SANTA MARIA DE LOS ANGELES o la PORCIUNCULA (Asís)
Varias páginas sobre el Santuario y la Basílica, lugar predilecto de san Francisco y donde murió. SANTA MARÍA DE LOS áNGELES EN LA PORCIúNCULA por Gualtiero Bellucci, o.f.m. La Basílica Patriarcal de Santa María de los ángeles en la Porciúncula encierra, entre las blancas paredes del templo del siglo XVI, la venerable iglesita de la Porciúncula, lugar de la vida evangélica y fraterna de Francisco y de la primera generación franciscana, y lugar santo en el que Francisco, la tarde del 3 de octubre de 1226, «cumplidos en él todos los misterios de Cristo, acogió a la hermana muerte cantando». El templo dedicado a la Reina de los ángeles, la «Dama pobre» de la Porciúncula, que guió maternalmente a Francisco y a los hermanos de la naciente comunidad, es custodiado con celosa ternura por los Hermanos Menores Franciscanos. En la Porciúncula estamos verdaderamente en la fuente del franciscanismo, en la limpia fuente del Perdón de Asís y de la misericordia de Dios. A los pies de la colina de Asís, se yergue solemne y majestuosa, la Basílica Patriarcal de Santa María de los ángeles en la Porciúncula, levantada entre los años 1569 y 1679, para engarzar los lugares santos de la vida y la muerte de San Francisco. En el centro del vasto templo renacentista se encuentra la humilde iglesita benedictina del siglo IX llamada Porciúncula, que el Santo reparó con sus propias manos (1207)
Aquí fue donde Francisco, que tenía veintitantos años, al escuchar la lectura del Evangelio, comprendió definitivamente su propia vocación, renunció al mundo para vivir en radical pobreza y comenzó a dedicarse al apostolado itinerante. En la Porciúncula recibió el Santo a sus primeros seguidores y fundó la Orden de los Hermanos Menores, y en 1211, con la vestición de Santa Clara, fundó también aquí la Orden de las «Damas Pobres», las Clarisas. Aquí celebró el Santo los primeros Capítulos (reuniones generales de los frailes), y desde la Porciúncula envió a sus seguidores como misioneros de paz a los hombres de toda la tierra. En la Porciúncula, Cristo, apareciéndose a Francisco, le concedió, por intercesión de María, la extraordinaria indulgencia del Perdón de Asís (1216)
Junto al ábside de la Basílica, en el interior, está la Capilla del Tránsito, donde Francisco acogió a la muerte cantando (3 de octubre de 1226)
A la derecha de la Basílica están la Rosaleda, en la que el Santo se arrojó entre las espinas para vencer una tentación, y la Capilla de las Rosas, lugar en el que Francisco tomaba breves descansos. Un particular interés espiritual, histórico y artístico revisten: la Cripta, el antiguo conventito (siglos XIII-XIV), el Museo, como también la grandiosa Basílica enriquecida con notables obras de arte: frescos, lienzos, estatuas y obras en madera valiosísimas. ) BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE LOS ANGELES Desde los tiempos del Santo comenzó una polémica arquitectónica que terminó, tras varias vicisitudes, con la construcción de la grandiosa Basílica del siglo XVI. En vida de Francisco, después de la construcción de la casa del Ayuntamiento detrás de la Porciúncula, construcción duramente criticada por el Santo, florecieron en el entorno varios edificios pobrísimos para los frailes que moraban aquí y para los que, cada vez en mayor número, llegaban a este lugar procedentes de todos los lugares de la tierra. Grandes trabajos se realizaron ya en 1230, año en que se construyeron el refectorio y otras dependencias contiguas, parte de las cuales pueden verse todavía. En torno a la iglesita se levantaron enseguida varias galerías porticadas y oratorios en recuerdo de episodios vividos aquí por el Santo. Un conjunto riquísimo de recuerdos demolidos irremediablemente al construir el gran templo y de los que han aparecido los cimientos en la campaña de excavaciones realizada en los años 1967-1969, cuando se renovó el pavimento de la Basílica. La grandiosa Basílica, cuya construcción se inició en 1569, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, se erigió para acoger a las multitudes de peregrinos que llegaban aquí de todas partes del mundo, especialmente con motivo de la Fiesta del Perdón de Asís. El templo se terminó en 1679. De las dos torres de campanas previstas en un principio, sólo se ha construido la de la derecha. El inmenso templo, proyectado por el arquitecto de Perusa Gian Galeazzo Alessi, fue realizado con gran majestad y consta de tres naves y capillas laterales ricamente adornadas y con frescos que constituyen un complejo significativo y grandioso del prebarroco italiano. Una de las capillas fue decorada por pintores barrocos (1592), bastante antes de que se concluyeran los trabajos de la Basílica; las otras han sido decoradas por Pomeracio, Sermei, Appiani, Giorgetti y otros grandes artistas. A causa del violento terremoto de 1832 se derrumbó la nave central hasta el crucero y parte de las naves laterales, quedando en pie la cúpula, el ábside y las capillas laterales. El edificio fue reconstruido en sus formas originales por Luigi Poletti (1836-1840)
La bellísima cúpula, obra maestra de hermosas y bellas líneas, es alta y esbelta. Se apoya en un tambor poligonal con ocho ventanales y cornisa. Es la obra de Alessi que ha sobrevivido. Tras el terremoto de 1832 se le hizo un cerco o abrazadera metálica, y es un punto de referencia desde cualquier parte de la llanura. Son notables en la Basílica las obras de madera con tallas y esculturas del siglo XVII: los coros, grande y pequeño, el púlpito, la espaciosa y espléndida sacristía y el armario de las reliquias. CAPILLA DE LA PORCIúNCULA En la verde llanura umbriana, en el corazón de la pequeña ciudad de Santa María de los Angeles, se alza el inmenso templo de la Basílica de la Porciúncula, del siglo XVI. Esta Basílica nos introduce en el corazón de Francisco y en el misterio mismo de la ciudad seráfica: «En las puertas de Asís está la representación de los bienaventurados espíritus, los ángeles, que están en la presencia de la Santísima Trinidad y forman una corona en torno a la Madre de Dios... oh María, Reina de los ángeles, desde aquí nos muestras el camino del paraíso» (Juan XXIII)
La Basílica encierra desde hace siglos entre sus blancos muros, a manera de un relicario, la perla preciosísima de la iglesita de la Porciúncula. Es éste el lugar más sagrado y venerable del franciscanismo, la «cuna pétrea de los Menores» donde, como puntualiza en una síntesis estupenda San Buenaventura, segundo biógrafo de San Francisco, éste «comenzó humildemente, prosiguió virtuosamente y concluyó felizmente su camino espiritual». Cuando Francisco llegó aquí a principios del siglo XIII, la iglesita humilde y solitaria dedicada a la Asunción de la Virgen estaba rodeada por un bosque de encinas y se encontraba en un estado de abandono casi total. Francisco compadecido la reparó con sus propias manos e hizo de ella un punto de referencia para toda su vida y para la vida de la fraternidad franciscana. Fue aquí donde bajó a su corazón inflamado de ardor juvenil, aún inquieto y a la búsqueda, aquella palabra encendida de Cristo que lo arrancó definitivamente del mundo y de las cosas de antes, empujándolo con fuerza y entusiasmo por el camino del Evangelio. El 24 de febrero de 1208 resonó en esta pobre iglesia en lo profundo del corazón de Francisco la invitación urgente del Señor Jesús: «Id... anunciad que el reino de los cielos está cerca, no llevéis oro ni plata, ni alforjas... no os preocupéis por el mañana... gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente... al entrar en las casas decid: ¡Paz, paz!». Francisco quedó iluminado con estas palabras y, lleno de incontenible alegría, pronunció su más grande e irrevocable sí, comenzando a recorrer el camino de la libertad: «Esto es lo que quiero -afirmó-, esto es lo que deseo hacer con todo mi corazón». Enseguida abandonó sus ricos vestidos, se vistió con una túnica en forma de cruz y a todos y por doquier comenzó a desvelar con palabras ardientes el precioso tesoro que, finalmente, había descubierto y que le estaba llenando el corazón de una desconocida e incontenible alegría: Cristo, el Señor. Aquí estableció su morada habitual. Aquí acogió a los primeros seguidores. Aquí fundó la Orden de los Hermanos Menores, los Franciscanos, concretando con ellos su primera y más significativa experiencia de vida evangélica, y aquí creció la Orden, como sobre un fundamento estable. Francisco consiguió la Porciúncula como un regalo de los Monjes Benedictinos del monte Subasio, a condición de que hiciera de ella el centro y la casa madre de la propia familia religiosa, y desde entonces la pequeña iglesita no ha sido nunca abandonada por los frailes. Aquí, la noche del Domingo de Ramos de 1211, el Santo acogió a Clara de Asís y la consagró al Señor. Aquí maduró, en la oración y en la atención más profunda hacia todos los hombres de su tiempo, la institución de la Orden Franciscana Seglar (Orden Tercera), para abrir a todos los hombres y mujeres la posibilidad de compartir su proyecto de vida evangélica. Fue aquí donde el Santo celebró los primeros capítulos de sus frailes, reuniones generales en las que participaban inicialmente todos sus hijos. Aquí el Santo previó la admirable expansión de su familia religiosa y aquí pudo con inmensa alegría constatar la realización de este sueño. De aquí el ejército pacífico de sus hijos se extendió, como río benéfico, por toda la tierra produciendo un nuevo Pentecostés de vida cristiana. Aquí, en una noche de gracia y de luz de 1216, arrancó del corazón de Cristo y de la beatísima Virgen que se le aparecieron, la promesa extraordinaria de que cuantos, a lo largo de los siglos, se dirijan a orar en la Porciúncula, contritos y confesos, obtengan la remisión total de sus culpas -el perdón de Asís- y aquí, finalmente, rico en méritos y virtudes, concluyó su vida acogiendo a la muerte cantando (3 de octubre de 1226)
La antigua iglesita de Santa María de los ángeles o de la Porciúncula es la cuna e iglesia madre de la Orden de los Menores. Francisco la amó más que a todos los demás lugares de la tierra y, moribundo, la encomendó a sus hijos como morada «queridísima de la Madre de Dios». Fr. León, amigo, confidente y confesor de Francisco, en el «Espejo de perfección», sintetiza el amor del seráfico Padre por la iglesita de la Porciúncula en el siguiente pasaje: «Lugar santo, en verdad, entre los lugares santos. Con razón es considerado digno de grandes honores. Dichoso en su sobrenombre [la Porciúncula]; más dichoso en su nombre [Santa María]; su tercer nombre [de los ángeles] es ahora augurio de favores. Los ángeles difunden su luz en él; en él pasan las noches y cantan. Después de arruinarse por completo esta iglesia, la restauró Francisco; fue una de las tres que reparó el mismo Padre. La eligió cuando cubrió sus miembros de saco. Fue aquí donde domeñó su cuerpo y lo obligó a someterse al alma. Dentro de este templo nació la Orden de los Menores cuando una multitud de varones se puso a imitar el ejemplo del Padre. Aquí fue donde Clara, esposa de Dios, se cortó por primera vez su cabellera y, pisoteando las pompas del mundo, se dispuso a seguir a Cristo. La Madre de Dios tuvo aquí el doble y glorioso alumbramiento de los hermanos y las señoras, por los que volvió a derramar a Cristo por el mundo. Aquí fue estrechado el ancho camino del viejo mundo y dilatada la virtud de la gente por Dios llamada. Aquí, compuesta la Regla, volvió a nacer la pobreza, se abdicó de los honores y volvió a brillar la cruz. Si Francisco se ve turbado y cansado, aquí recobra el sosiego y su alma se renueva. Aquí se le muestra verdadero aquello de que duda y además se le otorga lo que el mismo Padre demanda» (EP 84)
EXTERIOR DE LA PORCIúNCULA Hermosea la pequeña fachada de la humilde iglesita de la Porciúncula la graciosa pintura de Federico Overbeck, ejecutada en 1829 y que reproduce con candor, según el estilo particular de su escuela (la de los Nazarenos), la escena de Francisco arrodillado a los pies de Cristo y de la Virgen que obtiene la extraordinaria indulgencia del Perdón de Asís. Encima de la portada hay un escrito que dice: «Esta es la puerta de la vida eterna», y en el umbral otra que dice: «Este lugar es santo». Ambas recuerdan cómo Francisco ha sentido y considerado esta porción de Paraíso en la tierra: «Morada de Dios», «Lugar queridísimo a la Virgen María más que todas las iglesias del mundo», «Puerta de la vida eterna» y por eso lugar verdaderamente santo y digno de todo honor, amor y veneración. En el lateral derecho del que mira la fachada de la Porciúncula, por fuera, se conservan dos fragmentos de pintura de autor umbriano desconocido con influjo sienés: la Virgen entre los santos Antonio de Padua y Bernardino de Siena, y otra cara de San Bernardino. En la misma pared está la piedra sepulcral de Fray Pedro Catáneo, primer vicario de San Francisco. El texto latino dice: «En el año del Señor de 1221 el cuerpo de Fr. Pedro Catáneo, que reposa aquí, pasó al Señor. El Señor bendiga su alma. Amén». Cuenta la Crónica de los XXIV Generales que Fr. Pedro, apenas sepultado en la Porciúncula, comenzó a hacer milagros y la gente comenzó a correr allí en gran número, tanto que la comunidad de la Porciúncula se veía grandemente molestada. Francisco le pidió a Pedro que fuera obediente de muerto como lo había sido en vida y no hiciera más milagros, y desde ese momento dejó de hacerlos. Muy apreciado, aunque mutilado, es el fresco que hay encima del pequeño ábside de la Porciúncula. De la grandiosa Crucifixión que Vasari dice haber sido pintada por Perusino (hoy se cree que es de Andrés de Asís, llamado el Ingenio), y que ha descollado durante muchos decenios en la capilla del Coro antiguo, sólo queda parte de la zona basamental de la pintura con las figuras de la Virgen María, las piadosas mujeres, algunos caballeros y San Francisco agarrado a la cruz de Jesús. La parte superior fue destruida cuando, en el siglo XVI, fue demolido el coro alto que estaba sobre la Porciúncula. INTERIOR DE LA PORCIúNCULA El interior de la Porciúncula, puro, descarnado y sencillo, es de sabor gótico por el fuerte empuje vertical de la bóveda dado sin duda por Francisco cuando la restauró. La Porciúncula parece transmitirnos el eco incesante de la oración del Santo y de la primera generación franciscana, que vivió aquí contenta con solo Dios. Es un conmovedor testimonio de la sencillez y pobreza franciscana. Con respecto a ella Francisco solía repetir: «Este lugar es verdaderamente santo y morada de Dios». Piedras cálidas, luminosas que destilan paz y misericordia, alisadas a lo largo de los siglos por manos devotas que se han agarrado a ellas, como a un ancla de salvación, acercándose durante siglos a la fuente inagotable del Perdón y de la gracia de Dios. Algunos frescos de los siglos XIV y XV, con caras de apóstoles y evangelistas y una piedad, además de varias decoraciones, están en la bóveda y en la parte alta a los lados derecho e izquierdo del minúsculo presbiterio. Pero la obra maestra que ilumina con luz inconfundible y que calienta la iglesita pobrísima incendiándola de colores y de espiritualidad es, sin duda, la grandiosa tabla de 1393, pintada para la Porciúncula, por orden de F. Francesco de Sangemini, en cumplimiento de un voto, por el sacerdote Hilario de Viterbo, de la escuela de Siena. En el centro del retablo está la admirable escena de la Anunciación. En efecto, así como en Nazaret el sí de la Virgen trajo consigo la realización de nuestra salvación, así en la Porciúncula, nueva Nazaret, el sí de Francisco y de Clara y de una multitud innumerable de hermanos que se han adherido al proyecto de Dios, ha hecho florecer una renovada estación de salvación y de gracia para toda la humanidad. Esto mismo parece querer subrayar también San Buenaventura cuando dice: «Mientras moraba en la iglesia de la Virgen, Madre de Dios, su siervo Francisco insistía, con continuos gemidos ante aquella que engendró al Verbo lleno de gracia y de verdad, en que se dignara ser su abogada, y al fin logró -por los méritos de la madre de misericordia- concebir y dar a luz el espíritu de la verdad evangélica» (LM 3,1)
Las escenas que giran en torno a la Anunciación reproducen la historia del Perdón de Asís. Abajo, a la derecha, Francisco se arroja desnudo entre las espinas para vencer una violenta tentación. Inmediatamente encima, Francisco, con rosas en la mano, va acompañado por dos ángeles hacia la Porciúncula. En lo alto está la grandiosa escena de la aparición de Cristo y de la Virgen (rodeados por unos 60 ángeles) al Santo arrodillado ante el altar de la Porciúncula en acto de ofrecer una corona de rosas a Cristo y a María. A la derecha bajando, el Santo, ante el Pontífice Honorio III, implora la confirmación de la indulgencia. Abajo está el Santo que desde un púlpito, al lado de la iglesita, junto con los obispos de Umbría, anuncia el extraordinario privilegio del Perdón con las palabras que se han hecho famosas: «Hermanos míos, quiero mandaros a todos al Paraíso». Del aprecio que tenía Francisco a la Porciúncula y que quiso inculcar a sus hijos, dan fe las palabras que el Santo ya moribundo les dirigió y que recoge su primer biógrafo Tomás de Celano: «Mirad, hijos míos, que nunca abandonéis este lugar. Si os expulsan por un lado, volved a entrar por el otro, porque este lugar es verdaderamente santo y morada de Dios. Fue aquí donde, siendo todavía pocos, nos multiplicó el Altísimo; aquí iluminó el corazón de sus pobres con la luz de su sabiduría; aquí encendió nuestras voluntades en el fuego de su amor. Aquí el que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida y el que profane este lugar será castigado con mucho rigor. Por tanto, hijos míos, mantened muy digno de todo honor este lugar en que habita Dios y cantad al Señor de todo corazón con voces de júbilo y alabanza» (1 Cel 106)
Y ese mismo es el mensaje que nos trasmite San Buenaventura: «Amó el varón santo este lugar con preferencia a todos los demás del mundo, pues aquí comenzó humildemente, aquí progresó en la virtud, aquí terminó felizmente el curso de su vida; en fin, este lugar lo encomendó encarecidamente a sus hermanos a la hora de su muerte, como una mansión muy querida de la Virgen» (LM 2,8)
CAPILLA DEL TRáNSITO En el interior de la Basílica de la Porciúncula se ha conservado un lugar tan humilde como precioso: la cabaña de los frailes enfermos -el Tránsito- en la que Francisco pasó de este mundo al Padre. Enfermo hospedado en el palacio episcopal de Asís, vigilado como un tesoro público, sintiendo ya cercano el fin y deseoso de concluir su experiencia allí donde había comenzado a vivir evangélicamente, pidió que lo llevaran a su Porciúncula. Aquí, despojado del hábito de saco, desnudo sobre la desnuda tierra, dictado su testamento espiritual, entre el llanto angustioso de sus hijos y el de Fray Jacoba, Francisco, «cumplidos en él todos los misterios de Cristo, acogió a la muerte cantando», mientras una bandada de alondras revoloteaba de modo insólito en torno al lugar aunque el sol ya se había puesto. El Tránsito (la capilla) inicialmente era una celdita de la primitiva enfermería franciscana o tal vez un trocito de tierra al aire libre ante la misma que inmediatamente después de la muerte del Santo, acotado el ámbito, se transformó en oratorio. Sobre el minúsculo altar, en un relicario de estilo imperio, se conserva el cordón que ceñía en vida la cintura del Poverello. En las paredes, cuatro espléndidos frescos de Juan de Pietro llamado el España (1520) que representan a los primeros compañeros del Santo, Silvestre, Rufino, León, Maseo y Gil, y a los primeros mártires y santos de la Orden de los Menores, Berardo y compañeros. Detrás del pequeño altar, en un nicho, la estatua del Santo de Andrea della Robbia, obra admirable en terracota vidriada, realizada alrededor de 1490, que hoy está en la Capilla del Tránsito, el lugar venerable que acogió los últimos latidos de aquel corazón que no se paró hasta que abarcó en sí al mundo entero. En esta imagen Francisco tiene en sus llagadas manos la cruz y el Evangelio, los grandes amores de toda su vida. En la pared exterior de la capilla que mira hacia la iglesita de la Porciúncula, puede contemplarse el "Tránsito de San Francisco", fresco pintado por D. Bruschi en 1886. CRIPTA DE LA ) BASÍLICA (1965-1970) Bajo el presbiterio de la Basílica se ha construido, en 1968, la nueva cripta de la Basílica. En ella, detrás del altar central, que tiene pie en forma de potente árbol y es obra de Francisco Prosperi, ha sido colocada una espléndida terracota vidriada, coloreada y esmaltada, de Andrea della Robbia (hacia 1490); es un retablo en el que destacan, en la parte de arriba, de izquierda a derecha: San Francisco recibiendo las llagas en el Alverna, la Coronación de la Virgen, y San Jerónimo penitente; y en la parte de abajo, igualmente de izquierda a derecha: la Anunciación, la Natividad, y la Adoración de los Magos. Aquí, durante los trabajos de excavación, salieron a la luz los restos de la casa que el Ayuntamiento de Asís había construido, en ausencia de Francisco, para los frailes que hasta entonces habían vivido en simples chozas; Francisco, cuando regresó a la Porciúncula, comenzó a derribar la casa, pero se lo impidió el Ayuntamiento que reclamó la propiedad de la misma. También se descubrieron restos de las primitivas habitaciones de los frailes, actualmente englobados en la nueva cripta de la Basílica. Aun en la pequeñez de los restos existentes, tenemos aquí una conmovedora imagen de aquella gran sencillez y pobreza que de modo singular caracterizó la vida de la naciente fraternidad de los Menores. JARDíN Y CAPILLA DE LAS ROSAS CAPILLA DEL LLANTO Esta zona del Santuario es lo que queda de la antigua selva en la que vivieron los frailes. Estos son también lugares de la vida cotidiana de San Francisco, signo concreto de la vida de un hombre que encontró a Dios y vivió en su amor. Francisco hablaba como amigo con la cigarra, con la cual durante una semana entera alternó aquí en el canto de alabanza al Señor. A su paso las ovejas corrían alegres y festivas para saludarlo, y aquí en la Porciúncula una ovejita lo seguía por doquier y balaba, asociándose a la oración de los frailes en la iglesita. El Santo invitaba a las aves a alabar y dar gracias con el vuelo y el canto a Dios providente que tiene cuidado de ellas, y éstas daban señales de festiva aprobación. Aquí está también la Rosaleda, entre cuyas espinas se revolcó Francisco una noche para vencer la duda y la tentación. Según una tradición, testimoniada ya desde el siglo XIV, las zarzas se cambiaron en rosas sin espinas, que continúan floreciendo, produciendo la «Rosa Canina Assisiensis». ¿Por qué todo esto? Lo explica el papa Pablo VI: «El Pobrecillo de Asís, habiéndolo abandonado todo por el Señor..., recuperó algo de la primitiva felicidad cuando el mundo salió intacto de las manos del Creador..., y casi ciego pudo cantar el Cántico de las Criaturas, la alabanza del hermano sol, de la naturaleza entera convertida para él como en un transparente espejo inmaculado de la gloria divina». En esta misma zona se encuentra la Capilla de las rosas, que es el oratorio surgido en el lugar donde estaba la cabaña habitada por San Francisco; aquí el Santo tomaba el breve reposo y pasaba las noches en la oración y la penitencia. Después de la muerte de Francisco, en el lugar donde estaba su cabaña fue construido este oratorio, que Tiberio de Asís, pintor de la escuela umbriana, decoró entre 1506 y 1516 con una serie de frescos que, además de presentarnos la primera comunidad franciscana en torno a su fundador y a los primeros santos y santas de la Orden, nos proponen la historia del Perdón de Asís en todas sus vicisitudes. En la gruta al lado de la imagen del Santo hay algunos troncos que sirvieron para el púlpito improvisado desde el cual Francisco anunció el Perdón de Asís a los peregrinos. Bajo el altar de la Capilla se encuentra el lugar donde moraba Francisco. A pocos pasos, junto a la Rosaleda, se encuentra la Capilla del llanto, que recuerda el amor de Francisco por el Señor y su llanto acongojado ante Cristo pobre y Crucificado. El episodio del llanto nos lo narran así los Tres Compañeros del Santo: «Un día caminaba San Francisco solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó, pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: "Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo". Y el buen hombre comenzó, asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz» (TC 14)
Este oratorio, sencillo y descarnado, aunque se haya acondicionado para capilla en tiempos recientes, forma parte de las más antiguas construcciones surgidas en torno a la Porciúncula. Una cerámica reciente, que se inspira en el San Francisco lloroso mandado pintar por Fray Jacoba de Settesoli en Greccio, quiere recordar el episodio. CONVENTITO DEL SIGLO XIV MUSEO Y PINACOTECA Es lo queda hoy del vasto edificio construido en el lado derecho de la Porciúncula, un amplio cuadrilátero, demolido en gran parte cuando comenzaron los trabajos para la construcción de la Basílica de Alessi en el siglo XVI. Un doble y pequeño corredor al que dan las pobres y pequeñas celdas de los frailes; desde el pavimento destartalado e irregular hasta el techo, desde el ajuar pobre a los ventanillos que permiten el saludo del hermano sol, todo aparece como una verdadera joya de sencillez y pobreza; una gran reliquia del primer franciscanismo que nos reconduce con su lenguaje sencillo y descarnado a la primavera de la vida franciscana, que llenó con el perfume y la fragancia de la sencillez el mundo entero. Aquí vivieron frailes santos, algunos de los cuales son recordados en los cartelitos colocados al lado de la puerta de cada una de las pequeñas celdas. Hombres de oración, demacrados por la penitencia, ardiendo en el amor de Dios, parten de aquí hacia toda la tierra renovando la sociedad con su encendida palabra, pero sobre todo con su ejemplarísima vida evangélica y con el testimonio liberador de la pobreza franciscana vivida como don y alegría. En la planta baja del conventito se ha instalado el Museo con preciosos enseres sagrados y otros valiosos objetos. También, la Pinacoteca con una notable colección de cuadros, entre los cuales está una tabla con el retrato de San Francisco sobre madera (siglo XIII), del «Maestro de San Francisco», cuadro que es considerado como una reliquia porque sobre la tabla en que está la pintura fue depositado el cuerpo de Francisco después de su muerte; el Crucifijo de Giunta Pisano (1236) y un San Francisco atribuido a Cimabue; una Virgen de Sano di Pietro y otros frescos de dudosa atribución, tal vez de Guido Reni, de Mezzastris, etc. CONVENTO DE LOS HERMANOS MENORES Adosado a la Basílica, en forma de amplio cuadrilátero que encierra un vasto claustro con árboles y un bello pozo atribuido a Alessi, ha crecido a lo largo de los siglos el Sacro Convento de la Porciúncula, primera iglesia de la Orden franciscana. El gran edificio del Convento está enriquecido en su interior con varias obras de arte, frescos de notable belleza y obras valiosísimas talladas en madera de nogal. Junto a la entrada del claustro, San Francisco que recibe los estigmas, fresco anónimo del siglo XVIII. En el refectorio pequeño, la última Cena, de Pomarancio; en el refectorio grande, las Bodas de Caná, de Providoni, y un gran Crucifijo, de Dono Doni (1561)
De Providoni son también los 38 frescos del claustro: episodios de la vida de San Francisco y de la historia del Perdón de Asís. En el mismo convento está instalada una importante Biblioteca con casi cien mil volúmenes, entre los cuales hay manuscritos litúrgicos, códices, incunables de gran valor; de gran valor histórico es también el Archivo de los Hermanos Menores de la Umbría. Adosada al lado izquierdo de la Basílica está la fuente de los veintiséis caños, mandada construir, junto con otros edificios aún existentes, por Cosimo dei Medici en 1450.
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[Gualterio Bellucci, O. F. M., Asís, corazón del mundo. Guía turística. Gorle (BG) - Asís, Ed. Velar - Ed. Porziuncola, 14-39]
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) BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE LOS áNGELES De cualquier parte de la colina de Asís que nos asomemos a contemplar la llanura, vemos alzarse al cielo, dominando el valle, el grandioso Santuario coronado por la bella cúpula de Galeazzo Alessi, que ha inspirado los conocidos versos de Carducci. En torno de la gigantesca basílica existe hoy todo un poblado que deriva su nombre de la prodigiosa capillita, tan querida al corazón del Seráfico; pero en tiempo del Pobrecillo toda la llanura era bosque. Solamente después de la muerte de Francisco, la devotisima capilla fue encerrada dentro de una nueva iglesia, que guardó la Porciúncula durante tres siglos. En el año de 1569, el Pontífice dominico San Pío V, viendo que el edificio era insuficiente para contener la multitud de fieles que de todas partes acudían para la fiesta del Perdón (2 de agosto), ordenó que fuese derribado, y erigido en su lugar un amplio y magnífico templo. Más de un siglo duró la construcción de la inmensa basílica, cuyos planos se dice que trazó Jacobo Barozzi, llamado el Vignola, planos modificados después por los arquitectos perusinos Julio Danti y Galeazzo Alessi. Se escogió el orden dórico, que indudablemente a la elegancia y majestad unía también la solidez. A consecuencia de los numerosos y violentos terremotos que sacudieron trágicamente todo el valle umbro, también la maravillosa basílica mariana, agrietada por muchas partes, se arruinó casi totalmente. Según las leyes estáticas la primera en derrumbarse debiera haber sido la admirable cúpula, que alcanza setenta y tres metros de altura, hasta la cruz; todo lo contrario, sólo ella quedó ilesa. Estaba protegiendo la querida Porciúncula, y la Virgen no podía dejar de custodiar el devoto santuario. Pocos años después, por orden de Gregorio XVI, comenzaban las obras de reedificación y restauración, confiadas al arquitecto Poletti, quien desconsideradamente trocaba los planos de Vignola Barozzi, así que, no sólo la antigua loggia o pórtico desapareció, sino también la espléndida y original fachada de singular esbeltez. Desde el lado posterior de la Basílica se puede admirar el ábside grandioso con la cúpula y la torre. Mas el Domingo in Albis de 1925, con una solemnísima fiesta que llevó a Santa María de los Angeles no menos de cincuenta mil personas, fue bendecida la primera piedra de la nueva fachada monumental, proyecto magno y atrevido del ingeniero César Bazzani, arquitecto insigne, digno de unir su nombre a los de los más célebres de entre sus predecesores, y de coronar triunfalmente el artístico monumento. LA PORCIúNCULA (EXTERIOR) El tesoro de la inmensa Basílica es la Porciúncula, encerrada, como una joya, en el propio seno. Casi parece que la enorme y blanca nave, que se alza majestuosa sobre la humilde iglesita ennegrecida por los siglos, está allí solamente para proteger, defender y custodiar el minúsculo santuario, objeto singularísimo de predilección por parte de San Francisco y rico más que ningún otro recuerdo franciscano. Una piadosa tradición dice que la devota capilla data del siglo IV de la era cristiana, en tiempo del Papa Tiberio, y que fue fundada por cuatro peregrinos venidos de Jerusalén; dos siglos después el Patriarca San Benito, habiéndola adquirido con una parcelita de terreno para sus monjes, la habría reconstruido más amplia y sólidamente. Lo cierto es que cuando San Francisco, en el período de su conversión, andaba por el campo silvestre de Asís buscando lugares solitarios, al encontrar la Porciúncula medio en ruinas, la restauró con sus manos. En 1211 la recibió en don por los monjes del monte Subasio, para hacer de ella la cuna y madre de su naciente Orden. Y fue aquí donde el Poverello, una mañana de Febrero de 1209, oyendo en la Misa de San Mateo leer el Evangelio del apostolado, lo acogió como un llamamiento a una nueva vida de renuncia y de sacrificio; aquí, tres años después, la noche del 19 de Marzo de 1212, Clara Favarone di Offreduccio, recibida por los hermanos en Cristo con antorchas encendidas y cantos de júbilo, vino a consagrarse para siempre al Señor, dejándose cortar la rubia cabellera, y trocando sus vestidos de seda por la áspera túnica franciscana; aquí, en Julio de 1216, el Seráfico Padre, rogando a Jesús por la salvación de las almas y la conversión del mundo, obtiene de él la célebre indulgencia del Perdón de Asís. En torno de la Porciúncula los frailes se reunían, venidos de todas partes del mundo, para tener sus solemnes capítulos; de aquí partían los humildes heraldos del buen Dios para las misiones más lejanas y peligrosas; aquí quiso ser traído el Patriarca de los pobres en el otoño del 1226, para morir allí donde había renacido a nueva vida. Gracias a Dios, la prodigiosa capillita se ha conservado como en tiempos del Pobrecillo: sencilla y tosca, y por ello tanto más querida. Sólo la fachada sufrió modificaciones. Como se puede ver en nuestra tricromía, en el exterior, en el muro a la derecha del que mira el Santuario, se ven dos pinturas fragmentarias, reproduciendo una a San Bernardino de Sena, y la otra a la Virgen en el trono, en medio de San Antonio y de San Bernardino, de autor desconocido, pero que recuerdan la manera de Gozzoli. LA PORCIúNCULA (INTERIOR) Hemos aludido a la Indulgencia del Perdón de Asís o de la Porciúncula. Este acontecimiento merece una ilustración más amplia, y la haremos visitando el interior del devotísimo santuario. Se cuenta que en una callada noche del estío de 1216, Francisco se encontraba en la pequeña y tan querida capillita, absorto en la profunda dulzura de la oración. De pronto un torrente de luz vivísima inunda el místico santuario, semejante a un sol. En medio de aquella ardiente luminosidad de oro ve aparecer, rodeada de una multitud de ángeles, la dulce figura de Jesucristo y la imagen sonriente de la Virgen María. Los dos celestes personajes, sentados sobre trono real, venían a visitar al Seráfico y a preguntarle qué es lo que más deseaba. Francisco, sin dudar un momento, respondió con confianza: «Padre nuestro Santísimo: puesto que yo soy mísero y pecador, te ruego que a todos los que, arrepentidos y confesados, vengan a visitar esta iglesia, Tú les concedas amplio y generoso perdón con una completa remisión de todas sus culpas». --«Lo que tú pides, oh Fray Francisco, es grande -le dice el Señor-, pero de mayores cosas eres digno y mayores tendrás». Bien sabido es lo que luego ocurrió. Al día siguiente el Pobrecillo, acompañado de Fray Maseo, tomaba el camino de Perusa para ir a exponer al Papa Honorio III, recientemente sublimado a la cátedra de Pedro, la causa de las almas. El Pontífice, después de dudar algo al pensar sobre todo en la universalidad de la Indulgencia, la concedió, limitándola sólo en cuanto al tiempo, y fijándola a perpetuidad, para todos los años, desde las primeras vísperas del primero de Agosto hasta las vísperas del siguiente día. En el día escogido para la solemne consagración de la humilde capilla, San Francisco, encargado por los Obispos de la Umbría reunidos con esta fausta ocasión en Santa María, promulgaba ante una inmensa muchedumbre la célebre Indulgencia, iniciando su discurso con aquellas palabras que han quedado famosas: «Hermanos míos, yo quiero enviaros a todos al Paraíso». Desde aquel día la capillita de la Porciúncula se convirtió en una piscina probática, a la que acuden los fieles de todas partes del mundo para obtener, por la oración, consuelo, perdón y esperanza. Es muy raro el que delante de la Virgen no se encuentre siempre a alguien, arrodillado en humilde oración. Pero el espectáculo llega a ser verdaderamente sublime cuando, al llegar el aniversario de la concesión del insigne privilegio, la multitud innumerable acude a la «rota», el tribunal de la indulgencia, haciendo resonar en la inmensa nave de la mole gigantesca gritos de alegría unidos a lágrimas de arrepentimiento. LA CAPILLA DEL TRáNSITO Es otra preciosa joya de esta Basílica, que, según Cristofani, debe contarse entre las mayores y mejores de Italia. Se encuentra a la derecha del templo, detrás de la Porciúncula, cerca del presbiterio. En tiempo del Pobrecillo era una de las humildes celdas que se levantaban alrededor de la Porciúncula y servía de enfermería. En este lugar venerado, conservado por la piedad de los Padres a la admiración y a nuestra devoción, acaecía la tarde del 3 de Octubre de 1226 la conmovedora escena del tránsito de un Santo. Francisco era colocado sobre una pobre yacija. De pronto, despojándose de su miserable túnica, quiso que le pusiesen sobre el desnudo suelo, para morir en el regazo de la Dama Pobreza. Cubriéndose después con la mano izquierda la llaga del costado, levantó los ojos al cielo y volviéndose a los frailes les dijo: «He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra». Después bendijo a todos sus religiosos presentes y ausentes, y haciéndose leer aquel trozo del Evangelio de San Juan que habla con tanta intimidad del amor de Jesús a sus apóstoles en la última Cena, el dulce y humilde servidor del buen Dios, quiso entonar el Salmo 141 de David: Voce mea ad Dominum clamavi, «A voz en grito clamo al Señor», y con el último versículo que así se expresa: «Sácame de la prisión; me rodearán los justos cuando me devuelvas tu favor», los labios de Francisco de Asís se cerraron para siempre a los cánticos de esta tierra, para abrirse a los de la eternidad. Era la hora de la puesta del sol y una bandada de alondras, posándose sobre el techo de la mísera cabaña, rendía al poeta de la naturaleza con un fuerte gorjeo el último adiós. La capilla del tránsito está adornada en el interior por pinturas del Spagna; en el exterior Bruschi representó en un fresco la muerte y los funerales del glorioso Patriarca. Pero bastante más preciosas son para nosotros las dos imágenes del Pobrecillo, una atribuida a Giunta Pisano y pintada sobre una tabla, que parece ser del féretro del Santo, y la otra que preside el altar, modelada por el admirable artífice de la terracota, Luca della Robbia. LA CAPILLA DE LAS ROSAS Parece que debe su nombre al vecino rosal. En tiempo de San Francisco no era más que un miserable tugurio, construido, como de costumbre, con barro y ramas, en el cual gustaba refugiarse el Seráfico para meditar, cuando habitaba en la Porciúncula; y acaso estaba en él rezando aquella noche, invernal, en que el rey del infierno se le presentó tentándole para que abandonara sus rígidas penitencias, prolongadas vigilias y extenuantes ayunos. Francisco, para triunfar de la tentación se desnuda, sale de su celda, y se echa en la maleza vecina, hiriéndose el cuerpo con las duras espinas. Al contacto de aquellas carnes purísimas los zarzales se transformaron en rosales, y, aún hoy, las pequeñas plantas de aquellos rosales sin espinas, tienen las hojas manchadas de un color sanguinolento... La capillita de las rosas se compone ahora de dos partes claramente distintas: una más baja, la pequeña gruta del Santo, y otra más alta, transformada en oratorio con altar dedicado al Seráfico Padre y construido en tiempo de San Buenaventura. Las pinturas de la pared del centro representan a San Francisco con sus compañeros, las de las laterales a los principales santos de la Orden Franciscana. Al minúsculo santuario se añadió más tarde, y precisamente en 1438 por iniciativa de San Bernardino, un atrio largo, que sirve como vestíbulo al oratorio del cual está separado por una reja. Otros frescos bastante discutidos de Tiberio de Asís, recuerdan en cinco compartimentos toda la historia del Perdón de Asís. En el primero, a la izquierda del altar, está Francisco desnudo entre las espinas rodeado de dos ángeles, los cuales, en el segundo, conducen al Santo cubierto de vestiduras blancas, hacia la capilla de la Porciúncula. En el tercero, aparece el Pobrecillo postrado ante el Redentor y la Virgen, sentados sobre el altar de la santa capilla, como sobre un trono de misericordia. En el siguiente está el Pontífice, Honorio III, que, a instancias de Francisco, confirma la gran Indulgencia, y en el quinto se desarrolla toda la escena de la promulgación del Perdón ante innumerable muchedumbre. En este último fresco, la pequeña, querida y devota Porciúncula está pintada con tanta riqueza de detalles, que este fresco ha podido suplir a la falta de documentos, no sólo acerca del estado y la forma de ella, sino aun de la iglesia que en aquel tiempo la rodeaba y del antiguo y gracioso conventito que conoceremos en las siguientes páginas. EL CLAUSTRO DEL «CONVENTITO» El conventito, construido entre 1230 y 1350, se había convertido, especialmente en los últimos siglos, casi en un montón de ruinas despreciables e insignificantes, ahogado entre la Basílica inmensa y el espacioso convento actual, edificado en varias épocas. Pero finalmente hoy, merced a la inteligencia y actividad de los religiosos de Santa María de los Angeles, se ha restituido a sus viejas líneas de sencillez y pobreza franciscanas. Desembarazado, en sabia restauración, de las muchas alteraciones que había sufrido, da al peregrino, enamorado y ávido de la más pura poesía seráfica, una visión sugestiva e inolvidable. Es el lugar sagrado de la más vieja morada de nuestros Padres, de los gloriosos muros consagrados por los éxtasis de los Santos que en la Porciúncula tejieron la tela heroica de sus vidas, por sí mismos y por otros generosamente ofrecidas a Dios, que resucita de la tumba secular, donde la carcoma del tiempo y de la incuria consumían las queridas reliquias. El pequeño claustro medieval se ofrece por primera vez al visitador evocando siglos lejanos y provocando en el ánimo una sensación tranquila y alegre, que brota de la sencilla harmonía de las líneas, de la ágil elegancia de las columnas, de los recuerdos de un tiempo que fue. Observándolo atentamente es fácil descubrir que todo ello es la resultante de tres elementos distintos: él pórtico, las paredes de apoyo y un gracioso arco travesero. Del pórtico, construido hacia mediados del siglo XV, queda una ala entera de cuatro arcadas y una truncada en el segundo arco. Los muros son de ladrillos rojizos, con columnas de cuatro caras, y la archivolta que se encorva sobre los capiteles tiene sencillos dibujos lineales; el único ornamento es una especie de hoja retorcida en la base de cada arranque. Es evidente que gran parte de la pobre y tosca fábrica fue construida pocos años después de la muerte del Fundador, acaso por iniciativa del primogénito de su espíritu Bernardo de Quintaval. Algunos elementos son quizá anteriores a la primera habitación franciscana, porque su construcción en piedra es muy similar a la de la Porciúncula, si es que no son idénticas. Además, sabido es como los historiadores atestiguan la existencia de una casa benedictina en las cercanías de la capilla de Santa María de los ángeles, mucho tiempo antes de que el Pobrecillo restaurase con sus propias manos el santuario de sus oraciones y de sus éxtasis. Todo el pequeño claustro, iluminado por una luz sobria e igual que cae desde lo alto, está poblado de fragmentos arquitectónicos y ornamentales, algunos notabilísimos, que pertenecieron en gran parte a la iglesia y al convento. Un conjunto de pequeños detalles, que añaden austeridad al claustro minorítico con una nota de nobleza, completan su significado histórico y simbólico. EL POZO DE SAN FRANCISCO Se encuentra justamente en medio del pequeño patio, a la derecha del que entra, protegido por un gran arco que le sirve de marco, excavado en una de las paredes de la Basílica actual, que ha absorbido gran parte del pequeño convento. Evidentemente los religiosos no supieron resignarse a la destrucción de la cara joya de todos conocida con el nombre de «Pozo de San Francisco», así llamado también en las crónicas conventuales. Parece que esta vieja cisterna, que se encontraba en un tiempo en el centro del claustro, debe su denominación al hecho de que sus aguas surgieron prodigiosamente del suelo por las oraciones del Seráfico Padre; el cual, un día, durante el Capítulo de las Esteras, pudo salvar, invocando la ayuda de la Virgen de los Angeles, a un pobre frailecito que en él cayó incautamente. Sabido es el respetuoso amor del Serafín de Asís a la hermana agua, humilde, preciosa y casta, y de ahí, la obediencia del límpido elemento a su virtud taumaturga. Conocido es cómo deseaba él verla brotar clara, rústica y fresca en torno de los pequeños eremitorios franciscanos; prohibía a los religiosos derramarla en tierra, en lugares donde pudiera ser hollada; se extasió un día contemplando una bella fuente en la que Fray Maseo podía empapar los pedazos de pan duro, recogidos de limosna y puestos sobre una hermosa piedra blanca... Por esto la hermana agua no se opuso jamás a su voluntad, y así como se calló y desvió su curso en el bosque de las Cárceles, así en el eremitorio de San Urbano, para socorrer a los pobres religiosos, se trocó prodigiosamente en vino. Innumerables surtidores se jactan del honor de haber brotado del suelo por la oración del Santo y conservan milagrosa virtud terapéutica. Acaso en honor a esta tradición todos los franciscanos tuvieron después siempre un culto singular por nuestra hermana agua y jamás se olvidaron de cavar en sus claustros las características cisternas. Los religiosos de Santa María, en particular, constantemente se preocuparon, en el transcurso de los siglos, de que el precioso elemento no faltase a la multitud de fieles que acudían a la Porciúncula, en ocasión del Perdón. En el siglo XV trataron con Cosme de Médicis para que fuese traída del monte Subasio una vena de agua pura, y a su caridad inteligente y generosa las buenas gentes que habitan a la sombra del Santuario mariano deben el beneficio del agua, abundante y fresca, que alegra su casa. LAS PEQUEñAS CELDAS DE LOS MENORES Se alinean una junta a otra, blancas y pobres, en el modesto dormitorio, al que se sube por una estrecha pero fácil escalera de caracol, que corre por el muro potente de la Basílica. Se dijo al principio que era el «dormitorio de San Bernardino», pero parece ser que la construcción es anterior al mismo nacimiento del Santo. En efecto, el arreglo de estas celdas, que en el transcurso de los años se redujeron de veinticuatro a dieciséis, se hizo hacia el año 1350, esto es, en la época de la construcción de la galería inferior. Gracias al pavimento, que se conservó casi en su totalidad y a los restos murales y columnas cubiertas de estuco, y ahora despojadas de él, el viejo dormitorio, salvo alguna indispensable modificación, se ha podido restaurar en su primitiva forma, aun allí donde parecía utopía sólo el pensar en ello. De modo que hoy aparece verdaderamente sugestivo, por su austeridad, no desnuda de gentileza, que le dan las atrevidas portezuelas y el arco que le iluminan. Cualquiera de las minúsculas celdas ofrece un atractivo especial por los objetos allí reunidos, pertenecientes al antiguo convento y a la vieja iglesia; pequeños y pobres utensilios de cocina, de farmacia, de trabajo, interesantísimas colecciones de grabados, madreperlas y sellos. Una de estas celdas reproduce a lo vivo el pobre mobiliario de un cubículo franciscano y otra reconstruye la habitación para calentarse, con una bella chimenea del siglo XV. Pequeñas y obscuras lámparas de hierro forjado cuelgan de cada celda; en los patios y en los claustros lámparas más grandes se bajan mediante retorcidas cadenas. No falta en un ángulo del dormitorio la campanita, coronada de una cruz, que servía para despertar a los religiosos a media noche y al amanecer. Como último y supremo ornamento, bendice, desde el fondo del pasillo, la imagen del divino Redentor, en la forma piadosa establecida en los tiempos de los Montes de Piedad. ¿Cómo no pensar en la gran multitud de almas generosas que aquí pasaron largas horas en profunda meditación, en místicos coloquios con el divino Esposo? Almas ingenuas y penitentes apartadas del mundo, de sus engaños y de su van
idad, a la sombra del Santuario de María, acogiéndose dichosas bajo el sayal de la Dama Pobreza. Almas heroicas que obtuvieron en la oración la fuerza para vencer en las luchas interiores. Almas apostólicas que, inflamadas del amor de Dios y del prójimo, se separaban a disgusto de la mística Porciúncula, para recorrer los caminos del mundo predicando a todos el bien y la paz. Sus nombres queridos, obscuros, ignorados por los hijos de la tierra, brillan con sempiterna gloria en los esplendores del cielo. LA CELDA DE SAN BERNARDINO Es la última del pequeño dormitorio que admiramos y se encuentra en el fondo, a la izquierda del minúsculo corredor; pero es la primera por los santos recuerdos que su visita despierta en el ánimo. Lleva el nombre del gran reformador senense, porque, como quiere una antigua y constante tradición, él solía habitarla cada vez que, para descansar de sus fatigas apostólicas, venía a pasar algunos días junto a la Porciúncula. Además de un buen pedazo de túnica del Santo, se conserva en ella, cual preciosa reliquia y en un gracioso armario del siglo XV, una oración suya latina manuscrita sobre pergamino. La figura del famoso fraile toscano, que, elocuente y sutil, difundió por el mundo la palabra de sencillez y caridad franciscana, se evoca en su imagen afirmada por el arte del Renacimiento. Pero no menos sugestiva se nos ofrece otra celda que lleva el nombre del gran cardenal milanés, San Carlos Borromeo. Bien conocida es su gran devoción a Francisco, el Apóstol de Asís, y el afecto que tenía a su Orden, de la que fue por muchos años Protector inspirado y activo. De muy buena gana el santo Prelado, en las frecuentes peregrinaciones que hizo a Roma, pasaba por la Umbría y venía a descansar en la Porciúncula. Es lógico pensar que en el pobre y pequeño convento le estaba asignada la habitación destinada a los huéspedes más ilustres, habitación que, a juzgar por las dimensiones, menos exiguas, y por la ventanilla cuadrada más amplia que todas las demás, rectangulares y minúsculas, debía ser ésta que lleva su nombre. Una carta manuscrita del Santo, colocada en un cuadro colgado de la pared; una reliquia de sus vísceras, conservada en un relicario de cristal, y un retrato suyo de la época, donado al Capítulo de Asís, confirman la fácil hipótesis. Antes de alejarnos del pequeño convento demos una mirada al interesante Museo, últimamente ordenado. Allí están ahora recogidos regalos caros y preciosos: libros corales, blondas del siglo XVI y frontales bordados en seda y oro, objetos de oro, plata, bronce, marfil y cristal de roca, albas de hilo con ricos encajes, damascos, ornamentos sagrados, tejidos finamente trabajados y, finalmente, una gran cruz, que se alza en medio de la sala sobre un pedestal de madreperla, estupendo trabajo de los Franciscanos de Tierra Santa. La visita ha terminado, pero no es fácil que se borre rápidamente la impresión de la sencillez, y al mismo tiempo de poesía y de arte, que la visión de este oasis de tranquilidad y de paz suscita en el ánimo. EL ANTIGUO ORATORIO Es ciertamente la parte más querida del atrayente conventito. Al pensar en los recuerdos que brotan de las piedras del pobre cenobio, las de la capilla restaurada nos interesan y atraen como un enigma. Se sabía por concordes testimonios de antiguas crónicas que, en la destrucción de los oratorios dedicados a la memoria de los primeros minoritas, uno sólo se salvó y se precisaba también el lugar donde estaba: cerca de la cocina de los pobres frailes. Pero las mudanzas que se siguieron no dejaban esperanza alguna de que se conservase todavía. El lugar de la capilla oscura y reaparecida, toda estropeada y deslucida, pero siempre reconocible, unida mediante una puerta que lleva encima el tradicional monograma de Jesús, cerca de la vieja cocina, la cual no es sino el paso lóbrego que la precede, es hoy tan poéticamente sugestivo por algunas figuras austeras de santos pintados sobre la pared y por el tosco púlpito consagrado por la predicación de San Bernardino de Sena. La pequeña capilla es abovedada, con las paredes desnudas; una reja, deliciosamente trazada y apoyada sobre un basamento a cuadros, en piedra bicolor, separa el pavimento en dos planos; sobre el pequeño altar de cipo se admira una tabla de Giunta Pisano, representando a Jesús crucificado. Dos sencillas lámparas, de hierro forjado, penden de la bóveda; algunos oscuros bancos en torno; la humildad del vetusto oratorio emana una sutil poesía de ascético atractivo para el espíritu del visitador que aquí se detiene envuelto en las ondas suaves de los recuerdos, más densas y queridas por el profundo silencio. Aquí se hace más vivo el deseo que tantas veces ya habíamos sentido, de ver de nuevo a los místicos caballeros de la Tabla Redonda, rodeando al amoroso Padre. Nuevamente el peregrino suspira por no haber podido encuadrar aquí la figura fina y luminosa del Santo, viva en la memoria en aquel bosque de la Porciúncula, testigo desaparecido de su oración y de su vida. Mas, ¿para qué lamentarse de aquello que el tiempo y los hombres han destruido para siempre? Consolémonos al pensar que aquí tuvo origen la epopeya del Pobrecillo; que él quiso dejar en preciosa herencia a sus frailes el propio corazón. Aquí pudo pasar horas suavísimas de éxtasis paradisíacos la hermana Clara, cuando vino a tomar parte en el ágape fraternal, al que le había invitado el dulce Padre y que, por los divinos coloquios de aquellas celestiales almas, se transformó bien pronto en un banquete de luz y de amor. Aquí, como en las Cárceles y en San Damián, convinieron siempre y se darán cita los devotos y los admiradores del Santo de Asís, seguros de encontrar vivo su espíritu entre las paredes de su mística y amada Porciúncula.
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Vittorino Facchinetti, O.F.M., Los Santuarios Franciscanos. Tomo II: Asís, en la Umbría. Barcelona, Biblioteca Franciscana, 1928, pp. 135-184.
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