Moderna, Edad III. Filosofia y Ciencias. 2
4. Filosofía y Teología, Derecho y Moral (siglos XVI y XVII). Con el nombre de "Segunda Escolástica", o también "Escolástica moderna", se suelen agrupar un conjunto de autores (filósofos y teólogos) de los s. XV al XVIII, que son los que mantienen en mayor altura los estudios filosóficos y teológicos. Los más destacados son los teólogos y juristas de Salamanca (v. SALAMANCA, ESCUELA DE; DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO VII).
Durante los s. XIV y XV tres corrientes filosóficas fundamentales se disputan la hegemonía en las Universidades europeas: tomismo (v.), escotismo (V. FRANCISCANOS IV) y occamismo (V. NOMINALISMO). La oleada nominalista, sin embargo, llegará casi a anegar a las otras dos, inmersas también en falta de rigor especulativo. En ese ambiente cultural se producirá el Renacimiento (v.) y el Humanismo (v.), que si en parte se ven favorecidos por algunos aspectos del movimiento nominalista, no tardarán en provocar una cierta reacción contra otros aspectos del mismo. El Renacimiento constituye, entre otras cosas, una crítica de las tradiciones vigentes, y una vuelta "a tiempos mejores", que no son sólo los de la cultura greco-latina; es también un intento de retorno a la sencillez evangélica y de recuperación de lo más valioso del pensamiento medieval. La crítica a la tradición vigente, en el plano del pensamiento, será para algunos un ataque a la Escolástica en general: por su garrulería, por su barbarismo literario, por su espíritu dialéctico, por su ocupación en cuestiones fútiles, etc.; pero ya es sintomático que Erasmo, Vives y tantos otros que participaron en estos ataques no se caracterizaran por su capacidad especulativa. Con más rigor, otros ejercerán esa crítica, distinguiendo entre los dichos defectos, característicos de la Escolástica decadente y del nominalismo, y los grandes valores de sus momentos cumbre: Cayetano (v.), Vitoria (V.) y Cano (v.) cuentan entre ellos.
La renovación metafísica y teológica no surgió en el Renacimiento a la defensiva; no fue un movimiento propiamente reactivo frente al humanismo renaciente. Fue más bien parte de este renacimiento, en intento de superación de la inmediata tradición nominalista. La vuelta a los clásicos es aquí un retorno a los grandes pensadores del s. XIII, y en especial a Santo Tomás de Aquino. Notable valor sintomático tiene el hecho de la sustitución de las Sentencias de Pedro Lombardo (v.) por la Suma Teológica de S. Tomás como base de las explicaciones de cátedra y de los Comentarios publicados por los profesores de la época. La eliminación de las cuestiones baladíes y el planteamiento riguroso de los grandes temas del momento (problemas de la libertad, de la relación Iglesia-Estado, de la soberanía, de la colonización, etc.) son índice también importante de la aceptación de la nueva situación histórica. Asimismo, la mejora del estilo literario es muy destacable.
El predominio del tomismo en la Escolástica moderna no excluye la existencia de otras corrientes. San Agustín, San Anselmo, Duns Escoto, Egidio Romano, etc., cuentan con seguidores y expositores de su pensamiento. Por otra parte, la aparición de la Compañía de Jesús, en cuyas Constituciones se reconocerá como maestro al Doctor Angélico, dará origen a una nueva escuela filosófico-teológica de notable influjo en sectores del pensamiento moderno.
La Escuela Dominicana. El último tercio del s. XIII se caracterizó, entre los dominicos, por una fuerte polémica en torno al pensamiento de S. Tomás. A lo largo del s. XIV y de la primera mitad del xv la resistencia antitomista irá cediendo hasta casi desaparecer. Juan Capreolo (v.; 1380-1444), priceps thomistarum, le dará el golpe de gracia. Precursor de la renovación filosófica y escolástica es también Pedro Crockaert (1470-1514); n.
en Bruselas, discípulo del nominalista Juan Mair en París, ingresó después en la Orden de Predicadores y se constituyó en restaurador del tomismo. Autor de varias obras, fue el primero que sustituyó las Sentencias por la Suma Teológica para las explicaciones de clase; Vitoria fue discípulo suyo en París, y editó sus comentarios a la II-11 (París 1512). Contemporáneo en España es Diego de Deza, n. en Toro en 1443 y m. en Sevilla en 1523; ayo y preceptor del único varón de los Reyes Católicos, canciller de Castilla, obispo de Zamora, Salamanca, Jaén y Palencia, y arzobispo de Sevilla, donde fundó en 1516 el Colegio de Santo Tomás. Durante varios años fue catedrático en la Univ. de Salamanca; son obras suyas: Defensorium Dr. S. Thomas Aquinatis... (Sevilla 1491); Novarum defensionum doctrinae Angelici Doctoris... super quatuor libros Sententiarum quaestiones profundissimae et utilissimae (ib. 1517, 4 vols.). Tanto en su enfoque como en su tratamiento de las cuestiones, Deza sigue de cerca a Capreolo. Los dominicos f. Hoogstraeten y A. Catarino, más polémicos, ya se han citado en el apartado anterior.
Las tres figuras más importantes de la Escuela Dominicana en el s. XVI son Francisco Silvestre de Ferrara (el Ferrariense, 1474-1526), Tomás de Vio Cayetano (1469-1534) y Francisco de Vitoria (1492-1546); los dos primeros llegarán a Maestro general de la Orden. El Ferrariense (v.) y Cayetano (v.) abordarán con particular vigor los problemas teoréticos en general, y especialmente los metafísicos; Vitoria (V.), como ya se ha dicho (v. 3), incidirá más en las cuestiones jurídico-políticas. Aún esforzándose por mantener la fidelidad al pensamiento de S. Tomás, admitirán en algún punto concreto la discrepancia. Por otra parte, en conexión con temas de su tiempo, matizaron aquel pensamiento en un sentido que conviene subrayar.
Santo Tomás había corregido el excesivo teocentrismo de la corriente agustiniana, a través, p. ej., de una adecuada distinción entre los ámbitos teoréticos de la Filosofía y la Teología, y también por medio de la valoración dada a las capacidades de las criaturas, que no son meros instrumentos pasivos sino causas eficientes. Pero no había intentado sistematización de una moral natural, que para él carecía de sentido en el mundo cristiano. Las polémicas con los escotistas y con los defensores del dominio universal del Papado -y también el espíritu del tiempo- llevarán a los tres insignes dominicos a un reforzamiento de la actitud de S. Tomás que les separa incluso, aunque por la parte opuesta, de él. Cualquiera que sea el juicio de valor sobre el asunto, no cabe dudar del hecho mismo: el Ferrariense, Cayetano y Vitoria, sin negar sentido a la Teología Moral, ponen las bases y estructuran la Ética individual y la Política sobre un criterio estrictamente natural. A partir de ellos el mundo cristiano habrá teorizado la base de un entendimiento con los pueblos no cristianos. Por eso podrá hablarse con razón de la escuela española del derecho natural, como signo distintivo, ya que hispanos serán, a partir de entonces, sus más cualificados representantes y tal doctrina será meollo y síntesis de la nueva actitud (V. DERECHO NATURAL; IUSNATURALISMO).
Contemporáneo de los tres grandes es el italiano Crisóstomo favelli (ca. 1470-1538). Profesó en la Univ. de Bolonia, y escribió numerosas obras, varias de ellas comentarios a las de Aristóteles y S. Tomás; quizá la más importante es Christiana philosophia seu ethica in octo partes divisa. Aunque aristotélico-tomista, defendió la moral platónica como más próxima al ideal cristiano. En polémica con los luteranos, anticipó en parte las posiciones del molinismo (v.). Discutió la tesis cayetanista de la no demostrabilidad racional de la inmortalidad del alma. Cronológicamente puede incluirse aquí a Bartolomé de Carranza (v.; 1503-76).
Discípulos de Vitoria fueron Domingo de Soto (v.; 1495-1560) y Melchor Cano (v.; 1509-60). La actitud de Cano ante la Filosofía resulta equívoca, pues por una parte infravalora cuestiones de cierta relevancia, y por otra incluye la Filosofía entre los "lugares teológicos". Soto, por su parte, cultivó ampliamente la problemática filosófica, y no llegó a superar del todo la línea occamista, en que se formó; en el plano jurídico-político, acentuó la actitud iusnaturalista de su maestro y subrayó la igualdad sustancial de los pueblos, al margen de sus diferencias religiosas.
Hay que citar aquí a Bartolomé de Medina (v.; 15281580), discípulo de Cano, que alcanzó gran fama como moralista. Tomás de Mercado (m. 1575), se formó en Salamanca y enseñó en la Univ. de México; fue un buen conocedor y expositor de la Lógica y un agudo observador de la economía, apreciando ya la riqueza fundada en la producción, la industria y el comercio (v. MÉXICO VI, l).
Discípulo de Melchor Cano fue también Domingo Báñez (v.; 1528-1604), el teólogo más profundo y completo de la escuela salmantina, que contribuyó poderosamente a la imposición del cayetanismo entre los tomistas. Es un claro exponente del enfrentamiento teológico con la escuela jesuita que caracteriza al pensamiento dominicano durante todo el barroco. En el plano filosófico, conviene destacar la radicalidad con que Báñez plantea la distinción entre esencia y existir, que está en la base de la comprensión de la causalidad eficiente, y que él sitúa en la raíz de su teoría de la predeterminación física, fundamento metafísico de la teología de la gracia.
Otros nombres son: Diego Mas, n. en Villarreal (Valencia), estudió en Salamanca, y explicó Filosofía y Teología en la Univ. de Valencia; m. en 1608. Entre sus numerosas obras se cuentan Metaphysica disputatio de ente et eius proprietatibus... (Valencia 1587); Commentaria in Porphyrium et in universam Aristotelis Dialecticam... (ib. 1592); Commentaria in VIII libros Physicorum... (ib. 1599). Juan Sánchez Sedeño, n. en Martín Muñoz de las Posadas (Ávila), y fue profesor en las Univ. de Santiago de Compostela y Salamanca; m. en 1615. Publicó una obra de Lógica (Salamanca 1600); escribió además un comentario a la Metafísica de Aristóteles, todavía inédito. Blas Verdú de Sans n. en Cati (Valencia) y enseñó en la Univ. de Valencia; m. en 1625. Obras suyas son Disputatio de rebus universalibus (Valencia (1593); Opuscula philosophica (Tarragona 1598); Commentaria in Logicam Aristotelis (Barcelona 1614); etcétera. Francisco de Araújo, n. en Verín (Orense) hacia 1580, fue catedrático en la Univ. de Salamanca y obispo de Segovia; m. en Madrid en 1664. Publicó, entre otras obras, un comentario a la Suma Teológica, y otro a la Metafísica de Aristóteles; es considerado por algunos precursor del molinismo (v.).
Mención aparte merece f uan de Santo Tomás (v.; 1589-1644), una de las más importantes figuras de la Filosofía del s. XVII. Su Cursus philosophicus y su Cursus theologicus, modernamente reeditados, constituyen una impresionante síntesis filosófica y teológica, tras la reelaboración, defensa, apertura a nuevos horizontes y matizaciones de que fue objeto el tomismo a lo largo de dos siglos. Será punto de partida de buena parte de los tomistas y metafísicos del s. XX. Son de destacar susobras de Lógica, también modernamente muy estudiadas y apreciadas.
Entre otros nombres del s. XVII citemos también: Juan Martínez de Prado n. en Valladolid, y m. en 1668. Son obras suyas: Controversiae metaphysicales Sacrae Theologiae (Alcalá 1649); Quaestiones Philosophiae naturalis... (ib. 1651); Super tres libros de anima (ib. 1651); Quaestiones logicae in tres libros distributae (ib. 1649); etc. Antonio Goudin (1640-1695) escribió Philosophiae thomistica iuxta inconcussa tutissimaque D. Thomae dogmata (4 vols., Lyon 1672); y f. B. Gonet (1616-81) el famoso Clypeus Theologiae Tomistae (5 vols., Colonia 1671).
A lo largo de todo este proceso, el prestigio y la fama de S. Tomás se han reforzado hasta un nivel al que no llega ningún otro de los pensadores cristianos. En la polémica con los jesuitas se ha acentuado la distinción real entre la esencia y el existir, pero más de una vez esa distinción ha sido explicada de tal forma que pone de manifiesto una concepción de la misma más dialéctica que metafísica. Se profundiza en muchas cuestiones, aunque no siempre en fidelidad al pensamiento del Doctor Angélico. Los derechos de la razón, subrayados y defendidos por el propio S. Tomás, han sido llevados por sus seguidores un paso más allá, que a veces está cerca del racionalismo.
ANTONIO DEL TORO.
Escuela jesuita. La formación filosófica y teológica de los jesuitas se hizo en contacto con los maestros dominicos; así conocieron a S. Tomás, y desarrollaron una escuela filosófica y teológica más o menos rigurosa, a veces en polémica con los dominicos.
Entre los primeros jesuitas cultivadores de la Teología y de ciencias filosóficas merecen especial mención: el ya citado como escriturista card. Francisco de Toledo (v.), pero también filósofo y teólogo, con renombre en el campo de la Lógica que compendió bien; B. Pererio o Perera (1535-1616) que escribió sobre todo de filosofía de la naturaleza y fue muy apreciado por Galileo que le citaba a menudo; el conimbricense Pedro de Fonseca (1548-97) que hizo el primer proyecto del luego famoso y difundido Curso Conimbricense (1592-1606) de filosofía, aunque no llegó a redactarlo (v. CONIMBRICENSES), y autor de varios comentarios a Aristóteles que ejercieron gran influjo en el protestantismo aristotélico de Alemania. Lema característico de estos autores, aun en plan de comentar a Aristóteles, fue el de que siempre es la razón la que tiene que decidir lo que debe aceptaise o rehusarse en Filosofía; sin embargo, hay en ellos endeblez metafísica y gnoseológica, por falta de una síntesis de principios.
Jesuita famoso fue Luis de Molina (1536-1600) que desencadenó la ruidosa polémica sobre la concordia de la gracia con la libertad, cuestión teológica que lleva implicados el tema metafísico de la interrelación de la acción divina con la de la creatura y otros temas antropológicos (v. MOLINA Y MOLINISMO). Ya se ha citado antes al card. Roberto Belarmino (v.; 1542-1621), notable teólogo, con destacadas aportaciones a la eclesiología, a la cuestión de las relaciones Iglesia-Estado, y otros puntos controvertidos por los protestantes, y autor de valiosas y acertadas observaciones en la polémica y proceso de Galileo (v.). Al también citado Gregorio de Valencia (v.; 1549-1603), qu sigue el método de Cano sobre los lugares teológicos y que fue defensor de la ortodoxia de Molina, se puede añadir el de Gabriel Vázquez (v.; 1549-1604). De los polemistas y controversistas mencionados en el apartado anterior (v. 3), también son jesuitas Pedro Canisio (v.), A. Possevino (v.) y M. Beccanus (v.). Muy conocido es el erudito historiador Juan de Mariana (v.; 1536-1624), prof. de Teología en Roma, Palermo y París, que escribió también De rege et regis institutione (Toledo 1599) donde plantea abiertamente la cuestión de la resistencia a la tiranía.
Mención aparte ha de hacerse de Francisco Suárez (v.; 1548-1617), teólogo, filósofo y jurista, cuyas obras ejercieron variado influjo en amplios sectores católicos y protestantes. Sus monumentales Disputationes metaphysicae constituyen la primera y más vasta sistematización de la Metafísica que se ha escrito. Recoge todas las cuestiones, con una gran erudición y quizá excesivo eclecticismo escolástico-tomista, que quiere buscar la verdad en cualquier parte que se encuentra. En la primera parte trata del ser en general y de sus causas; en la segunda de los diversos entes existentes. Con acierto, pues, no separa la Ontología de la Teodicea; pero muchas de sus conclusiones resultan discutibles, sobre todo en Metafísica la no distinción real entre esencia y existencia de las creaturas, y en Gnoseología resulta oscura la producción de la inteligibilidad de los conceptos y el valor necesario y universal de las ciencias. Por eso puede decirse que, "más que en gnoseología y metafísica, Suárez fue verdaderamente grande én la ciencia del derecho" (C. Giacon, en C. Fabro, Historia de la Filosofía, o. c. en bibl., 1, p. 584). Su tratado De legibus ha sido "fuente de inspiración y motivación para la filosofía del derecho, para la doctrina del Estado, para la primacía de la democracia, para el derecho internacional" (ib.).
Alumno de Suárez y de Belarmino fue Leonliard Lessio (v.; 1554-1623), luego prof. en la Univ. de Duoai y Lovaina; seguidor de la doctrina molinista, fue acusado de pelagiano por los jansenistas; escribió obras de teología, apologética, moral y ascética. Dionisio Petavio (v.; 1583-1552) fue teólogo y patrólogo. Juan Lugo (v.; 15831660) fue autor de obras teológicas, de moral, y trató también cuestiones de derecho. Juan Martínez de Ripalda (v.; 1594-1648) es conocido sobre todo por su obra de gran envergadura De ente supernaturali (4 vols.) que comprende importantes cuestiones teológicas y filosóficas.
Aparte de otros nombres que podían citarse, mencionemos, ya en pleno s. XVII, a Sebastián Izquierdo (160-181) que, al igual que Lulio, influiría en Leibniz. Su Pharus scientiarum revela parecidas preocupaciones a las de Lulio (v.): incorporar a la Filosofía, sobre todo a la Lógica, los conocimientos de otras ciencias. Propugna también un arte universal o ciencia de las ciencias hecha de conceptos generalísimos con método combinatorio y matemático. Más moderado y realista que Lulio, Descartes, Spinoza y Leibniz, reconoce que dicha ciencia no basta para alcanzar todas las verdades y cuestiones que han de ser investigadas por ciencias inferiores o particulares. También en el s. XVII hay que mencionar a Silvestre Mauro, n. en Spoleto 1619 y m. en Roma 1687, filósofo y teólogo, claro expositor, cuyas obras, sobre todo aristotélicas han servido en la renovación filosófica hecha por los neoescolásticos (v.) del s. XIX.
Otros autores. Entre los agustinos debe mencionarse a Alonso de Veracruz (v.; 1504-84), alumno de Vitoria en Salamanca, que escribió el primer tratado de Filosofía impreso en América (v. MÉXICO VI, 1), completo, breve y claro, y otras obras de temas teológicos, jurídicos y morales. También hay que mencionar a fray Luis de León (v.; 1527-91), no sólo escritor de estilo sino tambiénteólogo. Diego de Zúñiga (1536-99) autor de comentarios a los libros de Job y Zacarías del A. T. y de varias obras de Filosofía; entiende la Metafísica como una ciencia distinta a las demás a la cual compete aclarar y formular un conjunto de nociones comunes y necesarias para todas las restantes ciencias. Destacado filósofo y teólogo fue también Basilio Ponce de León (1570-1629).
Entre los franciscanos, además de los ya mencionados en el apartado anterior, A. Alveldt (v.), N. Ferber (v.), Alfonso de Castro (v.) y Andrés Vega, se puede citar al andaluz Luis de Carvajal (m. 1549), prof. en Salamanca, que se propuso renovar el método teológico con actitud independiente y publicó varias obras. Ya en el s. XVII, el irlandés Lucas Wadding (1588-1657), fue escritor e historiador eruditísimo que fundó en Roma el Colegio de S. Isidoro como punto céntrico de filosofía y teología escotistas. Además de los Annales Minoruni (historia de los franciscanos), publicó en 1639 una edición completa de las obras de Duns Escoto. Destacado colaborador suyo fue Juan Ponce (1603-70) que escribió comentarios a Escoto y un Cursus Philosophiae y otro Cursus theologiae escotistas.
También carmelitas y benedictinos y otros muchos destacaron en estudios filosóficos y teológicos. La enumeración de autores y obras que, como los mencionados, suelen encuadrarse con excesiva simplicidad bajo la rúbrica de Segunda Escolástica sería muy copiosa. El valor de los distintos autores es desigual; el "suarecianismo" y el "escotismo", p. ej., difieren del "tomismo" y no llegan a su vigor metafísico; sin embargo, es claro, con lo dicho, que, superadas las crisis del s. XIV y XV, la Filosofía y la Teología resurgen con vida potente y adquieren vigoroso desarrollo en el Renacimiento y E. M., corrigiendo elementos anteriores y beneficiándose de las corrientes humanistas. El balance es real y positivo en varias disciplinas filosóficas: lógica, psicología, moral, derecho, política, y desde luego en teología.
En campo protestante. Ya hemos dicho que se constituyó una "ortodoxia", de cerrado tipo escolástico-aristotélico, como línea predominante en los s. xvi y xvii (v. PROTESTANTISMO II, 1), continuada hasta nuestros días, junto con otras más subjetivistas aparecidas sólo posteriormente. Además de los creadores de las "ortodoxias" luterana y reformada, hay que destacar los cultivadores protestantes del Derecho y de la Teoría política, impulsados por el hecho de las luchas políticas y religiosas de la época entre las diversas facciones protestantes. Ya hemos mencionado a lean Bodino (v. 3). El más importante fue Grocio. Después, Samuel Pufendorf (v.; 1632-94) extiende en Alemania las ideas jurídicas de Hobbes y Grocio.
El holandés Hugo Grocio (v.; 1583-1645) es cultivador de un derecho natural racionalista más que racional, según el cual el Estado se originaría por un contrato o pacto, con que los particulares se ligan entre sí y con el soberano; a lo más concede al pueblo la designación de la persona que como soberano recibiría su poder directamente de Dios. Vitoria y Suárez, en cambio, hacían valer la idea de la soberanía del pueblo, a través de quien la recibe el príncipe; porque el poder político es una propiedad del Estado, y éste, como comunidad de hombres, no es el príncipe, sino el pueblo.
Las ideas de Grocio suponen un correctivo, aunque menor que las de Vitoria, Soto, Suárez y Mariana, a las ideologías de tendencia despotista del Renacimiento, como las de Maquiavelo y Bodino. Pero Grocio no parece tener muy en cuenta la sociabilidad y la sociedad como algo connatural a la esencia del hombre y a la convivencia humana, anterior a todo contrato o pacto; por ello no encuentra asiento firme para su derecho natural, y en el fondo viene a favorecer más el despotismo y el absolutismo.
5. El siglo XVII. En el panorama de las ciencias en el s. XVII, época del barroco (v.), destacan por una parte los estudios de Filosofía y Teología, de Moral y Derecho, de los autores que se acaban de mencionar en el apartado anterior; y por otra parte, los de ciencia natural y de los métodos experimentales de Copérnico, Kepler y Galileo y sus continuadores. Unos y otros influirán en los trabajos matemáticos y en el pensamiento racionalista de Descartes y Leibniz. Al mismo tiempo se cultiva intensamente la Historia, la Teología histórica y la Patrología; es abundante la literatura espiritual y religiosa en general, y continúan algunos comentarios bíblicos y traducciones de la Biblia.
En la línea de la Filosofía y Teología destaca, como se ha dicho, la obra de’ Juan de Santo Tomás, y la de los demás autores mencionados, como Gonet y Goudin; en el terreno de la Moral, Lessio y Lugo; en el del Derecho y de la política Domingo de Soto y Suárez; y en general a lo largo del s. XVII fue predominante la influencia de los autores de la renovación filosófica, teológica y jurídica mencionados en el apartado anterior, muchos de los cuales viven en todo o en parte dicho siglo (p. ej., además de los citados, Belarmino, Mariana, Martínez de Ripalda, Wadding, etc.). Sus obras se extendieron por toda Europa y por casi todas las Universidades en muchas de las cuales se continuaron sus trabajos. Especialmente las Univ. de Lovaina (v.) y Duoai publicaron obras de valor, siguiendo la línea tomista. También fue importante la Univ. de Colonia; la Theologia universitatis coloniensis (1638) es un nutrido compendio de sólida doctrina teológica. Filosofía y Teología alcanzaron gran florecimiento en la Univ. Benedictina de Salzburgo; en ella publicó Agustín Reding (m. 1692) un amplio curso de teología, Theologia scholastica, si bien no siempre claro. Los profesores de la Sorbona se aproximaron más al eclecticismo de los jesuitas. Las Disputationes Metaph),sicae de Suárez tuvieron numerosas ediciones en Alemania, así como los comentarios de Fonseca a Aristóteles. Aparecen multitud de tratados y sumas filosóficas, más especialmente de Metafísica, inspirados sobre todo en Suárez; focos de irradiación de esta filosofía fueron también los colegios jesuitas. Mejor fue el Curso conimbricense, ya citado en el apartado anterior.
En la línea de las ciencias naturales, después de los nombres de Francis Bacon, J. Kepler y Galileo, ya mencionados, los más ligados a los métodos experimentales son Boyle y Newton. Robert Boyle (v.; 1627-91) es el creador de la Química moderna; se opuso a la alquimia y a las especulaciones de los ocultistas como Paracelso; para descubrir los misterios de la naturaleza hay que acudir a la experimentación; la materia está compuesta de átomos; para explicar su comportamiento basta tener en cuenta sus propiedades físicas y químicas; definió el elemento químico y sus combinaciones, el análisis y la síntesis químicas. Se opuso al puro materialismo de su compatriota Hobbes; considera la naturaleza como una gran máquina cósmica que exige la existencia de Dios y de lo espiritual. Isaac Newton (v.; 1642-1727), también inglés, es el creador de la Física moderna, que sistematizó de forma muy acabada, especialmente la Mecánica y Astronomía, con las leyes de inercia, de gravitación, etc.; como Boyle, se sirvió de la obra matemática y geométrica de Descartes; en Matemáticas aportó el cálculo diferencial(v.) que descubrió antes que Leibniz aunque éste lo publicó primero, y que resultó también precioso instrumento en la sistematización de la Física. Otros nombres importantes para las ciencias naturales, además de Descartes, Pascal y Leibniz de los que hablaremos en seguida, son los del arquitecto y geómetra francés G. Desargues (1591-1661), iniciador de la geometría proyectiva; el médico y fisiólogo inglés W. Harvey (v.; 1578-1657), descubridor de la circulación de la sangre; el matemático francés Pierre Fermat (1601-65) realizador de importantes trabajos sobre la teoría de números, cálculo infinitesimal, geometría analítica y cálculo de probabilidades; el físico y matemático italiano E. Torricelli (1608-47), estudioso del movimiento de fluidos y sólidos (p. ej., proyectiles), .y de la presión atmosférica y su medida con el barómetro inventado por él; el médico patólogo inglés T. Sydenham (v.; 1624-89).
El experimentalismo de Kepler y Galileo, junto con el de F. Bacon y su practicismo (desarrollo de una ciencia práctica que sirva para "dominar" la realidad) contribuyó ciertamente al legítimo desarrollo y sistematización de la Química y de la Física. Pero deslumbrados por sus logros, algunos autores precipitadamente quisieron hacer interpretaciones extensibles a todo lo real, resultando "filosofías" equívocas, es decir, ni ciencia general (Filosofía) ni ciencias particulares. Así surge el empirismo (v.) inglés para el que el experimento (más que la experiencia) es todo, y que quiere oponer las "verdades de hecho" a las "verdades de razón". Aunque Boyle aceptó el mecanicismo (v.) para el mundo de la materia, no negó la realidad espiritual y menos la divina; Newton mismo fue en ocasiones cauteloso para no invadir terrenos de la Filosofía y Metafísica donde no bastan los métodos experimentales. Pero los máximos representantes del empirismo aceptaron fácilmente un mecanicismo universal, y redujeron todo conocimiento (v.) al mero conocimiento de los sentidos. El más extremado fue Hobbes (v.; 1587-1679), que resulta materialista y escéptico nominalista, y en política, como consecuencia, absolutista. Como reacción a la ideología de Hobbes, surgió en Cambridge un grupo de platónicos o neoplatónicos, en los que se aprecia cierto interés y revaloración de la metafísica, cuyos seguidores se dedicaron especialmente al estudio de la moral, aunque no llegaron a una seria fundamentación de la misma (v. MORALISTAS INGLESES DEL s. XVIII). Más moderado fue Locke (v.; 1632-1704), pero también sensista, no admitiendo más que dos ciencias posibles la ética y la matemática, que piensa se pueden construir, ambas utilitaria e independientemente, con toda exactitud. Otro nombre del empirismo inglés, que llega al s. xviii, es J. Berkeley (v.; 1685-1753). Aunque no relacionado con este empirismo, puede citarse aquí al francés P. Gassendi (v.; 1592-1655), pero que en una línea parecida de errónea interpretación de la ciencia natural, renovó el atomismo y epicureísmo antiguos, y contribuyó a la difusión del mecanicismo (v.).
Al mismo tiempo, en Francia R. Descartes (v.; 15961650) inicia un racionalismo filosófico, que tendría después muchos seguidores. Pretende aplicar a la Filosofía el método de las Matemáticas, partiendo de lo subjetivo que viene a ser, para él, lo primordialmente dado, lo seguro y aun autónomo; distancia así el objeto (la res extensa) del sujeto (la res cogitans), aunque reconoce la necesidad de la experiencia y piensa que no se puede sacar sólo de la razón todo concepto. Pero el método que propone y su punto de partida crean un dualismo distanciador entre materia-espíritu, que aceptará en gran parte el mecanicismo; y al no percibir que no solamente hay un conocimiento del ser, sino también un ser del conocimiento, después, en otros autores, se resolverá en puro materialismo (v.) o en un puro espiritualismo (v.), o en la preocupación del idealismo (v.) de reconectar la res cogitans con la res extensa; idealismo que culmina en Hegel (v.) con una especie de monismo panteísta. Fue Descartes mejor matemático y geómetra que filósofo; a él se deben grandes avances en Geometría (v.) gracias al uso de las coordenadas rectangulares precisamente llamadas cartesianas; también se dedicó a cuestiones de Física, óptica y Fisiología.
Igual que en Descartes, la filosofía que estuvo más presente y mejor conocieron los racionalistas germanos Spinoza y Leibniz, fue la filosofía de Suárez. La obra de Descartes originó anticartesianos y cartesianos (v.); asimismo depende de él el ocasionalismo de Malebranche (v.; 1638-1715). En Descartes no hay sistema de Filosofía, sino más bien la proclamación de un método, de resultados filosóficos escasos e inferiores a los logros hasta entonces conseguidos, y que abre caminos a multitud de equívocos. Cartesianos son el planteamiento y el proceso filosófico del judío holandés Spinoza (v.; 1623-77), que reacciona contra varias tesis de Descartes y que se resuelve en un inconsistente panteísmo. Algo parecido ocurre en el alemán Leibniz (v.; 1646-1716), hombre polifacético, especialmente importante en el campo de las Matemáticas, pero cuya filosofía es también un panteísmo racionalista. La influencia de Suárez en las Universidades protestantes alemanas fue pronto sustituida por la de Leibniz.
La literatura espiritual y religiosa se multiplica. El más destacado por la solidez de su doctrina y profundidad, y por su estilo literario, es S. Francisco de Sales (v.; 15671622), autor de numerosas obras y copiosa correspondencia. Hay que mencionar al card. Pedro de Bérulle (v.; m. 1629) fundador de los oratorianos (v.), a J. J. Olier (m. 1657) que fundó los sulpicianos (v.), y a S. Juan Eudes (v.; m. 1680), discípulo de Bérulle y fundador de los eudistas. El gran orador Bossuet (v.; m. 1704) fue autor de numerosas obras de espiritualidad, de importancia literaria, aunque como teólogo tuvo el error de propugnar el galicanismo. Buen teólogo, en cambio, fue Fenelon (v.; m. 1715), también orador, autor espiritual y literato ilustre. Fuertes preocupaciones religiosas, aunque desviadas, que también contribuyeron a multiplicar la literatura religiosa fueron las que se manifestaron en el jansenismo (v. JANSEN1O; BAYO) y en el quietismo (v.). La literatura religiosa, ascética y mística, que contribuiría a la sistematización de la Teología espiritual, es extensa también en otros países (v. 11, 2). Por parte protestante hay que sañalar el pietismo (v.) extendido sobre todo en los países alemanes. En otros sectores penetró, en cambio, el racionalismo de Leibniz, que originaría el llamado protestantismo liberal, disolvente de la sobrenaturalidad del cristianismo y de la espiritualidad cristiana, que se coloca casi en las antípodas de Lutero (v. PROTESTANTISMO 11, 2-3; y LIBERAL, TEOLOGÍA).
Paralelamente al racionalismo cartesiano había surgido en Francia el fenómeno de los "libertinos" (v. LIBREPENSAMIENTO) escépticos e irreligiosos; a
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