Aunque A. Es UN Término Muy Amplio Que Abarca a Gran Número de Individuos Vivientes Distintos entre
En oposición a vegetal. Desde un punto de vista fenomenológico, un a. se diferencia de un vegetal en que tiene órganos sensitivos. Las plantas, aunque no carecen de órganos, no poseen, sin embargo, órganos sensitivos. Un órgano se caracteriza por ser instrumento, es decir, por estar al servicio de fines que no son los suyos propios; pero, a su vez, se diferencia de un instrumento en que tiene la capacidad de conservarse y realizarse a sí mismo (en este sentido un órgano es una "entelequia"). Los órganos, como es obvio, no se diferencian sobre la base de su carácter enteléquico, sino sobre la base de los fines a que sirven como instrumentos. En el ámbito vegetativo, como ya observó Aristóteles (v.), no hay más fines que la alimentación, el crecimiento y la reproducción. Los órganos vegetales se caracterizan por ser instrumentos para la realización de dichos fines. En cambio, el rendimiento de los órganos de los sentidos no está al servicio de esta forma de autoconservación. En efecto, a diferencia de las posibilidades que se presentan en el ámbito de la vida de los vegetales, que son posibilidades de lo inanimado, las posibilidades de los órganos sensitivos de los a. son posibilidades de impresiones sensibles (colores, sonidos, olores...). Pero las impresiones sensibles, aparte de las posibilidades que pueden mostrar para el fin de tal o cual acción vital, no son para los sentidos meras posibilidades, sino ya realidad. Los colores, p. ej., son ahora para la vista, mientras que para el fin de una acción vital, como la caza, p. ej., son solamente posibilidades, son un todavía no. Se puede advertir cómo, de ese modo, surge vitalmente el espacio a.
Una posibilidad futura -para la acción vital- realmente sentida ahora -por los sentidos- se muestra en un allí íntimamente conexionado con un aquí, pues todo aquí contiene posibilidades para el comienzo de una acción vital y todo allí contiene posibilidades para el final de la misma. El espacio es, entonces, la relación que encadena el aquí con el allí. Todo espacio a. es, por tanto, el espacio de una acción vital concreta.
El espacio no está presente en la vida de los vegetales, pues para ellos no existe la tensión entre un aquí y un allí. Éstos no existen más que en el espacio del observador y cuando se habla de una estructura y un orden espaciales en la planta no sólo se deslizan en la interpretación nuestras representaciones del espacio, sino que, además, estas representaciones llevan a practicar cortes instantáneos en el fluir del acaecer del vegetal interpretando entonces la simultánea copresencia de diversos elementos del orden vegetativo como estructura espacial.
En oposición a `hombre’. Se debe rechazar cualquier tipo de antropomorfismo en el estudio de los a., y, por esta razón, la única manera que hay de comprender la articulación de la vida a. es a través de la observación del comportamiento de los a. últimamente la psicología experimental ha probado experimentalmente muchas ideas que ya Aristóteles tenía acerca de los a.
El rasgo que más destaca del comportamiento -tanto el innato como el adquirido- de los a., si se compara con la flexibilidad de la naturaleza humana, es su carácter estereotipado. Al indagar las causas del mismo, Lorenz (v.) descubrió que, tanto para los modos innatos de comportamiento, como para los adquiridos, existen desencadenadores determinados y específicos que consisten en un número relativamente pequeño de notas sensoriales, que se presentan siempre según el mismo modelo. De ello se infiere que han de existir esquemas preformados de acuerdo con los cuales la percepción ordena las diversas características sensibles. Estas predisposiciones perceptivas preformadas tienen la propiedad de destacar, de la multiplicidad de las impresiones sensibles subjetivas del a., unas cuantas sensaciones para enlazarlas, según un modelo, en una configuración unitaria, que es el llamado desencadenador. Los desencadenadores son, en último término, los objetos con los que se enfrentan los a. en su mundo propio subjetivo. Este enfrentamiento consiste en que determinados modos de comportamiento se desencadenan, inevitablemente y sin posible mediación de aprendizaje, en cuanto se registran los signos sensibles correspondientes a los esquemas desencadenadores. Los desencadenadores, que determinan el comportamiento de los a., no existen más que en la esfera subjetiva del a. correspondiente. Todo a. dispone de un determinado acervo de posibilidades de comportamiento esquemáticamente preformadas y de posibilidades perceptivas no menos esquemáticamente preformadas. Es evidente, por tanto, que en vez del clásico instinto hay que poner el par conceptual "modo de comportamiento-desencadenador".
Percepción animal y conocimiento humano. Ahora bien, el comportamiento de los a. no está dirigido por las percepciones sensibles que registran procesos del mundo externo, sino que dirige, a su vez, las percepciones sensibles y las posibilidades que tiene el mundo externo de dirigir el comportamiento del a. a través de los órganos de los sentidos. En otras palabras, entre percepción sensible y comportamiento motor del a. existe una relación recíproca, en la cual, percepciones sensibles y comportamientos motores, se regulan mutuamente. La percepción del a., en efecto, no unifica las sensaciones de un desencadenador que ponga en marcha un comportamiento más que cuando el a. se encuentra en la predisposición correspondiente. Desencadenador y comportamiento desencadenado, por tanto, no son elementos aislados, sino fenómenos parciales y mutuamente referidos de un todo unitario, pues aparecen juntos y en el marco de una armonización que los abarca a ambos. De este modo, se hace comprensible que la percepción de los a. determine su comportamiento, mientras que, al mismo tiempo, el comportamiento influye como regulador en la percepción.
El comportamiento, aunque realmente es un medio que tiene el a. para alcanzar sus fines, vitalmente no es medial porque el comportamiento a. no se desencadena desde la posesión cognoscitiva de la finalidad: el a. posee los fines instintivamente, pero no objetivamente. El horizonte vital de los a. está circunscrito por las necesidades orgánicas que rigen sus percepciones; un a. sólo percibe lo que tiene sentido en relación con sus necesidades y la percepción, además, se constituye desde aquéllas. En último término, el conocimiento del a. no es más que una información -objetivación del estímulo proveniente del medio exterior- que se adecúa irreflexivamente con las necesidades vitales, dando lugar a las pasiones apetitivas que condicionan de un modo absoluto su comportamiento. Sería un error, por tanto, pensar que la culminación del conocimiento a. es conciencial. La atención del a. no es conciencialmente reflexiva -su comportamiento sería, entonces, medial e inteligente-, sino selectiva. Tal afirmación se corresponde con el hecho de que el a. no puede insertar tiempo entre la percepción y el comportamiento. Insertar tiempo entre percepción y movimiento, como sucede en el caso del hombre, significa que el conocer es una detención gracias a la cual el comportamiento no sigue inmediatamente a la percepción; el hombre puede, entonces, realizar las acciones desde la posesión objetiva de la finalidad. Y ésta es la razón de que la conducta humana sea, frente al carácter estereotipado del comportamiento a., medial e inteligente.
I. FALGUERAS SALINAS.
BIBL.: T. vox EUXKUELL, El hombre y la naturaleza, Barcelona 1961; K. LGRENZ, über die Bildung des Instinktbegriffs, "Die Naturwissenschaften" 1; fD, Uber dem Begriff der Instinkthandlungen, "Folia Biotheor etica" 2; ID, Die angeborener Formen móglicher Erfahrung, "Zeitschrift für Tierpsycologie" 5; D. KArz, Animales y hombres, Madrid 1961.
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