MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (biografía)
CERVANTES SAAVEDRA (MIGUEL DE) (1) (2) (3) (4) (5)
Biografías. Príncipe de los ingenios españoles. Nació en Alcalá de Henares (Madrid) en octubre de 1547; murió en Madrid el 23 de abril de 1616.
Fue bautizado en la iglesia de Santa María la Mayor el 9 de octubre del año de su nacimiento. Hoy nadie pone ya en duda que Alcalá fue la patria del inmortal Cervantes y, como ha dicho don Buenaventura Carlos Aribau, "cesó la competencia entre las siete poblaciones que se disputaban la honra de haber recibido al nacer al príncipe de nuestros escritores: quedan eliminados Sevilla, Madrid, Lucena, Toledo, Esquivias, Consuegra y Alcázar de San Juan; documentos irrecusables deciden a favor de Alcalá de Henares, ufana de tan gloriosa maternidad." De tal modo se ha hecho la luz en tan interesante punto, que los biógrafos del presente siglo no han creído pertinente llenar largas páginas relativas al mismo, y sólo don Jerónimo Morán, en la edición Dorregaray del Quijote (Madrid, 1863) trata, a título de recuerdo, esta cuestión definitivamente resucita. La tradición señala todavía los restos de la casa en que dicen se crió Cervantes, enclavados hoy en lo que fue Huerta de los Capuchinos, y reducidos a una pared y puerta tapiada, con indicios de la pobreza de los que la habitaron.
Era hijo de nobilísima y preclara estirpe, la de los Cervantes, que desde Galicia se trasladó a Castilla y que ya suena en la historia bajo el reinado de Fernando III; todo esto, aceptando como bueno el árbol genealógico publicado. Fueron sus padres Rodrigo de Cervantes y doña Leonor Cortinas, señora ilustre, natural, según parece, de Barajas. De este matrimonio nacieron cuatro hijos: Andrea, Luisa, Rodrigo y Miguel, que era el menor de todos. Su abuelo paterno, Juan de Cervantes, fue corregidor de Osma, donde dejó gratos recuerdos, y descendiente del gran Alfonso Nuño, alcaide de Toledo, cuya rama entroncó con la de los reyes de Castilla por medio de doña Juana Enríquez de Córdoba y Ayala, segunda mujer de Juan II. La familia de Cervantes, sin embargo, había decaído de su antiguo esplendor. Sus padres, en efecto, vivían tan faltos de recursos, que mal hubieran podido dar a sus hijos la educación que les correspondía a no haber fijado su domicilio en Alcalá de Henares, cuya Universidad ya entonces tenía asomos de competencia con la de Salamanca. No por esto se ha de creer que Cervantes cursó en aquellas aulas, pues consta lo contrario; pero si se tiene en cuenta su carácter, podrá admitirse sin duda la sospecha de que dicha cuita población comunicó, sobre asuntos literarios, con personas discretas, nutrió sólidamente su espíritu por medio de la lectura, el estudio y la reflexión, y adquirió la filosofía que rebosa en todos sus escritos. Desde sus más tiernos años manifestó singular amor al estudio, y así él mismo dice que, siendo muchacho, recogía, para leerlos, cuantos papeles hallaba en la calle. Poseía una imaginación vivísima y una memoria privilegiada, gracias a las cuales, habiendo oído declamar en sus más tiernos años, probablemente en Madrid o Segovia, a Lope de Rueda, retenía en la edad adulta los versos con que deleitó su ánimo infantil, y los saboreaba y encarecía. Con caracteres no más que problemáticos se ofrece la afirmación de los que dicen que cursó algún tiempo en las aulas salmantinas, sin que pueda explicarse el motivo o motivos que a dicha ciudad le llevaron, y los medios con que para vivir contaba en la misma. Ni debe olvidarse que, como dice don Tomás Tamayo de Vargas, los contemporáneos émulos de Cervantes le tildaban de ingenio lego, lo que en el lenguaje de la época quería significar que aquél a quien así se calificaba no había arrastrado bayetas ni pisado las losas de la Universidad. De los primeros maestros de Cervantes se conoce únicamente el nombre del presbítero Juan López de Hoyos, varón piadoso y grande humanista, que después fue nombrado catedrático de gramática latina en el Estudio de la villa de Madrid, y posteriormente cura de la parroquia de San Andrés.
Es de creer que Cervantes aprendía con singular aprovechamiento, si se atiende a los elogios y expresiones de cariño que le prodigó su maestro. Sus obras acreditan que llegó a adquirir una erudición nada vulgar, siquiera, a causa de una agitada vida, no llegase a dar a sus estudios la extensión que quizás él mismo deseaba. Prescindiendo de cuanto se refiere a este primer y oscuro período de su vida, es lo cierto que Cervantes se hallaba en Madrid cuando, en 24 de octubre de 1568, celebraba la villa en las Descalzas Reales las exequias de Isabel de Valois, mujer de Felipe II.
El maestro López de Hoyos, que entonces regentaba el Estudio público de Humanidades de Madrid, tomó parte, a nombre de este centro, en el duelo público, y con este motivo escribió un libro, Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito... de... doña Isabel de Valois, impreso en Madrid, 1568 (un vol. en 8.º), que, a falta de otro mérito, encierra las poesías consagradas a la fúnebre solemnidad, y entre ellas unas quintillas, dos sonetos y una elegía de Miguel de Cervantes, a quien su preceptor llama repetidamente su caro y amado discípulo. Autores de crédito sostienen que aún compuso Cervantes, por la misma época, aquellos romances infinitos y otras diversas poesías, incluso el poema pastoral La Filena, de que él mismo hace mérito en el capítulo IV de su Viaje al Parnaso, perdidos para la posteridad en su mayor parte. Disputan los biógrafos acerca de si Cervantes pudo ser alumno del Estudio de Humanidades de Madrid, o si recibió en tiempo anterior las lecciones de Hoyos en Alcalá o Salamanca, y ha dado margen a esta cuestión la circunstancia de que no hacía más que ocho meses que aquel profesor regentaba el Estudio cuando se celebraron las exequias, y, contando Cervantes veinte años, no es verosímil que llevase tan retrasados sus estudios. Jerónimo de Morán sospecha que sus padres se trasladaron desde Alcalá a Madrid, y que él, "con tu inclinación vehemente a las bellas letras, las cuales cultivaría durante sus primeros años sin guía o preceptor en el privado asilo, aprovechara tan buena ocasión de perfeccionar los conocimientos por sí solo adquiridos, inscribiéndose como alumno en el Estudio público del maestro Hoyos, cuya enseñanza era gratuita, puesto que se sabe que aquel establecimiento estaba sostenido con fondos de la villa. La especie de si habría sido discípulo de Hoyos en Alcalá... quedó completamente desvanecida a principios de este siglo, pues, después de las investigaciones practicadas al efecto por D. Manuel de Lardizabal, resultó que ni Cervantes había cursado en la referida Universidad, ni el maestro Hoyos perteneció jamás a su claustro." Hacia febrero de 1569 salió Cervantes de España con dirección a Roma, acompañando al cardenal Julio Aquaviva, legado del Papa. Este hecho marca un nuevo rumbo en la vida del gran escritor, y es el principio de una infinita serie de desdichas. Buscando las causas que pudieran determinar a Cervantes para dejar su patria y sus amigos cuando empezaba a ser conocido en la república de las letras, y cambiar el ejercicio de la poesía por el desempeño de las funciones de camarero cerca del expresado cardenal; recordando las repetidas alusiones que el propio autor del Quijote hace a cierta circunstancia de su vida, cierta falta de su juventud, causa de todas sus desgracias, no parece infundada la opinión de Morán, que, publicando un documento judicial, en que se manda perseguir a un Miguel de Cervantes, ausente de Madrid, y condenado en rebeldía por ciertas heridas causadas "en esta corte a Antonio de Sigura, andante en esta corte," razona extensamente para venir a probar que este Cervantes perseguido por la justicia pudo ser el príncipe de los ingenios, y que Antonio de Sigura sería probablemente un alguacil. Si Morán acierta, habrá que creer que Cervantes salió de España huyendo de la justicia, y que ésta, a su regreso, no le persiguió porque le precedía la fama de sus gloriosos hechos, porque protegieran al escritor altas influencias, o, acaso, a la vez por ambas causas. Cervantes, pues, y esto está bien comprobado, residía en Roma como camarero del cardenal Aquaviva en 1570. El viaje a la corte pontificia, dado su espíritu observador, le fue muy provechoso, y por las indicaciones esparcidas en sus obras se puede trazar casi de un modo seguro la ruta que llevó por Valencia, Cataluña, el Mediodía de Francia, el Piamonte, el Milanesado y la Toscana. Había alcanzado Italia el mayor grado de cultura; frecuentaban seguramente el palacio del cardenal los más esclarecidos ingenios, y allí sin duda amplió Cervantes su educación, conoció y trató a varios literatos, y aun adquirió resabios de italianismos, no escasos en sus escritos.
Ávido de gloria, pues su pesadilla constante fue la inmortalidad, que buscó por distintos caminos, despidióse del cardenal, al que siempre recordó con afecto, y entró a servir quizás primero bajo las banderas pontificias, acaso sentando desde luego plaza en las filas españolas, que esto no está bien averiguado, aunque sí consta que en el propio año de 1570 formaba parte de la compañía del capitán Diego de Urbina, perteneciente al tercio del famoso guerrero don Miguel de Montada, y que no tardó mucho tiempo en acreditar su bizarría. El 7 de octubre de 1571 se daba la memorable batalla de Lepanto. Cervantes, siempre soldado, yacía en un camarote de la galera de Andrés Doria, La Marquesa, inutilizado, al parecer, para el combate, por las calenturas que padecía. Llegado el instante de pelear, solicitó de Diego de Urbina el puesto de mayor peligro, y a cuantos jefes y compañeros querían disuadirle, les decía: "En cuantas ocasiones de guerra se han ofrecido hasta hoy a S. M., he servido como buen soldado; y así ahora no haré menos, aunque esté enfermo y con calenturas." Tomó parte, como deseaba, en la sangrienta lucha, dirigiendo doce soldados puestos bajo sus órdenes, y cuando se batía con denuedo, en lo más recio del combate, recibió dos heridas de arcabuz en el pecho, y otra además que le destrozó para siempre la mano izquierda. Resistió, sin embargo, a los suyos que querían recogerle, y únicamente al saber que la victoria había coronado el esfuerzo de los cristianos se dejó conducir, todo ensangrentado, pero henchido de gozo, a curarse las heridas, de que con justicia se envaneció siempre. Al día siguiente visitó todas las naves don Juan de Austria, quien concedió a Cervantes el aumento de tres escudos en la paga, y le socorrió además varias veces. A fines de 1572, restablecido ya de sus heridas, aunque manco para siempre, se vio Cervantes incorporado en el tercio de don Lope de Figueroa; concurrió a la jornada de Levante, y tomó parte en la empresa de Navarino. No se conocen bien sus hechos en los dos años siguientes, pero se sabe que en 1575, ansioso de volver a su patria y de obtener algún premio por sus servicios, solicitó licencia y la obtuvo de don Juan de Austria, quien le dio cartas de recomendación para Felipe II, a fin de que se le confiase el mando de alguna compañía. En igual sentido escribió al rey y a los Ministros el duque de Sesa. Embarcóse Cervantes en la galera de España llamada Sol, en compañía de su hermano Rodrigo, de Pero Díez Carrillo de Quesada y de otras personas de cuenta. Salió de Nápoles, y el 26 de septiembre de 1575 vióse la galera rodeada de una escuadrilla de galeotas que mandaba el arnauta Mamí, renegado albanés, capitán de la Mar de Argel. Presa la galera y conducida a Argel, se inició para los tripulantes y pasajeros la triste vida de la cautividad. Comienza entonces para Cervantes una época terrible de penalidades y tormentos, pero a la vez gloriosa por el heroísmo de que el antiguo soldado dio repetidas y extraordinarias muestras. El arráez Dali Mami, a quien cupo en suerte Cervantes en el reparto que se hizo de los cautivos, creyó, engañado por las cartas de don Juan de Austria y del duque de Sesa, que su esclavo era una persona de calidad, error en que le afirmó el agradable aspecto de sus maneras, su bravura en el combate y el respeto que le manifestaban sus compañeros de desgracia. Por esta causa creyó que podría obtener del prisionero un gran rescate, y al efecto le trató con todo el rigor compatible con la conservación de su existencia. "Situación era ésta, dice un biógrafo, capaz de abatir al hombre más esforzado; pero el alma de Cervantes era inflexible; una idea única se apoderó de ella desde el momento en que se vio privado de su libertad: la de recobrar este bien que no tiene precio."
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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 4, págs. 1241-1248)
MIGUEL DE CERVANTES (biografía)
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