SANTA MARÍA ANA DE JESÚS DE PAREDES (1559-1619)
por Gustavo Amigó Jansen, s.j.
La cristiana república del Ecuador puede presentar ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama Mariana de Jesús de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y a la modestia virginal. Huérfana de ambos padres desde los cuatro años, quedó al cuidado de su hermana mayor y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó, por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar, tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar su corazón incesantemente a Dios. Ya desde su temprana edad su día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus compañeras que era muy inclinada al servicio de Dios; que celebraba todas las festividades de Nuestro Señor y de su Madre santísima, y de todos los santos, sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa, donde la hallaban con las manecitas juntas, repitiendo con fervor angelical el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la Pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que más adelante serían mayores y más asiduas. A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que desde entonces fue el lugar escogido para su oración y vida espiritual. El padre Juan Camacho, al examinarla, quedó admirado de la inteligencia y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la Eucaristía. Despojóse desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que juntó luego los de pobreza y obediencia. Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús. La Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios, entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez, pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente, en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita, un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en su pieza un ataúd, que le recordaba constantemente la vanidad del mundo y la hora de la muerte. Su tenor de vida queda descrito así por ella misma, en una distribución del tiempo que sometió a su confesor: «A las cuatro -dice- me levantaré, haré disciplina; pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a seis; examinarla; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré. De siete a ocho: el tiempo de una misa preparé el aposento de mi corazón para recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno, por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve, sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere necesidad. A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco: ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve: oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes, en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré con la gracia de Dios.» Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad y oración, Mariana la guardó desde los doce años, sin más alteración hasta su muerte que estrechándola más aún los últimos siete años. Sin embargo, prudentemente, admitía tres causas posibles para omitir alguno de los ejercicios señalados: la caridad para con el prójimo, la obediencia a quienes le podían mandar y la absoluta imposibilidad física, cuando estaba tan desprovista de fuerzas por alguna enfermedad corporal que le era materialmente imposible tenerse de pie. . . Santa Mariana no excluyó de su vida un discreto apostolado, principalmente con su oración por el prójimo, sus consejos a las almas que acudían a ella y la misericordia corporal con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia. Por consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado). Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya que el templo de los jesuitas de Quito (de extraordinaria riqueza, pues está espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta los techos inclusive), no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después de su canonización.
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Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios. Decía ella misma a su criada catalina: «Si duermo en esta cama, sabe que para mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por mí, no es nada lo que yo haga por él.» Sin embargo, para usar estas asperezas había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una escalera con los balaustres con filo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y piedrecitas. Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas. De su amor a Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores, asegurando que «en todos los días de su vida conservó la primera gracia que recibió en el bautismo..., no pecó en toda su vida mortal ni venialmente con advertencia». Otro decía: «Nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discurso y amarle sin interrupción». Un testigo afirma de su caridad para con el prójimo: «Se ejercitó cuanto pudo y permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales, en beneficio de los prójimos; deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y para el efecto diera su vida.» «Toda su conversación -añade una de sus compañeras- era de la gloria, de la virginidad y pureza, de la penitencia y vidas de los santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación.» Aunque suplicó ardientemente a Nuestro Señor que no la concediera favores sobrenaturales exteriores en esta vida, por su humildad profunda, sin embargo, hizo por su medio varias profecías y revelaciones, además de lograr especiales conversiones y santificación de varias almas. A principios del año 1645 se sintieron frecuentes terremotos y desastrosas epidemias en Quito. La ciudad estaba consternada. Mariana, conmovida por la desgracia de su patria, ofreció a Dios su vida en expiación de los pecados y en alivio de aquellos males. Nuestro Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los temblores y la ciudad comenzó a tranquilizarse. Mas apenas la Santa se retiró del templo, donde había hecho ante Dios su sacrificio, comenzó a sentir los sufrimientos de la terrible enfermedad de que murió dos meses más tarde: apenas pudo llegar por sí misma a su habitación y hubo de ir a la cama por no poderse tener en pie. Recibidos los santos sacramentos y entre sublimes afectos de amor divino, entregó su purísima alma a Dios el 26 de mayo de 1645, a los veintiséis años de edad. A partir de su nacimiento para el cielo fue todavía mayor la veneración en que la tuvieron los quiteños y toda la nación por sus frecuentes milagros. El 17 de diciembre de 1757 Benedicto XIV introdujo su causa; Pío VI, el 19 de marzo de 1776, declaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció dos milagros suyos: el mismo Pontífice la beatificó el 20 de noviembre de 1853. Reanudada la causa, bajo León XIII, el 23 de abril de 1903, correspondió a Pío XII llevarla a feliz término, canonizando solemnemente a Santa Mariana el 9 de junio de 1950. Por su parte, la Asamblea Constituyente de Ecuador, a 30 de noviembre de 1946, en reconocimiento de la virtud que la llevó a ofrecer su vida por la incolumidad del pueblo, la llamó en solemne decreto «heroína de la Patria». Gustavo Amigó Janse, S. I., Santa Mariana de Jesús Pare, Año Cristian, Tomo II, Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 494- 499.
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SANTA MARÍA ANA DE JESÚS DE PAREDES (1618-1645) Del mensaje de Juan Pablo II al Ecuador (18-IV-1996)
María Ana nació en Quito (Ecuador) en 1618. Huérfana desde su niñez, consagró a Dios su virginidad y, al no poder entrar en ningún monasterio, emprendió en su casa una vida ascética, dedicada a la oración, al ayuno y a otros ejercicios piadosos. Recibida posteriormente en la Tercera Orden Franciscana, se entregó con gozo y amor a la ayuda espiritual de sus compatriotas sin distinción de raza ni color. Murió en 1645. Pío XII la canonizó en 1950. Es patrona del Ecuador. El 18 de abril de 1996, con motivo de celebrarse el 350 aniversario de la muerte de la Santa, Juan Pablo II dirigió al Ecuador el mensaje del que tomamos el texto siguiente. 1. La celebración del 350º aniversario de la muerte de santa Mariana de Jesús Paredes y Flores me brinda la agradable ocasión de recordar, junto con los pastores y fieles de la nación ecuatoriana, la figura significativa de esta joven mujer latinoamericana, que supo vivir la consagración a Dios en el mundo, tratando de introducir en la sociedad de su época las energías siempre nuevas del reino de Cristo. Con esta carta deseo unirme al gozo del año jubilar proclamado por ese Episcopado para dar juntos gracias al Señor de la historia por el don de esta primera santa ecuatoriana, canonizada por mi predecesor el Papa Pío XII el 9 de julio de 1950. Ha querido la Providencia que esta importante efemérides en la vida de la Iglesia que peregrina en el Ecuador coincidiese con la preparación al gran jubileo del año 2000. Lo cual, ciertamente, favorecerá entre los hijos e hijas de esa querida nación el despuntar de una nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el comienzo del tercer milenio cristiano, en docilidad a la acción del Espíritu SantTertio millennio advenie, 18). 2. La breve vida terrena dAzucena de Qui, como es invocada con afecto y confianza por las gentes del continente americano, sorprende por su profunda madurez y equilibrio interior, frutos de un intenso combate espiritual desde la oración y la ascesis. Uno de los caracteres distintivos de la santidad de Mariana de Jesús, tal vez el más desconcertante para nuestro tiempo, fue su penitencia y su mortificación corporal asombrosa. Este camino ascético de identificación con Cristo, independientemente de los medios particulares empleados en su ejercicio, sigue revistiendo hoy una perenne actualidad, pues nos recuerda que la ascesis ayuda a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por el pecado, siendo verdaderamente indispensable para permanecer fieles a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la cruz. En santa Mariana convergen de modo armónico y original diversas escuelas y tradiciones espirituales de la época: pertenecía a la Tercera Orden Franciscana, se consideraba discípula espiritual de Santa Teresa de Ávila y, al mismo tiempo, se sentía hija de la Compañía de Jesús. De este modo, su vida se hace reflejo del misterio de la Iglesia, que no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y evangelizadora, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y extender el misterio de comunión que la constituye, reuniendo a todos y a todo en Cristo, y siendo para todos sacramento indispensable de unidad. 3. Bebiendo en las fuentes claras de las Escrituras, aprendió a discernir, con la ayuda de sus confesores y directores espirituales, la voluntad de Dios, que la quiso virgen consagrada a la oración y al servicio de la Iglesia en su propia casa. Al profesar los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales, su existencia casta, pobre y obediente fue para sus contemporáneos «una especial imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor de Cristo esposo» (Vita consecr, 7). Su recuerdo hoy invita a todos, especialmente a la juventud ecuatoriana, a responder con prontitud y valentía al llamado del Señor, que espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes consagrados, para que el mundo sea cada vez más sereno y acogedor, más auténticamente humano. 4. Interpelada por las palabras de Jesús: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios» (Luk 6:20), Mariana quiso imitar a Cristo pobre, abrazando un estilo de vida abnegado, sobrio y fraterno, inspirado en criterios de sencillez y hospitalidad evangélicas, y acompañado por un compromiso activo en la educación cristiana de los niños necesitados, en particular de los indígenas, y en la caridad. Su pobreza da testimonio gozoso y creíble de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano, contesta la idolatría del dinero y se hace voz profética en medio de la sociedad, avisando del peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de los bienes materiales. El amor a Cristo pobre la llevó al servicio de Cristo en los indigentes y los pecadores, compartiendo las condiciones de vida de los más desheredados y participando de sus sufrimientos, problemas y peligros. Que esta opción por la pobreza evangélica, vivida también hoy en Latinoamérica con valentía y heroísmo por tantos otros hombres y mujeres de corazón generoso, siga denunciando la esclavitud del pecado, raíz de toda injusticia y discriminación; favorezca la promoción de la solidaridad social, «iluminando con el Evangelio y la doctrina social católica la conciencia de los ciudadanos» (Carta Ap. Los caminos del Evangel, a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V Centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, 21); y ayude a las nuevas generaciones del Ecuador a vencer la seducción de un materialismo ávido de poseer, desinteresado de los más débiles y carente de sensibilidad por el equilibrio de los recursos de la naturaleza. 5. Debe ser también para el Ecuador motivo de confianza ante el futuro el recuerdo vivo de esta hija suya predilecta, que no amó tanto su vida como para temer a la muerte (cf. Rev 12:11), sino que la ofreció por la salvación de sus hermanos, los habitantes de Quito, angustiados por la peste y los temblores de tierra. Ella, veheroína nacion, sigue acompañando con su intercesión y especial protección el caminar de ese querido pueblo, ayudando a todos, ciudadanos y gobernantes, a afrontar desde la fidelidad a sus más auténticas raíces cristianas los problemas de la convivencia nacional e internacional, para construir una sociedad digna del hombre y alcanzar una paz duradera, fundada sobre la justicia. [L’Osservatore Roma, edición semanal en lengua española, del 31 de mayo de 1996, p. 8]
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