Física Nueva, Ideas Filosóficas en la
La afirmación de que en la nueva Física surgen ideas filosóficas puede comprobarse de dos maneras. En primer lugar, averiguando los casos en los que una idea filosófica ha estimulado el trabajo científico hacia nuevos rumbos. En segundo lugar, observando que la investigación (v.) física, sin influencia directa de ideas filosóficas, puede llevar a resultados que requieren una interpretación filosófica. Generalmente, en la historia de las ciencias no se dan estos dos casos puros: Filosofía hacia Física, o Física hacia Filosofía, sino más bien influjos mutuos, que se entremezclan y compenetran.
Explicación preliminar de los conceptos. No es fácil dar los criterios precisos para distinguir Física (v.) y Filosofía (v.) antes de haberlas estudiado; pero para un primer entendimiento es suficiente ahora concebir la Física como el conjunto de lo que se enseña en una Sección o un Departamento universitario de Física en la actualidad, y la Filosofía como el "contenido" de los 2.600 años de Historia de la Filosofía (v. FILOSOFÍA I Y III). Con el término "Física nueva" nos referimos a los resultados de la investigación física en el s. XX, con algunos antecedentes en la última década del s. XIX; y reservamos la denominación "Física moderna" para la Física desarrollada a partir del s. XIV y, sobre todo, en los s. XVI y XVII. La Física moderna se distingue, pues, de la Física antigua y coincide, en su desarrollo, más o menos, con la llamada Edad Moderna en historia. Por motivos que explicaremos en seguida, designamos con el nombre de "Física clásica" la investigación física hasta fines del s. XIX, que tuvo sus principios básicos en la obra de Isaac Newton (v.), en el s. XVII, y que en íntima unión con la nueva Física del s. XX forma la Física moderna (para más detalles, v. FILOSOFÍA NATURAL EN LA EDAD MODERNA; cfr. W. Strobl, Orígenes filosóficos de la ciencia moderna "Anuario filosófico de la Univ. de Navarra" III, 1970, 329-350). Muchas veces se confunden las expresiones "Física moderna" y "Física nueva", lo que dificulta un entendimiento claro, sin equívocos, entre historiadores, filósofos y físicos.
La nueva Física del siglo XX. La Física clásica puede llamarse así con razón por la belleza y perfección de sus estructuras matemáticas (p. ej., las ecuaciones diferenciales de Hamilton-lacobi, en la mecánica, o las ecuaciones de Maxwell, v., en la electrodinámica). En este sentido, de belleza matemática, la nueva Física es igual a la clásica; y tampoco hay distinción en el método, que siempre es el "clásico" de la comparación y convergencia entre los resultados experimentales y su pronóstico según la teoría. Lo que realmente distingue a la Física nueva son sus objetos, que ya no son cosas o experiencias diarias del orden de magnitud del mundo intermedio o abarcable del hombre (p. ej., la trayectoria de una piedra lanzada, el movimiento de una bolita cargada en un campo eléctrico, la órbita de un planeta); la visión intelectual y científica se ha extendido con la Física del s. XX hasta los confines del mundo en que vivimos, y esto en el doble sentido de los límites interiores del microcosmos de las partículas elementales (v.), los núcleos (v.) y los átomos (v.), y los límites exteriores del universo (v.) o cosmos en su totalidad. Al decir "límite", ya en la matemática pura se toca el análisis (v.) infinitesimal, y se levanta, en el fondo, el problema eminentemente filosófico de lo finito y lo infinito (v.), del discontinuo y el continuo (v.).
Las ideas filosóficas y los descubrimientos físicos. Ya hemos mencionado una diferencia decisiva entre Física y Filosofía diciendo que la Física comprende la investigación actual, mientras que la Filosofía descansa en la perennidad de su historia que abarca más de dos milenios y medio. Al hacer constar esto, no quitamos valor de verdad a los descubrimientos científicos en siglos pasados, como los de Arquímedes (v.), Leonardo da Vinchi (v.) o Galileo (v.), sino que ponemos de manifiesto el carácter de la ciencia física que, como toda ciencia particular, es esencialmente descubrimiento. Puede servir de ejemplo la ciencia arqueológica, que descubre una ciudad enterrada excavando los restos de un edificio después de otro, y nunca se sabe si ya se ha llegado a descubrir la última casa, el último templo, la última ciudad de la cultura escondida. La ciencia filosófica, por el contrario, no es un descubrimiento pendiente de la cantidad y del aumento de las experiencias, como lo es la ciencia física, sino un descubrimiento de una vez para todas, un a priori en el sentido de Husserl (v.), una idea (v.) que, una vez ideada, queda para siempre (v. FILOSOFÍA III). "Idea" en griego se deriva de la raíz verbal videin, que en latín es videre y en indogermano es la raíz u7izan, que significa sencillamente "ver". Idea, por tanto, es la visión total, global, integral y concreta que reúne los descubrimientos siempre parciales y, por tanto, abstractos de las ciencias especiales en la concretización filosófica (cfr. Leo Gabriel, Lógica integral, Madrid 1971). Por todos estos motivos y argumentos, promete más éxito organizar este estudio alrededor de los problemas perennes de las ideas filosóficas desde hace más de 2.600 años en lugar de seguir, de modo cronológico, el hilo de la historia de las ciencias. En resumen, este artículo será más bien sistemático que histórico, para reflejar mejor lo que hay de verdad perenne en las ciencias.
Sumario. Hemos encontrado diez grupos de ideas filosóficas que reaparecen en la nueva Física con mayor intensidad que en los siglos anteriores. Enumerados en un orden sistemático, son los siguientes: 1. Infinito-finito; 2. Ser-temporalidad; 3. Continuo-discontinuo; 4. Potencia-acto; 5. Dialéctica-complementariedad; 6. Multiplicidad-unidad; 7. Orden-azar; 8. Idea-realización; 9. Verdad-apariencia; 10. Ser-pensar (Verdad y Persona). Las composiciones en binomios no se han introducido de modo arbitrario o caprichoso, sino que son una consecuencia rigurosa de la estructura de la razón humana, que fuerza a nuestra lógica formal a pensar en oposiciones (sic et non, posición y negación) y traslada la tarea ingente de conciliar los aparentes contrarios a una filosofía de la persona integral. Éste es el tema especialmente de la oposición 5: Dialéctica-complementariedad, y, sobre todo, de la conclusión 10: Verdad y Persona. Por supuesto, el elenco indicado no pretende ser exhaustivo y agotar el tema, sino tan sólo quiere sugerir una primera orientación, que pide y espera la colaboración de otras investigaciones. Por otra parte, no podemos analizar aquí las correlaciones entre los conceptos en plan puramente filosófico (p. ej., entre la infinitud y el continuo), sino que lo que nos incumbe es mostrar la presencia de algunas ideas ejemplares y perennes en la Física del s. XX.
1. Infinito-finito. La primera mención filosófica del infinito (v.) (tó ápeiron) como principio de todo ente se encuentra en un fragmento que Simplicio (Diels 1,12131, 89) nos relata de Anaximandro (v.), del s. vi a. C. Cabe traducir la palabra enigmática ápeiron no a partir de péras (fin), sino de peirtio (yo siento, experimento algo), y entonces es "lo inexperimentable", "lo invisible". Fue más bien este último sentido el que ha sugerido a uno de los padres de la nueva Física, a Max Born (v.), la denominación, de ápeiron para caracterizar la índole no palpable de las partículas (v.) elementales. En la matemática pura -aunque la crisis fundamental, provocada por la introducción del formalismo de la teoría de conjuntos (v.) actualmente infinitos, todavía no se ha superado cabalmente- la solución intentada sobre todo en el inmenso trabajo del círculo llamado Bourbaki (v.) se inclina hacia una concepción potencial del infinito cuantitativo, solución que había adivinado ya Aristóteles con su famosa definición: "Ningún infinito (cuantitativo) tiene ser, porque de lo contrario el concepto de lo infinito no sería infinito" (Met. l. 2,994b26). El sentido es claro: Si tuviéramos un número infinito -lo que es imposible-, entonces habría que seguir contando, según la ley matemática de la inducción completa: infinito más uno, infinito más dos..., y así in infinitum... La contradicción es obvia; y, por tanto, no tiene sentido la pregunta: ¿Cuántos números existen?; porque existe cada número que indico, pero no existe un conjunto de todos los números, como una totalidad acabada y, por tanto, actual. La matemática pura puede fundarse con todo rigor en las meras posibilidades de seguir contando, mientras que la Física como ciencia de la realidad concreta debe concluir: si existe cada estrella real, existe también el conjunto de todos los astros, el universo, como realidad actual, y por consiguiente, el mundo no puede ser infinito. Ésta viene a ser la tesis de la primera antinomia en el sistema de las ideas cosmológicas en la dialéctica trascendental de Kant (v.) (Crítica de la Razón pura, A414-433, 13452-461).
La Física del s. XX, como consecuencia natural de la teoría de la gravitación (o relatividad, v., generalizada) de Albert Einstein (v.), nos brinda la siguiente solución: El universo es finito, pero ilimitado. Su extensión actual es ca. 1022 Km., y contiene ca. 1022 estrellas fijas o 1080 partículas elementales. Como en la superficie de la Tierra, un viaje mundial que fuese siempre en la misma dirección terminaría en el punto de salida. Para comprender el mundo finito-ilimitado, no es indispensable recurrir a una geometría cósmica no-euclídea (esférica o elíptica), sino basta recordar el principio de equivalencia de Einstein que dice que un campo geométrico real (el espacio mundial) es siempre sustituible por un campo de fuerzas (V. CAMPO VECTORIAL; CAMPOS, TEORÍA DE). Pues bien, el campo energético total del cosmos es dé tal estructura que impide que cualquier cuerpo salga del universo finito-ilimitado; y fuera del mundo no hay ningún objeto físico, porque decir "espacio vacío" equivale a decir "la nada".
La finitud temporal del mundo, incluida también en la primera antinomia de Kant, puede deducirse del segundo principio de la termodinámica (v.) que, en la formulación estadística de Boltzmann (v.), asegura que el universo va hacia el estado más probable de un mínimum de orden que coincide con un máximum de entropía (v.). El hecho empírico de que no se ha realizado todavía aquel estado de total igualación de niveles energéticos, que sería también el fin de toda vida en el mundo, significa que el mundo ha tenido un comienzo temporal (V. CREACIÓN). Indicios empíricos de la edad del mundo, que en la cosmogonía actual se cuenta entre mil y diez mil millones de años, se encuentran sobre todo en las inclusiones de productos de desintegración radiactiva, que representa el reloj más exacto de los milenios pasados (cfr. J. M. Riaza Morales, El comienzo riel mundo, Madrid 1964; V. COSMOLOGÍA III; COSMOLOGÍA II).
2. Ser-temporalidad. Este tema es tratado ya en el poema Sobre la Naturaleza de Parménides (v.), que argumenta que el ente verdadero no puede someterse a la caducidad temporal (v. ENTE; SER; TIEMPO). En la formulación matemática que Hermann Minkowski (1864-1909), maestro de Born en Gotinga, ha dado a la teoría especial de la relatividad (v.) de Einstein, la temporalidad se convierte en una cuarta dimensión que se añade a las tres dimensiones del espacio. Einstein ha desarrollado esta idea en su teoría generalizada, publicada en 1915, que describe el mundo como una unión espacio-temporal. Algunos de los físicos, matemáticos y filósofos más destacados del s. XX -entre otros, Bavink, Eddington, Einstein, Minkowski, Wenzl, Weyl- han creído en la realidad de la unión cuatridimensional, como una demostración matemática de la idea eleática (V. ELEA) de un mundo que es puro ser, en verdad, y donde el tiempo es una mera apariencia de los mortales (dóxa broton: Parm. 131,30; 8,3-6). Pero no se puede aceptar una interpretación realista de la unión espacio-tiempo, porque la vivencia del proceso temporal, que adelanta y pasa irresistible e inexorablemente, es demasiado fuerte y real, a veces cruelmente real, para poder disolverse en una mera ilusión humana. La solución eleática, reanudada por Einstein y Minkowski, corta el nudo gordiano, en lugar de desenlazarlo. No cabe duda de que la unión cuatridimensional representa una descripción matemática muy elegante y hermosa de la estructura mundial; pero no es más.
La palabra "estructura" (v.) indica la dirección adonde va la Física y la Filosofía del s. XX: la subsistencia y la perseverancia, el "seguir siendo" que Parménides buscaba en el ente y el ser (literalmente traducido: "lo" ente y "lo" ser), la ciencia moderna lo encuentra en la constancia y permanencia de las estructuras de las leyes que determina la realidad física, mientras que las realizaciones o actualizaciones materiales representan los cambios del fluir temporal. En la microfísica de los campos y las partículas elementales, los núcleos y los átomos, la temporalidad se mantiene con su distinción real, como duración mínima de un evento elemental o "tiempo mínimo", del orden de magnitud 10-23 seg. Las categorías cosmológicas infinito-finito y ser-temporalidad en la microfísica se condensan en el binomio continuo-discontinuo, campos y partículas.
3. Continuo-discontinuo. Otra vez, la idea filosófica tiene una historia de dos milenios y medio, que empieza con las paradojas de Zenón de Elea (v.) y continúa a través del análisis del tiempo en la Física de Aristóteles (1. 4, 217-223) y en las Confesiones de San Agustín (1. 10-11; cfr. Ciudad de Dios, 1. 11-12), hasta- la metafísica del continuo y del tiempo intuidos por Henri Bergson (v.). La pregunta decisiva, anunciada ya por Zenón, es la siguiente: ¿Cuánto tiempo dura un momento de presencia? En la vida psíquica no hay dificultad alguna en contestar, por la continuidad vivida de la presencia interior, que siempre abarca algo de pasado y de futuro. Es otra cosa en la realidad exterior o física, donde caeríamos sin remedio en el abismo del análisis infinitesimal, si la Física actual no nos ofreciera la solución real de la ya mencionada "vida mínima" de una partícula o del "tiempo elemental".
La segunda antinomia de la dialéctica transcendental de Kant (Crítica de la Razón pura, A434-443, 13462-471): atomismo (v.) o monadología contra continuo (v.), se resuelve en la Física nueva con el dualismo complementario entre el aspecto corpuscular y el aspecto undulatorio (v. ONDAS) de los fenómenos elementales. Todos los experimentos que se refieren a las interacciones de partículas (v.) con otras o con organizaciones físicas superiores (átomos, moléculas) revelan un "carácter corpuscular", es decir, un radio de acción de los eventos elementales (p. ej., ionización de átomos de hidrógeno líquido en una cámara de burbujas, bubble chamber) del orden de magnitud de la "longitud mínima" 10-13 cm.; mientras que todos los experimentos que investigan el movimiento libre de partículas demuestran su "carácter ondulatorio" (difracciones, v., al pasar a través de la malla regular y simétrica de un cristal, con los fenómenos ondulatorios de superposiciones e interferencias, v., como consecuencia). De esta manera, las actualizaciones discontinuas y las conexiones continuas, "la física de puntos y la física de campos" (L. V. de Broglie) se complementan mutuamente y se evitan las antinomias de una divisibilidad in infinitum, porque las partículas elementales más que cosas son eventos o acontecimientos momentáneos en rapidísima sucesión, y, por tanto, series de sucesos indivisibles; y por otra parte, las ondas energéticas que producen los efectos casi-puntuales tampoco son divisibles, porque carecen de materialidad concreta. Sobre estas ideas insistiremos en los párrafos siguientes.
4. Potencia-acto. El primero en introducir en la Física el binomio aristotélico potencia (v.)-acto (v.) para explicar el dualismo onda-corpúsculo fue el matemático, físico, psicólogo y filósofo Aloys Wenzl (1887-1967) en su libro Metafísica de la Física de hoy (Leipzig 1935). Para entender la profundidad y el alcance de esta idea, hacen falta unas aclaraciones terminológicas, a saber: lo que Aristóteles (v.) llamó dynamis (en latín: potentia), la Física moderna a partir de mediados del s. XIX lo denomina energía (v.), que se define como la capacidad de efectuar un trabajo; y, sin duda, "capacidad" significa una potencia. La correspondencia de los términos se esclarece más aún si analizamos la definición de un campo energético como "un conjunto de efectos posibles". Esta es precisamente la función de los campos microfísicos: el cuadrado de la amplitud de la ondulación en cualquier punto espacio-temporal indica la probabilidad de que se actualice, se pueda realizar un acto, una reacción particular. Probabilidad (v.) es la precisión cuantitativa y matemática de la noción de posibilidad (v.) real o potencia. Desde luego, no hay potencias puras en el mundo físico; verdad que enseñó ya Aristóteles con su doctrina de la primacía del ser actual sobre la potencialidad (Metafísica, 1. 9, cap. 8, 1049b10-27); porque un ente meramente posible es un ente mental. Pero sí se puede decir que una entidad física y real, como lo son las ondas de probabilidades en la Física cuántica (v. MECÁNICA tv), posee en sí la potencia, es decir, la capacidad real de engendrar actualizaciones casi-puntuales y discontinuas, que son las causas de las estelas o trayectorias de partículas elementales en ciertas instalaciones experimentales.
La aplicación más conocida y discutida del binomio potencia-acto es la dualidad inseparable de materia (v.) y forma (v.), en griego: hyle y (eidos o) morfé, que ha dado nombre al hilemorf ismo (v.). En la Física nueva, la forma se representa por las estructuras de las leyes naturales; y se prefiere el término "estructura" porque designa una determinación intrínseca e integral del organismo físico, como la "forma" aristotélica; mientras que en el lenguaje moderno "forma" se usa más bien para expresar la forma exterior, visible y palpable. Es más difícil hallar algo análogo a la "materia" de Aristóteles -salvo la no correcta identificación, precipitada y expeditiva, de la materia aristotélica con la energía de la física moderna-. En la física elemental del s. XX no se habla de "materia" en el sentido tradicional, sino de "elementos estructurales" que se virtualizan o potencialidan en su enlace en un organismo estructural superior: nucleones (protones y neutrones) como elementos del núcleo (v.); electrones (v.) como elementos de las capas cuantizadas del átomo; átomos (v.) como elementos del orden molecular, y moléculas (v.) como elementos armonizados y simetrizados en un cristal (naturaleza inorgánica), o moléculas activadas y dinamizadas en la síntesis macromolecular de aminoácidos (v.) y de encimo-proteínas (v.), en la unidad celular, y células (v.) y órganos como elementos organizados y obedientes en función de la integridad total y dominante de un organismo (naturaleza orgánica). En este esquema jerárquico de órdenes superpuestos, que nos brinda la escuela de Copenhague, de Niels Bohr (v.) y de Werner Heisenberg (v.), su discípulo predilecto, no encuentra dificultad alguna la posición hilemorfista. Otra cosa es si se opta por una posición no dualista y complementaria, cuyo ejemplo filosófico siempre será Aristóteles, sino monista (v. MONISMO) y dialéctica (v.), que tiene sus raíces antiguas en Heráclito (v.) y Demócrito (v.); en el atomismo (v.) democriteo no cabe lugar para la complementariedad de potencia y acto.
5. Dialéctica-complementariedad. A la hora de averiguar la esencia de la dualidad en cuanto tal, como se expresa en los cuatro binomios analizados anteriormente, hay que tener en cuenta que no se trata de contraposiciones meramente subjetivas de la sensación humana, como p. ej., frío y calor, húmedo y seco, amargo y dulce, duro y blando; en la Física nueva afloran oposiciones reales y ontológicas, puesto que la razón pura no puede menos de reconocer que la tensión, p. ej., ser-temporalidad existe en el mundo independientemente del hombre. Generalmente, hay dos actitudes filosóficas para abordar el problema: la primera, con una expresión ya usada en la antigüedad, se llama "dialéctica" (v.); la segunda, con un término acuñado por el premio Nobel danés Niels Bohr (v.), es la concepción "complementaria".
Como padre intelectual de la dialéctica se puede considerar a Heráclito (v.). Sus fragmentos oscuros están llenos de contrarios y contradicciones, que quiere unir e identificar a todo trance y forzosamente. Se repiten frases como éstas: "Somos y no somos" (Diels, fr. 49a); "todo es uno" (fr. 50); "ésti gar hen" (fr. 57 y 106); "el camino arriba y abajo es uno y el mismo" (fr. 60; cfr. 88). Es un monismo (v.) que no conoce la distinción de niveles ontológicos; y, por tanto, la última solución es la lucha dialéctica: "La guerra es el padre de todo, el rey de todo" (fr. 53; cfr. 80). Por fin, es una postura anti-pitagórica, contra el orden matemático, y contra el Dios único y personal de Xenófanes (cfr. fr. 40 y 81). Se comprende que los dialécticos del s. XIX y XX, sobre todo Hegel (v.) y Lenin (v.), así como Heidegger (v.), le citen a menudo y estimen tanto. Es conocido que el comienzo de la dialéctica hegeliana fue la identificación entre "las puras abstracciones del ser y del no-ser" (Hegel, Enciclopedia..., Meiner, Leipzig, 109-110; Lógica, ib. 66-75). Ya 23 siglos antes, en el atomismo (v.) de Leucipo y Demócrito (v.), había la misma mentalidad, a saber: la dialéctica entre el ser de los átomos (lo on) y el no-ser del espacio vacío (in on, lo kenón), que existe también, a pesar de ser un no ente.
Ni Parménides, ni Aristóteles admiten la existencia del no-ser. La definición que este último dio del principio de contradicción (v.) vale asimismo para designar la cornplementariedad en la Física nueva: "Es imposible que lo inismo exista y no exista al inismo tiempo (hama) en la misma cosa y en el mismo aspecto (katá lo autó) " (Metafísica, 1. 4,1005bl9). Desgraciadamente, una terminología equívoca dificulta a veces el entendimiento. Así se habla del "principio de indeterminación" e incluso "de incertidumbre" de Heisenberg (v.), pero en realidad se trata de casos especiales de cornplementariedad, a saber, entre zonas de localización y oscilaciones de la cantidad de movimiento, o entre intervalos de tiempo y la actualización energética correspondiente (v. t. DETEaMINIsMo). Lo mismo sucede con las denominaciones de los descubrimientos de la física experimental de partículas elementales de altísimas energías, en los años 1955-70: "anti-partículas" (v.) o "anti-materia". Desde luego, un anti-protón no es la antítesis o la negación del protón, sino una partícula que en todas sus propiedades es coniplementaria al protón: tiene la carga eléctrica negativa (-1), el número cuántico bariónico (-1), etc.; por tanto, se parece al protón como la mano izquierda a la derecha; pero ¿quién llamaría la mano izquierda la "antimano" o la "negación de la mano"?
En resumen: la dialéctica antitética (decimonónica) identifica las contradicciones, el ser y el no ser; y de esta manera, nunca logra una "síntesis"; mientras que el pensamiento complementario, del s. XX, sabe que las aparentes oposiciones pierden su contrariedad si se ven en sus diferentes aspectos o niveles ontológicos, donde se complementan mutuamente. En Filosofía pura, a la cornplementariedad científica le corresponde el principio de la analogía (v.) entis. (Para más detalles, cfr. W. Strobl, El principio de cornplementariedad y su significación científico-filosófica, "Anuario filosófico de la Universidad de Navarra" 1, 1968, 183-204).
6. Multiplicidad-unidad. La idea más antigua de la filosofía occidental -que aparece ya en la primera mitad del s. vi a. C. con Tales (v.), Anaximandro (v.) y Anaxímenes (v.), la escuela de Mileto (v.)- es la reducción de la inmensa multitud de cosas a un solo principio, a una unidad (v.). En la Física moderna, William Prout (1785-1850) reanudó esta idea con su famosa hipótesis (1815) de que todos los átomos serían compuestos del átomo más sencillo, el del hidrógeno. La investigación posterior en el s. XIX y la nueva Física del s. XX no han comprobado la hipótesis de Prout como exacta. Aunque en el Sistema Periódico el comportamiento de los elementos químicos está determinado por el número de protones, que son núcleos de hidrógeno, en cualquier núcleo atómico, sin embargo, los pesos atómicos no son múltiplos enteros del átomo de hidrógeno (v. ELEMENTOS QUÍMICOS I). Además, en la segunda mitad del s. XX, el conocimiento de distintos tipos de partículas elementales (v.), lejos de disminuir para reducirse, por fin, a una sola clase, ha aumentado a ritmo creciente, gracias a nuevas instalaciones experimentales gigantescas; de modo que a principios del año 1971 se cuenta con más de cien diferentes especies de partículas, incluyendo las llamadas resonancias o estados excitados, que son partículas con brevísima vida (poco más que el tiempo mínimo 10-23 seg.).
Estos y otros descubrimientos han inducido a los mejores físicos del s. XX a buscar la unidad no en alguna sustancia material e individual, sino en la estructura de una ley fundamental que rige y determina todas las interacciones y transformaciones en el mundo físico. Para la física atómica, es decir, para la investigación del orden en las capas electrónicas del átomo, este trabajo fue realizado en 1926, cuando fue cimentada la física cuántica en sus dos formas, a saber, la mecánica de matrices de Heisenberg (v.) y la mecánica ondulatoria de Schrbdinger (v.), cuya isomorfía o equivalencia estructural-matemática la pudo demostrar poco después, con todo rigor, )ohann von Neumann (v. MECÁNICA III-IV). En la segunda y la tercera época de la microfísica, que continúa en la actualidad como física nuclear (v.) y de las partículas elementales, la tarea ya no consiste tan sólo en encontrar armonías y simetrías parciales, sino en el eminente esfuerzo de descubrir una teoría unificadora de campos partículas, que abarque la teoría fenomenológica (Murray Gell-Mann, premio Nobel 1969), la electrodinámica cuántica (Feynman, Schwinger, Tomonaga: premio Nobel 1965), la relatividad especial y la gravitación (Lorentz, v., y Einstein, v.).
Generalmente, hay tres posibilidades a priori para concebir una teoría unitaria, a saber: a) la del continuo matemático, en donde las aparentes discreciones o discontinuidades brotan tan sólo como singularidades en condiciones de margen, como en las cuerdas de un instrumento musical; ésta fue siempre la convicción de Einstein, Schródinger y la inclinación de Broglie (v.); b) la solución dualista y complementaria de la escuela de Copenhague, cuyo iniciador fue Niels Bohr (v.) y cuyo representante más destacado después es Werner Heisenberg (v.). que publicó su libro sobre Teoría unificadora ele campos de partículas elementales en 1967; y c) una teoría que, ya en su estructura matemática, rompe definitivamente con las vaguedades lógicas de algo "infinitamente pequeño" o "infinitamente grande", dando la preferencia al discontinuo, desde un principio. Éste es el cometido que se ha propuesto Fritz Bopp, sucesor de Arnold Sommerfeld en la cátedra de Física teórica de Munich; y precisamente en el año 1970 su teoría de las partículas elementales en un espacio discontinuo (reticular) finito, pero ilimitado, ha progresado mucho, en buena correspondencia con los últimos logros experimentales, como también la teoría de Heisenberg, que entra en la unión de Bopp. Últimamente, es la isomorfía de la estructura matemática la teoría que cuenta sobre todas en la ciencia física, y no la imaginación o representación intuitiva (p. ej., el esquema continuo-discontinuo), como han enseñado Heisenberg y Bopp en preciosas publicaciones.
7. Orden-azar. En la Antigüedad, los pensadores que han descubierto el orden (v.), sobre todo el orden matemático, como principio (v.) cósmico (el sentido de kósmos en griego es precisamente: orden, hermosura, mundo) fueron Pitágoras (v.) y los Pitagóricos (v.), entre los que destacan Arquitas de Tarento y su discípulo Eúdoxos de Knidos; también Platón (v.) y los Platónicos (v.). Aristóteles caracteriza a los Pitagóricos diciendo que han considerado "que los elementos de la matemática son también los principios de toda la realidad, y que todo el cielo es armonía y número" (Metafísica A5,985b23 ss.). En el otro extremo, el puro azar reina en el atomismo (v.) de Demócrito (v.), que no conoce ningún orden por determinación matemática. La Física nueva alienta el espíritu de Pitágoras y Platón.
Ya en 1919, Arnold Sommerfeld (1868-1951) abrió la segunda época de la teoría cuántica (la primera fue la de la introducción del quantum de acción por Max Planck, v., en 1900), en el prólogo de su obra Estructura atómica y rayas espectrales, el mejor manual sobre el tema hasta ahora, recordando la "música de las esferas" de los Pitagóricos: "La teoría cuántica es el órgano misterioso en el que la naturaleza toca su música de los espectros, y conforme a cuyos ritmos la estructura de los átomos y núcleos está ordenada". Diez lustros más tarde, Werner Heisenberg (v.) escribe: "¿Es posible encontrarse con el orden central de las cosas o del acontecer -y este orden es indudable- con la misma inmediatez como es posible comunicarse con el alma de otro hombre? Si así me preguntas, contestaría que sí" (Der Teil und das Ganze, Munich 1969, 293). Heisenberg estudió los diálogos de Platón, en el original griego, ya en su bachillerato, en 1919.
A pesar de la coincidencia en la búsqueda del orden central del mundo, las armonías y simetrías de la Física nueva son otras que en la filosofía antigua. En el Timeo de Platón, el orden es geométrico y, por tanto, estático. En la Física nueva, reina y rige el dinamismo no sólo del cálculo (v.) diferencial e integral, la dominación ya clásica del movimiento, sino que entran también formas más modernas y abstractas de la matemática, como los cálculos de vectores (v.), tensores y spinores; operadores y matrices (v.) de generación y aniquilación y de dispersiones y transformaciones (como la famosa "matriz S"); y sobre todo la teoría de grupos (V.) SU2, SU3 y las "simetrías superiores" discutidas después: SU6, SU,2). En estas investigaciones, principios puramente estructurales sustituyen las leyes de la conservación (p. ej., de la cantidad de movimiento, del momento angular, de la energía-masa, de la carta eléctrica), que son consecuencias de la constancia de sumas o productos algebraicos de los números cuánticos (enteros o semi-enteros) de las partículas elementales de interacción.
Es interesante observar que las "nuevas simetrías" se encuentran en el análisis de los datos experimentales no siempre en estados de una armonía total y perfecta, sino con pequeños estorbos y alteraciones. Mientras, que, por ej., la conyugación partícula-antipartícula es totalmente simétrica, no sucede lo mismo con la disociación del espectrograma de masas en el grupo del isospín; y el número cuántico de la paridad no se conserva en algunos procesos de interacción débil entre mesones y leptones. Heisenberg interpreta estos disturbios, que causan pequeñísimas asimetrías, con el influjo del estado inicial y básico del cosmos, y establece así la relación fundamental entre la Física elemental y la Cosmología (cfr. sus conferencias del año 1969 en Madrid). Apenas cabe duda de que esta interpretación ha descubierto una ley universal, porque coincide con la definición de lo objetivamente bello y hermoso en la estética, que es siempre la realización de armonías no totalmente (geométricamente) simétricas; p. ej., la belleza de una rosa, una orquídea, una montaña, una catedral gótica, la faz de un hombre genial, que nunca es cabalmente simétrica.
Así, pues, la Física nueva como teoría y experiencia del orden (v.) mundial no excluye taxativamente un cierto azar (v.) o casualidad, un impacto de contingencia (v.) real; en toda su estructura, es un rechazo completo de cualquier intento de determinismo (v.) universal. Multiplicidad y unidad, astros (estrellas, sistemas estelares) y cosmos (universo, mundo), partículas y campos, individualidad e interacción, elementos estructurales y estructuras energéticas, actos de realización (eventos elementales) y ondas de probab
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.