SAN PÍO DE PIETRELCINA(1887-1968)
(Cf. L’Osservatore Romano, ed. esp., del 30-IV-99)
Este dignísimo seguidor de San Francisco de Asís nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, archidiócesis de Benevento (Italia), hijo de Grazio Forgione y de María Giuseppa De Nunzio. Fue bautizado al día siguiente, con el nombre de Francisco. A los 12 años recibió el sacramento de la confirmación y la primera comunión. El 6 de enero de 1903, cuando contaba 16 años, entró en el noviciado de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone, donde el 22 del mismo mes vistió el hábito franciscano y recibió el nombre de fray Pío. Acabado el año de noviciado, emitió la profesión de los votos simples y, el 27 de enero de 1907, la profesión solemne. Después de la ordenación sacerdotal, recibida el 10 de agosto de 1910 en Benevento, por motivos de salud permaneció con su familia hasta 1916. En septiembre de ese año fue enviado al convento de San Giovanni Rotondo, en el que permaneció hasta su muerte. Impulsado por el amor a Dios y al prójimo, el padre Pío vivió en plenitud la vocación de colaborar en la redención del hombre, según la misión especial que caracterizó toda su vida y que llevó a cabo mediante la dirección espiritual de los fieles, la reconciliación sacramental de los penitentes y la celebración de la Eucaristía, momento cumbre de su actividad apostólica, en el que los fieles que participaban en la misma percibían la altura y profundidad de su espiritualidad. En el orden de la caridad social se esforzó siempre por aliviar los dolores y las miserias de tantas familias, especialmente con la fundación de la «Casa de Alivio del Sufrimiento», inaugurada el 5 de mayo de 1956. Para él la fe era la vida: quería y hacía todo a la luz de la fe. Se dedicaba asiduamente a la oración. Pasaba el día y gran parte de la noche en coloquio con Dios. Decía: «En los libros buscamos a Dios, en la oración lo encontramos. La oración es la llave que abre el corazón de Dios». La fe lo llevó siempre a la aceptación de la voluntad misteriosa de Dios. Vivió siempre inmerso en las realidades sobrenaturales. No solamente era un hombre de gran esperanza y total confianza en Dios, sino que, además, infundía, con su palabra y su ejemplo, estas virtudes en todos aquellos que se le acercaban. El amor de Dios lo llenaba totalmente, colmando todas sus esperanzas; la caridad era el principio inspirador de su jornada: amar a Dios y hacerlo amar. Su preocupación particular era crecer y hacer crecer en la caridad. Su máximo servicio al prójimo lo realizó acogiendo, durante más de 50 años, a muchísimas personas que acudían a su ministerio y a su confesionario, recibiendo su consejo y su consuelo. Era como un asedio: lo buscaban en la iglesia, en la sacristía y en el convento. Y él se entregaba a todos, reavivando la fe, distribuyendo la gracia y llevando luz. Pero veía la imagen de Cristo especialmente en los pobres, en quienes sufrían y en los enfermos, y a ellos atendía con mayor caridad. Ejerció de modo ejemplar la virtud de la prudencia: obraba y aconsejaba a la luz de Dios. Su preocupación era la gloria de Dios y el bien de las almas. Trataba a todos con justicia, con lealtad y con gran respeto. Brilló en él la luz de la fortaleza. Comprendió bien pronto que su camino era el de la cruz y lo aceptó inmediatamente con valor y por amor. Experimentó durante muchos años los sufrimientos del alma. Soportó los dolores de sus llagas con admirable serenidad. Aceptó en silencio las numerosas intervenciones de las autoridades y calló siempre ante las calumnias. Recurrió habitualmente a la mortificación para conseguir la virtud de la templanza, de acuerdo con el estilo franciscano. Era templado en la mentalidad y en el modo de vivir. Consciente de los compromisos adquiridos con la vida consagrada, observó con generosidad los votos profesados. Obedeció en todo las órdenes de sus superiores, incluso cuando eran difíciles. Su obediencia era sobrenatural en la intención, universal en la extensión e integral en su realización. Vivió el espíritu de pobreza con total desprendimiento de sí mismo, de los bienes terrenos, de las comodidades y de los honores. Tuvo siempre una gran predilección por la virtud de la castidad. Su comportamiento fue modesto en todas partes y con todos. Se consideraba sinceramente inútil, indigno de los dones de Dios, lleno de miserias y, a la vez, de favores divinos. En medio a tanta admiración del mundo, repetía: «Quiero ser sólo un pobre fraile que reza». El padre Pío de Pietrelcina, al igual que el apóstol Pablo, puso en la cumbre de su vida y de su apostolado la cruz de su Señor como su fuerza, su sabiduría y su gloria. Inflamado de amor hacia Jesucristo, se conformó a Él por medio de la inmolación de sí mismo por la salvación del mundo. En el seguimiento y la imitación de Cristo crucificado fue tan generoso y perfecto que hubiera podido decir: «Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2:19-20). Derramó sin parar los tesoros de la gracia que Dios le había concedido con especial generosidad a través de su ministerio, sirviendo a los hombres y mujeres que se acercaban a él, cada vez más numerosos, y engendrado una inmensa multitud de hijos e hijas espirituales. Su salud, desde la juventud, no fue muy robusta y, especialmente en los últimos años de su vida, empeoró rápidamente. La hermana muerte lo sorprendió preparado y sereno el 23 de septiembre de 1968, a los 81 años de edad. Su funeral se caracterizó por una extraordinaria concurrencia de personas. El 20 de febrero de 1971, Pablo VI, dirigiéndose a los superiores de la Orden Capuchina, dijo de él: «¡Mirad qué fama ha tenido, qué clientela mundial ha reunido en torno a sí! Pero, ¿por qué? ¿Tal vez porque era un filósofo? ¿Porque era un sabio? ¿Porque tenía medios a su disposición? Porque celebraba la Misa con humildad, confesaba desde la mañana a la noche, y era, es difícil decirlo, un representante visible de las llagas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento». Su fama de santidad, debida a sus virtudes, a su espíritu de oración, de sacrificio y de entrega total al bien de las almas, aumentó tras su muerte, llegando a ser un fenómeno eclesial extendido por todo el mundo y en toda clase de personas. De este modo, Dios manifestaba a la Iglesia su voluntad de glorificar en la tierra a su siervo fiel. No pasó mucho tiempo hasta que la Orden de los Frailes Menores Capuchinos realizó los pasos previstos por la ley canónica para iniciar la causa de beatificación y canonización. La Postulación del Siervo de Dios presentó al Dicasterio competente la curación de la señora Consiglia De Martino, de Salerno (Italia); cumplimentados los trámites pertinentes, la S. Congregación, en diciembre de 1998, aceptó el milagro. Por último, Juan Pablo II beatificó solemnemente al padre Pío el 2 de mayo de 1999, y estableció que su fiesta se celebre el 23 de septiembre.
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Discurso del Santo Padre Juan Pablo II en el Santuario de Santa María de las Gracias de San Giovanni Rotondo (Sábado 23 de mayo de 1987)
Los valores esenciales y perennes del sacerdocio reflejados en el padre Pío de Pietrelcina En mayo de 1987 el Papa visitó cinco diócesis de Italia en la región de Pulla. La primera etapa de este viaje apostólico fue San Giovanni Rotondo (Foggia), ciudad de más de 20.000 habitantes, donde pasó la mayor parte de su vida y donde murió el 23 de septiembre de 1968 el padre Pío de Pietrelcina. El Papa había estado ya allí en 1947, siendo estudiante en Roma, y en 1974, siendo cardenal arzobispo de Cracovia. El día 23 de mayo de 1987 por la tarde, en el centenario del nacimiento del padre Pío, el Papa acudió al Santuario de Santa María de las Gracias, donde pronunció el discurso que reproducimos a continuación y visitó, en la cripta, la tumba del padre Pío, ante la que oró unos momentos. A continuación Juan Pablo II se dirigió al cercano hospital «Casa Alivio del Sufrimiento», obra que inspiró y promovió el padre Pío y que hoy es una gran institución; allí pronunció el Papa el discurso que reproducimos.más adelante Queridos padres franciscanos, queridos hermanos y hermanas: 1. Doy las gracias ante todo al padre Flavio Roberto Carraro, ministro general de los Hermanos Menores Capuchinos, por el afectuoso saludo que me ha dirigido también en nombre de toda la familia franciscana, aquí representada en sus cuatro ramas. Grande es mi alegría por este encuentro, por varios motivos. Como sabéis, estos lugares están ligados a recuerdos personales, es decir, a las visitas que hice al padre Pio durante su vida terrena y las que he hecho luego, espiritualmente, después de su muerte, a la tumba. Y, además, siempre es una alegre ocasión para mí encontrar a los hijos de San Francisco, que hoy veo aquí en gran número. Amo mucho la espiritualidad franciscana. Uno de mis primeros viajes apostólicos en Italia fue a la tumba del Padre Seráfico en Asís, y todos ciertamente recordáis la Jornada ecuménica celebrada allí en octubre del año pasado. Me alegro de encontrarme ahora en este templo, dedicado a Santa María de las Gracias. Ciertamente, este lugar sagrado ha conocido, en época reciente, una gran irradiación espiritual gracias a la obra del padre Pio: pero, ¿cómo se ha realizado esta obra, sino por una continua efusión de gracia que ha descendido, a través de María, sobre las multitudes que llegan aquí buscando la paz y el perdón? El padre Pío fue devoto de la Virgen, Madre de los sacerdotes, que desarrolla con ellos una función especial para hacerlos conformes al modelo supremo de su Hijo. 2. El deseo de imitar a Cristo fue particularmente vivo en el padre Pío. Dócil desde niño a la gracia, ya a los quince años recibió de Dios el don de ver claro en su vida. Recordando aquel período, él nos narra: «El puesto seguro, el refugio de paz era la escuadra de la milicia ecl.siástica. ¿Y dónde mejor podré servirte, oh Señor, sino en el claustro y bajo la bandera del Pobrecillo de Asís?... Que Jesús me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de San Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos». Y el Señor le escuchó, podemos decir, más allá de sus mismas expectativas. En efecto, como religioso vivió generosamente el ideal de fraile capuchino, como vivió el ideal de sacerdote. Por ello, constituye también hoy un punto de referencia, puesto que en él encuentran especial acogida y resonancia espiritual los dos aspectos que caracterizan el sacerdocio católico: la facultad de consagrar el Cuerpo y la Sangre del Señor y la de perdonar los pecados. ¿Acaso no fueron el altar y el confesonario los dos polos de su vida? Este testimonio sacerdotal contiene un mensaje tan válido como actual. El Sacrificio eucarístico 3. Basta recordar, a este propósito, lo que enseña el Concilio Vaticano II sobre el sacramento del sacerdocio, sobre todo en el Decreto «Presbyterorum ordinis». Este Decreto afirma esos valores esenciales y perennes del sacerdocio, que en el padre Pío se realizaron de un modo excelente. Es cierto que propone nuevas perspectivas también y nuevas formas de testimonio, más adaptadas a la mentalidad de nuestros tiempos. Pero sería un gran error que, por un impulso mal orientado hacia la renovación, el sacerdote olvidase esos valores fundamentales: y ciertamente no puede apelarse al Concilio para justificar tal olvido. Un aspecto esencial del ministerio sagrado, reconocible en la vida del padre Pío, es la ofrenda que el sacerdote hace de sí mismo, en Cristo y con Cristo, como víctima de expiación y de reparación por los pecados de los hombres. El sacerdote debe tener siempre delante de los ojos la definición clásica de la propia misión, contenida Carta a los Hebreo «Todo pontífice es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hab 5:1). El Concilio se hace eco de esta definición cuando enseña que «como ministros sagrados, señaladamente en el sacrificio de la Misa, los presbíteros representan a Cristo, que se ofreció a Sí mismo como víctima por la santificación de los hombres» (DecPresbyterorum ordini 13). Esta ofrenda ha de alcanzar su máxima expresión en la celebración del Sacrificio eucarístico. ¿Y quién no recuerda el fervor con el que el padre Pío salvación y de la santificación del hombre mediante la participación en los mismos sufrimientos del Crucificado. «En la Misa -decía- está todo el Calvario». La Misa fue para él la «fuente y el culmen», el punto de apoyo y el centro de toda su vida y de toda su obra. El sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual 4. Esta íntima y amorosa participación en el Sacrificio de Cristo fue para el padre Pio el origen de la entrega y la disponibilidad en relación con las almas, sobre todo las enredadas en los lazos del pecado y en las angustias de la miseria humana. Es algo tan conocido que no me detendré sobre ello; pero quisiera destacar algunos puntos que me parecen importantes, porque también en ello encontramos que el comportamiento del padre Pío y la enseñanza conciliar coinciden. El humilde religioso acogió con docilidad la infusión de ese «espíritu de gracia y de consejo», del que habla el Concilio, es decir, ese espíritu que debe permitir al Pastor de almas «ayudar y gobernar al Pueblo de Dios con corazón limpPresbyterorum ordi 7). Él se empeñó de un modo particular -según otra enseñanza conciliar (cf. ib., 9)- en la dirección espiritual, prodigándose para ayudar a las almas a descubrir y a valorar los dones y los carismas, que Dios concede cómo y cuándo quiere en su misteriosa liberalidad. También esto puede servir de ejemplo a muchos sacerdotes para reanudar o mejorar un «servicio a los hermanos», tan ligado a su misión específica, que siempre ha sido y todavía hoy debe ser rico en frutos espirituales para todo el Pueblo de Dios, principalmente en orden a la promoción de la santidad y de las vocaciones sagradas. 5. El elemento que caracteriza al sacerdocio es la administración de los sacramentos, y este mismo ministerio no podrá ser creíble a los ojos de los hombres, si el sacerdote no satisface al mismo tiempo las exigencias de la caridad fraterna. También sobre este punto sabemos muy bien lo que hizo el padre Pío: cuán vivo era su sentido de justicia y de misericordia, su compasión por los que sufren, y cuán activamente se empeñaba en favor de ellos, con la ayuda de válidos y generosos colaboradores. «En el fondo de esta alma -decía el padre Pío de sí mismo- me parece que Dios ha derramado muchas gracias respecto a la compasión de las miserias de los otros, singularmente en relación a los pobres necesitados... Así, pues, cuando sé que una persona está afligida, en el alma o en el cuerpo, ¿qué no haría ante el Señor para verla libre de sus males? De buena gana, con tal de verla salvada, cargaría con todas sus aflicciones, cediendo en su favor los frutos de tales sufrimientos, si el Señor me lo permitiese». Quiero dar las gracias al Señor con vosotros por habernos dado el querido padre, por haberlo donado en este siglo tan atormentado, a esta nuestra generación. Con su amor a Dios y a los hermanos, él es un signo de gran esperanza e invita a todos, principalmente a nosotros, los sacerdotes, a no dejarle solo en esta misión de caridad. Que la Virgen del Santo Rosario, de la que fue tan devoto, y que veneramos de forma especial en este mes a Ella dedicado, nos ayude a ser perfectos imitadores del único Maestro: su Hijo Jesús. Con mi afectuosa bendición. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 31-V-87]
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Discurso del Santo Padre Juan Pablo II en el hospital "Casa Alivio del Sufrimiento" de San Giovanni Rotondo (Sábado 23 de mayo de 1987) Queridos hermanos y hermanas, queridos enfermos: 1. Agradezco vivamente a Mons. Riccardo Ruotolo, presidente de esta Obra, las palabras de saludo que me ha dirigido. A todos vosotros mi cordial saludo: al personal médico y auxiliar, a los sacerdotes, a los enfermos, a los fieles. Grande es mi emoción por encontrarme, de nuevo, en este lugar, que visité la primera vez en el lejano 1947, cuando hacía poco que se había iniciado la edificación de este hospital. Estoy contento de ver, en su moderna realización, todo lo que el padre Pío ideó y predijo: «Una ciudad-hospital, técnicamente adecuada a las más audaces exigencias clínicas junto con un "orden ascético" de franciscanismo militante. Lugar de oración y de ciencia, donde el género humano se encuentre con Cristo crucificado como un solo rebaño con un solo Pastor». Y esta ciudad está creciendo aún. Una «Ciudadela de la caridad», junto al santuario de María, que -por voluntad del padre Pío- tiene el significativo nombre de «Casa AliviCasa Sollievo della Soff.renza 2¡El alivio del sufrimi En esta dulce expresión se compendia una de las perspectivas esenciales de la caridad cristiana, de esa caridad fraterna que Cristo nos ha enseñado y que, por mandato expreso suyo, debe ser el signo distintivo de sus discípulos; de esa caridad, cuyo ejercicio efectivo, sobre todo hacia los más necesitados, es un imprescindible motivo de credibilidad de ese mensaje de verdad, de amor y de salvación, que el cristiano está obligado a anunciar al mundo. Esta Obra, por la cual el padre Pío tanto rezó y tanto se prodigó, es un magnífico testimonio del amor cristiano. La gran intuición del padre Pío ha sido la de unir, con la fe y la oración, la ciencia al servicio de los enfermos; la ciencia médica, en la lucha cada vez más avanzada contra la enfermedad; la fe y la oración, para transfigurar y sublimar ese sufrimiento que, pese a todos los progresos de la medicina, será siempre, en alguna medida, una realidad en la vida de aquí abajo. 3. Por ello, un aspecto esencial del gran designio del padre Pío era y es que la permanencia en esta casa ha de comportar ciertamente un cuidado del cuerpo, pero también una verdadera y específica educación en el amor entendido como aceptación cristiana del dolor. Y esto ha de suceder, sobre todo, gracias al testimonio de caridad ofrecido por el personal médico, auxiliar y sacerdotal que asiste y cuida a los enfermos. De este modo, se debe formar una verdadera y propia comunidad fundada en el amor de Cristo: una comunidad que hermana a quienes cuidan y a los que son cuidados: «Hospitalizados aquí -decía el padre Pío en 1957-, médicos y sacerdotes serán reservas de amor que cuanto más abundante sea en ellos más se comunicará a los otros». Esta era la intención del padre Pío, y ¡que ésta sea siempre la intención fundamental de esta bella institución! Al asegurar mi cercanía afectuosa a todos los enfermos que habitan en esta casa, deseo ardientemente que cada vez más se beneficien de un clima de amor y de solidaridad, fundado en la fe y en la oración. «En todo enfermo -decía el padre Pio- está Jesús que sufre. En todo pobre está Jesús que languidece. En todo enfermo pobre está doblemente Jesús que sufre y languidece». 4. Pido a Dios que el espíritu de amor fraterno que anima esta «Casa Alivio del Sufrimiento» continúe floreciendo y creciendo. Vuestro testimonio, queridos médicos, queridos enfermos, queridos sacerdotes, es muy valioso no sólo para aquellos que están hospitalizados aquí, sino que es un signo muy importante también para toda la Iglesia y para la sociedad. Y a vosotros, queridos enfermos, que la Santísima Virgen os alcance de su Hijo la luz y la fuerza para comprender, en la fe, el valor de cruz que estáis llevando. A todos vosotros y a vuestros seres queridos, mi afectuosa bendición. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 31-V-87]
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SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968)
por Juan Pablo II
El día 2 de mayo de 1999, domingo V de Pascua, Juan Pablo II beatificó en la plaza de San Pedro al capuchino italiano P. Pío de Pietrelcina, y estableció que su fiesta se celebre el 23 de septiembre, aniversario de su muerte. Ante el deseo manifestado por multitud de fieles de asistir a la solemne celebración, se prepararon e intercomunicaron adecuadamente la plaza de San Pedro y espacios adyacentes, la plaza de San Juan de Letrán y el santuario de San Giovanni Rotondo. Concluida la celebración eucarística, el Romano Pontífice se trasladó en helicóptero a San Juan de Letrán, y desde el balcón central de su fachada pronunció la meditación mariana antes del rezo del «Regina caeli». Al día siguiente, 3 de mayo, los peregrinos llenaron de nuevo la plaza de San Pedro para asistir a la misa de acción de gracias que presidió el card. Ángelo Sodano. A continuación, el Papa dirigió un discurso a los peregrinos. Recogemos las tres alocuciones pontificias y partes de la homilía del card. Sodano, tomadas de L’Osservatore Romano, ed. esp., del 7 de mayo de 1999. Añadimos algunas crónicas de la beatificación. Homilía pronunciada en la misa de beatificaci (2-V-99) El P. Pío, imagen de Cristo doliente y crucificado 1. «¡Cantad al Señor un cántico nuevo!». La invitación de la antífona de entrada expresa la alegría de tantos fieles que esperan desde hace tiempo la elevación a la gloria de los apadre Pío de Pietrel. Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos. Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente, y doy gracias a Dios que me concede hoy la posibilidad de incluirlo en el catálogo de los beatos. Recorramos esta mañana los rasgos principales de su experiencia espiritual, guiados por la liturgia de este V domingo de Pascua, en el cual tiene lugar el rito de su beatificación. 2. «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios; creed también en mí» (Joh 14:1). En la página evangélica que acabamos de proclamar hemos escuchado estas palabras de Jesús a sus discípulos, que tenían necesidad de aliento. En efecto, la mención de su próxima partida los había desalentado. Temían ser abandonados y quedarse solos, pero el Señor los consuela con una promesa concreta: «Me voy a prepararos sitio» y después «volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros» (Joh 14:2-3). En nombre de los Apóstoles replica a esta afirmación Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?» (Joh 14:5). La observación es oportuna y Jesús capta la petición que lleva implícita. La respuesta que da permanecerá a lo largo de los siglos como luz límpida para las generaciones futuras. «Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Joh 14:6). El «sitio» que Jesús va a preparar está en «la casa del Padre»; el discípulo podrá estar allí eternamente con el Maestro y participar de su misma alegría. Sin embargo, para alcanzar esa meta sólo hay un camino: Cristo, al cual el discípulo ha de ir conformándose progresivamente. La santidad consiste precisamente en esto: ya no es el cristiano el que vive, sino que Cristo mismo vive en él (cf. Gal 2:20). Horizonte atractivo, que va acompañado de una promesa igualmente consoladora: «El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores. Porque yo me voy al Padre» (Joh 14:12). 3. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. ¡Con cuánta claridad se han cumplido en el beato Pío de Pietrelcina! «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios...». La vida de este humilde hijo deun constante ejercicio d, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo. «Me voy a prepararos sitio (...) para que donde estoy yo estéis también vosotros». ¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el padre Pío desde su juventud, progresiva identificación con el divino , para estar «donde está él»? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del padre Pío respluz de la resurrec. Su cuerpo, marcado por los «estigmas», mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección que caracteriza el misterio pascual. Para el beatparticipación en la Pa tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que «el Calvario es el monte de los santos». 4. No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fprueba que tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece,obediencia es para él crisol de purifica, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad. A este respecto, el nuevo beato escribía a uno de sus superiores: «Actúo solamente para obedecerle, pues Dios me ha hecho entender lo que más le agrada a él, que para mí es el único medio de esperar la salvación yEpist. I, p. 807).( Cuando sobre él se abatió la «tempestad», tomó como regla de su existencia la exhortación de la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar: Acercaos a Cristo, la piedr (cf. 1Pe 2:4). De este modo, también él se hizo «piedra viva», para la construcción del edificio espiritual que es la Iglesia. Y por esto hoy damos gracias al Señor. 5. «También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu» (1Pe 2:5). ¡Qué oportunas resultan estas palabras si las aplextraordinaria experiencia e surgida en torno al nuevo beato! Muchos, encontrándose directa o indirectamente con él, han recuperado la fe; siguiendo su ejemplo, se han multiplicado en todas las partes del mundo los «grupos de oración». A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: «Parece que Jesús no tiene otra preocupación que Epist. II, p. 155).alma» ( Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca deplantado» al pie de la c, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que «junto a la cruz Epist. I, p. 339). ( Sí, la cruz de Cristo es laescuela del am; más aún, el «manantial» mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación. 6. Al mismo tiempo, su case derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus . El padre Pío, además de su celo por las almas, se interesó por el dolor humano, promoviendo en San Giovanni Rotondo un hospital, al que llamó: «Casa de alivio del sufrimiento». Trató de que fuera un hospital de primer rango, pero sobre todo se preocupó de que en él smedicina verdaderamente «humanizad, en la que la relación con el enfermo estuviera marcada por la más solícita atención y la acogida más cordial. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a sí mismo en la experiencia del amor de Dios y de la ternura de sus hermanos. Con la «Casa de alivio del sufrimiento» quiso mostrar que los «milagros ordinpasan a través de nuestra caEs necesario estar disponibles para compartir y para servir generosamente a nuestros hermanos, sirviéndonos de todos los recursos de la ciencia médica y de la técnica. 7. El eco que esta beatificación ha suscitado en Italia y en el mundo es un signo de que la fama del padre Pío, hijo de Italia y de san Francisco de Asís, ha alcanzado un horizonte que abarca todos los continentes. (...). 8. Quisiera concluir con las palabras del Evangelio proclamado en esta misa: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios». Esa exhortación de Cristo la recogió el nuevo beato, que solía repetir: «Abandonaos plenamente en el corazón divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre». Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, sel camino,s para nosotros la verdad y la ? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre? «Santa María de las gracias», a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del costado abierto del Crucificado. Y tú, beato padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros, reunidos en esta plaza, y a cuantos están congregados en la plaza de San Juan de Letrán y en San Giovanni Rotondo. Intercede por aquellos que, en todo el mundo, se unen espiritualmente a esta celebración, elevando a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones. Amén. De la meditación antes del “Regina cael (2-V-99) «Amad a la Virgen y hacedla amar. Rezad siempre el rosario» Amadísimos hermanos y hermanas: El padre Pío, con su enseñanza y su ejemplo, nos invita a orar, a recurrir a la misericordia divina en el sacramento de la penitencia, y a amar al prójimo. Nos invita, de manera especial, a amar y venerar a la Virgen María. Su devoción a la Virgen se manifiesta en todas las circunstancias de su vida: en sus palabras y en sus escritos, en sus enseñanzas y en sus consejos, que ofrecía a sus numerosos hijos espirituales. El nuevo beato, auténtico hijo de san Francisco de Asís, de quien aprendió a dirigirse a María con espléndidas expresiones de aSaludo a la Virg, enEscritos de San Francis), no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción tierna y profunda a la Virgen, enraizada en la tradición auténtica de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación, exhortaba siempre: ¡Amad a la Virgen! Al término de su vida terrena, en el momento de manifestar su última voluntad, dirigió su pensamiento, como había hecho durante toda su vida, a María santísima: «Amad a la Virgen y hacedla amar. Rezad siempre el rosario». Discurso a los peregrin (3-V-99)
El P. Pío, seguidor ejemplar de S. Francisco Amadísimos hermanos y hermanas: 1. Con gran alegría me encuentro nuevamente con vosotros en esta plaza, que ayer fue escenario de un acontecimiento que tanto esperabais: la beatificación del padre Pío de Pietrelcina. Hoy es el día de acción de gracias. Acaba de terminar la solemne celebración eucarística, presidida por el cardenal Ángelo Sodano, mi secretario de Estado, a quien dirijo un cordial saludo, extendiéndolo a cada uno de los demás cardenales y obispos presentes, así como a los numerosos sacerdotes y a los fieles que han participado. Con especial afecto os abrazo a vosotros, queridos frailes capuchinos, y a los demás miembros de la gran familia franciscana, que alabáis al Señor por las maravillas que realizó en el humilde fraile de Pietrelcina, seguiPoverell de Asís. Muchos de vosotros, queridos peregrinos, sois miembros de los “grupos de oración” fundados por el padre Pío: os saludo afectuosamente, al igual que a todos los demás fieles que, animados por la devoción al nuevo beato, han querido estar presentes en esta feliz circunstancia. Por último, quiero dirigir un saludo particular a cada uno de vosotros, queridos enfermos, que habéis sido los predilectos en el corazón y la acción del padre Pío: ¡gracias por vuestra valiosa presencia! 2. La divina Providencia ha querido que el padre Pío sea proclamado beato en vísperas del gran jubileo del año 2000, al concluir un siglo dramático. ¿Cuál es el mensaje que, con este acontecimiento de gran importancia espiritual, el Señor quiere ofrecer a los creyentes y a toda la humanidad? El testimonio del padre Pío, legible en su vida y en su misma persona física, nos induce a creer que este mensaje coincide con el contenido esencial del jubileo ya cercano: Jesucristo es el único Salvador del mundo. En él, en la plenitud de los tiempos, la misericordia de Dios se hizo carne para salvar a la humanidad, herida mortalmente por el pecado. «Con sus heridas habéis sido curados» (1Pe 2:24), repite a todos el beato padre Pío, con las palabras del apóstol san Pedro, precisamente porque tenía esas heridas impresas en su cuerpo. Durante sesenta años de vida religiosa, pasados casi todos en San Giovanni Rotondo, se dedicó completamente a la oración y al ministerio de la reconciliación y de la dirección espiritual. El siervo de Dios Papa Pablo VI puso muy bien de relieve este aspecto: «¡Mirad qué fama ha tenido el padre Pío! (...) Pero, ¿por qué? (...) Porque celebraba la misa con humildad, confesaba de la mañana a la noche, y era (...) un representante visible de las llagas de nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento» (20 de febrero de 1971). Recogido completamente en Dios, y llevando siempre en su cuerpo la pasión de Jesús, fue pan partido para los hombres hambrientos del perdón de Dios Padre. Sus estigmas, como los de san Francisco de Asís, eran obra y signo de la misericordia divina, que mediante la cruz de Cristo redimió el mundo. Esas heridas abiertas y sangrantes hablaban del amor de Dios a todos, especialmente a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu. 3. ¿Qué decir de su vida, combate espiritual incesante -librado con las armas de la oración-, centrada en los gestos sagrados diarios de la confesión y de la misa? La celebración eucarística era el centro de toda su jornada, la preocupación casi ansiosa de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, sacerdote y víctima. Se sentía llamado a participar en la agonía de Cristo, agonía que continúa hasta el fin del mundo. Queridos hermanos, en nuestro tiempo, en el que aún se pretende resolver los conflictos con la violencia y el atropello, y a menudo ceden a la tentación de abusar de la fuerza de las armas, el padre Pío repite lo que dijo una vez: «¡Qué horror la guerra! Jesús mismo sufre en todo hombre herido en su carne». Es preciso destacar también que sus dos obras, la “Casa de alivio del sufrimiento” y los “grupos de oración”, fueron concebidas por él en el año 1940, mientras en Europa se vislumbraba ya la catástrofe de la segunda guerra mundial. No permaneció inactivo; al contrario, desde su convento, perdido en el Gargano, respondió con la oración y las obras de misericordia, con el amor a Dios y al prójimo. Y hoy, desde el cielo, repite a todos que éste es el auténtico camino de la paz. 4. Los “grupos de oración” y la “Casa de alivio del sufrimiento” son dos «dones» significativos que el padre Pío nos ha dejado. Concebida y querida por él como hospital para los enfermos pobres, la “Casa de alivio del sufrimiento” fue proyectada ya desde el comienzo como una institución de salud abierta a todos, pero no por eso menos equipada que el resto de los hospitales. Es más, el padre Pío quiso dotarla de los instrumentos científicos y tecnológicos más avanzados, para que fuera un lugar de auténtica acogida, de respeto amoroso y de terapia eficaz para todas las personas que sufren. ¿No es éste un verdadero milagro de la Providencia, que continúa y se desarrolla, siguiendo el espíritu del fundador? Además, por lo que respecta a los “grupos de oración”, quiso que fueran faros de luz y amor en el mundo. Deseaba que muchas almas se unieran a él en la oración. Decía: «Orad, orad al Señor conmigo, porque todo el mundo tiene necesidad de oraciones. Y cada día, cuando más sienta vuestro corazón la soledad de la vida, orad, orad juntos al Señor, ¡porque también Dios tiene necesidad de nuestras oraciones!». Su intención era crear un ejército de personas que hicieran oración, que fueran «levadura» en el mundo con la fuerza de la oración. Y hoy toda la Iglesia le da las gracias por esta valiosa herencia, admira la santidad de este hijo suyo e invita a todos a seguir su ejemplo. 5. Amadísimos hermanos y hermanas, el testimonio del padre Pío constituye una fuerte llamada a la dimensión sobrenatural, que no hay que confundir con la milagrería, desviación que siempre rechazó con firmeza. Los sacerdotes y las personas consagradas deberían inspirarse de modo especial en él. . . Enseña a los sacerdotes a convertirse en instrumentos dóciles y generosos de la gracia divina, que cura a las personas en la raíz de sus males, devolviéndoles la paz del corazón. El altar y el confesonario fueron los dos polos de su vida: la intensidad carismática con que celebraba los misterios divinos es testimonio muy saludable para alejar a los presbíteros de la tentación de la rutina y ayudarles a redescubrir día a día el inagotable tesoro de renovación espiritual, moral y social puesto en sus manos. A los consagrados, de modo especial a la familia franciscana, les da un testimonio de singular fidelidad. Su nombre de pila era Francisco, y desde su ingreso en el convento fue un digno seguidor del padre seráfico en la pobreza, la castidad y la obediencia. Practicó en todo su rigor la regla capuchina, abrazando con generosidad la vida de penitencia. No se complacía en el dolor, pero lo eligió como camino de expiación y purificación. Como el Poverel de Asís, buscaba la imitación de Jesucristo, deseando sólo «amar y sufrir», para ayudar al Señor en la ardua y exigente obra de la salvación. En la obediencia «firme, constante y fEpis I, 488), encontró la más alta expresión su amor incondicional a Dios y a la Iglesia. ¡Qué consolación produce sentir junto a nosotros al padre Pío, que quiso ser sencillamente «un pobre fraile que ora»: hermano de Cristo, hermano de san Francisco, hermano de quien sufre, hermano de cada uno de nosotros! Quiera Dios que su ayuda nos guíe por el camino del Evangelio y nos haga cada vez más generosos en el seguimiento de Cristo. Que nos obtenga esto la Virgen María, a quien amó e hizo amar con profunda devoción. Nos lo obtenga su intercesión, que invocamos con confianza. De la homilía del Card. Ángelo Soda (3-V-99)
El P. Pío, icono vivo de Cristo crucificado Los santos son reflejos del misterio de Cristo, y cada uno de ellos interpreta, con mayor intensidad, uno de los rasgos de ese misterio. El padre Pío de Pietrelcina fue llamado, con un don especialísimo, a reproducir el rostro de Cristo crucificado. La imagen del crucifijo es central en la vida y en la espiritualidad cristiana. Puesta en nuestras iglesias, en nuestras casas, en nuestras manos, a veces se corre el riesgo de convertirse en un icono más. El beato Pío de Pietrelcina la llevó impresa icono vivo de Cristo crucifipodía repetir de forma singular las palabras de san Pablo: «Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús» (Gal 6:17). (...) Desde luego, más importante que las señales físicas fue la experiencia constante y profunda que tuvo de la pasión de Cristo. (...) El beato Pío de Pietrelcina vivió de modo ejemplar las palabras de san Pablo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Gal 6:14). Quienes se encontraban con él, sobre todo los que participaban en su misa, tenían la impresión de que en su espíritu y casi en sus miembros se manifestaba el misterio del Dios-amor. Y no podía ser de otra manera, pues se había consagrado a Cristo como «víctima de amor». (...) La Iglesia nace de la muerte de Cristo. Este dato fundamental nos recuerda también un principio de vida eclesial, que precisamente los santos ponen de relieve: un cristiano, cuanto más revive en sí el misterio del Gólgota, tanto más se hace instrumento de Cristo, para que la Iglesia, en él y en torno a él, pueda «renacer» continuamente en la fe, en la santidad y en la comunión. (...) La gente que acudía al confesonario del padre Pío buscaba un ministerio de misericordia que, en cuanto tal, podría haber encontrado en otras muchas Espíritu. Pero la experiencia demuestra la importancia que tiene, para quien recibe los sacramentos, el hecho de contar con la ayuda de la santidad del ministro. Y cuando esta santidad es grande, envuelve al penitente como una especie de seno materno, en el que es más fácil percibir la presencia de Dios. Lo notaban claramente los que se acercaban a ese humilde fraile de San Giovanni Rotondo que vivía, como dijo ayer el Papa, «plantado» al pie de la cruz. (...) El Santo Padre ha subrayado la dimensión eclesial de la santidad del padre Pío, recordando su obediencia y su ministerio de caridad, expresado en la ayuda espiritual y material que prestó a tantas personas necesitadas, con la oración y con la «Casa de alivio del sufrimiento». Quisiera destacar este rasgo eclesial de la espiritualidad del padre Pío, poniendo de relieve el grandísimo amor que tuvo a la Iglesia, aun cuando le tocó sufrir a causa de algunos hombres de Iglesia. En él el amor a Cristo y el amor a la Iglesia eran realmente inseparables. Baste citar, a este respecto, unas emotivas afirmaciones escritas en 1933 a uno de sus hijos espirituales, que quería defenderlo de un modo que al santo fraile le pareció inaceptable, porque implicaría criticar a la Iglesia. «Si estuvieras a mi lado -le escribió-, te abrazaría, me arrojaría a tus pies y te haría esta súplica apremiante: deja que sea el Señor quien juzgue las miserias humanas, y vuelve a tu nada. Deja que yo haga la voluntad del Señor, a la que me he abandonado plenamente. Pon a los pies de la santa Madre Iglesia todo lo que pueda producirle daño y tristeza» (Carta del 12 de abEpist. IV, p. 743). Para él la Iglesia era realmente su madre, una madre a la que se debe amar a toda costa, a pesar de las debilidades de sus hijos. (...) Su amor sincero al Vicario de Cristo lo puso claramente de manifiesto en una carta que envió, el 12 de septiembre de 1968, al Papa Pablo VI con ocasión de la audiencia que iba a conceder a los padres capitulares de la orden capuchina. Escribió: «Sé que su corazón, Santo Padre, sufre mucho en estos días por la situación de la Iglesia, por la paz del mundo, por las muchas necesidades de los pueblos, pero sobre todo por la falta de obediencia de algunos, incluso católicos, a la elevada enseñanza que usted, asistido por el Espíritu Santo y en nombre de Dios, nos da. Le ofrezco mi oración y mi sufrimiento diario, como pequeño y sincero don del último de sus hijos, a fin de que el Señor le conforte con su gracia para continuar el arduo y recto camino, en la defensa de la verdad eterna, que nunca debe cambiar aunque cambien los tiempos». (...) Quiera el Señor que este beato de nuestro tiempo, extraordinariamente popular y a la vez tan profundo y exigente en su mensaje, nos ayude a redescubrir el amor de Cristo crucificado y haga crecer en cada uno de nosotros el amor a la Iglesia. Roma hasta los topes: beatificación del Padre Pío por Miguel Ángel Agea, Ciudad del Vaticano Roma fue una fiesta el 2 de mayo de 1999. De entusiasmo, emoción, calor humano, alegría, como si fuese una fiesta familiar vivida por un reducido número de personas y no por una multitud de más de 300.000 almas, las que llenaron por completo la plaza de San Pedro del Vaticano, la vía de la Conciliazione y parte de la plaza de San Juan de Letrán, para la beatificación del capuchino italiano Pío de Pietralcina [en italiano: Pietrelcina]. Se cumplía así el vaticinio del fraile Puallano, de que atraería hacia sí a más personas «de muerto que en vida», aunque en este mundo las atrajo, a miles, a lo largo de cuarenta años. Como los casos de Juan XXIII, el Papa «bueno», como Madre Teresa de Calcuta, como ocurría, en siglos pasados, con veneradas figuras de la Iglesia, a Francesco Fergione, el joven pastor de Pietralcina que quiso convertirse en «fraile con barba», y lo alzó a los altares el clamor popular, sin necesidad de más procesos canónicos, aparte de que en su «curriculum vitae» ya figuraban milagros en vida, como los antiguos taumaturgos, dígase Francisco de Asís o Felipe Neri. La mayor parte de los beatos salen del anonimato gracias a sus hermanos de congregación o instituto, que mantienen el culto de su persona, o a la iniciativa de los que lo conocieron en vida, sean obispos, curas o laicos. Pío de Pietralcina pertenece a esa rara especie de Santos que cautivaron a los hombres y mujeres de su época, de toda condición y nivel social, al que se llegaba por curiosidad -curiosidad de ver los estigmas o llagas en sus manos- y ante el que los más incrédulos acababan desarmados, vencidos por la fuerza de su fe y, también, por qué no reconocerlo, por su poder de escrutar las conciencias. Ante figuras como las de un hombre, en este caso vestido del humilde sayal capuchino, que además de portar los signos de la Pasión de Cristo en manos, pies y costado, experimentó fenómenos místicos como éxtasis, visiones demoniacas, angélicas y de almas del Purgatorio. Que estuvo dotado del don de lenguas, de premoniciones, y del que se decía que estuvo en varias ocasiones en dos lugares distintos, en el mismo momento (bilocación). Que a veces se alimentaba sólo de la Sagrada Forma, hasta por un mes, y que consumía por término medio unas 100 calorías diarias. Cuya salud quebradiza lo ponía al filo de la muerte como lo alzaba hasta una recuperación inmediata e inexplicable, pese a lo cual pasó algunos días 16 horas sin parar, oyendo en confesión a los fieles. Repito: ante una figura tan singular, era comprensible que surgiera la polémica y la Iglesia se pusiera en guardia, sobre todo en un país donde la tentación de idolatría está a flor de piel. (...) De este modo, Pío de Pietralcina acabó, siguiendo el camino de otros muchos hombres de Dios, bajo proceso -basado en denuncias calumniosas, o en precauciones de sus propios superiores-, y con humildad y obediencia exquisitas aceptó permanecer durante dos años -de 1931 a 1933- recluido en su convento de San Giovanni Rotondo, separado de sus queridos fieles, con la misa cotidiana y sus compañeros de convento como únicos consuelos, al dictado del Santo Oficio. Este episodio, quizás el más doloroso de un «varón de dolores» como el Padre Pío, fue objeto de una de las breves reflexiones que el Papa le dedicó, en la homilía de la misa de beatificación. Según Karol Wojtyla, que siendo simple estudiante en una universidad eclesiástica de Roma -en 1946- había conocido al religioso capuchino atraído por su aureola de santidad, Pío de Pietralcina fue, en esto, «un incomprendido» de las autoridades eclesiásticas, «una prueba a la que se han visto sometidos muchos otros protagonistas de la historia de la santidad». Destacó, además, la «extraordinaria experiencia eclesial» del Padre Pío, que cristalizó en iniciativas tales como los «grupos de oración», multiplicados en todo el mundo, y el hospital «Casa de Alivio del Sufrimiento», en el que se refleja la atención del Padre Pío «por el dolor humano», y se practica «una medicina verdaderamente humanizada», una muestra, según el Papa, de los «milagros ordinarios» de Dios, «que pasan a través de la caridad». Jesús advirtió que «la gente quiere señales» para creer. Y este ha sido el caso del Padre Pío, que «señales» dio y en abundancia. Pero conviene no olvidar la lección que la iglesia, buena madre, da a sus hijos, cuando les recuerda que si hoy Pío de Pietralcina es finalmente beato, no lo debe a los estigmas, la bilocación, las visiones o premoniciones, los éxtasis, dones que Dios concede con cuentagotas, fuera del alcance de la mayoría de los mortales, sino por haber practicado -eso sí, en grado heroico- virtudes exigibles a todos los cristianos: la fe, la esperanza, la caridad, la justicia, la fortaleza, la prudencia, la Ecclesia (Madrid), del día 8 de mayo de 1999, p. 25 (705)] El padre Pío, beatificado en olor de multitud
por Antonio Pelayo, Roma Era, sin duda, una de las beatificaciones más esperadas y deseadas en la historia de la Iglesia y, de algún modo, la más temida; lo primero porque el padre Pío (en el siglo, Francesco Forgione, nacido el 25 de mayo de 1887 en Pietralcina [it: Pietrelcina] y fallecido el 23 de septiembre de 1968 en el convento de San Giovanni Rotondo) ha contado y cuenta en todo el mundo, pero especialmente en Italia, con miles de fidelísimos devotos, que lo consideraron santo ya en vida y aún más tras su muerte; lo segundo, porque desde que se anunció la fecha de la ceremonia, se desencadenó una tal fiebre por poder participar en ella, que los capuchinos vieron desbordadas enseguida sus más optimistas previsiones. Ni la solución de descentralizar los actos en diversos escenarios (las plazas de San Pedro y San Juan de Letrán, en Roma, la basílica de Santa María de las Gracias en San Giovanni Rotondo), ni el anuncio de que la ceremonia sería transmitida por televisión y exhibida en pantallas gigantes en diversas ciudades calmaron los ánimos. La caza a la invitación y al puesto reservado se desencadenó con una rapidez y avidez que nada tenían que envidiar a fenómenos similares provocados por los más ambiciosos conciertos de rock. Lo nunca visto. Para canalizar la previsible marea de peregrinos tuvieron lugar varias reuniones entre responsables del ayuntamiento de Roma, del Vaticano y de los servicios de protección civil. En la mente de todos se había consolidado la idea de que era el mejor ensayo posible antes de los fastos del Gran Jubileo del 2000. Conscientes del enorme impacto popular de la figura del padre Pío, los medios de comunicación italianos sin excepción -pero encabezados por las cadenas de televisión- se lanzaron a una amplísima campaña de propaganda del acontecimiento. La semana anterior al 2 de mayo fue una casi ininterrumpida sucesión de programas especiales con la participación de las más famosas figuras y figurillas de la pequeña pantalla. Casi medio centenar de libros y folletos, una buena decena de videocassettes más o menos biográficos o hagiográficos, discos, números especiales de revistas religiosas y de información general se adueñaron de quioscos y librerías con ventas difícilmente imaginables. Lo mismo se diga de una amplísima gama de objetos de merchandisinglanzados al mercado y al consumo popular con diverso éxito: camisetas, relojes, gorras, mochilas, pañuelos y un sin número de medallas y recuerdos, algunos de bien dudoso gusto, como suele ocurrir en estos casos. El día tan esperado llegó por fin y, climatológicamente, la jornada se presentó desde las primeras horas bajo los mejores auspicios. Antes de la salida del sol comenzaron a desembocar en Roma, desde todos los rincones de Italia, trenes especiales, varios miles de autobuses e incontables coches particulares. Transportaban una multitud gozosa y bulliciosa de devotos del nuevo beato, cuya imagen arbolaban en estandartes, pancartas, viseras y pañoletas multicolores. Un eficaz servicio de orden -en buena parte compuesto por jóvenes voluntarios- encauzó al pueblo fiel hacia la plaza de San Pedro, a la que sólo podían acceder quienes estuvieran en posesión de su correspondiente entrada numerada. Lo mismo sucedía en la adyacente plaza Pío XII y en el primer tramo de la Via della Conciliazione, donde habían sido dispuestas varias pantallas gigantes de televisión para transmitir en directo el rito de la beatificación. Las máximas autoridades del Estado y del Gobierno italiano no quisieron perderse la oportunidad de unir sus personas al carismático capuchino. (...) La entrada de Juan Pablo II fue saludada con una vigorosa aclamación de alegría popular que, sin duda, le ayudó a presidir con renovadas fuerzas la larga ceremonia. Estaban presentes dos docenas de cardenales y medio centenar de arzobispos y obispos. Los concelebrantes eran 46 (buena parte de ellos capuchinos que rigen diversas diócesis del mundo), y fue el arzobispo de Manfredonia-Vieste, Vincenzo D’Addario, quien se dirigió al Pontífice solicitando la beatificación del religioso. Ésta tuvo lugar minutos antes de las diez de la mañana, y fue saludada con una apoteosis de pañuelos al viento y de aplausos. Karol Wojtyla, que a ojos vista ofrecía un aspecto bastante más saludable de lo habitual, pronunció una homilía impregnada desde el primer momento de una emoción particular: «Este humilde fraile capuchino -dijo apenas había comenzado a hablar- ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la atención de sus hermanos». Poco después, el tono se hizo aún más íntimo: «Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente y agradezco a Dios que me concede hoy la posibilidad de incluirlo entre el número de los beatos». «No menos dolorosas -dijo en otro momento de su homilía Juan Pablo II- y humanamente aún más ardientes fueron las pruebas que debió soportar como consecuencia, por decirlo así, de sus singulares carismas. En la historia de la santidad a veces sucede que el elegido, por un consentimiento especial de Dios, es objeto de incomprensiones. Cuando esto sucede, la obediencia es para él un crisol de purificación, camino de progresiva identificación con Cristo, fortalecimiento de la auténtica santidad». Sin citar ningún episodio particular, el Papa se refería a las numerosas suspicacias y sospechas que suscitaron en los responsables del entonces Santo Oficio los estigmas de la pasión que el fraile recibió en su cuerpo el 20 de septiembre de 1920, y que le acompañaron hasta pocos días antes de su muerte. El religioso fue objeto de severas investigaciones y prohibiciones como la de no poder celebrar la misa en público durante varios años. En el rostro de Wojtyla se adivinaba la satisfacción de haber podido reparar estas «incomprensiones» de algunos de sus predecesores elevando a los altares a este singular personaje. Apenas finalizó el rito en San Pedro, el Santo Padre, a bordo de un helicóptero, se dirigió a la plaza de San Juan de Letrán, donde su Vicario el cardenal Ruini acababa de celebrar la eucaristía ante una multitud ligeramente menor de lo previsto, pero en todo caso muy consistente. Sobre la fachada de la catedral de Roma colgaba un retrato del padre Pío, idéntico al que acababa de ser descubierto en la basílica vaticana segundos después de su beatificación. (...) Vida Nueva (Madrid), del día 8 de mayo de 1999, pp. 18-19]
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SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968)
por Juan Pablo II
El papa Juan Pablo II beatificó al P. Pío el 2 de mayo de 1999 y lo canonizó el 16 de junio de 2002. En ambas ocasiones fue extraordinaria la concentración de fieles en Roma, poniendo de manifiesto la devoción que le profesan gentes de toda clase y condición, aunque con predominio del pueblo sencillo creyente. Las veces que el Papa ha hablado del P. Pío no ha ocultado su particular admiración hacia el capuchino de las llagas, que tanto bien hizo a la Iglesia desde el confesonario y la dirección espiritual, en la celebración de la misa y en el trato con las gentes. El mismo día 16 de junio, durante la meditación mariana a la hora del Ángelus, Juan Pablo II anunció que la fiesta de San Pío se celebrará como memoria obligatoria en toda la Iglesia el día 23 de septiembre, aniversario de su muerte. Homilía de S. S. Juan Pablo II pronunciada en la misa de canonizació(16-VI-02)
1. «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mat 11:30). Las palabras de Jesús a los discípulos que acabamos de escuchar nos ayudan a comprender el mensaje más importante de esta solemne celebración. En efecto, en cierto sentido, podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del padre Pío de Pietrelcina, hoy proclamado santo. La imagen evangélica del "yugo" evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el "yugo" de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce. 2. «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6:14). ¿No es precisamente el "gloriarse de la cruz" lo que más resplandece en el padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza. En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad. En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo (cf. Mar 16:24). Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió: «Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por él, es decir, por el de la abnegación y Epistolari II, p. 155). 3. «Yo soy el Señor, que hago misericordia» (Jer 9:23). El padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia. También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes. El ministerio del confesonario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de San Giovanni Rotondo. Aunque aquel singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, estos, tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental. Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante también hoy, como reafirmé en la Carta a los sacerdotes con ocasión del pasado Jueves santo. 4. «Tú, Señor, eres mi único bien». Así hemos cantado en el Salmo responsorial. Con estas palabras el nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien. En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: «Soy un pobre fraile que ora», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios». Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los "Grupos de oración" fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa, de la que es extraordinaria expresión la "Casa de alivio del sufrimiento". Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos. 5. «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque (...) has revelado estas cosas a los pequeños» (Mat 11:25). ¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado padre Pío! Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino. Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. . . Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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Discurso de Juan Pablo II a los peregrinos que fueron a Roma para la canonización (17-VI-2002)
Amadísimos hermanos y hermanas: 1. Es una gran alegría encontrarme de nuevo con vosotros, al día siguiente de la solemne canonización del humilde capuchino de San Giovanni Rotondo. Os saludo con afecto, queridos peregrinos y devotos que habéis venido a Roma en gran número para esta singular circunstancia. Dirijo mi saludo ante todo a los obispos presentes, a los sacerdotes y a los religiosos. Un recuerdo especial para los queridos frailes capuchinos que, en comunión con toda la Iglesia, alaban y dan gracias al Señor por las maravillas que realizó en este ejemplar hermano suyo. El padre Pío es un auténtico modelo de espiritualidad y de humanidad, dos características peculiares de la tradición franciscana y capuchina. Saludo a los miembros de los "Grupos de oración Padre Pío" y a los representantes de la familia de la "Casa de alivio del sufrimiento", gran obra para la curación y la asistencia de los enfermos, nacida de la caridad del nuevo santo. Os abrazo a vosotros, queridos peregrinos que provenís de la noble tierra donde nació el padre Pío, de las demás regiones de Italia y de todas las partes del mundo. Con vuestra presencia testimoniáis la amplia difusión que han tenido en la Iglesia y en todos los continentes la devoción y la confianza en el santo fraile del Gargano. Un santo en profunda comunión con la Iglesia 2. Pero, ¿cuál es el secreto de tanta admiración y amor por este nuevo santo? Es, ante todo, un "fraile del pueblo", característica tradicional de los capuchinos. Además, es un santo taumaturgo, como testimonian los acontecimientos extraordinarios que jalonan su vida. Pero el padre Pío es, sobre todo, un religioso sinceramente enamorado de Cristo crucificado. Durante su vida participó, también de modo físico, en el misterio de la cruz. Solía unir la gloria del Tabor al misterio de la Pasión, como leemos en una de sus cartas: «Antes de exclamar también nosotros con san Pedro: "Bueno es estar aquí", es necesario subir primero al Calvario, donde no se ve más que muerte, clavos, espinas, sufrimiento, tinieblas extraordinarias, abandonos y desmayos»Epistolari III, p. 287). El padre Pío recorrió este camino de exigente ascesis espiritual en profunda comunión con la Iglesia. Algunas incomprensiones momentáneas con diversas autoridades eclesiales no alteraron su actitud de filial obediencia. El padre Pío fue, de igual modo, fiel y valiente hijo de la Iglesia, siguiendo también en esto el luminoso ejempPoverello de Asís. 3. Este santo capuchino, al que tantas personas se dirigen desde todos los rincones de la tierra, nos indica los medios para alcanzar la santidad, que es el fin de nuestra vida cristiana. ¡Cuántos fieles, de todas las condiciones sociales, provenientes de los lugares más diversos y de las situaciones más difíciles, acudían a él para consultarlo! A todos sabía ofrecer lo que más necesitaban, y que a menudo buscaban casi a ciegas, sin tener plena conciencia de ello. Les transmitía la palabra consoladora e iluminadora de Dios, permitiendo que cada uno se beneficiara de las fuentes de la gracia mediante la dedicación asidua al ministerio de la confesión y la celebración fervorosa de la Eucaristía. A una de sus hijas espirituales escribió: «No temas acercarte al altar del Señor para saciarte con la carne del Cordero inmaculado, porque nadie reunirá mejor tu espíritu que su rey, nada lo calentará mejor que su sol, y nada lo aliviará mejor que su bálsamo» (ib., p. 944). La misa del padre Pío 4. ¡La misa del padre Pío! Era para los sacerdotes una elocuente llamada a la belleza de la vocación presbiteral; para los religiosos y los laicos, que acudían a San Giovanni Rotondo incluso en horas muy tempranas, era una extraordinaria catequesis sobre el valor y la importancia del sacrificio eucarístico. La santa misa era el centro y la fuente de toda su espiritualidad: «En la misa -solía decir- está todo el Calvario». Los fieles, que se congregaban en torno a su altar, quedaban profundamente impresionados por la intensidad de su "inmersión" en el Misterio, y percibían que "el padre" participaba personalmente en los sufrimientos del Redentor. 5. San Pío de Pietrelcina se presenta así ante todos -sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- como un testigo creíble de Cristo y de su Evangelio. Su ejemplo y su intercesión impulsan a cada uno a un amor cada vez mayor a Dios y a la solidaridad concreta con el prójimo, especialmente con el más necesitado. Que la Virgen María, a la que el padre Pío invocaba con el hermoso título de "Santa María de las Gracias", nos ayude a seguir las huellas de este religioso tan amado por la gente. Con este deseo, os bendigo de corazón a vosotros, aquí presentes, a vuestros seres queridos y a cuantos se esfuerzan por seguir el camino espiritual del querido santo de Pietrelcina. [L’Osservatore Roma, edición semanal en lengua española, del 21-VI-02]
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SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968)
El padre Pío de Pietrelcina, sacerdote capuchino, es el fraile de las llagas, que se santificó viviendo a fondo en carne propia el misterio de la cruz de Cristo y cumpliendo en plenitud su vocación de colaborador en la Redención. En su ministerio sacerdotal ayudó a miles de fieles de todo el mundo, principalmente mediante la dirección espiritual, la reconciliación sacramental y la celebración de la eucaristía. Juan Pablo II lo beatificó el día 2 de mayo de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002, estableciendo que se celebre su fiesta el 23 de septiembre, aniversario de su mue.te La canonización del capuchino P. Pío bate todos los récords
por Antonio Pelayo, Roma
«Daré más guerra muerto que vivo», dijo con sardónico humorismo -según relatan sus más autorizados biógrafos- Francesco Forgione cuando ya era fraile capuchino con el nombre de padre Pío y había protagonizado un enésimo "incidente" con el Santo Oficio, que lo tenía encañonado por su fama de taumaturgo y, de modo especial, por los estigmas visibles en sus manos y pies desde el 20 de septiembre de 1918. El tiempo ha venido a darle la razón, porque desde que murió, el 23 de septiembre de 1968, su fama de santidad no ha dejado de aumentar; si ya su beatificación el 2 de mayo de 1999 convocó en Roma a una enorme multitud, su definitiva elevación a los altares el domingo 16 de junio de 2002 ha batido todos los récords conocidos, siendo considerada, con toda razón, la más multitudinaria en la historia secular de la Iglesia. Según fuentes oficiales de la policía y de los organizadores, fueron más de 350.000 los fieles de todo el mundo que asistieron personalmente a la ceremonia presidida por Juan Pablo II en el Vaticano; a ellos hay que sumar los 50.000 que siguieron en directo por televisión el rito litúrgico desde el santuario de San Giovanni Rotondo, donde reposan sus restos, y algunos miles más desde su Pietrelcina natal. La larga ceremonia -la transmisión de la cadena estatal RAI comenzó a las ocho y media de la mañana y se prolongó hasta bien pasado el mediodía- fue seguida por varios millones de telespectadores en Italia y en diversos países del mundo conectados a través de "mundovisión"; está prevista la inmediata salida al mercado de un vídeo en múltiples lenguas que se venderá tan bien como todos los que le han precedido, confirmando de esta manera que estamos ante un singular fenómeno mediático. No hubo periódico italiano, de todas las tendencias, que no saliese el lunes con sus titulares de portada dedicados a este acontecimiento singular. Hay que decir, además, que los que asistieron en Roma a la canonización dieron pruebas de una capacidad de resistencia física extraordinaria, ya que los rigores meteorológicos fueron particularmente severos y el termómetro llegó a marcar en la Plaza de San Pedro temperaturas muy cercanas a los 40 grados con un elevado índice de humedad. Los voluntarios repartieron más de 200.000 botellas de agua y, en varios momentos, la multitud fue literalmente regada para amainar sus calores. Aun así, los diversos servicios médicos tuvieron que atender a más de 700 personas víctimas de sofocones, taquicardias, bajadas de tensión y otros incidentes típicos de estas situaciones. Por fortuna, no hubo que lamentar ninguna víctima, ya que los servicios de emergencia funcionaron con rapidez y eficacia. Prueba superada Todos, por otra parte, estábamos muy pendientes de Karol Wojtyla, para el que presidir el rito litúrgico en esas circunstancias constituía un desafío más audaz de los que ya tiene que afrontar habitualmente en el desempeño de su ministerio. El Papa superó la prueba con bastante garbo, leyó entera su homilía incluyendo algunas cortas improvisaciones, a Ángelus utilizó varias lenguas diferentes como es habitual; si bien es verdad que renunció a distribuir la comunión para no fatigarse aún más de lo necesario, cuando culminó la misa, en vez de limitarse a dar una pequeña vuelta con el jee descapotable por la Plaza de San Pedro, dio orden al chófer de enfilar la Via della Conciliazione hasta el final para que pudieran verle de cerca las decenas de millares de fieles que habían seguido toda la ceremonia a través de diez pantallas gigantes de televisión. Ni que decir tiene que esta decisión personal del Papa sorprendió a sus colaboradores, incluido su secretario, monseñor Dziwisz, y constituyó una dura prueba para los agentes de su escolta -comenzando por el jefe de su seguridad, el ya no joven Camillo Cibin-, que tuvieron que recorrer a buen paso un kilómetro en el momento más caluroso de la jornada. Gajes del oficio, debieron decir para sí los hombres que se juegan la vida para defender la del Pontífice de posible agresores (un alemán fuemanu militar cuando intentó acercarse demasiado a Karol Wojtyla sin que todavía haya podido saberse cuáles eran sus intenciones). Evidentemente, para Juan Pablo II canonizar al padre Pío ha constituido una satisfacción también personal. Es de todos conocido, en efecto, que siendo joven sacerdote durante su estancia en Roma (1947), visitó al capuchino, ya por entonces bastante famoso, y que incluso se confesó con él; dos veces más volvió a San Giovanni Rotondo: siendo cardenal de Cracovia en 1974 y Papa, el 23 de mayo de 1987, provocando cierto revuelo en los ambientes más conservadores de la Curia por haber orado públicamente ante la tumba del religioso cuyo proceso para declarar sus virtudes heroicas estaba en pleno desarrollo. También es público que el arzobispo de Cracovia escribió dos cartas manuscritas al fraile capuchino: la primera, pidiéndole sus oraciones para que Wanda Poltawska, una madre de familia conocida suya, se viese liberada del cáncer que padecía; y la segunda, agradeciéndole la "gracia recibida". Eran exactamente las 10:24 horas de la mañana del domingo 16 de junio de 2002, cuando el Sumo Pontífice, concluidas las letanías de los santos, con voz algo trémula pero inteligible, dio lectura a la fórmula de«Beatum Pium a Pietrelcina Sanctum esse decernimus et definimus ac Sanctorum catalogo adscribimus («Declaramos y definimos que el Beato Pío de Pietrelcina es Santo y le inscribimos en el catálogo de los santos»). Más adelante, anunció que, a partir de ahora, su fiesta será celebrada en toda la Iglesia universal el 23 de septiembre, fecha de su fallecimiento o "nacimiento para el cielo", desplazando del calendario litúrgico nada menos que al Papa Lino, primer sucesor del Apóstol Pedro en la sede romana. La gloria de la cruz En su breve homilía, el Santo Padre destacó como característica de la personalidad del nuevo Santo la "gloria de la cruz". «¡Qué actual es -subrayó- la espiritualidad de la cruz vivida por el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo tiene necesidad de redescubrir su valor para abrir los corazones a la esperanza. En toda su existencia buscó una mayor conformidad con el Crucificado, teniendo muy clara conciencia de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia a la cruz no se comprende su santidad». Más adelante, Juan Pablo II quiso, igualmente, poner énfasis en la especial importancia que tuvo en la vida del padre Pío el sacramento de la Penitencia (pasaba, como narran sus biografías, muchas horas del día atendiendo a largas filas de penitentes). «El ministerio del confesionario -dijo a este propósito-, que constituye uno de los trazos distintivos de su apostolado, atraía innumerables multitudes de fieles al convento de San Giovanni Rotondo. Aun cuando este singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, éstos, una vez tomada conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental». .
Fuera de Italia es difícil darse cuenta de la excepcional popularidad de este santo trasversal a las diversas corrientes políticas, ideológicas e incluso religiosas. Al frente de la delegación oficial del Gobierno figuraba su vicepresidente, Gianfranco Fini, pero estaban presentes siete ministros del Gobierno Berlusconi; el gobernador del Banco de Italia, Antonio Fazzio; el incombustible Giulio Andreotti; el alcalde de Roma, Walter Veltroni; e incluso el presidente de la región de Campania, el ex comunista Antonio Bassolino; y una serie interminable de figuras del cine, del mundo del espectáculo, de las finanzas, del deporte, de la magistratura y del ejército. Personas totalmente dispares con un único común denominador: la devoción al padre Pío, con cuya efigie estos días se han vendido -es un fenómeno inevitable- centenares de miles de los objetos más diversos y discutibles desde el punto de vista estético y religioso. Son muchos los que se han preguntado públicamente por las razones de este fenómeno de masas tan desconcertante en algunos aspectos. La respuesta quizás más convincente es que se trata de un auténtico "santo del pueblo", de un hombre que supo siempre hablar y amar a la gente sencilla, a los que sufren las adversidades de la vida y los dolores; han sido éstos los que, en definitiva, contra los recelos de los exquisitos y de los puristas, contra el parecer de no pocos eminentes doctores de la Iglesia, han acabado por llevarlo a los altares. Vida Nueva (Madrid), del día 22 de junio de 2002, pp. 18-19]Medio millón de personas en la canonización del P. Pío por Miguel Ángel Agea, Ciudad del Vaticano La canonización de Pío de Pietrelcina, el capuchino de los estigmas, de los milagros, incluso en vida, de las profecías, las bilocaciones y otros fenómenos místicos, que presidió Juan Pablo II el domingo 16 de junio de 2002, en la plaza de San Pedro del Vaticano, ha sido la crónica de una santificación anunciada, como lo fue la beatificación del Papa Juan XXIII, figuras de la Iglesia cuya elevación a los altares adelantan, con su culto y devoción, millones de fieles de todo el mundo cristiano. Sin embargo, la inscripción del capuchino en el catálogo de los santos en un tiempo récord es el signo no sólo del sentimiento de los fieles de a pie, sino del empeño de un Papa promotor de una causa que Pablo VI había bloqueado por tres veces, y que se atrevió a rendirle homenaje cuando en mayo de 1987 visitó la basílica de San Giovanni Rotondo para orar ante el sepulcro del religioso, contrariando el hecho de que la Iglesia siempre ha prohibido toda forma de culto público a los candidatos a la santidad mientras que son tales. Porque el proceso de Pío de Pietrelcina ha debido pasar por la prueba del fuego a la que la Iglesia suele someter a muchos de sus hijos más preclaros. Y tuvo que ser en la época de ese otro beato de talla gigantesca, el Papa Roncalli, en la que la mirada severa del Santo Oficio lo sometiera a proceso, frenando la actividad cotidiana del religioso capuchino, y apartándolo de su contacto habitual con cientos de fieles que asistían a sus misas y ponían su conciencia en paz con Dios, en el confesionario del sacerdote de los estigmas, por el que pasaron, entre otros, un joven sacerdote misacantano llamado Karol Wojtyla, «un privilegio», como él mismo recordó en la homilía de la misa de canonización. Además no tuvo inconveniente en referirse a «las dificultades» aceptadas «por amor» que el nuevo santo encontró en las autoridades eclesiásticas. La ceremonia de canonización fue calurosa, clamorosa y multitudinaria. Nunca se habían dado cita más personas en la plaza de San Pedro, para un rito anexa vía de la Conciliazione, a las que hay que añadir decenas de miles presentes, en esos momentos, en Pietrelcina, el pueblecito donde el santo nació un 25 de mayo de 1887, y en San Giovanni Rotondo, la localidad italiana en la que reposan sus restos y en donde éste pasó gran parte de su vida, ejerciendo no sólo su ministerio sacerdotal sino su apostolado de caridad con los pobres y enfermos, amén de otras docenas de miles que debieron resignarse a seguir la misa a través de pantallas gigantes de televisión, instaladas en la plaza del Risorgimento, cercana al Vaticano, y junto al Castel Sant’Angelo. Imposible calcular el índice de audiencia televisiva que ha tenido la canonización. Entre las personas presentes en la ceremonia religiosa figuraban las principales autoridades italianas, además de varias personas beneficiadas con milagros atribuidos a la intercesión del capuchino de los estigmas, y que le ha franqueado el camino a la santidad. Allí estaba el pequeño Matteo Pío Colella, de 10 años, hijo de un médico del hospital fundado por el nuevo santo, en San Giovanni Rotondo, curado inexplicablemente de una meningitis galopante, en enero de 2000, y que en esta misa hizo su Primera Comunión. Para combatir el calor húmedo y abrasador del junio romano, que alcanzó los treinta y tantos grados centígrados, y que puso a prueba, de nuevo, la capacidad física del Papa, más de 1.200 voluntarios distribuyeron un millón de botellas de agua mineral entre los peregrinos, mientras los bomberos usaban cañones de agua para refrescar el ambiente. Entretanto, dos avionetas dejaban caer sobre San Giovanni Rotondo una lluvia de pétalos de rosas. La Cruz Roja debió intervenir en 750 casos, y cinco personas debieron ser hospitalizadas. Mil agentes del orden cuidaron la seguridad del evento. El Papa se mostraba feliz y satisfecho, pese al cansancio, y la dificultad para leer con claridad. El calor y la fatiga le obligaron a renunciar a distribuir personalmente la comunión a un grupo de fieles, entre ellos el niño Matteo Pío. Pero no quiso privarse del baño de multitudes, y atravesó, a bordo del papamóvil, toda la vía de la Conciliazione, desbordada de peregrinos, para saludar a una multitud numerosa como no se recuerda. Quiso además pronunciar algunas frases improvisadas, algo que suele prodigar sólo cuando se siente muy a gusto. Y así, durante la homilía recordó la actividad de confesor del santo capuchino, al decir que «también yo tuve el privilegio, durante mis años jóvenes, de aprovecharme de esta disponibilidad suya». Al final de la misa, de nuevo el Papa improvisó al saludar a los peregrinos cumplimentando «a cuantos han afrontado el sacrificio de permanecer de pie, con este calor, durante un buen rato». Eccles (Madrid), del día 22 de junio de 2002, p. 23 (931)]
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SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968)
El padre Pío de Pietrelcina, sacerdote capuchino, es el fraile de las llagas, que se santificó viviendo a fondo en carne propia el misterio de la cruz de Cristo y cumpliendo en plenitud su vocación de colaborador en la Redención. En su ministerio sacerdotal ayudó a miles de fieles de todo el mundo, principalmente mediante la dirección espiritual, la reconciliación sacramental y la celebración de la eucaristía. Juan Pablo II lo beatificó el día 2 de mayo de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002, estableciendo que se celebre su fiesta el 23 de septiembre, aniversario de su mue.te La vida del P. Pío estuvo siempre marcada
por el misterio de la cruz por el Card. José Saraiva M., c.m.f.,
Prefecto de la Congregación para las causas de los santos 1. Una multitud de devotos Un conocido escritor afirma: «Si hubiera un óscar a la simpatía para los santos, hoy lo ganaría sin duda el padre Pío. Raras veces se ha visto un religioso tan amado y celebrado. Es muy popular y querido, no sólo entre los creyent.s» Esa afirmación, atractiva desde el punto de vista periodístico, no es acertada desde el punto de vista teológico, pues, cuando se habla de santos, lo que cuenta no es tanto el consenso entre los hombres, sino la complacencia de Dios, y en este sentido no se pueden establecer clasificaciones ni jerarquías. Todos los intentos de hacer listas de honor -«hit parade»- han desembocado en el ridículo. Hoy, cuando la Iglesia vive el culmen de su fe eucarística, en el canon de la misa, refiriéndose a los santos, se pronuncian las palabras: «con (...) cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos» (Plegaria eucarística II). Así pues, los santos, en cuanto tales, han agradado a Dios antes que a los hombres. Sin embargo, no podemos ignorar que la devoción al padre Pío se ha incrementado enormemente; millones y millones de personas, con características heterogéneas, lo siguen: gente sencilla, pero también gente de cultura y de poder, profesionales, intelectuales, periodistas, diplomáticos, médicos, hombres de Iglesia, personas que aún buscan a Dios. Una auténtica «clientela mundial», como dijo Pablo VI (audiencia del 20 de febrero de 1971). Con razón se ha dicho que el padre Pío es el «santo de la gente», poniendo así de relieve, tal vez inconscientemente, el carisma específico de la Orden capuchina, que ya Gioberti llamaba: «los frailes del puebl2». Una vez más, al acercarse la fecha de la canonización, muchos se plantearán preguntas sobre este «fenómeno» vinculado al padre Pío, y se darán explicaciones de todo tipo. Por otra parte, es comprensible, pues ya fray Maseo, joven seguidor del «Poverello» de Asís, preguntaba: «Francisco, ¿por qué a ti todo el mundo te sigue? No eres un hombre de presencia muy atractiva, ni tienes una gran ciencia, ni eres noble...». Estas reflexiones no tienen como finalidad responder a esas preguntas, sino buscar el núcleo del mensaje de nuestro «humilde fraile capuchino», como dijo el Papa en la homilía de beatificación, en la plaza de San Pedro, «que asombró al mundo 3o, y subrayar su urgencia y actualidad. Ciertamente, no se equivoca quien explica el «atractivo» que sienten miles de personas hacia el padre Pío como una respuesta al «hambre de trascendencia», a la necesidad de lo sobrenatural que acompaña y apremia al hombre, también al inicio del tercer milenio, a través de la singularidad de una vistosa fenomenología mística. 2. Un altar en el mundo «¡Cuántas veces -me dijo Jesús hace poco- me habrías abandonado, hijo mío, si no te hubiera cruciLa croce sempre pron Città Nuova 2002, p. 3). Por lo demás, tratar de comprender al padre Pío no es muy fácil, a pesar de la sencillez de su persona, porque hace falta superar las apariencias. El mismo santo, hablando de sí mismo, decía: «¿Qué os puedo decir de mí? Soy un misterio p.ra mí mismo» Dado que todo hombre nace con una misión que la Providencia le encomienda realizar durante su existencia terrena, ¿cuál fue la misión característica del santo estigmatizado del Gargano? Durante la visita «ad limina», en abril de 1947, el Papa Pío XII preguntó a monseñor Andrea Cesarano, obispo de Manfredonia: «¿Qué hace el padre 5 Pío?», y él respondió: «Santidad, quita el pecado d.l mundo» Una respuesta clara y acertada, especialmente si se lee en todo el contexto de la vida y la espiritualidad de Francesco Forgione, que siempre se ofreció como víctima de amor en el altar, donde vivía la pasión de Cristo, y en el confesonario, donde vivía la compasión (precisamente en el sentido etimológico de «padecer con») con el pecador. Se identificaba con Cristo en la inmolación eucarística, y se identificaba con Cristo y con el penitente en el confesonario, para reconciliar a las almas con Dios. El padre Pío fue un gran apóstol del confesonario; ejerció el ministerio durante cincuenta y ocho años, mañana y tarde, horas y horas, dedicado a los que acudían a él: hombres y mujeres, enfermos y sanos, ricos y pobres, eclesiásticos y seglares, procedentes de lugares cercanos o lejanos. En su causa de canonización este es ciertamente su mayor título de gloria, la confirmación de su santidad y el ejemplo más brillante que dejó a los sacerdotes de todo el mundo, de este siglo y de los futuros. Alguna vez hizo a sus hermanos esta confidencia: «Las almas no se nos dan como regalo: se compran. ¿Ignoráis lo que le costaron a Jesús? Pues bien, siempre es preciso pagar con esa misma moneda». 3. El hombre que conoce el sufrimiento Aludiendo a su entrada en la Orden capuchina, escribió en noviembre de 1922: «Oh Dios, (...) hasta ahora habías encomendado a tu hijo una misión grandísima. Misión que sólo era conocida por ti y por mí... Oh Dios, (...) escucho en mi interior una voz que asiduamente me dice: santifícate y santiEpis. III, 1010). Santificarse en sentido moral, pero también en sentido sacrificial. Sacrifícate por la santificación y la salvación de las almas. Así pues, tenía conciencia de haber sido elegido por Dios para colaborar en la obra redentora de Cristo, a través del amor y la cruz. Crucificado con Cristo, ya no era él quien vivía; era Cristo quien vivía en él, como sucedió con el apóstol san Pablo (cf. Gal 2:19). El padre Pío eligió la cruz, pues estaba convencido de que toda su vida, al igual que la del Maestro, sería «un martirio». En el mes de junio de 1913, escribía al padre Benedetto, su director espiritual: «El Señor me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será más que un maEpis. I, 368). Con todo, es preciso tener presente que esta visión tan clara de su incierto y tormentoso futuro ni le preocupaba ni le desalentaba. Más aún, en lo más íntimo de su alma, se alegraba vivamente de haber sido llamado a cooperar en la salvación de las almas con el sufrimiento, que cobra su valor y eficacia de la participación real en la cruz de Jesús (cf. ib., 303). Por eso, el padre Pío aceptaba de buen grado y con alegría todos los dolores del cuerpo y del alma que el Señor le enviaba; y en su corazón escuchaba cada vez con mayor insistencia la voz de Dios que lo llamaba al sacrificio y a la inmolación por los hermanos (cf. ib., 328 ss). Probablemente, la mayoría de la gente no conoce mucho este aspecto, entre otras razones porque se habla poco de ello. Del padre Pío se subrayan otras cosas, más fáciles de comprender y de aceptar. Pero, si a la vida y a la espiritualidad del padre Pío se le quita la realidad de la cruz, su santidad se desvirtúa. La cruz no como episodio, sino como actitud de vida, porque vivió toda su existencia a la sombra de la cruz para la gloria de Dios, la santificación personal y la salvación de los hermanos. Todo lo hizo siempre siguiendo el ejemplo del Maestro, Cristo, el cual aceptó libremente y con amor la voluntad del Padre: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. (...) Entonces dije: Heme aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hab 10:5-7). Las dos biografías más signific del padre Pío, la del padre Fernando da Riese Pío X y la de Alessandro da Ripabottoni, tienen como subtítulo, respectivamentecrucificado sin yel cirineo de to. De esa forma quieren subrayar el aspecto esencial de su espiritualidad. De hecho, el padre Pío, de 1910 a 1968 vivió crucificado y llevó su cruz y la de la humanidad doliente, que a él acudía, siguiendo el ejemplo de Cristo. En marzo de 1948, escribe a una carmelita descalza: «Un día, cuando podamos ver la luz del pleno mediodía, entonces conoceremos qué valor, qué tesoros han sido los sufrimientos terrenos, que nos habrán hecho ganar méritos para la patria que no tendrá fin. De las almas generosas y enamoradas de Dios él espera los heroísmos y la fidelidad en ellos para llegar, después de la subida al Calvario, al Tabor». Son palabras que entrañan, en síntesis, la orientación de un programa de espiritualidad centrado en el misterio de la pasión y muerte de Jesús, y aprendido de él y enseñado «en la escuela del d, «del sacrifi8i y «de la cruz, en la que nuestras almas sólo pueden san9i, como repite con frecuencia en su Epistolario. Desde esta cátedra el padre Pío tuvo la posibilidad de manifestar sus dotes inconfundibles de auténtico maestro de espíritu y logró formar «almas generosas y enamoradas de Dios», alimentadas con la sabiduría de la cruz. Con el ejemplo y la palabra comprometía a las almas encomendadas a su cuidado a seguir las enseñanzas de esta «escuela». Tal vez en ningún otro campo de su enseñanza ascético-mística alcanzó cimas más elevadas que en este. Siguiendo el pensamiento del P. Melchor de Pobladu10, este aspecto tan característico y particular se puede agrupar en tres puntos: la espiritualidad de la cruz, los contenidos de la cruz y la metodología que usaba para formar y seguir a las almas que a él se confiaban. 4. La espiritualidad de la cruz La doctrina del sufrimiento purificador y la teología del dolor salvífico ess el tema de fondo de la enseñanza del padre Pío en la dirección de las almas. Nos encontramos ante una parte esencial de su programa de dirección espiritual, pero constituye también su empeño personal en la subida hacia la santidad. Es un programa vivido y propuesto porque hunde sus raíces en el Evangelio y se refleja en la vida y en la doctrina de Cristo. Al observador superficial le impresionan los estigmas exteriores del padre Pío. Sin embargo, desde el punto de vista teológico, el fenómeno no es importante por su aspclínic sino más bien por lo que manifiesta, es decir, su transfiguración total en Cristo crucificado y resucitado. Las llagas corporales visualizan las que san Gregorio de Nisa llamaba «llagas espirituales». Son heridas que provocan un amor profundo, que asemeja al amado. De esas llagas espirituales el padre Pío tuvo una experiencia exaltante, aunque dramá.1ca La cruz, sea cual sea el nombre con que se la designe y sea cual sea el aspecto bajo el cual se manifieste, en la vida del cristiano ocupa un lugar Nunca presentó un programa científicamente elaborado, pero tenía ideas muy claras sobre el plan salvífico de Dios, que gira en torno a la cruz de Cristo redentor. Había penetrado y sondeado profundamente las riquezas del misterio de la cruz, «necedad para los que se pierden, mas para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (1Co 1:18). Le bastaba contemplar la cruz, el estilo de vida de Jesús, Verbo encarnado y crucificado, para luego hacer vivo y operante su mensaje de salvación. La pasión y muerte de Jesús eran para él un hecho histórico y existencial. El cristiano, comprometido seriamente en su propia santificación, debe aceptar ese mensaje, imitar ese estilo de vida, encontrarse vitalmente con Cristo crucificado, con sencillez, sin muchas disquisiciones. 5. Los contenidos de esta espiritualidad En la actual economía de la gracia y de la salvación, la cruz ha sido el único medio elegido por Dios para reconciliar a la humanidad con el Padre. Este es el plan de Dios. La cruz no es un simple episodio de la vida terrena del Verbo encarnado, sino una parte integrante del misterio de la Encarnación. La cruz, propuesta e impuesta por Cristo a sus seguidores, no es simplemente una condición para su seguimiento, sino la expresión más real y auténtica de la pertenencia a su reino. Sólo se es cristiano de verdad en la medida en que se acepta la cruz como opción fundamental de vida: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mat 16:24). Cuando alguien toma su cruz, se transforma en testigo de salvación entre sus hermanos y hace que también los demás participen de esa salvación, de la que él es objeto y sujeto. Con esta opción libre y generosa, el cristiano se transforma en mediador y corredentor de su prójimo, naturalmente bajo el influjo y la dependencia de Cristo, el cual será siempre el único mediador y redentor de la humanidad: «Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también» (1Ti 2:5). Desde que Jesús, como prueba suprema y argumento indiscutible de su amor a los hombres, sacrificó libremente por todos la vida, que es el don más valioso y estimable del hombre, las almas profunda y sinceramente cristianas, al contemplar la cruz, comprenden e intuyen, bajo el influjo del Espíritu Santo, lo que significa el amor que Dios les tiene. En consecuencia, orientan toda su vida espiritual según este principio y esta realidad. La cruz se ha convertido y se convierte en un polo de atracción y un centro de irradiación. En la escuela del dolor han aprendido y aprenden el misterio del amor encerrado en la cruz. No se trata de una ciencia humana, sino de un don de Dios. «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3:16). Ciertamente, el padre Pío acogió esta invitación aceptándola hasta sus últimas consecuencias y convirtiéndose en apóstol y maestro de este mensaje del amor crucificado. El padre Pío escribió a su amigo, el padre Agostino: «Cuando Jesús quiere darme a conocer que me ama, me hace gustar las llagas, las espinas y las angustias de su pasión... Cuando quiere hacerme gozar, me colma el corazón de aquel espíritu que es puro fuego, me habla de sus delicias... Jesús, varón de dolores, quisiera que todos los cristianos lo imitaran... Mi pobre sufrir no vale nada, pero a pesar de ello le agrada a Jesús, porque en la tierra lo amó mucho» .2 Es verdad que hoy los hombres no logran comprender cómo un Dios que se dice bueno y padre permite tanto sufrimiento, incluso a p.rsonas inocentes. Por doquier se advierte la falta de sensibilidad espiritual para entender cuán necesario es reparar el mal y expiarlo. El misterio de la cruz en la vida del cristiano, al igual que en la de Cristo, tiene una importancia decisiva, trascendente e insustituible. El discípulo no puede seguir otro camino que el propuesto por el Maestro, ni puede aceptar otra norma de vida que la que proclama Cristo mismo. El Maestro sabía muy bien que su norma no sería fácil ni suscitaría entusiasmo. Sin embargo, la proclamó categóricamente, con vigor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat 16:24). 6. Las motivaciones para acoger en la propia vida la cruz y enseñar a acogerla Ante todo, el camino de la cruz es el único que deben seguir todos los que quieran buscar sinceramente a Dios como discípulos de Cristo. No existe otro para alcanzar la santificación y la salvación. La cruz es el carné de identidad del cristiano, el sello de su autenticidad y de los seguidores de Jesucristo, Verbo encarnado, como la define el padre Pío en una carta. La cruz es el único camino de salvación para los hombres y deben recorrerlo hasta el fondo sobre todo los que han sido llamados a una realización más íntima y perfecta de los misterios de Cristo. Esta es la doctrina evangélica, según el santo de Pietrelcina: «El grano de trigo no da fruto si no sufre, descomponiéndose; así las almas necesitan la prueba del dolor para quedar pur14. «Para llegar a nuestro último fin es preciso seguir al jefe divino, el cual no quiere llevar al alma por ninguna otra senda que no sea la que él recorrió, es decir, la de la abnegación y la 15 cruz». El segundo motivo por el que se debe abrazar la cruz es porque Cristo caminó siempre con ella y sólo seremos dignos de él en la medida en que lo sigamos, participando de sus dolores. Vivir con Cristo en la cruz es el ideal más sublime de todo cristiano. Nunca subimos solos a ella. Cristo siempre camina delante de nosotros llevando su cruz y la nuestra, y guiando nuestros pasos, a menudo inciertos y vacilantes. Jesús no abandonará jamás a quien por su amor avanza cargado con su cruz y el alma atribulada no lo olvidará nunca; más aún, este pensamiento consolador le dará cada vez más fuerza para perseverar. El padre Pío escribió: «Jesús está siempre con usted, incluso cuando le parece que no lo siente. Y nunca está más cerca de usted que en las luchas espirituales. Siempre está allí, cerca de usted, animándola a librar con valentía la batalla; está allí para parar los golpes del enemigo, a fin de que no le alcancen a us16. «No diga que usted es la única que sube al Calvario, y que se encuentra luchando y llorando sola, porque con usted está Jesús, que no la abandona nun17. Conviene notar, por último, que en el lenguaje ascético tradicional ser víctima quiere decir entrega total para inmolarse habitualmente por amor al Señor. Supone una renuncia total y definitiva a todo lo que, de cualquier forma, pueda constituir un obstáculo a la voluntad divina; supone poder repetir en cada momento: «Hago siempre lo que a él 18.ada» Es la experiencia del padre Pío: «Has de saber, hija mía, que yo estoy tendido en el lecho de mis dolores; he subido al altar de los holocaustos y espero que baje el fuego de lo alto para que se consuma pronto la víctima. Pide en tus oraciones que baje pronto.9se fuego devorador» preferido servirse de los miembros de su Cuerpo místico para realizar el plan de la redención. Como afirmó el Papa Pío XII, «eso realmente no sucede por necesidad o debilidad, sino más bien porque Cristo lo dispuso así para mayor honor de su 20.aculada Esposa» El padre Pío animaba a las almas a vivir este misterio y sufalta a los sufrimientos de Cristo en favor de l. Y también: «Bajo la cruz se aprende a amar y yo no la doy a todos, sino sólo a las almas que quieLa croce sempre pron Città Nuova 2002, p. 3). 7. El camino de la cruz senda de las almas privilegiadas Esta gracia se concede a los que están llamados a una realización más íntima del ideal de la perfección. Las almas que están llamadas a seguir este camino deben convencerse de que es Dios quien las ha elegido con amor para seguir una senda humanamente tan incómoda y sin atractivos, como el padre Pío nunca deja de notar. En sus enseñanzas, el santo capuchino estigmatizado no ocultaba ni subestimaba las dificultades del camino emprendido. Conocía bien las angustias, las interminables horas de una lucha que resultaba más peligrosa por la posible derrota. Por eso, se preocupaba siempre de hacer a los demás conscientes de los frutos del sufrimiento aceptado y compartido con Cristo, siguiendo la exhortación paulina: «Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús» (2Ti 2:3). El padre Pío encontraba fórmulas claras y sinceras, expresiones accesibles a todos, argumentos convincentes para recorrer el difícil camino del Calvario hasta unirse para siempre con Cristo en la gloria del Tabor. Sabía y repetía que el dolor no es apetecible de por sí, y que la naturaleza humana lo rechaza instintivamente como contrario a la felicidad. El cristiano lo acepta por motivos teológicos y sobrenaturales. Se esforzaba por hacer que las almas atribuladas lo comprendieran. A una penitente anónima le aconsejaba: «No me parece mal que te quejes en los sufrimientos, pero desearía que lo hicieras ante el Señor con un espíritu filial, como lo haría un niño pequeño con su madre. No está mal quejarse, con tal de que se haga amorosamente; da alivio. Hazlo con amor y resignación en los brazos de la voluntad de.2ios» A menudo, el padre Pío utilizaba la imagen del Cirineo, que lleva la cruz de Jesús. Estimulaba y animaba a las almas a perseverar en el camino doloroso de la purificación y las pruebas, ofreciéndose él mismo a ser su cirineo, a llevar con ellas la cruz, más aún, a sustituirlas, tomando sobre sí el dolor y dejándoles a ellas todo el mérito. En realidad, su vida de crucificado le enseñó a ser cirineo de todos los crucificados. En sus cartas a Cerase encontramos estas palabras: «Por mi parte, no puedo por menos de compartir de buen grado con usted el dolor que la oprime, pedir más asiduamente a Dios por usted y desearle que el dulcísimo Jesús le conceda la fuerza espiritual y material para atravesar la última prueba de su paterno amor a usted (...). ¡Cuánto quisiera estar cerca de usted en estos momentos para aliviar de alguna manera el dolor que la oprime! Pero estaré espiritualmente cerca de usted. Haré míos todos sus dolores y los ofreceré todos en holocausto .3 Señor por usted» En la espiritualidad del padre Pío, el sufrimiento no es castigo, sino amor finísimo de Dios. Lo que ordinariamente aumenta la intensidad del dolor moral es la tentación, sutil, que lleva a las almas a creer que sus sufrimientos son un castigo infligido por Dios a causa de la infidelidad, una prueba más del mal estado de su conciencia y una demostración de que se han salido del camino recto de la salvación y la santificación. En estos casos, corresponde al director espiritual hacerles comprender que el estado que atraviesan no es ni castigo por las faltas o infidelidades, ni expiación por los propios pecados desconocidos, ni una venganza de la justicia divina. Al contrario, es una prueba del amor de predilección a las almas privilegiadas, elegidas para compartir los misterios dolorosos del Redentor. A Erminia Gargani, en 1918, le escribe: «Cálmate y ten por cierto que estas sombras y estos sufrimientos tuyos no son un castigo condigno a tus iniquidades; ni eres impía, ni estás cegada por la malicia; eres una de las muchas almas elegidas a las que Dios prueba como al oro en el fuego. Esta es la verdad; y, si dijera lo contrario, no sería sincero e iría 24.tra la verdad» Y a Assunta Di Tommaso la exhorta así: «Este estado no es un castigo, sino amor, y amor finísimo. Por eso, bendice al Señor y resígnate a beber el cáliz de Getseman25. Asimismo, son conmovedoras las palabras de aliento que dirige a María Gargani: «No temas porque te tiene clavada en la cruz: te ama y te está dando fuerza para sostener el martirio insostenible y amor para amar amargament. «Ten gran confianza en su misericordia y bondad, pues él no te abandonará nunca; pero no por esto dejes de abrazar bie27.u santa cruz» Todo lo que hemos dicho puede ayudarnos a conocer al padre Pío hombre de la cru. El gran mensaje de san Pío, más urgente que nunca, introduce precisamente en este aspecto: una teología de la cruz iluminada por el esplendor de la Resurrección, sin la cual falla el fulcro mismo del cristianismo. Ciertamente, la canonización del padre Pío nos lleva a afianzar nuestras raíces de discípulos del Señor crucificado y resucitado. Para concluir, me complace hacer mío el epígrafe que eligió Vittorio Messori para la biografía de otro beato, y que puede aplicarse muy bien al padre Pío. Es de Evagrio el Póntico, y dice: «A una teoría se puede responder con otra teoría. Pero, ¿quién podrá confutar una vida?» Han transcurrido ciento quince años desde el 25 de mayo de 1887, día en que nació Francesco Forgione en Pietrelcina, donde, como en todo el resto del reino de Italia, por decreto ley de Crispi, debían quitarse los crucifijos, incluso de las escuelas. El pequeño padre Pío, que nació precisamente ese año, un día llegaría a ser un crucifijo de ca28. Ya de santo nunca dejará que se quite la cruz, no sólo de las paredes y los muros, sino sobre todo de los corazones en los que ha sido colocada, para traer la salvación hasta convertirse incluso en un motivo de orgullo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6:14). NOTAS: 1R. Allegri, enP. Pio, Immagini di sant Mondadori 1999, p. 9. 2Il gesuita moderno I, 104. 3) CfL’Osservatore Romano edición en lengua española, 7 de mayo de 1999, p. 6. 4P. Gerardo di Flumeri Epistolari I, p. 800. Epistola es la colección, en cuatro volúmenes, de la correspondencia del padre Pío, a cargo del p. Gerardo di Flumeri. 5) CfR. AllegriP. Pio, Immagini di sant Mondadori 1999, p. 74. 6P. Fernando Da Riese Pio X, Padre Pio da Pietrelcina, crocifisso sen San Giovanni Rotondo 1974Alessandro da Ripabotton, Padre Pio da Pietrelcina, il cireneo San Giovanni Rotondo 1994. 7P. Gerardo di Flumeri Epis. II, p. 453. 8Epistolari III, p. 106. 9) Ib., p. 306. 10)Melchor de Pobladura, Alla scuola spirituale di padre Pio da Pie San Giovanni Rotondo 1978. 11)Epis. I, pp. 300, 522. 12) Ib., pp. 335-336. 13)Epis. II, p. 175. 14) Ib., p. 442. 15) Ib., p. 155. 16) Ib., p. 156. 17) Ib., p. 463. 18) Joh 8:29. 19)Epis. III, p. 738. 20) Pío XII, AAS 35 (1943) 213. 21) Col 1:24. 22)Epis. III, p. 920. 23) Ib., p. 510. 24) Ib., p. 716. 25) Ib., p. 441. 26) Ib., p. 333. 27) Ib., p. 935. 28) CR. Camilleri, P. Pio Piemme, p. 6.
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SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968) Una vocación «expiatoria»
por Alejandro de Ripabottoni, o.f.m.
cap. El padre Pío de Pietrelcina, sacerdote capuchino, es el fraile de las llagas, que se santificó viviendo a fondo en carne propia el misterio de la cruz de Cristo y cumpliendo en plenitud su vocación de colaborador en la Redención. En su ministerio sacerdotal ayudó a miles de fieles de todo el mundo, principalmente mediante la dirección espiritual, la reconciliación sacramental y la celebración de la eucaristía. Juan Pablo II lo beatificó el día 2 de mayo de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002, estableciendo que se celebre su fiesta el 23 de septiembre, ani.ersario de su muerte En el rico y variado panorama de la espiritualidad del siglo XX, tal vez no se exagere demasiado cuando se afirma que el pueblo de Dios ha seleccionado a un protagonista absoluto: el padre Pío de Pietrelcina. Su personalidad, amada y discutida en este campo tal vez más que ninguna otra, resurge todavía con más vitalidad en la medida en que el paso de los años nos van alejando de su muerte, despertando una atracción universal. Este hecho se rodea, más si cabe todavía, de colores maravillosos, si se piensa que el padre Pío, desde el año 1918 -año en el que recibió los estigmas-, hasta 1968 - año de su muerte-, no salió ninguna vez del pequeño pueblecito de San Giovanni Rotondo, en una época caracterizada por el rapidísimo y continuo acercamiento de las distancias, mediante los más sofisticados medios de comunicación. El secreto de una presencia tan universal hay que buscarlo, sin duda alguna, en la respuesta que la gente, creyente o no, ha creído encontrar, en la imagen del padre Pío, al problema central de este siglo. Este problema ha sido planteado por un hombre de la talla de Albert Camus, en términos urgentes: «El problema que domina al siglo XX es ¿cómo vivir sin gracia?»; «El problema concreto que yo conozco hoy es: si se puede ser un santo sin Dios». Era la gran tentación de separar definitivamente el amor por el hombre del amor de Dios: en el fondo late siempre la tentación de querer quitar de la historia el sentido cristiano de la vida. La gente de todo el mundo sentía vivamente, todavía, que la única respuesta alternativa al problema podía y debía ser aquella vivida y sufrida por un «hombre sin letras», el padre Pío de Pietrelcina: «Todo se resumen en esto: me consume el amor de Dios y el amor del prójimo». Se percibía, de modo inmediato, simple y sin titubeos, la confirmación de la médula misma del mensaje evangélico en la persona del capuchino estigmatizado del Gárgano: un hombre de Dio puede expresar todo el amor por el hombre y lo puede expresar reproduciendo solamente, en la medida en la que es posible en un simple hopasión de Cris.o «Deberé luchar» Nadie o muy pocos saben quién era el padre Pío Forgione, pero todos conocen y aman al padre Pío de Pietrelcina, pueblecito situado a pocos kilómetros de Benevento, en las colinas del Sannio, de horizontes abiertos, habitado por gente trabajadora, que vive al ritmo de los trabajos del campo, resguardado de los calores meridionales y de los fríos vientos del invierno. Francisco, que sería más tarde el padre Pío, nace en el viejo pueblecito de Pietrelcina, en el barrio del Castillo, en la tarde del 25 de mayo de 1887, hijo de Grazio María Forgione (1860-1946) y de María Josefa De Nunzio (1859-1929), y fue bautizado al día siguiente. Grazio, junto a su deseo de trabajar, jamás perdió su alegría salpicada de bromas inocentes y fáciles gracejos. De inteligencia despierta, rápidamente ponía en práctica todo pensamiento; su dialecto era sonoro, rápido y gráfico; enjuto, pero habituado al duro trabajo; de estatura mediana, ojos vivos y parlanchines; de modales, a veces rudos y rápidos; vivía su fe sinceramente. Cuando Francisco manifestó el deseo de querer continuar los estudios para «hacerse monje», no vaciló en marcharse de casa, emigrando a América del Sur y del Norte, a fin de ganar lo necesario para el hijo estudiante. Entonces todo el peso de la familia recae sobre las espaldas de «mama Pepa»: ojos claros, facciones correctas, de cuerpo ágil, como una adolescente, su dialecto tenía una gracia admirable; mujer seria, respetuosa, religiosa; era una pueblerina, pero tenía rasgos de «gran señora»; su hospitalidad era siempre excesiva, señorial, aun dentro de su simplicidad; tanto ella como su marido sabían poner una nota de alegría a su alrededor, dispuesta siempre a contar bellas historias y con qué maestría... La alegría, el gracejo fácil, la ingenuidad hecha broma, el «saber contar las cosas», el padre Pío los vivió y aprendió de boca de sus padres y los revivió con una maestría encantadora. Pasó su infancia y adolescencia en un ambiente sereno y tranquilo: casa, iglesia, campo y, más tarde, escuela. Muchacho silencioso, tranquilo y reservado; fácilmente, y con gusto, se apartaba de la compañía de sus amigos; pero el amor a la soledad no lo convertía en un ser solitario, aislado y tristón; ingenuo y casi retraído, con una extrañeza que, sin embargo, es privilegio de las almas simples y buenas, hecha de candor y no de arrogancia. Ya desde entonces Dios lo trabaja, y la vocación, tierno germen, explica su actitud tímida y su carácter extremadamente reservado. «Los éxtasis y las apariciones -nos dice su director espiritual el padre Agustín- comenzaron cuando tenía cinco años, cuando tuvo el pensamiento y la intención de consagrarse para siempre al Señor». El don de Dios caía en tierra fértil. Su madre nos presenta a Francisco como un niño «tranquilo y sereno»; con los años crecía en él el amor a la oración y a la penitencia; a veces, su madre, por la mañana, encontraba su camita intacta porque Francisco había dormido en tierra, con una piedra por almohada; se azotaba con una cadena de hierro, hecho que repetía frecuentemente, según testimonio de su propia madre, la cual ante la pregunta: «Pero, ¿por qué, hijo mío, te azotas así?», recibía esta respuesta del hijo: «Me debo azotar como los judíos azotaron a Jesús hasta hacerle brotar sangre de las espaldas». De su amor a la oración y a la soledad nacía la sed de sufrimiento que con el correr de los años echó raíces cada vez más profundas en la vida del padre Pío: era una preparación a su misión corredentora. Los padres de Francisco, apenas lo vieron capaz, le confiaron el pastoreo en el campo de dos ovejas y, mientras éstas pastaban, si estaba solo rezaba frecuentemente el rosario; si se encontraba acompañado de otros pastorcillos -son ellos mismos los que nos lo cuentan- participaba voluntariamente en sus inocentes juegos, porque Francisco «era alegre desde pequeño»; era muy querido y «era un muchacho como todos los demás», pero era educado y, sobre todo, reservado; jamás dijo palabrotas y ni siquiera las quería oír, por eso evitaba siempre la compañía de los «falsos amigos», es decir, los «desvergonzados, de palabra fácil, los pocos sinceros, los que no eran buenos muchachos». Enjuto de tipo, pero no enfermizo, Francisco ha sido siempre «un lobo sordo», quiero decir, «de pocas palabras, que nunca aireaba sus cosas». Era «fino, fino» termina diciendo otro compañero suyo también pastorcillo, y no «un macarrón sin sal». Lo que de verdaderamente excepcional está sucediendo en la vida de Francisco, pasaba desapercibido ante los ojos de los demás. Antes de partir para el noviciado (6 enero 1903), él mismo nos cuenta que su alma recibió una visión que le marcaba el futuro programa de su vida: «combatir como un valeroso guerrero» contra «el misterioso hombre del infierno», con valor, porque Jesús mismo, bajo la figura de un hombre luminoso, habría ayudado a su alma, «estando siempre cerca de ella para ayudarla y premiarla en el paraíso por la victoria que conseguiría, ya que confiada sólo a Él, habría combatido con generosidad». Ya desde joven el padre Pío había comprendido que el «gran espacio» destinado a su alma era el espacio que separa a los hombres de Dios y que él debía llenar en unión con Jesús. «Sacerdote santo - Víctima perfecta» Vistió el hábito capuchino en el convento de Morcone el 22 de enero de 1903, y recibió su nuevo nombre: Fray Pío de Pietrelcina. Con qué propósito y con cuánta entrega vivió el año de noviciado fray Pío nos lo da a conocer él mismo en una carta autobiográfica de 1922: el Señor hacía comprender al quinceañero Francisco que para él «el puesto seguro, el hogar de paz era el batallón de la milicia eclesiástica. Y, ¿dónde podré servirte mejor, oh Señor, que en el claustro y bajo la bandera del pobrecillo de Asís?... ¡Oh Dios! deja que mi pobre corazón te sienta cada vez más y lleva a término en mí la obra comenzada por ti... Que Jesús me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de modo que el fervor continúe siempre en mí y se acreciente cada vez más hasta hacer de mí un perfecto capuchino». El 25 de enero de 1904, dos días después de hacer la profesión temporal, partió del noviciado para continuar los estudios y prepararse al sacerdocio; después de haber permanecido en diferentes conventos, en mayo de 1908, tuvo que volver a su casa paterna por motivos de salud. Continúa privadamente los estudios siendo ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910 en Benevento, y de nuevo se queda en su casa, siempre por motivos de salud, hasta 1916. Cada misa para el padre Pío es siempre la primera misa; la gloria es continua e inexpresable, gusta ya el paraíso, siente como un fuego que le abrasa y su boca saborea toda la dulzura de aquella carne inmaculada del Hijo de Dios. Las luchas del espíritu no faltan en este período: grandes tormentas diabólicas, que a veces no lo dejan libre ni siquiera en las horas de descanso: el demonio lo quiere para sí a toda costa; cuando se ve al borde de la desesperación recurre a la Virgen María a la que no sabe cómo agradecer tantas y tan singulares gracias; se pone con confianza en los brazos de Jesús y que suceda lo que Él quiera; Él, ciertamente, vendrá en su ayuda. Orando a los pies de Jesús no siente ni el peso del cansancio al vencer las tentaciones, ni la amargura o el desagrado. Durante un mes de permanencia en el convento de Venafro, en 1911, la comunidad advierte los primeros fenómenos sobrenaturales: «Asistí, y no fui yo el único -escribe el padre Agustín en su diario-, a varios éxtasis y a muchas vejaciones diabólicas. Escribí, entonces, todo lo que escuché de su boca durante el éxtasis y cómo sucedían las vejaciones satánicas». Constreñido a vivir «desterrado en el exilio del mundo, es decir, fuera del convento, en Pietrelcina, como sacerdote se esfuerza por tratar a todos con cordialidad y confianza: el mundo campesino del que proviene es también su propio mundo; va al campo y, lo mismo que antes, saluda, dice buenas palabras de ánimo, acepta voluntariamente la invitación de pararse a descansar, aunque sea por un momento, bajo la sombra de un árbol si hace calor, o dentro del cortijo si hace mal tiempo; en los campos y a los campesinos les habla de Dios en su típico «dialecto». Su apostolado ministerial se reduce a ayudar al párroco en la administración de los sacramentos, excepto oír confesiones para lo que el Provincial no le concede licencia en los primeros años de haber cantado misa, por motivos de salud y por carecer entonces de la suficiente experiencia moral. Hacia finales de este período (1914-1915) inicia la dirección espiritual de algún alma que otra, pero, por correspondencia, y siempre con permiso expreso de los superiores. Pero mucho más que en estas formas visibles, el padre Pío manifiesta su celo por las almas a través del estado de víctima, vivido intensamente como irradiación de la virtud salvífica de Jesús y del sufrimiento del cuerpo y del alma, requerido y aceptado como participación personal y generosa por el rescate de la humanidad redimida y pecadora. Este es su programa trazado desde el día de su ordenación sacerdotal y vivido intensamente día tras día: «Jesús, mi aliento y mi vida, hoy que trepidante te elevo en un misterio de amor, haz que contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y para ti sacerdote santo y víctima perfecta». Una multitud de almas El 17 de febrero de 1916 vuelve definitivamente «a la sombra de san Francisco» y su primer destino es el convento de Santa Ana de Foggia. El recién iniciado apostolado de la pluma y de la dirección comienza a extenderse, convirtiéndose el padre Pío en el centro de un movimiento de intensa espiritualidad, hasta llegar a ser un director buscado: «una muchedumbre de almas», sedientas de Dios, «cae sobre sus espaldas», envolviéndolo en una «vorágine» de ocupaciones. Pocos días antes de partir para San Giovanni Rotondo le manifestaba a su director espiritual: «Debéis saber que no tengo ni un momento libre... Ante tan abundante cosecha me alegro mucho en el Señor porque veo que van aumentando las filas de las almas elegidas y Jesús es cada vez más amado». En septiembre de 1916 se traslada «provisionalmente» a San Giovanni Rotondo, para respirar un poco el aire de la montaña y allí permanece, sin embargo, hasta su muerte (23 septiembre 1968), cincuenta y dos años continuos, salvo las ausencias debidas al servicio militar, un viaje a Roma y la estancia de un mes en el convento de San Marcos la Catola. iglesia conventual era frecuentada por pocas personas y en los alrededores, de vez en cuando, sólo se oía el sonido del campanillo de alguna oveja o cabra cuando pastaba por las montañas de los alrededores del convento. En aquel paraje solitario reinaba, sin embargo, la paz y la alegría debido a la presencia de tantos hermanos, confiados a la dirección espiritual del padre Pío que voluntariamente se confesaban con él y seguían con atención sus conferencias; y él, para « perfeccionamiento» del grupo, al que ama «tiernamente» y por el cual no quiere ahorrarse «molestias personales», pidió permiso para ofrecerse como «víctima» al Señor. Con su presencia, la soledad del convento iba desapareciendo poco a poco en la medida en que las almas sedientas de Dios descubrían en el fraile recién llegado una llamada poderosa de lo divino, mucho antes del reclamo visible de los estigmas: «una muchedumbre de almas sedientas de Jesús cae sobre mis espaldas hasta el punto de tenerme que llevar las manos a la cabeza», afirma el padre Pío en 1916. «Las horas de la mañana se me pasan todas oyendo confesiones», pudo escribir en vísperas de los estigmas el 29 de julio de 1918. «Vengo sosteniendo casi diecinueve horas de trabajo, sin apenas un poco de descanso», comunica a su director espiritual el 16 de noviembre de 1919, a poco más de un año de haber recibido los estigmas. La clientela mundial La característica más típica de la poderosa llamada de lo divino realizada por el padre Pío durante cincuenta años, es la universalidad. Casi como por una especie de atracción de gravedad, de todas las partes del mundo se moviliza la gente para acercarse al padre Pío. Gente de todas las edades, de toda clase social, de cualquier condición económica, de todas las jerarquías eclesiásticas y políticas, de todo nivel cultural; gente de todas las naciones, de todas las razas acude al padre Pío con su carga de problemas y necesidades. Y cuando la gente no puede viajar hasta él, escribe centenares, quizá miles de cartas al día en todos los idiomas: desde los más diferentes dialectos italianos a la mayoría de las lenguas más difundidas en el mundo. La novedad del hecho manifiesta una especie de revolución copernicana en San Giovanni Rotondo, realizada por el padre Pío en un momento histórico en el cual se pone de relieve la respuesta al mandamiento evangélico: «Id a todo el mundo», con un exagerado activismo. Pero en San Giovanni Rotondo se cumple aquello que Jesús había dicho de sí mismo: «Venid todos a mí». Autorizada y manifiestamente este hecho ha sido puesto de relieve por el papa Pablo VI cuando se ha referido a la «clientela mundial» del padre Pío. Y es natural preguntarse con fray Maseo: «¿Por qué a ti, por qué a ti, por qué a ti?»... Y la respuesta, una vez más, viene dada por el propio Pablo VI que define al padre Pío como «el representante marcado con los estigmas de nuestro Señor» (20 septiembre 1971). La gente no lleva a San Giovanni Rotondo sólo su carga de problemas y necesidades, sino que en lo más íntimo de su alma lleva consigo la única necesidad de ver a Dios y a Jesucristo en el hombre de Dios que es el padre Pío. Se repiten las maravillas de Dios: «Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré todos a mí». El mundo percibía claramente la respuesta alternativa al problema fundamental de su siglo: no se puede ser santos sin Dios, no se puede vivir sin la gracia. «Siento asiduamente una voz que me dice: santifícate y santifica», había dicho el padre Pío a una de sus hijas espirituales en el lejano noviembre de 1922. Y con intuición maravillosa la gente de todo el mundo comprendía rápidamente que las señales en las manos, en los pies y en el costado del primer sacerdote estigmatizado no podían ser interpretadas sino como «motivos de credibilidad» de la misión del padre Pío en el mundo contemporáneo de ser clavado en la cruz para actualizar la redención; y comprendía más pronto todavía que los dones carismáticos concedidos por Dios al padre Pío -como el discernimiento de espíritus, la profecía, el don de la bilocación, los efluvios y perfumes olorosos- no eran otra cosa que «medios providenciales para acreditar el misterio de la reconciliación con Dios». Sin embargo, la «clientela mundial», al mismo tiempo, crecía en torno al padre Pío por otra línea de fuerza, de naturaleza esencialmente espiritual: la dirección de las almas, la confesión sacramental y la celebración de la misa. El director espiritual El padre Pío inició su actividad de dirección espiritual, en el sentido ordinario de la expresión, con un primer grupillo de almas desde su llegada a San Giovanni Rotondo. Los puntos clave fueron dos encuentros semanales con conferencias en común, la propuesta de los medios de perfección más principales, según la doctrina común tradicional, y la unidad de padre espiritual y confesor. No es erróneo el reconocer en este pequeño grupo el primer «grupo de oración», según su propósito de formar «pocas y bien formadas almas que a su vez serán simiente para otras almas», y, según su misma sugerencia expresada en el desarrollo de las reuniones: «Los materiales están preparados -dijo-, ahora comenzar a construir». Pero el aspecto más notable de la dirección espiritual del padre Pío y de su estatura como director espiritual se puede deducir de la dirección por correspondencia, considerada por los expertos como extraordinaria. El epistolario publicado comprende tres volúmenes. Tal correspondencia, interrumpida por orden del entonces Santo Oficio el 2 de junio de 1922, ocupa ciertamente un puesto de honor entre los epistolarios clásicos del género. Motivos de espacio no permiten ni siquiera una sumaria indicación de las características y dimensiones de la dirección espiritual hecha por el padre Pío, y por eso hay que remitirse a los estudios realizados por el padre MelchoEn la escuela espiritual del pad yProblemática de la dirección espiritual en el epistolario de. padre Pío La novedad de tal dirección no hay que buscarla tanto en los medios y en las indicaciones de teología espiritual cuanto en la constancia de vivir en primera persona y en hacer vivir a las almas dirigidas las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la figura del director espiritual. Con este fin, conviene hacer aquí una primera observación y es que, en la galería de las muchísimas almas dirigidas por él, el padre Pío conmensura el hilo conductor del compromiso en santificarse a la gran variedad de edad, cultura, condición social o profesión de cada una de las personas. El padre Pío se nos revela como un genial y santo armétodo diferenciad. Le dijeron en una ocasión: «Padre, verdaderamente sois todo de todos». Y él añadió rápidamente: «Corrige. ¡Soy todo
de cada uno! Cada cual puede decir: el padre es mío». Esta totalidad de rendición voluntaria, centrada en cada una de las almas, está basada en la profunda convicción de actuar por mandato de Dios: «Yo soy un instrumento en las manos divinas, que sólo sirve para algo si es manejado por el artífice divino». La exigencia de que los demás vean a Dios y no la imagen del director es el segundo punto relevante, el cual nos permite explicar, con dificultad pero de forma segura, la fuerza moral, a veces brusca y dolorosa, ejercitada al guiar las almas hacia Dios. «Siguiendo al padre Pío -confiesa cándidamente una hija espiritual- se sufría fuertemente: sus pruebas, sus reprensiones, su diferente trato con las almas, partía de dolor el corazón y se necesitaba mucha fe para decir que su modo de proceder así era justo». Un tercer elemento de relieve, que subraya su constante vocación corredentora, es la clara, sincera, íntima participación del director espiritual padre Pío en las angustias, conflictos interiores, desolaciones y penas de las almas dirigidas: «Siento como mías vuestras aflicciones». «Haré míos todos vuestros dolores y todos los ofreceré en holocausto al Señor por vosmétodo de la dirección espiritual partic que caracteriza específicamente al padre Pío como director espiritual y hace más eficaz su trabajo como guía de la perfección. El padre Pío se sentía dirigiendo a las almas como el «pobre cireneo», el «piadoso cireneo que lleva la cruz por todos». El confesor «No tengo un minuto libre: todo el tiempo estoy dedicado a librar a las almas de los lazos de Satanás... Aquí acuden innumerables personas de toda clase y de ambos sexos con la sola finalidad de confesarse y para este solo fin se me requiere». Es el retrato de una de sus jornadas que el padre Pío hace en una carta del 3 de junio de 1919, llegando a poder escribir en marzo de 1921: «Trabajo siempre sobre el dolor y el trabajo es tanto que no tengo tiempo ni siquiera para concentrarme sobre mí mismo y es un verdadero milagro el que no llegue a perder la cabeza». Este «milagro» se repetirá durante cincuenta años, día tras días, salvo el período de 1931-1933 en el que el entonces Santo Oficio tomó la medida de suspenderlo del ministerio de la confesión. Tratar de hacer un balance de las personas que se han confesado con el padre Pío resulta imposible, pero la anotación de 15.000 mujeres y 10.000 hombres confesados por él, hecha por el cronista de San Giovanni Rotondo sólo en el año 1967 -el año anterior a su muerte-, lleva una connotación de un «milagro» persistente. De hecho, ya en 1919 el padre Pío podía escribir invocando a «muchos trabajadores en la viña del Señor, ya que es una verdadera crueldad mandar a su casa a centenares e incluso a miles de almas el día que vienen desde países tan lejanos con la sola finalidad de purificarse de sus pecados». Él tiene clara conciencia de su «vocación para el sacramento de la penitencia», vocación, por otra parte, combatida desde el principio por sus superiores por varios motivos (hasta en 18 cartas desde abril de 1911 a 1913 se habla de ello), pero siempre sólidamente mantenida de modo que el padre Pío en 1954 pudo decir al padre Agustín: «Prefiero que me lleven sobre una silla antes que no poder ya confesar». No parece poder individualizarse otra razón de este aspecto maravilloso de la actuación de la gracia de Dios, que la exigencia de actualizar en el capuchino estigmatizado de Pietrelcina lo que el papa Juan Pablo II ha definido como «el derecho a un encuentro cada vez más personal del hombre de Cristo crucificado que perdona...; y, al mismo tiempo, el derecho de Cristo mismo hacia cada hombre redimido por Él. Y el derecho a encontrarse con cada uno de nosotros». Un derecho que en San Giovanni Rotondo continúa reafirmándose en las mismas dimensiones y quizás en proporciones mayores en torno a la tumba del padre Pío. Confesarse con el padre Pío no era una empresa fácil: había que afrontar largos viajes y la incomodidad de una larga permanencia en San Giovanni Rotondo, con las implicaciones relativas a gastos económicos, mientras llega el turno de las confesiones; y las perspectivas no eran siempre las de ir a un encuentro fácil, cómodo, cariñoso. De hecho, la confesión con el padre Pío tenía todas las características de un encuentro personalísimo, frecuentemente dramático, pero siempre era una terapia desconcertante para las almas. «Firme y decidido -decía el cardenal Lercaro- hasta el punto de ser brusco y desagradable; y, al mismo tiempo, abierto y amable hasta transmitir la paz y la serenidad a quien desde años o quizás nunca la había saboreado como para enamorarse de la fe, del sacrificio y de la entrega generosa, incluso a quien llegaba a él -sin ni siquiera saber el por qué- con escepticismo y deliberada reticencia». «Su confesonario -escL’Osservatore Romano al anunciar la muerte del padre Pío- era un tribunal de misericordia y de firmeza; incluso aquellos que partían sin haber obtenido la absolución tenían, en una muy gran mayoría, ansia de volver y de encontrar paz y comprensión, mientras que para ellos se había abierto ya un nuevo período de vida espiritual». A quien le preguntaba: «Padre, ¿por qué tratáis tan duramente a vuestros hijos?», respondía: «Quito lo viejo y pongo en su lugar lo nuevo. La operación evangélica de la conversión no se realiza sin dolor, incluso cuando se hace sólo por amor». La misa del padre Pío La jornada diaria de la vida del padre Pío era extremadamente monótona: coro, iglesia, celda, los paseos por la huerta y, más tarde, la galería del convento, tanto que en las «Relaciones bimestrales» del convento de San Giovanni Rotondo se podría afirmar «estar él muerto para el mundo». Sin embargo, de esta monotonía destacaban poderosamente dos polos extraordinarios en los cuales el mundo entero entraba en la vida y en el corazón del padre Pío: el confesonario y el altar. Ellos son también -se puede pensar con seguridad- los dos polos de la vocación corredentora y de la atracción ejercida por el padre Pío sobre su siglo. El momento más glorioso era, sin embargo, el de la santa misa. La celebración de la misa era para él un drama sufrido cotidianamente, pero sentía un desconsuelo extremo cuando estaba impedido para celebrar la misa. A quien le preguntaba: «En la misa, ¿morís también... por amor o por dolor?», el padre Pío respondió: «Más por amor». El padre Pío celebraba muy temprano, ordinariamente a las 4,30 de la mañana; la «clientela de todo el mundo» esperaba durante más de una hora en la puerta de la iglesia para conseguir los puestos más cercanos al altar y participar en la misa. En la porfía por participar de un modo directo en su misa, no faltaban malos modos para conseguir los primeros puestos, pero tales incorrecciones que hoy se tendrían sólo en acontecimientos políticos, económicos o deportivos, eran, como por fascinación, transferidos por el padre Pío a un «espectáculo de Dios», de amor doloroso como es la santa misa. Es un hecho que no es fácil explicar con los comunes argumentos humanos u ordinariamente eclesiales. concreta y visiblemente lo que Juan Pablo II ha llamado el «clima de la eucaristía». Y no cabe duda de que los centenares de miles de personas que han asistido a la misa del padre Pío han percibido en ella el vértice y la plenitud de su espiritualidad. Unido al Hijo por medio de la Madre El padre Pío murió estrechando entre sus manos la corona del rosario; no podía ser de otra manera porque la imagen del padre Pío vivo era inseparable de la corona del rosario: ésta formaba parte, por así decirlo, de su misma estructura física. El rezo del rosario a la Virgen era como el tejido que unía los espacios que había vacíos entre confesar, decir misa, la vida de.comunidad y las visitas. Podía parecer como algo mecánico para un observador extraño, pero era sólo el signo visible de una realidad mucho más profunda y maravillosa. Esta realidad no era sino el amor filial, expresado en el epistolario y en el modo de hablar, con una sinfonía de apelativos bellísimos: «querida madrecita», «bella madrecita», «bella Virgen María», «bendita madre», «tierna madre», «queridísima madre», «celestial madrecita», «pobre madrecita». Es en el fondo una ternura teológica ya que María es para el padre Pío el «camino que lleva a la vida», la «vía para llegar a feliz término». Camino y vía que le llevan a combatir por la salvación: «Protegido y conducido por tan tierna madre lucharé hasta que Dios quiera, con la seguridad y confianza puestas en esta madre». Por eso, el rosario es un arma en sus manos. Camino y vía que llevan al misterio de la cruz: «La Virgen dolorosa nos alcance de su santísimo Hijo el adentrarnos cada vez más en el misterio de la cruz hasta embriagarnos con ella en los padecimientos de Jesús»; camino y vía que nos conducen al amor a la cruz: «La santísima Virgen nos alcance el amor a la cruz, a los sufrimientos, a los dolores: ella que fue la primera en poner en práctica el evangelio en toda su perfección, en toda su rigurosidad, incluso antes de que se publicara». Es esta «querida madre» la que le da conciencia de su misión en el mundo: «Salgamos con ella junto a Jesús fuera de Jerusalén, símbolo y figura... del mundo que rechaza y reniega de Jesucristo»; es ella la que le acompaña en el sacrificio. «Pobre madrecita, qué bien me quiere. Lo he constatado hermosamente de nuevo al comenzar este bello mes. Con qué cuidado me ha acompañado en el altar esta mañana». De este modo el padre Pío puede expresar así en síntesis su devoción mariana: «Me siento estrechamente ligado al hijo por medio de esta madre sin ver siquiera las cadenas que tan fuertemente me religan». «Sufrir con Jesús y como Jesús» El fundamento de la espiritualidad y la razón de un don tan insólito como los estigmas, por los cuales el padre Pío no percibía sino «confusión» y «humillación», radica en lo que él mismo expresa con desarmada simplicidad: «He sido encontrado digno de sufrir con Jesús y como Jesús». Su «vocación de corredimir» a la humanidad constituye una misión especial que ha caracterizado toda su vida: el Señor «me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será otra cosa que un martirio» (junio 1913); «el mismo Jesús quiere mis sufrimientos, tiene necesidad de ellos para las almas». Él comprende la belleza de esta misión, y para «agradar», «consolar», «complacer» a Jesús, se vacía siempre del todo en sus penas: sufrir y sufrir «sin un verdadero consuelo» para aliviar más los dolores del buen Jesús; es esta «toda la razón por la que deseo sufrir y sufrir sin recibir consuelo, haciendo de ello toda mi gloria»; «Jesús me dice que en el amor está El mismo que me ama; en los dolores, en cambio, soy yo el que lo amo a Él». La fuente inagotable de su fortaleza, generosidad y perseverancia es la cruz: «Sufro y sufro mucho, pero gracias al buen Jesús, me encuentro todavía con un poco de fuerza; ¿y de qué no será capaz la criatura cuando se siente ayudada por Jesús? Yo no deseo ciertamente sentirme aliviado del peso de la cruz, ya que sufrir con Jesús me resulta grato; contemplando a Jesús con la cruz sobre sus espaldas me siento más fortalecido y exulto con santa alegría». La meta de la vía dolorosa no es otra que el monte Calvario: «La cruz será plantada sobre el Gólgota, pero hace falta reconocer que el paso que hay que dar para colocar allí la cruz requiere todavía tiempo, y, después, para agonizar allí con Jesús, se requiere también tiempo». Y dirigiéndose a Dios con confianza temerosa de sí mismo: «Tú me has hecho subir hasta la cruz de tu Hijo y yo me esfuerzo por adaptarme a ella de la mejor manera: estoy convencido de que jamás bajaré de ella». Pero el padre Pío revela también el secreto de este sufrir con Jesús y como Jesús: «Quizá no me haya expresado bien todavía respecto al secreto de este sufrir. Jesús, varón de dolores, querría que todos los hombres lo imitasen. Ahora bien, Jesús me ofreció también a mí este cáliz; yo lo acepté para no ahorrarme nada». Y a una hija espiritual le dice la verdad desnuda: «No es la justicia, sino el amor crucificado el que te crucifica y te quiere a sus penas amarguísimas sin consuelo y sin ningún otro sostenimiento que el de las desconsoladas angustias. La justicia no tiene nada que castigar en ti sino en otros, pero tú, víctima, expías por los hermanos lo que todavía falta a la pasión de Jesucristo. Esta es toda la verdad, la sola verdad». Verdad experimentada en sí mismo: «Hijo mío, tengo necesidad de víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre; renuévame el sacrificio de toda tu persona»; «Oh qué bella cosa convertirse en víctima del amor». Pero sufrir con Jesús y como Jesús es también signo de una alternativa de vida: «Sé que sufro; pero el sufrimiento, ¿no es quizás el signo cierto de que Dios te ama? Sé que sufro; pero este sufrimiento, ¿no es quizás el distintivo de toda alma que ha escogido como su lote y heredad a un Dios, y a un Dios crucificado?». Es la misma voluntad de Jesús: «Jesús ha escogido como estandarte la cruz y, por eso, quiere que todos sus seguidores deban patear el camino del Calvario, llevando la cruz, para después expirar tendidos sobre ella». En este sentido interpreta, refiriéndose al texto paulino, el sacramento fundamental del cristiano, el bautismo: «Lo que fue la cruz para Jesucristo, esto es para nosotros el bautismo». Maestro insuperable de la espiritualidad de la pasión, el padre Pío es un pionero en orientar la vida bajo el signo de la cruz antes que bajo el esplendor de la resurrección: «Jesús glorificado es hermoso; pero aun cuando lo sea tal, me parece que lo es mayormente estando crucificado». Consumido por el amor de Dios y el amor del prójimo La espiritualidad de la Pasión tiene en el padre Pío una horma única expresada por él mismo con fuerza, de esta manera: «Me consume el amor de Dios y el amor del prójimo»; está sólidamente basada en la lógica del amor descrita en 1Jn 3:16: «En esto hemos conocido el amor, en que él dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar la vida por los hermanos». El itinerario místico del padre Pío describe esta lógica. El epistolario, sobre todo el primer volumen, documenta el misterio del encuentro de su alma con Dios que le enriquece con dones místicos empujándole al compromiso de «vivir para los hermanos» (1 enero 1921). «Me consuela saber que crecen las tempestades porque esto es señal de que se va estableciendo en ti el reino de Dios», intuye felizmente el director espiritual del padre Pío, padre Agustín de San Marcos in Lamis, en octubre de 1910. Y ya en 1912, mientras el padre Pío vive un progresivo estado de purificación interior y sufre la presencia constante de «barbablú» (el diablo), permitido sucede la fusión de su corazón con el de J «¡Oh, qué suave fue el coloquio mantenido con el paraíso en esta mañana! Fue tal que queriéndome esforzar por querer decirlo todo no podría; sucedieron cosas que no pueden traducirse en un lenguaje humano, sin perder su sentido profundo y celestial. El corazón de Jesús y el mío, permíteme la expresión, se fusionaron. No eran más dos corazones que latían sino uno sólo. Mi corazón había desaparecido como una gota de agua se pierde en el mar» (18 abril 1912). La fusión de los corazones tiene inmediata resonancia de participación en el prójimo: «Padre mío, si pudiese volar, querría hablar fuerte, querría gritar a todos con toda la voz que tengo en la garganta: amad a Jesús que es digno de amor» (28 junio 1912); y se basa en la sed de sufrir para salvar: «Él escoge las almas y entre éstas, a pesar de mi desmerecimiento, ha escogido también la mía para ayudarse en el gran negocio de la salvación humana... Esta es la razón por la que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin consuelo; en esto consiste toda mi gloria» (20 septiembre 1912). El punto de llegada de esta alma «abandonada en Dios» (29 marzo 1911), «enamorada de Dios» (6 octubre 1911) y convertida en torrente que desemboca «en el océano sin orillas del amor de Jesús» (9 agosto 1912), está indicado claramente en dos cartas de 1914, complementarias también casi por la contemporaneidad, las cuales describen «la situación que se produce entre el alma y Dios»: «Ahora es Dios mismo aquel que inmediatamente actúa y obra en el centro del alma sin el concurso de los sentidos tanto internos como externos... El alma... siente que todo su ser está concentrado y recogido en Dios... En esta situación, los sentidos, los apetitos, los deseos, los afectos, el alma toda gravita en torno a Dios con una fuerza y presteza maravillosa y lo que más extraña es que ni el alma misma advierte su propio movimiento» (9 febrero 1914). La fusión de los corazones ha sido el preludio afectivo significante, casi íntima unión con Dio tan admirablemente descrita como maravillosamente vivida. Pero he aquí cómo emerge desde el centro del alma ocupada por Dios la compasión de las miserias ajenas, en particular, respecto a los pobres necesitados. «La grandísima compasión que siente el alma a la vista de un pobre le hace nacer en su propio interior un vehemente deseo de socorrerlo, y si yo mirase a mi propia voluntad llegaría hasta despojarme finalmente de mi propia ropa para vestirlo. Si luego sé que una persona está afligida, bien en el alma o en el cuerpo, qué no haré unido al Señor para verla libre de sus males. Con tal de verla libre asumiría con gusto todas sus aflicciones, cediendo en su favor los frutos de tales sufrimientos, si el Señor me lo permitiese» (26 marzo 1914). Después de esta conquista se adentran en el alma del padre Pío las tinieblas de la «noche oscura»: «Es la alta noche para el alma... Los bellos días pasados con el dulcísimo Jesús desaparecen del todo de la mente... Para mí todo está perdido» (4 mayo 1914); «todo es desierto, todo es desconsuelo» (20 junio 1915); «todo es oscuridad en torno a mí y dentro de mí» (19 julio 1915). Una filigrana de amor doloroso atraviesa el alma desierta y oscura dando un significado de ofrecimiento al abandono: «lo que más me hiela la sangre alrededor del corazón es que muchas de tales almas se alejan de Dios, fuente de agua viva, por el solo motivo de que ellas se encuentran ayunas de la palabra divina» (20 abril 1914); «los horrores de la guerra, padre mío, me tienen continuamente en una mortal agonía. Quisiera morir para no ver tantos estragos, y si el buen Dios quisiera concederme en su misericordia esta gracia, le quedaría muy reconocido» (20 mayo 1915). El padre Pío se ofrece a Dios por su provinci«usque ad effusionem sanguin (16 febrero 1915); encuentra justa la prueba del abandono y de la «profunda noche del espíritu», porque «no es justo que en tiempo de luto nacional, incluso mundial, haya un alma que porque no esté en el campo de batalla, al lado de sus hermanos, tenga que vivir, aunque sea por un sólo instante, en la alegría» (20 junio 1915); habla frecuentemente con Jesús de la guerra y una vez recibe una señal misteriosa «¿Querrá él mismo, quizás, intervenir en el arreglo de esta conflagración mundial?» (19 diciembre 1917). Por Italia, apenas entrada en guerra, reza: «Vayan dirigidas nuestras plegarias, sobre todo, a desarmar la cólera divina para con nuestra patria... aprende, al menos... cuán dañoso es para las naciones alejarse de Dios» (7 septiembre 1914). Se ofrece víctima cada día por los pobres pecadores, «otros tantos Lázaros», y se lamenta: «Por tanto, ¿no ha sido grato al Señor el holocausto que yo le había hecho y todavía lo vengo haciendo de toda mi persona?» (17 octubre 1915). Hay que pensar que puede ser este el momento en el que el padre Pío conquista ante Dios el derecho a la «clientela mundial». Pero precisamente cuando se siente «descendido al infierno desde esta vida» (31 enero 1918), y se lamenta dolorosamente: «Estoy perdido, sí, estoy perdido en lo desconocido» (4 junio 1918), y en la carta del anonadamiento total del 19 de junio de 1918 se acusa de «no tener ni la caridad hacia Dios ni caridad hacia el prójimo» y se siente «abandonado de Dios» y «a punto de naufragar», el padre Pío es objeto de una nueva gracia maravillosa de Dios: el toque sustancial o beso de.amor Esto sucedió el 30 de mayo de 1918, festividad del Corpus Christi, y probablemente se repitió también el mes siguiente el 29 de junio, fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo. «Me sentí totalmente agitado, me llené de un terror extremo y me faltó poco para morir; después me vino una completa calma jamás antes experimentada por mí. Todo este terror, agitación y calma que se sucedían la una a la otra, fue causado en mí no por la vista sino por algo con lo que me sentí tocado en la parte más secreta e íntima del alma. No puedo decir más cosas sobre este acontecimiento». Pero, apenas descrito este toque sustancial del alma por parte de Dios, el padre Pío señala un hecho simultáneo: «Durante este acontecimiento me llegó el momento de ofrecerme todo entero al Señor con la misma finalidad que tenía el Santo Padre (cfr. MQuartus iam annu de Benedicto XV, de 9 de mayo de 1918 en el cual se pide una misa propiciatoria por la paz) al recomendar a la Iglesia entera el ofrecimiento de oraciones y sacrificios» (27 julio 1918). La experiencia mística del padre Pío revela claramente la unión indisoluble entre el amor de Dios que penetra el alma y el amor del prójimo que se vuelca en oferta total y universal hacia los hermanos. El alma del padre Pío queda así preparada para la «dura, áspera, aguda y penetrante acción» que tendría lugar el 5-7 de agosto de 1918 y sería descrita en la carta del 21 la transverberación o asalto del s «Estaba confesando a nuestros muchachos la tarde del 5, cuando de pronto todo se llenó de un terror extremo a la vista de un personaje celeste que se me aparece ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una especie de lanza semejante a una larguísima lámina de hierro con una punta muy afilada y que parecía como Con dificultad emití un gemido, sentía que moría. Dije al muchacho que se retirase porque me sentía mal y no tenía fuerzas para continuar. Este martirio duró, sin interrupción, hasta la mañana del día 7. Lo que sufrí en este período tan luctuoso, no sabría decirlo. Veía también que las vísceras eran desgarradas y como estiradas detrás de aquella arma y todo era sometido a hierro y fuego. Desde aquel día hasta hoy estoy herido de muerte». La misma carta del 21 de agosto de 1918 que define de modo ejemplar una de las cimas de la experiencia mística del padre Pío, contiene, de una parte: «la clara, real, experimental visión de mí mismo y de confirmación en la irrevocable sentencia (de condena) que quizás Dios haya dado sobre mí»; de otra, enuncia la firme convicción de que «es Dios quien obra todo esto». El amor activo de Dios se cambia en el «temor y temblor» del alma: «El asalto, avanza, avanza y avanza siempre y me hiere en el centro... ¿Qué querrá de esta criatura?» (6 septiembre 1918). Dios, percibido distintamente como «Dios-Bondad» (5 septiembre 1918), como «Dios-Amor» (6 septiembre 1918), realiza la «estigmatización», mientras el alma está convencida del «rechazo» que Dios ha hecho de ella (21 agosto 1918). El padre Pío llama más veces a la estigmatización «mi crucifixión». La estigmatización La «estigmatización» completa la herida del alma. Los primeros signos del prodigio aparecieron en el otoño de 1910; después los signos desaparecieron, pero los dolores continuaron. Su «crucifixión» tiene lugar en el coro la mañana del 20 de septiembre de 1918, después de la celebración de la santa misa, cuando «asombrado del descanso, semejante a un dulce sueño», los sentidos internos y externos con las mismas facultades del alma «se encontraron en una quietud indescriptible». Se hizo un silencio total «en torno a mí y dentro de mí; rápidamente le siguió una gran paz y el abandono a la completa privación del todo y como un descanso en la misma ruina. Todo sucedió como un relámpago». «Y mientras sucedía todo esto, me encontré ante un personaje misterioso, semejante al que vi la tarde del 5 de agosto, que se diferenciaba con éste solamente en que tenía las manos, los pies y el costado manando sangre. Su vista me aterrorizó; no sabría deciros lo que llegué a sentir en aquel instante. Creí morirme y hubiese muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostenerme el corazón, que parecía salírseme del pecho. Desaparece el personaje de la visión y yo me encuentro con que mis manos, pies y costado han sido traspasados y manaban sangre. Imagínate el desgarro que experimenté entonces y que vengo experimentando continuamente casi todos los días». La estigmatización fue comprobada como hecho de lesión anatómica de tejidos por el profesor Luigi Romanelli, director del hospital civil de Barletta, por el profesor Amico Bignami, catedrático ordinario de patología médica de la universidad de Roma y por el doctor Giorgio Festa con distintas visitas médicas entre octubre de 1919 y julio de 1925, haciendo de ello una descripción minuciosa. El hecho en sí no era puesto en discusión por los médicos, sino la génesis del hecho: de una parte está la interpretación positivista, sintetizada así por el profesor Bignami: «a) que los estigmas hayan sido establecidos artificial y voluntariamente; b) que sean la manifestación de un estado morboso; c) que sean en parte el producto de un estado morboso y en parte artificiales». De otra parte está la enérgica y razonada exposición del profesor Romanelli y del doctor Giorgio Festa a tal hipótesis interpretativa extremadamente reductiva. En 1925 el doctor Festa comprobó la permanencia de los estigmas con «los mismos caracteres que los había descrito en las primeras relaciones». Después de las decisiones tomadas por el Santo Oficio de guardar silencio sobre estas cosas, no se tuvo ocasión de examinar las llagas en modo esmerado, pero su permanencia sigue siendo atestiguada por los médicos, religiosos y laicos que las habían visto hasta pocos meses antes de la muerte del padre Pío, cuando comenzó una rápida reconstrucción de los tejidos hasta desaparecer totalmente las heridas en el momento de la muerte. Es digno de hacer notar que desde que el padre Pío tiene grabadas en su carne las señales del crucificado, una nueva angustia hizo presa en él: «Cansado y sumergido en la extrema amargura, en la desolación más desesperada, en la angustia más angustiosa, no por no poder encontrar ya a mi Dios, sino por no ganar o no ganar a todos los hermanos para Dios» (6 de noviembre 1919). Dos fuerzas se disputan el centro de su alma: «Las dos fuerzas que, en apariencia, parecen extremadamente contrarias, la de querer vivir para ayudar a los hermanos en este exilio y la de querer morir para unirme al esposo, que en estos últimos tiempos las siento agitarse superlativamente en la punta más alta del espíritu» (8 octubre 1920). El «querer ayudar a los hermanos» no se ha limitado mientras tanto a la salvación espiritual sino que ha sido algo concreto con la demanda hecha a los superiores de utilizar ofertas y de recurrir a los bienhechores «por la gloria de Dios y para alivio del prójimo» (14 junio 1920). El «vivir para los hermanos» es la «cúspide»: «Soy vertiginosamente transportado a vivir por los hermanos y consiguientemente a embriagarme y a saciarme de aquellos dolores que aún voy irresistiblemente lamentando» (1 enero 1921). Tanto que el 30 de enero pudo atreverse hasta llegar al absurdo: «Continuaré violentando el corazón divino». Poco antes de que el fin del epistolario haga caer el telón sobre el viaje del alma del padre Pío hacia Dios y hacia los hombres (mayo 1922), nos ha dejado una declaración programática: «He trabajado, quiero trabajar; he rezado, quiero rezar; he vigilado, quiero vigilar; he llorado, quiero llorar cada vez más por mis hermanos exiliados» (23 octubre 1921); y nos ofrece una representación plástica de la misión del padre Pío en el mundo: «¿Cómo es posible ver a Dios que se entristece por el mal y no entristecerse igualmente? Ver a Dios que está a punto de descargar sus rayos y para pararlos no hay otro remedio si no es alzando una mano para detener su brazo y la otra dirigirla conmovida al propio hermano, por un doble motivo: que echen de sí el mal y que se alejen, rápidamente, del lugar donde se encuentran porque la mano del juez está para descargarse sobre él» (20 noviembre 1921). La florescencia del amor El 5 de mayo de 1956 el mismo padre Pío presentaba a una desbordada multitud la «Casa Alivio del Sufrimiento», «criatura de la Providencia»: «Se ha plantado en la tierra una semilla que el Señor Dios calentará con sus rayos de amor. Un nuevo ejército hecho de renuncia y de amor está por aparecer para gloria de Dios y consuelo de las almas y de los cuerpos enfermos. No nos privéis de vuestra ayuda, colaborad en este apostolado de ayuda al sufrimiento humano..., para que esta obra no perezca por inanición, sino se convierta en la ciudad hospitalaria técnicamente adecuada a las más audaces exigencias clínicas y, al mismo tiempo, al orden ascético de franciscanismo militante. Lugar de oración y de ciencia donde el género humano se reencuentra con Cristo crucificado como una sola grey con un solo pastor». La voz de Pío XII bendecía y alababa el hospital de San Giovanni Rotondo, como «fruto de una de las más altas intuiciones de un ideal largamente madurado y perfeccionado al contacto con los más variados y más crueles aspectos del sufrimiento moral y físico de la humanidad. La obra conseguida con paciencia y tenacidad, se presenta como un magnífico acontecimiento, como uno de los hospitales mejor dotados de Italia» (8 mayo 1956). «Esta obra -decía el padre Pío el 5 de mayo de 1957-, si sólo fuese alivio de los cuerpos, sería sólo una clínica modelo», pero no, «se trata de hacer operante el amor de Dios, mediante el reclamo de la caridad. El que sufre debe vivir en ella el amor de Dios por medio de la sabia aceptación de sus dolores. En ella el amor a Dios deberá corroborarse en el espíritu del enfermo mediante el amor a Jesús crucificado que emanará de aquellos que atienden la enfermedad de su cuerpo y de su espíritu. Aquí los que están hospedados, médicos, sacerdotes serán reserva de amor, que, mientras más abundante sea en uno, tanto más se comunicará a los demás». Otra realización social del hombre «devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo» es el alivio de un sufrimiento que sangra más que una llaga, el sufrimiento de los inocentes con la institución de numerosos «centros» de asistencia a los niños minusválidos. La «catedral de la inocencia» surge también -así se ha escrito- en el ámbito de la expansión de la «Cáritas» cristiana interpretada íntegramente por el padre Pío en el doble intento de «realizar la caridad como justicia social» para con los inocentes perjudicados por la ley de la vida y de una «educación al sufrimiento», aliviado, sí, por la ciencia humana, pero que permanecerá siempre como un signo indeleble y absurdo humanamente; todo ello alcanzará significado tan sólo si se parte de una consciente visión cristiana del mundo. La urgencia de la obligación de estar cerca de cada hombre y de servir con los hechos a aquel que pasa a nuestro lado, la ha sentido y practicado el padre Pío en todos los modos y con todos los medios desde los años veinte: en 1925, debido a su interés y con los fondos recogidos entre los fieles admiradores, se levanta en San Giovanni Rotondo el pequeño «Hospital civil de San Francisco», verdadera bendición de Dios para los habitantes de San Giovanni; en los años cincuenta, bajo su estímulo, florecen escuelas maternas y un centro de formación profesional; se facilitan, desde los comienzos de su presencia en el pueblecito gargánico, medicinas, comida, ropa, alquiler de casa a los pobres enfermos y necesitados del pueblo, hospedaje en institutos a jóvenes pobres, muchachos, huérfanos, sordomudos, muebles a jóvenes casamenteros, trabajo a los parados... Al campo de irradiación benéfica de la caridad del padre Pío se debe añadir «la fuerza no estructurada e invisible, como el aire que respiramos, pero concreta e inmensa, dcaridad indire del padre Pío. En el mundo de hoy, el nombre y la realidad del padre Pío se han cllave deo en la oro para violentar amorosamente cualquier corazón humano, para ponerlo al servicio del prójimo». Finalmente, el sendero de cabras que desde el pueblo llegaba hasta el convento de los capuchinos y la antigua y pobre aldea que era en 1921 San Giovanni Rotondo han sido «recreados» en su asentamiento constructivo, social y económico por la simple presencia de un hombre de Dios. Por la caridad en el espíritu se realiza una obra específica con los «Grupos de oración» -después de las reiteradas llamadas de Pío XII a la oración comunitaria, concebida como valioso vínculo para unir las almas buenas y como reto para atraer a la salvación a las almas alejadas-, cuya finalidad quiere establecer el propio padre Pío: «viveros de fe, hogares de amor en los cuales Cristo mismo está presente cada vez que se unen por la oración y el ágape fraterno». El movimiento no tuvo siempre una vida fácil, pero la pequeña semilla evangélica ha crecido hasta convertirse en árbol frondoso y cargado de frutos: «El padre Pío de Pietrelcina -afirma Pablo VI- entre las muchas cosas buenas y bellas que ha realizado está el haber creado tan gran cantidad, un río de personas que oran y que, con su ejemplo y en la esperanza de ayudarse espiritualmente, se dedican a la vida cristiana y dan testimonio de comunión en la oración, en la pobreza de espíritu y en la energía de la profesión cristiana» (24 septiembre 1975). Los «Grupos de oración», que están extendidos por casi todo el mundo conocido, son 1.840 (hasta abril de 1981), de los cuales hay en Italia 1.599 y 241 en otras naciones. En los brazos del amor A las 2,30 del 23 de septiembre de 1968 moría el padre Pío y, continuando sorprendiendo al mundo hasta el final, d
e su mano izquierda caía la última costrilla del lugar de la herida y nos dimos cuenta que «en el costado, en los pies y en las manos no había más herid«in fede»atrices» (Informe del padre Rafael de S. Elia a Pianisi, 21 febrero 1969). La documentación fotográfica hecha en presencia de cuatro testigo«in fede del doctor Giuseppe Sala el 7 de julio de 1969) ofrece la maravilla de una piel vuelta suave, lisa, juvenil en las manos, pies y costado. Si la permanencia durante cincuenta años de heridas profundas que sangraban había traído problemas, un problema nuevo, ciertamente, planteaba su total desaparición sin dejar cicatrices. El jesuita padre Giorgio Cruchon, profesor de Psicología pastoral en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, comentaba así este hecho: «¿Qué más se querrá para aceptar la realidad de los estigmas, sobre todo si estas llagas estaban integradas en una vida totalmente dedicada a Dios y a la oración, al servicio del prójimo (y no en una vida cerrada en la sola contemplación), en una vida de fidelidad continua, sin altibajos de tipo neurótico, en una vida de paciencia y de obediencia heroica, en medio de medidas disciplinarias tomadas contra él, en una vida de caridad ejemplar en comunidad, que no quería hacer daño a nadie?». Pero quizás la clave de comprensión más segura puede estar en lo que el propio padre Pío escribía el 19 de noviembre de 1916: «Yo no deseo otra cosa que o morir o amar a Dios; o la muerte o el amor». Las heridas, signos de muerte, desaparecían ante los brazos del Amor, tendido para depositar sobre su cuerpo la «espléndida corona» prometida y para liberarlo definitivamente de estos signos externos que le sirven de confusión y de humillación indescriptible e insostenible. El cardenal Ursi, realzando el hecho insólito, lo encuadra así en la vida del padre Pío: «El padre Pío estuvo llagado en el cuerpo, como Cristo, para destruir males y sufrimientos del mundo contemporáneo, pero, rápidamente, tras su muerte, su carne, en las partes afectadas por las misteriosas heridas, creció verdaderamente, para indicar la certeza de la resurrección final, la renovación de la humanidad, que él en cierto modo preanunciaba, y también para mostrar las credenciales de su especial misión encomendada por Dios para el bien de los hermanos de atraerlos a la salvación». Su causa de beatificación fue introducida el 23 de noviembre de 1969. La amplísima documentación fue entregada a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos el 16 de enero de 1973. Y está todavía en el estudio de dicha congregación que debe también examinar todo cuanto sobre el padre Pío se encuentra en la Congregación para la Doctrina de la Fe, a fin de introducir oficialmente la causa. Mientras tanto, con conocimiento de datos y de hechos, a 28 años de la muerte del padre Pío se puede afirmar que la renovación de la humanidad continúa en San Giovanni Rotondo en torno a su tumba y en el mundo sin demasiados ruidos pero, profundamente, con la oración, la confesión, la misa y el alivio del sufrimiento. [Añadamos que el padre Pío de Pietrelcina fue beatificado por Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999, y canonizado por el mismo Papa el 16 de junio del 2002]. Fuentes biográf.-Pio da Pietrelci, Epistolari. Corrispondenza con i direttori spirituali (1 a cura di Melchiore da Pobladura e Alessandro da Ripabottoni, San Giovanni Rotondo 1Corrispondenza con la nobildonna Raffaelina Cerase (1914-1 idem 1975. III Corrispondenza con le figlie spirituali (19 idem 1977. Los tres volúmenes contienen amplias introducciones que nos dan a conocer, aunque de forma limitada, los destinatarios, origen, vicisitudes y contenidosAgostino da S. Marco in Lami, Diario a cura di Gerardo Di Flùmeri, San Giovanni Rotondo 1975. Alejandro de Ripabotton O.F.M.Cap.,Pio de Pietrelcina. Una vocación «expiat en AA.VV.«... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuc. Tomo II. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1997, págs. 321-348.
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