BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN (hacia 1553 - 1606)
Nació en Medinaceli, provincia de Soria en España, hacia el año 1553, y murió en Alcalá de Henares (Madrid) el 8 de abril de 1606. Rechazado varias veces del noviciado en la provincia franciscana de Castilla, vio finalmente coronados sus esfuerzos viviendo en condición de hermano lego en varios conventos, como en La Salceda, donde tomó el hábito, en Ocaña y, sobre todo, en Santa María de Jesús, de Alcalá. Su santa simplicidad y su admirable virtud atraían poderosamente la atención de los doctos profesores y curiosos estudiantes complutenses. Lope de Vega, evocando tal vez sus recuerdos de estudiante, escribirá más tarde El saber por no saber y vida de San Julián de Alcalá de , quees viene a ser la historia de las santas candideces del bienaventurado lego, sabio para Dios y simple para el mundo (p. 217). Son innumerables los milagros recogidos en su proceso y que contribuyeron a que el pueblo le diese el apelativo de «santo», con que le designa también Lope de Vega. Fue beatificado solemnemente por León XII el 23 de mayo de 1825. I. Vázquez, enDiccionario de Historia Eclesiástica de . Madrid, CSIC, 1972]
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BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN (hacia 1553 - 1606) Hacia mediados del siglo XVI, la herejía de Calvino causaba grandes estragos en el sur de Francia, por lo que un joven caballero de Toulouse o de sus cercanías, llamado Andrés Martinet, tuvo que dejar su patria y abandonar su fortuna para mantenerse fiel a su fe y huir del riesgo de verse constreñido a abrazar la de los hugonotes. Encontró refugio en Medinaceli, provincia de Soria (España), donde entró a trabajar en el taller de un curtidor de pieles llamado Antonio Cedillo. Pronto se ganó Julián la confianza y apoyo de su patrón, que lo apreció como a un hijo, le facilitó una vivienda y le ofreció para esposa a la virtuosa joven Catalina Gutiérrez, empleada en el servicio doméstico de su hogar. Los dos jóvenes se unieron en matrimonio y en fecha que no sabemos con exactitud, entre 1550 y 1553, les nació su primer hijo, Julián, a quien educaron en el santo temor de Dios y en el amor de su santa ley. Julián correspondió al ambiente que vivía en su casa y a la santa solicitud de sus padres, y desarrolló sentimientos nobles en su corazón a la vez que cultivó la piedad y las devociones acordes con su edad, sobre todo la misa y la comunión, prácticas que mantuvo cuando empezó a trabajar como aprendiz en una sastrería y a pesar de las burlas de sus colegas. Con todo, a medida que pasaba el tiempo, crecía en nuestro joven el deseo de una mayor perfección y la tendencia a la vida religiosa. Vislumbrando los peligros para su alma que encontraría en el mundo y después de mucha oración y de consultar con su confesor, decidió hacerse franciscano. Vistió el hábito de san Francisco en el convento de Santa María de La Salceda (Segovia), fundado por fray Pedro de Villacreces y perteneciente primero a la Provincia descalza de San José, fundada tiempo atrás por san Pedro de Alcántara, y luego a la Observante de Castilla. Llevado de un extraordinario fervor se entregó en seguida a la práctica de unas mortificaciones y penitencias tan exageradas, que los superiores pensaron que tanta austeridad provenía más de una mente exaltada que de una sólida virtud, por lo que lo invitaron a dejar el hábito y el convento. Dolorido y desolado, pero convencido de que aquella era la voluntad del Señor, que no lo estimaba apto para vivir entre los siervos de Dios, marchó a Santorcaz, cerca de Toledo, y se puso a trabajar como sastre, sin abandonar sus prácticas de piedad. Mientras tanto él pedía a Dios que le concediese la gracia de llevar la vida consagrada que tanto ansiaba. No mucho tiempo después llegó a Santorcaz, para dar una misión, el padre Francisco de Torres, célebre misionero de los franciscanos de la Provincia de Castilla, y pronto quedó hondamente impresionado por la atención que Julián prestaba a sus sermones, la devoción con que ayudaba a misa y el fervor con que comulgaba. Por ello, le propuso que lo acompañara en sus viajes apostólicos, y el joven no dudó ni un instante en aceptar la propuesta, se vistió un hábito de peregrino y empezó a recorrer con aquel apóstol de la palabra los caminos de España. Cuando llegaban a un lugar, la primera ocupación de Julián era recorrer las calles del pueblo o ciudad haciendo sonar una esquila para convocar a todos al sermón del misionero; la gente quedaba edificada por su modestia y piedad. Un día pasaron por Medinaceli y sus conciudadanos, viéndolo vestido de aquella manera, lo tomaron por loco; él, con una sonrisa humilde, les respondió: «Decís la verdad. Yo soy un verdadero loco, pero soy tal por amor de Dios». El P. Torres, que conocía el deseo de Julián de vestir el hábito franciscano, lo observaba atentamente y cada vez admiraba más su sencillez y candor, su generosidad y su fervor, su deseo sincero de servir a Dios en el recogimiento y la penitencia. Por tanto, llegó el momento en que consideró procedente recomendar a los frailes de La Salceda que la admitieran al noviciado. Admitido de nuevo, una vez más se entregó con ardor a la vida de austeridad y a las penitencias inusuales aun entre los descalzos. Y de nuevo los frailes lo consideraron un exaltado y lo despidieron. El beato Julián soportó esta nueva y más dura prueba con una serenidad admirable, y, sin quejarse, se limitó a manifestar: «Creo que mi vocación es la de religioso, con hábito o sin él». Entonces se retiró a lo alto de un monte cercano para seguir allí su vida de contemplación y de penitencia. Se construyó con el ramaje una cabaña, y todos los días bajaba a la puerta del convento donde enseñaba el catecismo a los demás pobres que allí se reunían y, como ellos, recibía de los frailes el pan y la menestra para alimentarse. Un día se encontró por el camino con un pobre casi desnudo y, movido a compasión, le dio la pobre túnica que llevaba; al día siguiente, el portero del convento le reprochó que acudiera a la portería medio desnudo, y Julián le explicó lo ocurrido y le añadió con humildad que había pensado que aquel pobre necesitaba la túnica más que él. Entonces los frailes le dieron un hábito viejo, parecido al que llevaban los donados, y Julián, agradecido a la comunidad que lo vestía y lo alimentaba, se sintió obligado a corresponderles de la mejor manera que le era posible: ir a pedir limosna para el convento. Los campesinos, que lo estimaban y lo consideraban como un santo, quedaban edificados por sus palabras y sus ejemplos y le daban abundantes limosnas, que él llevaba a los frailes, quedándose para sí algún mendrugo. Finalmente, los religiosos reconocieron que la piedad de Julián era auténtica y que obraba impulsado por el Espíritu de Dios, y le abrieron por tercera vez las puertas del noviciado. Trascurrido el año de prueba, Julián fue admitido a la profesión solemne de la Regla de san Francisco en calidad de hermano lego y con el nombre de fray Julián de San Agustín. Lleno de gratitud y alegría, el nuevo hermano se entregó con todas sus fuerzas a la tarea de su santificación. Intensificó la austeridad de vida y fue inventando nuevas e increíbles formas de penitencia y mortificación; dedicaba a la oración el tiempo que sus tareas domésticas le dejaban libre, hurtando muchas horas al sueño; se propuso obedecer no sólo a los superiores sino también a todos los religiosos, hacia los que se mostró siempre bondadoso y humilde. No tardaron los superiores en nombrarlo compañero de misión del P. Torres, que entonces estaba de familia en el convento de Alcalá, donde aún estaba fresca la memoria edificante de San Diego ( 1463), que había pasado allí los últimos años de su vida y al que Julián tomó como modelo. Una vez más, en su tarea de acompañante del predicador, la vida y las palabras del humilde lego eran a veces tan elocuentes y eficaces como los sermones del misionero. Algún tiempo después lo enviaron al convento de Nuestra Señora de la Esperanza de Ocaña (Toledo) como limosnero, pero no tardó en volver a Alcalá donde pasó el resto de su vida, dedicado a atender las necesidades de los enfermos y de los pobres. A lo largo de su vida religiosa fray Julián se distinguió por la observancia estricta de la Regla de san Francisco y por la práctica de todas las virtudes, particularmente la oración y la penitencia, la humildad y la obediencia. Había asimilado de tal forma el espíritu de oración, que en cualquier tiempo y lugar vivía en la presencia de Dios con el que conversaba familiarmente. Cuando estaba en el convento, pasaba en el coro o en la iglesia las horas que le dejaban libres las tareas que se le habían encomendado y la mayor parte de la noche, de suerte que en la práctica no tenía una celda reservada para su uso. Fuera del convento, cuando iba por los pueblos a pedir limosna, pasaba las mañanas en la iglesia para rezar, ayudar a misa y comulgar, y por la noche, si no se quedaba en la iglesia postrado en adoración, solía retirarse al despoblado para entregarse allí libremente a la contemplación. Narran las crónicas que el demonio puso en marcha todos sus engaños y artimañas para quebrantar la constancia del siervo de Dios, y que éste lo protegía y lo llenaba de consuelo además de concederle dones extraordinarios, como los éxtasis. El amor de Dios que ardía en el corazón de Julián lo impulsaba a una vida de caridad sin límites hacia el prójimo. Lo que más le preocupaba era el bien espiritual de todas las personas, a la vez que las carencias y miserias de los pobres despertaban en él la más tierna compasión. Se interesaba por sus necesidades, buscaba medios para ayudarles, les procuraba limosnas, los consolaba en sus penas hablándoles de la felicidad del cielo, exhortaba a los ricos a que socorrieran a los indigentes. Las palabras sencillas y humildes de fray Julián sembraban la paz en los corazones, despertaban el arrepentimiento en los pecadores, y no fueron raras las conversiones que obtuvo, movía el corazón de los pudientes a auxiliar a los más desfavorecidos en bienes de fortuna. Resulta difícil comprender cómo fray Julián pudo conciliar durante toda su vida el fiel cumplimiento de sus deberes de hermano lego y la intensa vida de oración, con unas penitencias tan duras y hasta exageradas, que ni siquiera los frailes de aquel tiempo, descalzos y de tradición alcantarina, llegaban a discernir como virtud, por lo que lo despidieron dos veces del noviciado. Maceraba de continuo su cuerpo y el ayuno era una constante en su vida, más severo en las frecuentes cuaresmas que observaba a imitación de san Francisco. Su alimento solía ser un poco de pan, algunas hierbas medio cocidas y pocas nueces. Hacía uso abundante de cilicios y otros instrumentos de mortificación. Y ocultaba con gran celo sus penitencias. A la par iban su penitencia y su humildad, sincera y profunda. Se tenía por inferior y servidor de todos. Los desprecios e insul.os que a veces le propinaban en sus correrías, no le ofendían porque consideraba sinceramente que era digno de ellos. Si el superior, por equivocación o para provocarlo o probarlo, lo reprendía aun por faltas que no había cometido, lejos de excusarse, cumplía la penitencia, para expiación de sus pecados, y trataba de superarse en aquello que le habían recriminado. Por otra parte, ponía sumo cuidado en evitar cuanto pudiera atraerle la estima y veneración de la gente. Cuando Dios obraba por su intercesión algún milagro, el siervo de Dios se apresuraba a atribuírselo a la Virgen o a los santos. Ciertamente el Señor quiso adornar la vida de su siervo con muchos milagros y gracias extraordinarias, éxtasis, curaciones, docilidad de los animales y de las fuerzas de la naturaleza, y también el don de profecía y el de ciencia infusa. No era raro que autoridades y los mismos profesores de la Universidad de Alcalá fueran a consultarle las cuestiones más delicadas y difíciles, y que salieran maravillados de sus respuestas que no podían atribuir sino a la sabiduría que Dios le había regalado. También los bienhechores pedían a veces al P. Guardián del convento de Alcalá que les enviara a Fr. Julián para que los consolara o aconsejara y para encomendarse a sus oraciones, y siempre quedaban edificados. La fama de santidad de nuestro beato se extendió por toda España. La misma reina Doña Margarita, esposa de Felipe III, quiso conocerlo personalmente, y en tal sentido escribió a su P. Guardián, el cual lo mandó por obediencia a la corte de Madrid. La Reina lo acogió con gran respeto y veneración y se encomendó a sus oraciones; el pobre fraile, por timidez o por humildad, apenas abrió la boca. Con todo, Dña. Margarita quedó muy bien impresionada y, como muestra del alto aprecio en que lo tenía, dejó en su testamento una suma considerable de dinero para su canonización. Después de una vida sencilla, inocente, pura, llena de buenas obras, fray Julián cayó enfermo una vez más, y comprendió que era la última enfermedad. Recibidos con gran devoción los últimos sacramentos, murió en Alcalá el 8 de abril de 1606. La noticia de su muerte se difundió rápidamente, y el clero y los universitarios, los nobles y el pueblo de Alcalá acudieron al convento de los franciscanos para venerar y despedir al siervo de Dios, cuyo cuerpo tuvo que permanecer expuesto dieciocho días para satisfacer el deseo de los fieles, y no se corrompió sino que permaneció flexible emanando un suave perfume. Lo enterraron en una capilla a la que el pueblo llamó pronto de "San Julián". Los milagros obrados por su intercesión se multiplicaron, y el papa León XII lo beatificó solemnemente el 23 de mayo de 1825.
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BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN Julián Martinet nació en Medinaceli en el seno de una familia procedente de Francia y que había venido a España huyendo de los hugonotes. Su nacimiento fue hacia el año 1550. Sintió la vocación religiosa e ingresó en el convento de los franciscanos, pero al poco éstos lo despidieron. Lo intentó otra vez, pero le pasó igual. En el mundo llevaba, sin embargo, una vida tan religiosa y ejemplar que los mismos frailes se sintieron llamados a ofrecerle hacer una tercera tentativa. Esta vez sí llegó a la profesión religiosa como hermano lego, tomando el nombre de Julián de San Agustín. Sus penitencias increíbles lo hicieron notable en el convento, y un franciscano amigo suyo lo llevaba a sus predicaciones misionales porque la ayuda suya era inestimable con los testimonios de fe que daba de palabra y con el ejemplo. Los reyes de España quisieron conocerle personalmente y para ello fue a Madrid. Murió el 8 de abril de 1606. Fue beatificado el 23 de mayo de 1825. Año cristiano. A. Madrid, BAC, 2003, p. 185]
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BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN Religioso profeso de la Primera Orden franciscana, que nació hacia 1553 y murió en 1606. Fue beatificado por León XII el 23 de mayo de 1825. Julián Martinet, nuestro beato, nació en Medinaceli (Soria), en Castilla la Vieja, España, hijo de Andrés Martinet, francés fugitivo de Toulouse a causa de los calvinistas, y de Catalina Gutiérrez, joven obrera de Aguaviva. Ya enteramente educado, en edad juvenil vistió el hábito de los Hermanos Menores en retirarse. Después de mucha insistencia, fue recibido nuevamente, pero luego fue despedido por los mismos motivos. Entonces se pasó a vivir cerca del convento llevando una vida eremítica; cada día pedía a los frailes un trozo de pan, y éstos, conmovidos por su vida santa, lo aceptaron por tercera vez en el convento y así finalmente pudo emitir la profesión en la Orden franciscana en calidad de religioso laico. Después de una breve permanencia en los conventos de Alcalá y de Ocaña, regresó de nuevo al convento de San Diego de Alcalá. Al encomendársele el oficio de limosnero se distinguió por la rigurosa mortificación, la pobreza y la humildad. Favorecido con el don de profecía y de ciencia infusa, mereció una gran veneración de parte del pueblo, al que edificó con sus virtudes y en el que logró muchas conversiones. El amor hacia Dios le inspiraba comprensión para con el prójimo. La miseria de los pobres despertaba en él una tierna compasión. Se interesaba por sus necesidades, los consolaba hablándoles de la felicidad del cielo; exhortaba a los ricos a ayudar a los pobres y a darles trabajo. Dividía su alimento con los hambrientos. Era maravilloso su apostolado cuando de puerta en puerta pedía la limosna. Por muchos años ejercitó este apostolado con humildad y paciencia; tenía para todos una palabra de aliento, para llevar almas a Dios, quien glorificaba la humildad de su siervo con prodigios: muchos enfermos fueron curados, multiplicaba los alimentos; profesores de la universidad de Alcalá a menudo iban a consultarle sobre difíciles asuntos y volvían maravillados de sus respuestas, convencidos de que Dios le había infundido la ciencia. Después de una vida pura, inocente, mortificada, plena de obras buenas, Fray Julián vio llegar finalmente la hora de la recompensa. Recibió los últimos sacramentos con gran fervor y luego, con el rostro iluminado por una luz divina, abandonó el destierro para llegar a la patria del cielo. Era el 8 de abril de 1606. Tenía 53 años de edad. A la noticia de su muerte el clero, los profesores de la universidad, los nobles y sobre todo el pueblo que él había amado tanto, acudieron al convento de los Hermanos Menores para venerar al siervo de Dios, cuyo cuerpo permaneció expuesto por dieciocho días. Numerosos milagros sucedieron en su tumba, que fue colocada en una capilla que el pueblo de inmediato llamó de San Julián. En Alcalá le dedicaron una calle: Calle San Julián Ferrini-Ramírez , Santos franciscanos para cad. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 32-33]
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BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN El Beato Julián, religioso franciscano, nació en Medinaceli (Soria, España) hacia el año 1550, hijo de padre francés, fugitivo de los calvinistas, y de madre española. Vistió el hábito franciscano en el convento de retiro de La Salceda, dedicándose a tan extremas penitencias, que sus superiores llegaron a considerarlo trastornado, por lo que le aconsejaron dejar esta forma de vida; pero, ante su insistencia en ser recibido de nuevo, obtuvo lo que pedía. Mas otra vez volvió a las andadas, siendo despedido nuevamente por idénticos motivos. Entonces decidió llevar vida eremítica cerca del convento, pidiendo limosna a los frailes que, conmovidos por su forma de vida, lo admitieron por tercera vez en el convento. Emitió su profesión de vida franciscana como religioso laico. Vivió en los conventos de La Salceda, Ocaña y Santa María de Jesús (Alcalá de Henares). En su oficio de limosnero se distinguió por su rigurosa mortificación, pobreza y humildad. Cuando pedía de puerta en puerta, era objeto de admiración por su paciencia y humildad, por sus palabras de aliento y sus deseos de llevar almas a Dios, el cual distinguió a su santo siervo con prodigios diversos, como curaciones de enfermos, multiplicación de alimentos, respuestas inspiradas de lo alto. Favorecido por el don de profecía y de ciencia infusa, convirtió a muchos, y mereció una gran veneración del pueblo, al que edificaba con sus virtudes, y que lo aclamaba como santo. Movido por el amor de Dios, se compadecía ante la miseria ajena; se interesaba por los necesitados, a quienes daba consuelo y alivio con sus palabras sobre la esperanza y la felicidad del cielo; exhortaba a los ricos a ayudar a los pobres. Su santa simplicidad y admirable virtud llamaban la atención de los sabios profesores y de los curiosos estudiantes de Alcalá. Lope de Vega evoca el talante y las virtudes de este beato, cuando recoge la historia de las candideces del que es sabio para Dios y simple para el mEl saber por no saber y vida de San Julián de Alca.á Después de una vida pura, inocente, mortificada y llena de obras buenas, fray Julián salió al encuentro del Señor para recibir su recompensa, bien preparado con los santos sacramentos, y, con el rostro iluminado por la luz divina, murió el 8 de abril de 1606, a la edad de 56 años, en el convento de San Diego, en Alcalá de Henares. Fue tan grande la conmoción que causó la noticia de su muerte y acudieron tantos al convento de los frailes para venerar al siervo de Dios, que su cuerpo debió permanecer expuesto durante dieciocho días, hasta ser colocado en una capilla, que de inmediato el pueblo llamó de San Julián. Alcalá dedicó una calle a su nombre, con el apelativo de santo: Calle San Julián. El 23 de mayo de 1825, el papa León XII beatificó solemnemente al humilde fraile franciscano. [L. Pér en Nuevo Año Cristiano, A. Madrid, Edibesa, 2001, 122-123]
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BEATO JUNÍPERO SERRA (1713-1784)
del cuaderno distribuido en su beatificación
«Siempre adelante, nunca hacia atrás». Este fue el lema de Junípero Serra, cuyas dotes intelectuales, celo misionero, bondad y paciencia produjeron sus frutos en su nativa Mallorca, en México y en los Estados Unidos.
Nacido en Petra (Mallorca) el 24 de noviembre de 1713, Miguel José fue hijo de Antonio Serra y Margarita Ferrer, agricultores. Después de la enseñanza primaria en los Franciscanos de Petra, Miguel marchó a Palma, la Capital, e ingresó en los Frailes Menores en 1730, tomando el nombre de Junípero en honor de uno de los primeros seguidores de San Francisco. Ordenado de sacerdote en 1737, Serra fue destinado a enseñar filosofía. Entre sus alumnos hubo dos que fueron sus últimos colaboradores en el Nuevo Mundo, Francisco Palou y Juan Crespí. Tras doctorarse en Teología en la Universidad del Beato Ramón Llull en 1742, Serra continuó enseñando filosofía y teología y adquirió gran fama como predicador. En 1749, en unión de Palou, partió para el Colegio de San Fernando, en la Ciudad de México. Temiendo comunicar a sus padres su próxima partida, Serra pidió a un fraile compañero suyo que les informara sobre el particular. «Yo quisiera poder infundirles la gran alegría que llena mi corazón», decía. «Si yo pudiera hacer esto, seguro que ellos me instarían a seguir adelante y no retroceder nunca». Les pedía que comprendieran su vocación misionera y prometía recordarlos en la oración. Poco después de su llegada a México, Serra sufrió la picadura de un insecto que le produjo la hinchazón de un pie y una úlcera en la pierna de la que le resultó una cojera para el resto de su vida. Tras unos meses en el Colegio de San Fernando, Serra fue destinado a las misiones de Sierra Gorda al nordeste de la ciudad de México. Allí trabajó durante ocho años, tres de ellos como presidente de las misiones. Llamado a la Ciudad de México, fue maestro de novicios durante nueve años y continuó su predicación en las zonas alrededor de la capital. En 1767 los jesuitas fueron expulsados de México y sus misiones de la Baja California fueron encomendadas al Colegio de San Fernando. Serra fue nombrado presidente de esas misiones, cuya cabecera estaba en la Misión de Loreto. En 1769, la Corona de España decidió colonizar la Alta California (hoy Estado de California en los EE.UU.). Serra fue nombrado nuevamente presidente; supervisó la fundación de las nueve misiones: San Diego (1769), San Carlos Borromeo (1770), San Antonio de Padua (1771), San Gabriel Arcángel (1771), San Luis Obispo (1772), San Francisco de Asís (1776), San Juan de Capistrano (1776). Santa Clara de Asís (1777) y San Buenaventura (1782). En 1773 Junípero fue a la Ciudad de México para entrevistarse con el Virrey Bucarelli y tratar de resolver los problemas que habían surgido entre los misioneros y los representantes del Rey en CalifRepresentación de Serra (1773) ha sido llamada «Carta de los Derechos» de los in.ios; una parte decretaba que «el gobierno, el control y la educación de los indios bautizados pertenecerían exclusivamente a los misioneros». Durante esta visita a la Ciudad de México Serra escribió a su sobrino, el Padre Miguel Ribot Serra diciéndole: «En California está mi vida y allí, si Dios quiere, espero morir». Ni siquiera el martirio del Padre Luis Jaime en la Misión de San Diego (1775) apagó el deseo de Serra de añadir nuevas misiones a la cadena de las ya existentes a lo largo de la costa de California. En todas estas misiones, Junípero y los frailes enseñaron a los indios métodos de cultivo más eficaces y el modo de domesticar a los animales necesarios para la alimentación y el transporte. Cuando fue capturado el indio que dirigía a los rebeldes en la Misión de San Diego, Serra escribió al Virrey, pidiéndole que perdonara la vida del indio. Los que fueron capturados, fueron eventualmente perdonados. En la misma carta al Virrey, Serra pedía que «en el caso de que los indios, tanto paganos como cristianos, quisieran matarme, deberían ser perdonados». Serra explicaba: «Debe darse a entender al asesino, después de un moderado castigo, que ha sido perdonado y así cumpliremos la ley cristiana que nos manda perdonar las injurias y no buscar la muerte del pecador, sino su salvación eterna». Serra pasó los últimos años de su vida ocupado en las tareas de la administración, la necesidad de escribir muchas cartas a las otras misiones y a la Iglesia y a los oficiales del gobierno en la Ciudad de México, y con el ansia de fundar las misiones necesarias. Sin embargo, trabajó con gran fe y tenacidad, aunque le iban faltando las fuerzas. Los indios le pusieron de apodo «el viejo», porque tenía 56 años cuando llegó a la Alta California, pero Serra trabajó constantemente hasta su muerte el 28 de agosto de 1784 en la Misión de San Carlos Borromeo, que había sido su cuartel general y se convirtió en el lugar de su descanso definitivo. Los indios y los soldados lloraron la muerte de Serra y lo llamaban «Bendito Padre». Muchos se llevaban un trozo de su hábito como recuerdo; otros tocaban medallas y rosarios a su cuerpo. Poco tiempo después de la muerte de Serra, el Guardián del Colegio de San Fernando escribía al Provincial de los Franciscanos en Mallorca: «Murió como un justo, en tales circunstancias que todos los que estaban presentes derramaban tiernas lágrimas y pensaban que su bendita alma subió inmediatamente al cielo a recibir la recompensa de su intensa e ininterrumpida labor de 34 años, sostenido por nuestro amado Jesús, al que siempre tenía en su mente, sufriendo aquellos inexplicables tormentos por nuestra redención. Fue tan grande la caridad que manifestaba, que causaba admiración no sólo en la gente ordinaria, sino también en personas de alta posición, proclamando todos que ese hombre era un santo y sus obras las de un apóstol». El 14 de septiembre de 1987, el Papa Juan Pablo II tuvo un encuentro con los Indios nativos americanos en Fénix, Arizona, durante el cual alabó los esfuerzos de Serra para proteger a los indios contra la explotación. Tres días más tarde el Papa visitó la tumba de Serra en la Misión de S. Carlos Borromeo y recordó Representaci de Serra en 1773 en favor de los indios de California. Juan Pablo II dijo que Serra y sus misioneros compartían la convicción de que «el Evangelio es un asunto de vida y de salvación. Ellos estimaban que al ofrecer a Jesucristo a la gente, estaban haciendo algo de un valor, importancia y dignidad inmensos». Esta convicción los sostenía «frente a cualquier vicisitud, desazón y oposición». El mismo Juan Pablo II beatificó solemnemente en Roma a Fray Junípero el 25 de septiembre de 1988.
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BEATO JUNÍPERO SERRA (1713-1784),
Apóstol y Paladín de California por Francisco Carrera Augusto, m.c.c.j. La figura de fray Junípero Serra surge con brillo entre los evangelizadores del Nuevo Mundo. Es un misionero del siglo XVIII, pero en situaciones y lugares de primera evangelización. Este franciscano mallorquín fascina todavía hoy por su audacia misionera. No sólo es el padre de California, sino sobre todo un modelo de .póstol El franciscano fray Junípero Serra fue el alma de la evangelización de la Alta California (o California estadounidense). La relevancia del misionero franciscano en la historia de esa parcela del Nuevo Mundo la confirma la presencia de su estatua, la únicaHall of Fa (Galería de la Fama) del Capitolio norteamericano en Washington, colocada entre las de los padres fundadores y los personajes más destacados de la nación. La llamada del Nuevo Mundo Miguel José Serra nació en la villa de Petra (Mallorca) el 24 de noviembre de 1713, en el seno de una humilde familia campesina. Sus primeros estudios los realizó en el convento de San Bernardino de Siena, en Petra. Posteriormente ingresa en el convento franciscano de Jesús, de la ciudad de Palma, donde hace su profesión religiosa el 15 de septiembre de 1731; en esa ocasión cambia su nombre de pila por el de Junípero. En los años siguientes obtiene el doctorado en Filosofía y Teología en la Universidad Luliana de Palma y se dedica a la docencia y la predicación. Las cartas y las noticias que llegan de los misioneros de América mueven a fray Junípero a abandonar su brillante carrera como profesor para incorporarse al trabajo de evangelizador en tierras americanas. El 28 de agosto de 1749, Junípero Serra y otros veinte franciscanos salen del puerto de Cádiz rumbo a Nueva España (México). La expedición llega a la ciudad mexicana de Veracruz el 7 de diciembre. Mientras el grueso del grupo misionero se dirige, a lomos de mulas, hacia Ciudad de México, fray Junípero y un acompañante emprenden el camino a pie. En este viaje contrae una dolencia en la pierna que ya no le abandonará hasta su muerte. Entre los pames de Sierra Gorda El primer destino del mallorquín en tierras del virreinato español son las misiones de Sierra Gorda, habitadas por los indios pames. Junípero Serra y su paisano y amigo fray Francisco Palou se establecen en la misión de Santiago Xalpán el 16 de junio de 1750. El primer obstáculo a salvar por parte de los dos misioneros es la barrera de la lengua que los separa de sus nuevos «feligreses». El futuro padre de California se aplica al estudio del «pame» y llega a dominarlo en poco tiempo. Más tarde traducirá oraciones y nociones de doctrina cristiana a ese idioma indígena para uso de sus compañeros. Además de la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos, una importante labor de los misioneros españoles en el Nuevo Mundo fue incorporar a los nativos a la civilización occidental. «Ganar almas para Dios y pueblos para la Corona» era el lema que movía a religiosos y soldados. Junípero Serra dio pruebas en Santiago Xalpán de unas dotes de organización y de sentido práctico que le permitirían, años más tarde, llevar a cabo la ingente tarea de colonizar la Alta California. El misionero hizo llegar a Sierra Gorda semillas y animales de tiro y de labor; introdujo a los indios en el cultivo de la tierra; los reunió en granjas colectivas y les enseñó a comerciar con el excedente de sus cosechas. Las mujeres «pames» aprendieron a hilar y tejer. Poco a poco, y gracias a esas iniciativas, fue mejorando la vida de los pueblos indios de la sierra, que hasta entonces habían llevado una existencia difícil. Tras nueve años en las misiones de Sierra Gorda, fray Junípero recibe el encargo de dirigir la evangelización de los apaches de la región del río San Saba y se traslada a Ciudad de México. Allí tendrá que permanecer diecinueve años, porque la muerte del virrey paralizó los proyectos que las autoridades españolas habían trazado respecto al territorio apache. A Junípero Serra no se le abrió una nueva posibilidad de incorporarse al trabajo misionero, que tanto añoraba, hasta 1767. Ese año, el rey Carlos III firmó un decreto de expulsión de la Compañía de Jesús de todas las posesiones españolas. Entre los afectados por la orden real se encontraban los dieciséis jesuitas que atendían las misiones de la Baja California (o California mexicana). Los franciscanos fueron escogidos para hacerse cargo de los puestos que quedaban vacantes. Fundador de California El 14 de julio de 1767 dieciséis miembros de la Orden franciscana parten de Ciudad de México rumbo a la California ya colonizada. Al frente de ellos, como «padre presidente», iba Junípero Serra. Una vez en su nuevo destino, el director de los misioneros y el visitador real, José de Gálvez, organizaron una expedición que tenía como objetivo ocupar para España y «llevar a la luz del Evangelio» la Alta California, prácticamente desconocida en aquellos tiempos. Una de l.s razones que se apuntan como móvil de esta decisión española fue la presencia de Rusia en Alaska y el peligro de que tratara de extender hacia el Sur su presencia en el continente americano. En 1768, soldados y misioneros se pusieron en marcha hacia las nuevas tierras. Era el comienzo de la gesta californiana de fray Junípero Serra y de sus acompañantes. Primero sale por mar el buque «San Carlos», con una carga de semillas, herramientas, material de construcción... y todo lo necesario para establecer las poblaciones ya dibujadas en la mente de los expedicionarios. Por tierra sube el resto con cabezas de ganado destinadas a poblar de vacas, cerdos y caballos los territorios que van a colonizarse. La primera fundación española en la Alta California, a muchos kilómetros ya de Vellicatá, límite de la Corona en lo que actualmente es México, es la de San Fernando. La ceremonia de ocupación tuvo lugar el 14 de mayo de 1769. Junípero Serra llegó a ese puesto un poco más tarde, porque la expedición terrestre se retrasó. A partir del pueblo-misión de San Fernando, y en el breve espacio de quince años, surgieron otros nueve asentamientos a lo largo de la costa del Pacífico: todos ellos fueron impulsados directamente por el franciscano mallorquín. Cálculos aproximativos cifran la población de California, cuando llegaron los españoles, en 100.000 indios de diversas tribus. La mayoría de los pobladores, a diferencia de los de México, constituían sociedades rudimentarias, con enormes problemas de subsistencia. Su alimentación se reducía a raíces y frutos salvajes. No conocían los vestidos y para protegerse del frío cubrían sus cuerpos de barro. Tampoco habían desarrollado un sistema propio de escritura. Evangelización y colonización El objetivo de la empresa española en el Nuevo Mundo era la «creación de sociedades cristianas». Para lograrlo introducían a los nativos en los principios cristianos y los hacían beneficiarios de las ventajas de la civilización occidental, aun cuando eso supuso en muchas ocasiones la destrucción de culturas muy desarrolladas. Junípero Serra y sus colaboradores siguieron la línea de acción establecida por sus predecesores en otras partes del continente. Cuando llegaban a un lugar conveniente, levantaban una capilla, unas cabañas para residencia de los frailes y un pequeño fuerte protector contra posibles ataques. Acogían a los indígenas que se aproximaban movidos por la curiosidad y, una vez ganada su confianza, les invitaban a establecerse en las proximidades de la misión. Allí, al mismo tiempo que catequizaban a los indios, los misioneros les enseñaban nociones de agricultura y ganadería, les proporcionaban semillas y animales y les asesoraban en el trabajo de la tierra. Algunos de ellos aprendieron también las técnicas de la carpintería, la herrería o la albañilería. Las mujeres recibían adiestramiento en las labores de cocina, costura y confección de tejidos. De esta manera fue cambiando el entorno físico de la Alta California y la forma de vida de sus moradores. Aparecieron pueblos circundados por campos de maíz, trigo y vides. La ganadería vacuna, porcina y caballar, inexistente anteriormente, se iba multiplicando e inundaba aquellos parajes. A la muerte de fray Junípero, el 28 de agosto de 1784, quedaban establecidos nueve pueblos-misión, que acogían a unos 5.800 nativos, muchos de ellos bautizados. A ésos les siguieron en los dos años siguientes otros doce. De ellos surgirían con el paso del tiempo ciudades tan importantes como las actuales de Los Angeles, San Diego, San Francisco, Sacramento... La consolidación de la obra de evangelización y civilización de California no fue una tarea sencilla. Eran muchas las dificultades a vencer: tierras desconocidas, indios hostiles al principio, problemas de avituallamiento hasta que empezaron a recogerse las primeras cosechas, carencia de medios de transporte y caminos por trazar, desaliento y proyectos de abandono por parte de los gobernantes del virreinato. Sólo la fe y el empuje de fray Junípero hicieron posible la culminación de esa aventura. El mismo, soportando los dolores de una llaga nunca curada en una pierna, recorrió más de 20.000 kilómetros pasando de una misión a otra, animando y dirigiendo los trabajos. Fue un verdadero paladín de California. Durante su segundo viaje a los Estados Unidos, en septiembre de 1987, Juan Pablo II visitó la basílica de la Misión de San Carlos en California, donde se guardan los restos de Junípero Serra, de quien tejió un gran elogio, diciendo entre otras cosas: «El no sólo llevó el Evangelio a los indígenas americanos; como era una persona que vivía el Evangelio, se hizo también su defensor y su paladín». Carrera Augusto, Francisco, MCCJ, Beato Junípero Serra. Apóstol y paladín de ,alifornia en R. BalláMisioneros de la primera hora. Grandes evangelizadores del Nuevo M. Lima 1991, pp. 229-236.
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BEATO JUNÍPERO SERRA (1713-1784),
Apóstol de Sierra Gorda y California por Salustiano Vicedo, o.f.m.
Para facilitar una visión más completa de la figura de Fray Junípero, lo presentamos desde tres perspectivas diferentes pero complementarias: un resumen de su vida, en el que se compendian las notas más destacadas de su personalidad y obra; la carta de despedida que el propio Fray Junípero escribió a sus padres, que es expresión de los ideales que lo animaban; por último, un escrito redactado en forma epistolar, en el que el historiador máximo del Beato Junípero, el P. Maynard J. Geiger, expresa el cariño y admiración que despertaron en él las investigaciones sobre tan extraordinario apóstol y civilizador. El 24 de noviembre de 1713 nació en Petra (Mallorca), del matrimonio formado por Antonio Serra y Margarita Ferrer, un niño a quien se le impuso en el bautismo el nombre de Miguel José. Vino al mundo en el humilde hogar de una familia sencilla, de modestos labradores, honrados, devotos y de ejemplares costumbres. Tal como iba creciendo y dando los primeros pasos por las calles de su pueblo, sus padres lo iban encaminando por los senderos de la fe católica y el santo amor de Dios. Ellos eran analfabetos, pero trataron de dar a su hijo una mejor formación, llevándole a la escuela del convento franciscano de San Bernardino. Aquí en su pueblo el muchacho aprendió las primeras letras e hizo grandes progresos en su formación, por lo que pronto lo encaminaron hacia Palma para cursar estudios superiores. A la edad de 15 años empieza a asistir a las clases de filosofía en el convento de San Francisco de Palma y, sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de Septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero. Cursa con gran brillantez los estudios eclesiásticos, e inmediatamente lo encontramos dictando clases de filosofía en el convento de San Francisco, en la Cátedra ganada por oposición, con el consenso unánime de todos sus examinadores. Su tarea docente en San Francisco duró de 1740 a 1743, año este último en que pasó a ocupar la cátedra de Teología Escotista en la entonces famosa Universidad Luliana de Palma de Mallorca. Los muchos y notables alumnos salidos de sus aulas con brillantes títulos, son testigos de la alta categoría docente del P. Serra, quien alternaba la docencia y la predicación, campo éste en el que también cosechó abundantes frutos y estima; en cierta ocasión, predicando ante el Claustro de profesores de la Universidad, fue tan grande la admiración causada por su pieza oratoria, que un catedrático y orador de mucha f«Digno es este sermón de que se imprima en letras de oro». Cuando se había hecho acreedor de los mayores honores y aplausos, decidió dejarlo todo para seguir la vocación misionera. En 1749 estuvo predicando la cuaresma en Petra, su pueblo natal, y cuando ya la estaba terminando le llegó la noticia de que le habían sido concedidos todos los permisos necesarios para trasladarse al Colegio de Misioneros de San Fernando, situado en la capital de México; sólo faltaba contratar el barco, lo que significaba tener que esperar algunos pocos días. Fray Junípero había ocultado siempre a sus padres la vocación misionera que lo animaba, y, terminada aquella cuaresma, se despidió de sus ancianos progenitores sin notificarles su próxima partida hacia América. De momento no quiso disgustarlos, y con el fuerte abrazo, que le desgarraba el corazón, se marchó para no volver a verlos. El 13 de Abril de 1749 embarca hacia Málaga, rumbo a Cádiz, en cuya travesía se enfrenta seria y comprometidamente con el capitán del barco para defender los principios evangélicos; no encontrando argumentos convincentes para defender su postura, el furibundo marino inglés a punto estuvo de tirar al P. Serra a la mar. En Cádiz permanecieron los misioneros más tiempo del previsto, esperando el momento de embarcar, y desde allí escribió Fray Junípero la carta que reproducimos más adelante, dirigida al P. Francisco Serra, que no era familiar suyo aunque tuviera su mismo apellido, residente entonces en el convento franciscano de Petra. El motivo de la carta era consolar y confortar a sus padres, y, como éstos eran analfabetos, se la dirigió al fraile amigo para que éste se la leyera. Tras una larga y peligrosa travesía de 99 días, llegó a Veracruz en las costas mexicanas. Con otro compañero hizo a pie la caminata de cien leguas, hasta el Colegio de Misioneros de San Fernando en la Capital de México. Durante el trayecto, por causa de la picadura de un insecto, se le formó una llaga en la pierna que le será molesta compañera hasta la muerte. A los seis meses de su llegada lo vemos ya enrolado, como Presidente, en un grupo de voluntarios camino hacia el corazón de la Sierra Gorda, en donde inicia su brillante carrera misionera. Ocho años estuvo en aquellas inhóspitas tierras, donde tantos otros habían fracasado. Su historial fue muy diferente. Siempre infatigable y emprendedor, aprende la lengua nativa. Enseña a cultivar la tierra. Monta granjas y talleres. Inicia a los indios en los más elementales rudimentos de las ciencias y las artes. Les adiestra igualmente en el comercio. Les instruye particularmente en los principios doctrinales de la fe católica. Los misioneros emulan las iniciativas y logros de Serra. Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos. De la extraordinaria actividad del P. Serra en este rincón serrano, todavía queda en Jalpan, como testigo elocuente, el esbelto y artístico templo churrigueresco levantado bajo su dirección. En plena euforia de sus trabajos en Sierra Gorda, es requerido para ocupar las misiones de San Saba, en Texas, devastadas por los apaches, quienes habían flechado a sus misioneros. Acepta contento, aun siendo consciente de que se expone a sufrir el martirio. Pero Dios le tenía reservado otro campo muy distinto. En efecto, no se llevó a cabo el proyecto para el que habían recurrido a Fray Junípero, y éste, al quedar libre de otras obligaciones, se dedica a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España, poniendo de manifiesto, una vez más, sus grandes cualidades pastorales y oratorias. Fruto de su fervorosa predicación fueron sonadas conversiones y multitud de penitentes postrados a sus pies para pedir la reconciliación de sus pecados. Por aquel tiempo se suprimieron los Jesuitas en todos los territorios españoles y, en consecuencia, quedaron abandonadas las misiones de la Baja California. El Gobierno del Virreinato encargó a los franciscanos llenar ese vacío, y de nuevo tenemos al P. Serra, también como Presidente y voluntario, al frente de una expedición de dieciséis religiosos. El 14 de Marzo de 1769 embarca hacia Loreto, Baja California, y en cuanto toma posesión de su cargo, elabora planes, distribuye el personal y visita varias misiones. Transcurrido un año en este ministerio, llegan noticias de que los rusos, partiendo de Alaska, pretenden ocupar la costa oeste del norte americano. Para adelantárseles, el Virrey Marqués de Croix encarga al Visitador General D. José de Gálvez que organice una expedición para la conquista de aquellas tierras. De inmediato Gálvez inicia la operación, tratando el plan con la oficialidad; pero pronto cae en la cuenta de que hay un personaje clave e imprescindible para el feliz éxito de la empresa: el P. Junípero Serra. Gálvez sabía bien que los fusiles y los cañones eran insuficientes para una conquista estable y duradera. Era indispensable conquistar, además del territorio, el corazón de los indios, y esta tarea fundamental sólo se podía afrontar con las armas de la fe y el estandarte de la cruz. Por esto, el Visitador General llama junto a sí al Presidente de los misioneros, y ambos conjuntamente ultiman los planes a seguir. Huelga decir el papel tan importante que desempeñó Serra en el enfoque y desarrollo de los preparativos. Formando expedición por tierra con el Comandante Portolá, inicia Serra la marcha hacia el norte. La preocupante herida de su pierna ulcerada hacía tan torpe y pesado su caminar, que otros, en su lugar, se hubieran dado por vencidos, quedando a la vera del camino, mientras con nostálgica pena habrían visto cómo los demás compañeros continuaban la marcha. Pero Fr. Junípero no se rinde. El primero de Julio de 1769 llegan al puerto de San Diego y, mientras las tropas izan la bandera de España y levantan el campamento, el P. Serra enarbola la cruz y funda la primera misión en la Alta California. Terminada de poner la primera piedra de la cristiandad en aquellas lejanas tierras, Fray Junípero, limpiándose el rostro, deja salir un profundo respiro de satisfacción al ver levantada la señal de Cristo en medio de un pueblo completamente pagano. Al principio, las relaciones con los naturales del país no fueron tan cordiales como hubiera sido de desear. La rapiña y la agresión hicieron acto de presencia sin dilación. Los indios robaban cuanto podían y, en un momento dado, atacaron el desprovisto campamento español. Fruto de la sangrienta lucha, cayó mortalmente herido a sus pies el sirviente indio a quien tanto apreciaba el P. Serra. Este primer contacto con los naturales del lugar, tan adverso como desagradable, no fue capaz de tronchar la vida misionera de nuestro Beato. Muy al contrario, su espíritu salió reforzado, y aumentó su amor hacia aquellos desaforados y rapaces indígenas, a quienes apreciaba y quería convertir en vasallos de ambas majestades: el Rey de los Cielos y el Rey de España. Sin duda alguna, la tenacidad del P. Serra fue un factor importantísimo para que no fracasara en sus mismos inicios la conquista de la Alta California. Las provisiones de víveres llegaron a escasear de tal forma, que el Comandante Portolá ordena la retirada. Con este paso hacia atrás, Serra veía derrumbarse todos sus afanes de convertir almas paganas para el cielo. Pero sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos. Se reanuda la marcha siguiendo el rumbo prefijado, y tan pronto como llegan a Monterrey, Fray Junípero se instala junto al Río Carmelo, donde funda la segunda misión, misión que se convirtió en su residencia habitual, de la que partiría tantísimas veces para ensanchar las fronteras de la conquista espiritual. Las mayores dificultades que encontró el P. Serra en el desarrollo de su tarea misionera, y las que más le hicieron sufrir, fueron las incomprensiones y la falta de ayuda por parte de los gobernadores de California. La acción de los misioneros estaba supeditada al poder civil y militar, por lo que más de una vez los frailes se vieron oprimidos o limitados por los intereses y caprichos de quienes tenían otros ideales. Continuos y con frecuencia duros fueron estos enfrentamientos. No obstante sus achaques y las incomodidades de los viajes, Fray Junípero, sin reparar en ellos, toma el camino de la Corte del Virreinato de Méjico, para tratar allí la marcha de las misiones y solucionar las impertinentes y molestas discrepancias habidas con el Gobernador de California. El Virrey D. Antonio María Bucareli recibió con afecto singular al celoso misionero. Escuchó sus razones y quedó persuadido tanto de sus argumentos como de su celo y santidad. Serra actuaba con tal entusiasmo y firmeza, que no sólo convenció y salió airoso de sus gestiones, sino que además pudo volver a sus misiones cargado con abundantes alimentos, telas y utensilios de toda clase. Con tales refuerzos y amparado en las nuevas normas dictadas para el gobierno de la Provincia de California, elaboradas por él y aprobadas por el Virrey, Junípero inyecta mayores entusiasmos a sus misioneros, y de nuevo se abren más amplios horizontes al celo evangelizador de aquellos hombres. Ya habían sido fundadas las misiones de San Diego, San Carlos en Carmelo, San Antonio, San Gabriel y San Luis Obispo; ahora se establecerán las de San Francisco, San Juan de Capistrano, Santa Clara y San Buenaventura. Además, se inicia la fundación de Santa Bárbara, que el P. Serra no llegará a ver coronada porque le visitará antes la hermana muerte. Su celo por las almas y su dinamismo por levantar más obras, lo espoleaban continuamente para trasladarse de cerro en cerro, entre valles y montañas, y así poder congregar al indio disperso y desprovisto de todo, dándole cobijo y sustento junto a la acogedora misión. Miles y miles de kilómetros pisó en su fecunda vida. Cojeando y valiéndose de un bastón, cruza repetidas veces los floridos campos californianos para visitar las misiones y estar con sus hermanos los misioneros. A todos escucha y atiende. Se hace cargo de cada situación concreta. Busca y presenta acertadas soluciones. Da nuevas orientaciones y consejos acertados. Predica, bautiza, confirma, confiesa y aún le queda tiempo, para él el más precioso, en el que se ocupa de los problemas y necesidades de sus queridos indios. Aquel hombre de temperamento fuerte y de carácter firme, pero afable, de dotes singulares y de ambiciosas iniciativas, nunca cedió ni jamás retrocedió. Pero al fin cayó rendido en el encuentro con la hermana muerte. Su fallecimiento ocurrió el 28 de Agosto de 1784, en la Misión de San Carlos Borromeo, junto al río Carmelo, cerca de Monterrey. Entonces pasó a gozar de un merecido premio y descanso en el seno del Padre, junto a los indios que él redimió y que le precedieron: sin duda salieron a recibirle en solemne cortejo a las puertas de la eternidad gloriosa, en compañía de la Virgen, los Angeles y los Santos, cuya devoción tantas veces les inculcó. Los que quedaron a su lado, lloraban desconsolados la pérdida de un verdadero padre. Experimentaban la triste desaparición de su gran bienhechor. Como las flores de aquellos campos, tantas veces hollados por esos pies ahora fríos, desnudos y trabados sin poder dar un paso más. Además de la inmensa actividad misionera y civilizadora desarrollada durante toda su vida por el P. Serra, a su iniciativa se deben las nueve primeras misiones de las veintiuna fundadas por los franciscanos españoles en la Alta California; aquellas nueve se establecieron mientras Fray Junípero desempeñaba el cargo de Presidente de todos los religiosos residentes en aquellas lejanas tierras. Con razón, su discípulo, amigo y biógrafo, el P. Francisco Palou, dejó grabadas estas proféticas «No se apagará su memoria, porque las obras que hizo cuando vivía han de quedar estampadas entre los habitantes de la Nueva Ca».fornia Desde entonces, su vida, obra y virtudes han merecido la más encomiástica exaltación y gloria, por toda clase de personas, tanto en el orden humano como espiritual. La piedra y el bronce, incluso el cemento, perpetúan su memoria en esbeltos monumentos levantados por donde pasó. La pintura y la escultura han plasmado con variedad de formas y belleza su figura. Las letras no se han quedado en zaga a la hora de transmitirnos sus hazañas y cantar sus glorias. El 25 de septiembre de 1988, Juan Pablo II, que había visitado la tumba de Fray Junípero en la Misión de San Carlos, lo beatificó solemnemente en Roma. CARTA DE DESPEDIDA DE FRAY JUNÍPERO Como ya hemos indicado, Fray Junípero, para no apenar a sus padres, emprendió el viaje a América sin despedirse de ellos. Mientras esperaba en Cádiz el momento de embarcar, escribió esta carta, que va dirigida a sus ancianos padres, pero que, por no saber ellos leer, la envía a un fraile residente en Petra, el P. Francisco Serra, que no es familiar suyo, para que éste se la lea. «Jesús, María, Joseh». Carísimo amigo en Cristo Jesús, Padre Francisco Serra. Ésta va de despedida, pues estamos ya para salir de esta ciudad de Cádiz y embarcarnos para México. El día fijo no lo sé, pero están ya cerrados los baúles de nuestros trastillos, y se dice que dentro de dos, o a lo más en 3 ó 4 días, se hará a la vela el navío llamado Villasota, en el que hemos de embarcar. Habíamos pensado que fuera más pronto; por esto os escribí que para cerca de San Buenaventura, pero se ha retardado hasta ahora. Amigo de mi corazón, me faltan en ésta palabras, aunque me sobren afectos para despedirme y para repetiros la súplica del consuelo de mis padres, a quienes no dudo no les faltará su aflicción. Yo quisiera poder infundirles la gran alegría en que me encuentro, y pienso que me instarían a seguir adelante y no retroceder nunca. Deben advertir que el cargo de Predicador Apostólico, y máxime adjunto con el actual ejercicio, es lo más que ellos podían desear para verme bien establecido. Que su vida, como son ya tan viejos, es ya muy deleznable, y casi preciso que sea breve. Y si la saben comparar a la eternidad verán claramente que no puede ser más que un instante. Y siendo así, será muy del caso y muy conforme a la santísima voluntad de Dios que reparen poco en la poquísima ayuda que yo les pueda hacer en las conveniencias de esta vida para merecer de Dios nuestro Señor que, si no nos volvemos a ver en esta vida, estemos juntos para siempre en la Gloria. Decirles que yo no dejo de sentir el no poder estar más cerca de ellos, como estaba antes, para consolarles, pero pensando también que lo primero es lo primero, y que antes que ninguna otra, lo primero es hacer la voluntad de Dios cumpliéndola; por amor de Dios los he dejado, y si yo por amor de Dios y con su gracia, tengo fuerza de voluntad para dejarlos, del caso será que también ellos, por amor de Dios, estén contentos al quedar privados de mi compañía. Que se hagan cargo de lo que sobre esto les dirá el confesor y verán que, en verdad, ahora les ha entrado Dios por su casa. Con santa paciencia y resignación ante la divina voluntad, poseerán sus almas, porque alcanzarán la vida eterna. Que no atribuyan a nadie, sino sólo a Dios Nuestro Señor, lo que lamentan, y verán cómo les será suave su yugo y se les mudará en gran consuelo lo que ahora tal vez padecen como una aflicción. No es hora ya de alterarse ni afligirse por ninguna cosa de esta vida, y así de conformarse en un todo con la voluntad de Dios, procurando prepararse para bien morir, que es lo único que importa de cuantas cosas pueda haber en esta vida, pues alcanzando aquélla, poco importa que se pierda todo lo demás; y si no se alcanza, nada aprovecha todo lo demás. . . Que se alegren de tener un sacerdote, aunque malo y pecador, que todos los días, en el Santo Sacrificio de la Misa, ruega por ellos con todas sus fuerzas y muchísimos días aplica por ellos solamente la Misa, porque el Señor los asista, porque no les falte lo necesario para el sustento, les dé paciencia en los trabajos, resignación a su santa voluntad, paz y unión con todo el mundo, valor para resistir a las tentaciones del demonio y, finalmente, cuando convenga, una muerte lúcida y en su santa gracia. Si yo, con la ayuda de la gracia de Dios, llegase a ser un buen religioso, serían más eficaces mis oraciones y no serían ellos poco interesados en esta ganancia; y lo mismo digo de mi querida hermana en Cristo, Juana, y Miguel mi cuñado: que no piensen en mí por ahora sino para encomendarme a Dios para que yo sea un buen sacerdote y un buen ministro de Dios; que en esto estamos todos muy interesados, y esto es lo que importa. Recuerdo que mi padre, cuando tuvo aquella enfermedad, tan grave que lo extremaunciaron, y yo, que ya era religioso, lo asistía, pensando que ya se moría, estando él y yo a solas, me dijo: «Hijo mío, lo que te encargo es que seas un buen religioso del Padre S. Francisco». Pues, padre mío, sabed que tengo aquellas palabras tan presentes como si en este mismo instante las oyera de vuestra boca. Y sabed también que para procurar ser un buen religioso emprendí este camino. No estéis afligidos porque yo haga vuestra volunt
ad, que es también la voluntad de Dios. De mi madre sé también que nunca se descuidó de encomendarme a Dios con el mismo cariño para que yo fuese un buen religioso. Pues, madre mía, si tal vez por vuestras oraciones Dios me ha puesto en este camino, estad contenta de lo que Dios dispone y decid siempre en todos los trabajos: «Bendito sea Dios y hágase su santa voluntad». Mi hermana Juana ya sabe que no hace mucho que se vio a las puertas de la muerte y el Señor por los méritos e intercesión de María Santísima, le restituyó la salud perfecta. Si hubiera muerto, a estas horas no tendría pena el que yo estuviese o no en Mallorca; pues que dé gracias al Señor y acate lo que Él dispone, ya que lo por Él dispuesto es lo que conviene, y es muy creíble que el Señor le concediese a ella la salud para que pudiera servir de consuelo a los buenos viejos, ya que yo habría de irme. Alabemos a Dios, que Dios nos ama y nos estima a todos. Cuñado Miguel y hermana Juana: os suplico muy de veras lo que antes os encargué, esto es, que crianza de vuestros hijos; y a todos juntamente os encargo que seáis cuidadosos en ir a la iglesia a confesar y comulgar con frecuencia, practicando el ejercicio de la Vía Sacra, y que procuréis totalmente ser buenos cristianos. Yo confío que así como hasta aquí me han sabido encomendar a Dios para que me asistiese no dejarán de hacerlo igual de aquí en adelante y que suplicando al Señor mutuamente yo por ellos y ellos por mí, el Señor mismo nos asista a todos y nos dé en esta vida su santa gracia y después de esta vida la gloria. ¡Adiós, padre mío! ¡Adiós, madre mía! ¡Adiós, Juana, hermana mía! ¡Adiós, Miguel, cuñado mío! Cuidado con que Miguelito sea buen cristiano y buen estudiante, y que sean buenas cristianas las dos chicas. Y confianza en Dios, que tal vez les valga de algo su señor tío. ¡Adiós, adiós! Carísimo hermano Padre Serra, adiós. Mis cartas, de aquí en adelante, serán, según dije, más espaciadas; mas en lo que respecta al consuelo de mis padres, hermana y cuñado, atended al buen cariño que os he dicho, a vos primero y sin semejante, y después al Padre Vicario, al Padre Guardián, Padre Mestre, les digo y confío que «epistola mea omnes vos estis» [«todos vosotros sois mi carta», cf. 2Co 2:3]. El Padre Vicario y Mestre, si viene bien, que se encuentren presentes cuando se lea esta carta, si lo halla conveniente para mayor consuelo. Y que sea sin la reunión de otras personas, sino a solas, delante de los cuatro: padre, madre, hermana y cuñado. Y si alguien más haya de oírlo sea la prima Juana, vecina, para la cual añadiréis muchas y cordialísimas memorias, como también a su marido, al primo Roig, la tía Apolonia Boronada Jorja y demás parientes. Memorias a cada uno de los individuos de esa comunidad de Petra, sin omitir ninguno, y máxime fray Antonio Vives. Memorias al Dr. Fiol, su hermano; al señor Antonio, su padre y a toda su casa. Memorias muy especiales al Amon Rafael Moragues Costa y a su esposa; al Dr. Moragues, su hermano y a su señora, y lo mismo al Dr. Serralta; al Señor Vicario Perelló, señor Alzamora, al señor Juan Nicolau y el regidor Bartolomé su hermano y a toda la casa. Y para abreviar, a todos los amigos. Al Padre Vicario, que confío en que llegará el libro del santo Negro, pues si no ha llegado de Madrid cuando yo saliere ya dejo orden aquí para que cuando vayan los Fornaris a Mallorca se lo lleven. Y que procure inducirle devoción hacia mi señor S. Francisco Solano. La adjunta va a Mado Maxica, vecina del convento, y es de su hijo Sebastián, que ha llegado de las Indias y me parece que se da buen trato. Finalmente, el Señor nos junte en la gloria y guarde de presente a Vuestra Reverencia muchos años, como os lo suplico. De esta casa de la santa misión y ciudad de Cádiz, a 20 de agosto de 1749. El lector Palóu da a Vuestra Reverencia muchísimas memorias y se las dará de parte de los dos al señor Guillermo Roca y a su casa. Cordial amigo en Cristo, Fray Junípero Serra, indignísimo sacerdote. Reverendo Padre Fray Francisco Serra, Religioso Menor. CARTA DEL P. GEIGER AL PADRE SERRA El P. Maynard J. Geiger, franciscano, de la Provincia de Santa Bárbara de California, consagró toda su vida, por disposición de los superiores, a la investigación y estudio de la vida y obra de Fray Junípero Serra. Usando los medios de trasporte a su alcance, incluidas muchas horas de camino a pie, recorrió los lugares por donde había pasado el gran misionero de aquellas tierras, y visitó todos los sitios en que suponía que podía encontrarse algún dato o documento referente a Fray Junípero o que pudiera ayudarle a conocerlo mejor. Tras muchos años de intensa investigación, consiguió reunir más de diez mil documentos que iluminan la figura del P. Serra. Tan prendado quedó de la personalidad de este extraordinario misionero y civilizador, que al final, entusiasmado, le escribió la siguiente carta que, evidentemente, es anterior a la beatificación de Fray Junípero. Misión Santa Bárbara. California. Noviembre, 1943. Carísimo Padre Serra: Creo que ya te conozco tan íntimamente, que a veces me imagino ser tu compañero de viaje, tanto en alta mar como en aquellas largas y laboriosas caminatas tuyas por Méjico y California. Los mismos reportajes y cartas que tú escribías tan llenos de lógica persuasiva, tan repletos de planes para extender el Reino de Dios, tan llenos de visión de largo alcance combinados con un sentido práctico poco ordinario. Todo me parece misivas personales que me escribías, y no sólo tú mismo me revelas tu gran personalidad; también aquel estudiante, compañero y admirador tuyo, Fray Francisco Palou, me cuenta muchas cosas de ti que tu innata modestia te hubiera prohibido decirme. Tus cartas, en verdad, serían del agrado de San Bernardo, porque se conforman con«No disfruto de lo que me escribes a no ser que lleve el eco de JesTú pensabas en aquel santo nombre en tus horas de vigilia. Frecuentemente lo grababas con amor en las páginas de tus cartas, y mientras dormías, según atestigua el Padre Palou, a menudo «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». Me parece poder seguirte desde la humilde y encantadora Petra hasta el famoso y pintoresco Monterrey, último término de tu terrena peregrinación. Te veo caminar, con paso todavía débil, acompañado de la mano de tu padre, al templo franciscano de San Bernardino, y oigo allí aquellas primeras notas que salían de tu voz infantil y que más tarde sonaban como trompetas de clarín, a«Tantum Ergo». iHiciste que la música de Dios se oyera hermosa en dos continentes. Contemplo cómo vestiste el hábito del Pobrecillo de Asís, y te veo crecer en fervoroso celo y nostálgica oración, mientras siendo novicio en el convento de Jesús Extramuros te vas convirtiendo en misionero en potencia y mártir en deseo. Hiciste tus votos, y nunca te olvidaste de aquel día. «Viniéronme por la profesión todos los bidecías. Nunca dejaste de renovar estos votos anualmente, aunque los testigos fueran tan sólo los cactus del desierto, y la única luz, las brillantes estrellas del firmamento. Al igual que en el caso de otros religiosos, tu vida de preparación para el sacerdocio fue obscura y sin sentido para el mundo exterior; pero allí sembraste la semilla de la futura grandeza. Como estudiante fuiste inteligente; como profesor, tan profundo como popular. Tu consejo era requerido por las altas Traigo a la memoria el emocionante acontecimiento de tu encuentro con el P. Palou en tu celda de Palma, cuando mutuamente os revelasteis vuestra vocación misionera, que reconocíais como llamada de Dios; y recuerdo la despedida de tus ancianos padres sin hablarles de tu ulterior destino. Fue duro para ellos, pero quizá más duro para ti, siendo como eras un hijo tan amante; pero no querías que se dijera«Quien ama a sua del juicio: padre y a su madre más que a mí, no es digní». Tú no podías escoger el camino de la indecisión. Defendiste la fe contra las injurias del herético inglés en tu primer viaje en barco, aun cuando te hubiera«Quien me confiesela mar. ante los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre Cuando las olas tumultuosas amenazaban tanto a ti como a tus compañeros en un inminente naufragio, noto aquella profunda fe tuya en Dios y en la intercesión de los santos, y cómo llegabas salvo a las playas de tus futuros campos de labor. Durante el tiempo de tu vida caminaste y caminaste, aun cuando legítimamente hubieras podido haber cabalgado. Trabajaste y trabajaste, cuando razonablemente hubieras podido tomarte un descanso. Ni siquiera aquella pierna tuya dolorida pudo cambiar tus planes ni alteró tu política. Sangrante, fatigado y con dolor caminabas por los campos misionales, como la fiera herida que cojea a través del bosque que ama. No obstante, con todo este dolor, aun te parabas y contemplabas las rosas, aunque sólo por breves momentos, porque el único pensamiento ardiente de tu mente y la única pulsación de tu corazón eran las almas de los indios, pues el ver un aborigen sin convertir t«Induimini Dominum Jesum Christu» (Revestíos del Señor Jesucristo). Penetras en la Sierra Gorda como voluntario de Cristo y conviertes aquella zona montañosa en frondoso jardín, rejuvenecido con el Reino de Cristo. El Salvador Crucificado, su Madre Inmaculada, los Santos Angeles, vinieron a ser los héroes venerables de los Pames. Viajaste por los anchos caminos y por los estrechos senderos de Méjico, llamando a los pecadores al arrepentimiento, teniendo por nada la hambre y la fatiga, el calor y el frío, con tal de que fuera mejor conocido y amado Cristo el Señor. Cruzas el Golfo de California y vas a un páramo sembrado de misiones, en donde edificas sobre fundamento de otros. Mas tus anhelos no se satisfacen hasta que das con el corazón del país realmente pagano, donde el nombre de Cristo jamás había sido mencionado, y allí manifiestas tu más genuino celo. Mantienes fijos los ojos en la estrella del norte celestial, a fin de añadir nuevas tierras al reino cristiano. Si otros hubieran sido tan celosos y dinámicos como tú, hubieras llegado a ser el Apóstol de Alaska, así como lo eres de California. Para ti la tierra no tenía fin. Siempre adelante, siempre adelante, por Cristo. Las únicas rosas en tu vida fueron las de la orilla del camino; tu cama, una tabla. Cada paso que dabas era un dolor, cada movimiento era una angustia para tu alma, porque aquellos que debían ayudarte gozaban de colocar obstáculos sobre tu camino. Pero como lograste tal éxito, a pesar de la escasa ayuda recibida, la gente hoy te aclama como un héroe y pionero de pioneros. Y porque tu móvil era sobrenatural, la gente ya te aclama como santo y espera con ansias la declaración oficial de la Iglesia que tú amaste. A través de tus cartas sé cuan tenaz, cuesta arriba, esforzada y cuajada de obstáculos fue tu carrera, pues en ellas reflejas los dolores de cabeza y corazón de aquellos tempranos días de labor por Cristo. Yo comparto contigo tus alegrías y tus penas; tus temores y tus momentos de victoria. Siempre que poso sobre la colina del Presidio de San Diego, sobre aquel lugar el más sagrado de California, te veo arrodillado en oración, con la cruz del Crucificado en una mano y en la otra la imagen de Nuestra Señora, rezando en voz alta mientras la flecha india hiere la mano del Padre Vizcaíno y mata a tu sirviente indígena. Te veo alborozado en San Antonio cuando suenas las campanas misionales recién levantadas, a fin de que el mundo entero conozca y acuda a Cristo. Yo te acompaño de vuelta a Méjico para interceder por la causa de las misiones, cuando veías que podían frustrarse tus planes más nobles. Te oigo denunciar a los soldados inmorales y me pongo a tu lado, cuando igualas tu ingenio al de los astutos gobernantes. Te veo enrojecer con ira justificable, porque eres hombre y no ratón. San Pablo era así. Dicen que eras manso. Sí, lo fuiste, pero tu mansedumbre jamás degeneró en debilidad. Tenías un Amo a quien servir y almas a quienes salvar. Tu espíritu dinámico era necesario a los ojos de Dios para ganar las victorias que conquistaste. En este aspecto siempre te defenderé. A lo largo de la dorada playa, veo levantarse nueve misiones blancas y hermosas que la gente aclama como lo más pintoresco de California. Puedes haber reconocido esto, pero tus pensamientos fueron para las almas indias. Un indio sin redimir hacía sangrar tu corazón; la misión sin fundar espoleaba tu celo, mas con todo tú eras paciente y prudente. Los niños de piel cobriza de los desfiladeros y los llanos se acercaban confiados a ti, porque veían en ti al ser sin egoísmos e interesado sólo por ellos. A sus almas dispensabas el alimento espiritual de los Santos Sacramentos y a sus cuerpos dabas comida y vestido. Tu labor terminada, tu cuerpo roto, pero tu espíritu valiente hasta el fin lo recuerdo en la escena tuya en el Santo Carmelo. Tan única y edificante que ha sido plasmada en lienzo e inmortalizada en la literatura. Ningún hombre murió como tú. Y entonces en un vuelo abres tu camino hacia Dios, para gozar del primer y verdadero descanso. Quienes te enterraron y para quienes fuiste caballero y asceta hasta lo último, creen que fuiste derecho a Dios. Esto lo testificaron en tantísimas palabras, cuando escribieron a Méjico y a España, declarando que eras un santo. Sus declaraciones las tengo siempre a mi lado. Serán valiosos testimonios cuando sea voluntad de Dios tu canonización. Tu sepulcro es glorioso y los pueblos vienen y se postran en donde tú pasaste al Creador. Te llaman Padre Serra, hombre de hombres, hombre de Dios. Querido Padre, tu gloria futura entre hombres está en las manos de Dios. Sus caminos no son nuestros caminos. Quizá nuestras oraciones no son aún bastante fervorosas, nuestra fe no sea la fe que mueve montañas. Si a través de tu intercesión se engendra en nosotros una fe verdadera y un fervor profundo, entonces se habrá logrado un glorioso comienzo. Hace mucho tiempo que moriste, y aun cuando eres mejor conocido, van surgiendo tantos obstáculos en el camino de promover tu causa, que he llegado a la conclusión de que tu camino hacia los altares ha sido algo paralelo a tu carrera en la tierra: un período de olvido, un período de incomprensión y negligencia, un período de batalla y después el tiempo coronará el logro y la victoria. Contigo exclamo: «¡Paciencia, paciencia! ¡Fiat volunta», «¡Hágase la voluntad de Dios!». Tengo a San Antonio en la pista de tus cartas, aquel a quie «mi amado San Antonio». Tu ejemplo y tu intercesión suministrarán la paciencia y el celo invencibles, necesarios para proseguir tu causa a despecho de la guerra, la miopía humana y la «demora de la ley», inevitable en tu caso a consecuencia de las muchas cosas que escribiste, dijiste e hiciste. Pero la fe que tengo en tu causa nunca se obscurecerá, así como tu fe en el éxito Tu progreso hacia los altares puede ser lento, pero cuando llegues allí yo aseguro un rejuvenecimiento espiritual del que California está necesitada. Tenemos una tierra de hermosura que mana leche y miel. Tenemos por tu causa ricas tradiciones espirituales, negadas a otros lugares. Sin embargo, no somos tan ricos en los valores del espíritu como deberíamos serlo. Quizá pensamos demasiado en términos de Hollywood, yates y magníficas autopistas. Sabes que ya no hacemos muchas caminatas y si guardamos vigilias hay luces de neón en la vecindad. Cuando se coloque la aureola en torno a tu cabeza, el sacrificio de sí mismo, el amor al prójimo, la búsqueda primero del Reino de Dios significarán mucho más para todos los californianos. Estoy seguro. Carmel será entonces la meta de nuestros caminos terrenos y, de allí en adelante, muchos comenzarán a pisar el sendero estrecho, como el de tu propio Camino Real de antaño, hacia la playa de la eternidad. Tu amigo, Fr. Maynard.
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BEATO JUNÍPERO SERRA (1713-1784)
por Ramón Ezquerra
Nació en Petra (Mallorca) y murió en San Carlos de Monterrey (California). Misionero. Su nombre de pila era Miguel. Ingresó a los diecinueve años en la Orden franciscana y enseñó en su convento y en la Universidad de Palma de Mallorca. En 1749 fue enviado a Méjico y permaneció hasta 1758 en las misiones de Sierra Gorda (Querétaro), donde practicó los procedimientos de conversión y civilización que aplicó más tarde en California. De 1758 a 1767 permaneció en el colegio de San Fernando de la capital, dedicado a la predicación y a misiones entre fieles, allí y en varios lugares de Nueva España, obteniendo merecido renombre. Al ser expulsados los jesuitas se hizo cargo de las misiones de la baja California (1768), pero enseguida el visitador don José de Gálvez le encomendó el campo nuevo de la alta California, que había decidido colonizar el Gobierno español ante los avances rusos desde Alaska. Aunque irían tropas y colonos, se quería realizar una conquista política a base de la conversión de los indios, y el papel fundamental incumbía a los misioneros. Aceptó Serra, y con un grupo de franciscanos y el teniente Portolá salió de Loreto por tierra, fundando la primera misión en San Diego el 16 de julio de 1769. Serra contuvo el desaliento y evitó el abandono. En 1770, con Portolá, fue a Monterrey, donde fundó la misión de San Carlos. Tras fundar dos más, regresó a Méjico en 1772, para exponer la situación al virrey Bucareli, a quien someRepresentación, base de la definitiva organización de California. Hasta su muerte permaneció ya en este país, entregado íntegramente a la labor misional, recorriéndolo casi constantemente, y muchas veces a pie, en su calidad de presidente de las misiones. Nueve se fundaron por él o bajo su dirección, entre ellas la de San Francisco (1776) y San Gabriel (Los Angeles), donde se congregaron indios de seis grupos étnicos distintos y se bautizó a 5.800 en vida de Serra. Su sistema consistía en apartar al indio del ambiente pagano, agrupándole en los pueblos anejos a la misión, en la que, además de la enseñanza religiosa y de envolverle en un ambiente totalmente cristiano, se le enseñaba la ag.icultura, la cría de ganado y los oficios más corrientes, tanto a hombres como a mujeres, pues su nivel cultural era sumamente bajo. Introdujo Serra los primeros ganados y los primeros cultivos de tipo superior en California, y hubo de dedicar una buena parte de su actividad a buscar una sólida base económica a las misiones y a sus indios. En cada una había, por lo general, dos frailes, consagrado uno a la labor apostólica y el otro a la agricultura y a la difusión de los oficios manuales. El régimen era patriarcal, nombrándose, incluso, autoridades indias; pero el influjo de los padres era omnímodo; la política seguida con ellos era simultáneamente realista e idealista, y produjo excelentes resultados mientras se mantuvo el régimen de las misiones con las normas adoptadas. Procuraron Serra y los suyos difundir enérgicamente el uso de la lengua española y la mezcla de razas, fomentando matrimonios con los colonos blancos o con indios ya cristianos. Desde la época de Sierra Gorda fue fiel compañero de Serra el padre Francisco Palou, paisano suyo y autor de su biografía (Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre fra, México, 1787; Madrid, 1944). Demostró constantemente paciencia, caridad y esfuerzo en grado inagotable, y su riqueza mística le hizo posible su abrumadora tarea. La figura de Serra es hoy muy popular en Norteamérica, en especial en California, donde se le considera su fundador, colonizador y civilizador. Varias grandes ciudades (San Francisco, Los Angeles, Monterrey, San Diego) surgieron de las misiones fundadas por él o por su impulso. Existe sobre él abundante bibliografía (Bolton, Piette, Geiger), y los católicos de los Estados Unidos tratan actualmente de introducir el proceso de su beatificación. [Fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de septiembre de 1988]. Ramón Ezquerra Fray Junípero Serr, AA.VV., Diccionario de Historia de .spaña Madrid, Revista de Occidente, 1952. T. II, pp. 1167-1168.
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