o a S. Buenaventura (v.) como ontologistas peca de excesiva precipitación. No puede ser considerado ontologista un pensador como S. Agustín que encuentra a Dios "en la verdad", para concluir que esa verdad, "sin Dios" presente en ella, no sería la verdad. En rigor de expresión, S. Agustín no ve todas las cosas en Dios, sino que "concluye" que a Dios sólo se le ve en Dios. Todas las frases agustinianas, incluso la que dice que Dios es el principio del conocimiento (De Civ. Dei, VIII, IV y IX), resuelven su sentido correcto en una ontología viviente, en una gnoseología de la vida del espíritu, que no excluye sino que exige la labor interior del alma a través de la mente. Tampoco parece que puedan emparejarse con el o. los filósofos y teólogos árabes que, siquiera sea verdad que admitan una presencia ontológica de Dios o de su esencia en el entendimiento humano, comienzan y concluyen por universalizar el entendimiento de los hombres, univocando no sólo su naturaleza, sino también la universalidad de su singularidad.
2. Época moderna. El influjo de Malebranche (v.) y la fascinación de su estilo, de su pensamiento y de su vida fueron sencillamente extraordinarios. En la Congregación del Oratorio prendió el espíritu de su doctrina, hasta el punto de que muchos de los más celebrados oratorianos (v.) pueden ser considerados ontologistas. Uno de ellos es L. Thomassin (1619-95); aunque su mérito histórico pertenezca a la Teología, y sus obras revelen una erudición amplísima, continuador del método positivo de Petavio (v. MODERNA, EDAD III, 4-5), en las tesis especulativas de orden filosófico admite y defiende el innatismo de los primeros principios y una cierta visión inmediata de Dios por intuición, dando por válido el argumento ontológico de S. Anselmo. Ontologista es B. Lamy (1640-1715), también oratoriano, distinto del benedictino de la misma época, y también ontologista, F. Lamy. Su o. tiene una base moral, influido por Platón y por S. Agustín; según Lamy, sin Dios como principio moral intuido directamente, la moral y los deberes carecerían de consistencia. Las persecuciones que hubo de sufrir (murió desterrado en Ruán) por sus contaminaciones cartesianas no le impidieron glosar la obra moral de su maestro espiritual Malebranche. Los dos, Thomassin y B. Lamy, compensan, aunque sólo en parte, las posiciones adversas al o. sostenidas por A. Arnauld y por el jesuita P. de Valois. Contaminaciones ontologistas respira también el oratoriano André Martin (1621-95), que aparece en la historia del o. con el seudónimo de Ambrosio Víctor, después de ser condenadas por la Iglesia sus tesis, aunque entre ellas figuren algunas que no son precisamente ontologistas.
Los ontologistas, mirados con sospecha creciente por la Iglesia, recibieron un impulso en la obra del card. f. S. Gerdil (1718-1802). Su o. es producto de una reacción contra el jansenismo (v.) y de una evolución de las ideas cartesianas en la línea de Malebranche. Es un o. que se percata de las dificultades que presenta la tesis fundamental de Malebranche y se esfuerza por darle un sentido ortodoxo o aceptable. Nosotros, admite, vemos todas las cosas en Dios? pero no por ello vemós la esencia perfectísima divina. Lo que nos es permitido contemplar o asir por intuición inmediata es la esencia divina "en sus relaciones con las creaturas". Lo qué vemos de Dios es la semejanza inteligible de las cosas, e incluso para llegar a esta intuición inmediata ha de preceder un intenso esfuerzo de conciencia y de reflexión.
Para comprender el penetrante influjo del o. en la historia de la filosofía del s. xix hay que tener presente lo que supuso como reacción frente al iluminismo de la Ilustración (v.) y como oposición al sensismo (v.). Aunque no sean coincidentes, el o. es un aliado de la filosofía realista tradicional (v. REALISMO), porque ambos representan la defensa de las ideas universales y eternas sobre la elaboración psicologista ro la reducción asociacionista.
El ontologista que puede ser considerado, con Malebranche, como prototipo del sistema es V. Gioberti (v.). De menor aliento es F. A. A. Hugonin, (1823-98), aunque sus ideas se desarrollaron con una preocupación apologética que las suavizaba en fa expresión; en efecto, renunció a ellas antes de ser consagrado Obispo de Bayeux.
La inspiración ontologista prendió en la Univ. de Lovaina (v.), aunque mezclada con tesis de claro matiz tradicionalista. Es un o. escolar, si cabe la expresión, y académico, pero que ejerció un gran influjo, y al que un Decreto del Santo Oficio del 18 sept. 1861 denunció como erróneo, resumiéndolo en siete proposiciones (Denz.Sch, 2841-2847), tachadas de o. Antes, en 1843, la Sagrada Congregación del índice, tomándolas de la Teodicea de G. C. Ubaghs (1800-1875), señaló como revisables cinco tesis de sabor tradicionalista-ontologista. A título de catálogo nominal merecen citarse, como ontologistas académicos, además de Ubaghs, de quien escribe Ceferino González "que puede considerarse como el jefe de esta escuela ontológica" (Historia de la Filosofía, 2 ed., IV,367): el autor de la Déjense de 1’Ontologisme, Fabre D’Envieu, y Claessens, Miiller, Laforet, Brancherau, así como las Instituciones philosophiae theoreticae del jesuita Francisco Rothenflue. Los profesores de Lovaina contaban con un órgano de expresión: la "Revue Catholique". El o. de Lovaina encontró en A. Lepidi (1838-1922), un debelador implacable; profesor durante diez años en Lovaina, inauguró la enseñanza con su obra Examen philosophicumtheologicum de ontologismo, y como maestro dominicano del Sacro Palacio Apostólico, más tarde, no dio descanso a su pluma.
La adscripción al o. de A. Rosmini (v.) y de A. f. A. Gratry (v.), ha sido invalidada por la crítica. Sobre Rosmini cualquier atribución ontologista sólo puede basarse en un desconocimiento de la bibliografía más reciente, y sobre Gratry en la interpretación abusiva de algunos textos y del espíritu del Oratorio. No parece correcta la exoneración de o. a Gratry basándola en que "está a cien leguas del error ontologista de Rosmini", como argumenta J. Marías (La filosofía del P. Gratry, 271), pues es cabalmente Rosmini el que denuncia como inaceptable la tesis ontologista con trazos más inequívocos que Gratry.
3. Época contemporánea. Los filósofos contemporáneos se muestran muy sensibles a la constante o. que recorre la historia de la filosofía cristiana, particularmente en Francia y en Italia. En Italia, por haber sido los pensadores tenidos por ontologistas defensores o paladines del "Risorgimento" (v.), y en Francia como reacción al cientificismo (v.) que recorre en oleadas intermitentes el pensamiento francés. Ontologista es P. Carabellense (18771948), cuyo o. ha sido calificado por él mismo de o. crítico. La preocupación por el ser, como constitutivo de la conciencia y del pensar, y la presencia de Dios en la conciencia como el ser que la sustancia de alguna manera, le nació a Carabellese de la lectura de Rosmini en sus estudios de doctorado en la Univ. de Roma en 1905; aunque la "Idea" de Rosmini pierde en su comentarista algunas de sus esencialidades, como la trascendencia del ser de la que dimana, y la luz en la que se funda y determina el ser de la objetividad.
Aunque pudiera resultar abusivo sumergir en la corriente ontologista a los representantes de la "Philosophie de FEsprit", es evidente que en alguno se advierten los matices más sutiles del o. malebranchiano. Contribuyen a esta toma filosófica de posición no sólo los esfuerzos especulativos de sus autores, sino también la experiencia humana, vivida intensamente como tensión teocéntrica, y la reacción anticientificista en un intento de restauración de la persona humana amenazada trágicamente. En L. Lavelle (1883-1951; v.) la filosofía del espíritu, y para él no cabe otra filosofía propiamente dicha, pone al descubierto una especie de "complicidad" entre el Ser y el hombre, en la que Dios se presenta agustinianamente como tan íntimo a mí como yo mismo. El o. de Lavelle se expresa en un estilo muy actual, hasta el punto de señalar que, en una experiencia honda, el Ser es la conciencia de mí mismo. La trascendencia del Ser, en la que consienten Lavelle, R. Le Senne (1882-1954; v.) y los espiritualistas cristianos de la "Philosophie de 1’Esprit", no les exime de considerar al Ser como inmanente. En la noción de participación (v.), momento esencial en el pensamiento de Lavelle, Dios es siempre el que llama y el que se ofrece como primario y originario, también en el orden del conocimiento, transportando la intuición bergsoniana de la "duración" a la agustiniana y malebranchiana de "lo eterno" (V. ESPIRITUALISMO).
Desde una perspectiva experiencial, Gabriel Marcel (n. 1899; v.) puede ser contado entre los filósofos con relieves ontologistas. El "misterio ontológico", misterio en el que el hombre se encuentra implicado, revela la presencia en mí, y no sólo ante mi, del ser; pero de un ser no aprehendido por el esfuerzo racional, sino presupuesto en cualquier experiencia o para cualquier razonamiento válido. Desde este ángulo de consideraciones, cabe atribuir cierta carga de o. a los filósofos del fideísmo (v.) y a los existencialistas cristianos, comenzando por Sóren Kierkegaard (1813-55; v.), aunque esta apreciación crítica no impida que Kierkegaard rechace el argumento ontológico con palabras expresas, y que desconfíe del sentimentalismo fideísta, puesto en circulación por su contemporáneo F. Schleiermacher (1768-1834). El o. de la experiencia mística (v.), y el intuicionismo (v.) de Dios que se lee en las descripciones místicas del estado religioso como tacto o contacto directo, "transformada" el alma en Dios, no autoriza a considerar a sus autores como ontologistas, en el sentido formal del término con que lo emplea la filosofía desde Malebranche y Gioberti.
A. MUÑOZ ALONSO.
BIBL.: La indicada en I, y en los arts. MALEBRANCHE y GIOBERTI. Además, para el o. italiano: S. SCImÉ, Il trionfo dell’ontologismo in Sicilia: G. Romano, Mazara 1949; sobre el P. Giuseppe Romano (1810-78), su o. y la polémica con los jesuitas, V. DI GIOVANNI, II P. Giuseppe Romano e 1’ontologismo in Sicilia sulla metí¡ del sec. XIX, Palermo 1859. Hasta 1950 el libro de G. BONAFEDE, citado en el art. anterior I, informa cumplidamente sobre los ontologistas italianos; sobre los de Lovaina el estudio, también citado en I, de HENRY. Sobre el pretendido o. de Eunomio: A. BENITo Y DURÁN, El nominalismo arriano y la filosofía cristiana. Eunomio y San Basilio, "Avgvstinvs" V (1960) 207-226. Sobre Ficino: M. SCHIAVONE, Problemi Filosofici in Marsilio Ficino, Milán 1957.
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