Alma bella
(gr. kalh1 vuch1; franc. belle ame; alem. schöne Seele). La expresión tiene origen místico. Ya Plotino hablaba del Alma bella, que es el Alma que retorna a sí misma o es sí misma (Enn., V, 8, 13), recordando quizá a "la belleza en las almas" de la que hablaba Platón refiriéndose a la forma de belleza superior a la belleza corporal (Conv., 210 b). La expresión se encuentra más adelante en los místicos españoles del siglo XVI. Una expresión equivalente (Beauty of the Heart) y la misma expresión (belle âme.) se encuentran en Shaftesbury y en La nueva Eloísa (1761) de Rousseau, respectivamente. Pero en su significación específica, la expresión fue usada por vez primera por Friedrich Schiller para indicar el ideal de un Alma no sólo "virtuosa" (esto es, cuya voluntad se halle determinada por el deber), sino "graciosa", en el sentido de que en ella la sensibilidad concuerde espontáneamente con la ley moral. "Se denomina Alma bella -dice Schiller- aquella en la que el sentimiento moral ha terminado por asegurarse todas las afecciones del hombre, al punto de poder abandonar sin temor a la sensibilidad la dirección de la voluntad, sin correr nunca el riesgo de hallarse en desacuerdo con las decisiones de ésta... Un Alma bella [41] no tiene más mérito que el de existir. Con facilidad, como si el instinto eligiera por ella, ejecuta los deberes más penosos para la humanidad, y el sacrificio más heroico que arranca al instinto natural aparece como libre efecto de tal instinto" (Werke ["Obras"], ed. Karpeles, XI, 202. Cf. Pareyson, L’estetica dell’Idealismo tedesco, pp. 239 ss.). Kant no rechazó resueltamente este concepto de Schiller y, aun atenuándolo, no negó que la virtud pudiese o debiese estar acorde con la gracia (Religión, I, obs. nota). Sin embargo, en la Antropología (I, § 67) adoptó la expresión Alma bella entendiendo como tal, el "punto central, en torno al cual el juicio estético recoge todas sus apreciaciones acerca del placer sensible, en cuanto éste puede unificarse con la libertad del entendimiento". El concepto adquirió gran importancia en el romanticismo. Hegel lo adoptó en la Fenomenología del espíritu (VI, C, c): el Alma bella es una conciencia que "vive con ansia de empañar con la acción y con el ser la honestidad de su interior"; que al no querer renunciar a su refinada subjetividad se expresa sólo mediante palabras y que, si desea elegir, se pierde en absoluta inconsistencia. Goethe dedica el VI libro de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister a la "confesión de un Alma bella", y la hacía hablar así: "Yo no recuerdo ninguna orden; nada se me aparece bajo figura de ley; es un impulso el que me guía, siempre justo; yo sigo libremente mis disposiciones y sé tan poco de limitaciones como de arrepentimientos." El Alma bella es una de las figuras típicas del romanticismo: la encarnación de la moralidad, no como regla o deber, sino como efusión del corazón o del instinto. Scheler, aun dándose cuenta del decadentismo de esta noción romántica, cree, sin embargo, que "la antigua cuestión acerca de la relación entre el Alma bella que quiere el deber ser ideal y que lo realiza no como deber sino por inclinación, y el comportamiento ’por deber’ al que Kant reduce todo valor moral, se resuelve en el sentido de que el Alma bella no sólo es de Parecido valor, sino que tiene un valor superior" (Formalismus, p. 226). Pero en el uso contemporáneo la expresión ha adquirido un significado irónico y de burla, designando la actitud del que vive satisfecho con su propia y presunta perfección moral, ignorando o desconociendo los problemas efectivos, las dificultades y las luchas que dificultan el ejercicio de una actividad moral eficaz. Este viraje de apreciación se debe probablemente a Nietzsche, quien en su Genealogía de la moral (I, § 10) describió a los puros de corazón, a las Almas bellas que se envuelven poéticamente en sus virtudes, como "hombres del resentimiento" en quienes vive un subterráneo espíritu de venganza contra los que encarnan la riqueza y la potencia de la vida. Véase Resentimiento.
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