BEATA MARÍA ANA MOGAS FONTCUBERTA (1827-1886)
[Biografía tomada de L’Osservatore Romano, ed. esp., del 4-X-96]. María Ana Mogas Fontcuberta, tercera hija del matrimonio Lorenzo Mogas y Magdalena Fontcuberta, nació en Corró del Vall-Granollers (Barcelona, España) el 13 de enero de 1827. El hogar era profundamente cristiano y armonioso. Fue bautizada al día siguiente de nacer. A los 6 ó 7 años hizo la primera comunión. Este acontecimiento marcó profundamente su espíritu: desde sus primeros años profesó un gran amor a la Eucaristía y a la santísima Virgen. A los 7 años perdió a su padre y a los 14 a su madre. Al quedar huérfana la acogió en la ciudad de Barcelona su tía y madrina doña María Mogas, viuda y sin hijos; de ella recibió todo el afecto y la participación en la elevada clase social y económica que ella disfrutaba. En la parroquia de Santa María del Mar de Barcelona descubrió su vocación al seguimiento de Jesús, bajo las orientaciones de su confesor, mosén Gorgas. A los 21 años estaba ya dotada de una rica personalidad humana y espiritual, capaz de asumir los más sagrados y firmes compromisos. Capacitada y orientada hacia la vida de oración, fortalecida con la frecuencia de sacramentos, inserta en la vida parroquial e inclinada a hacer el bien a todos sin distinción, se sentía insatisfecha, su vida no se llenaba con las actividades sociales, religiosas y benéficas que realizaba. Descubrió en la oración que sólo Dios colmaba y llenaba el vacío que experimentaba: él se hacia luz en su camino y la conducía por sendas insospechadas, llamadas «su voluntad», que recorrerá toda su vida sin escatimar el amor y el sacrificio. Conoció a unas monjas exclaustradas de la Orden Capuchina: María Valdés e Isabel Yubal, que se juntaron para vivir en un cuarto alquilado en Barcelona e intentaban rehacer su vida, dedicándose a la educación de la niñez. Las asesoraba y orientaba el P. José Tous Soler, capuchino exclaustrado. Varios fueron los contactos que se sucedieron hasta que maduró el proyecto. A las monjas y al P. Tous les parecía María Ana una joven bien dotada, que podía ser una pieza clave en los orígenes de la obra que intentaban realizar. Ella, por su parte, quedó impresionada por la sencillez y humildad franciscanas de aquellas capuchinas. Bien pudiera ser éste el primer brote aparente de la semilla del carisma franciscano que el Espíritu depositara en su corazón y que se iba a desarrollar cumplidamente, imprimiendo un carácter peculiar en todo su ser y hacer. El P. Tous y las religiosas capuchinas expusieron su proyecto al señor obispo de Vic, don Luciano Casadevall, que aceptó gozoso la propuesta de fundación, nombró al P. Tous director general y les ofreció encargarse de una escuela en Ripoll (Gerona). A María Ana no le fueron fáciles las cosas: la prudencia del confesor para darle su beneplácito para ingresar en una obra sin consistencia canónica, el entrañable cariño de su tía y madrina, y el conocimiento de los riesgos que conllevaba una institución naciente, fueron otros tantos motivos de grandes sufrimientos. Con serenidad y seguridad en la llamada que Dios le hacía, tomó la decisión y su confesor, después de orar y dialogar con el P. Tous, le dijo: «Vete, María Ana, te llaman para fundar». El 13 de junio de 1850, acompañada del P. Tous, María Ana se encamina a Ripoll, 15 días después de que lo hicieran sus primeras compañeras para iniciar su vida religiosa. Las primeras religiosas aparecen en la villa de Ripoll como «señoras de enseñanza»; el proyecto fraguado en Barcelona no es del agrado de la Corporación —en su mayoría ateos o indiferentes—, pero ellas, intentaban llevar, dentro, una vida rigurosamente monástica. El Ayuntamiento no cumple con los compromisos económicos pactados; llegan a pasar hambre y hasta se ven obligadas a pedir limosna. De estos primeros momentos deben ser los apuntes de su cuaderno de notas espirituales: «Afianzad, Señor, y asegurad los pasos que he comenzado a dar en el camino de vuestro servicio de tal forma que ninguna cosa de este mundo sea capaz de dar mis pies atrás». Pasados los tres primeros meses de su establecimiento en Ripoll, aconsejadas por el P. Tous y el párroco de la villa, ven necesario que una de ellas las dirija, organice y se responsabilice de todo lo concerniente a la vida espiritual, apostólica y organizativa de la comunidad y la escuela. Se preparan a la elección con oración y reflexión previa; asisten algunos sacerdotes y autoridades. La elección recae en la novicia María Ana Mogas; repiten el acto hasta tres veces y queda elegida superiora de la naciente institución la joven novicia, aunque no se le informará de ello hasta que haga sus votos el 25 de junio de 1851. Algún tiempo después, las exclaustradas se retiran a monasterios de su orden y María Ana, con obediencia al director general, toma las riendas de la institución que se va perfilando con las características propias de un nuevo carisma en la Iglesia, de inspiración marcadamente franciscana, vitalmente mariana. María, la Virgen Madre, Divina Pastora, es considerada por la fundadora y sus compañeras Suprema Abadesa del Instituto. En Ripoll, María Ana se ve precisada a pasar exámenes de Magisterio para ostentar la dirección de la escuela. Ella, con la amplia cultura que posee, los realiza con tal brillantez que obtiene el título de maestra con óptimas calificaciones, confirmándose en educadora de niños, preferentemente pobres y necesitados. En todo lo que realiza busca siempre la gloria de Dios y la salvación de los hombres. . . El Señor va dotando al instituto con nuevos miembros y, recibida la primera formación que cuida atentamente la madre Mogas, se hacen —por variados motivos— otras fundaciones: Capellades, San Quirico, Barcelona... Pero la andadura del instituto, con la madre María Ana al frente, va a caminar con paso firme y seguro hacia otras tierras. Los acontecimientos se suceden y tienen que ser leídos en clave de voluntad de Dios. Así lee la maestra. El obispo dimisionario don Benito Serra busca religiosas para que se hagan cargo de una obra iniciada por él con la colaboración de una señora de la nobleza profundamente piadosa y caritativa, doña María Antonia Oviedo. La obra en cuestión es para regenerar a las jóvenes que se han iniciado en la prostitución. Esta obra está en Ciempozuelos (Madrid). Don Benito Serra se dirige a su buen amigo el P. José Tous, le expone su proyecto para ver si es posible que las religiosas Capuchinas de la Divina Pastora atiendan la naciente institución a la vez que la escuela donde reciben enseñanza los niños del pueblo. El instituto tiene ya bastantes hermanas; el P. Tous acepta la propuesta y con la madre María Ana Mogas, alma de la fundación, que encabeza el grupo de cuatro religiosas, viaja a Madrid el 10 de diciembre de 1865. En Madrid, pasados los primeros días, se suceden y agravan las dificultades; la principal es que María Ana no encuentra su lugar inspiracional. Ora, discierne, consulta, sufre, comunica al P. Tous los sucesos. Dios se hace presente en su corazón con santa paz. Le ayudan a tomar decisiones firmes el consejo de santos confesores y hombres de oración. ¿Qué quiere el Señor para el instituto que le ha confiado? En este dilema le ofrecen una escuela de gratitud en Madrid y, después de comunicárselo al P. Tous, la acepta, dejan Ciempozuelos y se van a vivir a la calle Juanelo en Madrid. Las distancias, la falta de comunicación periódica entre las hermanas de Barcelona y Madrid, la buena voluntad del P. Tous de evitar que las hermanas conocieran los sufrimientos y dificultades que concurrían en las hermanas de Madrid, fueron la causa de la ruptura entre las comunidades, formándose así dos ramas diferentes: Franciscanas Capuchinas de la Divina Pastora en Barcelona y Franciscanas de la Divina Pastora en Madrid, con constituciones propias, aprobadas por los respectivos ordinarios. Esta ruptura abrirá un surco de grandes dolores y sufrimientos morales y hasta físicos en la vida de la fundadora, quien confiada en la fuerza del Espíritu, guiará y conducirá por caminos de amor y sacrificio en el fiel cumplimiento del carisma recibido a las hijas que el Señor le confía. En Madrid realiza sucesivos traslados de residencia, buscando siempre el mayor bien para la educación de la juventud, preferentemente pobre y necesitada. Actúa constantemente con ánimo sereno, rectitud de corazón y seguridad en el cumplimiento de la voluntad de Dios sobre ella y sus hermanas. Su oración nos revela su estado interior: «Dadme, Dios mío, un corazón puro, acompañado de recta intención». El instituto se va enriqueciendo con nuevas vocaciones y sus miembros se van formando en la práctica de las virtudes características del carisma recibido por la fundadora. María Ana educa y modera con firmeza y dulzura a las recién llegadas, sostiene en sus flaquezas y anima y estimula con el ejemplo, la oración y la palabra. La virtud y buen hacer de María Ana y sus hermanas es el reclamo para que varios prelados españoles las llamen a sus diócesis y, todavía en vida de la fundadora, cuando su salud física declina, su obra adquiere fortaleza y arraigo: Fuencarral (Madrid), Córdoba (fundada para la atención de enfermos en sus domicilios), Toledo, Santander y otros pueblos abren sus puertas a la madre Mogas y a sus hijas. La caridad fue el faro que iluminó su vida. Todos cuantos la trataron descubrieron que de su oración y contemplación del Dios Amor, se derramaba en ella la suavidad y dulzura de una madre que atendía a todos —sin distinción—, que tenía una sensibilidad especial y un trato delicado para dar preferencia a los más necesitados de bienes espirituales o materiales. Llegado el momento de su partida al Padre, agotada físicamente por la enfermedad que padeció los últimos ocho años de su vida, la madre Mogas, con la seguridad del deber cumplido como educadora y pedagoga del carisma recibido, dicta su testamento que es cuidadosamente recogido por las hermanas allí presentes y transmitido a las generaciones venideras: «Hijas mías: amaos como yo os he amado, sufríos como yo os he sufrido. Caridad, caridad verdadera, amor y sacrificio». Es el 3 de julio de 1886, en la villa de Fuencarral (Madrid), cuando a las 12 del mediodía Dios nuestro Señor hace realidad su deseo tantas veces expresado en la oración jaculatoria: «¿Cuándo te veré, Dios mío, cuándo?». Que su testimonio de caridad —amor y sacrificio— fortalezca nuestro caminar por las sendas de las virtudes que la condujeron al gran día de la manifestación solemne de su bienaventuranza, que aquí, con gozo, celebramos con toda la Iglesia. [El 6 de octubre de 1996 fue beatificada María Ana por el papa Juan Pablo II, quien estableció que la fiesta de la nueva Beata se celebre el 6 de octubre].
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BEATA MARÍA ANA MOGAS FONTCUBERTA (1827-1886)
En la Achidiócesis de Madrid por Antonio M.ª Rouco Varela La beatificación de la venerable María Ana Mogas Fontcuberta [6 de octubre de 1996] incrementa la ya rica constelación de santos y beatos de la diócesis de Madrid. Catalana de origen, ha merecido por sus méritos elHija adoptiva de la Villa y (así se conoce Madrid, la capital de España), lo que, al margen de otras circunstancias, le confiere la filiación de una tierra que la adoptó como hija a título póstumo y que ella en vida consideró como algo muy suyo y en la que volcó durante los 21 últimos años de su existencia -sin duda los más fecundos- todo el entusiasmo de su alma ardiente, todo el amor de caridad que animó su misión y toda la pedagogía de la que fue consumada maestra. María Ana Mogas amó entrañablemente a Madrid, hasta el punto de querer exhalar aquí su último suspiro, cuando acababa de erigirse la diócesis de Madrid-Alcalá, segregada de la metropolitana de Toledo. Pero ¿cuándo inició su andadura madrileña esta catalana que allá por el año 1850 había renunciado a las comodidades de la vida de la alta burguesía y había abrazado la más absoluta pobreza?... ¿Cuáles fueron sus pasos en la Villa y corte?... Antes de seguirla en su itinerario, es necesario recordar algo que explícitamente señala el decreto que la proclama venerable y que explica el que, con grandes dificultades y sin medios económicos, haya realizado unas obras de caridad que, aun con la discreción que lo hacía, hayan merecido el aprecio y ayuda de las gentes pudientes y de más de un título de la nobleza madrileña. Dice textualmente el me«La fe fue luz y fortaleza en su vida y de su celo... Se dedicó totalmente a la educación de las niñas, al cuidado de los enfermos y de los pobres. A todos abría su corazón de madre para que experimentaran su entrega desinteresada y g».erosa Con este espíritu y a instancias del director general, designado por el prelado diocesano, llegó a Ciempozuelos en diciembre de 1865 acompañada de tres hermanas para hacerse cargo de un centro destinado a recoger y regenerar a las jóvenes de la prostitución. Este paso de Cataluña a Castilla supone en su vida no sólo un profundo cambio, una separación de sus orígenes familiares e institucionales, sino un replanteamiento de los fines fundacionales y de la propia vocación de las hermanas, que entra en conflicto en una misión para la que no se sienten llamadas ni preparadas. Dos años después, deja Ciempozuelos y establece su residencia en Madrid para dirigir una de las escuelas llamadas «de gratitud» ubicada en la calle Juanelo. La calma de que parecen gozar en los primeros tiempos de estancia en la Corte se torna pronto en tempestad y se suceden las dificultades. En María Ana y en las hermanas prima la educación de la juventud y la formación de las niñas sobre los intereses económicos del director de la escuela. Es un ensayo fracasado en una obra ajena que no comparte los valores ni los principios pedagógicos sostenidos por las hermanas. María Ana vive en un siglo cargado de preguntas y al que se le ofrecen múltiples y problemáticas respuestas y ella, mujer de su tiempo, modestamente quiere también dar la suya. Después del fracasado ensayo, se decide la fundación madrileña por cuenta propia y no al servicio de proyectos ajenos. Pero, prudente, visita a un excepcional consejero, el arzobispo don Antonio María Claret, que residía en el hospital de Montserrat, y es el santo confesor de Isabel II quien va a dar el consejo definitivo, orientando la actividad de la institución hacia el cumplimiento de su vocaci«en su misión se desarrollará alguno de los barrios bajos de la ciudad, que son los más necesitados, puesto que para la gente acomodada del centro ya existen muchos locales educativos». Claret se preocupa de que le busquen casa y con otros bienhechores atiende a las primeras e ingentes necesidades de las hermanas. A finales de junio de 1868 tenemos a la Beata y a las hermanas en la que será su vivienda y colegio de niñas pobres, una modestísima casa de la calle Palma Alta, número 3, alto, principal. Allí viven con sencillez y pobreza franciscana y, centradas en su misión de educadoras, sienten la plenitud de su identidad vocacional de tal forma, que la fundadora retoma la orientación primera del instituto, la enseñanza, principalmente de los sectores menos favorecidos, y, como pedagoga vocacionada, va marcando la huella de sus virtudes en las jóvenes madrileñas que acuden a su escuela. El pequeño colegio de la Palma Alta, con todas las autorizaciones legales, se ve concurrido por un considerable número de alumnas que rebasa todas las previsiones y lo hace totalmente insuficiente. Cuando la fundadora intenta buscar un lugar más amplio ocurre un hecho de decisiva repercusión nacional: la revolución de septiembre de 1868, llamada «La Gloriosa», que aparece como perseguidora de la fe, y que va a privar a María Ana de los acertados consejos del padre Claret, que sigue a la reina Isabel II en su destierro a Francia. Pese a todas las dificultades, la fundadora busca un lugar más amplio en el que poder acoger al alumnado que de todas las clases sociales y en especial de las menos favorecidas acude a su escuela. Un paso más en su andadura madrileña, una huella más de su buen hacer en esta iglesia de Madrid. Se trasladan, ahora, al número 1 de la calle San Andrés, en el mismo barrio madrileño, pero algo más espaciosa. Allí tiene el gran consuelo de tener reservado al santísimo Sacramento, el gran amor de su vida. Privadas por la revolución de los valiosos apoyos que sostenían la obra, lo pasan ciertamente mal. La fundadora, con un temple que no se dobla ante las dificultades, mantiene la serenidad en el grupo. Les hace sentir que se están cumpliendo en ellas las bienaventuranzas del Reino y por eso deben sentirse felices. Pero mujer práctica, arbitra -como el Maestro- medios para remediar el hambre de colegiadas y religiosas. Por otra parte, el instituto está en vías de crecimiento con el ingreso de algunas jóvenes. La fundadora alienta entre las hermanas un estilo fraternal muy propio de la espiritualidad franciscana que ha«En aquella casa testigo: todo es amor y carid», y, bajo su dirección, el modestísimo colegio adquiere notoriedad tanto por su organización como por el progreso de sus alumnas en la formación humana, cultural y cristiana. Con preferencia para las necesitadas y sin otra distinción en su relación y trato, acuden a él internas y externas de todas las clases sociales. Allí se acoge a muchas huérfanas por lo que se le conoce en Madrid como «Asilo.colegio de niñas desamparadas de la Divina Pastora». Pero se impone un tercer traslado en la misma zona, muy marginal entonces. Es ahora a la casa número 7 de la calle Sagunto en el barrio de Chamberí. Allí pone la Beata lo mejor de su ser al servicio de hermanas y niñas. Por las circunstancias que vive el país, es esta casa durante varios años el objeto en cierto modo exclusivo de su atención, no sólo referido a su organización y funcionamiento interior sino también en su proyección y en sus relaciones y participación en la vida de la parroquia, que lo es ahora la iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel, adonde acuden a la misa dominical y a los actos solemnes, como antes lo hicieran en las de San Cayetano, San Sebastián y San Ildefonso, porque, mujer con ideas muy claras sobre la integración en la «iglesia local» -cuentan las al«se nos inculcaba el amor a la parroquia, que, aunque no fuese la nuestra, era su ».presentación Pero, en su andadura madrileña, la huella de sus pasos ha quedado marcada en algún otro barrio, como la Corredera Baja, donde abre una escuela para niñas pobres y que ella frecuenta después de oír misa en San Ildefonso. En cualquier caso, Madrid y concretamente la casita número 7 de la calle Sagunto son la plataforma de la que parte la Beata para sus fundaciones en otros lugares de España y, sobre todo, para una fundación muy singular, realizada en una localidad humilde y pobre, entonces no muy lejana de Madrid, hoy barrio populoso de la capital, y que es la primera salida de la calle Sagunto. Estamos en el año 1876, en el que España, con la restauración borbónica, parece haber recobrado su fisonomía propia. En ese ambiente llega para la fundadora la primera oferta para dar cauce a sus inquietudes apostólicas. Llega a la calle Sagunto el párroco de Fuencarral, don Juan del Pozo, quien tiene referencia de María Ana por un sacerdote anciano, don Hipólito Martín Sánchez, que había sido capellán en el «Asilo colegio de niñas pobres de la Divina Pastora», y ahora lo es de las Mercedarias de Cuatro Caminos. Comisionado por los vecinos, expone a María Ana la situación de abandono en que se encuentran los niños y jóvenes de aquel pueblecito, distante entonces unos ocho kilómetros de la capital del reino. La necesidad es tal, que la fundadora no precisa muchos más argumentos para decidir la fundación. Pronto llega al pueblo llevando a tres religiosas que, en una pobre casa próxima a la iglesia, en la calle de la Amargura dan comienzo a su labor. María Ana, con el corazón conmovido ante tantas necesidades como allí contempla, vuelca su atención y afecto en Fuencarral. Allá va con la frecuencia posible y su presencia en el carruaje es tan familiar entre los viajeros, que a su invitación la acompañan en el rezo del rosario. El pueblo acude a ella en busca de consejo; es entre las gentes una mujer muy entrañable y muy querida, que busca un lugar mejor para educar a los niños del pueblo. La noticia o su misma persona llega hasta la casona de los marqueses de Fuente Chica, en la plaza Grijalba, hoy «María Ana Mogas»; y aquí empieza una amistosa relación cuyo primer fruto es el traslado de la escuela a la planta baja de la señorial casa; después ceden la huerta y finalmente instituyen a la fundadora por su heredera. El colegio tiene como titular al Sagrado Corazón, y con este título se mantiene hoy llegando a ser un importante complejo educativo. Sale, después, de Madrid a otras fundaciones, pero la casita de la calle Sagunto y el colegio de Fuencarral son referencia obligada en la vida de esta catalana de origen y madrileña de adopción. En Fuencarral termina su andadura terrena y allí tienen lugar los más emotivos momentos de la vida de una mujer que había hecho de la caridad su divisa y del «amor y sacrificio» su lema. Enferma de apoplejía, un poco doblada bajo el peso de la cruz, camina hacia su final con entrañables gestos de amor, socorriendo a los pobres desde su pobreza con aquello que necesitaban y, en el último año de su vida -1885-, su corazón sensible sufre, sobre todo, con las gentes de Fuencarral, donde la peste de cólera hace grandes estragos y, olvidando su deteriorada salud, derrocha energía y caridad, colaborando con las hermanas en aliviar a los enfermos. La muerte de los «santos» tiene siempre, aun con la sencillez con que vivenafloran en ella los grandes ideales que profundamente vivió y así nada extraño que el tránsito de María Ana, arropada por los fieles madrileños y sus pastores, haya tenido unas notas qu. sería largo enumerar El 3 de julio de 1886, en Fuencarral, concluye su andadura terrenal y madrileña e inicia la eterna, no sin antes haber hecho allí testamento de pobre y haber dejado a sus hijas como legado lo que había sido lema y práct«Caridad, caridad verdadera. Amor y sacr». La noticia de su muerte se difunde en breve me«Ha muerto la sant», y de Madrid, de Fuencarral, de los barrios de Mamoa y Peña Grande acuden llorosas las gentes a venerar sus restos, a los que tocan rosarios y pañuelos. La nobleza madrileña se mezcla con la gente sencilla en un silencioso cortejo para dejar sus restos en el cementerio de Santa Ana. La fama de su santidad no se extingue y a su sepulcro se acude pidiendo favores. En 1893, con las debidas licencias, es exhumado su cadáver, encontrado con evidentes signos de incorrupción, y depositado en la capilla del colegio. En la contienda de 1936 desaparecen sus restos y providencialmente son encontrados en 1967, y una vez más hacen camino para ser depositados en el corazón de Madrid, en la casa madre de su instituto. Antonio M.ª Rouco Varel, Arzobispo de Madrid, La beata María Ana Mogas en la archidiócesis de,Madrid eL’Osservatore Romano, ed. esp., del 11-10-96.
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BEATA MARÍA ANA MOGAS FONTCUBERTA(1827-1886)
Un carisma al servicio de la caridad por M. Mercedes Jiménez, fmmdp
El 3 de julio de 1886, la beata María Ana Mogas y Fontcuberta, abandonaba este mundo dejando a sus hijas, como testamento, lo que había sido lema y programa de su vida: «Amaos como yo os he amado, y sufríos como yo os he sufrido. Caridad, caridad verdadera. Amor y sacrificio». Nacida en Corró de Vall (Barcelona), con una infancia normal en un hogar bien constituido que se rompe con la prematura muerte de sus padres; tutelada por su madrina, buena cristiana y señora de la alta sociedad catalana, va fraguando en su adolescencia y consolidando en su juventud unos principios que harán de ella, en la vida consagrada, una réplica acabada de la imitación de Cristo en la faceta, tan queridamente suya, del amor. Asumió las palabras de Jesús: «Amaos como yo os he amado». Las vivió en las duras dificultades que sembraron su camino, no sólo perdonando injurias, sino enterrándolas en el olvido más profundo. Estuvo siempre dispuesta y pronta a restañar evangélicamente -por aquello de «que si sabes que tu hermano tiene algo contra ti...»- lo que en lo humano pudieran atribuirle sin que en ella hubiera intención de molestia para nadie. La dimensión de la caridad en su espiritualidad no puede, en modo alguno, reducirse a hechos concretos y puntuales destacados en su biografía, sino que fue una constante permanente, una actitud de vida nacida del enamoramiento de Cristo. La misión ejercida, la vivió como un encuentro con él, en la fe de la Iglesia y bajo los signos del hermano. La pobreza de estos signos fue un estímulo para su caridad. Toda la actividad fundacional de María Ana Mogas, todos sus servicios al hombre, tienen la marca imborrable del amor, de un amor desinteresado, de un amor que da todo sin esperar nada y todas sus relaciones comunitario-fraternas están bajo la luminosidad de una caridad delicada, que disimula los defectos ajenos, que se anticipa a necesidades todavía no manifestadas, que avisa y corrige con persuasión, cuando esta virtud teologal está amenazada por cualquier amago que pueda lesionarla, y crea relaciones fluidas, fraternas, presididas por la sinceridad y la verdad en las que las personas se encontraban bien y ansiaban relacionarse con ella. Si nos preguntamos en qué fuentes bebió y se nutrió María Ana de una espiritualidad que llevaba arraigada en lo más íntimo de su ser y que tenía esas expresiones no ocasionales sino como una constante en todas sus acciones y reacciones, la respuesta puede darse así: María Ana fue mujer de su tiempo, asumió y vivió la espiritualidad de su siglo con toda la intensidad de su temperamento afectivo, entusiasta y fogoso. El siglo XIX, con todas sus convulsiones políticas, con todos sus errores, fue el siglo del redescubrimiento de la persona de Cristo, el siglo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de la renovación de la piedad eucarística, el siglo de grandes manifestaciones marianas. Fue un siglo marcado por una fina espiritualidad cristológica y, se puede decir con toda verdad, influenciado por la santidad de Papas como Pío IX, que abarca la etapa más fecunda en la vida de María Ana, y de León XIII en sus últimos años. No es de extrañar que una mujer de profunda fidelidad a la Iglesia, de fina y delicada sensibilidad, sintonizara con la espiritualidad ambiental de su siglo. Afirmamos con los datos que tenemos de ella: oraciones, escritos y testimonios, que el Evangelio caló tan hondamente en su ser, que llegó al profundo conocimiento de Cristo, al que se «sabía» de memoria, por cuyo seguimiento e imitación dejó una vida cómoda y prometedora de cuanto en lo humano se puede ofrecer. La Palabra evangélica, las actitudes de Jesús hicieron de ella una orante activa, revivía en su oración los misterios más profundos y reproducía en su vida lo que oraba y meditaba. De aquí, sus arrobamientos enVía crucis, que llamaban la atención de quienes la acompañaban y transformaban sus vidas; sus largas horas de oración ante el Sagrario en actitud de adoración, abstraída a todo su entorno -como fue comprobado por más de un testigo fidedigno-, las vigilias de oración en la noche cuando todos la creían descansando en su aposento: «Y se pasaba en la capilla hasta altas horas de la madrugada como, después de su muerte, manifestó su confesor». El contacto permanente con Cristo que ha hecho declarar a quienes vivieron con ella que «estaba siempre arrullada por la presencia divina», dio a su persona esa dimensión espiritual marcada por el amor al Corazón de Cristo -expresión acabada del amor- de forma que sus actuaciones, su servicio, sus gestos de perdón -aun en casos difíciles de comprender-, no tenían otra razón de ser que el amor; un amor de caridad heroico, un.amor a Dios en el hombre. El cristocentrismo de María Ana, polarizado en el Corazón de Cristo, aparece -como una constante- en sus escritos personales, en formas oracionales y en breves y sencillas jaculatorias; aflora en sus cartas con expresiones pletóricas de sentido amor: «El amor del Sagrado Corazón de Jesús arda en nuestros corazones y nos inflame en caridad» (Carta del 21-05-80); «Les pido por amor de nuestro Señor Jesucristo que me digan en qué las he ofendido: yo estoy pronta a ponerme en camino para postrarme a los pies de todas...» (Carta del 03-05-84); «Las quiere en el Sagrado Corazón» (Carta del 13- 03-83). Es que para nuestra Beata el Corazón de Jesús es un lugar de encuentro, un lugar de perdón en el que tienen respuesta las más encontradas actitudes; es la espiritualidad del amor que ha de ser vivido hasta sus últimas consecuencias. Prima también en su espiritualidad cristocéntrica la espiritualidad franciscana de contemplación, adoración del Dios hecho hombre; por eso, la exquisita preparación del Adviento para celebrar con gozo el nacimiento de Jesús y contemplarlo, cual inocente corderillo, en los brazos de María. Como referencia importante cito la austeridad cuaresmal, la intensificación de la mortificación y de los tiempos de oración para la celebración de los misterios de la Redención y, después, de la alegría pascual; dice un testigo: «...todo era contento en Dios». La primacía que en su espiritualidad ha ocupado el misterio de Cristo ha facilitado lo que ha constituido otro polo de la misma; su gran amor a la santísima Virgen. Desde su infancia y juventud sintió especial predilección por María, que se fue acentuando con las frecuentes visitas a la basílica de Santa María del Mar y se consolidó plenamente cuando, consagrada en la vida religiosa, su instituto tiene como titular a María, Madre del Divino Pastor. La Virgen, bajo la advocación de la Divina Pastora, es para María Ana la Suprema Abadesa. Todos los testigos coinciden en afirmar que su devoción a María «no era sensiblera, sino muy honda y contagiosa». En la escuela de Jesús y de María aprendió a ser humilde de verdad, a ser sincera, a ser consumada pedagoga del espíritu, a ejercitar el amor de caridad -pues dicen sus testigos «que deba hasta de lo que necesitaba»-, a darse sin esperar nada y a hacer felices en la fraternidad del amor a sus hermanas. Aprendió también el «Amor y el sacrificio», lema y ejercicio de su vida, convencida de que el amor no es auténtico si no lleva el sello del sacrificio, porque amar, amar a todos, sin distinción -excepto a los más necesitados de cualquier carencia, de los que no pueden corresponder-, requiere una elevada dosis de sacrificio, de vencimiento y de renuncia. Aprendió a sufrir amando y los mayores obstáculos se convirtieron en sus mejores medios apostólicos. Su silencio fue, ante el sufrimiento, como de corazón enamorado. Vivió amando, transformó el sacrificio en gozo de darse con el quehacer cotidiano y los detalles de cada día, afrontó con normalidad las circunstancias dolorosas extraordinarias, transformó la vida en constante servicio de amor y caridad; no pidió garantías ni hizo cálculos humanos en su entrega. Escuchó la voz del Señor para hacer siempre su voluntad y, al morir nos dijo: «Amaos». «Hijas mías: amaos como yo os he amado, sufríos como yo os he sufrido. Caridad, caridad verdadera. Amor y sacrificio». Habían sido la gran verdad de su vida y ahora eran legado testamentario que cerraban sus labios. Era el 3 de julio de 1886. M. Mercedes Jiménez, FMMDP, Vicepostuladora, La madre María Ana Mogas, un carisma al servicio de l, caridad e L’Osservatore Roman, ed. esp., del 11-X-96.
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BEATA MARÍA ANA MOGAS FONTCUBERTA 1827-1886
María Ana, fundadora de las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, popularmente conocidas como de la "Divina Pastora", nació en Corró de Vall (Barcelona). Muy joven renunció a la acomodada posición social de que disfrutaba, para servir al Señor dedicándose a la formación de la niñez y juventud y a la atención de los más necesitados. Murió el 3 de julio de 1886 en Fuencarral (Madrid). La beatificó el 6 de octubre de 1996 Juan Pablo II, quien estableció que su fiesta se celebre el 6 de octubre.
La madre Mogas, camino y cayado
por Jesús López Sobrino, Pbro.
Los términos bíblicos «camino y cayado» ensamblan admirablemente con la trayectoria biográfica y la andadura espiritual de la madre María Ana Mogas Fontcuberta, fundadora de las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, e incluso con el emblema y anagrama de la congregación: el zurrón del peregrino y el cayado. La madre Mogas nace el 13 de enero de 1827 y en su bautismo recibe los nombres de María Ana Peregrina. Esta tercera nominación, que pasa casi siempre desapercibida, cobra un significado especial cuando contemplamos la vida de María Ana bajo el prisma de un camino abierto totalmente a la iniciativa de Dios y... de una integra fidelidad al buen Pastor, que conduce a su pueblo bajo el cayado de la caridad. Los primeros años de María Ana transcurren en el hostal del Lladoner, una mezcla de posada y masía, situada en Corró de Vall (Granollers) a la vera del camino real de Barcelona a Vic. Los ojos de la niña se abren a la cálida luz de unos padres ejemplares y al trasiego de viajeros que hacen parada y fonda en el hostal. Entre el ruido de los carros y tartanas y el jadeo de las caballerías María Ana, sin duda, oiría comentar la sublevación de los agraviados de Cataluña, el levantamiento de los realistas catalanes contra el Gobierno, el último precio del mercado de cereales y hortalizas en Granollers, o la narración cantada del último crimen. La mente despierta e inteligente de la muchacha se va abriendo por ósmosis «silenciosa» al complejo camino de la existencia humana, con sus veredas alegres y con sus trágicas pedregosidades. El camino azul de su infancia se tuerce con la negrura del drama familiar. A los siete y a los trece años pierde sucesivamente a su padre y a su madre, y entra en escena el camino desconcertante del Señor: «Mis caminos no son vuestros caminos» (Isa 55:8). Y comienza el éxodo, hacia Barcelona. La vida del creyente, en los planes de Dios, sufre procesos de constante desinstalación, según el paradigma de Abrahán: «Sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré» (Gen 12:1). Las alas, apenas desplegadas, de su adolescencia se ven frenadas en caminos de áspera maleza. Pero ella no se deja hundir por la tragedia sino que se apoya en el firme cayado o palo de la cruz, que ha entrevisto en el aprendizaje catequético de su primera comunión. Bajo esta luz se entienden sus palabras posteriores: «Señor, no podré amaros ni serviros si no me desposo con vuestra cruz». Un mundo nuevo se abre para María Ana Peregrina en la ciudad condal, que supera en aquellos años la desamortización religiosa y el sectarismo anticlerical, merced a una floración de hombres y mujeres de la talla de Jaime Balmes, Antonio María Claret o cualquiera de las fundadoras catalanas de esa época. La joven huérfana de Granollers se ve pronto inmersa en la clase más señorial y acomodada de la burguesía que gira en torno a la calle Moncada y a la parroquia Santa María del Mar. El camino se torna sumamente atractivo y hasta se puede convertir en un simple paseo de la vanidad y en la desvirtuación de una personalidad cautivadora. Sus dotes personales («era atrayente por su finura, tenía el rostro muy simpático y agradable... un poco seria») y su esmerada formación de señorita distinguida le emplazan en una opcional encrucijada de caminos. Su vista se detiene un tanto en el valle idílico de sus espléndidos dieciocho años, pero no se deja impregnar del espejismo y quiere ser siempre un ventanal abierto a la agudeza gótica de la voz de Dios, que le llega en .anta María del Mar a través de mosén Gorgas, vicario de la parroquia. Dios irrumpe en su camino merced al encuentro con el virtuoso padre José Tous, capuchino exclaustrado, y con dos capuchinas, también exclaustradas, que intentan rehacer su vida dedicándose a la enseñanza de la niñez. María Ana comienza la andadura a lo divino, rompiestatuss ataduras de su social, la oposición de su tutora y madrina, y superando incluso la negativa inicial de mosén Gorgas. Ella se apoya en el cayado del Maestro y su mano se ve robustecida y confortada. La naciente comunidad religiosa encuentra el pavimento fundacional muy bacheado en la villa gerundense de Ripoll con un Ayuntamiento anticlerical y con unas condiciones muy precarias para el desenvolvimiento de un sueño institucional cuyo peso recae pronto en María Ana, que todavía es novicia. Ella lo recuerda así: «Sor Isabel Judel y sus compañeras, por inspiración divina, me confiaron dicha congregación, aunque incapaz y ruin para desempeñar semejante ministerio». La frase retrata a una mujer con temple de santidad que apoya su seguridad en Dios, único camino y seguro cayado. La firmeza en las decisiones más comprometidas la acompañará siempre. La obra, cuando es de Dios, allana montes, endereza sendas y salva todo tipo de dificultades. Ripoll queda atrás, y el camino vecinal del instituto religioso se ensancha en Capellades, San Quirico de Besora, Barcelona... Desde Capellades la madre Mogas y sus compañeras en 1863 emprenden a pie una peregrinación a Montserrat, que se convertirá en un auténtico símbolo del camino y... del amor a María, verdadera peregrina de la fe. El viaje fundacional de la madre a Ciempozuelos, para la expansión en Castilla y sus primeros pasos en la capital de España, suponen un esfuerzo y un trabajo evocadores de las calzadas romanas. Su acento catalán cae bien en las calles del castizo Chamberí y, más tarde, venciendo ya los achaques de la apoplejía, funde su caridad ardiente con el sol de Córdoba, para cumplir en esa ciudad una de las finalidades descritas ya en los estatutos de la congregación de 1875: «Asistir a los enfermos en sus casas». También establece, de acuerdo con los planes del obispo, una casa para jóvenes empleadas en el servicio doméstico. De Córdoba... al seminario santanderino de Corbán. Allí, en los comienzos de esta fundación cántabra, su cayado en forma de timón sufre los embates de las olas encrespadas. Pero... se remansan las aguas y se abren nuevos caminos en Quintana de Valdivielso (Burgos), Toledo, Fuencarral de Madrid... Incluso emprende negociaciones para la apertura de una casa-misión en Tánger (África). Finalmente su recio caminar y la firmeza de su cayado se abaten en Fuencarral el 3 de julio de 1886. «Ha muerto la santa», que deja este sencillo testamento a sus hijas: «Hijas mías, amaos unas a otras como yo os he amado y sufríos como yo os he sufrido. Caridad, caridad verdadera. Amor y sacrificio». La madre Mogas abrió a sus hijas con la entereza de su cayado (nunca doblegado en las más hostiles y dificultosas circunstancias y siempre apoyado en la Providencia) caminos de acción caritativa y social en hospitales, residencias de ancianos, orfanatos, centros marginales, países del tercer mundo... y sobre todo en el apasionante y «agónico» mundo de la educación y de la enseñanza. Ella fue una maestra de excepción y una sublime pedagoga del espíritu. Ella siguió al Maestro Jesús por el camino de la cruz hasta la Resurrección. El Señor siempre da el ciento por uno y glorifica a su sierva con la beatificación el 6 de octubre de 1996. A nosotros nos corresponde proseguir el camino roturado por ella y completar lo que ella pedía a Dios: «Perfeccionad, Señor, asegurad los pasos que he comenzado a dar en el camino de vuestro servicio, de tal manera que ninguna cosa del mundo sea capaz de hacerme volver pies atrás». L’Osservatore Romano edición semanal en lengua española, del 11-X-96]
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