Espiritualidad
F. Spiritualité. - It. Spiritualitá. - In. Spirituality. - A. Geistigkeit, Spiritualität. - P. Espiritualidade. - C. Espiritualitat. - E. Spiriteco. f. Naturaleza y condición de espiritual. || Calidad de eclesiástico. || Obra o cosa espiritual. || fig. Viveza extremada, vehemencia, energía: sublimidad de talento, de penetración, de sensibilidad, de alma; susceptibilidad exquisita o delicada.
Espiritualidad. Espirit. Estado y naturaleza de los espíritus, hecha abstracción de toda idea material.
Espiritualidad. Psicología. Espiritualidad del alma. Es aquella perfección propiedad o atributo esencial del alma humana, por la cual es espiritual. Espiritual se contrapone a material, y significa lo que se distingue o es independiente de la materia. Es de advertir, con todo, que el adjetivo espiritual puede tener dos significados. Uno es el que se le da en Ascética y Mística, cuando se significa con esta palabra lo que de alguna manera pertenece o se refiere al perfeccionamiento del hombre en orden a la consecución de la santidad y de su último fin sobrenatural. En esta acepción, el adjetivo espiritual viene a significar lo mismo que ascético, místico o sobrenatural, y este es el significado que tiene en las locuciones, vida espiritual, director espiritual, consejos, pláticas, lecturas espirituales, espiritualidad cristiana, &c., &c. No es este el significado de la, palabra espiritualidad que nos proponemos explicar aquí, sino el significado filosófico o, mejor dicho, psicológico, que es sin duda el primitivo, del cual se ha derivado el ascético o místico.
Para ello es conveniente exponer, en primer lugar, la noción exacta de ser espiritual, y el estado de la cuestión acerca de este problema, que ha sido de actualidad en todos los tiempos de la Historia, por ser trascendentalísimo, no solamente para las especulaciones de la ciencia psicológica, sino también para la práctica de la vida de la humanidad entera. En segundo lugar, propondremos críticamente las principales razones de los autores que se han decidido por la negativa, que son los que profesan el Materialismo. Por fin, terminaremos indicando someramente los principales argumentos que alega el Espiritualismo, principalmente el Espiritualismo cristiano.
I. La cuestión de la espiritualidad del alma.
Como la noción de alma está ya convenientemente propuesta en esta Enciclopedia, bastará aquí recordar que por alma se entiende el principio último de la vida, intrínseco al ser que vive. Tratándose del hombre, en el que, además de la vida racional, se encuentran todas las clases de vida esparcidas en los otros seres corpóreos inferiores, es el alma, según la definición dada por Aristóteles (De Anima, I. 2, c. 2), Id quo vivimus, sentimus, locomovemur et intelligimus, primo, es decir, "aquello, sea lo que fuere, en virtud de lo cual en último término vivimos, sentimos, nos movemos y entendemos". Definición amplísima, y al mismo tiempo exacta, en la que deben convenir todos cuantos admitan la realidad de los fenómenos vitales, sea cuales fueren sus opiniones acerca de la naturaleza del principio del cual dimanan. Este principio se ha llamado ánima o alma por los aristotélicoescolásticos, porque, según su opinión, es forma substancial del cuerpo vivo al cual anima y vivifica. Este nombre es usado también en nuestros días generalmente, aun por aquellos filósofos que niegan la substancialidad del alma, identificándola con la actividad (V. Substancialidad del Alma); los cuales, sin embargo, prefieren designarla con el nombre de mente, que era también conocido y aceptado por los escolásticos. "El alma humana, escribe santo Tomás (De Veritale, q. 10, al c.), se llama mente, en cuanto de ella brota naturalmente esa potencia", es decir, la de entender o el entendimiento. La expresión, pues, que explicamos afirma que este principio, llámese alma o mente, es espiritual.
Esta palabra, pues, que en, sentido amplio y poco usado significa el impulso o movimiento de un cuerpo aéreo, o sea el viento, "ha sido ulteriormente trasladada, como escribe, santo Tomás (C. G., 1. IV, cap. 23), a significar toda clase de fuerzas o substancias. invisibles y motivas", y consiguientemente, a significar la facultad o el principio de los fenómenos de conciencia, por lo menos de los superiores, esto es, la mente. Este es el sentido amplio y originario de la palabra espíritu o espiritual.
Mas la palabra espíritu, y consiguientemente espiritual, en la locución que explicamos, se toma en sentido estricto, que connota la elevación de lo que es espiritual sobre la materia o el cuerpo. Y por cierto una elevación o distinción cualquiera como la que según la teoría aristotélico-escolástica tiene el principio vital de las plantas y de los animales; sino tal, que importe necesariamente la independencia del cuerpo en el existir. En este sentido "espíritu es aquella substancia que naturalmente es independiente del cuerpo", esto es, que naturalmente puede existir sin el cuerpo".
Esta independencia en el existir; propia del espíritu respecto del cuerpo, es la raíz o fundamento ontológico de su independencia del mismo en e1 obrar, la [287] cual a su vez lógicamente, o sea por lo que se refiere a nuestro conocimiento es anterior a la independencia el ser, que no puede ser por nosotros conocida más que por sus operaciones.
Además la independencia de la materia por la cual se define la espiritualidad es, sí, una independencia intrínseca en cuanto al ser, en cuanto al producirse y conservarse y en cuanto al obrar; pero no es necesario que esa independencia sea absoluta, de manera que sea incompatible con una dependencia puramente extrínseca. Es esta una distinción que es de todo punto necesaria al tratar de la espiritualidad del alma, y especialmente de la de sus operaciones. Ella es la señal característica que distingue el Espiritualismo moderado, del exagerado; y al mismo tiempo la clave para la solución de los problemas que propone el Materialismo, al cual, el Espiritualismo moderado que proclama esa dependencia extrínseca de la materia, puede sin ningún inconveniente conceder todo lo que en sus argumentos hay de real. La independencia intrínseca de la materia, propia del alma espiritual, por lo que se refiere al ser, requiere en ella la capacidad natural de existir separada del cuerpo. Por lo que se refiere al obrar, el alma espiritual es menester que pueda ejercer algunas operaciones sin el concurso inmediato de las energías materiales del cuerpo. La dependencia intrínseca, que también puede llamarse dependencia inmediata y elicitiva, es la dependencia del efecto respecto de su causa inmediata y total. En cambio, la dependencia extrínseca, que suele también llamarse mediata, es la dependencia que tiene alguna cosa respecto de una condición, sin la cual no se produciría o no existiría, aunque dicha condición no influya en ella de manera alguna. Un ejemplo pondrá en claro la distinción profunda que hay entre estas dos maneras de depender. Así, en la hipótesis de que, un pintor, pincel en mano, fuese trazando su cuadro con los colores que le presentase otra persona, la obra de arte que se produciría dependería intrínsecamente del pintor y del pincel que éste usa como instrumento; pero solamente dependería extrínseca, indirecta y mediatamente, de la persona que suministra al pintor los colores.
Esta distinción es fundamentalísima para juzgar rectamente de los argumentos que se aducen en pro o en contra de la espiritualidad del alma; y de no tenerla presente, se siguen grandes confusiones en esta gravísima cuestión. Para decidir la cuestión en contra de la espiritualidad es menester que se pruebe, no una dependencia cualquiera de la actividad superior de la inteligencia y de la voluntad respecto del organismo, sino una dependencia intrínseca e inmediata, de suerte que se demuestre ser estos actos orgánicos o producidos por alguna parte del sistema nervioso. Y, por tanto, para demostrar la espiritualidad es menester probar independencia intrínseca e inmediata de estosactos respecto del sistema nervioso; y esta independencia intrínseca puede muy bien darse, aunque, por lo demás, el psiquismo superior, esto es, la voluntad y el entendimiento, dependan extrínseca, mediata y remotamente, no como de causa, sino solamente como de condición, del psiquismo inferior, esto es, de la imaginación y de las tendencias orgánicas y, por consiguiente, de la materia.
La cuestión, presente, además de esas nociones, presupone que han sido resueltas en sentido afirmativo otras cuestiones previas relativas a la naturaleza del alma, sin lo cual la presente no tendría razón de ser. En efecto, supónese probada en primer lugar como es natural, la existencia del alma como principio de la vida distinto de las fuerzas físicoquímicas y de la organización accidental del cuerpo vivo (V. Vitalismo). Esa distinción del alma respecto de las fuerzas fisicoquímicas de la materia bruta, aunque no se hubiese probado por razón de las operaciones de la vida vegetativa, que estudian principalmente la Citología, la Embriología y la Fisiología, todavía resultaría evidente por razón de los fenómenos llamados de conciencia, por lo menos por razón de aquellos que forman la vida superior del hombre. Supónese, además, que el alma o el principio último de esos fenómenos superiores que suele significarse con el pronombre yo; en todas las lenguas, es algo intrínseco al hombre y permanente bajo los distintos fenómenos de conciencia, así simultáneos como sucesivos, de los cuales el yo es el portador y la causa. En otras palabras, supónese la substancialidad del yo (V. Fenomenismo o Substancialidad del Alma). Supuestas estas dos cuestiones resueltas afirmativamente, tiene ya razón de ser la presente cuestión, que es la siguiente: ¿Este principio substancial distinto de las fuerzas físicoquimicas y de la organización accidental de la materia bruta, es todavía material, o bien espiritual y distinto, por tanto, de toda materia e intrínsecamente independiente de ella? Y como la materia en este caso, no sería otra que la del sistema nervioso, en último análisis lo que aquí se trata de averiguar es si el alma es o no, alguna parte del sistema nervioso o por la menos alguna entidad que, aunque se distinga de él, depende con todo intrínsecamente del mismo en el ser o en el obrar.
Es tan trascendental este problema, que no es posible encontrar sistema filosófico alguno, que más o menos directamente no se haya pronunciado de alguna manera acerca del mismo. Las diversidades en el opinar acerca de la naturaleza del alma son muy grandes, pero prescindiendo de ellas y concretándonos a la cuestión presente de la espiritualidad, todas las opiniones pueden muy bien reducirse a dos grandes grupos: el de los que la niegan y el de los que la afirman. El primero de estos grupos es designado con el nombre general de Materialismo antropológico. El segundo grupo puede designarse con el nombre de Espiritualismo, en el cual es menester distinguir ulteriormente otros dos grupos de opiniones, el del Espiritualismo exagerado o inmoderado, que afirma más de lo que es menester para la espiritualidad del alma.; y el del Espiritualismo moderado, que, atento ante todo a los hechos que nos dan las ciencias positivas, encuentra en ellos lo que basta y se requiere para afirmar la espiritualidad del principio pensante.
No nos entretendremos aquí en hacer un recuento de los principales autores de todos los tiempos que han militado en uno u otro campo, porque este trabajo está ya hecho en esta Enciclopedia. (V. Psicología, primera parte). En la historia del pensamiento humano se encuentra sumamente, arraigada la doctrina espiritualista en todas las épocas, pero principalmente en las de mayor progreso y esplendor, pues las ideas espiritualistas no solamente se encuentran en las masas populares e incultas, sino en la mayor parte de los sabios de todas las civilizaciones y de todos los pueblos. Nuestra civilización y nuestro tiempo no es una excepción de lo que estamos diciendo. En efecto, por lo que se refiere a las creencias populares, no parece posible encontrar pueblo ni raza alguna que no tenga muy arraigadas las ideas espiritualistas, por más que en muchos estas ideas se hallan afeadas con crasísimos errores; y muchas veces el Espiritualismo teórico doctrinal se da juntamente con el Materialismo práctico. No hay pueblo alguno, ni civilizado ni salvaje, que no profese alguna religión; y toda religión profesa de alguna manera el Espiritualismo, que está íntimamente unido con la creencia en la existencia de Dios y la supervivencia del alma. En cuanto a los sabios y hombres de ciencia, es también evidente que en nuestros días son muchos más en número los que profesan ideas espiritualistas que los materialistas; [288] porque, entre los primeros deben contarse no solamente los sabios que profesan el Cristianismo como son los católicos, los cismáticos griegos y, por lo menos, muchos protestantes, sino también muchos pensadores más o menos indiferentes en materias de religión como, por ejemplo, los que profesan algún grado de idealismo o de neocriticismo, y la inmensa mayoría de los que en nuestros días se dedican a la Psicología experimental, quienes abiertamente se declaran contrarios al Materialismo, que reduciría la Psicología a una pura Fisiología, y proclaman la irreductibilidad del fenómeno psíquico y su independencia del fenómeno físico, si bien muchas veces caen en los errores del Fenomenismo (V.) y del Paralelismo psícofisico, [véase Psicofísico (Paralelismo)]. Estas aserciones acerca del mayor o menor número de pensadores favorables o desfavorables al Espiritualismo, pueden verse justificadas con sólo recorrer los epígrafe de la primera parte del artículo Psicología anteriormente citado. Ciertamente, si la cuestión entre el Espiritualismo y el Materialismo hubiese de decidirse por peso de autoridad o por mayoría de votos, en cualquiera época de la historia del pensamiento, el Materialismo sería infaliblemente derrotado. Pero como esta cuestión, como cualquiera otra científica, no debe decidirse por el sufragio de los más, sino por medio de hechos y razones, pasemos a exponer brevemente, los principales argumentos de una y otra doctrina, comenzando por los que aduce el Materialismo para negar la espiritualidad del alma.
II. Argumentos del Materialismo antropológico.
Claridad y sencillez del Materialismo. Una de las razones más fuertes que pueden aducirse en favor del materialismo es su misma aparente claridad y sencillez. En el vulgo, por falta de desarrollo intelectual, lo mismo que en muchos hombres dedicados exclusivamente a las ciencias positivas, las facultades superiores de inteligencia y raciocinio hállanse como atrofiadas y envueltas con los elementos imaginativos de nuestro psiquismo inferior; siendo esto la causa de que estos hombres desprecien todo lo que trascienda la experiencia sensible, y fácilmente vengan a persuadirse de que no pueden comprender más que lo que pueden imaginar. Para estos hombres, el modo sensible y plástico con que se exponen las doctrinas materialistas constituye un argumento de no poco valor. Imposibilitados por su constitución psicológica para aprehender las realidades suprasensibles, admiten con suma facilidad y sin discusión todo cuanto se les presenta de manera que pueda ser representado por una imagen. Veamos, pues, algunas de las fórmulas más célebres con que se presentan las doctrinas materialistas.
En la imposibilidad de presentar al lector todas las maneras cómo se ha formulado la tesis materialista, nos contentaremos con aducir algunas de las principales, así por lo gráficas que son, como por la nombradía científica de sus autores. Todos convienen en que la substancia pensante es el cerebro, y que el pensamiento no es más que una función del mismo; y para expresar esto, unos como Hartley dicen que el pensamiento es una vibración nerviosa del cerebro; otros como Moleschott afirman que le reduce a un movimiento y a una transformación de la energía cerebral. Hay quien dice, como Cabanis, que es menester considerar el cerebro como un órgano particular destinado especialmente a secretar el pensamiento, de la misma manera como el estómago y los intestinos se ordenan a hacer la digestión, el hígado a destilar la bilis, y los riñones la orina. Mientras otros como Büchner opinan que el pensamiento es una fosforescencia del cerebro, repitiendo el aforismo enfático de Moleschott: Ohne phosphor, keine gedanke (Sin fósforo no se da el pensamiento) (Urráburu, Psychologia, II, pág. 22, y, los autores allí citados).
Estas son las fórmulas principales de que usa el Materialismo antropológico, las cuales aunque en sí no son pruebas algunas, sino meras afirmaciones de lo que debería demostrarse; con todo, por ser lo que se afirma representable por la imaginación, tienen una fuerza especial en la mentalidad del materialista en la que predomina y lo absorbe todo la imagen, como lo dijo explícitamente d’Holbach, y vienen repitiéndolo todos: "No podemos admitir, dicen, una substancia que no nos la podemos representar. Ahora bien, ¿cómo representarnos una substancia espiritual, que no es más que la negación de todo lo que nosotros conocemos?" En realidad, la imposibilidad de representarse con la imaginación una substancia espiritual atribuyéndole colores, sonidos y las otras cualidades sensibles, únicas que pueden ser representadas y combinadas por la imaginación, es un hecho evidente; y si no hubiese otra manera de conocer, sería de algún peso esta razón. Pero por encima de esta manera de conocer, está el conocimiento intelectual, está el pensamiento (V. Pensamiento), que aprehende lo inmaterial como luego diremos, y nada impide que se tenga un concepto claro, preciso y exacto de una cosa espiritual mientras no se confunda esta manera de conocer superior con el conocimiento orgánico de los sentidos y de la imaginación. Esta razón, pues, no puede tener fuerza alguna mas que en la mentalidad del que renuncie por lo menos prácticamente, al conocimiento, intelectivo. Veamos, pues, si las aserciones del Materialismo se demuestran con otros argumentos más científicos.
Argumentos fisicoquímicos. El materialista invoca, es verdad, principalmente argumentos tomados de las ciencias positivas. Veamos, en primer lugar, los que encuentra en la Química y en la Física. Para apreciar debidamente su valor, es menester, ante todo, exponerlos con toda fidelidad, echando mano de las mismas palabras de los principales materialistas. "Si hago el análisis químico del cuerpo humano, dice Moleschott, encuentro carbonatos, amoníaco, cloruro de potasio, fósforo, sodio, cal, magnesio, hierro, ácido sulfúrico, sílice, y nada de alma ni de espíritu. Luego en el hombre no se da un alma." A este se reduce también el argumento más vulgar de los que dicen: "jamás he encontrado el alma en la punta de mi escalpelo". Una sencilla reflexión descubre el verdadero valor de este argumento. En efecto, el que lo propone seriamente supone que el principio pensante es algo material como lo son los elementos que encuentra el análisis químico, o el escalpelo; o no lo supone. Si lo supone es evidente que no lo demuestra. Si no lo supone, ateniéndose a la noción de espíritu que por definición es un ser que no es materia ni dependiente de la materia, ¿cómo va a encontrarlo en el análisis químico, o en la autopsia? ¿Cómo este principio va a quedar en una probeta, o adherido a la punta del escalpelo? Precisamente por ser un ser espiritual, ha de ser esto completamente imposible. La Química, pues, nada puede seriamente objetar contra la existencia del alma espiritual.
No son menos endebles los argumentos tomados de la Física, los cuales estriban principalmente en el "principio de la conservación de la energía", que afirma que "la suma de la energía actual y potencial del mundo es siempre la misma; principio universal que según los materialistas abarca aún las energías de los cuerpos vivientes, sin exceptuar el cuerpo humano. Ahora bien, dicen los materialistas, si el alma humana fuese espiritual e independiente de la materia, podría por sí misma aumentar o disminuir la energía del cuerpo vivo, contra lo enunciado por dicho principio. Luego el alma no es espiritual. Para apreciar en su justo valor [289] este argumento contra la espiritualidad del alma, es menester tener presente que el principio que se invoca no es un principio fundamental del pensamiento, como lo es, por ejemplo, el principio de contradicción; sino una ley puramente empírica hallada primero para los cuerpos anorgánicos, y extendida después también a los orgánicos. Sea lo que fuere de la legitimidad de esta extensión, el principio de la conservación de la energía no pugna en manera alguna con la espiritualidad del alma humana; porque la actividad espiritual del alma, precisamente por serlo, no entraría en sí misma dentro de este círculo de fuerzas materiales, para las cuales solamente se enuncia y se prueba. Es verdad que esta alma espiritual es al mismo tiempo, en el sistema del Espiritualismo moderado, principio de la vida orgánica; mas esto tampoco es incompatible con la ley de la conservación de la energía, con tal que se admita que el alma como principio vegetativo no produce nuevas fuerzas ni destruye las existentes en el mundo material, sino que es solamente una especie de acumulador y transformador de la energía, cuya inversión dirige de un modo conveniente a la vida, sin apartarse un punto de lo que exige dicha ley. Si, pues, la existencia de un principio de la vida orgánica distinto de la materia bruta no es incompatible con lo enunciado por la ley de la conservación de la energía ¿cuánto menos lo será la existencia de un principio espiritual, que queda en sí mismo y por su misma naturaleza fuera del círculo de las fuerzas materiales en las que ella se verifica? Es verdad que el alma humana determinaría en la vida orgánica y en el psiquismo material fenómenos y movimientos que no pueden realizarse más que por medio de energías materiales, y, por tanto, sujetas a la ley de la conservación de la energía; pero esto no es obstáculo alguno para la generalidad de esta ley respecto de las fuerzas materiales; bien así como nada contra la misma comete el maquinista que determina calor a producir distintos efectos el químico que en su laboratorio obtiene las reacciones que quiere, aplicando a voluntad unos elementos a otros conforme a sus respectivas afinidades.
Argumentos de la Anatomía. Otros materialistas acuden a la Anatomía, investigando la relación que pueda haber entre el grado de inteligencia y el de desarrollo de la cabeza y del sistema nervioso, principalmente del cerebro. Grosse Köpfe, grosse Geister, dijo Carlos Vogt. Esto es, "a grandes cabezas, grandes inteligencias". La fuerza de la inteligencia sería proporcional a las cualidades materiales del cerebro. Las principales en las que se ha pretendido ver esta correlación son el desarrollo del cráneo, la superficie del cerebro, su peso así absoluto como relativo a lo restante del cuerpo o del sistema nervioso, y la cualidad de la substancia cerebral.
Los resultados de las investigaciones hechas al efecto de confirmar la tesis materialista, ofrecen resultados verdaderamente desconcertantes, como puede verse en las estadísticas que presentan varios autores, como, por ejemplo, M. G, Colin en su Traité de Physiologie comparée, y en los mismos libros de hombres nada sospechosos de espiritualismo, en los que se consignan datos incompatibles con lo que se quisiera suponer.
Así, para no citar más que algunos ejemplos, por lo que se refiere a la superficie del cerebro, hipótesis a la que recurrió Flourens, es evidente que no existe esta proporción, pues los hemisferios del conejo tienen proporcionalmente a su peso más extensión que los del hombre. Otros pensaron que era menester atender a la riqueza de las circunvoluciones; pero el elefante desde este aspecto está mejor dotado que el hombre; el asno y el carnero son más ricos que el perro. Por lo que se refiere al peso, el del cerebro humano es por término medio de 1.360 gr.; el cerebro de Byron pesaba 2.238; el de Cuvier, 1.830; el de Cromwell, 2.231; el de un epiléptico estudiado por Buchnill 1.830: el de Gambetta, 1.294 (datos de Cyon y Binet, autores citados por De la Vaissière, Psicología experimental traducción castellana, págs. 340 y 341). Todos esos hombres notables quedarían desde este punto de vista en un grado de inteligencia inferior a la de varios animales, cuyo cerebro es notablemente mejor. Pueden, citarse como ejemplos, el cerebro de la ballena, que tiene 2.500 gr., el del delfín, que pesa 2.800, y el del elefante, que llega a 3.000 gr. Y si no se atiende al peso a absoluto, sino al relativo al del cuerpo, tampoco sale el hombre mejor parado, ya que en él esa relación es la de 1/30 mientras que en el canario es la de 1/4;y en el pequeño mono de América llamado tití 1/28 (De la Vaissiére, 1. c.). Lo mismo debería decirse respecto de la magnitud del cráneo. "Se tiene conocimiento por las relaciones de sus contemporáneos, escribe Farges (Le cerveau, lâme et les facultés, página 143), de un cierto número de grandes personajes y de grandes ingenios, no menos notables por la pequeñez de su cabeza, tales como Rafael, Voltaire, Descartes y Napoleón. Se puede, pues, ser un gran hombre sin tener mucho cerebro. La correlación, pues, del grado de inteligencia con las distintas propiedades de la cabeza o del cerebro no se ha descubierto todavía. A lo más, existe acerca de alguna de las mencionadas, como, por ejemplo, de la magnitud del cráneo una proporción global entre los individuos de una misma raza. Binet parece haberla hallado para los niños de las escuelas de París", (De la Vaissiète, 1, c.). "Por lo que se refiere al grupo, escribe Binet, la significación de estas medidas es tan precisa que podría servir para una diagnosis de conjunto... Pero si en lugar de presentarme los niños agrupados me los traen uno a uno, y me piden que juzgue de cada uno por la magnitud del cráneo, me veo obligado a renunciar a este trabajo."
Esto no obstante, no creemos imposible que exista una correlación no solamente global, sino también individual, entre ciertas cualidades materiales del cerebro de cada individuo y el grado de inteligencia del mismo. Mucho antes de estar en uso las medidas craniométricas, un gran grupo de filósofos espiritualistas y escolásticos admitieron, en general, esta correlación que hasta el presente no ha podido hallarse, positivamente en qué consiste, cuando defienden la tesis de que las almas humanas en sí mismas todas son de igual perfección;. y que las diferencias en el grado de inteligencia de los distintos individuos provienen exclusivamente de las cualidades innatas o hereditarias del sistema nervioso, y de las adquiridas por el ejercicio y la educación. La espiritualidad del alma, pues, no es incompatible con la correlación alegada, y todavía no comprobada, por los materialistas, con la cual a lo más se probaría la dependencia extrínseca o mediata de las funciones intelectuales respecto del cerebro, mas no la inmediata e intrínseca, que es la que el Materialismo debería demostrar. Aplicando esta distinción que hemos explicado anteriormente, lo único que queda demostrado en los argumentos aducidos es la verdad del Espiritualismo moderado, pero en ninguna manera la materialidad de la mente. Lo mismo puede decirse de todos los argumentos, a primera vista más convincentes, que pueden agruparse con el título siguiente.
Argumentos psicofisiológicos. Bajo este título agrupamos una multitud de hechos de orden psicofisiológico, que suelen alegar los materialistas para probar que el pensamiento es una función del cerebro. En la imposibilidad de mencionarlos todos, lo cual, por otra parte, sería completamente inútil, pues la solución que se dé [290] para uno solo basta para todos los demás, nos contentaremos con aducir los principales, tomados de la Fisiología y de la Patología, como lo hace el padre Coconnier (L’âme humaine, pág. 48), resumiendo los alegados por varios materialistas célebres, principalmente por Moleschott, de la siguiente manera: "Desde luego, dicen, las alteraciones materiales del cerebro ejercen una influencia cierta en el pensamiento. Mil hechos lo prueban, y algunos de una manera que no deja lugar a réplica: prodúzcase, por ejemplo, una degeneración en los hemisferios cerebrales, y se verá resultar la somnolencia, la debilidad de espíritu, tal vez la idiotez completa. Nadie ignora que el cerebro está envuelto con una triple membrana; pues bien, si la cantidad de líquido llamado encefalorraquídeo, que está contenido entre la piamadre y la aracnoide, aumenta de una manera excesiva, pronto sobreviene el estupor, y la actividad mental queda suspendida. Nadie ignora que, si se rasgan los vasos sanguíneos, una cantidad considerable de sangre se esparce por la masa del cerebro; pues bien, una consecuencia de esa alteración morbosa es la pérdida de la conciencia. El delirio no es más que una manifestación de una enfermedad cerebral. ¿Por qué la pérdida de conciencia acompaña al síncope? Es porque habiéndose debilitado en demasía los latidos del corazón, la sangre llega al cerebro en demasiado poca cantidad. ¿Las bebidas diversas, el te, el café, el alcohol, el vino, no influyen por ventura en nuestras ideas obrando previamente en el cerebro? Es, pues, absolutamente evidente, que las modificaciones del cerebro ejercen una influencia sobre nuestro pensamiento. He ahí algunos nada más de los hechos innumerables acumulados por los materialistas, y, por otra parte, reconocidos por todos, aun por el vulgo de todos los tiempos, con los cuales se pretende probar que el pensamiento es una función, un acto del cerebro.
Mas estas razones, si algo valen, no hacen más que impugnar el Espiritualismo inmoderado o exagerado, introducido por Descartes y profesado por los autores espiritualistas posteriores, que se inspiraron en sus doctrinas, rechazando o ignorando el Espiritualismo moderado de los aristotélicoescolásticos, contra el cual estas razones nada absolutamente valen. En efecto, el que con el Espiritualismo exagerado no admita más que una clase de fenómenos de conciencia, el que atribuya todo fenómeno de conciencia a sola el alma espiritual y niegue los fenómenos de conciencia materiales o propios del sistema nervioso vivo o informado por el alma, el que se imagine el alma espiritual como encerrada en el cuerpo y moviendo al cuerpo, como el piloto en la nave; en presencia de esos argumentos del materialismo, y aun del sentido común, no podrá menos de renunciar a una defensa honrosa para el sistema que defiende. Muy diferente de ésta es la posición de los aristotélicoescolásticos, cuyo espiritualismo moderado permite reconocer todo lo que hay de verdad en los hechos aducidos por los materialistas de nuestros días y por la observación vulgar de todos los tiempos. El sistema aristotélico-escolastico establece una distinción esencial o especifica entre la imagen sensitiva y el concepto intelectual (V. Pensamiento y Sensismo); entre la actividad psíquica inferior que es orgánica, propia del sistema nervioso, especialmente del cerebro, y que, por tanto, se halla también en los animales, y la actividad psíquica superior del entendimiento y de la voluntad, la cual es exclusiva del hombre, y es producida por sola el alma y dependiente intrínsecamente de ella solamente, si bien extrínseca o mediatamente depende del psiquismo inferior material, como de pura condición. Esta dependencia extrínseca, que prueba evidentemente la experiencia, se funda ontológicamente en la tesis que de ella lógicamente se deduce y admiten y exponen todos los escolásticos. Todos ellos, así antiguos como modernos convienen porque es esencial a su sistema, en que el alma humana, a pesar de ser espiritual, es forma substancial del cuerpo humano, con el que constituye una sola persona, una sola naturaleza y aun una sola substancia (V. Unidad Substancial del Hombre). Esto supuesto, el argumento psicofisiológico aducido por los materialistas nada absolutamente prueba contra el Espiritualismo moderado. Porque los hechos aducidos se explican perfectamente por razón del psiquismo material, que es intrínsecamente dependiente, como de causa eficiente y de sujeto delsistema nervioso del hombre vivo, uno de cuyos elementos constitutivos intrínsecos y esenciales es el alma: quedando a salvo la independencia intrínseca e inmediata del psiquismo superior propio de sola el alma, el
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