Ética. Ética y Moral.
La É. es el examen filosófico de la moralidad siendo, por tanto, una parte de la filosofía. La moralidad, por el contrario, es una cierta región o aspecto de la realidad: el de lo bueno y lo malo, de los valores y disvalores morales y de todo lo que a ello pertenece (v. MORAL I). El terreno de la moralidad incluye todos aquellos actos, actitudes y acciones personales que pueden ser portadores de valores o disvalores morales, todos aquellos bienes moralmente relevantes que nos imponen obligaciones morales, y también todas las leyes morales. La moralidad es una realidad objetiva que debe ser claramente diferenciada de su examen filosófico, que es la Ética.
Al decir que la É. es el examen filosófico de la moralidad entendemos por moralidad la verdadera moralidad objetiva, y no las "moralidades sustitutivas" ni su papel histórico social en ciertas tribus y en ciertas épocas. Estas últimas "moralidades" son tema para la sociología y la historia de las costumbres.
Planteamiento histórico. En el curso de la historia de la Filosofía podemos distinguir tres principales grupos de Ética:
a) En primer lugar las teorías que niegan lisa y llanamente la existencia y validez de la moralidad. Afirman que los valores morales, las normas morales, y las obligaciones morales son meras ficciones, invenciones, ilusiones o incluso supersticiones, una especie de tabú. Un representante típico de la negación de la moralidad es Arístipo de Cirene, propugnador del hedonismo (v.), quien afirmaba que la búsqueda racional del placer era la única norma válida para la conducta humana; según él, los conceptos de moralmente bueno y moralmente malo carecen de sentido, y la obligación moral no existe. Similar a este hedonismo, aunque no idéntico, es el hedonismo psicológico de Mandeville, el cual niega que el hombre pueda ser motivado en ninguna ocasión por algo distinto al placer y afirma, por tanto, que todas las acciones son igualmente egoístas. Otro tipo de negación de la moralidad se encuentra en Nietzsche (v.); afirma que la moralidad es una invención de los débiles nacida del "resentimiento" para protegerse contra los fuertes; pretende sustituir la moralidad por valores extramorales (biológicos, intelectuales y estéticos), es decir, por el ideal del superhombre. Otra rama también de este primer grupo es la é. de la escuela sociológica francesa de Dürkheim (v.) y Levy-Brühl, quienes niegan la existencia de una moralidad válida objetivamente o de normas morales, y admiten sólo la realidad histórico-sociológica de las normas e ideales morales, que para ellos no son otra cosa que creaciones de una sociedad determinada en una época determinada.
b) Hay un segundo grupo de teorías éticas que, aunque no niega la moralidad, deja de aprehender, sin embargo, la naturaleza específica de los valores y disvalores morales. Admiten que existe una norma objetiva y válida para la conducta del hombre, a la cual éste debe someterse. Existe para ellos un problema moral, pero reducen el valor de las actitudes moralmente buenas a meros medios para alcanzar ciertos bienes extramorales (v. UTILITARISMO; PRAGMATISMO). LOS principales representantes de este tipo de ética son f. Bentham (v.) y f. Stuart Mill (v.), quienes afirman que el valor de nuestras acciones ha de medirse solamente por el hecho de si sirven para aportar la mayor cantidad de bien para el mayor número de gente.
c) El denominador común del tercer grupo de éticas está enfocado sobre el dato de la moralidad. Todas ellas basadas en un reconocimiento del carácter específico de lo moralmente bueno y lo moralmente malo, en la importancia e impacto de la esfera moral y en la validez de la obligación moral. A esta esfera pertenecen todas las grandes éticas clásicas desde Platón (v.) hasta Kant (v.) y Max Scheler (v.), así como los deontologistas.
No obstante, las grandes y decisivas diferencias existentes entre estas escuelas, todas ellas reconocen de un modo u otro la existencia de la moralidad, de los valores morales, de las normas morales y de la obligación moral.
La diferencia más importante dentro del tercer grupo de escuelas éticas, que son las que más verdaderamente tratan de la É., es la existente entre la llamada é. "material" y la é. "formal".
El principal representante de la é. formal es Kant. Según él, una É. inmutable y generalmente válida debe constreñirse a ciertos rasgos formales de la voluntad; la "única" exigencia para una voluntad moralmente buena es que debe ser autónoma y seguir los dictados del imperativo categórico; de este modo las acciones del hombre moral deben ser motivadas no por la inclinación natural, sino exclusivamente por el deber (v.).
La é. material por el contrario (el término fue acuñado por Max Scheler) abarca no sólo los rasgos formales antes mencionados, sino también las virtudes (v.) morales, las sencillas leyes (v.) morales, tales como el Decálogo (v.) y todos los bienes moralmente relevantes que el hombre está obligado a respetar.
Aparte de Kant, son también hasta cierto punto representantes de la é. formal los llamados deontologistas (tales como Ross y Pritchard). Por el contrario, las é. de Platón (v.), Aristóteles (v.), San Agustín (v.), Santo Tomás (v.), Max Scheler (v.) y Dietrich von Hildebrand (v.) son todas ellas é. material (sin que por ello dejen de atender a la é. formal).
Percepción prefilosófica de lo moral y explicación filosófica. Otro rasgo fundamental que diferencia la é. formal de la material viene determinado por la cuestión de si una é. difiere de la otra en la valoración concreta de una acción o si sólo se diferencia en la explicación filosófica de su bondad o maldad.
La diferencia relativa a la valoración moral concreta procede de la percepción natural y espontánea de los valores morales. La ceguera ante estos valores es un fenómeno algo extendido; la percepción inmediata de lo bueno y lo malo se ve a menudo entorpecida por diversos factores, especialmente por la soberbia (v.) y la concupiscencia (v.). Esta ceguera prefilosófica afectará, como es obvio, al análisis de la moralidad, es decir, a la é. de un filósofo. Sin embargo, hay que distinguir entre la diferencia que resulta de una ceguera prefilosófica y la diferencia exclusivamente filosófica, que se manifiesta en la argumentación de por qué algo es moralmente bueno o en el modo de proceder en el examen filosófico de la moralidad. Entre Platón y Aristóteles no existen diferencias importantes en su actitud prefilosófica, es decir, en la valoración concreta de lo que es moralmente justo o equivocado; pero sus éticas se diferencian con respecto al examen filosófico. Cuando comparamos las éticas de S. Agustín y S. Tomás no hallamos diferencia con respecto a la valoración moral concreta de las acciones y actitudes humanas, ni en lo referente a qué es virtud y qué es vicio, si bien difieren en su argumentación filosófica.
La moralidad como tal es invariable y completamente independiente del curso de la historia. Sin embargo, en lo que se refiere a la percepción prefilosófica de los valores morales existe naturalmente un decisivo desarrollo, que consiste en el descubrimiento de una esfera más alta de la moralidad en la Revelación cristiana. A diferencia de la moralidad y de la percepción prefilosófica de los valores morales, la É. -como toda investigación filosóficaestá llamada a ahondar cada vez más profundamente en la naturaleza y estructura de la única, inmutable y verdadera moralidad.
Es cierto que una É. que de verdad hiciese justicia a la moralidad, es decir, un conocimiento filosófico totalmente adecuado de la moralidad en todas sus facetas, sería igualmente inmutable (v. PROBABILIDAD y PROBABILISMO, 1). Sin embargo, es consustancial a la naturaleza de la mente humana, incluso a la del mayor genio filosófico, el nue no sea capaz de dar respuesta a la vez a todos los problemas filosóficos relativos a la moralidad. Siempre será difícil ofrecer una visión completa de este capítulo desde un punto de vista filosófico. La investigación filosófica de la moralidad puede y debe experimentar un crecimiento si se aceptan todos los antiguos conocimientos éticos verdaderos, completándolos y corrigiendo anteriores errores. Pero este crecimiento no tiene en modo alguno el carácter de un progreso automático -como sucede en las ciencias naturales y especialmente en la tecnologíasino que es debido a la estatura moral e intelectual del filósofo (V. INVESTIGACIÓN VI, l).
Así podemos observar que en el curso de la historia de la Filosofía, algunos filósofos, carentes de las dotes indispensables para conquistar la verdad -sed real por la verdad y un sentido reverencial hacia el ser-, han intentado el examen profundo de la moralidad sustituyendo esas dotes con actitudes superficiales o interesadas que les han llevado a errores que pueden calificarse lisa y llanamente de desastrosos. La É. puede y debe desarrollarse en un proceso orgánico que complete y perfeccione cada vez más las verdaderas investigaciones sobre la moralidad, pero este crecimiento posible y deseable no se produce de manera mecánica, debe haber una coherencia entre la vida y actitud personal y la verdad descubierta o mejor conocida, y en ello influye el uso que de su libertad moral haga el filósofo; por eso el progreso de la É. es el polo opuesto de un proceso evolucionista o automático.
V. t.: MORAL 1; TEOLOGÍA MORAL; DERECHO Y MORAL.
’DIETRICH VON HILDEBRAND.
BIBL.: A. VERMEERSCH, Theologia moralis, Roma 1922, no 1, p. 3; 1. MAUSBACH, G. ERMECKE, Teología moral católica, 1, Pamplona 1971, 44-58 y ss.; U. E. PADOVANI, Il fondamento e il contenuto della morale, Milán 1947; íD, Filosofía e morale, Padua 1960; 1. M. RUBERT, Fundamento constitutivo de la Moral, Madrid 1955; 1. MARITAIN, Las nociones preliminares de la Filosofía Moral; Buenos Aires 1966; íD, Los grados del saber, Buenos Aires 1968; 1. LECLERCQ, Las grandes líneas de la Filosofía Moral, 3 ed. Madrid 1967; D. vox HILDEBRAND, Moral auténtica y sus falsificaciones, Madrid 1960; íD, Deformaciones y perversiones de la moral, Madrid 1967; íD, Ethische Werterkenntnis, "Jahrbuch fiir Philosophie" (Halle) V (1922) 492 ss.; fD, Ética cristiana, Barcelona 1961; O. N. DERISi, Los fundamentos metafísicos del orden moral, 3 ed. Madrid 1969; T. STEINBÜCHEL, Los fundamentos filosóficos de la moral católica, Madrid 1959; M. REDING, Fundamentos filosóficos de la Teología moral católica, Madrid 1964; B. VERZECOLLI, Etica generale secondo i principi della filosofía perenne, Roma 1958; A. SERTILANGES, La philosophie morale de St. Thomas d’Aquin, 2 ed. París 1942; M. JANSSENS, La morale de Pimperatif catégorique et la morale du bonheur, Lieia 1921; C. FARRO, 11 valore permanente della morale, en Atti del Convegno del Comitato Cattolico Docenti Universitari, Roma 1968; R. GARCÍA DE HARo, La conciencia cristiana, Madrid 1971.
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