BEATOS FRANCISCO DE SANTA MARÍA, BARTOLOMÉ LAUREL, ANTONIO DE SAN FRANCISCO Y COMPAÑEROS MÁRTIRES
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Los beatos Francisco, Bartolomé y Antonio, de la Orden de Hermanos Menores, junto con 12 seglares japoneses, fueron martirizados en Nagasaki (Japón) en agosto de 1627, quemados vivos o decapitFrancisc nació en Montalbanejo (España), entró de joven en la Orden franciscana y recibió la ordenación sacerdotal. Pidió ir a misiones y, después de trabajar 14 años en Filipinas, pasó a Japón, en plena persecución religiosa, acompañado deBartolomé , hermano laico que había vestido el hábito franciscano en México (¿oriundo de Sevilla?), médico y catequista. Se dedicaron a atender clandestinamente a las comunidades cristianas desasistidas, y se les unió como catequista un joveAntoni,iano japonés, que profesaría la Regla franciscana estando ya en la cárcel. Con ellos fueron arrestados, encarcelados y martirizados ocho terciarios franciscanos y cuatro terciarios dominicos. El 7 de julio de 1867 fueron beatificados, con otros muchos, por Pío IX.
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El ingenio de numerosos japoneses hizo que, cuando ya la persecución contaba trece años, siguiera habiendo misioneros en el país y sitios donde poder vivir escondidos y administrando los sacramentos. Las autoridades redoblaban sus pesquisas y lograban muchas veces encontrar el escondite de los misioneros y prenderlos junto con sus hospedadores. Éste fue el caso de estos quince mártires, tres religiosos y doce laicos, que sufrieron muerte por Cristo en Nagasaki siendo o quemados vivos o decapitados. Damos los datos de cada mártir: Francisco de Santa Marí era el único sacerdote del grupo, y había nacido en la población manchega de Montalbanejo. Muy joven entró en la Provincia de San José de los franciscanos descalzos, en la que hizo la profesión religiosa y se ordenó sacerdote. Se ofreció para ir a las misiones y en 1609 marchó a Filipinas, donde trabajó con mucho celo por la conversión de los nativos y la salvación de las almas. Llevaba ya 14 años en Filipinas cuando se le propuso la posibilidad de pasar a Japón, pese a que estaba vigente la persecución y se corría un gran peligro. Hay que decir por tanto que incluyendo la perspectiva del martirio es como el P. Francisco de Santa María se ofreció para ir a Japón, a donde marchó acompañado del hermano Bartolomé Laurel. Desembarcaron ambos religiosos en una playa próxima a Nagasaki y como no tenían asignado un puesto de misión fijo, lo primero que hicieron fue enterarse de qué comunidades estaban más desasistidas, pues era su intención cubrir los puestos más abandonados religiosamente a causa de la persecución. Su vida fue, pues, itinerante, y ciudades, aldeas, caminos y bosques, altas montañas y ríos fueron los sitios por donde ambos misioneros hubieron de pasar continuamente. Tenían los misioneros la consigna de no exponer las vidas sino reservarse para poder ejercer el apostolado, ya que el martirio dejaba sin obreros el campo evangélico. Como la búsqueda policial arreciaba más, en algunas ocasiones se vieron los misioneros obligados a vivir en los bosques, únicos sitios de mayor seguridad, albergándose en pobres cabañas y pasando grandes privaciones. Pronto tuvieron una estimable compañía: un joven cristiano japonés que se había unido a ellos, profesaría, ya preso, en la Orden franciscana y se convirtió en su guía y mentor, con la garantía de pasar muy inadvertido por ser nativo. Se trataba del Beato Antonio de San Francisco, que morirá mártir con sus dos compañeros. Así pasaron cuatro años de intensa y fecunda labor apostólica. En la primavera del año 1627 estaban en la casa del Beato Gaspar Vaz el P Francisco y el Hno. Laurel junto con un grupo de cristianos para celebrar allí la eucaristía. Un apóstata se enteró y avisó a la policía. Ésta llegó con presteza y rodeó la casa, y todos hubieron de entregarse. No estaba fray Antonio, pero al enterarse de la detención acudió a declarar su cristianismo y quedó igualmente preso. Fueron todos llevados a la cárcel y allí se dedicaron a la oración, animándose mutuamente a permanecer firmes en la fe. Juzgados, se les condenó a muerte: los dos misioneros extranjeros y otros cristianos serían quemados vivos y los demás decapitados. Bartolomé Laurel es tenido por mexicano, generalmente, pero la archidiócesis de Sevilla, cuando su beatificación en 1867, alegó que en realidad Bartolomé Díaz, apodado Laurel, había nacido en el Puerto de Santa María, provincia de Cádiz y diócesis de Sevilla, y que había marchado a México cuando muchacho, y por ello lo agregó a su propio de los santos, lo que igualmente hizo en 1980 la diócesis de Jerez, cuando se constituyó, al quedar el Puerto de Santa María dentro de la diócesis jerezana. Buscado en el archivo parroquial de la iglesia mayor del Puerto, única existente entonces, un Bartolomé Díaz, apodado Laurel, no aparece, pero ello es lógico si Laurel era un apodo como alegan los escritores hispalenses, pero sí aparece un Bartolomé Díaz en 1593 que podría ser nuestro beato. Tras marchar a México en la niñez, se establece en la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, y en el «Libro de profesiones» del convento franciscano de dicha población, que se conserva, está registrada su profesión: «Hoy, 18 de octubre de 1617, ha profesado solemnemente la seráfica regla el joven Bartolomé Díaz, llamado también Laurel». Profesó como hermano lego y no mucho después se ofreció para las misiones, marchando a Filipinas en 1619. Establecido en el convento de su Orden en Manila, se dedicó al estudio del japonés y a la práctica de la medicina y la enfermería. El convento tenía anejo un hospital en el que se daba acogida a los marineros y comerciantes japoneses que arribaban enfermos a la ciudad. Allí practicó la lengua japonesa y la enfermería, llegando a ser un notable profesional. En 1623 llegó la hora de su ida al Japón, siendo asignado como compañero y ayudante del P. Francisco de Santa María. Se le ha llamado guía y vanguardia del P. Francisco, porque era Bartolomé quien programaba los viajes y actividades, y porque junto con el hermano Antonio de San Francisco estudiaba cuáles eran los sitios más seguros para conducir allí al sacerdote sin peligro. Se adelantaba él muchas veces a aquellos lugares, y llevaba personalmente sobre sus hombros el fardo con los ornamentos y enseres del culto divino. Él y fray Antonio se encargaban también de las primeras lecciones de catecismo a los catecúmenos, quedando para el sacerdote la preparación más inmediata. Estos cursos de catequesis eran breves porque breves tenían que ser las estancias de los misioneros, pero suplía el fervor lo que el tiempo no daba de sí. Igualmente preparaban a los niños y a los demás cristianos a la recepción fructífera de los sacramentos. Atendía también a domicilio a los enfermos cristianos, y, cuando era llamado, también a los paganos, corriendo por caridad un grave peligro. Consta el amor que ponía fray Bartolomé en la preparación de los niños a la primera comunión. Antonio de San Francisc, cuyo nombre nativo no hallamos en las fuentes, era un cristiano japonés que, pese a la persecución, se había ofrecido para ser catequista y que, cuando llegaron a Japón en 1623 el P. Francisco de Santa María y el Hno. Bartolomé Laurel, quedó unido a ellos en su labor apostólica. Primero siguió ejercitando a su lado la labor catequética, y luego, viendo la santidad de ambos religiosos, se sintió inclinado a compartir con ellos la profesión de la Regla franciscana y le pidió al P Francisco que lo admitiera, lo que el padre haría posteriormente. Continuó a su lado e hizo con ellos los trabajos que hemos relatado más arriba. Cuando en la primavera de 1627 fueron ambos religiosos arrestados con un grupo de cristianos, Antonio, que estaba en una casa vecina, sintió el ruido formado por los guardias y entonces salió a ver qué pasaba. Vio que se llevaban a los misioneros y a los cristianos reunidos para la misa. Movido del íntimo deseo del martirio, corrió a casa del gobernador y le dijo estas palabras: «Vos tenéis una multitud de espías, delatores o verdugos; considerables son las recompensas prometidas a los delatores. Pues ahora está aquí un delator que viene a denunciar a un adorador de Cristo. Este adorador soy yo, que desde hace muchos años me dedico a sostener a los fieles y a convertir a los paganos, muchos de los cuales han sido convertidos a la fe [...]. Quiero de vos la recompensa por mi delación, la de ser asociado a mi querido padre y a mis queridos hermanos en la prisión, los padecimientos y la muerte». Arrestado en el acto, fue enviado a la cárcel con los demás, y viendo seguro el martirio, reiteró al P. Francisco su deseo de ser franciscano, a lo que el padre accedió y le permitió, en tan especiales circunstancias, profesar la regla franciscana. Fue condenado a ser quemado vivo. Gaspar Vaz y su espoMaría eran un matrimonio sinceramente cristiano, cuya casa estaba siempre abierta a la acogida de los misioneros. Ambos eran terciarios franciscanos. Gaspar hizo una casa especial para los religiosos y la registró a nombre de su amigo Cufioye que en la cárcel se haría cristiano y moriría mártir. Descubiertos y arrestados, se hizo todo lo posible por lograr su apostasía, pero ellos permanecieron firmes en la fe, y así fueron condenados a muerte. Gaspar fue quemado vivo y María decapitada. Magdalena Kiyota era una mujer de clase alta, pariente del rey de Bungo. Era terciaria dominica y al quedar viuda se dedicó por entero a Dios haciendo los votos de pobreza, castidad y obediencia ante el Beato Domingo Casteller y realizando innumerables obras de caridad. Tenía en su casa un oratorio donde los sacerdotes decían misa discretamente. Descubierta como cristiana, confesó la fe con valentía hasta dar la vida por Cristo. Cayo Jiyemon o Xeimon nace en Coray, en las Islas de Amacusen. Su inquietud religiosa le llevó a ser bonzo, pero cuando conoció el cristianismo se convirtió a Cristo y se hizo terciario dominico. Fue un buen catequista y fervoroso cristiano. Fue quemado vivo. Francisca , llamadPinzokere , era una virtuosa viuda, terciaria dominica, que vivía con gran recogimiento y modestia, y tenía un oratorio en su casa. Arrestada, mostró gran serenidad en su detención. Fue quemada viva. Francisco Kurobioye era natural del distrito de Chicungo y fervoroso cristiano. Muy unido a los religiosos dominicos, a los que sirvió como catequista y ayudante, fue acusado de hospedar a los misioneros. Rehusó firmemente la apostasía. Fue decapitado. Francisco Kuhioye oCufioye había nacido de familia pagana en el distrito de Chicungo. Vivía de forma honesta y trabajaba de carpintero cuando conoció al Beato Gaspar Vaz y se hizo amigo suyo. Le permitió registrar a su nombre una casa destinada a albergar a los misioneros. Descubierta la casa, fue acusado de no delatar a los misioneros y llevado a la cárcel. Aquí convive con los misioneros y cristianos detenidos, lo que le lleva a pedir el bautismo, que tras la oportuna instrucción le administró el Beato Francisco de Santa María, tomando el nombre cristiano de Francisco. Se inscribió en la Orden Tercera de San Francisco. Fue quemado vivo. Luis Matsuo Soyemon(Matzuo Someyon) era un cristiano fervoroso, terciario franciscano y que ponía su casa al servicio de los misioneros. Descubierto, fue arrestado e impelido a apostatar, a lo que se negó tenazmente. Fue decapitado. Martín Gómez usaba, como otros mártires, apellido español, pero era un cristiano japonés fervoroso y terciario franciscano, que daba hospitalidad generosa y valientemente a los misioneros, por lo que fue arrestado y encarcelado. Resistió las llamadas a apostatar y murió decapitado. Tomás Wo Jinyemonera un vecino de Nagasaki, cristiano fervoroso y terciario franciscano, a quien se sorprendió teniendo en su casa a misioneros. Arrestado y preso, se negó a apostatar. Fue decapitado. Lucas Kiyemon era hijo de una familia acomodada de Fingen, donde había nacido en 1599. En Meaco conoció a los franciscanos, se hizo cristiano y terciario franciscano. Muertos sus padres, reparte su pingüe fortuna entre los pobres y dota el hospital para pobres que tenían en Meaco los religiosos y se puso a prestar en él sus servicios. También colaboraba en la catequesis. Cuando llega la persecución en 1614 es exiliado pero vuelve en 1618 y se instala en una casita junto a la del Beato Gaspar Vaz, fabricando un escondite para los misioneros. Arrestado al mismo tiempo que Gaspar, se le acusó de no delatar a los misioneros. Se negó a apostatar. Fue decapitado. Miguel Kizayemon o Kirayemon, nacido en Conga, fue abandonado por sus padres. Un mercader español lo recibe y hace su criado y se lo confía al franciscano Francisco de Rojas, que lo instruye en el cristianismo y lo hace bautizar, inscribiéndose luego en la Orden Tercera de San Francisco. Pasa luego a vivir en Nagasaki con el Beato Lucas Kiyemon, trabajando como carpintero. Hizo magníficos escondites para los misioneros. Descubierto y apresado, se mantuvo firme en la fe cristiana. Fue decapitado. Todos estos mártires fueron beatificados el 7 de julio de 1867 por el papa Pío IX. J. L. Repetto BeteAño Cristiano. VIII, Ago. Madrid, BAC, 2005, pp. 1002-1007] .BEATO FRANCISCO DE SANTA MARÍA Y COMPAÑEROS MÁRTIRES DE JAPÓN ( 1627) Después de la persecución de 1597, que dio al Japón el selecto grupo de 23 mártires guiados por San Pedro Bautista (6 de febrero), la Iglesia pudo disfrutar de un período de gran fervor bajo el emperador Cubosama y pudo difundirse ampliamente. Una de las características del apostolado de los misioneros en tierras del Japón era el rodearse de activos colaboradores para el apostolado y las diversas necesidades. Los japoneses, al poseer perfectamente la lengua, conociendo las instituciones y las costumbres de los diversos lugares, eran una preciosa vanguardia de los misioneros. La catequesis de niños y de adultos en el período del catecumenado como preparación para el bautismo generalmente era confiada a catequistas japoneses. La asistencia a los enfermos en los hospitales o en las casas privadas, la ayuda a los pobres, los orfanatos para acoger a los niños abandonados o sin padres, eran encomendados a estos maravillosos cristianos, que repetían en el Japón los prodigios de los cristianos de la primitiva Iglesia. Los mejores catequistas, los más formados espiritualmente, los que mostraban indicios de vocación, eran admitidos a la Tercera Orden o, inclusive, a la Primera Orden. Y así más ligados al apostolado misionero e imbuidos del espíritu franciscano trabajaban con mayor diligencia. Muchos de ellos fueron mártires por su fe. Por otra parte, la obra de los franciscanos y de los jesuitas en el Japón se amplió con la apertura de esta misión a otras órdenes religiosas, entre ellas la de los agustinos y la de los dominicos. La rabia de los bonzos logró todavía influir, con amenazas y engañosos motivos políticos y económicos, en el corazón del emperador, que en 1614 publicó un edicto con el cual proscribía la religión católica, expulsaba a todos los misioneros, ordenaba derribar las iglesias y condenaba a muerte a cuantos persistieran en su fe. Fue un inmenso incendio de fuego y sangre que se abatió sobre la floreciente Iglesia, que contaba entonces con más de dos millones de fieles. Se ensayaron suplicios de toda clase en el lapso de unos 18 años, sin respetar ninguna edad ni clase social. Entre estos innumerables héroes de la fe se pudieron recoger las actas de los 205 mártires que fueron beatificados por Pío IX en 1867, pertenecientes a las órdenes de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y San Ignacio. A la Orden de San Francisco pertenecen 45, de los cuales 18 a la Primera Orden, 15 a la Tercera, y los demás son familiares y amigos de ellos. A continuación nos referimos a los martirizados en Nagasaki el mes de agosto de 1627. Beato Francisco de Santa Marí. Franciscano de la Primera Orden, sacerdote y mártir en Japón. Es nativo de Montalbanejo, provincia de Cuenca, España. Siendo joven fue admitido en la Orden de los Hermanos Menores, donde fue admirado por sus hermanos en religión a causa de sus virtudes y su inteligencia. El amor de Dios y de las almas lo movió a ofrecerse como misionero para dedicar su vida a la conversión de los infieles. En 1623, junto con el franciscano mejicano Bartolomé Laurel, llegó a Japón, donde desarrolló una dinámica actividad apostólica. Tuvo la fortuna de encontrar un óptimo catequista a quien en la cárcel podría luego recibir en la Orden de los Hermanos Menores en calidad de hermano, y que luego también lo acompañaría en el martirio: el Beato Antonio de San Francisco. Francisco de Santa Marta pudo realizar un inmenso trabajo con su valeroso catequista, siempre lleno de celo, de valor y de espléndidas iniciativas, asiduo en la asistencia a los enfermos. Con otros terciarios bien formados espiritualmente tuvo la alegría de bautizar a muchos paganos. Un día en Nagasaki era huésped del terciario Gaspar Vaz junto con Fray Bartolomé Laurel y algunos terciarios, cuando un grupo de guardias irrumpió en la casa y arrestaron a los dos religiosos y a ocho terciarios, incluidos Gaspar Vaz y María su mujer. Mientras eran conducidos a la prisión encadenados, un joven japonés se enfrentó con valor al gobernador para reprocharle su crueldad y ofrecerse a El Beato Francisco, después de indecibles sufrimientos, sostenido e iluminado por la fe y la esperanza del cielo, fue quemado vivo el 16 de agosto de 1627 en Nagasaki, en la Santa Colina. Beato Bartolomé Laurel . Religioso profeso de la Primera Orden franciscana y mártir en el Japón. Era nativo de México. Siendo joven vistió el hábito y profesó la Regla de San Francisco en calidad de religioso no clérigo. Se hizo compañero y amigo inseparable del Beato Francisco de Santa María, con quien en 1609 llegó a Manila (Filipinas), y de allí en 1622 arribó a las costas del Japón, donde trabajó intensamente como catequista. Atendió a la asistencia de los enfermos en los hospitales, trabajó también como médico; preparaba a los fieles a recibir los últimos sacramentos y a los paganos a abrazar la fe cristiana. Dio continuos ejemplos de humildad, mortificación, modestia y celo apostólico. Un día en Nagasaki era huésped de la familia de Gaspar Vaz junto con el Beato Francisco de Santa María y otros terciarios. La policía irrumpió en la casa y los arrestó; encadenados, fueron conducidos a la prisión. Bartolomé Laurel, después de indecibles sufrimientos iluminados por la fe y el amor a Cristo, fue quemado vivo el 16 de agosto de 1627 en Nagasaki, en la Santa Colina. Beato Antonio de San Francisc. Religioso profeso de la Primera Orden franciscana y mártir en Japón. Era japonés de nacimiento y de nacionalidad. Fue catequista del Padre Francisco de Santa María y terciario franciscano. Desarrolló incesantes obras de caridad entre los cristianos y los paganos de Nagasaki, los visitaba y asistía al Padre Francisco en su laborioso ministerio apostólico. No estaba presente cuando fue apresado el misionero en la casa del Beato Gaspar Vaz, pero, avisado, corrió a donde el gobernador para enfrentarlo, gritándole: "Tú tienes una multitud de espías y verdugos. Considerables son las recompensas prometidas a los delatores. Pues bien, aquí delante de ti tienes un delator que viene a denunciar a un adorador de Cristo. Ese adorador soy yo, que hace muchos años me ocupo sin descanso en apoyar a los fieles y convertir a los paganos, muchos de los cuales han sido conducidos a la fe. Quiero que me des la recompensa por mi delación; quiero ser asociado a mi querido padre y maestro y a mis queridos hermanos en la prisión, en los padecimientos y en la muerte". Antonio fue escuchado de inmediato, y en la prisión vio realizado otro ardentísimo deseo suyo, el de ser recibido en la Orden de los Hermanos Menores. Con vivísima alegría fue admitido al noviciado, cumplido el cual hizo la profesión en manos de su "padre y maestro de novicios", el P. Francisco de Santa María, en calidad de religioso no clérigo. En la historia de la Orden Franciscana quizás es de los pocos casos de una admisión, un año de noviciado y una profesión cumplidos en la cárcel. Este valeroso cristiano, fiel catequista y ardiente franciscano, junto con otros dos religiosos y quien lo hospedaba, el Beato Gaspar Vaz, consumó su martirio en el fuego, mientras María Vaz y otros terciarios fueron decapitados. La constancia de estos intrépidos atletas dio un solemne testimonio de la fe y dejó pasmados a los mismos paganos. En esta misma ocasión fueron muertos por odio a la fe algunos niños de tres y de cinco años, hijos de Gaspar y María Vaz. Sus nombres no aparecen en el decreto de beatificación. Su martirio tuvo lugar en Nagasaki en la Santa Colina o Monte de los Mártires, consagrado ya con la sangre de una multitud de mártires. Antonio de San Francisco sufrió el martirio el 17 de agosto de 1627. Beatos Gaspar Vaz, María Vaz y Juan Romano . Mártires, japoneses nat
ivos, de la Tercera Orden de San Francisco ( 1627-1628). Los esposos Gaspar yMaría Vaz habían dedicado su vida a la mayor gloria de Dios y a la evangelización de los fieles. Su casa se había convertido en otra casa de Betania, donde los tres hermanos, Lázaro, Marta y María, acogieron muchas veces a Jesús y a los apóstoles, con gran cordialidad. También la casa de Gaspar y María acogía a menudo a los misioneros y a los cristianos para alojamiento, comida, reuniones de fieles, celebración de la Eucaristía, etc. Así como en Roma las catacumbas acogieron a los primeros cristianos perseguidos, así durante la persecución del Japón los fieles se recogían en la casa de esta familia. Pero un día un traidor los denunció ante las autoridades. Fueron arrestados junto con sacerdotes y fieles, encerrados en una dura prisión y luego condenados a muerte. También ellos subieron a la Santa Colina, Calvario de su inmolación. Por Cristo y su fe sufrieron el martirio: Gaspar fue quemado vivo, María fue decapitada. Así juntos los dos heroicos esposos de la Betania de esta tierra, alcanzaron la Betania del cielo, ejemplo sobre todo para los esposos en un plan de vida dedicado a la caridad y a la hospitalidad. Juan Romano , también japonés perteneciente a la Orden Franciscana Seglar, era fervoroso colaborador de los misioneros franciscanos. Los acompañaba en sus desplazamientos como catequista, asistente en las obras de caridad que florecían al lado de la misión. Los hospedaba en su casa y ponía a su disposición su propia barca para trasladarlos a las diversas islas. Junto con otros fieles, fue arrestado, maniatado y llevado a la cárcel de Omura, donde permaneció varios meses. La mañana del 8 de septiembre de 1628 fue sacado de la prisión, conducido a Nagasaki, donde en el Calvario japonés, la Santa Colina, nuevamente fue invitado a apostatar: "Estoy dispuesto a morir mil veces antes que traicionar mi fe y a Cristo a quien amo intensamente. Jamás me separaré de él". Junto con otros compañeros de martirio fue decapitado. De la tierra llegó al cielo, donde vive en la gloria de Dios. Beato Martín Gómez . Terciario franciscano y mártir en Japón. Japonés de nacimiento y de nacionalidad, estaba inscrito en la Tercera Orden de San Francisco. Su padre era portugués, su madre japonesa. Había dado hospedaje a los misioneros cristianos, por lo cual fue arrestado y condenado a muerte, pues las disposiciones del gobierno prohibían absolutamente esta actividad. Invitado a renegar de su fe, rehusó enérgicamente hacerlo, afirmando que ni la muerte lo podría apartar de aquella fe tan profundamente arraigada en su corazón. El 17 de agosto de 1627 Martín Gómez fue llevado de la cárcel a la santa colina, donde junto con otros compañeros fue todavía invitado a renegar de su fe, pero todos permanecieron inconmovibles en la profesión de su religión. Fue decapitado y su alma coronada por la aureola del martirio voló a la gloria del cielo. Beatos Miguel Kizaemon y Lucas Kiiemon . Japoneses, mártires, de la Tercera Orden Franciscana. Miguel nació en Conga, de padres japoneses, los cuales desde pequeño lo abandonaron. Fue acogido por los cristianos y confiado a la Santa Infancia, donde recibió el bautismo y una educación cristiana. De joven, fue entregado a un mercader español. Más tarde, pasó a la misión y fue acogido por el franciscano padre Rojas, quien lo inició en los estudios, lo hizo su catequista, y, a petición suya, lo inscribió en la Tercera Orden Franciscana. De Boniba, a donde había ido por motivos catequísticos, regresó a Nagasaki junto con su queridísimo amigo, también él activo catequista, Lucas Kiiemon, con quien trabajó para la gloria de Dios y el bien de las almas de 1618 a 1627. En tiempos de la furiosa persecución religiosa, dada la pericia que tenían como carpinteros, trabajaron en la construcción de refugios para esconder y salvar a los misioneros. Por estas múltiples actividades suyas, fueron reconocidos como cristianos, arrestados y llevados a la cárcel, donde pasaron varios meses. El 16 de agosto de 1627 fueron sacados de la cárcel, llevados a Nagasaki y conducidos hasta la colina santa o monte de los mártires. Allí fueron decapitados y así, con la palma del martirio, alcanzaron la gloria del cielo. [Extraído dG. Ferrini - J. G. RamírSantos franciscanos para cada . Santa María de los Ángeles-Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 304-305, 307-308, 331, 340 y 359-360]
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SAN FRANCISCO SOLANO (1549-1610)
por José Tudela
Nació en Montilla (Córdoba) y murió en Lima. De hidalga familia, tomó el hábito de San Francisco en su ciudad natal a los veinte años. Pasó al convento de Santa María de Loreto, junto a Sevilla, donde estudió filosofía y teología. Se ordenó de sacerdote y fue maestro de novicios en Arruzafa y San Francisco del Monte y luego se dedicó ardientemente a la predicación y a la caridad, sobre todo en época de epidemias, en Andalucía. Quiso ir a Berbería, pero al saber que se pedían frailes de su Orden para el Perú, logró se le incluyese entre éstos, yendo allí en 1589, con la armada que llevó el virrey marqués de Cañete. En la travesía de Panamá al Callao naufragó, permaneciendo sobre restos flotantes de la embarcación tres días, hasta que fue salvado. Aprendió lenguas indígenas, se dedicó a doctrinar los indios, recorriendo durante catorce años grandes territorios en Tucumán y Paraguay y siete en los del Perú, Chile, siendo amado y respetado por los indios. Nombrado prior de los descalzos de Lima, rehuyó el cargo, marchando a Trujillo; pero elegido guardián del convento grande de Lima, tuvo que permanecer en él, hasta que, a sus insistentes ruegos, fue dispensado de desempeñarlo, aunque permaneció en la ciudad dedicado a la predicación y a la reforma de las costumbres. Por la austeridad de su vida y ardiente caridad, túvosele en Lima, en vida, gran veneración, acrecentada con su muerte. Su cadáver fue llevado en hombros del virrey, el arzobispo y las personas más representativas de Lima y sepultado en la capilla de la cripta, debajo del altar mayor de San Francisco. Iniciadas las informaciones canónicas y traspasadas a Roma, fue beatificado en 1675 y canonizado en 1726, año en que, con grandes fiestas, se le nombró patrono de Lima y de muchas ciudades de Sudamérica. A semejanza de San Francisco Javier, apóstol de las Indias orientales, San Francisco Solano es llamado el apóstol de las Indias de Occidente y más exactamente, el apóstol de la América meridional. José TudelaSan Francisco Sola,o en AA. VV.,Diccionario de Historia de E.paña Madrid, Revista de Occidente, 1952, Tomo II, pp. 1198-1199.
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SAN FRANCISCO SOLANO (1549-1610)
por Rubén Vargas Ugarte, s.j.
De los tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mundo, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su paso. San Luis Beltrán no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta, evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años volvióse a España. San Pedro Claver se encerró dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente. Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecillo de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo. Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano, «no hermoso de rostro, moreno y enjuto», como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja. Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y en 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad. Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Ciérrase entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde estaba la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para unirse a su Señor.
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El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió de llegar Solano a fines del mes de junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en su compañía. Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el Callao. La navegación desde Panamá hasta aquel puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año. Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica, fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco, como él decía, le había dado aquel hábito y él también se lo había de devolver. Por más de dos meses hubieron de permanecer los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima. Cruzó aquella costa desierta, interrumpida a veces por los valles que riegan los ríos que bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo.
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Solano ardía en deseos de pasar a las Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo, atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Hab.a que transmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo y de las rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las almas? En noviembre de 1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su catedral carecía de ornamentos decentes y no tenía cómo poder levantar el seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor; finalmente, la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y Tucumán, aunque en el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el momento en que Solano arriba a esas tierras. Muy escasa es la documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú. La labor del misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena, receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés leTonocote y uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus oyentes le entendían como si les hablara en la propia. El Santo se impuso a aquellas mentes casi infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo de 1593 Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros: les cautiva y le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. El cura Núñez no dice esto. Sus palabras textuales son: «Los retuvo a todos hasta que fueron bautizados». Solano no podía desconocer lo que habían ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones, la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero, la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas. En todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su santidad. Cítanse las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del padre Solano que allí brotaba copiosamente. En el año 1601 los superiores le llaman al Perú. Querían servirse de él para la nueva recolección de Nuestra Señora de los Angeles, que estaba a punto de fundarse en Lima. Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa de aquella ciudad. Su humildad no acepta el cargo de guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a la recoleta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas por un terremoto, de modo que aquella noche hubo que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a gritos confesión. La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y, como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo, recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad de los habitantes. En lo sucesivo su vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima, donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que por el desgaste natural del organismo, fallece el día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde se resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726. Rubén Vargas Ugarte, S.I., San Francisco Sol, enAño Cristian, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 125-133.
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SAN FRANCISCO SOLANO (1549-1610) Apóstol de Perú y de Argentina
por Julián Heras, o.f.m.
Gran apóstol de América del Sur y especialmente de Perú, en cuya capital, Lima, está enterrado, San Francisco Solano nos trae el ejemplo de tantos misioneros franciscanos y de otras congregaciones, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo. Acabada la conquista del gran imperio incaico, que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y el noroeste de Argentina, los misioneros de las distintas Ordenes religiosas iniciaron la evangelización de estos extensos territorios. En Perú el trabajo fue comenzado en 1531 por dominicos y franciscanos; más tarde llegan los agustinos, mercedarios y jesuitas, sin olvidar al clero secular que también participó en este apostolado. Desde Perú se extendió el cristianismo por todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia y Tucumán. En tierras del Plata la cristianización floreció cuando en 1547 se estableció por el Chaco el enlace con Perú. A fines del siglo XVI se incluyeron también en el trabajo misional Paraguay y Uruguay. Al crecimiento exterior de la Iglesia correspondió el interior. Se celebraron los primeros concilios provinciales y se dieron las primeras normas pastorales para la catequesis indígena. Con ese fin se instituyeron las llamadas "doctrinas" o parroquias de indios. Se publican los primeros catecismos y el mismo Concilio Limense de 1567 hizo obligatorio para los misioneros el aprendizaje de las lenguas indígenas. Los obispos más celosos, como santo Toribio de Mogrovejo, se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban años, sus inmensas diócesis. En esta primera hora de la evangelización, estuvo en primera línea la Orden franciscana; entre los muchos nombres de esta Orden que habría que rescatar del olvido, la figura de san Francisco Solano puede representar a todos ellos, ya que trabajó en casi todos los territorios arriba mencionados. Perfil biográfico Verdadero apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, san Francisco Solano no sólo recorrió gran parte de Perú de entonces, sino también otros cinco países de América del Sur.
Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba). Sus padres eran acomodados y, cuando el niño estuvo en edad escolar, lo entregaron a los jesuitas. Allí aprendió las primeras letras y sintió despertarse su vocación. A los veinte años decide vestir el hábito franciscano y acude al convento de San Lorenzo de su pueblo natal. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años más tarde deja Montilla y se traslada al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1576. Por su afición a la música, que cultivó toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Llega el año 1589 y solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito. Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Perú, don García Hurtado de Mendoza, Francisco Solano aprovecha para predicar a la tripulación; pasa por las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a Lima en 1590, atravesando los ardientes arenales de la . . costa norte de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio de Mogrovejo. Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo viaje en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán. Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración. En 1595 los superiores de Lima, de quienes dependía, lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de la ciudad de Lima. Sólo por obediencia acepta el cargo, dedicándose de lleno a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años después, el comisario, padre Juan Venido, lo envía a la ciudad de Trujillo (1602) en calidad de Guardián. Pero en 1604 vuelve de nuevo a la Recolección de Lima; ese mismo año, en diciembre, abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, pero hubo de ser advertido que en adelante no saliera así. Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le fueron restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería del convento de San Francisco de Lima, donde tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo. El mismo año de su muerte comenzaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron, en Lima, además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías. Significado para nuestro tiempo Al repasar la vida de este santo y la de otros misioneros de su tiempo, deberíamos pensar qué espíritu los guiaba en sus afanes apostólicos. La respuesta no puede ser otra que la de extender el Reino de Cristo en la Tierra. Su ejemplo nos incita a nosotros, cristianos del siglo XX, a proseguir con el mismo empeño aquella tarea misional comenzada por ellos y no acabada aún en nuestros días. Ese será el mejor homenaje que les podemos tributar en la celebración del V Centenario de la Evangelización de América. Her, Julián, O.F.San Francisco Solano. Apóstol de Perú y de Arg,ntina en R.Ballán Misioneros de la primera hora. Grandes evangelizadores del Nuevo M. Lima 1991, pp. 145-148.
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BEATO GIL DE ASÍS (1190-1262)
por Daniel Elcid, o.f.m.
Gil de Asís es el tercer compañero de San Francisco, que se le unió en abril de 1208 y perteneció al grupo de los íntimos del Pobrecillo. Hombre de gran experiencia mística y de ingenio natural penetrante, ejerció como cierto magisterio espiritual entre sus hermanos; sus sentencias (Dichos) están llenas de tino ascético y de buen sentido. En su juventud, trabajó y viajó mucho, sin descuidar la oración; de mayor, a partir de 1226, la contemplación y la vida mística fueron llenando más y más su existencia. Murió en Monteripido-Perusa en 1262. Aprobó su culto Pío VI en .777 Fray Gil es realmente arquetípico del franciscanismo primitivo. Sabatier lo define como «vivo ejemplo de los franciscanos de los primeros días», y, «después de San Francisco, la más hermosa encarnación del espíritu franciscano» (1). Es también el único de los primitivos compañeros del Pobrecillo que ha subido a los altares. Y, aun antes de haber sido beatificado, San Buenaventura lo llama «el santo padre Gil, varón lleno de Dios y digno de gloriosa memoria» (LM 3,4). Para escribir sobre él hay más material que sobre todos los otros compañeros primVida es con mucho la de más páginas, y la edición de sus famosDichos forma un volumen apreciable (2). Lemmens, Fortini y Matanic dan fe a la afirmación de Salimbene de quVida delor de la hermano Gil es el propio hermano León de Marignano -secretario del mismo San Francisco-, al menos de una de lasVi. El tal de esa hermano León conservaba con aprecio muchos deDichos, y «consideraba e invocaba al hermano Gil como un santo». Una figura original Reduciré mi atención a presentarlo como ejemplo de la actitud franciscana en el trabajo y en la oración, soslayando otros aspectos de su rica personalidad. Pero, antes de abordar el tema, creo conveniente una presentación del personaje. Lo conocemos bien. «De todos los compañeros de Francisco, fue Gil el de carácter más original» (Cuthbert). De «purísimo héroe del ideal franciscano» lo califica Fortini. «La vida de Gil se impuso desde un principio. Era a la vez tan original, tan alegre, tan espiritual y tan místico, que, hasta en los relatos menos exactos y más ampulosos, su leyenda ha permanecido limpia de toda adherencia». Este juicio de Sabatier es ya una definición. Pero la mejor se la dio él mismo, con este aforismo que le dijo a otro: « Si quieres hallar gracia, sé ingenioso, respetuoso y amable, llano y dulce». Como él lo fue, cayó en gracia ante Dios y ante los hombres. Esos cinco adjetivos -o sus sinónimos- nos van a servir para delinear su retrato.
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De que fuingenios no le va a quedar duda al lector. Sus refranes se hicieron célebres, por agudos y por certeros: para quienes se los oyeron, llegaron a ser «las palabras de oro del hermano Gil»; y, cuando querían ponderar la garantía de una de esas enseñanzas, decían: «porque es del hermano Gil». Aludiendo quizá a esos refranes, San Buenaventura dice que el hermano Gil era «simple en la palabra, pero no en la sabiduría». Y Matanic, de quien tomo la cita precedente, teje por su parte los siguientes elogios: «A pesar de su "palabra simple", su expresión es frecuentemente pintoresca y aguda; los mismos Dichos son gustosísimos y llenos de buen sentido sobrenatural, con estilo paradójico y de corte evangélico. Cantini ha escrito que, a base de los Dicho del hermano Gil, se podría construir todo un sistema de ascética. Es cierto que contienen una espiritualidad densa y original». «Gil habla con el lenguaje simple, que sabe encontrar el camino del corazón» (Fortini). Además, esos refranes nos dan elementos importantes para conocer su psicología: muestran y demuestran que el mirar tanto hacia el cielo -como lo veremos- no le despegaba los pies de la tierra; resulta llamativa su observación de la naturaleza, de la realidad, de las costumbres. De todo se aprovechaba él para el ejercicio espontáneo de su agudeza mental, y de ésta para sus refraneras enseñanzas. Como muestra, voy a adelantar un par de ejemplos, sobre una materia que luego no voy a tocar. -- ¿Cómo podemos precavernos de los vicios de la carne? -le pregunta un compañero. Y él le responde: -- Mira: si uno tiene que mover enormes piedras o transportar grandes troncos, más que la fuerza tiene que ejercitar el ingenio. Pues aquí igual. Y prosiguió: -- Todo vicio lesiona la castidad. La pureza es como un espejo nítido, que un simple vaho lo empaña. Imposible es que el hombre llegue a placer a Dios mientras él se plazca en los placeres de la carne. Quien vence a la carne, vence a todos sus adversarios y logra todo bien. Tanto ponderaba este hermano Gil la castidad, que un día se le acercó un casado y le preguntó: -- Yo me abstengo de todo trato con mujeres, menos con la mía. ¿Me basta? No sé qué acento llevaría esa consulta, pero el hermano Gil le respondió preguntándole: -- ¿Crees tú que uno no se puede emborrachar con el vino de su cuba? Le estaba quizá recordando la enseñanza del Apóstol: «Que sepa cada uno controlar su cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión, como los paganos que no conocen a Dios» (1Th 4:2-5).
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El ejercicio de su agudeza mental no le impedía -¡coshumilde-. Lo era, primero y sobre todo, porque tenía conciencia de estar siempre en la presencia de la Divina Majestad. Miraba a Dios, se miraba a sí mismo, y salía por parábolas, como ésta: «Un gran rey no pondría a su hija de viaje sobre un caballo sin domar, nervioso y coceador, sino sobre uno manso y de suave andar. Lo mismo Dios: no pone su gracia en los soberbios, sino en los humildes». Ejercitaba en sí la humildad y la enseñaba a los demás: «Feliz aquel que se considera tan poca cosa ante los hombres como ante Dios»; «Dichoso quien se critica a sí mismo y no a los demás»; «El que quiera tener paz y sosiego, que tenga a los demás por mejores que él»; «El camino para ir hacia arriba es ir hacia abajo». De sí mismo decía: «Dejadme estar bien bajo: no podré caer si no me levanto». Y no sólo lo decía. Lo hacía: al oír que el hermano Elías había sido excomulgado, se tiró cuan largo era al suelo, se apretó contra el piso, y exclamó: -- Quiero bajar lo más que pueda, pues él ha venido a caer tan bajo por caer de tan alto. Vivía en guardia permanente contra cualquier enemigo de su humildad. Se llega a él un hermano y le dice: -- Te estaba buscando, pues quiero hablar contigo. Y él le corta en seco la consulta: -- Si miraras al sol, poco te importarían los destellos del amanecer. El Sol es Cristo, y a El es a quien hay que buscar.
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Y porque era así de humilde, era agradecido. Y porque era agralegre. La alegría es el primer brillo natural del ingenio chispeante y de la verdadera humildad. Y, además, nuestro hermano Gil era «de condición feliz y animosa» (Cuthbert). -- ¿Ves -le decía a uno, explayándose-, ves cómo los payasos y los juglares agradecen con gestos exagerados a quienes les pagan la función con cualquier donativo? Pues, ¿qué debemos hacer nosotros con nuestro Dios y Señor? «Estaba siempre alegre y dispuesto a todo. Y, cuando dialogaba sobre el Señor, estallando de gozo, contestaba devotísimamente. Y besaba con júbilo las pajas y las piedras, entre otras demostraciones de su maravillosa devoción». Lo aprendió de su maestro, el alegre PobrecillVidasas expresiones de su recuerdan que, para Francisco, «la alegría externa consiste en la prontitud para obrar el bien», y que el mismo Pobrecillo besaba las piedras y los árboles porque le recordaban especialmente a su Amor, Jesucristo. Nuestro Gil llevaba el júbilo como en la sangre: «Dios creó al hombre comunicándole su bondad, su gracia y su amor. Luego, por naturaleza, el hombre debe mostrarse afable y benigno». Y porque era así de alegre, le gustaba cantar; cantar y tocar la bandurria, una guitarrilla hecha con caña de mijo, con la que se acompañaba cuando le daba por decir lindezas a sus virtudes más amadas, o cuando rebatía unos silogismos capciosos con argumentos verdaderos, como le veremos páginas adelante. Es mundialmente conocida la llamada «Oración sencilla» de San FDonde haya odio, ponga yo am etc.), que no es de él, pero que recoge perfectamente su espíritu. En cambio, sí es auténtico de nuestro hermano Gil esto que puede ser considerado como un precedente literario de esa afortunada oración: «Feliz, quien ama y no desea ser amado; feliz, quien respeta y no desea ser respetado; feliz, quien sirve y no desea ser servido; feliz, quien se porta bien con los demás y no desea que otros se porten bien con él». Otras veces lo decía en tono más positivo: «Si amas, serás amado; si sirves, serás servido; si eres bueno con los demás, los demás serán bondadosos contigo». Su alegría era espontánea, expansiva... y seria. No la perdía, sino la ahondaba, en los temas fundamentales. «Cuando oía hablar de los sacramentos y de los cánones de la Iglesia, los recomendaba con gran gozo y fervor, y exclamaba: "¡Oh santa madre Iglesia Romana! Nosotros, pobres e ignorantes, no te conocemos a ti, ni tu bondad. Tú nos adoctrinas sobre el camino de la salvación, nos lo preparas, nos lo indicas. Quien lo recorre, no sufre ningún traspié, sino que va subiendo hacia la gloria"». ¡Qué bien nos vendrían hoy unas dosis de la alegría -humana, espiritual, eclesial- de este hermano Gil!
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Y, porque era así de franciscanamente alegre, era francsimpleme; o a la inversa: fue santamente alegre porque fue santamente simple, con una simplicidad que nos recuerda a veces la imparangonable del hermano Junípero. Esto sucedió en San Damián, el monasterio recoleto de la hermana Clara. Nuestro humilde hermano Gil decidió en esa ocasión ser sanamente malicioso; razona así el autorVida:a «Amaba tanto la humildad, que quiso ponerla a prueba en otro». Y este otro fue nada menos que el célebre Alejandro de Hales (1185-1245), el prestigioso filósofo y teólogo franciscano, que llegó a ser rector de la Universidad de París. En San Damián coincidieron el maestro y nuestro hombre. Clara, a quien le gustaban los sermones doctos y bien hablados, le pidió a Alejandro que hablara para sus sores. Llevaba ya el doctor inglés predicando algún tiempo, cuando se levanta el hermano Gil y, con extrañeza de todos, le interrumpe: -- Cállate, maestro, que quiero predicar yo. Y el maestro Alejandro se calló. Y el hermano Gil, sin cultura y sin complejos, pronunció unas cuantas frases férvidas y sabrosas. Luego le dijo al teólogo: -- Hermano, completa ahora tu sermón. Y el hermano teólogo retomó el hilo de su prédica hasta el fin. Y la hermana Clara, que había presenciado la inesperada escena con sus hermosos ojos abiertos por el gozo del asombro, dijo al final: -- Ahora he visto cumplido el deseo de nuestro muy santo padre Francisco, el cual me dijo una vez: «Deseo ardientemente que mis hermanos clérigos lleguen a tanta humildad, que un maestro en teología interrumpa su sermón si un hermano sin letras le dice que quiere predicar». Os digo, hermanos y hermanas, que me ha causado este maestro más admiración que si le hubiera visto resucitar a un muerto. Hay un punto básico donde evidenció el hermano Gil su extrema sencillez: en su sentido de la obediencia. Francisco le apreciaba tanto y tenía en él tal confianza, que le daba libertad para que morase donde quisiese; pero él no quiso usar esa libertad: -- ¿Qué quieres que haga y adónde quieres que vaya? -le preguntó un día el hermano Gil al hermano Francisco. Y éste le respondió: -- Ya está listo tu destino: vete donde quieras. Y el hermano Gil partió libremente hacia esos mundos de Dios. Pronto sintió esa libertad como una angustia. A los cuatro días volvió donde Francisco: -- Mándame donde quieras, pero mándame, porque en esa obediencia tan libre no halla paz mi conciencia. Y Francisco le envió al eremitorio de Fabriano. Y, desde entonces, le enviaba por obediencia a uno y otro lugar. Murió Francisco, y Gil siguió aferrado a su sentido simple de obediente. Moraba aquel tiempo en Agnelo, junto al lago Trasimeno, por tierras de Perusa. Había salido del convento, y al convento llegó el aviso de que el Ministro General le mandaba que se dirigiera a Asís, pues quería conversar con él. Fueron unos hermanos a dar con él y comunicárselo. En cuanto lo oyó, el hermano Gil arrancó, camino de Asís. Los hermanos le insistían en que fuera primero al convento y luego se pusiera de viaje. No le pudieron convencer: -- Se me ha mandado que vaya a Asís, no que vuelva al convento. Y siguió resuelto hacia Asís.
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Vamos con el último de sus calificativos. Lo que él, en la autodefinición que le atribudulc, nosotros vamos a llamahombre bueno. Nos viene mejor este epíteto para destacar su último rasgo. Ni el ser ingenioso le hizo hiriente, ni el ser humilde apocado, ni el ser alegre ligero, ni el ser tan simple le restó prestigio y autoridad. Porque la tuvo en toda la Orden, y mucha; y no por sus cargos -no sabemos que ocupara ninguno-, sino la que brotaba de su ascendiente personal. Los Tres Compañeros y el mismo San Buenaventura contaron con él para escVidas de Sanpectivas Francisco. Y ya hemos visto que habitualmente le llamaban «padre», apelativo no aplicado -que yo sepa- a los otros compañeros del Pobrecillo, y sin ser él sacerdote y otros sí; y él llamaba frecuentemente «hijos» a sus hermanos espirituales. Acudían a él muchos pidiéndole consejo: frailes, clérigos de la jerarquía alta y de la llana, y toda clase de seglares; o, simple y gozosamente, para arrancarle alguno de sus fervorosos, incisivos y certeros refranes. Sin ser él temperamentalmente polémico, los más fieles al espíritu primitivo lo tomaron como apoyo y modelo en la lucha por la autenticidad. Y «muchos tentados de dejar la Orden, cambiaron de corazón y de idea con sus consejos». Todo lo suyo caía bien, pues lo decía sin malicia y con amor, y lo recibían como un regalo del hombre bueno que era. Veámoslo en algunos ejemplos. Le visitan dos eminentísimos cardenales, queriendo escucharle algunas palabras de edificación. Al despedirse, le ruegan que rece por ellos. Y él les dice: -- ¿Qué necesidad hay de que rece yo por vosotros, si vosotros tenéis más fe y esperanza que yo? -- ¿Cómo se entiende eso? -inquieren ellos. Y él, con la mejor socarronería imaginable, se lo explica: -- Porque vosotros, con todas las riquezas, honores y bienestar de este mundo, esperáis salvaros. Y yo, con todas mis calamidades y dificultades, temo condenarme. La irónica corrección hizo diana en los purpurados, que -afirma el biógrafo- «se convirtieron». Le consulta un fraile esta sutilidad psicológica: -- ¿Qué haré? Si hago el bien, resulta que me glorío de él; si obro mal, me siento triste y hasta me desespero. El hermano Gil se lo solucionó con una comprensiva y aguda bondad: -- Haces bien al dolerte de tu pecado; pero no te duelas en exceso: piensa que mayor es el poder de Dios para compadecerse de ti que el tuyo para ofenderle. Y en cuanto a lo otro, si un agricultor se pusiera a cavilar antes de sembrar: «Si siembro ahora, vendrán los pájaros y las alimañas, y devorarán el grano», no sembraría nunca, y no tendría qué comer. El agricultor discreto siembra, y, al cabo, recoge lo suficiente. Haz tú lo mismo: no dejes de hacer el bien por tu vanagloria, pues si ella te desagrada, siempre quedará al fin la mayor y mejor parte. predicar en plena plaza de Perusa. Y el hermano Gil, para curarle el punto de vanidad que ahí podría haber, le aconsejó que tomara como lema estas palabras: -- «Bo, bo, molto dico e poco fo» («Bo, bo, mucho digo y poco hago»). Era una de sus ideas fijas. Porque otro día, estando él en su convento, oyó que el dueño de una viña cercana les gritaba a sus jornaleros regañándoles: « Fate, fate, e non parlate» (haced, haced, y no habléis); dos imperativos que podemos traducir por estos dos sustantivos: «Hechos, hechos, y no palabras». Y salió férvido de su celda gritando él también por el convento: -- ¡Oíd, hermanos predicadores, oíd lo que grita ése: «Fate, fate, e non parlate»! No, su autenticidad moral no le quitaba el gracejo ni -menos aún- la libertad evangélica, dos caras de su auténtica bondad. Hasta aquí, en diseño, la figura del hermano Gil. Pasemos a verlo en acción biográfica. El primero de la Porciúncula Cuando Francisco se vio con Bernardo y Pedro siguiéndole, sin más bagaje que su santa ilusión compartida, les dio a los dos un vestido como el suyo, al modo de los labriegos del lugar, y bajaron a vivir al bosque de la llanura de Asís, junto a la capillita de la Porciúncula, que él, metido a albañil de Dios, había reparado, como a media legua de la ciudad. Ni él ni ellos se ocupaban en otra cosa que en orar, conversar divinamente y comer de la limosna; ni pensaban en ese refrán tan común de que no hay dos sin tres. Dios sí lo había pensado. Vivía en la ciudad un joven sencillo, piadoso y jovial. Se llamaba Gil. Como no era culto, ni rico, ni noble, su apellido no ha quedado en los archivos. Por los días en que el hijo de Pedro Bernardone dio el cambiazo a su vida, este Gil empezó a darle vueltas en su cabeza a esta idea: «¿Cómo podría yo agradar en todo al Creador de todo?» La idea se le iba convirtiendo en obsesión. Y he aquí que un día oyó comentar a un su pariente la hazaña ciudadana del noble Bernardo de Quintaval y del sabio canónigo Pedro Catáneo, que se habían ido con Francisco renunciando a todo. Habían pasado seis días de los hechos. Maravillado con el cuento de esa anécdota, fue como si Dios le hubiera metido su luz en la mente y su fuego en el corazón. Al día siguiente se levantó antes que el sol, se dirigió a la iglesia de San Jorge, cuya fiesta era, y oró intensamente. Y tomó una decisión: ¡se iría él también con Francisco! Mas, ¿cómo dar con él? Un instinto divino le llevó al bosque de la campiña. Llegó a un punto en que la senda se partía en tres. ¿Cuál seguir? Oró de nuevo, y se lanzó por una con fe, a la suerte de Dios. Y acertó. Caminaba cavilando cómo presentarse a Francisco, cuando he aquí que lo ve viniendo por la misma senda. Corrió hacia él y se arrodilló. Y, por todo saludo, le suplicó, con frases que respiraban amor, que lo aceptase en su compañía. A Francisco le encantó: no lo vio ante sí como un siervo ante su señor, sino como un apuesto mancebo solicitando ser armado caballero de su nueva milicia, y caballerescamente le dijo: -- Amadísimo: el Señor te ha hecho un gran favor. Si viniera hoy a Asís el emperador, y decidiese elegir a uno de la ciudad para soldado suyo o por su camarero real, o como sirviente de su confianza, ¿no debería el tal alegrarse? ¿Cuánto más debes gozarte tú, pues el Señor te ha elegido para soldado suyo y como su dilectísimo servidor? Y caballerescamente lo tomó de la mano y lo levantó, y siguió la senda conversando con él sobre la belleza de su vocación y animándole a la fidelidad, y llamó a voces al hermano Bernardo, a quien dijo, presentándole a Gil: -- Mira: el Señor nos ha enviado un buen hermano. Y los tres entraron en la cabaña de ramas y se unieron a Pedro, y los cuatro comieron de lo que había, cada uno a cuál más contento (cf. 1 Cel 25; TC 32; AP 14). Era el 23 de abril del 1208, y Gil tenía dieciocho años. Y celebraron la feliz coincidencia de aquella fecha, fiesta de San Jorge, «el Santo de los caballeros y el Caballero de los santos». Con el tiempo resultó que, entre aquellos tres primeros seguidores ilusionados de Francisco, el más caballeresco fue el más joven, el menos culto y el que venía de menor alcurnia, este hermano Gil. «Francisco lo amó entrañablemente, y solía decir de él ante los otros hermanos: He aquí mi caballero de la Tabla Redonda». Y Fortini hiperboliza el elogio: «El más ardiente y el más acendrado entre todos los caballeros de todas las Ordenes». Gil siguió allí unos días con la misma ropa que se trajo puesta. Luego, Francisco subió con él a la ciudad, a procurarse tela para que se vistiera como ellos. Según subían, se cruzaron con una mujer pobrecilla, que les pidió limosna. Y Francisco, mirando a Gil y sonriéndole, le dijo: -- Carísimo, démosle tu manto, por el amor del Señor Dios. Y Gil, alegre como unas pascuas, se lo quitó de un vuelo y se lo dio. Y tuvo la impresión radiante de que aquella limosna subía a Dios y Dios se la agradecía desde el cielo (cf. LP 92; EP 36). Su nueva vida le había ido regalando gozo sobre gozo, que se colmó cuando, vestido como los otros tres, se vio incorporado a la nueva Orden. Este júbilo vital lo expresó él mismo más tarde en uno de sus más logrados aforismos: «Es rico quien imita al Rico; es sabio quien imita al Sabio; es bueno quien imita al Bueno; es hermoso quien imita al Hermoso; es noble quien imita al Noble. Es decir, a nuestro Señor Jesucristo». Al verse cuatro, el ocurrente Francisco pensó en que, pues ya eran dos parejas, podían imitar a los discípulos del Señor yendo por el mundo de dos en dos (Luk 10:1). Y dejó por las cercanías de Asís a los hermanos Bernardo y Pedro, y él y el hermano Gil partieron hacia la Marca de Ancona. Iban transportados de júbilo, y tanto, que a Francisco le dio por cantar, y en francés, como solía en sus tiempos mundanos de juglar, pero ahora mejor, porque dedicaba a Dios las estrofas de su nueva juglaría. Solos los dos por los caminos, sin otra meta que la que les saliera al encuentro de la mano del Señor, Francisco le dijo un día iluminadamente al hermano Gil: -- Nuestra Orden es como un pescador: echa sus redes a la mar, las redes apresan una enorme cantidad de peces, y él selecciona los grandes y vuelve al agua los pequeños. El simple hermano Gil abrió ojos de asombro: ¡pero si eran sólo cuatro!... Y, en su simplicidad, intuyó crédulamente que Francisco, además de simpático En aquella primera excursión apostólica, por los pueblos que cruzaban, Francisco propiamente no predicaba: se dirigía coloquialmente a los hombres y mujeres que encontraban, y les animaba a que amaran y reverenciaran a Dios, y a que hicieran penitencia por sus pecados. Y Gil, que no sabía decir ni eso, cuando Francisco concluía su exhortación, le decía a la gente: -- ¡Muy bien dicho! Fiaos de él. Por aquellos pueblos y aldeas conocieron de todo: unos les recibían con extrañeza o desconfianza, algunos como a hombres de Dios, otros chanceándose y llenándolos de vituperios. Cuando tocaba esto, el hermano Gil se gozaba más que en los aprecios y alabanzas, y decía que no quería otra gloria que sufrir por Cristo. Y Francisco se gloriaba de él, al verlo novicio y ya tan aventajado discípulo (cf. TC 33; AP 15). De esta experiencia le quedaron a nuestro Gil unos pies andariegos, una prueba más de su libre alegría vital: sabemos que estuvo repetidamente en Roma, y en el Santuario de San Nicolás de Bari, y en el de San Miguel del Monte Gárgano, y en Santiago de Compostela, y en Tierra Santa, y ya le veremos por otros muchos lugares, andando nosotros estas páginas. Y le quedó también un jubiloso asombro creciente por Francisco. Más tarde, y ya el santo Pobrecillo extraterrestre y santo canonizado, le preguntó uno: -- ¿Qué piensas tú de San Francisco? Y le contestó él esta preciosidad: -- No debería nadie nombrarle sin relamerse los labios de dulzor. Sólo una cosa le faltó: el vigor corporal. Si hubiera tenido un cuerpo robusto como el mío, el mundo entero no habría podido seguirle. «La gracia de trabajar» Entre los epítetos que aplica Celano a nuestro hermano Gil, uno es éste: «ejemplar de trabajo manual». No conocemos su oficio o sus tareas anteriores a su entrada en la Porciúncula; sí sabemos que luego trabajó mucho, y de todo. Ejemplo vivo de esta norma perfecta que estampó el Pobrecillo en su Regla: «Aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de forma que, evitando el ocio, que es enemigo del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales. Y como remuneración del trabajo acepten, para sí y para sus hermanos, las cosas necesarias para la vida corporal, pero no dinero; y esto háganlo humildemente, como corresponde a quienes son siervos de Dios y seguidores de la santísima pobreza» (2 R 5; 1 Cel 25). Si esa norma franciscana del trabajo es modélica, nuestro héroe fue un arquetipo de esa norma. Por ahora vamos a verlo en sus tareas manuales. Y adelantemos, para todas ellas, esta doble característica: que las realizaba con prontitud, esmero y alegría, y que habitualmente esos trabajos los realizaba él solo, para que los otros frailes se dedicaran más libremente a la oración. Y abramos ya el abanico variopinto de sus múltiples ocupaciones. Componía cajas para guardar vasos o frutos secos. Se daba maña especial para manejar juncos, mimbres y cañas: con ellos hacía capachos para la recogida de los frutos del campo, o envolturas para vasijas de cristal o de barro; fabricaba también esos recipientes de barro. Y vendía su mercancía por la comida para sí y sus hermanos. O se dedicaba a leñador, aunque tuviera que ir a un bosque distante ocho kilómetros de Roma. Cargaba sobre sus hombros el mayor fajo que podía, y lo vendía en la calle por el alimento de un día. Una vez volvía del bosque con su carga, se le acercó una mujer y le ofreció comprarle todo el fajo. Llegaron a un acuerdo: tanta leña, tanta comida. Y Gil le llevó todo el haz a su casa. Al darse cuenta la mujer de que era un religioso, le quiso dar más de lo convenido, pero él rehusó, con su alegre ironía: -- No quiero que me venza la avaricia. Y no sólo no aceptó más, sino que le cobró la mitad de lo acordado, con sorpresa y admiración de la mujer. No rehusaba ningún empleo, con tal de que pudiera cumplirlo con honradez, y las cuatro estaciones del año le proporcionaban su ocupación correspondiente. En el tiempo de la vendimia no tenía reparo en ir con los peones a la viña, cortar la uva, cargarla, y estrujarla a golpes de sus pies en el lagar. Y en tiempo de nueces, a por nueces. Se encontró en la plaza de Roma con uno que buscaba un jornalero que le ayudara a recoger las de sus nogales. Y nuestro Gil se fue con él. Cuando llegaron al lugar, el hermano Gil tembló, y por dos motivos: porque la ciudad quedaba lejos y porque los árboles eran muy altos; pero lo pensó, se armó de valor y le dijo al dueño: -- ¿Cuántas nueces me darás en pago? -- Todas las que te puedas llevar. -- Aceptado. Te ayudaré. Yo siempre me había imaginado a este hermano Gil pequeño, no sé si por el mon minúscula de su nombre; pero ya sabemos por él mismo que era «robusto», y quizá tenga razón Kazantzakis al imaginárselo como «un hombre bien constituido y de talla nada común». Pues hete aquí a nuestro corpulento fraile encaramándose hasta las ramas más altas, haciendo equilibrios sobre las más largas, cimbreantes y frágiles, con su miedo, su honradez y su prudencia. Acabó de limpiar los nogales, y respiró. A la hora de llevarse lo pactado, llenó de nueces el halda de su hábito; pero le parecieron pocas, para tanto trabajo y para tantas como había. Y tuvo una idea feliz: se quitó en un santiamén el hábito, hizo sendos nudos en las mangas, ató como pudo el cuello con la capucha, y lo convirtió en un gran saco, lo colmó de nueces, se lo cargó al hombro, y así, limpio de ropa como quedó, se dirigió a la ciudad y allí repartió todas las nueces entre los pobres. Y en el tiempo de la siega, a espigar, con otros menesterosos, de campo en campo. Y cuando, por tratarse de él, le regalaban un manojo de espigas, lo rehusaba diciéndoles: -- No tengo granero para guardar el trigo. Y, en las épocas en que el campo no daba tarea, él se las ingeniaba para no estar mano sobre mano. Se iba al monasterio de los Cuatro Santos Coronados, y se alquilaba con los monjes por unos panes para expurgarles la harina o para traerles desde la fuente de San Sixto el agua para amasar el pan. Cierta vez, volviendo alnasterio con su cántaro lleno, un hombre le pidió agua. El le dijo: -- ¡Cómo voy a darte agua y llevar a los monjes lo que tú dejes! Al individuo le sentó tan mal la negativa, que se puso a disparatar contra él. Pero Gil siguió hasta el monasterio, más dolido de la turbación de aquel hombre que de sus injurias. Entregó el cántaro, tomó un jarro y corrió de nuevo a la fuente de San Sixto, lo llenó hasta el borde y se lo llevó al hombre, diciéndole: -- Bebe, hermano, y dale también a quien quieras. Y el hombre se amansó, y le pidió perdón, y desde entonces le profesó devoción y cariño. O se dedicaba a cultivar un huerto, para lo que tenía mucha maña. Como en Fabriano. Y de sus hortalizas le ofrecía a un hortelano vecino, que no lograba suerte con las suyas. Y éste -un mal hombre- se negaba a tomárselas, pero aprovechaba las ausencias del hermano Gil y se las robaba, hasta que fue descubierto por un tercero, que se lo reprochó duramente. Hasta cuando peregrinaba se quería ganar el pan del día haciendo algo, aunque no siempre lo conseguía, como cuando fue a Santiago, que dicen que no se le quitó el hambre en todo el camino, y él la soportaba de buena gana. Un día, pidiendo limosna y sin que nadie se la diera, llegó a una era en la que habían dejado unas habas sobrantes; le supieron a gloria, y se tendió a descansar allí, y durmió como un bendito. Otro día se encontró con uno aún más pobre que él, y, al no tener cosa que darle, se descosió la capucha del hábito y se la regaló, para que se protegiera la cabeza contra la inclemencia, y él tuvo la suya a la intemperie durante veinte días. Y en la aldea de Ficarolo, en la Lombardía, a orillas del Po, un hombre se burló de él: el tal se dio cuenta de que era un fraile y muerto de hambre, y le llamó. Gil corrió hacia él, pensando que le daría algo; pero el otro sacó del bolsillo unos dados -juego y oficio de tahures-, y, con un gesto de burla le invitó a jugar con él. Gil reaccionó con su paz y su humildad: -- El Señor te perdone, hermano. Ya estaba él habituado a estas chanzas de mal gusto. Peregrino a Tierra Santa en 1215, tuvo que esperar en Brindis unos días a que la nave se hiciera a la mar, y él se procuró un cántaro y se dedicó a aguador, voceando por las calles: -- ¿Quién quiere agua? Con lo que le daban comían él y su compañero. En Accon (San Juan de Acre), otro puerto en que su barco hizo una larga escala, se empleó también como vendedor de agua, y como hacedor de espuertas de mimbre, y como enterrador de muertos, cargándolos sobre sus hombros de la ciudad al cementerio. Nuestro Gil se hizo célebre en Rieti, por esto de no querer comer sin trabajar. En Rieti se hallaba la corte papal, y, con ella, el señor Nicolás, cardenal de Túsculo, que apreciaba y admiraba mucho al hermano Gil, el cual, por aquellos días, estaba también allí. El cardenal le invitó insistentemente a que se alojara en su palacio y comiera a su mesa. El hermano Gil aceptó lo primero, pero lo segundo no. Ante la insistencia del purpurado, puso una condición: que comería lo que él se procurara con su trabajo o, si éste le fallaba, de limosna, reforzando su deciComerás del fruto de tuca: trabajo, serás dichoso, te (Psa 127:2). Aunque contrariado, el señor cardenal aceptó, por no perderse el gusto de tenerlo; como contrapartida, le pidió que, aunque fuera eso, lo comiera con él a su mesa, y el hermano Gil se lo prometió. Y cada jornada, al amanecer, se ajustaba, con éste o con el otro, a varear olivas, y cosas semejantes. Y cada mediodía, a su hora puntual, allí estaba nuestro hombre, sentado a la mesa cardenalicia y poniendo sobre ella los panes que le habían dado. Con ellos acompañaba el buen yantar del purpurado, mientras los dos conversaban familiar y espiritualmente. Un día amaneció lloviendo a jarros, y el cardenal le dijo alegre a su huésped: -- Hoy te conviene comer de mis platos, hermano Gil. No lo conocía. Nuestro huésped se fue a la cocina, echó un vistazo y le dijo al oficial: -- Hermano, ¿cómo tienes tan sucia la cocina? -- Porque no tengo quien me la limpie. Y el hermano Gil se convino con él en que le diera dos panes, y le dejó la cocina como un oro. Y, a su hora, allí estaba a la mesa del cardenal el huésped con sus panes, y con evidente regocijo suyo y contrariedad del anfitrión. El día siguiente amaneció jarreando igual. Y el eminentísimo le dijo: -- Hoy sí tendrás que comer de mi menú, hermano. Seguía sin conocerle. Nuestro hombre volvió a la cocina y le dijo al jefe: -- ¿Cómo tienes sucios y roñosos esos cuchillos? Y se comprometió a limpiárselos y afilárselos por otro par de panes. Y tampoco aquel día se salió con la suya el cardenal de Túsculo. Y es que no había quien le ganara a nuestro héroe en ingenio, ni en fidelidad a la letra y al espíritu de su Regla franciscana: acudir «a la mesa del Señor» -la limosna- sólo cuando no se puede trabajar, y trabajar sin afanes egoístas, para no caer en la ociosidad -«enemiga del alma»-, y contentándose con lo justo para su necesidad. Sólo trabajaba con cierto afán cuando quería conseguir un hábito para algún fraile que lo necesitaba. Era feliz regalándoselo, pensando que, pues el tal hermano lo tendría puesto hasta para dormir, «aquella limosna seguiría orando por él día y noche». Nadie más generoso y dichoso que un pobre evangélico. Como este hermano Gil. El trabajo de orar El título anterior ha mirado tan sólo una cara de su trabajo: sus tareas manuales. Ahora voy a presentar la otra cara de su dedicación, la que en el párrafo transcrito de la Regla se expresa así: «Trabajen... en forma tal, que no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual todas las demás cosas temporales deben servir». ¡Y vaya si nuestro Gil tuvo en cuenta esa categoría de valores! Tanto, que hay que hacer aquí, de entrada, esta observación: al leer la amplcolecció de sus célebrDichos yo iba haciendo uelecci de los referentes a la oración; pero ahora, al afrontar el tema, veo que son tan numerosos, que tengo que decidirme pselección, para no perder el ritmo ágil que le quiero dar a esta obra narrativa; y con pena, pues voy a sacrificar muchos textos que en sí -y como expresión de la psicología de su santidad- son muy interesantes. También he dicho que este hermano Gil, si trabajaba a gusto, no lo hacía por el mero gusto de trabajar, ni por lucro. Esa «prontitud, esmero y alegría» con que trabajaba, le venía a él de la alegría, esmero y prontitud con que se dedicaba al trabajo con Dios, a la oración. Rara vez se contrataba para todo el día, con el fin de que le quedara tiempo holgado para la oración; y, si alguna vez se comprometía para la jornada entera, jamás dejaba de tomarse su tiempo para el rezo ordenado de las Horas canónicas. Y los domingos y festivos «iba a la iglesia muy temprano, y permanecía allí todo el día, ocupado en pensamientos divinos». Este Gil captó muy bien desde el principio lo que luego afirmaría Sabatier: que el Pobrecillo de Asís no fundó una religión de mendigos holgazanes ni de gentes desocupadas, sino una Orden trabajadora, en la que el peor vicio sería la ociosidad. El hermano Gil no conoció ese mal ocio jamás; estaba siempre bien ocupado: o en una tarea manual, o en la oración, o en la simple predicación franciscana: «Iba por el mundo, y a los hombres y mujeres les exhortaba a que amaran y respetaran a Dios, y a que hiciesen penitencia por sus pecados». «A este hermano Gil no se le ve como especulativo, porque no lo era, sino como dinámico. Habla con todos como hombre concreto y práctico, igual que San Francisco, para hacerse entender por los más sencillos y para dirigirlos a Dios» (Matanic). Pero ahora estamos hablando de su entrega a la oración. Verdadero trabajo, tan abandonado como imprescindible. Y no lo digo yo. Werner von Braun, el genial inventor de los cohetes espaciales, escribía: «La oración puede llegar a ser un trabajo realmente duro. Pero la verdad es que es el trabajo más importante que podemos realizar en el momento actual». Mira por dónde, nuestro hermano Gil opinaba lo mismo en su siglo XIII: «Trabajo provechoso sobre todo otro trabajo es dedicarse seriamente a la oración y a practicar el bien». Le fue cobrando tal gusto a la oración, que cada vez le dedicó más horas. Lo dejamos en Rieti, y en el palacio del cardenal de Túsculo. Y un día decidió despegarse de allí y alzar el vuelo, como «peregrino y advenedizo» que quería ser, en fidelidad a la frase bíblica que Francisco estampó en su Regla (Gen 23:4; 2Ki 4:4). Y se presentó al señor cardenal y le espetó: -- Quiero partir por esos mundos de Dios con mi compañero, y quiero también que sea con tu bendición. En aquel entonces, las residencias estables de los frailes eran poquísimas. Por eso el cardenal, que lo apreciaba, se alarmó, pues además de dejarlo ir a la ventura, era invierno. Y con su pena y compasión le contestó: . . -- ¿Adónde vais a ir? ¡Si sois como unas aves sin nido! Pero ellos partieron de Rieti, y, a la buena de Dios, llegaron hasta Deruta, pueblecito cercano a Perusa, y pusieron su nido en el monte, arriba del pueblo, en una pequeña choza, junto a una ermita.
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Los años, el ingenio y las luces del Señor hicieron de aquel aprendiz de Francisco un maestro de oración, apreciado y solicitado por propios y ajenos. Simple, práctico, inspirado, original; pero «antes de ser maestro de la espiritualidad franciscana, hay que considerarlo como modelo de la misma» (Matanic). Y empezaba a enseñar -como primera regla de oración- el recogimiento, el huir de la superficialidad: «Muchas veces se pierde el fruto por las hojas, y el grano por la paja». Y a cultivar la presencia de Dios: «Así quiero yo que sea el Señor: que, cuando estoy en el convento, esté conmigo; y cuando en el desierto, también; o si en una plaza o en un bosque, lo mismo». «No sabría decir yo si es más meritorio callar bien que hablar bien. Y creo que el hombre debería tener el cuello de la grulla, para que sus palabras pasen por muchos recodos antes de salir de la boca». «¡Cuánta agua tendría el Tíber si no la derramase de continuo!» Y animaba insistentemente a la perseverancia. Uno de sus principios era: «Cuanto más intentes conocer, más encontrarás; y tanto menos, cuanto menos indagues». -- A muchos se les da la gracia en seguida -le requiere uno, como quejándose-. ¿Por qué a mí no? -- Trabaja fiel y devotamente -le responde Gil-. Lo que no te da Dios una vez, te lo puede dar otra. Lo que no te da en un día, en una semana, o en un mes o en un año, te lo puede dar otro día, u otra semana, u otro mes, u otro año. Pon tú en Dios humildemente tu trabajo, y Dios pondrá en ti su gracia, según le plazca. Fíjate en el cuchillero: dale que le das, dale que le das al metal, hasta que un último golpe lo deja perfecto. -- Igual nos llega la muerte -le confesó otro, con cierta vagancia pesimista- sin conocer nuestro bien, sin una verdadera experiencia de Dios. Y el hermano Gil le clavó como un dardo esta respuesta: -- Los peleteros entienden de pieles, los zapateros de zapatos, los herreros del hierro, y así en los demás oficios. Pero ¿cómo puede uno conocer un arte en el que nunca se ha empeñado? ¿Crees tú que los grandes señores dan grandes regalos a los tontos y a los imbéciles? Pero ese dardo verbal no era agudo más que en el ingenio. El instruía para animar. Por ejemplo, a los que se desalentaban porque se distraían mucho en la oración. Uno le dijo: -- Se lee de San Bernardo que una vez rezó los siete salmos penitenciales sin una sola distracción. -- Por mayor hazaña tengo yo -replicó el hermano Gil- el que sea atacada vigorosamente una fortaleza, y que el de dentro la defienda constante y valientemente. -- ¿Por qué -le consulta otro- le acometen al hombre más distracciones durante la oración que en los otros tiempos? Y el consultado responde con el ejemplo de uno que está en la corte para gestionar algo contra su enemigo, y el enemigo pone en juego todas sus malas artes y mañas para impedirlo. Por nada de eso hay que dejar la oración: sería como huir de la batalla.
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Sí, el trabajo manual estaba siempre para el hermano Gil muy por debajo del de la oración. Y, como requisito para este trabajo de orar bien -y como acompañamiento y fruto del mismo-, ponía él el trabajo de obrar bien: «Nadie puede llegar a la vida contemplativa si antes no se ejercita fiel y devotamente en la vida activa, con esfuerzo y preocupación». Un día le saludó un vagabundo: -- Hermano Gil, dame un consuelo. -- Esfuérzate por hacer algo bueno y tendrás tu consuelo. Otro día le visitó un juez para consultarle sobre la mejora cristiana de su vida. Luego de escucharle, nuestro Gil entabló con él un diálogo acuciante. Lo inició él: -- ¿Crees que son grandes los dones de Dios? -- Lo creo -sentenció el juez. -- Pues yo te voy a probar que no crees. Y, luego de dejarle unos instantes en el aire de la extrañeza, le volvió a preguntar: -- ¿Cuánto valen tus bienes? -- Suponte que un millón de liras. -- Luego tengo razón, porque tú crees sólo de boquita. Si pudieras canjear tu millón por cien millones, lo tendrías por un buen negocio; sin embargo, no eres capaz de dar tu millón por el reino de los cielos: por lo tanto, para ti, los bienes del cielo no valen nada comparados con los de la tierra. Y el juez, que no era tonto, le entendió rápido: -- Entonces, para ti, ¿la medida de la fe son las obras? Y el hermano Gil se lo remachó: -- Si crees bien, obrarás bien. Así lo hicieron los santos. El hermano Gracián fue uno de los que trató con él más tiempo y con mayor intimidad. En cierta ocasión le confió: -- Sé aconsejar y predicar a otros, y creo conocer lo que debo hacer. Pero, sabiendo tantas cosas, ignoro a qué me debo aficionar para crecer en el agrado de Dios. Aconséjame. A ti, ¿qué te parece? Y el hermano Gil le sorprendió con esta solución: -- En nada agradarás más a Dios que en colgarte del pescuezo. El hermano Gracián estaba habituado a la sabia agudeza de sus refranes; pero a éste le daba vueltas y vueltas, sin entenderlo. Y una y otra vez le pidió al refranista que se lo aclarara. Y el hermano Gil, para no tenerlo más en la tortura, al fin se lo explicó: -- El ahorcado no pende del cielo, pero sí está por encima de la tierra, y mira siempre hacia abajo. Haz tú lo mismo. Ya que no estás en el cielo, puedes, sin embargo, elevarte sobre las cosas terrenas, ejercitarte en buenas obras, sentir humildemente de ti y esperar la misericordia de Dios.
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Tal es la filosofía de nuestro hombre sobre el trabajo, la ciencia y la oración. Se apropia la sentencia de su maestro Francisco: «Tanto sabe el hombre cuanto pone por obra lo que sabe» (cf. EP 4); y la comenta: «Queremos saber mucho para los demás y poco para nosotros mismos. Pero la Palabra de Dios no es del que la oye ni del que la dice, sino de quien la practica». A un predicador que se gloriaba de su gran ciencia, le dijo: -- Si uno poseyese la tierra entera y no la cultivase, ¿qué provecho sacaría? Pero si otro no tuviera más que una pequeña parcela y la cultivase bien, sacaría fruto para sí y para los demás. Y a otro tal le endilgó lo mismo con un largo párrafo, al que puso como colofón uno más de sus refranes: «Hay gran diferencia entre la oveja que bala y la que pace: la misma que entre el que predica y el que obra». La grave crisis que conmovió a la Orden empezando por las directrices culturales del hermano Elías, la dividió -digámoslo exageradamente, para entendernos- entre estudiosos y simples. Nuestro hermano Gil se contaba entre éstos. No que él menospreciara la ciencia como tal, sino la que se cultivaba más que la oración y que la sencillez evangélica. Afirmaba: «Más a gusto conocería yo a un solo doctor que enseñase espiritualmente que a cien que doctrinen sin reverencia ni devoción». « ¡Gran predicador es la señora Humildad!» Ha llegado hasta nuestros días un grito suyo: «¡París, París, tú has matado a Asís!» Nos ha llegado con esa gracia de la consonancia verbal. El lo decía así: «¡París, París, tú arruinas la Orden de San Francisco!» Y en esta otra forma, pues lo repetía muchas veces, como desahogo de una espina clavada en Quede aquí esa espina como una constancia de que duele más aquello que más se ama. Su descanso divino Al describir los primeros pasos apostólicos del hermano Gil en compañía de Francisco, anoté que «le quedaron unos pasos andariegos». Ya se los hemos visto. Pero eso fue... hasta que se los paró el Señor ante El, para llevarle por sus más altos caminos; aunque también es verdad que hasta en esta nueva fase de su vida absorta en Dios se iba de eremitorio en eremitorio. Dedicado primero al trabajo manual, se fue aficionando más y más al de la oración, hasta que acabó por dedicar todo su tiempo a la contemplación, que ya no fue trabajo para él, sino su descanso divino. Es decir, que conoció las tres etapas progresivas de la más alta santidad: la vía purificadora o de conversión, la vía iluminativa o de contemplación, y la vía unitiva, fusión con Dios en el éxtasis. Y hasta se pueden marcar esos hitos con unas fechas concretas: su biógrafo apunta que, «a los seis años de su conversión» -en 1215-, se dio en él ese cambio radical de vida, de la oración a la contemplación; y que en 1226 le regaló el Señor con un éxtasis tal, que se puede decir que ése fue ya su aire espiritual hasta la muerte. El mismo Celano, sin pretenderlo, da fe de esa gradación: «El hermano Gil, varón sencillo y recto y temeroso de Dios, a través de su larga vida, santa y justa y piadosamente vivida, nos dejó ejemplos de trabajo manual, de vida solitaria y de santa contemplación» (1 Cel 25); y San Buenaventura lo presenta similarmente, con elevados términos místicos (cf. LM 3,4). Su biógrafo lo expresa más gráficamente: «Luego que el hermano Gil llegó a ser un hombre perfectísimo por los trabajos de su vida activa y por algunas aflicciones del espíritu, el Señor lo llevó al descanso y a la consolación de la vida contemplativa». Completemos esos escuetos retratos de conjunto con este apunte psicológico de Sabatier: «Carácter dulce y sumiso, era de los que tienen necesidad de apoyarse; pero, una vez hallado y probado el apoyo, se elevan a veces tan alto como él. El alma pura del hermano Gil, llevada por la de Francisco, llegaría a saborear las delicias embriagadoras de la contemplación con inaudito ardor». No extrañará, luego de lo leído, que, en el retrato modélico -singular y plural- del hermano menor, el Pobrecillo atribuya al hermano Gil «la elevación del alma por la contemplación, en sumo grado» (EP 85). Y el tVida es también muy expresivo: «Vida del hermano Gil, varón santísimo y contemplativo». ¡Dichoso el nuevo hermano Gil! Vivía a lo divino. Decía: «La pureza de corazón ve a Dios (cf. Mat 5:8), la devoción se alimenta de El»; «El que más ama, más anhela»; «Contemplar es separarse de todo lo demás y unirse a Dios solo». Y su biógrafo atestigua: «Comía una sola vez al día, y muy poco»; «deseaba poder vivir alimentándose sólo de hojas de árboles, para evitar el trato con los hombres, y emplear en eso el menor tiempo posible. Mas, cuando volvía al grupo de los hermanos, venía presuroso y alegre, alabando a Dios; y les decía, juntando unas palabras de San Bernardo con otras de San Pablo: Ni la lengua puede decir, ni la letra puede explicar, ni cabe en el corazón del hombre lo que el buen Dios ha preparado para aquellos que le quieren amar» (cf. 1Co 2:9). Le pregunta uno: -- Padre, ¿qué dicen los sabios sobre este modo de contemplación? Y Gil se calla, y el otro insiste: -- Los sabios enseñan muchas cosas. Y entonces nuestro Gil se le confía: -- ¿Quieres que te diga lo que me parece a mí? La contemplación es fuego, unción, éxtasis, contemplación, saboreo, descanso, gloria. En esa rápida sucesión de vocablos un teólogo místico tiene tema para describir con acierto las siete escalas de una riquísima experiencia mística. El mismo hermano Gil las explica con concisa propiedad.
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En una cosa no imitó el hermano Gil a su maestro San Francisco: en el amor a las criaturas y en su aprecio de ellas como escalas para subir a la contemplación del Creador. Nuestro hombre llegó a decir esto, que suena a poco franciscano: «Guárdate con sumo cuidado de mirar a hombres y mujeres (...) y hasta a las criaturas irracionales, porque despiertan cierta curiosidad, y, así, roban el candor del corazón». Pero ya he escrito antes que por sí era buen psicólogo de los hombres y atento observador de las cosas. Cuando su vida se estableció en la alta meseta de la contemplación, unos y otras le importaron menos que su soledad con Dios. Oía de lejos a una codorniz, y le decía, con el gracejo de su dialecto toscano: -- Oh señora codorniz, quiero visitarte para que me enseñes a alabar a Dios. Pero no: me parela, allí, al y señalaba el cielo), sino qua, qu (aquí, aq e indicaba la tierra). Por el contrario, cuando oía a una paloma, exclamaba: -- ¡Oh hermana paloma, qué hermoso gemido sabes producir! Le importó tanto Dios, que le importó sólo El: «El hombre espiritual evita las familiaridades -hoy diríamos las relaciones sociales- y desea estar solo». Y lo repetía con cierta rudeza de hombre de pueblo: «Los buenos religiosos son como los lobos: no salen donde la gente sino forzados por una necesidad, y aun entonces lo hacen rápidamente, sin entretenerse». El hermano Bernardo, que admiraba y amaba mucho al hermano Gil, bromeaba sobre él con alegre ironía: -- Este se está siempre tan ricamente cerrado en su cuarto, como una señorita. Era entonces cuando el hermano Gil le contestaba con igual buen humor aquello de la golondrina: -- No a todo hombre le es dado alimentarse al modo de las golondrinas, como al hermano Bernardo de Quintaval. al mismo hermano Gil le urgía, en tono amistosamente burlón: -- Anda, sal a los hombres, conversa con ellos, y ve a ganarte el pan y a procurar lo que necesitan los frailes. Pero, cuando Gil fue a visitar a Bernardo a la Porciúncula en su última enfermedad, éste rogó a un fraile que le preparara un lugar retirado, para que se dedicara libremente a la contemplación, y así se hizo. Digamos -si hace falta-, en descargo de esta faceta extrema de nuestro biografiado, que el mismo Pobrecillo fue amantísimo del retiro, con largas y absolutas soledades, tanto en medio de la naturaleza como en su celda, cuando moraba en algún convento. Y advertía a los hermanos que no perturbaran su aislamiento, y que, si no llegaba al refectorio a la hora marcada, comieran sin esperarle a él. Se llega a Gil un hermano que deseaba aprender a orar y le pregunta: -- ¿Qué podía hacer yo para que mi oración le sea grata al Señor? Enséñamelo, por favor. Y Gil le cont:sta -- Te lo voy a enseñar. Y te lo voy a enseñar cantando. Y, tomando una vara y extendiendo su brazo, empieza a moverla como arco de violín, al mismo tiempo que pasea en la huerta de aquí para allá, mientras canta juglarescamente una y otra vez: -- La una para el uno, la una para el uno. Al cabo de su canto y su paseo, le dice: -- Haz esto y agradarás a Dios. Pero el otro le confía: -- Francamente, no te entiendo. Y entonces el hermano Gil añade: -- Una y sola, el alma debe entregarse -sin intervalo, sin intermedio- al Uno, a Dios, sólo a Dios. Aquí es donde hay que buscar el secreto de esta ebria afición orante de nuestro hermano Gil. Constituía su obsesión. Contaba él con un hermano que, además, era muy su amigo, por la intimidad con que se trataban. -- ¿Crees que yo te quiero a ti? -le dijo un día Gil. Y el otro respondió: -- Sí, lo creo. -- Pues no lo creas, porque sólo el Creador ama de verdad a la criatura, y el amor de la criatura es nada, comparado con el amor del Creador. En la oración, y fuera de la oración, exclamaba esto que sí aprendió de su padre Pobrecillo: «¿Quién eres Tú, a quien yo suplico, y quién soy yo, el suplicante? Yo, un saco de basura, y un gusanito; Tú, el Señor del cielo y de la tierra». Decía también: «Cuanto han dicho o digan sobre Dios todos los sabios y todos los santos, resulta nada para lo que es: como la punta de un alfiler en comparación con el cielo, la tierra y todas las criaturas que en ellos hay, y mil veces más que fueran. Y toda la Sagrada Escritura nos habla de Dios como balbuciendo, como una madre balbucea con su hijo pequeñuelo, pues de otro modo éste no la podría entender». Le visitan por su fama y con devoción, en el eremitorio de Cetona, dos sabios dominicos. Uno de ellos, en el curso de la conversación, comenta: -- Padre: cosas magníficas y sublimes nos dejó escritas San Juan Evangelista, hasta no poder más. -- Carísimo hermano -le corta Gil-: San Juan no nos ha dicho de Dios nada. Estupefacto, el dominico le replica: -- ¡Cuidado, hermano carísimo! ¿Qué estás diciendo? El mismo San Agustín afirma que, si San Juan Evangelista hubiese hablado más sublimemente, nadie en la tierra le entendería. No digas, pues, que no dice nada. Pero el hermano Gil porfía: -- Una y mil veces os digo que San Juan no dice nada sobre Dios. Y los doctos y buenos dominicos montan en santa cólera, le vuelven la espalda, y se van con gestos de escándalo, ante lo que consideran una imbecilidad. Cuando ya están alejándose, nuestro hombre los hace llamar. Y vuelven. Y les dice: -- ¿Veis esa montaña? Pues, si existiese un monte tan grande como ése, pero hecho todo él de semillas de alpiste o de mijo, y al pie del monte estuviera un pajarillo comiéndoselo, ¿cuánto pensáis que lo achicaría en un día, o en un mes, o en un año... y hasta en cien años? -- Ni en mil tampoco -responden los dominicos. -- Pues lo mismo: tan inmensa y sempiterna es la Divinidad -tan enorme montaña-, que San Juan no fue en su comparación más que un pajarillo; no dice nada, para lo que es la grandeza de Dios. por ellos al Altísimo. Un iletrado les había enseñado, en términos tan llanos como irrebatibles, lo mismo que ya enseñaba aquel San Agustín a quien ellos habían citado: que las mejores definiciones de Dios se dan por neno e hermoso, sino infinitamente más hermoso de lo que nosotros entendemos por hermoso (ni inmenso, ni santo, etc.). En la sublimidad del éxtasis La belleza de la tierra más parecida a la belleza del Cielo es el éxtasis; como que es un anticipo de la misma. Ya he adelantado que se la regaló Dios -y no avaramente- a nuestro hombre. Ahora vamos a verlo circunstanciadamente. He aquí la definición escueta de Salimbene: «Hombre de grandes éxtasis y verdaderamente santo». Pero valga por todos el testimonio de San Buenaventura: «El santo padre Gil, varón lleno de Dios y digno de gloriosa memoria, destacó en el ejercicio de sublimes virtudes, tal como había predicho de él el Siervo del Señor, Francisco; y, aunque sencillo y sin letras, fue elevado a la cumbre de una alta contemplación. Entregado por largos y continuos espacios de tiedejarse ascender por Dios, con Dios y en de tal modo era arrebatado hasta El con frecuentes éxtasis, que su vida parecía más angélica que humana. Yo mismo lo presencié, y puedo dar fe de ello» (3). En su prFlorecilla presentan a los primeros seguidores de Francisco, y empiezan por nuestro hermano Gil, con este elogio: «Fue arrebatado hasta el tercer cielo, como San Pablo». He indicado, al comienzo del título anterior, que la primera de esas maravillosas experiencias de Dios fue en 1215, a los seis años de su conversión franciscana. En el eremitorio de Fabriano, en la llanura de Perusa. Estaba orando fervorosamente, cual solía, cuando se sintió como un frasco repleto del bálsamo dulcísimo del amor del Señor: era como si Este le fuera sacando el alma del cuerpo, para que viera con plena lucidez las recónditas bellezas de la Divinidad. Y, a la par que su alma subía, comenzó a experimentar que el cuerpo se le iba muriendo, desprendiendo, empezando por los pies hasta lo más alto. Y estando el alma fuera del cuerpo -según le parecía-, el Espíritu Santo le iluminó para que la viera y gozara de verla tal como El la había agraciado: finísima, resplandeciente, bellísima. Ni cercano a la muerte consintió él en descubrir más detalles. Pero «su gran éxtasis» fue nueve años después, a pocos meses de la muerte de San Francisco, por la Navidad de 1226, en el eremitorio de Cetona, también cerca de Perusa. Se retiró a él con el compañero de su mayor confianza, al que había educado él mismo desde su juventud; se recogió allí para una cuaresma preparatoria de la Navidad del Señor. Los últimos días se los pasó velando día y noche en una oración devotísima y ardorosa. ¡Y se le apareció el Señor Jesucristo, al que vio con los ojos de su carne! En aquel momento se vio embriagado de tal perfume en el alma y tal dulzura en el corazón, que le parecía agonizar de gozo, y que en cualquier instante llegaría a perecer, incapaz de soportar tanta delicia. Y se puso a clamar irreprimiblemente, con unas voces que pusieron temblor en los corazones de los hermanos que se las oyeron. Uno de ellos corrió a buscar al compañero amigo, y le urgió: -- ¡Ven, vuela, que el hermano Gil se muere! Y el amigo corrió donde él como una exhalación, y le dijo: -- ¿Qué te sucede, padre? -- Ven, hijo, ven, que deseaba verte. Y compartió anhelosamente con él cuanto le había acaecido. Este éxtasis, con intermitencias, le duró desde tres días antes de la Navidad hasta la Epifanía: dos largas semanas de paraíso. Y a él le parecía excesivo, y hasta insoportable, y le suplicaba al Señor que se lo quitara, porque él -pecador, rudo, simple e inculto- no valía para esto; pero cuanto él se confesaba más indigno, más derramaba el Señor en él el regalo dulcísimo de su gracia. De este fenómeno místico escribe Matanic: «El mismo hermano Gil llama a este acontecimiensu Pentecost una venida del Espíritu Santo sobre él, como sobre los apóstoles; lo consideraba como su cuarto y último nacimiento. Probablemente se trató de una doble visión: es decir, de la contemplación infusa unida a la visión sensible». A partir de aquella aparición, el hermano Gil se extasiaba por nada, y buscaba con ahínco la soledad; apenas salía de su celda. Mas no podía disimular tanta gracia del Señor. Y en cuanto se le hablaba de Dios, o de la gloria y felicidad del paraíso, inmediatamente era raptado por el éxtasis, y permanecía largo tiempo ajeno a todo lo circunstante. Y sucedió que los pastores y los niños, sabedores de tal fenómeno, se divertían con él: en cuanto lo veían, le voceaban: -- ¡Paraíso, paraíso! Y el hermano Gil, literalmente, se extasiaba. A la inversa, los hermanos que deseaban gozar de su trato, evitaban la palabra «paraíso», por no perder su conversación con su rapto. El se fue retrayendo de unos y de otros, y se justificaba con sus refranes: «Quien mejor trata el negocio de su alma, mejor provee también al bien de los demás»; «Por un pequeño descuido se puede perder una gran gracia, y sin remedio, como los que juegan a los dados, que por un solo punto pueden perder todas las ganancias anteriores». Nuestro hombre, así, llegó a estar más colgado del cielo que pisando la tierra, él, que tanto la había trabajado y pateado antes. Y se decía a sí mismo, con acento de humilde confusión: «Hasta ahora iba donde me placía y hacía lo que quería, trabajando con mis manos. Pero, ahora y en adelante, no puedo obrar como acostumbraba, y, sin embargo, siento dentro de mí que conviene que lo haga. Y esto me trae lleno de temor, al pensar que me puedan pedir algo que yo no sea capaz de dárselo». De esa ansiedad le sacó un compañero: -- Está bien que desconfíes siempre de ti mismo, pero pensando siempre con confianza: Aquel que le da a uno una gracia, le da también el saber conservarla. El compañero acertó: los miedos de un refrán, con otro refrán se quitan; le arrancó la espina de la inquietud, volviéndolo a la plena paz. Sí: era del todo otro. Antes cultivaba, como la mejor flor de su espíritu, el ansia del martirio: ¡dar la vida por Cristo, como Cristo la dio por él! Para lograrlo había viajado a Túnez, con la obediencia de Francisco. Ahora, no. Ahora conocía otra muerte y otra vida: la muerte a sí mismo, la vida con Dios. Y exclamaba: -- Me alegro de que entonces no me hubieran martirizado. ¡Bendita Navidad aquélla de 1226! De verdad que nuestro hermano Gil renació con Jesús en ella. Empezó a vivir como un bienaventurado. Llegó a decir, refiriéndose a sí mismo: -- Sé de un hombre que ha visto a Dios tan claramente, que ha perdido del todo la fe. Viéndole tan divino, otro compañero comentaba: -- Lleva en su interior deliciosamente al Hijo de la Virgen. Desde aquella Navidad de Cetona, y durante los treinta y un años que le quedaron de vida, nuestro hombre consideró aquel lugar como el más reverenciable del mundo. Habría que decir mucho más sobre este tema, con sus refranes y sus hechos. Escojamos. El hermano Santiago de Massa, santo varón, que gozó del aprecio y la amistad de San Francisco y Santa Clara, gozó también de la experiencia del éxtasis. Un día quiso aconsejarse con el hermano Gil: -- ¿Qué he de hacer cuando Dios me arrebate de esa manera? -- No pongas ni quites, y huye de la gente lo más que puedas. -- ¿Qué quieres decir, hermano? -- Cuando el alma es introducida en ese glorioso resplandor de la divina bondad, si quiere guardar esa gracia y acrecentarla, no debe añadir un ápice por la confianza en sí misma, ni restarle nada con su negligencia; y debe amar la soledad cuanto pueda. Y otra vez fue el hermano Gil donde se hallaba el hermano Buenaventura, entonces Ministro General de la Orden, y le dijo: -- Padre mío: a ti, el Señor te ha enriquecido con muchos dones y gracias. Pero nosotros, ignorantes y sin letras, ¿qué podemos hacer para salvarnos? El hermano Buenaventura le contestó: -- Aunque Dios le diera al hombre una sola gracia, la de poder amarle, con eso le bastaría. Nuestro Gil, con un poco de atrevimiento en su agudeza natural, volvió a preguntarle: -- ¿Puede un analfabeto amar a Dios tanto como un letrado? Y el perspicaz Buenaventura enhebró el mismo hilo del lenguaje figurado: -- Una viejecita puede amarle más que un maestro en teología. Y entonces el hermano Gil, inconteniblemente jubiloso, salió a la huerta conventual, que era como un balcón sobre la ciudad, y, de cara a ella, se puso a gritar: -- ¡Tú, vieja pobrecilla, simple y analfabeta, ama a Dios, y podrás ser mayor que el hermano Buenaventura! Y se extasió, y permaneció en su rapto, deliciosamente inmóvil, durante tres horas. Sería una de las ocasiones en que San Buenaventura fue testigo de sus éxtasis. Final penoso y bendito Con tanto fenómeno místico relatado de seguido, hay el peligro de que nos quede una idea falsa del conjunto de la vida del hermano Gil, aun desde lo que él llamaba su nuevo nacimiento y yo he presentado como la segunda etapa de su vida. El haber puesto sus éxtasis juntos, y lo último, ha sido «por conveniencias del guión». Porque a él, en todo el camino de su vida, no le faltaron las pruebas, ni los disgustos, ni las congojas, ni los dolores. Y en su postrer año se le agudizaron. El Maligno se cebó en él como a la desesperada, y le dirigió fuertes ataques psicológicos y hasta físicos. Sufrido y angustiado, se desahogaba con su fiel compañero: -- ¿Por qué se empeña tanto el diablo en estorbar los beneficios de Dios? Y, si eso fuese una que otra vez, sería soportable. Pero ten la seguridad de que, cuanto más lucha él contra Dios intentando quitarme la paz, mayor ha de ser su derrota. Así lo soportaba él todo: con entereza, confianza y paciencia; y decía: -- El comienzo de mi servicio a Dios no fue mío, sino de Dios. De Dios será igualmente mi fin, por su misericordia. El diablo no ha de poder más que El. Pero eso, a veces, no suprimía los días -y más aún las noches- de sus angustias mortales, y, al volver a su celda, decía con un suspiro: -- Ahora espero mi martirio. Experimentaba su debilidad, pasaba su Getsemaní, subía su Calvario. Era Dios, que le estaba purificando. Y no perdió su ingenio ni su fervor. Repetía a uno y a otro: -- ¿Qué te parece que es esto, hermano? He dado con un tesoro tan grande, tan preciosísimo, que mi lengua de carne no sabe describir ni ponderar. A ti, ¿qué te parece? Si el Señor te ilumina, dímelo. Lo decía con fuego, y como borracho de amor divino. Y los otros no acertaban a contestarle: no sabían si decirle que era su unión con Dios en la oración, o si era su gozo por el pronto abrazo con Cristo en el cielo, porque preveía cercana su muerte. Y, cuando le instaban a comer, respondía con una sonrisa iluminada: -- Conmigo tengo, hermano, la mejor comida. Y, cuando alguno le recordaba que San Francisco decía que «el siervo de Dios debería desear coronar su vida con el martirio», repetía: -- No quiero mejor muerte que la de la contemplación de Dios. Los ciudadanos de Perusa se preocuparon. Tantos años en su ciudad, lo tenían como «su santo». Y destacaron un piquete permanente de soldados para que nadie pudiera arrebatarles aquella reliquia de su cuerpo, como habían hecho los de Asís con Francisco. El hubiera preferido que le llevaran a enterrar en la Porciúncula, pero dejaba hacer. Y hasta se metió a profeta y encargó a los frailes: -- Decid a los de Perusa que por mí no han de sonar las campanas, ni por grandes milagros ni por mi canonización. No se dará otro signo que el de Jonás (Mat 12:39). Cuando se enteraron de ese anuncio con resonancia profética, los perusinos comentaron: -- Pues, aunque no sea canonizado, nosotros lo queremos para nosotros. Contaba setenta y dos años. Su estado se fue agravando. Fiebre alta, mucha tos, tenso dolor de cabeza, premiosa opresión en el pecho; sin poder comer, ni dormir, ni descansar. Tenían que incorporarlo sobre el lecho, para que encontrara algún alivio. Al sentir llegada su agonía, «lo tendieron en su pobre yacija. Y con toda serenidad, sin un rictus ni espasmo, con los ojos y los labios sellados -como guardando celosamente su tesoro interior-, aquella alma santísima, liberada de la carne, fue arrebatada al paraíso». Así describe su muerte el biógrafo. Era el 23 de abril de 1262, fiesta de San Jorge, la misma fecha de su nacimiento franciscano en la Porciúncula, hacía cincuenta y cuatro años. Con él, en la fiesta de «el más santo de los caballeros y el más caballero de los santos», moría el más idealista de los que el juglar Pobrecillo llamaba «los Caballeros de su Tabla Redonda». Fue sepultado en el mismo eremitorio del Monte, cerca de la ciudad. Los perusinos, buscando unos mármoles para construirle un sepulcro digno, dieron con un túmulo en el que figuraba la historia de Jonás, y entonces interpretaron las palabras proféticas de este bendito hermano Gil: el signo bíblico, dado por Jesús como anuncio de su resurrección, le sirvió a él para expresar que su vida eterna con Cristo era la única gloria póstuma que le interesaba. Posteriormente se levantó una hermosa iglesia en el mismo lugar en que había recibido tantos favores celestiales, utilizando en la construcción las piedras de su celda y la madera de un árbol cercano, bajo el cual se había encontrado extáticamente con Cristo tantas veces. Su culto como Beato fue reconocido por Pío VI en 1777, fijando su fiesta para la Orden el 23 de abril, fecha inicial y terminal de este genuino primitivo franciscano.
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1) Paul Sabat Francisco de Así Barcelona 1986 (2ª ed.), 119 y N.B.: En esta versión omitimos algunos párrafos y la mayoría de las notas o citas que lleva el texto original. 2Vita Beati Aegid en Analecta Francisca III, 74-1Dicta Beati Aegidii Assisi Quaracchi 1939, 2ª ed., 120 pp. Esta colección de sus refranes se atribuye también al hermano León, y ciertamente fue hecha ya en el siglo XIII. 3) LM 3,4. En gracia al lector común, he traducido ampliada, en cursisursumacti privativa de San Buenaventura; suele traducirse por sobreelevació y expresa todo el proceso místico, desde la elevación del alma sobre las cosas y sobre sí misma hasta la unión suprema con Dios en el amor extático. [Daniel Elc, O.F.M.El hermano Gil o el trabajo y la oración, en IdemCompañeros primitivos de San Francis Madrid, BAC Popular 102, 1993, pp. 63-102]
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BEATO GIL DE LORENZANA (1443-1518)
Gil, en el siglo Bernardino De Bello, nació en Laurenzana, al sur de Italia, en la región de Basilicata, hacia el año 1443, de padres pobres y piadosos que lo educaron cristianamente. Desde joven se sintió llamado a la vida eremítica, que armonizó con el trabajo. Ingresó en la Orden franciscana como hermano laico, y sus jornadas las llenaron el trabajo del huerto, las tareas domésticas y muchas horas de oración. Hombre de espíritu sencillo y humilde, recibió de Dios dones y carismas extraordinarios. Murió en su pueblo natal el 10 de enero de 1518. Gil nació en Lorenzana el año 1443 en el seno de un hogar modesto y cristiano. Muy inclinado a la piedad desde su niñez, cuando llega a la adolescencia, obtiene licencia para vivir retirado en un santuario que se encontraba en medio del campo, donde el joven se entrega sobre todo a la oración. Pero su soledad es interrumpida por la visita de los vecinos del pueblo que quieren ver por sí mismos al joven ermitaño y empiezan a consultarle sus preocupaciones. No hallándose capaz de dar respuesta a quienes acuden a él, decide dejar el santuario y colocarse como jornalero con un rico agricultor, el cual le toma afecto y le permite pasar en oración varias horas al día. Así está un tiempo hasta que madura su propia vocación y se decide a pedir el hábito franciscano en el convento de Lorenzana. Admitido al noviciado, profesa como hermano y se le asigna el encargo de trabajar la huerta de los frailes. Tiene la inspiración de pedir y obtener licencia para construirse una pequeña celda en lo más alejado de la huerta y allí poder pasar en contemplación de las cosas divinas las horas que no son del trabajo. Y así discurre su vida: trabajo y oración altísima, siendo evidentes a la comunidad religiosa las virtudes del humilde hermano, que no salía de su celda sino para el trabajo y para acudir a la iglesia donde adoraba con amor de serafín al Santísimo Sacramento. Murió el 10 de enero de 1518, estrechando en sus manos el rosario de la Virgen María. El papa León XIII confirmó su culto el 27 de junio de 1880. Año cristiano. Ene. Madrid, BAC, 2002, pp. 242-243]
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BEATO GIL DE LORENZANA Gil nació en Lorenzana en 1443. Sus padres lo formaron piadosamente. De joven se sintió atraído por la vida eremítica. Con ofren.as recogidas de limosnas construyó un oratorio dedicado a San Antonio de Padua, donde transcurría largas horas en ferviente oración, gustando las suaves dulzuras de la contemplación. El pueblo no tardó en apreciar su virtud y acudía a él como a un santo. Para huir a este plebiscito de veneración, el piadoso ermitaño fijó su morada un poco más lejos de Lorenzana, junto al pequeño santuario de "Santa María del Cielo Calata", donde el silencio de aquella feliz soledad hacía más agradable la permanencia para un alma sedienta únicamente de Dios. Allí renovó la vida de los antiguos anacoretas: silencio, trabajo y oración ocupaban su jornada. Se contentaba con pocas horas de reposo sobre un duro jergón. Los sentidos eran refrenados y el alma alcanzaba las más altas cumbres de la contemplación. Pero también este eremitorio se volvió meta de frecuentes peregrinaciones que perturbaban su soledad. Decidió entonces dejar también este santuario y trabajar colaborando con un colono que vivía junto al convento franciscano de Lorenzana. Más tarde pidió y obtuvo el hábito franciscano en calidad de hermano. Su tenor de vida fue austero: cilicios y flagelos martirizaban sus carnes, era su alimento un poco de pan. Su alma aspiraba al cielo. Tenía frecuentes éxtasis. Por algún tiempo fue enviado al convento de Potenza, donde conservó el mismo tenor de vida. El conde Carlos de Guevara vio un día una paloma posarse en su cabeza, mientras estaba en éxtasis. A una mujer que lloraba por la larga ausencia del marido, Gil le predijo el regreso. Una tal Masella Blasi de Lorenzana curó completamente con sólo trazar el siervo de Dios la señal de la cruz en su frente. Unos espíritus malignos a menudo lo atormentaban golpeándolo contra el pavimento. A veces hermanos en religión oían los ruidos. Una grave enfermedad lo redujo en poco tiempo. En el lecho de muerte siguió edificando a los frailes. Con gran devoción recibió los últimos sacramentos. Murió el 10 de enero de 1518, a los 75 años de edad. Dios lo glorificó con numerosos milagros. Su culto fue aprobado por León XIII el 27 de junio de 1880. Ferrini-Ramírez , Santos franciscanos para cad. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 17-18]
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SAN GIL MARÍA DE SAN JOSÉ (1729-1812)
por Luis Ruiz Gutiérrez, o.f.s.
Francisco, Antonio, Pascual, Domingo, fueron los nombres que le impusieron el día de su bautizo en la pila sacramental. No podían ser más acertados, ni más premonitores estos «nombres tan franciscanos». Nace en un barrio de Tarento (=it. Taranto), cercano a Pendio La Riccia, el 16 de noviembre de 1729. Educado cristianamente por piadosos padres, Cataldo Pontillo y María Gracia Procaccio, transcurrió su adolescencia y su primera juventud en el trabajo, como apoyo y ayuda al mantenimiento de su familia. Una vez muerto su padre en plena juventud del muchacho, tuvo que hacerse cargo de los gastos del hogar hasta que su madre contrajo segundas nupcias. Libre de todo tipo de cargas materiales y morales, a los 25 años ingresó como hermano lego en el convento de los franciscanos alcantarinos de Lecce. Es enviado a Galatone (Lecce), donde hace el noviciado; cambia su nombre por el de Fray Egidio María de San José. Terminado el noviciado es destinado a Nápoles en 1759, donde de forma voluntaria se encierra en un retiro durante un tiempo fortaleciendo su vida espiritual y monástica. Este retiro se encontraba en Capurso (Bari), cerca del santuario de Nuestra Señora del Pozzo, de la cual fue devotísimo. Recala finalmente en la ciudad partenopea de Chiaia, en el convento de San Pascual [en la actualidad: Convento S. Pasquale a Chiaia, Piazza S. Pasquale, 80121 Nápoles]; aquí vivió 52 años hasta el 7 de febrero de 1812, día de su santa muerte. Tenía 82 años. Durante su larga vida se distinguió en la humildad, la simplicidad, la pobreza, la caridad hacia los indigentes y enfermos. Tuvo dedicación especial por los marginados de los bajos fondos napolitanos. En su vida religiosa admiraba y trataba de imitar a dos santos de la escuela reformada franciscana, San Pedro de Alcántara y San Pascual Bailón. Su gran amor a la Santa Eucaristía le llevó a tener como ejemplo de su vida de fraile franciscano al hermano lego aragonés, el pastor Fray Pascual Bailón, patrón de los Congresos Eucarísticos. Siendo niño Fray Egidio gozó de la aparición de estos dos santos españoles que le predijeron que encontraría la santidad en el claustro seráfico. Como buen hijo de San Francisco tuvo filial amor a la Santísima Virgen, con especial devoción a Nuestra Señora del Pozzo, venerada en el santuario de Capurso (Bari). Fray Egidio enlaza el trabajo con la oración, la huerta, la cocina, la portería. Se cumple en él uno de los preceptos de la Regi. Franciscana y que en otro tiempo y hoy incluso lo sigue siendo en la Orden amiga de los Benedictinos, «Ora et labora». Pero estos trabajos los hace de puertas adentro del convento, hasta que un día la Santa Obediencia lo lanza al contacto del mundo y sus gentes. El oficio de limosnero hace que los napolitanos empiecen a conocer todo el conjunto de virtudes que atesora el pobre y humilde hermano lego franciscano. Las alforjas se llenan por la caridad de las gentes, a cambio Fray Egidio obra prodigios curando milagrosamente cuerpos y almas de sus bienhechores. Las voces populares llaman ya al fraile limosnero «el taumaturgo» y es tanta su fama y tan querido por su pueblo que por dos veces la turba se arremolina ante las puertas del convento cuando los superiores pretenden en nombre de la obediencia trasladar a Fray Egidio a otra ciudad. El 7 de febrero de 1812, en la misma ciudad y en el mismo convento donde vivió 52 años y después de 57 años de vida religiosa entregó su alma al Creador. «Loado seas, mi Señor, por la Hermana Muerte». La noticia recorre como un reguero de pólvora las calles de la ciudad que se conmueve ante la noticia. Excepcionales fueron los honores y la veneración que le tributaron los miles y miles de fieles que acudieron al convento a ver por última vez al su querido limosnero Fray Egidio. Su cuerpo fue expuesto durante tres días a la solicitud de sus muchos seguidores. Todas las clases sociales, profesionales, eclesiásticos, artistas, pobres, tullidos, necesitados... en fin, toda Tarento y todo Nápoles fueron testigos del cariño a este hijo preclaro de Nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís. Su entierro fue exponente claro del fervor popular, del amor y del cariño que gozaba Fray Egidio María de San José. El 24 de abril de 1868 el Santo Padre Pío IX atestiguaba las virtudes heroicas de Fray Egidio María y el 21 de febrero de 1886 el Papa terciario franciscano León XIII firmaba el Decreto de Aprobación. Fue beatificado el 5 de enero de 1888. [El día 2 de junio de 1996 fue solemnemente canonizado en la basílica de San Pedro]. Luis Ruiz Gutiérr, OFS, San Egidio María de San,José eSantuari, n. 109 (Mayo-Junio 1996)32-33.
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SAN GIL MARÍA DE SAN JOSÉ (1729-1812)
Texto de L’Osservatore Romano
Gil María de San José, en el siglo Francesco Antonio Pontillo, nació en el seno de una familia sencilla y cristiana, y desde muy joven tuvo que trabajar en el mantenimiento del hogar, al perder a su padre; cuando se vio dispensado de esta tarea, ingresó en los «Alcantarinos» de la Orden Franciscana. Su vida religiosa la pasó en Nápoles, donde edificó a todos por la sencillez de una vida de portero, cocinero y limosnero, llena de amor y benevolencia sobre todo hacia los más pobres.
Nació en Tarento (Taranto, Italia) el 16 de noviembre de 1729 y fue bautizado con el nombre de Francesco Antonio. Experimentó desde su infancia la pobreza. A los dieciocho años, a consecuencia de la muerte de su padre, recayó sobre él la responsabilidad de mantener a la familia. Su fe cristiana le ayudó a superar las dificultades y a confiar siempre en la providencia de Dios. En febrero de 1754, tras proveer adecuadamente a las necesidades de su familia, fue admitido por los Frailes Menores «Alcantarinos» en el convento de Galatone (Lecce, Italia). El 28 de febrero de 1755 emitió la profesión religiosa y fue destinado como cocinero al convento de Squinzano (Lecce). Tras residir unos días en el convento de Capurso (Bari), fue destinado al hospicio de San Pascual (Nápoles), donde permaneció casi 53 años, ejerciendo, alternativamente, los oficios de cocinero, portero y limosnero, con edificación de todos, especialmente de los numerosos pobres que acudían al convento para recibir de él una ayuda o una palabra de consuelo. Con solicitud franciscana y caridad activa, consagró todas sus energías al servicio de los pobres en Nápoles, que en aquellos difíciles años sufría escandalosas formas de pobreza, principalmente por las vicisitudes políticas. Innumerables fueron los prodigios que acompañaron la misión de bien y de paz de fray Gil María, hasta el punto de merecerle, ya en vida, el apelativo popular de «Consolador de Nápoles». «Amad a Dios; amad a Dios», solía repetir a cuantos encontraba en su diario peregrinar por las calles de la ciudad. Los nobles y doctos gustaban conversar con este franciscano de palabra sencilla e impregnada de fe. Los enfermos encontraban en él consuelo y fuerza para sobrellevar sus sufrimientos. Los pobres, los marginados y los explotados descubrían en el humilde limosnero el rostro misericordioso del amor de Dios. Su vida fue, con todo, esencialmente contemplativa. Pasaba noches enteras en oración ante el santísimo Sacramento; sentía un gran amor a la Natividad del Redentor; y profesaba una tierna devoción a la Virgen María, Madre de Dios, y a los santos. Su «contemplación en la acción» fue justamente lo que le hizo ver el sufrimiento y la miseria de los hermanos y lo que le convirtió en llama de ternura y caridad. Con fama de santidad, murió a las doce horas del día 7 de febrero de 1812, primer viernes de mes, en el momento mismo en que sonaban las campanas de la iglesia franciscana, invitando a venerar el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María. Anunciar el amor de Dios al hombre fue la misión que la Providencia asignó a este humilde franciscano en un contexto social lacerado por luchas y discordias. En él manifestó el Padre su amor a los marginados y olvidados. Fue testigo del amor con su palabra sencilla, y sobre todo con su vida pobre y alegre, que confirmaba a los hermanos en la certeza de que Dios vive y actúa en medio de su pueblo. Pío IX declaró la heroicidad de sus virtudes el día 24 de febrero de 1868. León XIII lo beatificó el día 5 de febrero de 1888, y.Juan Pablo II lo canonizó el día 2 de junio de 1996. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 31 de mayo de 1996]
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De la homilía de Juan Pablo II en la misa de canonización (2-VI-96) La iglesia proclama hoy la gloria de Dios manifestada en la santiGil María de San J. Auténtico hijo espiritual de san Francisco de Asís, Gil vivió el ardor de una caridad sin límites gracias a la contemplación de los misterios de Cristo, inspirando sen la humildado espiritual de la Encarnación y en la gratuidad de la E.caristía Supo estar atento a las necesidades de las personas que encontraba, tanto en la realización de las tareas más humildes de la fraternidad como en el servicio a los pobres. En sus peregrinaciones diarias por las calles de Nápoles, donde vivió durala palabra evangélica de reconciliación y de a un ambiente afectado por tensiones sociales y caracterizado por situaciones de extrema pobreza, tanto económica como espiritual. Nadie quedaba excluido de su atención solícita. Manifestaba este afecto espiritual con la exhor¡Amad a Dios, amad a Dio», invitando así a todos a la conversión del corazón a Dios, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Exo 34:6), que, como proclama el pasaje evangélico de hoy, «tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único» (Joh 3:16). Es muy actual este mensaje, que recuerda el amor y la lealtad de Dios. El mundo tiene neccreer en el amor de . San Gil, con su existencia humilde y alegre, mereció el apelaconsolador de Nápo». Su recuerdo sigue vivo y su ejemplo invita a los cristianos de nuestro tiempo a vivir plenamente el evangelio de las bienaventuranzas, respondiendo con la santidad al amor de Dios, que el Espíritu Santo derrama en nuestro corazón.
Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos (3-VI-96) San Gil María de San José, nacido en Pulla y napolitano de adopción, fue dócil instrumento en las manos de Dios para impulsar a los hombres a la conversión y revelala infinita ternura del Padre celestial, rico en bondad y en. Con sencillez franciscana en una vida auténticamente pobre, san Gil María de San José fue un heraldo eficaz del Evangelio, que comunicó a sus contemporáneos, sobre todo con el testimonio de la caridad, mediante la cual supo hacerse cargo de los sufrimientos de los más necesitados. El Consolador de Nápole», como lo llamaban en su tiempo, vivió en la familia esPoverello de A inspirándose, en particular, en el ejemplo de la Madre del SAl igual que María, cantó el «Magníf, alabando con su misma existencia a Aquel que sacia hambrientos y siembra alegría en el corazón de los oprimidos y de los que sufren. Que el nuevo santo nos ayude a ser gozosos dispensadores de la alegría que viene de lo alto, testimoniando valientemente en la sociedad la presencia viva de Cristo y la fuerza transformadora del Evangelio. [L’Osservatore Roma, edición semanal en lengua española, del 7 de junio de 1996]
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SANTOS GREGORIO GRASSI Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE CHINA († julio de 1900)
El 1 de octubre del año 2000, el papa Juan Pablo II canonizó a 120 beatos martirizados en China. Treinta de ellos pertenecen a la Familia Franciscana: uno, San Juan de Triora, fue martirizado en 1816, y a él le dedicamos una página especial; los otros 29 fueron martirizados en julio de 1900, y beatificados por Pío XII el 24 de noviembre de 1946: San Gregorio Grassi y 25 compañeros inmolaron sus vidas por la fe en Taiyuanfu, en la región de Shansi, el 9 de julio; entre ellos se encontraban Santa María Herminia de Jesús y otras seis Franciscanas Misioneras de María, a las que dedicamos una página especial; días antes y en el Hunan Meridional habían sido martirizados San Antonino Fantosati y dos compañeros suyos. De estos 29 mártires, ocho eran frailes menores (tres obispos, cuatro sacerdotes y un hermano laico); siete, hermanas Franciscanas Misioneras de María; once, franciscanos seglares chinos, cinco de los cuales eran seminaristas; y tres, fieles laicos chinos. La presencia franciscana en China se remonta a los primeros tiempos de la Orden, y testigos de ello son figuras tan representativas como Juan de Pian del Carpine († 1252) y Juan de Montecorvino (†1328), primer arzobispo de Pekín, o el Beato Odorico de Pordenone († 1331). Pero hay que añadir que, si bien el testimonio franciscano no ha faltado nunca en aquel inmenso Imperio, ha sufrido fuertes vaivenes por las persecuciones que de tiempo en tiempo se han ido repitiendo. Vengamos al siglo XIX: en 1816 fue martirizado San Juan de Triora, y al final del siglo, en 1900, sufrieron el martirio, de mano de lboxers otros 29 santos de la familia franciscana. Con el término inglés "boxers" se designa a los miembros de una sociedad secreta de carácter religioso y político a la vez, cuyos inicios se remontan a los primeros años del siglo XIX. Una de sus principales características era la xenofobia, odio, repugnancia y hostilidad hacia los extranjeros. Pasaron por largos períodos de vida más o menos precaria. Pero, en febrero de 1900, en medio de una situación social y política convulsionada, se les unieron miles de soldados y no tardó en estallar la revolución de los boxers, sucediéndose los asesinatos de chinos conversos y de religiosos extranjeros, el incendio y la devastación de iglesias y de misiones, la destrucción de vías férreas y de tendidos eléctricos, etc. La vida y organización cristiana, que era próspera en los vicariatos de Shansi y de Hunan, quedó prácticamente asolada. De la familia franciscana fueron más de trescientas las víctimas mortales. Entre ellas destacan los 29 santos, miembros de la Primera y de la Tercera Orden, que ahora recordamos: 26 fueron inmolados en el Vicariato Apostólico de Shansi Septentrional y 3 en el de Hunan Meridional. En el Vicariato de Shansi fueron apresados y encarcelados el Vicario Apostólico, Mons. Gregorio Grassi, y su Coadjutor, Mons. Francisco Fogolla, junto a los sacerdotes Elías Facchini y Teodorico Balat, y al hermano profeso Andrés Bauer, todos ellos de la Orden de Hermanos Menores. Compañeras suyas de martirio fueron siete Franciscanas Misioneras de María. Y compartieron su suerte 14 laicos, todos de nacionalidad china, 11 de los cuales pertenecían a la Orden Franciscana Seglar: cinco eran seminaristas, otros colaboradores domésticos de los obispos y de los misioneros, catequistas, etc. Todos éstos dieron la vida por Cristo en Taiyuanfu, capital de la provincia, el 9 de julio de 1900, en la sangrienta persecución de los boxers. También en el Vicariato de Hunan y aun antes se desencadenó con toda su virulencia la revuelta de los boxers. La revolución iniciada en Shantung, donde los boxers habían resultado victoriosos contra los europeos, estalló en Hunan el 4 de julio de 1900 con actos de vandalismo y destrucción de residencias, iglesia, orfanato, etc. De aquí se extendió rápidamente a todas las otras comunidades cristianas del Vicariato, que fueron saqueadas, incendiadas y destruidas; incluso las familias cristianas fueron depredadas. Algunos del clero nativo se disfrazaron, otros huyeron o se escondieron, y otros afrontaron la muerte. El primer franciscano en ser inmolado fue el P. Cesidio Giacomantonio, quemado vivo el 4 de julio de 1900. Tres días después corrieron parecida suerte sus hermanos de hábito Mons. Antonino Fantosati, Vicario apostólico de Hunan Meridional, y su fiel compañero el P. José María Gambaro. He aquí una breve crónica del martirio. A todos los mártires de Shansi, después de un tiempo de cárcel, los hicieron salir en fila, precedidos por los dos obispos y rodeados de soldados que los custodiaban estrechamente para que no pudieran escaparse. Mons. Grassi tuvo que decirles: -- No es necesario que nos atéis; iremos voluntarios a donde nos llevéis. Como respuesta, uno de los soldados hirió al obispo, y también sus compañeros fueron heridos sin compasión; por su parte, las hermanas fueron tratadas con saña y desprecio. Todos, camino del tribunal del Virrey, fueron maltratados y escarnecidos por los soldados y los boxers, que, temiendo que los cristianos reaccionaran y trataran de liberarlos, los tenían más sujetos y vigilados. Llegados al tribunal, el Virrey mandó que las víctimas se arrodillaran en una larga fila, y comenzó el juicio. Dirigiéndose a Mons. Fogolla le dijo: -- ¿Desde cuándo estás en China y a cuántos del pueblo has perjudicado haciéndolos cristianos? -- Hace muchos años que estamos en China -respondió el obispo- y nunca hemos perjudicado a nadie; al contrario, hemos beneficiado a muchos. -- ¿Y -prosiguió el Virrey- qué medicina dais a la gente para hacerlos cristianos, que ni siquiera los niños están dispuestos a abandonar vuestra religión? -- Nosotros no les damos ninguna medicina para hacerlos cristianos, y ellos son plenamente libres; pero saben que no deben apostatar, porque están convencidos de que es un mal, y que es pecado no adorar al Dios del cielo. El Virrey dio unos puñetazos al obispo, y luego gritó: --¡Matadlos, matadlos! De inmediato los soldados irrumpieron y brutalmente sacaron de la sala del tribunal a las víctimas, desenvainaron las espadas y empezó la salvaje carnicería. Los primeros en caer fueron los obispos y los misioneros; luego, los seminaristas y los laicos; cuando les llegó el turno a las religiosas, se quitaron el velo, se cubrieron la cara y dejaron al descubierto el cuello para facilitar su trabajo a los verdugos; entretanto, Sor María de la Paz entonó el Te Deum que las otras siguieron hasta su decapitación. Los restos mortales de los mártires, después de ser objeto de ludibrio de los boxers, los soldados y la plebe, fueron arrojados a una fosa común en la que eran enterrados los malhechores y los vagabundos. En cuanto a los mártires de Hunan, sus cuerpos fueron incinerados y las cenizas arrojadas al viento y al río. Los perseguidores de Shansi y de Hunan creyeron que borraban la memoria de sus víctimas mezclando sus huesos con los de facinerosos, dándolos como pasto a los perros y a las aves rapaces o dispersando sus cenizas. Pero se dice que, cuando los restos fueron exhumados, la tierra se cubrió de un suave manto de nieve, que hizo exclamar al Virrey, impresionado por el espectáculo: «Estos extranjeros eran de veras gente buena y valiente, el mismo cielo se asocia a sus funerales». En los lugares del martirio y en las tumbas que custodian los restos de los mártires, el gobierno erigió monumentos expiatorios. El papa Pío XII los beatificó a todos el 24 de noviembre de 1946, y Juan Pablo II los canonizó el 1 de octubre del 2000. A continuación damos una breve noticia de cada uno de estos mártires. Recordamos que tanto San Juan de Triora como Santa María Herminia de Jesús y sus compañeras Franciscanas Misioneras de María tienen página propia en nuestro Santoral.
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MÁRTIRES DE SHANSI : San Gregorio Grassi (1833-1900). Noble figura de franciscano, misionero y obispo.
Nació en Castellazzo Bormida, provincia de Alessandria, en Piamonte (Italia), el 13 de diciembre de 1833, siendo el tercero de los nueve hijos de Juan Bautista y Paola Francisca Mocagatta. Fue bautizado el mismo día con el nombre de Pierluigi, y su madre lo consagró a la Virgen para que lo protegiera toda su vida. El 2 de noviembre de 1848 vistió el hábito franciscano en el convento noviciado de Montiano (Forlí), y cambió su nombre por el de Gregorio. En agosto de 1856, terminados los estudios en el convento de la SS. Annunziata de Bolonia, fue ordenado sacerdote, y pidió ser enviado a misiones. Dos años después estaba en Roma, en el colegio misionero de San Bartolomé de la Isla, preparándose para las misiones de China, hacia donde partió a finales de 1860. Visitó devotamente la Tierra Santa y llegó a Schang-tong. Destinado a Shansi, trabajó varios años en el Distrito de Tee-yuen-sien, de donde pasó a Taiyuanfu, capital de la provincia. Durante 40 años ejerció su dinámico apostolado, primero como misionero, después, en 1876, como obispo coadjutor con derecho a sucesión, y en 1891 como Vicario Apostólico de Shansi Septentrional, donde dio notable desarrollo a la conquista misionera. Hablaba perfectamente el chino. Fue rector del seminario indígena. En 1893 abrió en el territorio de Shansi el primer noviciado franciscano de China. Eran constantes sus visitas pastorales a las numerosas pequeñas comunidades cristianas, distantes a veces hasta 450 kilómetros, hechas con diligencia, por caminos en extremo difíciles. En 1878 su territorio padeció una terrible carestía, seguida de graves epidemias, con siete millones de víctimas, entre ellas 4.000 cristianos. También él sufrió el mal, infectado en la asistencia a los enfermos, pero se curó milagrosamente, y reinició sus recorridos apostólicos consolando, alentando, ayudando generosamente. En su largo apostolado, construyó 60 iglesias, entre ellas el santuario de Santa María de los Angeles, a 2.000 metros de altura. Fue asiduo en el confesionario y en la catequesis de niños y adultos, en la asistencia a los pobres y necesitados, y en la defensa y apoyo de los misioneros. Dedicaba largas horas a la oración y meditación. Pensaba volver a Italia para recobrar las energías, pero otro viaje lo esperaba. En vísperas del martirio, invitado a huir y esconderse, Mons. Grassi respondió: «Desde la edad de doce años he deseado y pedido al Señor ser mártir, ¿y ahora que ha llegado el momento deseado, tendría que huir?» Recibió la palma del martirio, a los 67 años, capitaneando un glorioso batallón de mártires de la fe caídos bajo la espada de los boxers el 9 de julio de 1900 en Taiyuanfu. San Francisco Fogol (1839-1900). Obispo coadjutor de Mons. Grassi.
Nació en Montereggio, en la región de los Apeninos de Lunigiana, el 4 de octubre de 1839, por lo que le impusieron el nombre del Santo de Asís. Recibió de sus padres una buena educación moral y religiosa. En Parma, adonde se había trasladado su familia, tuvo un contacto frecuente con los Hermanos Menores de la iglesia de la Annunziata, y no tardó en sentir crecer en su corazón la vocación franciscana y misionera. Vistió el hábito franciscano en 1858 y, terminados los estudios, fue ordenado sacerdote en 1863. Después de la adecuada formación, recibida en el convento romano de San Bartolomé de la Isla Tiberina, en diciembre de 1866 se embarcó para China. De camino, permaneció un año en Palestina para visitar los Santos Lugares y prepararse espiritualmente. El 11 de febrero de 1868 llegó a China y fue destinado a Taiyuanfu, en Shansi, donde se encontraba Gregorio Grassi y donde fue acogido con gran alegría por el Vicario Apostólico Mons. Mocagatta. Pronto su celo suscitó la admiración de los fieles y el odio de los adversarios. Llegó a poseer un extraordinario conocimiento del idioma chino. A los siete años de su llegada fue nombrado rector del seminario y Vicario General de la misión de Lun-gan-fu, y en calidad de tal se dedicó a visitar las comunidades cristianas, a administrar sacramentos, a predicar a cristianos y no cristianos. Era un año de carestía y la gente, desnutrida y hambrienta, moría de hambre en las casas, en las calles y en los campos. El misionero pidió y obtuvo recursos de Europa a cambio de estatuillas de bronce y objetos artesanales locales que recibió de sus feligreses y envió a París; así fue para todos amoroso dispensador de ayuda. Con ocasión de la Exposición Misionera Internacional de Turín, viajó con cuatro seminaristas. En París lo sorprendió la noticia de su nombramiento como obispo auxiliar de Mons. Grassi, y allí mismo fue consagrado el 24 de agosto de 1898. Recorrió Francia, Bélgica e Inglaterra buscando ayuda para la misión, y en Roma consiguió la mejor que podía desear: siete hermanas que la madre María de la Pasión enviaba a Taiyuanfu para atender el orfanato y otras tareas asistenciales. El 12 de marzo de 1899 emprendió el viaje de regreso a China con las siete Franciscanas Misioneras de María. Entregado de nuevo a su trabajo y apenas asumidas las nuevas responsabilidades que se le habían confiado, lo sorprendió la persecución de 1900, con la llegada a Shansi del sanguinario gobernador Ju-sien. Sus últimas palabras fueron: «Nunca hemos perjudicado a nadie; al contrario, hemos beneficiado a muchos». A su hermano que lo invitaba insistentemente a volver a Italia, le escribió: «Deseo morir con las armas en las manos combatiendo contra el infierno para estar más cerca de volar al cielo». Fue decapitado por los boxers el 9 de julio de 1900. Tenía 61 años de edad, 30 de misionero y dos de obispo. San Elías Facchin (1839-1900). Sacerdote.
Nació en Reno Centese, provincia de Ferrara, pero arzobispado de Bolonia, en 1839, de Francisco y Mariana Guaialdi. Los compañeros lo apodaban «el loco Facchini». Cuando se difundió la noticia de que quería hacerse fraile, una viejecita exclamó: «Si ese se hace fraile, me hago cortar la cabeza». Y es que tenía un carácter jovial y jocoso, pero al mismo tiempo cándido y generoso. Admitido entre los hijos de San Francisco, profesó el 1 de noviembre de 1859, y fue ordenado sacerdote en diciembre de 1864 en Ferrara. En 1866 pidió y obtuvo el permiso para incorporarse a las misiones de China. A tal fin se estuvo preparando en el convento romano de San Bartolomé de la Isla Tiberina. En abril de 1868 llegó a Taiyuanfu con otros cinco frailes con quienes compartía sus anhelos, y compartiría las fatigas y también las alegrías de la evangelización. Su primer campo de apostolado fue Ta-cong-fu. Pero muy pronto lo llamaron a dirigir el seminario indígena de Taiyuanfu, en el que enseñó letras y teología. Trabajaba intensamente, dormía poco, escribió textos para los seminaristas y obras de formación espiritual. Participó en dos Sínodos Regionales del Vicariato, el de 1880 y el de 1885, y en el III Sínodo de Shensi. En 1893 fue nombrado superior y maestro de novicios en el nuevo convento que había construido Mons. Grassi en Tun-el-koun. También aquí, como trabajador incansable, hacía miles de cosas con una facilidad asombrosa. Cuatro años después lo llamaron a tomar de nuevo la dirección del seminario mayor de Taiyuanfu. Vivía habitualmente en oración y en él se podía admirar al auténtico franciscano de vida austera, al rector de seminario sabio y prudente que formó para la vida cristiana y para el sacerdocio a numerosos jóvenes, al misionero incansable en la conversión de los infieles, al escritor ilustrado que preparó y escribió textos de estudio y de formación religiosa. Cuando a principios de 1900 comenzaba a entrever la proximidad del martirio, solía decir: «Si me matan, iré más pronto al Paraíso. Mi cuerpo está ya desgastado. Si he de morir por la Religión, daré gracias al Señor». Cuando sufrió el martirio el 9 de julio de 1900, tenía 61 años de edad, de los cuales había pasado 33 de vida misionera en China. San Teodorico Balat (1854-1900). Sacerdote.
Nació el 23 de octubre de 1858 en San Martín de Tour, diócesis de Albi (Francia), por lo que sus hermanos de misión lo llamaban «el buen albigense». Sus padres, Juan Francisco y Rosa Taillefer, se esforzaron por darle una educación profundamente cristiana. A los 11 años entró en el seminario menor de Lavour, y a los 20 en el de Albi. Era de carácter inquieto y a ratos de genio áspero. El 29 de junio de 1880 vistió el hábito franciscano en Pau en el noviciado de la Provincia Minorítica de San Luis. Pero, al decretarse el destierro de los religiosos, tuvo que continuar el noviciado en Inglaterra, y el 30 de junio de 1881 hizo la profesión en el convento de Woodlands, donde permaneció algunos años. La vocación misionera entusiasmaba al joven P. Teodorico, que decidió partir para China. Antes visitó los lugares franciscanos, La Verna y Asís, y luego Tierra Santa. Aquí su salud, ya frágil, empeoró: fiebre y fortísimos y agotadores espasmos al estómago, pero se alivió rápidamente. Desembarcó en China en octubre de 1884, y en diciembre de 1885 llegó a Taiyuanfu. Pronto aprendió muy bien la lengua china. Siempre estuvo lleno de juvenil entusiasmo, activo, incansable. Mons. Grassi le confió oficios delicados: profesor en el seminario menor, maestro de novicios en el noviciado franciscano, ecónomo de la misión y capellán de las religiosas Franciscanas Misioneras de María y del orfanato. En el desempeño de esta última tarea lo sorprendió la revolución de los boxers. Alguien le aconsejó que huyera, pero él respondió: «Mi deber es permanecer aquí». Cuando llegó a la residencia misionera el tirano Ju-sien con sus secuaces, él estaba rezando tranquilamente el breviario; se levantó, bendijo a las hermanas y las acompañó valientemente al suplicio compartiendo con ellas la palma del martirio el 9 de julio de 1900. San Andrés Bauer (1866-1900). Religioso profeso.
Nació en Guebwiller, Alsacia (Francia), el 24 de noviembre de 1866, de Lucas y Lucía Moser, siendo el sexto de ocho hermanos. Hombre sencillo y sin malicia, el 12 de agosto de 1886, a los 20 años de edad, vistió el hábito de la Orden de Hermanos Menores, como religioso no clérigo, en Clevedon, Inglaterra, pues las leyes entonces vigentes no le permitían hacerlo en Francia. Pronto la legislación militar de su país lo reclamó y tuvo que regresar a Francia, donde vistió el uniforme militar por espacio de tres años. Luego, en vista de la necesidad que sufrían sus padres, decidió ayudarles por un tiempo. Al prolongarse éste, su piadosa madre le dijo: «Andrés, sigue tu vocación. No te preocupes por nosotros, la Providencia nos asistirá. No te demores para responder al Señor, que el mundo no quiere saber más de ti». Volvió a vestir el hábito franciscano en Amiens el año 1895. Más tarde fue destinado a París. Andrés, desde que ingresó en la Orden, tenía la aspiración de ser misionero, y esa aspiración pudo hacerla realidad cuando en París conoció a Mons. Fogolla, que se preparaba para la consagración episcopal: se enroló en su expedición y el 4 de mayo de 1899 Andrés se encontraba ya en Taiyuanfu, China, ansioso por convertir a muchos infieles. Servicial con todos, no sabía estarse quieto sino en la oración. El Vicario Apostólico, Mons. Grassi, le confió la dirección del personal laico de su casa y el ambulatorio, aparte los servicios que tenía que prestar en su comunidad religiosa. Fue un enfermero entregado a los pacientes, un verdadero samaritano. Su vida misionera duró sólo 14 meses. La revuelta de los boxers le sorprendió cuando atendía el ambulatorio de hombres. Poco antes había escrito a un hermano suyo: «Nos encontramos en el amanecer de un nuevo siglo, y no sé lo que nos espera. ¡Ojalá pudiese, como el buen ladrón,.robar también yo el Paraíso!» Cuando meses más tarde, un soldado chino le pedía las manos para atarlo, Andrés se postró ante él y besó las cadenas, por considerar que el verdugo venía a abrirle las puertas del Paraíso. Sereno y cantando el salmo: «Alabad al Señor todas las naciones...», se encaminó hacia el lugar donde la hermana muerte saldría a su encuentro en la decapitación. Era el 8 de julio de 1900 y tenía 33 años de edad. San Juan Tchang (1877-1900). Seminarista. De nacionalidad china, a los 11 años entró en el Seminario, primero en Ko-lao-kou y luego en Taiyuanfu, donde tuvo de superior al P. Facchini y donde inició los estudios teológicos. Estudiaba con mucha diligencia y era cumplidor de su deber. De carácter muy vivo, pero ejemplar entre sus compañeros. Había recibido ya las órdenes menores e, iniciada la teología, se había hecho terciario franciscano. De carácter inquieto, debió imponerse fuertes renuncias para vencerse. Muy devoto, a diario oía la misa, tomaba la comunión, rezaba el rosario y hacía el vía crucis. Pudiendo librarse del martirio si renegaba de la fe cristiana, rechazó resueltamente tal propuesta y, a los 23 años, fue el primero del grupo de cinco seminaristas en derramar la sangre por Cristo a manos de los boxers el 9 de julio de 1900. San Patricio Tong (1882-1900). Seminarista.
Nació en China en 1882, y a la edad de 12 años ingresó en el seminario menor; a su debido tiempo pasó al seminario mayor de Taiyuanfu y se hizo terciario franciscano. El P. Fogolla, que era su rector, premió la bondad del joven escogiéndolo como compañero de viaje a Italia, con ocasión de la Exposición Misionera Internacional de Turín de 1898; además, lo acompañó, junto con otros chinos, en las visitas que hizo a Francia, Bélgica e Inglaterra, dejando en todas partes óptimas impresiones de alma cándida y privilegiada. A su regreso de Italia manifestó su gran deseo de hacerse Hermano Menor. Cuando estaba a punto de entrar en el noviciado, se desencadenó la persecución religiosa de los boxers. De Patricio se recuerda esta anécdota: mientras estaba en la cárcel, obtuvo permiso para volver al seminario por un objeto que apreciaba mucho y para saludar a sus padres, familiares y amigos. Todos lo apremiaban, y sus padres lo hacían con llanto, para que no volviera a la cárcel sino que se pusiera a salvo. Él rehusó enérgicamente todas las propuestas y volvió pronto a la prisión. Fue inmolado el 9 de julio de 1900 cuando tenía 18 años. San Felipe Tchang (1880-1900). Seminarista.
Nació en 1880, hijo de fervorosos cristianos. A los dieciséis años entró en el seminario menor, donde se mostró dócil, manso y sobre todo devoto. Tardo de ingenio, encontró muchas dificultades en el estudio y sobre todo en el aprendizaje del latín, pero supo superar ese obstáculo con el esfuerzo propio de las almas generosas y nobles que saben hacer frente a todo para realizar su propio ideal. Tanto los superiores como los compañeros lo estimaban y admiraban porque era bueno y caritativo, firme y generoso para secundar nobles iniciativas. En su momento pasó del seminario menor al mayor de Taiyuanfu, donde con el estudio, la oración y la disciplina se preparaba para ser un digno sacerdote de Cristo, continuador entre su pueblo de la obra evangelizadora de los misioneros; se hizo terciario franciscano, y la espiritualidad franciscana le ayudó mucho en la elevación de su alma a Dios. Pero su final glorioso estaba ya muy cercano. La persecución de Ju-sien le dio la oportunidad de dar su vida por Cristo. Sereno y decidido subió a su Calvario, donde fue decapitado cuando apenas tenía 20 años, el 9 de julio de 1900. San Juan Tchang (1882-1900). Seminarista. Era el primogénito de cinco hermanos, y sus padres, fervientes católicos, murieron cuando él era todavía un niño. En el seminario menor hizo rápidos progresos en los estudios, de modo que los superiores lo encargaron de enseñar las ceremonias, el latín y otras materias escolares a los compañeros más lentos para el aprendizaje. De carácter dinámico y fuerte, cuando era vencido por su forma de ser lo reconocía cándidamente ante su rector, el después obispo mártir Francisco Fogolla. En 1897 recibió las órdenes menores, y por los mismos días recibió el hábito de la Tercera Orden franciscana de manos del también mártir Elías Facchini que admiraba su índole noble y sus virtudes no comunes. Un compañero suyo, que no tuvo la gracia del martirio, lo describió así: «Juan era modelo para todos nosotros por su diligencia, empeño y constancia en el estudio. Era fervoroso en la oración, se acercaba devotamente a la comunión, participaba activamente en la santa Misa, y hacía largas meditaciones. Había logrado moderar su carácter vivaz con una amable dulzura. Todos aprendimos de él». Al desatarse la persecución, fue hecho prisionero. Tuvo la oportunidad de huir, pero no quiso. Le propusieron renegar de su fe, y él lo rechazó enérgicamente. Recibió la palma del martirio el 9 de julio de 1900 cuando tenía dieciocho años. San Juan Wang (1885-1900). Seminarista. Su padre era presidente de la comunidad cristiana del lugar en que nació, y Juan recibió una buena formación religiosa, a la cual sirvió de apoyo su índole jovial, inquieta y resuelta. Profundamente atraído por las cosas espirituales, a los diez años entró en el seminario. En 1897 fue escogido con otros para ir a Italia y participar en la Exposición Misionera Internacional de Turín, de donde regresaron en 1899. Juan era el más joven del grupo, apreciado por su piedad y su carácter amable y jovial. En Turín pronto se convirtió en el ídolo de los visitantes. Ya había recibido la tonsura y hecho la profesión en la Tercera Orden Franciscana. La Madre María de la Pasión, fundadora de las Franciscanas Misioneras de María, escribe: «Juan Wang era un pequeño y simpático seminarista, sabía manejar magistralmente los instrumentos de la música china...». Durante el tiempo en que estuvieron encarcelados por los boxers, Juan jugaba e invitaba a los compañeros a jugar con él. A Fray Elías Facchini, su rector, le parecía una ligereza, por lo que le llamó la atención. Juan sonriendo le contestó: «Padre, ¿por qué tenemos que estar tristes? ¿Por fortuna, si nos matan, no vamos al Paraíso? Con mayor razón debemos estar alegres». Un sacerdote chino, que poco antes de la matanza del 9 de julio los había visitado en la cárcel, atestigua que los seminaristas estaban alegres, no temían nada, oraban y seguían en sus juegos. Juan tenía 15 años y cuatro meses cuando una espada le segó la vida. Santo Tomás Sen-Ki-Kuo (1851-1900). Franciscano seglar.
Nació en el seno de una familia cristiana pobre y temerosa de Dios, y desde niño comenzó a frecuentar los sacramentos. Mons. Fogolla lo admitió a la profesión en la Tercera Orden franciscana. A los 24 años entró al servicio del sacerdote chino Pablo Chang, pero poco después tuvo que retirarse a causa de una grave enfermedad. Recuperada la salud, entró al servicio de Mons. Grassi, a quien sirvió por espacio de diez años como verdadero modelo de fidelidad y obediencia. Obispo y fámulo se entendían a la perfección y, al desatarse la persecución, juntos sufrieron valerosamente el martirio por Cristo. Tomás tenía 49 años de edad. San Simón Tcheng (1854-1900). Franciscano seglar. Fámulo de Mons. Fogolla.
Nació de padres católicos viejos y muy fervorosos. Ingresó en el seminario, pero la mala salud le obligó a dejarlo. Entró después al servicio de su párroco, el P. Francisco Fogolla, a quien sirvió durante 30 años, siendo siempre un «siervo bueno y fiel». Fue ejemplo de piedad y humildad para la comunidad cristiana. Ingresó en la Tercera Orden Franciscana, y procuró vivir la espiritualidad evangélica y franciscana en el amor a Dios y a los hermanos, en la pobreza y en la intimidad con Dios. Se dedicó gustoso a la catequesis de niños y adultos. Permaneció voluntariamente célibe para dedicar su vida al servicio de los demás. Con su obispo y cuatro seminaristas viajó de julio de 1900. San Pedro U-Ngan-Pan (1860-1900). Franciscano seglar. Fue seminarista y tomó el hábito de la Tercera Orden franciscana. Pero entendió luego que su vocación no era la sacerdotal y dejó el seminario, aunque decidió permanecer célibe para servir más libremente a la Iglesia. Por su carácter franco y valeroso y su notoria pasión por el estudio, Mons. Grassi le asignó un maestro con la intención de que llegara a ser doctor en letras, para facilitar las relaciones diplomáticas entre las autoridades civiles y la Iglesia. Pedro llegó a ser un aceptable versificador. Enviado por el obispo a llevar ayuda a los misioneros de Tshiang-kou, en el momento en que salía de la ciudad fue detenido y luego colgado en una viga, hasta la tarde; cuando llegó el mandarín encargado de cerrar las puertas de la ciudad, lo hizo liberar con la condición de que no volviera a servir a los europeos. Pedro, una vez liberado, volvió a la misión. Detenido y encarcelado con los obispos y los misioneros, sufrió gozoso el martirio con ellos el 9 de julio de 1900 a los 40 años de edad. San Francisco Tchan (1840-1900). Franciscano seglar. Modesto agricultor, dedicado a los trabajos del campo y al cuidado de su numerosa familia. Era descendiente de viejos cristianos. Tenía cincuenta y dos años cuando pasó al servicio de la misión, como portero del orfanato regido por las Franciscanas Misioneras de María. Las Hermanas lo llamaban «el abuelo». Una buena palabra, una sonrisa, modales siempre delicados y gentiles daban encanto a su actividad. Se prestaba para todos los trabajos que se le encomendaban. Siempre alegre, parecía haber encontrado el secreto de la verdadera y perfecta alegría. Había ingresado en la Tercera Orden Franciscana y era devotísimo de la Santísima Virgen. Pasaba las horas libres orando y rezando el rosario. Siguió a las Hermanas a la cárcel, considerándose afortunado al poder ir con ellas al martirio. De Francisco Tchang, un amigo dijo: «Era un hombre extraordinario, admirable por su candor y sencillez, ejemplo de virtud y de piedad. Era querido por todos». Tenía 60 años cuando fue inmolado el 9 de julio de 1900. San Matías Fun-Te (1855-1900). Franciscano seglar. Ferviente neófito que, después del bautismo, vistió el hábito de la Tercera Orden franciscana; admiraba de San Francisco el espíritu de pobreza y de humildad, y su intenso amor a Dios y a los hermanos en una vida totalmente evangélica. Matías vigilaba de noche la residencia episcopal, marcando al estilo chino las vigilias de la noche con el tam tam, instrumento metálico sonoro. El martirio lo sorprendió el 9 de julio de 1900 a los 45 años de edad. San Santiago Ien-Kun-Tun (1855-1900). Franciscano seglar. Hombre de extraordinaria simplicidad, que pertenecía a la clase humilde de los agricultores pobres y asalariados; estaba encargado de cultivar las hortalizas para los misioneros, las hermanas, el seminario y el orfanato de la Santa Infancia. Desempeñaba su trabajo con prontitud y diligencia, y sobre todo con gran alegría; a menudo acompañaba sus labores con el canto. El último año de su vida fue ayudante de cocina. La comida del 9 de julio de 1900 fue la última que sirvió, pues por la tarde fue martirizado a la edad de 45 años. San Pedro Tchang (1849-1900). Laico. Apodado «Pan-piú», «medio buey», por su gran fuerza física y por su disponibilidad para el trabajo duro. Era un hombre recto, bueno, modelo de piedad cristiana. No era doméstico ni trabajador a sueldo de la misión, sino que era llamado para trabajos extraordinarios. Con pasión casi religiosa prestaba toda su colaboración. Asiduo a las funciones religiosas; la misa, la comunión y la oración eran la fuerza de su vida; difundía el culto a la Santísima Virgen y cada día reunía a su familia y recitaba con devoción la corona franciscana. Al desencadenarse la persecución, viendo que algunos compañeros huían por miedo, quiso sustituirlos afrontando con los obispos el martirio el 9 de julio de 1900 cuando tenía 51 años. Pocos días después se apareció glorioso a su hijo, que todavía aterrorizado por la muerte de su padre, estaba haciendo el Vía crucis. Lo exhortó a no temer, sino a permanecer fiel y constante. Cinco días más tarde, también el hijo moría bajo la espada del tirano, confesando intrépido su fe. San Pedro Wang (1870-1900). Laico. De niño fue acogido y educado amorosamente en el orfanato de Kalao-Kou, y toda su vida estuvo agradecido a la Misión por lo que había recibido de ella. Era un hombre bueno, que siempre se empeñó en cumplir los mandamientos de Dios. En un primer tiempo estuvo al servicio del sacerdote indígena Pedro Su, que llegado el momento también entregaría su vida por la fe. Dos años antes de la persecución, fue recibido en Taiyuanfu en calidad de cocinero del seminario. Ejerció este oficio con entrega y fidelidad. Se mantuvo al lado de los misioneros hasta dar la vida por Cristo el 9 de julio de 1900 cuando tenía 30 años. San Santiago Tcha (-1900). Laico.
Nació de padres cristianos, que le dieron una óptima educación en la fe. Se casó y tuvo dos hijos. Fue hombre de gran bondad y rectitud. Llevó una vida pobre y laboriosa, pero adornada de virtudes familiares. Era sirviente ocasional de la Misión Franciscana. Cuando los obispos, los misioneros y las hermanas fueron encarcelados, compadecido, durante el día les servía en cuanto necesitaran y por la tarde se iba a su casa. El día 8 de julio de 1900, por la tarde, al volver a casa, dijo a su mujer y a su anciana madre que al día siguiente no regresaría, pues había oído decir que los encarcelados de la Misión serían ejecutados, y él quería morir con ellos. La esposa y la madre, preocupadas por el porvenir suyo y de los hijos, lloraban amargamente: «¿Si te matan, quién se preocupará por tu familia, quién ayudará a tu mujer, a tus hijos y a tu afligida madre?» Jaime, señalando al cielo, les dijo: «Las encomiendo a Dios. La Providencia proveerá. ¿Acaso no hay un Dios que es Padre de todos, especialmente de los huérfanos y de los pobres? Desde el cielo estaré más cercano que cuanto lo he estado sobre la tierra. Les ayudaré y les daré ánimo». Pasó la noche en oración y por la mañana se dirigió a la cárcel, donde fue arrestado y colocado junto con los demás. Mientras era llevado al tribunal de Ju-sien, algunos soldados, viejos colegas, con intención de salvarlo dijeron que Jaime no era cristiano, pero él los desmintió, reafirmando sin miedo su fe, y fue ejecutado. MÁRTIRES DE HUNAN: San Antonino Fantosat (1842-1900). Obispo.
Nació en Santa María del Valle, cerca de Trevi, provincia de Perusa en Umbría, el 16 de octubre de 1842. De muy joven profesó en la Provincia franciscana de Asís y a la edad de 23 años recibió la ordenación sacerdotal. En octubre de 1867 dejó Roma y se dirigió a las misiones de China con un pequeño grupo de compañeros entre los que estaba el P. Elías Facchini. Llegó a Hupeh, sede del Vicariato y residencia principal de la misión, el 15 de diciembre de aquel mismo año. De sus 33 años de apostolado en China, los siete primeros fueron los más maestro europeo». Fue misionero de grandes y geniales iniciativas. Pasó luego a Lao-ho-kow, centro fluvial de primera magnitud, donde ejerció durante 18 años el ministerio con tacto, prudencia y singular penetración de la mentalidad china. Fue Administrador Apostólico del Alto Hupeh; en aquel tiempo la carestía y la peste desolaron China. En 1878 fundó un orfanato para los niños abandonados y organizó la distribución de las numerosas ayudas provenientes de Europa. Luego fue vicario general del obispo Banci. En 1888 estuvo algún tiempo en Italia. De nuevo en China, fue nombrado en 1892 Vicario Apostólico del Hunan Meridional, adonde se trasladó en noviembre de aquel año. Sus últimos años estuvieron saturados de cruces y persecuciones, pero las adversidades no apagaron su celo. En la feroz persecución de los boxers perecieron en solo Shansi y Hunan más de 20.000 cristianos. En esta última provincia le precedió en el martirio el P. Cesidio Giacomantonio, quemado vivo el 4 de julio. Mons. Fantosati intuyó pronto la inminencia de la explosión revolucionaria y se preparó con valentía. Se encontraba lejos de su residencia ordinaria practicando la visita pastoral, acompañado por el P. Gambaro. Ante la gravedad de la situación, se apresuraron a regresar a Heng- tchen-fu, residencia del Vicario Apostólico, el 6 de julio de 1900 con algunos cristianos. Estos trataron de convencerlo de que no volviera a la ciudad, pero Mons. Fantosati les respondió que su deber lo llamaba a defender a sus hijos: «Si hemos de morir, moriremos juntos». Cerca ya de la ciudad se enteró de la muerte del P. Cesidio y de que habían destruido la iglesia y el orfanato. El día 7 llegaron a la ciudad. En el momento del desembarco muchos pescadores asaltaron la embarcación. Desde la orilla el obispo trató de aplacar a la masa, pero un golpe de timón en la cabeza lo lanzó a tierra. Los revoltosos los asediaron, y arrojaron sobre los misioneros una granizada de piedras y de objetos contundentes, mientras éstos repetían los nombres de Jesús y María. El martirio del obispo se prolongó por más de dos horas entre atroces tormentos, hasta que un pagano, viéndolo todavía vivo, lo atravesó de parte a parte con un largo palo de bambú con una aguda punta de hierro. Los dos cadáveres, arrojados primero al río, fueron luego recogidos para ser quemados y sus cenizas dispersadas en el agua o arrojadas al viento, a fin de que no se honrara su sepultura. Aquel 7 de julio Mons. Fantosati tenía 58 años de edad. San José María Gambaro (1869-1900). Sacerdote.
Nació en Galliate, provincia de Novara (Italia), el 7 de agosto de 1869. A los trece años entró en el colegio seráfico, y el 27 de septiembre de 1886 tomó el hábito de los Hermanos Menores en la Provincia de Piamonte. Activo y circunspecto, entusiasta y prudente, fue estimado y apreciado por los superiores, que lo escogieron, cuando aún era clérigo teólogo, como asistente de los hermanos jóvenes del colegio de Ornavasso, elección que se demostró sabia, pues produjo frutos copiosos en aquellos jóvenes que se preparaban al sacerdocio y a la vida religiosa franciscana. Apenas ordenado sacerdote fue nombrado rector del mismo colegio. Pero un año después, atendiendo su deseo, se le permitió irse como misionero: dejó Italia y llegó a China en marzo de 1896. Fue destinado a Hunan Meridional. Esta nueva experiencia se le manifestó de inmediato en su áspera dificultad: los usos y costumbres tan diversos no fueron tan difíciles de asimilar como la lengua. El Vicario Apostólico Mons. Fantosati, considerando las óptimas cualidades del P. Gambaro, le encomendó la tarea de formar en el estudio y la piedad a los aspirantes del Seminario indígena, del que fue tres años rector y profesor. Luego, al faltar el misionero en la importante cristiandad de Yen-tchiou, el P. José María fue encargado de sustituirlo. Supo hacer frente a la vida misionera activa y a sus inevitables pruebas, con serena fortaleza y absoluto abandono en las manos del Señor. En Pentecostés de 1900 lo llamó Mons. Fantosati para que lo acompañara en la visita a diversas cristiandades del Vicariato. En estas circunstancias se abatió sobre ellos la persecución, que estalló el 4 de julio de 1900 en la ciudad de Heng-tchen-fu, residencia del Vicario Apostólico. Apenas llegaron las primeras tristes noticias, ambos se apresuraron a regresar a la sede; en vano los cristianos insistieron para que buscaran un refugio seguro; ambos declararon abiertamente que, a cualquier costo, su puesto estaba junto a las ovejas en peligro. Se embarcaron hacia Heng-tchen-fu, y ambos compartieron el mismo vía crucis. Una turba fanática y enfurecida los aguardaba. Al desembarcar, fueron rodeados, asediados, apedreados y apaleados. También el P. José María, tendido en el suelo y agonizante, repetía el nombre de Jesús y de María. Aún tuvo arrestos para aproximarse a Mons. Fantosati, que estaba envuelto en sangre, intentar abrazarlo y susurrarle unas palabras; expiró mientras el obispo levantaba la mano para bendecirlo. Su martirio había durado veinte minutos. Era el 7 de julio de 1900, y él tenía 30 años de edad, catorce de religioso, ocho de sacerdocio y cuatro de vida misionera. San Cesidio Giacomantonio (1873-1900). Sacerdote.
Nació en Fossa, provincia de L’Aquila en los Abruzos (Italia), el 30 de agosto de 1873. Desde muy joven visitaba a menudo el convento de Ocre, que dista algo más de un kilómetro de su pueblo y donde reposan los restos de los beatos Bernardino de Fossa y Timoteo de Monticchio. La oración de aquel lugar recogido hizo germinar en su corazón la vocación religiosa franciscana. El 21 de noviembre de 1891 vistió allí mismo el hábito de los Hermanos Menores. Después de la profesión, completó los estudios en varios conventos y finalmente recibió la ordenación sacerdotal. La afabilidad con todos, la cortesía en el trato, la sonrisa siempre en la boca fueron dotes suyas naturales sobre las que la gracia sembró a manos llenos virtudes sobrenaturales como el gran amor a Dios y a la Virgen, el espíritu de oración, la sumisión filial a la divina voluntad, el deseo de la conversión de las almas hasta desear con ardor el martirio. Durante algún tiempo ejerció el ministerio de la predicación, pero pronto fue enviado a Roma como candidato a las misiones. Completada su formación, partió hacia China junto con otros dos frailes. A él le cabe el honor de ser el protomártir del Colegio Internacional de San Antonio de Roma. Al llegar, fue acogido con inmensa alegría por el Vicario Apostólico, el obispo Antonino Fantosati. A pesar del ambiente de persecución que ya se respiraba, Cesidio puso todo su afán y empeño en predicar, convertir y bautizar en el nombre del Señor al mayor número posible de nativos. Para esto aprendió bien la lengua china, y su apostolado se vio colmado de satisfacciones. En una carta dirigida a sus padres poco antes del martirio, describe su alegría de encontrarse en China y pide oraciones por la conversión de muchos infieles. Luego añade: «Procuremos hacernos santos, si alcanzamos esta gracia podremos cantar en el cielo el eterno aleluya». La persecución lo sorprendió en Heng-tchen-fu el 4 de julio de 1900, cuando llevaba un año de apostolado en China. La residencia principal de la misión, donde él se encontraba, fue invadida por los boxers y por la multitud. En medio del tumulto que se produjo, el P. Cesidio, olvidando el peligro que corría y temiendo que las Sagradas Formas fueran profanadas, corrió a la capilla a consumir el Santísimo Sacramento. Los exaltados perseguidores desahogaron contra él su furia hiriéndolo con palos y lanzas. Semivivo, cuando todavía respiraba, lo envolvieron en una manta empapada de petroleo y le prendieron fuego. Así fue martirizado el 4 de julio de 1900 cuando sólo tenía 26 años de edad.
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