Nominalismo I. Estudio General.
Caracterización y formas del nominalismo. Por n. se entiende en Filosofía aquella doctrina según la cual los conceptos universales no serían más que nombres, con los cuales se designarían meras colecciones de individuos concretos (v. CONCEPTO; UNIVERSALES). Según esta noción general, puede verse que el problema del n. está involucrado en cuestiones gnoseológicas, metafísicas, psicológicas, etc., rozando, a su vez, con la gama de interpretaciones que cada una de estas tendencias manifiesta: conceptualismo, intuicionismo, abstraccionismo, idealismo y realismo.
En una primera aproximación, podríamos diferenciar, para mayor claridad, entre realismo, conceptualismo y nominalismo. El realismo (v.) reconoce que hay una correspondencia entre las ideas y la realidad extramental, bien porque afirme que nuestros ideales corresponden a un mundo ideal de formas, bien porque sostenga que las ideas son abstraídas de las realidades concretas. El conceptualismo (v.), por su parte, niega la existencia de tal correspondencia entre las ideas y la realidad en cualquiera de los grados en que la sostiene el realismo y reduce todo a conceptos mentales o ideas abstractas de la mente (y no de la realidad). El n. se opone a todo lo anterior, no sin hacer sus correspondientes matizaciones. Así, podemos distinguir un nominalismo absoluto, el cual afirma que tanto los nombres que designan a las cosas como las cosas mismas concretas, son todos concretos y nada más. El nominalismo exagerado, llamado también en ocasiones terminismo, sostiene que no existe ni las entidades ni los conceptos de la mente abstractos: los conceptos abstrac
tos quedan reducidos a puros nombres comunes cuya función es la de designar a diversos grupos de entidades concretas (el n. absoluto, negaba incluso el carácter de "comunes" a esos nombres substitutivos de.los conceptos). El nominalismo moderado defiende la no existencia de entidades abstractas y la existencia de entidades concretas. La línea demarcatoria entre el conceptualismo y el n. moderado, como puede apreciarse, queda un tanto desdibujada a la hora de aplicarla históricamente a autores determinados.
Desde una perspectiva filosófica de fondo el n. deriva positivamente, de una insistencia en el singular concreto, y, negativamente, de un olvido de la realidad del conocimiento como unidad entre sujeto cognoscente y realidad conocida. Gnoseológicamente lleva así al escepticismo (v.) y relativismo (v.). Antropológicamente el n. desemboca en un voluntarismo (v.) y en una ética de la pura acción, ya que al haber perdido el carácter unitivo del conocimiento no tiene otro camino para romper el aislamiento del sujeto que la acción por la que incide en el mundo.
De modo general, y sin pretensiones de establecer una ley histórica, podemos decir que a todo movimiento de tipo racionalista o idealista y, en menor grado, a todo periodo de fuerte tensión metafísica ha seguido un periodo de n. ligado más o menos a una especie de escepticismo. El hecho no deja de tener su lógica interna. Las filosofías racionalistas o idealistas llevan a la postre a un abstraccionismo y a una pérdida de contacto con la realidad; una metafísica realista no tiene ese riesgo, pero sí puede provocar un centrarse de la atención en las cuestiones más radicáles y un cierto olvido de otros temas. Por reacción entonces la especulación se vuelve hacia la gramática, la lingüística y, en último extremo, hacia los nombres, con el consiguiente desplazamiento de las cuestiones metafísicas y de la consideración puramente racional y conceptual de lo real. El escepticismo que surge ante toda aquella problemática es natural y la crítica se realiza a nivel del vocabulario, lengua y términos empleados en la especulación anterior. Así acontece, en parte, con el movimiento sofístico, tras los primeros balbuceos del despertar de la filosofía griega; con la Stoa y epicureísmo, tras los sistemas de Platón y Aristóteles; con el n. del s. XIV (v. 2) después de toda la especulación filosófico-teológica medieval; con el empirismo que sucede al racionalismo cartesiano; con el positivismo posterior al idealismo; con el neopositivismo tras la fenomenología y la filosofía existencial.
El nominalismo en la Antigüedad y en la Edad Media. Aunque la presentación manualística de la Historia de la Filosofía otorga un papel de primer plano y exponga la temática propia del n. al hablar de la Edad Media (y al actuar así no carece de razones, ya que en esa época el tema fue tratado con particular viveza), la preocupación por el lenguaje y las tendencias nominalistas son, como hemos apuntado, muy anteriores. Ya los sofistas (v.) se preocupan por el nombre, a propósito de la educación y la retórica. Protágoras (v.), apoyado en Heráclito, afirma la inestabilidad de lo real; la consecuencia es que sólo podemos conocer lo que impresiona nuestros sentidos, de donde deriva un escepticismo y un relativismo que anula cualquier concepción universalista y absoluta de lo real. La palabra (v.), tanto para Protágoras como para Gorgias, es el único acceso posible a lo real individual y subjetivo. La problemática de los nombres es planteada por Platón y Aristóteles sacándola del contexto nominalista y dándole un sentido más amplio y veraz (v., p. ej., el Sofista de Platón, la Retórica y Categorías de Aristóteles, etc.). Por su parte, el estoicismo (v.), asentadas sus bases sensistas y su teoría del conocimiento, del "término", de la ratio y de la res, ponen las bases para un posible n. Igualmente podemos decir del epicureísmo (v.).
El n. adquiere un particular relieve -como decíamos- en la Edad Media y particularmente en el s. XIV. La reflexión filosófica sobre los nombres fue planteada, a los fines de la época patrística por Boecio (v.) en su comentario a la Isagogé de Porfirio, que legó así el problema a la Edad Media. Ya en ésta, la posición nominalista aparece con Adelardo de Bath (v.), para quien sólo existen los seres concretos y singulares, siendo los nombres los únicos medios de acceder a esos individuos por medio de su teoría de los respectus. Junto a él, aparece Roscelino (v.) para quien, negados los conceptos universales, éstos quedan reducidos únicamente a meros flatus voces. Se trataba de una reacción al realismo de S. Anselmo (v.) y Guillermo de Champeaux (v.). El problema medieval de los universales (v.), venía, por otro lado, condicionado por la temática teológica del momento y no por preocupaciones estrictamente filosóficas. Únicamente podría hablarse d una consideración del lenguaje, un tanto más desligada de la teología en los gramáticos especulativos medievales de los s. XIII y XIV (v.), preocupados por el establecimiento de los principios lógicos y comunes a todo idioma. En cualquier caso, el n. del s. XIV obedece a una temática muy amplia que afecta no sólo a lo filosófico y lo teológico sino también a lo social y lo político. Por su importancia, se dedica a este periodo un estudio aparte (v. II).
El nominalismo en la Edad Moderna y Contemporánea. Tras el racionalismo cartesiano surge un movimiento que directa o indirectamente lleva a un nominalismo. Así, Hobbes (v.) es el primero en subrayar la importancia del lenguaje y de la palabra; enraizado en una concepción sensista del conocimiento, se le presenta el pensamiento y los conceptos como algo evanescente; la palabra es la que fija e individualiza esos pensamientos, nos permite pensar por ella y con ella y nos hace accesible la comunicación a los demás por medio de los nombres y palabras. Con ello, el universal no es más que la acumulación de determinadas semejanzas observadas por los sentidos en un solo nombre; la verdad y falsedad residirá en esos nombres, y el pensamiento habrá de desarrollarse de acuerdo con determinadas y rigurosas reglas del lenguaje y de la lógica. Locke (v.) atenúa esta concepción mediante sus "ideas complejas" a las que luego se asigna un nombre. Pero es Berkeley (v.) y sobre todo Hume (v.) quienes reducen el universal y el concepto a lo concreto estrictamente y, aún más (en el caso de Hume), a meras asociaciones de imágenes sensibles dotadas de meros nombres, con ausencia total de conceptos universales, abstractos y espirituales. Todos ellos se basan en una visión empirista y sensista del conocimiento (v. CONOCIMIENTO I; EMPIRISMO; SENSISMO).
En el s. XX el n. adquiere la forma de neopositivismo o positivismo lógico, que al igual que el anterior positivismo (v.), se opone a todo tipo de Metafísica, a la que pretende sustituir por un saber lógico-lingüístico unificante de todo saber humano que constituiría la "verdadera ciencia de todas las ciencias". Para este nuevo n., que podríamos calificar de absoluto en términos generales, solamente existen hechos singulares experimentables que se expresan por medio de palabras. De ahí que sus propugnadores conciben su tarea de estudio de las bases de la ciencia, como un riguroso análisis de la lógica, de la sintaxis, del lenguaje, esquematizado éste en fórmulas y símbolos convencionales y conexionados entre sí por medio de reglas sintácticas y lógicas exactas. Este positivismo lógico arranca inicialmente del Círculo de Viena (v. CARO NAP; NEOPOSITIVISTAS LÚGICOS), que luego se ramifica e en diversas tendencias emparentadas con el análisis lingüístico, el estructuralismo, el pragmatismo, etc. (v. Voces
correspondientes).
De un modo general, podemos hacer las siguientes distinciones dentro del neopositivismo y su n. más o menos atenuado según las corrientes y en relación con la preocupación lingüística: 1) neopositivismo propiamente tal, el e cual centra su atención en la formalización del lenguaje: s Carnap, C. G. Hempel, etc.; 2) grupo de los analistas s ingleses -o emparentados con ellos- cuya aportación u más destacada es el análisis del lenguaje ordinario para
el logro de un método filosófico: Wittgenstein (v.), G. Ryle, etc.; 3) lingüística estructural (v. ESTRUCTURALISMo IV) con su pretensión de aplicar la metodología lino güística al campo de las ciencias humanas: F. de Saussure, L. Bloomfield, Jhelmeslev, N. Chomsky; 4) pragmatismo de tipo Ch. Morrin, para quien el lenguaje se caracteriza más bien como instrumento.
Los dos apartados siguientes empalman de una manera más o menos directa con problemas antropológicos y ontológicos: 5) antropologismo de M. Merleau-Ponty (v.) que, reaccionando contra el dualismo cartesiano, intenta hacer un estudio antropológico del lenguaje, es decir, del lenguaje humano a través del cuerpo-sujeto en su relación con el mundo y con los demás; algo similar realiza P. Ricoeur, sólo que desde un punto de vista más psicoanalítico; 6) interpretación ontológica del lenguaje: M. Heidegger (v.), el cual no rechaza de la metafísica, sino que por medio de la fenomenología y de la hermenéutica quiere llegar a nuevas interpretaciones de la misma, en ocasiones con ayuda del análisis lingüístico; 7) por último, cabría incluir el ámbito del formalismo ruso aplicado a literatura y poesía; Eukhembaum, Tinianov, Chkovsky, etc., e, influido por ellos, G. Dellavolpe.
V. t.: VERDAD; CONOCIMIENTO; NOMBRE Y VERBO; FACULTADES.
J. LOMBA FUENTES.
BIBL.: Para cada una de las épocas y autores reseñados, se remite a las bibl. de los artículos correspondientes. Para la época contemporánea, además de lo dicho, v.: H. SPITZER, Nominalismus und Realismus in der neusten deutschen Philosophie, Berlín 1876; A. VON MEINONG, Hume Studien Ir Geschichte und Kritik des modernen Nominalismus, Viena 1877; K. GRUBE, Ueber den Nominalismus in der neueren englischen und franzosischen Philosophie, Berlín 1890; H. FEATCH, Realism and Nominalism Revisited, Milwaukee 1954; M. DA PONTO ORVIETO, La unidad del saber en el neopositivismo, Madrid 1969; J. GREDT, Unsere Aussernvelt, Innsbruk 1921; J. DE VRIES, Pensar y ser, 4 ed. Madrid 1963; E. HuSSERL, Investigaciones lógicas, Madrid 1967; É. GILSON, La unidad de la experiencia filosófica, 2 ed. Madrid 1966.
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