BASILICA DE SAN FRANCISCO (Asís)
BASÍLICA DE SAN FRANCISCO por Gualtiero Bellucci, o.f.m. «No hubo honores demasiado grandes para este pobre; los pueblos se acordaron de su amor, y quisieron darle más de lo que él había abandonado por ellos. Y pues que no tuvo ni techo ni servidor, fue necesario construir para él una morada magnífica como el palacio con el que había soñado en su juventud» (A. F. Oznama)
«El ábside dice: yo soy el confín de la tiniebla. Y la fachada dice: yo soy la muralla del cielo. Y la nave central dice: yo soy la vía láctea que conduce al Señor. Y los haces de columnas dicen: nosotros somos la selva inmóvil. Y la bóveda sobre el altar dice: yo soy el arco iris eterno. Y la tumba dice: yo soy la estiba de San Francisco que vive con el Señor. Y el altar mayor dice: yo soy la mesa de la vida. Y el tabernáculo dice: yo soy el arca del silencio. Y un capitel dice: yo soy un nido de ángeles. Y otro capitel dice: yo soy un nido de sol. Y el techo dice: yo soy el límite del espacio. Y el claustro dice: yo soy el vestíbulo de las bodas. Y un arco dice: yo soy la rotundidad de la tierra. Y un arco gótico dice: yo soy la verticalidad del Verbo. Y una vidriera dice: yo soy la perfección de la luz. Arcos, capiteles, columnas, vosotros no sois más que formas del espíritu, la síntesis. él se ha hecho en nosotros de carne y nosotros nos hemos hecho por vosotros de piedra, para ser todos juntos la unidad. Y como cada ladrillo ha bebido una gota de su sangre, así cada uno cante con el pobre Francisco, la alegría de su libertad, porque vosotros sois todos juntos la armonía. Y cuando los hombres ya no hablen más de él, continuad hablando vosotras, oh piedras, en este vestíbulo del paraíso, junto con nuestra piedra miliar: FRANCISCO DE ) ASÍS». La doble Basílica de San Francisco, en la que es custodiado y venerado con gran amor el cuerpo del Santo, fue ideada y en gran parte realizada por Fray Elías, que dirigió su construcción atrevida e imponente. Un templo espléndido querido por el Papa Gregorio IX, que puso la primera piedra al día siguiente al de la canonización del Santo realizada en Asís el 16 de julio de 1228. El admirable conjunto, construido sobre la colina del Paraíso, es indudablemente uno de los más bellos y singulares no sólo de Italia sino del mundo entero. Se trata de una maravillosa síntesis del arte románico y gótico. En las paredes de ambas Basílicas los grandes artistas italianos han escrito con sus pinceles aquella «admirable vida (de Francisco) que sólo en el cielo se cantaría mejor» (Dante Alighieri)
En los grandes ciclos pictóricos de los siglos XIII y XIV, Giotto, Cimabue, Torriti, Simone Martini, Pietro Lorenzetti han narrado la vida de Francisco y sintetizado los misterios de la vida de Cristo. Sus frescos son una verdadera y propia «Biblia de los pobres» y hacen de esta ciudadela del espíritu un templo único y maravilloso. Las amplias superficies de las paredes de ambas iglesias, con sus dos mil metros cuadrados de pintura mural, han sido pensadas para acoger el poema pictórico bíblico junto con el del Poverello, y constituyen el más armonioso concierto de colores de todos los tiempos. Una iglesia estupenda que grita durante los siglos, con versos arquitectónicos y con vivísimos colores, el Magníficat de Francisco que, «pobre y humilde», ha entrado rico en el Reino de los Cielos. La custodia de la Basílica está a cargo de los Frailes Menores Conventuales. EL SACRO CONVENTO DE SAN FRANCISCO El Sacro Convento de San Francisco, construido, juntamente con las Basílicas, con piedras rosas y blancas del monte Subasio, constituye un conjunto de construcciones de incomparable belleza que da un toque inconfundible a todo el paisaje. Los grandes y sólidos muros han reequilibrado el declive de la colina con una serie de 53 poderosas arcadas de estilo románico por fuera, mientras que en el interior el movimiento gótico confiere al largo ambulacro o pasillo una esbeltez y una verticalidad verdaderamente estupendas. Para quien sube desde la llanura, el Sacro Convento se presenta como una gran mole rica en armonía, caracterizada por una doble fila de arcos altísimos. Por el contrario, para quien llega desde Perusa, el convento, con sus poderosos contrafuertes, aparece como una fortaleza inexpugnable. Por el lado opuesto, el convento, circundado por el bosque, se parece a uno de tantos sencillos conventos franciscanos como abundan en la Umbría. El Sacro Convento, surgido con la Basílica a la que parece agarrarse, comenzó a ser habitado por los frailes en 1230. Al Papa franciscano Sixto IV, le cabe el mérito de haber organizado buena parte del complejo arquitectónico conventual. Fue él quien, entre otras cosas, hizo construir la galería del claustro superior, entre 1474 y 1476, el claustro que hoy lleva su nombre, e hizo levantar, para sostener el edificio, un grandioso contrafuerte en el lado de poniente, donde, en una hornacina, está la estatua del Pontífice en actitud de bendecir. Introduce al grandioso Santuario franciscano un gracioso pórtico construido en el siglo XV, que rodea la plaza y que permite una vista maravillosa sobre el armoniosísimo complejo basilical. Domina, bella y soberbia, alta y solemne, la Basílica superior con la robusta torre románica terminada en 1239, dividida por cornisas y arquillos, y recorrida toda ella por pilastras salientes. El bellísimo atrio, de Francesco da Pietrasanta (1487), que se abre en un lateral de la Basílica inferior, permite el acceso, mediante un portal gótico doble, a la primera Basílica. Arriba, sobre las puertas talladas en 1549 y 1573 por los maestros NicolÒ da Cagli y Pompeo da Foligno, hay un admirable rosetón, un verdadero encaje de piedra, definido como «el ojo de iglesia más bonito del mundo». El rosetón es el símbolo de Cristo sol de justicia que repite a los que entran las palabras de vida: «Yo soy la puerta, si uno entra por mí, será salvo, entrará y saldrá y encontrará pastos». ) BASÍLICA INFERIOR DE SAN FRANCISCO El 29 de marzo de 1228, Fray Elías Bombarone recibió, como donación de Simone di Pucciarello para el Papa Gregorio IX, el primer lote de terreno para la construcción de la iglesia que debería convertirse en el lugar del sepulcro de Francisco de Asís, al occidente de la ciudad, sobre la «Colina del infierno», así llamada porque en ella eran ajusticiados los malhechores. Hoy esta colina es llamada del paraíso por la belleza única del monumento que ha transformado su aspecto y ha caracterizado de manera nueva y estupenda todo el panorama de la ciudad. El 17 de julio del año 1228, al día siguiente de la solemne canonización de San Francisco, celebrada en Asís, en la iglesia de San Jorge, actual Basílica de Santa Clara, el mismo Papa Gregorio IX, íntimo amigo de San Francisco, que acababa de proclamarlo santo, puso la primera piedra de la iglesia a erigir. Los trabajos, bajo la inteligente y voluntariosa dirección de Fr. Elías, al cabo de dos años escasos, con prodigiosa rapidez, fueron concluidos por lo que se refiere a la Basílica inferior, de modo que en 1230, presentes los frailes reunidos en Capítulo por la fiesta de Pentecostés, el 25 de mayo, el venerable cuerpo de Francisco, todavía incorrupto, fue llevado procesionalmente al templo levantado en su honor. Fr. Elías, concibió este singular templo, como una enorme cripta baja y casi aplastada por el peso de la Basílica superior ligera y esbelta. La atmósfera que en ella se respira está impregnada de espiritualidad e invita a la oración. El antiguo Ministro provincial de Siria, Fray Elías, conocía bien las fortalezas construidas por los cruzados y los gigantescos sepulcros tallados en la roca para depositar en ellos los despojos mortales de ilustres personajes, y su amor por la grandiosidad explotó aquí. él fue el «padre de la Basílica, el cerebro que la pensó y el puño que la realizó» (L. Gillet)
El ingreso nos introduce en el inmenso atrio o vestíbulo, hacia la mitad del cual se abre, a la izquierda, la verdadera y propia nave de la basílica inferior. Los arcos que se suceden en semicírculo a partir de los macizos pilares laterales, las grandes bóvedas de aristas que se curvan hasta casi tocar la tierra, determinan un ambiente místico y tranquilizador. Dejando a la izquierda la capilla de San Sebastián (martirio del Santo en tela, de Giorgetti, en el altar, y, en las paredes, episodios de su vida, de G. Martelli), se admiran en las paredes de la derecha dos monumentos sepulcrales de exquisita hechura, pero de atribución incierta (Mausoleo de Cerchi y Mausoleo de Juan rey de Jerusalén), a los cuales sigue, siempre a la derecha, la Capilla del Santísimo, desde la cual un acceso nos lleva a un gracioso y sugestivo claustrillo, ambiente lleno de calma y de verdor. En la parte terminal del vestíbulo, la Capilla de Santa Catalina de Alejandría, querida por el cardenal Albornoz y realizada por Gattapone de Gubbio; frescos de Andrés de Bolonia (1368-69), que, ayudado por Pace di Bartolo de Asís (autor de las figuras de los santos), pintó en ellos ocho episodios de la vida de Sta. Catalina. La nave central de la Basílica está enriquecida con una decoración pictórica de infinita belleza. ésta guarda las decoraciones más antiguas de la Basílica. A lo largo de las paredes se pueden admirar frescos de gran interés artístico y refinado sentido del color. Son de autor desconocido, llamado precisamente el Maestro de San Francisco, y representan episodios de la vida de Cristo y episodios de la vida de San Francisco. Aquí el artista, abandonando el esquema de confrontación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, instaura un paralelismo entre la pasión de Cristo y la vida del estigmatizado del Alverna, la compasión de Francisco. En la parte derecha de la nave está la pasión de Cristo: Cristo despojado de sus vestiduras, bajado de la cruz, sepultado... En la pared izquierda, la compasión de Francisco: el santo desheredado mientras sujeta la Basílica de Letrán, Francisco y los pájaros, Francisco estigmatizado y muerto. La apertura de las capillas laterales llevó inevitablemente a la reducción de los ciclos pictóricos. Este admirable templo, que se desarrolla a partir de la nave amplia y solemne para dilatarse en el breve ábside y en los vastos transeptos, aparece, y no casualmente, como una Tau, el signo que a Francisco le recordaba constantemente la cruz del Señor y que fue uno de sus mayores amores. Lo marcaba en las celdas, con él firmaba las tarjetas que enviaba a sus amigos y conocidos, y en esa forma quiso que fuera cortada su pobre túnica. Para él, Cristo era el Alfa y la Omega de la historia de los salvados, el principio arquitectónico de toda su vida de convertido, de San Damián al Alverna, hasta la muerte a la que acogió en la Porciúncula con alegría pascual. Todo este camino conduce hacia la gloria tan dignamente representada en los plementos que resplandecen sobre el altar y que celebran la gloria del diácono Francisco, pobre, obediente y casto. La primera capilla a la izquierda de la nave está dedicada a San Martín. Fue decorada con frescos poco antes de 1320 por el sienés Simone Martini. De particular belleza e interés es la escena que representa al Santo en el acto de dejar las armas para alistarse en la milicia espiritual. Una representación del mundo caballeresco y militar en perfecto ritmo figurativo. La última capilla a la derecha está dedicada a Santa María Magdalena y encierra algunas de las más significativas creaciones de la madurez artística de Giotto. Aquí se aparece Jesús a la Santa invadida de pasión y de terror en una elocuente sencillez. Giotto y sus discípulos trabajaron también en los cuatro admirables plementos que se curvan como un inmenso baldaquino, rico en vivos colores, sobre el altar papal de la Basílica. Su perfecta hechura representa sin duda una de las más bellas y sublimes conquistas del genio humano de todos los tiempos. De la misma escuela es también el ciclo de la infancia de Cristo: Visitación, Natividad, Presentación en el Templo, Matanza de los Inocentes, Adoración de los Magos, Huida a Egipto, Jesús entre los doctores, Vuelta a Nazaret. Los tres frescos de la franja más baja, representan a Francisco que interviene milagrosamente en favor de dos niños. En la pared del transepto de la derecha, Cimabue pintó el grupo con la Virgen en el trono y San Francisco, celebérrimo porque la figura del Santo ha sido tenida desde siempre como el retrato más cercano y fiel del Santo. En la parte final del transepto derecho, Capilla de San Nicolás de Bari con frescos atribuidos al maestro de la Capilla de S. Nicolás. En el brazo opuesto del transepto, está el admirable ciclo de la Pasión de Cristo, de Pietro Lorenzetti y ayudantes (primeros decenios del siglo XIV): Entrada de Jesús en Jerusalén, Lavatorio de los pies, Ultima Cena, Traición de Judas, Camino del Calvario, Crucifixión, Sepultura, Descenso a los infiernos, Ahorcamiento de Judas, Resurrección. Frente a la Crucifixión, San Francisco recibe los estigmas. De intensa dramaticidad es el Descendimiento de la cruz. De refinada belleza y particular gracia es la delicadísima Virgen con el Niño en coloquio espiritual con los Santos Juan Evangelista y Francisco. Jesús le pregunta a la Madre: ¿A quién debe bendecir? La Virgen le indica a Francisco, todo él lleno de gran humildad. Esta pintura, del propio Pietro Lorenzetti, es conocida también con el nombre de la Virgen de las Puestas de sol o de los Ocasos. Bajo los espléndidos plementos emerge fuerte y solemne en su majestad el altar papal de la Basílica. Está formado por una sola piedra que se apoya en arcos trilobados, sostenidos por veinte columnitas. El altar es de estilo gótico, y fue realizado por pedreros comascos y decorado posteriormente con mosaicos por maestros cosmatescos. El altar estaba rodeado antiguamente de un iconostasio cosmatesco del mismo estilo, que, desmontado posteriormente, ha sido reconstruido a la izquierda, al lado de la cátedra papal. Son notables los sitiales del coro tallados en madera de nogal por Apollonio de Ripatransone y taraceados por el florentino Tommaso di Antonio en 1471. En la parte cóncava del ábside, donde estaba el grandioso y discutido fresco del florentino Stefano, está ahora el Juicio final, de Sermei. RELIQUIAS DE SAN FRANCISCO En la Basílica inferior están celosamente conservadas algunas reliquias preciosísimas de San Francisco. Entre ellas está en primer lugar el texto auténtico de la Regla Bulada de la Primera Orden franciscana, aprobada por el Papa Honorio III el 29 de noviembre de 1223. Es considerada como la carta magna de la vida de los Menores. Francisco exhortaba con frecuencia a los suyos a observar la Regla y solía repetir que «La Regla es el libro de la vida, la esperanza de la salvación, el yelmo de la gloria, la médula del evangelio, el camino de la cruz, el estado de perfección, la llave del paraíso, el pacto de la eterna alianza». Quería que todos tuvieran un ejemplar y que se la aprendieran de memoria. Prescribió que la Regla estuviera siempre ante sus ojos para recordarles el ideal de vida y como estímulo a su observancia. Y más aún, quiso y enseñó a los frailes a morir con ella (Espejo de Perfección n. 76)
Otra reliquia insigne es el precioso autógrafo del Santo con la Bendición a Fray León, su confidente, confesor y enfermero. El texto dice: «El Señor te bendiga y te guarde. Te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. Vuelva a ti su mirada y te dé la paz». La escritura más tosca está en negro y es de Francisco, mientras que la más bonita y precisa está en rojo y es de Fray León. Según la tradición, el manuscrito, que lleva al dorso en escritura autógrafa de Francisco las Alabanzas del Dios altísimo, es de la misma época, después de las llagas, otoño de 1224, y escrito en el Alverna. Otra conmovedora reliquia es la de la pobre túnica del Santo. LA TUMBA DE SAN FRANCISCO Por una escalera de dos rampas que se abre en el interior de la Basílica inferior, en uno de sus lados, se baja a la cripta donde está la tumba del Santo. Francisco fue sepultado en ella el 25 de mayo de 1230. La tumba del siglo XIII es invisible y completamente inaccesible. En 1818, tras 52 noches de trabajo, fueron encontrados la tumba y el cuerpo venerable de San Francisco. Fue entonces cuando Pasquale Belli creó una vasta cripta por debajo de las dos iglesias, en estilo neoclásico. Fue la sabiduría de Ugo Tarchi, en los años 1927-1930, la que realizó la actual cripta, revistiéndola de piedra, después de haberla despojado de los mármoles preciosos que la adornaban. Recientemente, entre el 24 de enero y el 4 de marzo de 1978, un grupo de profesores, con el beneplácito del papa Pablo VI, realizaron un reconocimiento de los restos del cuerpo del Santo, colocándolos después en una urna de cristal que, a su vez, fue puesta nuevamente en el antiguo sepulcro. En torno a la tumba de Francisco fueron sepultados, en 1932, los hijos y seguidores del padre, los fidelísimos de la primera hora: Fray León, «ovejuela de Dios», como solía llamarlo Francisco por la docilidad y mansedumbre, y que competía en humildad con el Santo; Fray Rufino, primo de santa Clara, «un hombre conspicuo de la nobleza de Asís»; Fray Maseo, el orador elegante, grande y elocuente que iba por el bosque arrullando de alegría; Fray ángel, ¡el caballero cortés de la nueva tabla redonda! Esta humilde tumba de Francisco, corazón del incomparable Santuario, es la razón del milagro de arte y espiritualidad obrado por el genio de los hombres, en las basílicas que la coronan. Aquí se reaviva en el corazón la antigua oración: «Padre san Francisco, acuérdate de todos tus hijos, que, angustiados por indecibles peligros, sabes muy bien tú, santísimo, cuán de lejos siguen tus huellas. Dales fuerza, para que resistan; hazlos puros, para que resplandezcan; llénalos de alegría, para que disfruten. Impetra que se derrame sobre ellos el espíritu de gracia y de oración, para que tengan, como tú, la verdadera humildad; guarden, como tú, la pobreza; merezcan, como tú, la caridad con que amaste siempre a Cristo crucificado» (2 Cel 224)
Donde se cruzan las escaleras de la cripta, en una urna se conservan los restos mortales de Fray Jacopa dei Settesoli, la noble señora romana, amiga fidelísima del Santo que estuvo junto a él en sus últimas horas de vida en la Porciúncula. Junto a la cancela de hierro, a la entrada de la cripta, está la lámpara alimentada con el aceite que ofrecen por turno los Ayuntamientos de Italia y que arde delante de la tumba del Patrono de la nación. Un escrito en la misma dice: «No es más que un rayo de su luz». ) BASÍLICA SUPERIOR DE SAN FRANCISCO Esta venerable Basílica, esbelta y alegre, rica de luminosidad pascual, es bastante distinta de la austera iglesia inferior, en gran parte románica y más ponderada y contenida. La Basílica superior tiene en su interior la forma de cruz latina, de una sola nave con cuatro entrepaños y ábside pentagonal. Es de estilo gótico franciscano o italiano. Además de por su arquitectura, es célebre en el mundo entero por sus ciclos pictóricos, entre los más bonitos que existen. «El edificio gótico representa la cruz sobre la que murió Cristo. Los rosetones, con sus pétalos de diamantes, representan la rosa eterna de la que cada alma rescatada es una hoja» (Taine)
El primero en decorar esta Basílica fue un pintor inglés, pero alrededor de 1280 entró en liza el gran maestro Cimabue que pintó la zona del ábside y gran parte de los transeptos. Alteraciones químicas, sobrevenidas con el paso del tiempo, han reducido estos frescos al estado de negativos fotográficos, pero el gran talento de este extraordinario maestro aletea con evidencia en estas paredes, a pesar de todo. La parte alta de la nave está decorada por maestros romanos y toscanos, y entre éstos descuella el jovencísimo Giotto, cuya fuerte personalidad y capacidad innovadora expresada con gran talento le granjearon el inigualable honor de poder narrar sobre estas paredes la vida admirable del Pobrecillo de Asís, tomando como guía a san Buenaventura, autor de la vida del Santo. Giotto reproduce en estos murales, con plasticidad viva y vigorosa, los mayores acontecimientos de la vida del Santo con una naturalidad y una carga de humanidad que se transparenta límpida y serena en cada una de las escenas como si él mismo hubiese sido actor o como si hubiera estado presente. Algunos ejemplos: a) Un hombre sencillo, al paso de Francisco por delante del Templo de la Minerva de Asís, extiende su manto en el suelo para que Francisco pase por encima, queriendo así honrarlo. b) Francisco da su manto a un pobre... con una visión del Asís medieval. c) Francisco restituye sus vestidos a su padre airado... una estupenda y emocionante escena... entre los dos grupos de personajes hay un vacío, como queriendo indicar un abismo de incomprensión y de distancia imposible de llenar. d) El Papa Inocencio III ve en sueños a Francisco que, convertido en cariátide viviente, sostiene con sus robustas espaldas la basílica de Letrán que amenaza una inminente ruina y la equilibra con sus fuerzas. Plástica y vigorosa expresión de Francisco y de aquel amor grande y tenaz que el Santo tuvo por la Iglesia de Dios. e) La predicación a los pájaros... es una de las escenas más célebres entre las que Giotto pintó en Asís. Se encuentra en el interior, a los pies de la Basílica, bajo el espléndido rosetón. ¡Francisco y los pájaros en una serenidad cósmica! El Santo se inclina delicadísimamente hacia las pequeñas criaturas, una multitud de pájaros de toda clase se apiña en torno a sus pies, detrás de Francisco un fraile contempla la escena estupefacto. f) El episodio del caballero de Celano... El grande y dramático tema del dolor humano está expresado aquí en un fuerte crescendo de emociones, con sentido de gran realismo. g) El milagro de la fuente... ¡Casi un manifiesto ecológico junto al mural de la predicación a los pájaros! El paisaje rocoso golpeado por la intensa luz del sol, parece justificar el milagro por el sediento que se lanza con avidez hacia el agua manada improvisadamente de la roca seca. Frescos de Giotto en la Basílica superior de S. Francisco En la nave, debajo de las escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, de varios pintores (Giacomo Torriti, Pietro Cavallini, etc.) descuella el gran ciclo de frescos de Giotto sobre la vida de san Francisco: 28 episodios tomados de antiguas biografías del Santo, especialmente de San Buenaventura. He aquí la lista, partiendo del lado derecho del altar mayor: 1. Un hombre de Asís venera proféticamente al joven Francisco tendiendo a sus pies el propio manto en la plaza (cf. San Buenaventura, Leyenda Mayor [= LM] 1,1)
2. Francisco da su manto a un caballero pobre (LM 1,2)
3. Francisco tiene un sueño con un palacio lleno de armas marcadas con la cruz (LM 1,3)
4. Francisco ora ante el Crucifijo de San Damián (LM 2,1)
5. Francisco renuncia a la herencia paterna, desnudándose ante el obispo de Asís (LM 2,4)
6. Inocencio III ve en sueños a Francisco que sostiene la basílica de Letrán que se derrumba (LM 3,10)
7. Inocencio III aprueba la Regla franciscana (LM 3,10)
8. Francisco se aparece glorioso sobre un carro de fuego a los frailes de Rivotorto (LM 4,4)
9. Fray Pacífico ve un trono precioso en el cielo destinado al humilde Francisco (LM 6,6)
10. Francisco, por medio de Fray Silvestre, expulsa de Arezzo a los demonios instigadores de guerra civil (LM 6,9)
11. Francisco, ante el Sultán de Egipto, desafía a los sacerdotes musulmanes a la prueba del fuego para demostrar la verdadera fe (LM 9,8)
12. Los compañeros de Francisco asisten admirados al éxtasis del Santo (LM 10,1-4)
13. Francisco celebra en Greccio la Navidad de 1223 instalando el Belén (LM 10,7)
14. Francisco hace brotar de la roca una fuente de agua para un sediento que lo acompaña (LM 7,12)
15. Francisco, en Bevaña, predica a los pájaros (LM 12,3)
16. Francisco anuncia la muerte inminente a un caballero de Celano que lo había invitado a comer (LM 11,4)
17. Francisco improvisa una predicación ante el papa Honorio III (LM 12,7)
18. Mientras San Antonio predica en Arlés al capítulo de los frailes, Francisco se aparece a un hermano (LM 4,10)
19. Francisco recibe los estigmas en el monte Alverna (LM 13,1-5)
20. Muerte y apoteosis de San Francisco (LM 14,6)
21. Apenas muerto, Francisco se aparece simultáneamente a Fray Agustín, Ministro provincial de "Terra di Lavoro" y al obispo de Asís, Guido, de peregrinación en el Gargano (LM 14,6)
22. Jerónimo, noble asisiense, constata la realidad de los estigmas de Francisco (LM 15,4)
23. Los restos sagrados de Francisco son venerados por santa Clara y sus hermanas en San Damián (LM 15,5)
24. Gregorio IX declara santo a Francisco en una solemne canonización celebrada en Asís (LM 15,7-8)
25. San Francisco se aparece a Gregorio IX para asegurarle la realidad de los estigmas (LM, milagros, 1,2)
26. San Francisco cura a un hombre llamado Juan, de Lérida, devoto suyo, herido de muerte (LM, milagros, 1,5)
27. San Francisco resucita a una mujer de Monte Merano para que pueda confesarse (LM, milagros 2,1)
28. Pedro de Alife, encarcelado por falsa acusación de herejía, es liberado por San Francisco (LM, milagros 5,4)
Nos encontramos verdaderamente, con estos espléndidos frescos, ante un nuevo mundo figurativo que florece en estas paredes y que de aquí se transmitirá a una miríada de iglesias por toda Italia, renovada por el soplo incontenible de novedad y de espiritualidad florecidas con Francisco y transcritas con los caracteres de la más pura y limpia belleza. Son dignas de grandísima atención, en este tiempo, único en el mundo, las estupendas vidrieras que constituyen la serie más noble e importante del arte de la vidriería de finales del siglo XIII italiano; éstas son en gran parte obra de maestros transalpinos que trabajan en Asís en el tercer cuarto del siglo XIII y contribuyen a crear esa gran fiesta de colores que en este tiempo se desarrolla por doquier en paredes y grandes ventanales policromos, creando un sentido de gozo, de alegría y estupor que parecen introducirnos realmente en la Santa Ciudad de Jerusalén, en aquella beata visión de paz que todos anhelamos. En el ábside, en el que descuellan la bellísima cátedra papal y el altar, como también en el crucero corre el admirable coro del marquesano Domenico Indovini, obra finísima de tallado y taraceado terminado en 1501, en el que resplandecen las caras serenas y pacíficas de los grandes Santos de la Orden y de los personajes ligados, en alguna manera, a la vida y a las vicisitudes franciscanas. MUSEO DE LA ) BASÍLICA En la zona del ábside de la Basílica superior de San Francisco, merece una atenta y cuidadosa visita el Museo de S. Francisco, rico en obras de arte y en los numerosos donativos que los peregrinos a lo largo de los siglos han depositado, como dones de los Magos, al "alter Christus" -el otro Cristo-, Francisco de Asís. Se trata de un riquísimo conjunto de esculturas, pinturas, objetos de orfebrería, tapices preciosos de gran belleza, códices miniados y retablos. Piezas muy importantes que confieren a este museo un valor en verdad único. Es de notable esplendor e importancia, en el propio museo, la colección Perkins, un conjunto de 57 piezas regaladas por F. Mason Perkins (América 1847 - Asís 1955) al Sacro Convento de San Francisco. Se trata de piezas de autores mayores y menores de las escuelas florentina, veneciana, veronesa y emiliana de los siglos XIV-XV. [Gualterio Bellucci, O. F. M., Asís, corazón del mundo. Guía turística. Gorle (BG) - Asís, Ed. Velar - Ed. Porziuncola, 1996, pp. 78-128]
===========================================================================
LA ) BASÍLICA DE SAN FRANCISCO en su formación y en su significado histórico por Pascual Magro, o.f.m.conv. LA CONSTRUCCIóN Como todos los grandes santuarios de la cristiandad, también el de Asís hunde sus raíces históricas en la leyenda. Sobre el lugar que más tarde sería llamado por Gregorio IX «Collado del Paraíso», se erguían en tiempo de san Francisco las escuadras macabras de las horcas, monición terrible para los delincuentes comunes y para los enemigos de la ciudad. Francisco había confiado a alguno de sus íntimos el deseo de ser sepultado en este rincón maldito de la tierra patria. Admiradores y devotos, con largueza, satisficieron el deseo de Fr. Francisco. En efecto, en marzo del 1228, Fr. Elías Bombarone recibió de Simone Pucciarello, como don y en nombre del Papa, un terreno al poniente de la ciudad. Al día siguiente de la canonización Francisco (16 de julio de 1228), celebrada en Asís sobre la tumba primitiva del Santo en la iglesia de San Jorge, el mismo Papa ponía la primera piedra de la nueva Iglesia. «Nos ha parecido cosa digna y conveniente -escribía a todos los fieles- que por reverencia hacia el mismo Padre, venga edificada una iglesia particular, en la cual se deba colocar su cuerpo» (Bula Recolentes, 1228)
El 25 de mayo de 1230, por la eficaz dirección del fraile constructor, Fr. Elías, se podían ya transportar las reliquias del Santo a su definitiva sepultura en la nueva tumba. El 1239 podía señalarse como el año de la terminación de la estructura mural esencial del proyecto originario de las iglesias, inferior y superior, comprendido el campanario, en el que fue colocada, con su fecha, la primera campana. En el 1253 Inocencio IV procedía a la dedicación de las dos iglesias que coronan el lugar que contiene los restos del Santo. La inferior, concebida originalmente como cripta, con una única nave, sostenía con su imponente estructura románica la superior, concebida en armonía y medida ojivales, renovadas franciscamente. Hacia finales del siglo XIII, en la Basílica inferior se abrieron las capillas laterales, todas en estilo gótico. Después de 1818, año del primer hallazgo del cuerpo de San Francisco, se excavó la actual cripta en la viva roca del monte y se decoró en estilo neo-románico. Hoy el tríptico arquitectónico se manifiesta como un himno realizado en armonía de piedra y colores, inspirado en la perfecta alegría y libertad de espíritu del «Heraldo del Gran Rey», Francisco de Asís. El historiador Adolfo Venturi lo definirá como la «casa de oración más bella que contenga la tierra». EL TEXTO PICTóRICO La Basílica sepulcral tiene el «más extraordinario complejo pictórico del medioevo italiano» (F. Santi)
El gusto por el color por parte de los frailes franciscanos y del pueblo, alejado el peligro iconoclasta de las reformas religiosas, hallará aquí la más perfecta satisfacción. Pero fue la novedad arquitectónica la que permitió al genio pictórico dejarnos el más grande concierto de colores de todos los tiempos. «El primer monumento memorable del gótico italiano, la Iglesia de San Francisco, erigida en Asís sólo pocos años después de la muerte del Santo, tiene un carácter netamente italiano en su comedida dimensión, que corresponde exactamente al buen sentido del pueblo italiano. En esta Iglesia -continúa Julis von Sclosser- la función de las paredes, destinadas desde el principio a su embellecimiento con frescos, es también más importante que la función que ejercen las paredes en el gótico del Norte». El primer maestro que inauguró la estación artística de Asís, llamado por Fr. Elías, fue Giunta Pisano, que en el 1236 realizó para el fraile un Crucifijo, hoy perdido. Siguieron, con algunos ultramontanos, los romanos Pietro Cavallini, Jacopo Torriti y Filippo Rusuti; los sieneses Duccio de Boninsegna, Pietro Lorenzetti y Simone Martini; los florentinos Cimabue y Giotto con sus ayudantes y el boloñés Andrea de Bartoli. ¡Jamás una iglesia fue tan rica en las llamadas «Biblias de los pobres»! ¡Nunca tantos Maestros del pincel se habían reunido para ilustrar y celebrar en el color, en un arco de 130 años y en el taller más grande de Europa, la aventura terrena y la gloria celeste de un hombre santo! LAS VIDRIERAS HISTORIADAS Lo sugestivo del Santuario de Asís alcanza su vértice en la iluminación difundida que llueve de las aperturas luminosas de caleidoscópicas bellezas y que forman una colección de vidrieras de inigualable transparencia cromática. «Las ventanas pintadas son escrituras divinas porque vierten la luz del verdadero sol al interior de la iglesia, en los corazones de los fieles, iluminándolos». De esta manera Pedro de Roissy ha justificado didácticamente el uso del vidrio en las iglesias. Se pueden reconocer diversos grupos de trabajadores del vidrio: alemanes, franceses e italianos. Los estudiosos hallan incluso gustos y técnicas flamencas e inglesas. Iniciada hacia la mitad del siglo XIII, la colección de vidrios, además del primado de antigÜedad entre los italianos, tiene también el de la plenitud de los gustos nacionales y europeos, y de los insuperables cartones entregados por los grandes genios italianos del tiempo, sin excluir al Maestro de San Francisco y Cimabue, Giotto y los giottescos, y Simone Martini. Así, la modalidad apostólica de los frailes franciscanos, teniendo como gozne inmóvil la Tumba del Santo, contribuyó al conocimiento y reunión en este lugar de muchos maestros italianos y ultramontanos, dando ocasión a una reunión de artistas de la más diversa manifestación de gustos y estilos, pero que han creado aquí una capital artística de rara competencia y organización. EL SIGNIFICADO HISTóRICO DEL COMPLEJO FRANCISCANO Hecho «hombre de otro mundo», como dice Tomás de Celano, Fr. Francisco exhaló sobre hombres y cosas su nueva forma de vida, dando vivacidad a instituciones cansadas y fomentando otras más de acuerdo con los tiempos. Su comportamiento resultó ser un juicio crítico de su tiempo y, al mismo tiempo, una norma personificada de una nueva era que llevaría indeleblemente su impronta en el campo religioso, social, literario y artístico. Promoviendo una imagen de Dios más encarnada y humana, prefiriendo el Evangelio de Belén y del Gólgota a las páginas apocalípticas, estimadas por la religiosidad medieval, él sugerirá al arte italiano un nuevo tema dominante, más popular y conmovedor: el Dios crucificado prevalecerá sobre el Dios Pantocrátor y Victorioso de la cristiandad bizantina y románica. La Basílica de Asís, dominada por seis inmensos crucifijos y crucifixiones, es por excelencia la Basílica del Dios «pobre y paciente» de Francisco, el primer estigmatizado de la historia cristiana: «En los temas tratados de la pasión no se subrayaban ahora el lado sublime y victorioso, sino el lado enternecedor; la consecuencia inmediata de aquel exaltado embriagarse de la participación sentimental en los dolores terrenos del Redentor, a los cuales Francisco con el ejemplo y la palabra había otorgado una nueva energía, hasta el momento desconocida» (G. F. Hegel, Estética)
Invitando a la Iglesia a convertirse a los modelos evangélicos, Francisco propone y defiende denodadamente una imagen de Dios más pura y creíble para su tiempo, liberada de los esquemas mayestáticos de la cultura secularizante precedente: «María -insistía Francisco- ha hecho hermano nuestro al Señor de la majestad, que recibió en el seno de la gloriosa Virgen la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (cf. 2 Cel 198; 2CtaF 4-5)
Hecho portavoz de las necesidades espirituales y materiales de los «menores» de su sociedad, Francisco se hallará involucrado en la propagación del ideal de los «comunes». Y la Basílica dedicada a él, construida y decorada en los esquemas sociales preferidos y elegidos por él, llegará a ser la primera capital del arte «comunal». Sobre la tumba del Santo se levantará el primer gótico «pobre», carente de todas las ampulosidades de la estructura mural y de las florituras externas e internas. El vestido pictórico será tejido exclusivamente en el fresco, aunque la iglesia, siendo la sede de papas-reyes y siguiendo la tradición, debía hacerlo en mosaico. El texto pictórico representa con fidelidad la conversión social del Santo, que de rico se hizo pobre, y favorece la imagen de «Madonna Povertá», protagonista absoluta en la célebre alegoría giottesca de la Basílica inferior. No se olvide que Francisco mismo había enriquecido la lengua popular de Italia con su expresión literaria primitiva más famosa: el «Cántico del hermano Sol». Francisco de Asís había liberado a la Cristiandad del miedo cátaro, al considerar al cuerpo humano «hermano», y a la tierra «hermana y madre». En un momento de extrema embriaguez de los sentidos ante el encantado paisaje patrio, había llegado a manifestarse con acentos pasionales, casi campanilísticos: «Nada he visto más placentero que mi valle espoletano». Medio siglo después de su muerte, Cimabue, Giotto y otros harán revivir a los protagonistas de su arte en representaciones corpóreas palpitantes en espacios ricos en iconografía geográfica y paisajista «de verdad». Francisco ayudó a los hombres a recuperar la civilización y espiritualidad occidentales, el mundo empírico extraño al espíritu bizantino. Transcribiendo su vida fielmente y con gran alegría cromática sobre los muros de la Basílica superior, Giotto «cambiará el arte de griego en latino, y lo conducirá al moderno» (C. Cennini) abriendo en Asís «el libro de oro del renacimiento del arte italiano» (A. Venturi)
El arte de Asís, con sus sacudidas de novedad franciscana, señala el alba de los tiempos nuevos no menos elocuentemente que el Santo que ilustra y celebra, individualizado por el gran florentino Dante Alighieri como el «sol» que nace para iluminar la noche de su polivalente genialidad. Por esto el mismo poeta no vaciló en invitarnos a no llamar más «Ascesi», Asís, la ciudad tan cargada de la gracia franciscana, sino «Oriente», habiendo logrado de la Providencia el rol histórico de orientar el orden cultural hacia «cielos nuevos y tierras nuevas». LA TUMBA DE SAN FRANCISCO, CORAZóN DEL SANTUARIO El templete que contiene el arca de piedra con los restos mortales de San Francisco constituye el corazón de este Santuario, una de las metas espirituales más ansiadas por la humanidad. El Santo recibió su segunda y definitiva sepultura aquí, el 25 de mayo de 1230. Desde entonces tuvo dos reconocimientos su cuerpo: uno en 1818 y el segundo en 1978. En el 1932 hallaron reposo en la cripta cuatro de los primeros compañeros del Santo, los frailes: León, Rufino, Maseo y ángel, y fray Jacoba, la piadosa y noble señora romana que asistió a la muerte del Santo el 3 de octubre de 1226. He aquí los pensamientos de dos Papas peregrinos en Asís: Juan XXIII: «Se pregunta uno: ¿por qué Dios ha dado a Asís este encanto de la naturaleza, este esplendor artístico, esta fascinación de santidad, que se halla como suspendida en el aire y que el peregrino advierte casi insensiblemente? La respuesta es fácil: para que los hombres, a través de un lenguaje común y universal, aprendan a reconocer al Creador y a reconocerse como hermanos los unos a los otros... »En el nombre y por la virtud de Cristo Nuestro Señor haya paz en los pueblos, las naciones, las familias; y de la paz descienda para todos la participación en la deseada prosperidad espiritual y material, que llega a ser alegría y estimula hacia un vivir más sereno y noble... »En la dura piedra de esta colina del Paraíso reposan los huesos del Santo que venera todo el mundo. Cuarenta y cuatro años fue la vida terrena de Francisco. La primera parte, casi la mitad, dedicada a la búsqueda del bien, como acaece comúnmente y sin lograrlo, con un indecible disgusto que rendía inquieto al hijo de messer Bernardone; la otra parte de la vida, entregado a una aventura que parecía locura y era, sin embargo, el inicio de una misión y de una gloria imperecedera. Esta misión y gloria nos inspiran un deseo que depositamos aquí en Asís, para Italia y para todas las naciones. »¡Oh Ciudad Santa de Asís!, tú eres renombrada en todo el mundo por el hecho de ser la patria natal del Poverello, el Santo todo lleno de ardor seráfico. Que puedas comprender este privilegio y ofrecer a las gentes el espectáculo de una fidelidad a la tradición cristiana, que sea también para ti motivo de verdadero e insuperable honor» (4-X-1962)
Juan Pablo II: «Ayúdanos, San Francisco de Asís, a acercar a Cristo a la Iglesia y al mundo nuestro. Tú, que has llevado en tu corazón las vicisitudes de tus contemporáneos, ayúdanos, con el corazón vecino al corazón del Redentor, a abrazar las vicisitudes de los hombres de nuestra época: los difíciles problemas sociales, económicos, políticos, los problemas de la cultura y de la civilización contemporánea, todos los sufrimientos del hombre de hoy, sus dudas, sus negaciones, sus desbandadas, sus tensiones, sus complejos, sus inquietudes... Ayúdanos a traducir todo esto a un lenguaje evangélico simple y fructífero. Ayúdanos a resolver todo en clave evangélica, a fin de que Cristo mismo pueda ser "Camino-Verdad-Vida" para el hombre de nuestro tiempo. Esto te lo pide a ti, hijo santo de la Iglesia, hijo de la tierra italiana, el Papa Juan Pablo II, hijo de la tierra polaca» (5-XI-1978)
LA ) BASÍLICA INFERIOR El portal de la basílica inferior tiene el «rosetón más bello del mundo» (A. Venturi)
Casi han desaparecido los mosaicos y las mayólicas coloreadas incrustadas en la parte superior (s. XIII)
La puerta de madera del lado izquierdo contiene escenas y figuras franciscanas y clarisas. Es obra de Nicolás Ugolinucci (1564)
La del lado derecho, con escenas y figuras de san Antonio de Padua y san Luis obispo, es obra de Pompeo Scurscione (1573)
En 1487, Francisco di Bartolomeo da Pietrasanta realizó, para proteger el portal, el atrio renacentista coronado por una «Anunciación». En el luneto que está entre las dos puertas gemelas, se encuentra la única imagen del Santo en mosaico de todo el complejo basilical, teniendo encima el rosetón, símbolo de Cristo, «Sol» de justicia, que dice al peregrino: Un santuario es como una puerta que se abre al más allá, al reino de Dios. La puerta del santuario resume el motivo de todo el templo. Esta es la doctrina iconográfica de la portada románico-gótica. Ingreso a la Basílica inferior. A la entrada de la Basílica, a mano derecha, se puede admirar el monumento funerario de la familia de los Cerchi de Florencia, coronado con un vaso de pórfido, regalo hecho a la Basílica por la reina de Chipre y Juan de Brienne, rey de Jerusalén (s. XIV)
Reliquias del Santo. La reliquia del hábito color ceniza, en su elocuencia de símbolo y de signo de la «minoridad social» elegida libre y alegremente por el rico hijo de Pietro Bernardone y aspirante a caballero, todavía llama la atención al hombre de hoy acerca de los valores religiosos y sociales, abrazados y sostenidos por el Santo, imitador perfecto de Cristo, pobre y paciente. El pergamino con la bendición autógrafa de san Francisco a Fr. León, su amanuense, confesor y enfermero, es una de las reliquias más estimables de la ciudad de Asís. La escritura en negro es del Santo; la roja es de Fr. León, que autentifica la procedencia y la fecha: 1224. La Regla franciscana. Entre las joyas antiguas y las reliquias que recuerdan al Santo sobresale, por su importancia histórica, el original de la Regla franciscana, precedida de la bula «Solet annuere» de Honorio III, del 29 de noviembre de 1223. Esta es considerada justamente como la Carta Magna del movimiento franciscano. Capilla de Santa Catalina Mártir. Construida en el 1367 por mandato del cardenal Gil de Albornoz, en estilo gótico, siguiendo el proyecto de Mateo Gattapone, contiene los últimos frescos del antiguo complejo pictórico de la Basílica, realizados por Andrés de Bologna y sus ayudantes entre el 1368 y 1369. Capilla de San Martín de Tours. Es la más bella de la Basílica de Asís, por el arranque gótico de la cornisa arquitectónica, por el admirable ciclo de frescos de Simone Martini (1317), por los tres ajimeces con vidrieras historiadas, con textos martinianos. La excelsa obra al fresco de Simone Martini, el pintor de los Anjou y de los papas, resulta de la fusión de muchos factores: el alma áulica y cortés que revela la matriz bizantina y dulcesca de la escuela de la que proviene y el ambiente aristocrático en el que generalmente trabaja; el mismo tema caballeresco y militar del ciclo de San Martín; el encuentro en Asís con la experiencia giottesca de la que Martini asimila un sentido más empírico de los espacios, líneas más movidas y un verismo que llega a ser escrupulosidad miniaturística. Observando los frescos se podría reconstruir el rico ambiente familiar de Francisco: joven rico y soñador de glorias caballerescas: «Un día se encontró Francisco con un caballero pobre y casi desnudo. Movido a compasión, le dio generosamente, por amor de Cristo, los ricos vestidos que traía puestos. ¿Qué menos hizo que aquel varón santísimo, Martín? Sólo que, iguales los dos en la intención y en la acción, fueron diferentes en el modo. Este dio los vestidos antes que los demás bienes; aquél, después de haber dado los demás bienes, dio al fin los vestidos. El uno como el otro vivieron en el mundo siendo pobres y pequeños y el uno como el otro entraron ricos en el cielo» (2 Cel 5)
Capilla San Esteban y de San Luis. Construida como las otras capillas a finales del siglo XIII, en un principio fue dedicada a San Luis, obispo de Tolosa y fraile franciscano. Después fue dedicada también a San Esteban. Actualmente los muros se hallan decorados con escenas de este santo, debidas a la mano del pintor asisiense Dono Doni (1574)
Sobresale por su colorido y efectos luminosos el ventanal historiado, realizado por Juan Bonino con cartones de Simone Martini (h. 1317)
En él se representa a san Luis con traje real, arrodillado ante san Francisco que lo bendice. Capilla de San Antonio. Era la capilla señorial de los Lelli de Asís y de los duques de Urbino. Fue decorada de nuevo en 1610 por Cesare Sermei de Orvieto, ayudado del asisiense G. Martelli, con escenas de la vida de san Antonio. De especial valor artístico es la vidriera con escenas de la vida del Santo, atribuida al vidriero asisiense Juan Bonino, con cartones que siguen la forma giottesca: «Esta vidriera representa en su conjunto el triunfal ingreso en el mundo del vidrio de las formas figurativas alcanzadas por la pintura giottesca, libres de la insistente influencia nórdica, ya sea por su pundonoroso miniado, ya sea por su perfección de obra maestra...» (G. Marchini)
San Antonio predica a los peces, como narran las Florecillas en su capítulo 40. Capilla de la Magdalena. Fue pintada hacia 1309 con historias de la Santa tomadas del Evangelio y de la leyenda. La búsqueda del volumen en las representaciones corpóreas de los protagonistas, la profundidad de perspectiva de los espacios naturales y arquitectónicos, así como la lírica poética del conjunto, no dejan dudas sobre la atribución de las pinturas al mismo Giotto con un válido ayudante. El obispo comitente, Teobaldo Pontano, se halla representado agarrado a la mano derecha de la Santa, pidiendo intercesión. Se trata de un espléndido retrato del obispo de Asís, que Giotto conoció personalmente. Capilla de San Nicolás de Bari. Esta capilla, como la de San Juan Bautista que está al otro extremo de transepto, fue construida en el último decenio del siglo XIII por la generosidad de los nobles Orsini. Es de estilo gótico. El anónimo giottesco «Maestro de San Nicolás» inició la decoración hacia el 1300 y se atiene casi escrupulosamente a los esquemas de Giotto en la Basílica superior. De ahí la ejecución perfecta, técnicamente indiscutible de estos frescos que representan ocho historietas del popular san Nicolás y figuras de santos. En el centro de la capilla, debajo del tríptico de mismo maestro, está la tumba cosmatesca, efectuada con una línea muy refinada, del joven cardenal Juan Gaetano Orsini. Las vidrieras, siempre de estilo giottesco, fueron realizadas en los primeros años del siglo XIV. Claustro de Sixto IV. Cerrando la prolongación del complejo conventual, consistente en el Palacio Pontificio y en el Sacro Convento o habitaciones de los frailes, Sixto IV mandó construir el gran claustro, creando detrás del ábside de las Iglesias un espacio arquitectónico en una articulación gótica renacentista de sabia y graciosa armonía (1476)
El claustro-cementerio es originariamente del siglo XIII, y es uno de los puntos más característicos de la mística ciudad. El doble porticado fue organizado y reconstruido por los maestros lombardos Pietro y Ambrogio entre 1487 y 1490. En el suelo y en los muros se hallan tumbas de frailes y de devotos, de confraternidades y de familias asisienses. Entre los seculares cipreses se halla la estatua de San Francisco del P. Luigi Sapia (1925)
NAVE CENTRAL: BóVEDAS Y PAREDES En el pensamiento del arquitecto Fr. Elías; la Basílica inferior debía realizar la función de amplia cripta, capaz de favorecer el encuentro de las multitudes de peregrinos con el Santo, sepultado en el centro del crucero. La línea románica tensa y grave, creando una atmósfera de recogimiento, estimulaba al peregrino a pararse a los pies del altar de la Tumba y abrir el corazón en coloquio con el Santo. Aquí el Santo es glorificado y celebrado como «Alter Christus», otro Cristo. Las bóvedas y las paredes de la Basílica inferior son portadoras de la decoración mural más antigua de todo el complejo basilical. De los pilares macizos florecen los iridiscentes costados que en lo alto se transforman en cornisas por los picos azules del cielo cubierto de estrellas, hechas de minúsculos espejos semiesféricos, centelleantes por el reflejo de las mil llamas vivas de los numerosos lampadarios en hierro forjado. Hacia el año 1260, el «Maestro de San Francisco» realizó sobre las paredes de la nave, entonces todavía íntegras, dos ciclos con historias de la Pasión de Cristo, el uno, y con escenas de la vida del Santo, el otro. Es la primera vez que el elogio «Francisco, otro Cristo» es afirmado y desarrollado en textos pictóricos. Los episodios resultan actualmente mutilados por los arcos de entrada a las capillas góticas, construidas hacia finales del siglo XIII y primeros decenios del XIV. La elogiosa comparación, establecida aquí sólo entre las personas de Francisco y de Cristo, y no entre cada uno de los episodios narrados, se desarrolla en el siguiente orden: Francisco (pared izquierda): Renuncia a los bienes terrenos / Sueño de Inocencio III / Predicación a las aves / La estigmatización / Muerte y funerales. Cristo paciente (pared derecha): Cristo despojado de sus vestidos / Crucifijo con dolientes / La deposición / La sepultura / (?)
Recientemente limpiados, estos frescos sorprenden por su figuración fresca y movida, con una influencia ciertamente orientalizante, que subyace en el conjunto lingÜístico en general. ARCOS DEL CRUCERO Y NAVES LATERALES Francisco, «otro Cristo» y «sexto ángel del Apocalipsis». Los arcos del ábside de la Basílica inferior lucen una decoración realizada por florentinos y sieneses en una lucha artística de una insuperable altura cromática y temática. Giotto y los giottescos de una parte, Pietro Lorenzetti y Simone Martini de otra, entre 1310 y 1330, dieron color a este programa iconográfico único, que pone de manifiesto la estructura del pensamiento, la ilustración y celebración del Santo en tipología evangélica y apocalíptica. Las bóvedas centrales representan al Santo en la lucha espiritual entre el bien el mal, y las mismas cornisas son portadoras de imágenes de S. Juan, apocalípticas, muy estimadas por los franciscanos «espirituales». El Francisco del «Apoteosis», en uno de los plementos o "velas" sobre el altar mayor, entronado y resplendente de sol, bajo el velo de la victoria señalado por la cruz y siete estrellas, hace pensar al «ángel que subía del Oriente y tenía en el cuerpo el sello del Dios vivo» (Rev 7:2)
Pero, además, la celebración que se hace del Santo sobre la tumba, se extiende aun al fondo de los brazos del crucero, donde su santidad se entreteje con la representación de sus raíces evangélicas: las historias de la Pasión junto con las de Cristo en Belén vienen unidas como el leitmotiv de la vida del «Alter Cristus». Tomás de Celano dice de san Francisco: «En asidua meditación recordaba las palabras de nuestro Señor Jesucristo y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84)
Mientras la alegoría de la obediencia une la bóveda con el ciclo de la pasión, la de la caridad la une con la natividad de Cristo. Todos los temas cristianos y franciscanos confluyen en la triple representación del Dios crucificado en el ábside, obra perdida de Puccio Capanna, sustituida por el actual juicio universal de Cesare Sermei (1623), y sobre las paredes del ábside se apoyan los bancos del coro donde los frailes encuentran su puesto en la oración y meditación. La página evangélica fundamental en la espiritualidad de S. Francisco es el crucifijo, propuesto insistentemente a los ojos del pueblo y de los frailes en oración. El altar mayor, que está sobre la tumba del Poverello, es una obra gótico-cosmatesca, y fue consagrado por Inocencio IV el año 1253. La riqueza de la decoración musiva en los altares, excluida decididamente de las paredes de la Iglesia por los frailes, recuerda el alma perfectamente eucarística del Santo: «Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos» (1CtaCus), decía Francisco a sus frailes. Las lunetas. «Estas cuatro composiciones alegóricas, que relucen en campo de oro con un exquisito sentido de verticalidad, intentan alcanzar al Cristo de la clave de la bóveda, de blancos cabellos, ojos de fuego, y en la boca una espada de doble filo. El arte de Giotto, pues, como el de Dante en el Cántico del Paraíso, se convierte en angelical, porque sintetiza en su secreto espiritual la "vida admirable", representada por él en las escenas historiadas de la Iglesia superior» (F. Crispolti)
El altar de la Basílica inferior se halla coronado, en los plementos de la bóveda de crucería, por las admirables lunetas de Giotto y sus ayudantes (1310-1320)
En términos teológico-alegóricos, se expresan en el lenguaje artístico casi surrealista de lo sublime y numinoso. Francisco aparece como victorioso combatiente contra el mal en la propia persona y en la sociedad. La alegoría de la obediencia muestra a Francisco en su disponibilidad sin reservas hacia el Evangelio y la Iglesia, en lucha contra el orgullo y la anarquía moral y espiritual de clero y del pueblo cristiano de su tiempo. La alegoría de la pobreza, en lenguaje caballeresco-nupcial, ilustra la protesta, la conversión y la elección social de la «minoridad» realizadas por el Santo a la luz del Cristo pobre y del Evangelio desnudo. Es el cuadro dedicado al advenimiento de los «comunes» en Italia, amada por el rico convertido, y al mismo tiempo, la decadencia de la nobleza feudal. La alegoría de la castidad muestra a Francisco en lucha contra la muerte y la lujuria, que impiden al hombre ver a Dios. A la izquierda del cuadro, el Santo alienta a los frailes, a las clarisas y a los seglares franciscanos a renacer en Dios y a ascender al monte de esta beatitud. Transepto izquierdo. La Pasión. Las emocionantes páginas del Evangelio de la Pasión se hallan aquí en Asís integradas con aquellas de la historia franciscana. Quien las lee, se encuentra a un tiempo con Cristo en el Gólgota y con Francisco estigmatizado en La Verna. En Asís, el genio dramático de Pietro Lorenzetti, transcribiendo hacia el año 1325 el misterio del sufrimiento de Cristo en figuras y colores, reúne, especialmente en la escena de la Deposición, el ápice del "pathos" gótico que permanece no superado en Italia. San Francisco antepuesto a san Juan Evangelista. El ciclo lorenzettiano halla su sereno y sonriente epílogo en el conocidísimo cuadro de la Virgen que ensalza a Francisco. Invita gentilmente al Niño Jesús a bendecir a nuestro Santo, señalado su cuerpo con las llagas de la Pasión, y anteponiéndolo, por este motivo, al Apóstol predilecto, Juan. [La Virgen de los Ocasos: así es llamada esta imagen porque durante las puestas de sol queda iluminada por los rayos del astro que se filtran a través de un ventanal que está enfrente. Es la obra maestra de Lorenzetti por la gracia y suavidad de la figura, por la eficacia expresiva, por lo luminoso y transparente del color. La Virgen, con el Niño en los brazos, tiene a su derecha a san Francisco y a su izquierda a san Juan Evangelista. El rostro de ella, lleno de ternura, se dirige hacia el Hijo con expresión bendecidora y a la vez interrogativa: la Madre parece responder volviendo hacia san Francisco el pulgar de la mano derecha. Es una sagrada conversación que ofrece ocasión para muchas interpretaciones (R. Cianchetta)]. Transepto derecho. La Natividad. Leyendo atentamente la bóveda del transepto derecho de la Iglesia inferior, el visitante se halla transportado a contemplar, junto con Francisco, los misterios de Belén, realizados por la mano de Giotto y los Giottescos (1310 ss.)
Para el espíritu popular y la piedad de Francisco, el Nacimiento (la Navidad) era la «Fiesta de las Fiestas», y es manifiesto cómo la contemplación e imitación de Jesús Niño desembocó en la representación del Pesebre en Greccio la noche de Navidad del 1223. «Tres años antes de su muerte, Francisco se dispuso a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles. Mas para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno. (...) El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y amor-, lo llama "Niño de Bethlehem"» (LM 10,7)
Cimabue: La Majestad. La Virgen en majestad de Cimabue (1278-80) es uno de los fragmentos más espléndidos del repertorio del artista florentino. Mutilado de una figura en el lado izquierdo, quitada para dejar espacio para la cornisa de la Crucifixión giottesca, el cuadro se salvó de la destrucción total cuando, hacia el 1310, los frailes propusieron a los artistas el nuevo programa iconográfico, único para toda la cabecera (crucero y transepto basilicales), según el cual, el espacio del cuadro cimabuesco, junto con los cuadros de encima, debían ceder su puesto a una gran Crucifixión, simétrica a la de Lorenzetti en el transepto izquierdo. La última restauración del cuadro ha confirmado las diversas repinturas y daños sufridos por el fresco que hacen difícilmente legible el autógrafo del maestro toscano. La tradición querría que la conocidísima imagen de san Francisco en el cuadro cimabuesco fuera la reconstrucción de las verdaderas facciones físicas del propio Santo, trazadas por el Maestro de acuerdo con una atenta descripción realizada por testimonios oculares. El biógrafo que lo conoció personalmente, Tomás de Celano, lo describe así: «Hombre elocuentísimo, de aspecto jovial y rostro benigno, no dado a la flojedad e incapaz de la ostentación. De estatura mediana, tirando a pequeño; su cabeza, de tamaño también mediano y redonda; la cara, un poco alargada y saliente; la frente, plana y pequeña; sus ojos eran regulares, negros y candorosos; tenía el cabello negro; las cejas, rectas; la nariz, proporcionada, fina y recta; las orejas, erguidas y pequeñas; las sienes, planas; su lengua era dulce, ardorosa y aguda; su voz, vehemente, suave, clara y timbrada; los dientes, apretados, regulares y blancos; los labios, pequeños y finos; la barba, negra y rala; el cuello, delgado; la espalda, recta; los brazos, cortos; las manos, delicadas; los dedos, largos; las uñas, salientes; las piernas, delgadas; los pies, pequeños; la piel, suave; era enjuto de carnes; vestía un hábito burdo; dormía muy poco y era sumamente generoso. Y como era humildísimo, se mostraba manso con todos los hombres, haciéndose con acierto al modo de ser de todos. El que era el más santo entre los santos, aparecía como uno más entre los pecadores» (1 Cel 83)
Políptico de Simone Martini. Este políptico es otro documento de la altísima visión aristocrática y áulica del arte figurativa del maestro sienés. Están representados san Francisco, san Luis obispo, franciscano, santa Isabel de Hungría y los esposos beata Delfina y san Elzeario. Políptico de Pietro Lorenzetti. Reúne a los frailes Bernardo de Quintaval, Silvestre, Electo de Asís, Valentín y Guillermo el inglés, compañeros del Santo. Están representados en actitud de oración, sobre los lugares donde descansan sus cuerpos, protegidos por una reja de hierro (1320 c.)
LA BASÍLICA SUPERIOR No existe en la historia de la Italia artística un espacio donde el genio artístico se haya prodigado con más fuerza renovadora y creadora, que en éste de la Basílica superior de Asís. Aquí el gótico nórdico, pensado en la fórmula franciscana de la «Pobreza con alegría», encontró su primera versión italiana, distinguiéndose por la sobriedad de la infraestructura mural, por la eliminación de toda floritura (influjo del gótico cisterciense) y por la alegría de las paredes afrescadas. El vastísimo texto pictórico es el más grande testimonio del paso de la cultura bizantino-románica a la italiana, dada la realización por parte de los últimos representantes de esquemas griegos en Italia (Cavallini, Torriti, Rusuti) y de los más grandes renovadores (Cimabue y sobre todo Giotto y los Giottescos)
También los artesanos del vidrio historiado, por otra parte, introduciéndose por primera vez en el reanimado clima artístico italiano, abren horizontes nuevos a los gustos, temáticas y técnicas, creando, con la colaboración de italianos, un complejo de vidrios historiados de la más rara transparencia cromática y organización lingÜística y temática. «La Basílica de Asís, con el complejo de sus veintiocho ventanales originales, aunque no íntegramente conservados, constituye una singularidad importante e interesante del arte italiano, documentándonos por sí sola casi medio siglo de la historia de las vidrieras, de manera casi exclusiva y con textos únicos. Por medio de ellos, y ante la carencia de ejemplares semejantes en que hoy se halla la península, se puede estudiar el paso gradual de un sometimiento a las normas dictadas por la cultura del Norte, a una liberación progresiva bajo el impulso de la gran pintura monumental, que es herencia típicamente local. Esta independencia se logra a comienzos del siglo XIV, con la misma rapidez de la revolución pictórica giottesca y bajo su estímulo» (G. Marchini)
«Entre las primeras y más importantes interpretaciones italianas de la arquitectura gótica, el Santuario de San Francisco de Asís se inserta en el paisaje asisiense como insustituible elemento central. La serie de textos pictóricos que decoran su interior en íntima fusión con la arquitectura, es el más completo y grande documento de la cultura figurativa italiana de los siglos XIII y XIV en Italia» (F. Santi)
CIMABUE Ofreciendo un espacio amplio a Cimabue, Asís contribuye como ninguna otra ciudad a la completa maduración y explicitación de la potencialidad genial del alma exuberante y atormentada del artista toscano. Los cuatro Evangelistas en las lunetas centrales del crucero, las páginas marianas del Evangelio en los espacios altos y bajos del ábside, el Apocalipsis en el transepto izquierdo, los Hechos de los Apóstoles en el derecho y las Crucifixiones «para los Religiosos» enfrente del coro (1277-1285), en un lenguaje mixto de influencias arcaicas y latidos de novedad, manifiestan en Cimabue al artista por excelencia de su época, en transición hacia la búsqueda activa de modos que expresasen adecuadamente la historia contemporánea italiana, fermentada por el mensaje franciscano. En la Crucifixión del transepto izquierdo, Cimabue llega a la cumbre de su expresión dramática. El uso de blanco de plomo, en vez del de cal, ha sido la causa de la inversión de colores: lo blanco en negro. EL CORO DE MADERA También, si no proyectado en correspondencia con la sobria línea gótica y con la misma decoración del ábside de la Iglesia que en parte oculta, el coro lígneo permanece en sí mismo como una gran obra maestra de madera taraceada. Las 66 rosas, todas diferentes, que coronan la parte superior, son puestas de relieve magníficamente por las conchas azules de clásica y renacentista pureza. Figuras humanas de personajes de la primitiva historia franciscana y juegos de perspectiva son los temas representados en los dorsales. El coro es obra de Doménico Indovini di San Severino Marcas, realizado entre 1491 y 1501. TEMáTICA Y ARTISTAS DE LA NAVE Hacia el año 1290 se comenzó la decoración de la única nave de la Basílica superior. Los frailes comitentes, sabedores de la posibilidad del grandioso programa iconográfico que las vastas superficies planas de este templo gótico podían albergar, intentaron proponer a los peregrinos y visitantes la imagen de su Santo en toda la riqueza espiritual que la literatura y la predicación oral franciscana habían elaborado y transmitido hasta el momento. Francisco aparece ilustrado y celebrado en una tipografía vétero y neo-testamentaria. Las conocidísimas 28 escenas giottescas de san Francisco en la parte inferior de las paredes laterales, son coronadas, en los cuadros de encima, por la historia de los Patriarcas (cuadros superiores de la derecha) y por la de Cristo (cuadros superiores del lado izquierdo y muro interior de la fachada)
Los tres ciclos confluyen en la Intercesión en el centro de la bóveda, con las imágenes de Cristo (hacia el altar), de la Virgen (correspondiente al ciclo neo-testamentario), de Juan el Bautista (correspondiente al ciclo vétero-testamentario), y de Francisco, en quien se quiere ver la perfecta concordancia y plenitud de los dos Testamentos. La ejecución del amplio programa iconográfico fue confiada a un grupo de artistas de experiencia y forma estilística diversas: los romanos Cavallini, Torriti, Rusuti se hallan al lado de los toscanos, más sensibles al lenguaje y contenido nuevos: el sienés Duccio di Boninsegna y los florentinos Cimabue y el joven Giotto. GIOTTO: VIDA DE SAN FRANCISCO (1296-1300) Giotto prodiga en las historias franciscanas de la Basílica superior de San Francisco el primer fruto maduro de su joven genio lírico. Los espacios entre los que se mueven los personajes, de nueva vivacidad interior y de una plasticidad fuertemente marcada, adquieren una definitiva urbanística y paisaje empíricos, a pesar de que todavía se expresa en una perspectiva intuitiva. Para el conjunto ideal de la parte inferior del templo, más cercana a la historia y a la realidad, el Francisco de Giotto se halla recorriendo las calles de Asís, la Italia contemporánea al propio artista. Por medio de estos cuadros, Francisco, «reencarnado», podía continuar dando su mensaje de salvación evangélica, del modo más gráfico posible, al peregrino o visitante de su tumba. Los episodios franciscanos, transcritos en color por Giotto y sus ayudantes, fueron sugeridos por los frailes comitentes, sirviéndose del texto-base de la «Leyenda Mayor» de San Buenaventura, entonces biografía oficial de san Francisco. Del texto buenaventuriano fueron tomadas las didascalías que Giotto colocó bajo los recuadros y que aquí transcribimos enteras. 1. San Francisco es honrado por un hombre simple. «De cómo un hombre simple de Asís extiende su túnica por tierra delante del bienaventurado Francisco y le rinde homenaje a su paso afirmando juntamente, inspirado por Dios, como se cree, ser Francisco digno de toda reverencia porque próximamente realizaría cosas grandes y por lo tanto debía ser honrado por todos». 2. La entrega de la capa. «De cómo el bienaventurado Francisco se encontró con un caballero noble, pero pobre y mal vestido, y movido a respetuosa compasión por su pobreza, se quita inmediatamente su vestido, y lo viste». 3. El sueño del palacio adornado de armas. «De cómo el bienaventurado Francisco, habiéndose dormido en la siguiente noche, vio un palacio espléndido y suntuoso con armas caballerescas adornadas con la cruz de Cristo, y preguntando de quién fuesen, le fue respondido de lo alto, que serían todas suyas y de sus caballeros». 4. San Francisco en dialogo con el Crucifijo de San Damián. «De cómo el bienaventurado Francisco, orando delante de una imagen del crucifijo, de la cruz se oyó una voz que dijo: "Francisco, ve y repara mi casa que se halla toda en ruina", entendiendo con ello la Iglesia Romana». 5. La renuncia a los bienes terrenos. «De cómo restituyó a su padre todo y, despojándose, renunció a los bienes paternos y terrenos, diciendo al padre: "De ahora en adelante, con toda certeza puedo decir: Padre nuestro que estás en los cielos, ya que Pietro di Bernardone me ha repudiado"». 6. El Sueño de Inocencio III. «De cómo el Papa ve la Basílica Lateranense que está para derrumbarse, y un pobre, o sea, el bienaventurado Francisco, coloca su espalda bajo ella y la sostiene para impedir su caída». 7. La aprobación de la Regla minoritica. «De cómo el Papa (Inocencio III) aprobó la Regla y otorgó la misión de predicar la penitencia, y a los frailes que acompañaban al Santo permitió que les hicieran la tonsura clerical a fin de que predicasen la palabra divina». 8. La visión del carro de fuego. «De cómo el bienaventurado Francisco orando en un tugurio (en Asís), estando corporalmente lejano de sus frailes, que estaban presentes en el tugurio fuera de la ciudad (en Rivotorto), he aquí que estos ven al bienaventurado Francisco sobre un carro de fuego y moverse muy reluciente, alrededor de la media noche, por la casa, mientras el tugurio se iluminó como si fuese de día, por lo que se extrañaron los que estaban despiertos y se despertaron y asustaron los que dormían». 9. La visión de los sillones celestiales. «De cómo una visión de lo alto mostró a cierto fraile muchos sillones en el cielo y uno como más digno que los demás, refulgente de toda gloria, y oyó una voz que le decía: "Este sillón pertenecía a uno de los ángeles que cayeron, y ahora está reservado para el humilde Francisco"». 10. La expulsión de los demonios de Arezzo. «De cómo el bienaventurado Francisco vio sobre la ciudad de Arezzo muchos demonios alegres y dijo a su compañero (Silvestre): "Ve y en nombre del Señor expulsa a los demonios... gritando delante de la puerta". Y como él obedeciendo gritó, los demonios huyeron y al instante tornó la paz». 11. El desafío delante del Sultán. «De cómo el bienaventurado Francisco, para atestiguar la fe de Cristo, quería entrar en una gran hoguera con los sacerdotes del Sultán de Babilonia; pero ninguno de ellos quiso entrar con él, pues todos huyeron inmediatamente de la presencia del Santo y del Sultán». 12. El éxtasis de san Francisco. «De cómo el bienaventurado Francisco, mientras un día se hallaba en ferviente oración, fue visto por los frailes elevado sobre la tierra con todo el cuerpo y los brazos extendidos hacia lo alto; y una nube refulgente lo envolvió». 13. El pesebre en Greccio. «De cómo el bienaventurado Francisco, en recuerdo del Nacimiento de Cristo, pidió que se preparase un pesebre, que se trajese heno y que fuesen conducidos un buey y un asno; luego predicó sobre el Rey pobre y mientras el Santo se hallaba en oración, un caballero vio al Niño Jesús en el puesto de aquel que el Santo había colocado». 14. El milagro del manantial. «De cómo el bienaventurado Francisco, subiendo un monte a la grupa de un asno de un hombre pobre, pues se encontraba enfermo, para este hombre que se estaba muriendo de sed, orando, hizo brotar de una piedra agua que ni antes había, ni después se vio más». 15. La predicación a los pájaros. «De cómo el bienaventurado Francisco, yendo a Bevagna, predicó a muchos pájaros, los cuales, agitándose con alegría, estiraban los cuellos, batían las alas, abrían los picos y tocaban su túnica; y todas estas cosas las veían los acompañantes que esperaban en el camino». 16. La muerte del caballero de Celano. «De cómo el bienaventurado Francisco impetró la salud del alma para un caballero de Celano que devotamente le había invitado a comer, el cual después de confesarse y haber arreglado las cosas de su casa, mientras los demás se sentaban a la mesa, expiró repentinamente y se durmió en el Señor». 17. La predicación delante de Honorio III (1223)
«De cómo el bienaventurado Francisco predicó delante del señor Papa y de los Cardenales tan devota y eficazmente, que pudo parecer claramente que no hablaba con doctas palabras sino por divina inspiración». 18. La aparición en el capitulo de Arlés. «De cómo predicando el bienaventurado Antonio de Padua en el Capítulo de Arlés sobre la Cruz, el bienaventurado Francisco, ausente corporalmente, se apareció y, extendidas las manos, bendijo a los frailes, como vio un cierto Monaldo; y los otros frailes se alegraron sobre manera». 19. San Francisco recibe las llagas (1224)
«De cómo el bienaventurado Francisco, orando en la falda del monte de La Verna, vio a Cristo bajo la forma de un Serafín crucificado, que le imprimió en las manos, en los pies y también en el costado derecho los estigmas de la Cruz del mismo Señor Nuestro Jesucristo». 20. Muerte de san Francisco. «De cómo a la hora del tránsito del bienaventurado Francisco, un fraile vio que su alma subía al cielo bajo la forma de una estrella resplandeciente». 21. Aparición a Fr. Agustín y al Obispo de Asís. «De cómo en el momento en que el Santo murió, Fr. Agustín, Ministro en Terra di Lavoro, enfermo y próximo a su fin y habiendo perdido hacía tiempo el habla, gritó y dijo: "Espérame, padre, voy contigo", y expirando en ese momento siguió al Padre Santo. El Obispo de Asís, por otra parte, estando en el Monte de San Miguel Arcángel, vio al bienaventurado Francisco que le dijo: "He aquí, voy al cielo"». 22. La comprobación de los estigmas. «De cómo yaciendo muerto el bienaventurado Francisco en la Porciúncula, messer Girolamo, célebre doctor y literato, movía los clavos y con sus manos escudriñaba las manos, pies y costado del Santo». 23. El llanto de las clarisas. «De cómo el gentío que se había reunido, transportando el sagrado cuerpo, condecorado con las celestiales gemas, a la ciudad de Asís con ramas de árboles y gran número de cirios, se lo presentaron a la bienaventurada Clara y a las otras sagradas Vírgenes para que lo viesen». 24. Canonización de san Francisco. «De cómo el señor Papa (Gregorio IX), viniendo personalmente a la ciudad de Asís, examinados diligentemente los milagros y escuchadas las pruebas de los religiosos, canonizó al bienaventurado Francisco y lo inscribió en el álbum de los Santos». 25. Aparición a Gregorio IX. «De cómo dudando algo el señor papa Gregorio acerca de la llaga del costado, el bienaventurado Francisco le dijo en sueños: "Dame una ampolla vacía", y habiéndosela dado, la vio llenarse con la sangre del costado». 26. Curación instantánea de un devoto del Santo. «De cómo el bienaventurado Francisco, soltando con sus manos las vendas y tocando suavemente las heridas, al instante sanó perfectamente a Juan de Lérida, herido de muerte y desahuciado de los médicos, pero que había invocado devotamente al Santo en el momento de ser herido». 27. Confesión de una mujer resucitada. «De cómo el bienaventurado Francisco resucitó a esta señora muerta, la cual, después de confesarse de un pecado que no había confesado todavía, delante de los clérigos y demás gente muerta de nuevo, se durmió en el Señor y el diablo huyó confuso». 28. Liberación del herético arrepentido. «De cómo el bienaventurado Francisco liberó a este prisionero, acusado de herejía, y por mandato del Señor Papa confiado al Obispo de Tívoli; esto sucedió en la fiesta del mismo bienaventurado Francisco, en cuya vigilia el propio prisionero había ayunado según la costumbre de la Iglesia». EL MUSEO DE LA ) BASÍLICA El origen y las vicisitudes históricas de la colección de objetos y obras de arte que se conoce con el nombre de «Tesoro» de la Basílica de San Francisco, se puede trazar sólo teniendo en cuenta el importante cometido histórico de todo el complejo monumental franciscano, a través de su evolución durante ocho siglos. El triple aspecto arquitectónico del sacro Convento constituye por sí solo un espacio particularmente rico de significados. En efecto, a quién se acerca a la ciudad desde la llanura de la Porciúncula, éste le muestra la fachada del «Palacio Gregoriano» (del Papa Gregorio IX, fundador de la Basílica en 1228); a quien viene de Perusa, le exhibe el aspecto de castillo-fortaleza pontificia, fundado por el Card. Gil de Albornoz después de las Constitutiones Aegidianae de 1353-67. El lado oculto por el frondoso bosque de la escarpada ladera del río Tescio, muestra el tono humilde y modesto del convento de los Religiosos, huéspedes del Papa y custodios del Santuario franciscano. Habiendo nacido este lugar como sepulcro para el hombre y el santo más atractivo del siglo XIII, estaba llamado a ser la meta de visitas y peregrinaciones de la gente del pueblo, y también de los poderosos, eclesiásticos y seglares, los cuales, además de la oración ante le tumba del Santo, hacían entrega de dones generosos. En cuanto sede pontificia, el sacro Convento ha sufrido en diversas ocasiones el saqueo y la venganza por parte, sobre todo, de los gibelinos. Pero, a pesar de las múltiples y sucesivas rapiñas sacrílegas, por la tenacidad, amor y celosa custodia de los Frailes, se honra de guardar todavía «piezas valiosas» y únicas que le dan una fisonomía inconfundible. El visitante puede admirar y gozar con la visión de estos objetos preciosos, que por lo general no son más que «los dones de los Magos al alter Christus», Francisco de Asís. Indicamos algunos: Tapiz flamenco regalado por el Papa Sixto IV (1479)
Tabla historiada, representando S. Francisco y cuatro milagros sucedidos después de la muerte sobre la vieja y nueva tumba. Se atribuye a un autor próximo a Cimabue (1265-75)
Rúbrica de un Maestro Romano, quitada de los registros superiores de la parte derecha de la Basílica superior (1288-90)
Representa la cara del Creador. Crucifijo en madera, obra de un discípulo de Giunta Pisano llamado «Maestro de los Crucifijos Azules» (segunda mitad del siglo XIII)
La Virgen con el Niño. Obra finísima de arte francés en marfil, del final del siglo XIII. Cáliz de Nicolás IV. Obra del Joyero de Siena Guccio di Mannaia en plata dorada, con 32 miniaturas en esmalte translúcido. Reliquiario de Santa Ursula con vidrio de grafito representando la estigmatización de S. Francisco. Cruz de cristal de roca con extremidad adornada y con decoraciones en plata dorada y esmalte translúcido. Dosel de Sixto IV dibujado por Antonio Pollaiolo (1472)
Misal de S. Luis de Anjou. Arte francés y con escritura parisina con miniaturas (1260-64)
Crucifijo y santos de Tiberio de Asís (1502-06)
COLECCIóN PERKINS El crítico de arte Federico Mason Perkins (América 1874 - Asís 1955), convertido en Asís y aquí bautizado con el nombre de «Francisco», por razones sentimentales y reconocimiento hacia Italia, donde residió por muchos años, dejó la colección de arte privada, como don permanente, en la ciudad de Asís, al Sacro Convento de San Francisco. Tal colección se compone de 57 piezas de autores mayores y menores de las escuelas sienesa, florentina, veneciana, veronesa y emiliana, que trabajaron en los siglos XIV-XVI, con pintores tales como: Pietro Lorenzetti, Taddeo di Bartolo, Masolino da Panicale, Lorenzo Monaco, Giovanni di Paolo, Sano di Pietro, Sebastiano Marinaredi, el "Sassetta", Pier Francesco Florentino, Bartolomeo della Gatta, Signorelli, Fr. Angélico y otros. Con esta colección, Perkins ha hecho alcanzar en la pre-renacentista Asís, el eco del gran arte del renacimiento florentino, del que la Basílica de Asís era el preludio y el alba luminosa.
===========================================================================
) BASÍLICA Y TUMBA DE SAN FRANCISCO por Fernando Uribe, o.f.m. En un manuscrito del siglo XIV de la Biblioteca Vaticana hay una leyenda que dice que, al pasar un día el bienaventurado Francisco por la colina inferior de Asís, cayó de rodillas en devota oración. Su compañero, admirado, le pregunta por la razón de su actitud, y Francisco le responde: «Este lugar se llama ahora la "colina del infierno", pero un día será llamado puerta del cielo, entrada del paraíso» (Cf. Benoffi, Compendio di storia minoritica. Aggiunte p. 355)
Hasta aquí la leyenda, surgida muy probablemente de elaboraciones posteriores, pero fruto inequívoco del aprecio de los hermanos de la Orden por este lugar. El documento más antiguo hasta hoy conocido en relación con la basílica de san Francisco se remonta al 29 de marzo de 1228. Se trata de un acta en la cual consta que fray Elías recibe, en nombre del papa Gregorio IX, un terreno donado por Simón Puzzarelli a fin de que en él se construya una iglesia destinada a recibir «el bienaventurado cuerpo de san Francisco». El terreno donado era la colina inferior (collis inferus), ubicada al occidente de la ciudad de Asís, lugar donde eran tirados los desperdicios y donde eran ajusticiados los malhechores. Quizá por esto mismo era conocida como la "colina del infierno" (collis inferni)
Un mes después de la donación, o sea, el 29 de abril, el papa Gregorio IX promulga una bula en la cual aprueba la construcción de la iglesia y la colecta de limosnas «a fin de que se construya, para la veneración de este Padre [san Francisco] una iglesia destinada especialmente a conservar su cuerpo». Los dos documentos mencionados son una prueba de la preocupación que desde la muerte de Francisco tuvieron sus dos grandes admiradores, fray Elías y el nuevo papa Gregorio IX, por rendirle un homenaje monumental que perdurara a lo largo de los siglos. Precisamente el día siguiente a la canonización de Francisco, el 17 de julio de 1228, el Papa bendijo la primera piedra de la construcción de la basílica sobre la colina que él mismo llamó "colina del paraíso" (collis Paradisi)
Las limosnas de los fieles fueron tan abundantes y los trabajos se adelantaron con una tal eficacia que, a los veintidós meses, en 1230, la iglesia inferior estaba en condiciones de acoger el cuerpo de san Francisco. En el año 1236 la iglesia superior ya estaba cubierta con el techo, y tres años más tarde fue terminada la torre (la campana mayor tiene la fecha de 1238)
La consagración fue presidida por el papa Inocencio IV el 11 de junio de 1253 (el mismo año de la muerte de fray Elías), pero en ese momento la basílica no presentaba todavía el aspecto que hoy tiene. En efecto, durante un poco más de un siglo después de su consagración, se efectuaron en ella trabajos de decoración y de ampliación. Los frailes supieron llamar hacia ella la atención de los papas, quienes a través de diversas bulas le concedieron privilegios, títulos honoríficos y se preocuparon por su terminación. Entre estas bulas hubo dos que incidieron mucho en los trabajos posteriores: una de Clemente IV (28 de marzo de 1266) y otra de Nicolás IV, el primer papa franciscano (15 de mayo de 1288)
Gracias a este apoyo oficial y al interés de príncipes y potentados, pudieron ser llevados a Asís los más renombrados artistas florentinos, sieneses y romanos de la época. Fue precisamente entre fines del siglo XIII y a lo largo de casi todo el siglo XIV cuando fueron colocados los vitrales más antiguos, cuando se hicieron los grandes ciclos de frescos y cuando se abrieron las capillas laterales de la iglesia inferior, lo mismo que el transepto de entrada, que transformaron su aspecto. Todos estos trabajos concluyeron en el año 1367, y se puede decir que desde entonces el aspecto de las dos iglesias superpuestas ha permanecido intacto hasta hoy. Lo único que varió fue la construcción de la cripta, algunas pequeñas adendas externas que se indicarán oportunamente y la ampliación del convento adyacente. No ha sido posible determinar con certeza quién fue el arquitecto que diseñó la basílica. En una larga y acalorada polémica se han propuesto diversos nombres y se han formulado las más variadas hipótesis. Entre los nombres figuran Pablo Lumprandi, Felipe de Campello, fray Juan de Penna, un alemán desconocido llamado Jacobo y, desde luego, el mismo fray Elías. Se ha lanzado la hipótesis sobre dos arquitectos diferentes, uno para cada iglesia o la de uno para todo el conjunto, asesorado por varias personas. Desgraciadamente se carece de documentos que sostengan suficientemente las hipótesis. De todas formas, hoy en día hay una especie de consenso común que atribuye a fray Elías una participación importante no sólo en la ejecución de las obras sino también en la proyección de las mismas. Con esto la hipótesis del trabajo colectivo coordinado por el emprendedor y contradictorio Elías parece tener una buena acogida. La doble basílica de san Francisco posee una tal riqueza artística, que su descripción pormenorizada desbordaría los objetivos y los límites de estos apuntes. Muchos estudiosos -historiadores y críticos de arte- se han ocupado de ella y nos han dejado interesantes estudios, a los cuales puede acudir quien desee profundizar en el conocimiento de esta «cuna del arte italiano», como acertadamente ha sido calificada por A. Masseron. Por ello nos contentaremos con la descripción general de su exterior y con la ubicación de las obras más importantes indicando, en la medida de lo posible, sus autores. Trataremos de llamar la atención sobre los cuadros de contenido franciscano, especialmente sobre el ciclo de la vida de san Francisco. No fijaremos un orden riguroso de visita. Cada iglesia será descrita independientemente, de tal manera que el lector pueda comenzar por donde le resulte más práctico. Aquí comenzaremos por la cripta o tumba de san Francisco, porque nos parece que es el núcleo que da sentido a todo el conjunto. Unos minutos de oración y recogimiento ante la tumba del Pobrecillo nos ayudará quizás a mirar con ojos diferentes lo que otros vienen a ver movidos por un simple interés intelectual o por curiosidad. LA TUMBA DE SAN FRANCISCO El 25 de mayo de 1230 se llevó a cabo el traslado del cuerpo de san Francisco de la iglesia de San Jorge a la basílica inferior. Fue una solemne traslación procesional, a la cual asistió todo el pueblo de Asís y sus alrededores, varios prelados, caballeros armados y todos los ministros provinciales de la Orden, reunidos en Capítulo general por aquel entonces en Asís. La urna con los restos de san Francisco era conducida sobre un carro tirado por bueyes. Los relatos sobre los acontecimientos dramáticos ocurridos antes de entrar a la basílica aparecen cargados de un subjetivismo tal, que no nos permiten formarnos una idea clara de lo sucedido. Según ellos, fray Elías provocó un tumulto para justificar la entrada precipitada del cuerpo del santo, cerrar fuertemente las puertas y proceder clandestinamente a esconder la urna, acompañado de unos pocos ayudantes. Algunos cronistas llegan a afirmar que la procesión no fue más que un simulacro, pues el verdadero traslado había sido hecho por fray Elías tres días antes. Lo cierto fue que el sarcófago con los restos de san Francisco fue colocado debajo del altar mayor, en un lugar no accesible al público, pero probablemente visible a través de una «ventanita de la confesión», y así permaneció durante algún tiempo. Se afirma que poco después se construyó un corredor secreto que partía del coro y llegaba hasta la tumba. Este corredor permaneció abierto hasta el año 1442, cuando fue tapado por orden pontificia. El conocimiento del lugar exacto muy pronto fue olvidado y la imaginación dio paso a varias leyendas pías y fantásticas sobre el lugar y la forma como se encontraba el cuerpo de san Francisco. A comienzos del siglo XIX (año 1806) se tomó la resolución de abrir el sepulcro de Francisco, pero los trabajos debieron ser suspendidos durante doce años debido a la ocupación napoleónica, hasta que el 12 de diciembre de 1818, después de 52 noches de trabajo, fue descubierto un sarcófago de piedra, protegido por unas barras de hierro, en el cual había un cadáver descrito así por un testigo ocular: «El cadáver fue visto la primera vez en su integridad; el cuerpo del Santo estaba todavía al natural, pero al primer contacto con el aire, las manos apoyadas sobre el estómago se desintegraron de una vez junto con el estómago». El papa Pío VII firmó en 1820 un breve en el cual declaraba que el cuerpo correspondía al de san Francisco. Después de ello se construyó una cripta con planta en forma de cruz griega y de estilo neoclásico, bajo la dirección de Pascual Belli, que fue terminada en 1824. El fuerte contraste de esta cripta con el resto de la basílica suscitó repetidas críticas que llevaron a su total reforma entre los años 1925 y 1932, según el diseño de Hugo Tarchi. Este arquitecto logró crear un ambiente recogido y sereno, el más apto para la oración de toda la basílica, recuperando quizás la idea inicial de la basílica inferior. Su estilo, que se puede calificar de neo-románico, se adecua mucho mejor a la pobreza y simplicidad de Francisco. La gran pilastra central tallada en la roca, cubierta solamente por una reja de hierro, sirve de soporte al sarcófago de piedra asegurado con las barras originales del siglo XIII, en el que fray Elías había colocado el cuerpo de Francisco. Los nichos protegidos por rejas que se observan en las esquinas del transepto contienen los restos de Fr. ángel, Fr. Maseo, Fr. León y Fr. Rufino, cuatro de los compañeros de la primera hora. Al frente de la tumba, donde confluyen las escaleras de acceso, se encuentran los restos de Jacoba de Settesoli. Ningún sitio mejor que éste para conservar los restos de la fiel amiga de Francisco. El 17 de enero de 1978 el papa Pablo VI autorizó con un breve apostólico un nuevo reconocimiento del cuerpo de san Francisco. Siete días después se procedió a la apertura de la urna delante de una comisión oficial compuesta por peritos y autoridades. Después de un minucioso trabajo de reconocimiento, descripción y limpieza de los huesos encontrados, fueron colocados en una urna de plexiglás al vacío y con azoto, a fin de impedir el desarrollo de gérmenes y propiciar el equilibrio barométrico interno en relación con el ambiente externo. El 4 de marzo de ese mismo año, una vez concluidos los trabajos y después de algunos días de veneración, los sagrados restos fueron nuevamente encerrados en el sarcófago y protegidos con un moderno sistema de seguridad. LA IGLESIA INFERIOR La forma más directa para llegar a ella es desde la plaza inferior de San Francisco, un gran claustro rodeado de pórticos que servían de refugio a los peregrinos, en cuyas paredes todavía se pueden observar los anillos para sujetar las cabalgaduras. Estos corredores cubiertos fueron construidos a finales del siglo XIV. La puerta de entrada está protegida por un pórtico de un solo arco que reposa sobre dos finas columnas corintias, ejecutado por Francesco Pietrasanta, obra patrocinada por el Ministro general Francisco Sanson. Una serie de arcos reduplicados y prolongados en finas columnas forman el elegante contorno de las dos entradas góticas que terminan en arcos tribolados y que armonizan con el rosetón central. Las puertas, talladas en madera, representan escenas de la vida de san Francisco y de santa Clara (la de la izquierda, obra de Hugolino de Gubbio, 1564), de san Antonio y de san Luis de Tolosa (la de la derecha, obra de Pompeo Scurscione, 1573)
El transepto de entrada (se recomienda la visita en las horas de la mañana) consistía inicialmente en un espacio o atrio que daba acceso a la iglesia inferior. Más tarde, a mediados del siglo XIV, fue ampliado y adquirió el aspecto de una iglesia independiente. Actualmente es la sede del Tabernáculo y de muchas funciones litúrgicas ordinarias. La decoración de la bóveda fue hecha por Cesare Sermei y Jerónimo Martelli en el siglo XVIII. Los tres monumentos sepulcrales son en su orden, partiendo de la derecha: 1) Templete en mármol y ánfora de pórfido (dicen que originalmente contenía el índigo necesario para la decoración de la iglesia, regalo de Yolanda de Brienne, reina de Chipre), tumba de la familia Cerchi. 2) Tribuna hecha con materiales donados por la familia Nepis (s. XIV) y construida en 1458, menciona las bulas papales que otorgaron privilegios a la basílica. 3) Mausoleo gótico del siglo XIV, cuyo personaje yacente se desconoce. La capilla del fondo está dedicada a santa Catalina (1367) y sirvió de tumba al cardenal Albornoz antes de su traslado a Toledo. El altar tiene bases de mármol y los frescos fueron elaborados por Andrés de Bolonia y Pace de Bartolo de Asís (1368-69)
La capilla de la derecha, dedicada a san Antonio Abad (1360), contiene las tumbas de Blasco Fernández y su hijo García, duques de Espoleto asesinados en 1373. En esta capilla hay una puerta que da acceso al antiguo cementerio del siglo XIII, hoy un apacible claustro cuyos arcos fueron hechos a fines del siglo XV por los maestros de Como. La estatua de san Francisco fue hecha en 1925 por Luigi Sapia. La nave central de la iglesia inferior, caracterizada por sus arcos románicos bajos, contiene en sus paredes laterales los frescos más antiguos de toda la basílica, de los cuales sólo quedan unas secciones debido a la apertura de las capillas laterales. Los de la derecha (entrando), son de inspiración bíblica y representan escenas de la pasión de Cristo (crucifixión, descendimiento de la cruz, sepultura...)
Los de la izquierda representan escenas de la vida de san Francisco (renuncia a los bienes, sueño de Inocencio III, predicación a las aves, los estigmas, sus funerales)
Su autor (¿o autores?) parece ser un discípulo de Giunta Pisano, pero se desconoce su nombre y por ello suele ser calificado como el «Maestro de san Francisco». La cátedra de mármol blanco en estilo gótico, data de mediados del siglo XIV; en su elaboración se nota el influjo de la escuela cosmatesca de Roma. A su lado se puede observar un púlpito dentro de los restos de un conjunto marmóreo, que marcaba el comienzo del presbiterio. El altar mayor, ubicado sobre la tumba de san Francisco, fue consagrado en 1253. Es un excelente trabajo en mármol hecho por los maestros Cosmati de Roma. Las columnas y los arcos se inspiran en el rosetón del frontis de la basílica. Durante mucho tiempo estuvo encerrado dentro de una especie de iconostasio, a la manera del altar mayor de la basílica de Santa Clara. Sobre este altar, en el cruce del transepto, se encuentran las llamadas «velas», atribuidas a un discípulo de Giotto («Maestro de las velas»)
Tres de ellas representan los votos religiosos (pobreza, castidad y obediencia), según la concepción que se tenía de los mismos a comienzos del siglo XIV. Se trata de una obra didáctica, moralizante y fuertemente ideologizada, en donde el interés del concepto predomina sobre la descripción figurada. Cada una de las «velas» conserva el mismo esquema: el símbolo de la virtud representada, la exaltación de la virtud y la reprobación del vicio que se opone a ella. La cuarta «vela» muestra al «gloriosus Franciscus» sentado rígidamente en un trono de gloria y vestido con una pesada dalmática de oro que contrasta con sus pies descalzos. Los rostros alegres de los ángeles que danzan descongelan la escena de la glorificación de san Francisco. Quienquiera que haya sido el autor de estas velas, se percibe de inmediato que la inspiración del artista debió sufrir una fuerte sumisión a las ideas impuestas por los «inspiradores». El transepto principal (se recomienda la visita en las horas de la tarde) está completamente cubierto de interesantes frescos. Casi todo el brazo derecho contiene escenas de la infancia de Jesús y algunas de la Virgen María, de la crucifixión de Cristo y de milagros de san Francisco, debidas a Giotto y a sus discípulos. En este brazo destacamos, en primer lugar, el conjunto de Nuestra Señora de los Angeles y San Francisco, de Cimabue, obra que ha tenido una amplísima divulgación. Muy cerca, los retratos de cinco compañeros de la primera hora, cuyas tumbas se encuentran debajo: Bernardo de Quintaval, Silvestre, Guillermo de Inglaterra, Elegido y Valentino. En la pared siguiente, las figuras de san Francisco, san Luis rey de Francia, san Elceario, santa Isabel de Hungría y una santa (¿Clara?, ¿la beata Delfina, esposa de san Elceario?, ¿Jacoba de Settesoli?), pintadas por Simone Martini. Al fondo de este brazo se encuentra la capilla de san Nicolás de Bari, poligonal, de estilo gótico, con pinturas de la primera mitad del siglo XIV, en gran parte destinadas a contar escenas de la vida de san Nicolás. En el ábside se destacan tres vitrales con las figuras de santa Isabel, san Francisco y santa Clara, obras de Luis y Rosa Caselle (1921-1924)
La sillería del coro es de la segunda mitad del siglo XV y el fresco del juicio final de Sermei es del año 1623. El brazo izquierdo del transepto está dedicado a las escenas de la pasión de Cristo y de la estigmatización de san Francisco. Casi todo este ciclo es obra de Pedro Lorenzetti y, sobre todo, de su hermano Ambrosio. De estos frescos el más importante es el de la crucifixión y el más interesante el de la Virgen con el Niño entre san Juan Evangelista y san Francisco. Al fondo de este brazo se halla la capilla de san Juan Bautista con un tríptico de la Virgen y el Niño, san Francisco y san Juan Evangelista, obra de Pedro Lorenzetti. Hay cinco capillas laterales, dos al lado izquierdo (entrando) y tres al lado derecho. En el lado izquierdo la capilla de san Pedro de Alcántara es pequeña y sin adornos, en tanto que la de san Martín tiene una gran importancia por el ciclo de frescos que cubren sus muros, de una gran factura y elegancia, elaborados por Simone Martini poco antes de 1317. En el lado derecho se encuentra en primer lugar la capilla de san Sebastián, dedicada especialmente a san Luis rey de Francia. Merece especial atención el vitral, elaborado en el siglo XIV por Juan Bonino según el diseño de Simone Martini. Los frescos fueron pintados por Dono Doni en el siglo XVI para reemplazar los del siglo XIV que estaban muy deteriorados. La capilla del centro está dedicada a san Antonio de Padua y es también valiosa por su vitral, atribuido a Juan Bonino, quien siguió un diseño hecho probablemente por Giotto. Los antiguos frescos de esta capilla fueron también reemplazados por los actuales, pintados en 1610 por Sermei y Martelli. Finalmente, la capilla de la Magdalena con varias escenas de la vida de la santa, elaboradas durante la segunda mitad del siglo XIV por los discípulos de Giotto. Capilla de las reliquias. Se llega a ella por el brazo derecho del transepto. Ha sido recientemente habilitada y contiene varios objetos de un gran valor histórico, de los cuales llamamos la atención sobre los siguientes: 1) El pequeño pergamino encerrado en un ostensorio con dos escritos autógrafos de san Francisco: «la bendición a fray León», por un lado, y «las Alabanzas al Dios altísimo», por el otro. 2) El texto oficial original de la Regla bulada, aprobada por el papa Honorio III el 29 de noviembre de 1223. 3) Sandalias y restos de túnicas que usó san Francisco. LA IGLESIA SUPERIOR Se levanta frente a la extensa plaza superior de San Francisco, espacio oficialmente reservado, libre de toda construcción, desde el año 1246 por la Comuna de Asís para conservar la perspectiva del gran monumento. Su fachada, simple y elegante, está dividida en tres partes por cornisas. La parte inferior está centrada por un arco ojival amplio que encierra el portal de arcos concéntricos, el rosetón y las dos puertas de arcos triboldos. La franja central está adornada por un inmenso rosetón doble encuadrado por los símbolos de los cuatro evangelistas. Originalmente las columnas y demás elementos del rosetón tenían incrustaciones de mosaico que le daban una gran vistosidad y lo hacían semejante a una inmensa flor multicolor. La parte alta es en forma de tímpano con un tragaluz al centro. Al lado izquierdo de la fachada fue construido en 1607 un templete comunicado por un corredor de arcos, en estilo renacimiento; es la llamada tribuna de las bendiciones. La torre cuadrada y maciza, en estilo románico-lombardo, tiene 53,50 metros de altura. Cada lado de la parte superior está abierta en tres arcos. Inicialmente terminaba en una aguja octogonal (como la de la basílica de Santa Clara), la cual fue demolida en el año 1530. El interior tiene planta en forma de cruz tau ("T") con ábside poligonal y una sola nave de gran elegancia y luminosidad. La bóveda está sostenida por nervaduras que se apoyan sobre columnas múltiples. La gran riqueza y abundancia de su dotación y decoración sólo nos permite ofrecer aquí una visión rápida. Esquemáticamente podemos distinguir cinco grandes conjuntos: 1) el altar mayor y el coro; 2) los frescos del transepto; 3) los frescos de la parte superior de la nave; 4) los vitrales; 5) el ciclo de la vida de San Francisco. El altar mayor es de mármol con incrustaciones en estilo cosmatesco. Su elaboración original se remonta al siglo XIII, pero en 1942 sufrió una cuidadosa restauración. Sobre el altar, en el cruce del transepto, las figuras de los cuatro evangelistas y de las regiones evangelizadas por ellos. Las 102 sillas del coro fueron trabajadas por Domenico de Sanseverino y sus ayudantes entre 1491 y 1501 bajo los auspicios del Ministro general Francisco Sanson (véase inscripción en una de las sillas de la izquierda)
(Nota: sobre el altar mayor había un crucifijo pintado sobre madera en 1236 por Giunta Pisano, en el cual aparecía fray Elías de rodillas como donante. Este crucifijo desapareció)
Los frescos del transepto y del ábside son todos obra de Cimabue y de sus ayudantes, realizados en el año 1277. Los del brazo derecho representan a la Iglesia terrestre (la Transfiguración del Señor, episodios de la vida de los Apóstoles...), los del centro muestran varios episodios de la vida de la Virgen, y los del brazo izquierdo representan a la Iglesia celeste; el más famoso es el de la crucifixión. Desgraciadamente hoy se encuentran en muy mal estado debido a la humedad y, sobre todo, al óxido de plomo empleado en la mezcla de las pinturas, que ha reaccionado produciendo el efecto de un negativo fotográfico. Los frescos de la parte superior de la nave constituyen un conjunto de 34 cuadros con escenas bíblicas; algunos de ellos están bastante deteriorados. Los de la derecha se refieren al Antiguo Testamento y los de la izquierda al Nuevo Testamento. Fueron pintados entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV por artistas romanos y toscanos. Los vitrales del ábside proceden de la escuela francesa de finales del siglo XIII. Cada uno de ellos representa nueve escenas con analogías entre la vida de Jesús y acontecimientos del Antiguo Testamento. Los ocho vitrales de la nave fueron ejecutados entre finales del siglo XIII y el siglo XIV; representan episodios de la vida de san Francisco, san Antonio de Padua, la Virgen y otros santos. Los frescos de la parte inferior de la nave forman el ciclo de la vida de San Francisco con un total de 28 escenas. Casi todos ellos son debidos a la inspiración de Giotto y al trabajo de sus colaboradores. Los cinco últimos se atribuyen al «Maestro de santa Cecilia», dada su semejanza con la vida de santa Cecilia que se encuentra en el museo de los Oficios de Florencia. La mayoría de los episodios se basa en los datos ofrecidos por la Leyenda Mayor de San Buenaventura, que era la biografía oficial de san Francisco a fines del siglo XIII, fecha de su elaboración (1297-1300)
Veamos cada uno de los frescos: 1. Un hombre simple extiende su capa a los pies de Francisco (LM 1,1)
Dos grupos de personas y dos conjuntos arquitectónicos separados por una representación acomodada del templo de Minerva, el cual enmarca la escena central del cuadro. Nótese la armoniosa distribución de personajes y edificios. 2. Francisco regala su capa a un caballero pobre (LM 1,2)
El joven Francisco centra esta escena de rico colorido. Las figuras del caballo y del caballero equilibran el conjunto. En las dos colinas del fondo se pueden ver simbolizadas la ciudad terrena (a la izquierda, quizá la ciudad de Asís) y la ciudad celeste (a la derecha, tal vez la abadía del monte Subasio)
Las líneas oblicuas de las colinas confluyen sobre la figura de Francisco. 3. El sueño de las armas (LM 1,3)
Contraposición de dos volúmenes cúbicos: uno escueto y sin adornos que resalta las figuras de Cristo y de Francisco, y el otro que representa un palacio gótico ricamente adornado. 4. Francisco escucha al crucifijo de San Damián (LM 2,1)
Ideologización de la iglesia de san Damián según un artificio pictórico no carente de simbolismo que permite ver su exterior y su interior, en estado de abandono y destrucción. La parte ocupada por el crucifijo es la más pobre y descompuesta. 5. Francisco renuncia a la herencia paterna (LM 2,4)
Los dos grupos de edificios del fondo orquestan la escena del primer plano, toda llena de dramatismo, en la que hay dos grupos de personas. La escena que se desarrolla entre Pedro de Bernardone y su hijo Francisco aparece separada por un espacio vacío. Al lado de la derecha se agrupan los eclesiásticos, a la izquierda, los civiles. Nótese la expresión de los rostros de los circunstantes, el contraste entre la actitud de Pedro y la de Francisco, así como el equilibrio de acciones entre el amigo que retiene a Pedro y el obispo que cubre a Francisco. 6. El sueño del papa Inocencio III en Letrán (LM 3,10)
Contraste entre las escenas de la derecha y de la izquierda. La derecha es apacible, con un pontífice que duerme plácidamente bajo un inmenso baldaquino, rodeado de un rico cortinaje y vigilado por dos ancianos, uno de los cuales también duerme. A la izquierda, predominio de las líneas oblicuas, ambiente de movimiento, una hermosa torre a punto de caer y la seguridad de un Francisco robusto como una pilastra que sostiene con sus hombros el edificio mientras mira confiadamente a la altura. 7. El Papa aprueba la Regla (LM 3,10)
Dos grupos de personas se encuentran frente a frente; el de la derecha está en un plano un poco más elevado. Las mitras armonizan con las tonsuras. Hay relación entre ambos grupos. Las miradas confluyen todas en la escena central: la bendición de Inocencio III y la donación de la Regla. El ambiente arquitectónico enmarcado por los tres grandes arcos suspendidos podría sugerir algún simbolismo. 8. Francisco, como un nuevo Elías, aparece sobre un carro de fuego (LM 4,4)
Representación de dos escenas paralelas. El alto y escueto edificio que evoca el establo de Rivotorto ofrece una buena armonía entre las columnas y los dos grupos de frailes. 9. Un ángel muestra a fray Pacífico el trono preparado para san Francisco (LM 6,6)
Las sillas en la altura indican el objeto de la visión, fuera del ambiente enmarcado por la iglesia de Bovara y las alas del ángel. 10. Expulsión de los demonios de Arezzo (LM 6,9)
Dos ambientes arquitectónicos desiguales y contrastantes enmarcan este episodio: el ábside de un gran templo gótico (izquierda) y una ciudad minada por la división y el odio (los dos personajes de la parte inferior), en la que pululan los demonios (parte superior)
En un ángulo, la actitud humilde de san Francisco que ora, y, al centro, la actitud decidida de fray Silvestre que exorciza. 11. Francisco ante el Sultán de Egipto (LM 9,8)
Episodio de gran dramatismo, compuesto por tres grupos de personas, dispuestos con gran equilibrio. Nótese la relación entre el Sultán que acciona con su mano derecha y la actitud segura de Francisco quien también acciona con su mano derecha, así como la escena que se desarrolla entre la cobardía de los sacerdotes mahometanos y el gesto de desprecio del hermano Iluminado. El solio del Sultán armoniza con el otro edificio aun en la decoración de la bóveda. 12. éxtasis de Francisco (LM 10,4)
La figura de Francisco con los brazos abiertos centra la escena. El recargo de figuras en la parte izquierda acentúa mejor la aparición del Señor en la parte derecha. 13. La noche de Navidad en Greccio (LM 10,7)
El artista ubica el episodio en el coro o presbiterio de una iglesia y en él son destacados los elementos principales del relato: el facistol del Evangelio, el púlpito de la predicación, el altar de la celebración y, al centro, Francisco vestido de diácono que toma entre sus brazos al Niño de Belén. La escena cobra vitalidad con la presencia de la multitud y los cuatro frailes que cantan. 14. El milagro de la fuente (LM 7,12)
Dos inmensas rocas secas con árboles raquíticos enmarcan la figura de Francisco en actitud orante. Nótese la avidez del campesino con las pupilas dilatadas y sus piernas hinchadas por el esfuerzo. Los dos frailes de la izquierda, que se maravillan de lo ocurrido, complementan el episodio. 15. El sermón a las aves (LM 12,3)
Podría decirse que el centro de este cuadro es el diálogo, ese espacio de mutua atracción que se crea entre un Francisco semi-inclinado, que conversa entusiasmado, y las aves, todas orientadas hacia él, que lo escuchan atentas. 16. Francisco predice la muerte del caballero de Celano (LM 11,4)
La figura del caballero de Celano, yacente en el ángulo inferior de la derecha, centra toda esta dramática escena. Obsérvese como todos los gestos, las miradas y aun la misma arquitectura, se orientan hacia el mismo lado. 17. Francisco predica delante del papa Honorio III (LM 12,7)
Tres arcos góticos ricamente adornados enmarcan la escena, en la que predomina la figura del pontífice con su actitud de profunda atención a las palabras de Francisco. Dos grupos, de a tres personas cada uno, rodean al papa. Nótense las diversas expresiones. La figura del fraile sentado a los pies de Francisco rompe la monotonía de la composición. 18. Aparición de Francisco durante el Capítulo de Arlés (LM 4,10)
La simplicidad y monotonía de los frailes sentados frente a un san Antonio bastante pasivo, no alcanzan a poner suficientemente de relieve la aparición de Francisco, un tanto ofuscada por la rica decoración arquitectónica. 19. Francisco recibe los estigmas (LM 13,3)
La actitud de Francisco, al centro, y la de fray León, en el ángulo inferior, dan a la escena una gran serenidad; las dos capillas equilibran el conjunto, así como la luminosidad del Serafín y la iluminación de la roca. 20. Muerte y funerales de Francisco (LM 14,6)
Cuadro dividido en tres partes: la inferior, más horizontal, centrada en Francisco que yace en una camilla; la intermedia, vertical, formada por el cortejo solemne de sus funerales; la superior, de gran movimiento, representa a Francisco llevado por los ángeles al cielo. 21. Visión del hermano Agustín y del Obispo de Asís (LM 14,6)
Dos escenas yuxtapuestas sin relación histórica ni pictórica. La de la izquierda es rica por su expresionismo. 22. El caballero Jerónimo verifica los estigmas (LM 15,4)
La parte principal del cuadro, con múltiples personajes, es interesante por la expresión dramática y piadosa de los rostros. 23. El dolor de Clara y de las hermanas de San Damián (LM 15,5)
Dos grupos de personas, al centro de las cuales se encuentra la figura yacente de Francisco. Nótese la piedad y el dolor en los rostros de las monjas y de los circunstantes, que le dan al cuadro un acentuado realismo. La iglesita de san Damián es idealizada como una catedral de magnífica arquitectura. ¿Quizás el pintor quiso representar la basílica de santa Clara? 24. La canonización de san Francisco (LM 15,7)
Sólo se pueden ver algunos fragmentos. De gran interés, la expresión de los rostros de las mujeres en el ángulo inferior derecho. 25. Francisco se aparece al papa Gregorio IX (LM mil 1,2)
Juego de cortinajes que enmarcan una escena en la que se perciben la calma y la somnolencia que rodean al pontífice. Al centro de todo domina la figura de Francisco, quien toma la mano del papa y le señala su costado. 26. Curación de un hombre llamado Juan (LM 6,7; LM mil 1,5)
Dos grupos de personas que aparentemente carecen de un centro común de atención; la presencia de Francisco y de los ángeles no es percibida por las dos mujeres ni el médico. 27. La mujer que resucita para confesarse (LM mil 2,1; 3 Cel 40)
Figuras más estilizadas y un tanto hieráticas. En el ángulo superior, Francisco que ora. 28. Pedro de Alife recobra la libertad (LM mil 5,4; 3 Cel 93)
Escenografía de torres que ambienta la liberación de Pedro. EL SACRO CONVENTO Simultáneamente con la construcción de la Basílica se edificó un convento detrás del ábside, para la habitación de los hermanos. En el año 1230 ya estaba en condiciones de ser habitado, pero su construcción se continuó en los años siguientes. Sus dimensiones eran más reducidas que las del actual, pero de todas maneras sus muros debieron ser sólidos desde un comienzo debido a las condiciones del terreno. En el año 1244 pudo albergar el tesoro de la curia romana confiado al cuidado de los frailes por el papa Inocencio IV. Durante el siglo XIV sufrió varias ampliaciones en cuanto a su superficie y a su altura, la más importante de las cuales fue debida a la ayuda del Cardenal Albornoz, quien hizo construir la nueva enfermería. Desde comienzos de ese siglo se inició el refuerzo de los cimientos con grandes los contrafuertes que rodean toda la edificación desde el costado este y llegan hasta la plaza inferior. Se trata de un conjunto de cincuenta y tres arcos de gran imponencia y belleza. Los trabajos más importantes se efectuaron por orden del papa Sixto IV entre 1472 y 1474 para proteger la parte oeste. Esto explica el nicho abierto en la muralla con la estatua del pontífice. Bajo los auspicios del mismo Sixto IV fue construido y adornado el gran claustro que lleva su nombre. Los trabajos fueron encomendados a Antonio de Como, quien los terminó en 1476. Consta de dos series de arcos amplios que reposan sobre capiteles sencillos y columnas bien proporcionadas en un estilo calificado de pre-renacimiento. El centro está adornado con un pozo. En el año 1608 se concluyó la construcción de la hospedería y de la enfermería con dineros donados por Felipe III de España. En el interior del convento hay varios frescos y cuadros famosos que adornan diversas salas. El refectorio, que es de grandes proporciones (58 por 11 metros) fue decorado en el siglo XVIII con medallones de los papas benefactores de la basílica y con una Ultima Cena de Francisco Solimena. ACTUALIZACIóN -- La Basílica es ante todo el lugar de la glorificación de Francisco. Es, por lo mismo, el lugar de la oración de alabanza, de admiración, de agradecimiento. La cercanía de las sagradas reliquias de san Francisco invita a una oración silenciosa en la cripta. -- Muchos han atribuido un especial simbolismo a la basílica con sus dos iglesias superpuestas: la inferior, oscura y baja, sería el símbolo de la vida de penitencia; la superior, luminosa, espaciosa y elegante, sería el símbolo de la gloria. La primera es el fundamento de la segunda. Francisco, ahora en la gloria, nos invita a recorrer el mismo camino. -- Las alegorías de los tres votos, aun por el mismo lugar en que fueron pintadas (plementos sobre el altar mayor, en el cruce del transepto), indican la importancia de los consejos evangélicos en la vida del hermano menor. Una reflexión personalizada a partir de cada una de las llamadas «velas» nos puede llevar a plantearnos serios interrogantes sobre la forma como entendemos y vivimos los votos religiosos. La reflexión podría comportar los siguientes pasos: a) Descripción: Mirar atentamente cada una de las «velas» tratando de comprender y explicar lo que el pintor quiso expresar, según su concepción de los votos. b) Tomar posición crítica ante cada interpretación, señalando los elementos de acuerdo y de desacuerdo. c) Presentar una descripción razonada de nuestra visión evangélica de cada uno de los votos. d) Confrontación personal (de nuestra praxis) frente a esta visión. [Fernando Uribe, O.F.M., Por los caminos de Francisco de Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1990, pp. 62-76] ========================================================================= LA ROMA DE SAN FRANCISCO De acuerdo con el título adoptado, nos referiremos en este capítulo exclusivamente a los lugares que de alguna manera tuvieron que ver con la presencia de san Francisco en Roma, de los cuales se hace una mención directa o indirecta en las fuentes del siglo XIII. Casi todos los lugares aquí señalados han sufrido fuertes transformaciones desde el siglo XIII hasta hoy, y de otros ya no quedan huellas; el contexto urbanístico es también bastante diferente. No obstante, tiene una gran importancia entrar en contacto con ellos para comprender mejor el sentido de las fuentes. A estos lugares aparecen ligados muchos nombres importantes: los papas Inocencio III y Honorio III; los cardenales Juan de San Pablo, Hugolino de Segni y León Brancaleone; la noble dama Jacoba de Settesoli y la penitente Práxedes. Damos por supuesto el conocimiento, al menos sumario, de la historia de Roma, de su significado religioso y de sus múltiples riquezas arqueológicas, monumentales y artísticas. SAN PEDRO EN EL VATICANO La Basílica. San Pedro fue martirizado en el año 65 bajo el emperador Nerón. Según las leyes romanas de entonces, los cementerios debían estar ubicados fuera de los muros de la ciudad. Ordinariamente las tumbas se elevaban a los lados de los caminos. Los restos de Pedro fueron colocados en una tumba al lado de un camino que conducía al occidente de Roma, bordeando la colina Vaticana. Allí se había formado poco a poco un cementerio. Muy pronto la tumba de Pedro comenzó a ser distinguida con especiales signos de veneración: grafiti, exvotos. A fines del siglo I el papa Anacleto hizo construir una «memoria», es decir, un monumento funerario, bastante modesto por cierto. Después de la victoria de Constantino, en el año 326 se dio comienzo a la construcción de una gran basílica, la cual tenía como punto central la «memoria» o confesión de san Pedro. Para conservar intacto este sitio y poder hacer un templo en la pendiente de la colina, los ingenieros constantinianos tuvieron que hacer un gran movimiento de tierra (más de 40.000 m. cúbicos), con lo cual quedó cubierta una parte de la necrópolis. La basílica fue terminada en el año 349. Era un edificio espléndido con cinco naves, separadas por cuatro filas de columnas, con 24 columnas cada una. La iglesia estaba precedida de un gran atrio cerrado, rodeado por un corredor o pórtico, al centro del cual había una fuente de piña (cantharus)
Esta basílica constantiniana estaba decorada con mármoles y mosaicos, algunos de los cuales sufrieron transformaciones durante la Edad Media. A lo largo del tiempo se fue llenando de mausoleos de pontífices y de otros personajes, tanto dentro como en sus alrededores, a tal punto que, según algunos, antes de su demolición, la basílica se asemejaba a un gran cementerio cristiano. Varios papas ordenaron también diversos cambios, como, por ejemplo, la construcción de una cripta, la reforma del presbiterio, capillas laterales, nichos, etc.; la pureza de líneas de la primitiva construcción se había perdido. Esta basílica, así transformada, fue la que vio san Francisco cuando la visitó como peregrino al menos dos veces. La basílica actual se construyó entre 1506 y 1614. Los primeros edificios. Después de la construcción constantiniana, la basílica de San Pedro siguió siendo una basílica cementerial, aislada de la ciudad, rodeada de algunas casas para el clero y los empleados. El papa León I (440-464) construyó el monasterio de los santos Juan y Pablo, cuyos monjes eran encargados del canto coral en San Pedro. En el siglo VI ya estaban establecidas en Roma las estaciones cuaresmales, lo cual exigió la construcción de una habitación adecuada para la estadía temporal del Papa cerca de San Pedro. Por ese entonces se construyó la «domus aguliae» cerca del obelisco, donde se hospedaban los dignatarios de la corte pontificia, en tanto que el Papa se alojaba en el monasterio. Durante los siglos posteriores se hicieron ampliaciones y anexiones de palacios y habitaciones. Los trabajos más definitivos fueron las murallas construidas por León IV (847-855), las cuales dieron seguridad a la zona vaticana. Parte de estos muros subsisten todavía. Eugenio III (1145-1153) hizo construir el «palatium novum», en el costado norte de la basílica, para residencia pontificia. Este palacio fue ampliado por el papa Inocencio III (1198-1216), quien varias veces tuvo que dejar el palacio del Laterano para refugiarse en el sector leonino, dadas las frecuentes revueltas del pueblo romano. A Francisco no le tocó ver, por tanto, la masa de edificaciones que hoy vemos. Estas se incrementaron después de que los papas regresaron de Aviñón (1377), cuando establecieron la curia pontificia en el Vaticano, dejando definitivamente los palacios de Letrán, que no estaban en condiciones de ser habitados, aunque la basílica de San Juan siguió siendo la sede de la cátedra del Papa como obispo de Roma. ) BASÍLICA DE SAN PABLO EXTRAMUROS El apóstol san Pablo, como ciudadano romano que era, no padeció la misma muerte que Pedro, crucificado como los esclavos; fue decapitado. Las decapitaciones se hacían ordinariamente en un sitio distante de la ciudad. Una antigua tradición ubica su martirio en el sitio conocido como «Tre Fontane, ad aquas salvias», donde hoy existe un monasterio de trapenses. La tradición agrega que una matrona llamada Lucina reclamó el cuerpo del apóstol y lo sepultó en una tumba de su pertenencia que se encontraba en la vía Ostiense, en un cementerio de carácter popular, como se deduce de las escasas dimensiones de las tumbas (loculi)
Sobre el sitio donde fue sepultado san Pablo, el papa Anacleto hizo construir una «memoria», como la de san Pedro. En el siglo IV el emperador Constantino edificó una basílica no tan grande como la de San Pedro, porque el terreno no se lo permitía. A finales de ese mismo siglo tres emperadores: Valentiniano, Teodosio y Arcadio, apoyaron la construcción de un templo más grande que el de San Pedro, para lo cual se hubo de suprimir uno de los caminos y se orientó el cuerpo de la iglesia en sentido contrario al de la anterior, de tal manera que permaneciera siempre fijo, como punto central, el sepulcro del santo. Más tarde (siglo VII), el papa Gregorio Magno mandó acondicionar una especie de cripta para tener un altar más cerca del cuerpo del santo. En el curso de los siglos fue embellecida con mosaicos, altares laterales y un pórtico, pero sustancialmente permaneció la misma hasta el año 1823, cuando un incendio la destruyó en gran parte. Las fuentes franciscanas no mencionan explícitamente la presencia de Francisco en esta basílica, pero es de suponer que al menos en una ocasión hubo de visitarla cuando vino a Roma como peregrino. Por una parte, era una de las siete basílicas romanas, meta de las peregrinaciones a la ciudad eterna y, por otra, era la basílica gemela de la vaticana, tumba del apóstol de los gentiles. SAN JUAN DE LETRáN Se sabe que en tiempos del emperador Nerón, la familia Laterani tenía un gran palacio en el monte Celio. El jefe de esta familia, implicado en una conspiración contra el emperador, fue condenado a muerte y sus bienes pasaron al fisco público. Consta que, a fines del siglo II, el emperador Septimio Severo restituyó los bienes a la familia Laterani, pero a comienzos del siglo IV el palacio de los Laterani figura de nuevo como posesión imperial. En efecto, en el año 313 aparece como «la casa de Fausta en Letrán». Fausta, hermana de Majencio, fue la segunda esposa de Constantino. En ese año ella prestó su casa para la reunión de un Concilio que condenó a los donatistas. No se sabe con exactitud cuándo fueron construidos la iglesia y el bautisterio, ni cuándo empezaron a habitar los papas en el palacio de Letrán. Lo cierto es que ya a mediados del siglo IV los documentos mencionan las tres edificaciones. Al parecer fue el mismo emperador quien hizo construir la iglesia sobre un antiguo cuartel de caballería de la guardia imperial. La basílica, el bautisterio y el palacio formaban desde entonces un solo bloque de edificios, unos nuevos y otros viejos. El bautisterio actual se remonta al siglo V, obra del papa Sixto III (432-440), aunque ha sufrido algunas modificaciones en el curso de los siglos. En el siglo XIII este Bautisterio tenía una gran importancia, mayor de la que hoy tiene, pues era todavía el único bautisterio de la ciudad de Roma. La basílica fue inicialmente conocida como basílica constantiniana del Salvador. El nombre del Salvador poco a poco fue desplazado por el de San Juan, dado que fue dedicada a los dos Juanes, el Bautista y el Evangelista. En la Edad Media se le conoce solamente bajo este segundo nombre. Fue construida en el siglo IV, pero en ese mismo siglo un temblor de tierra le produjo graves daños, dejando intacto el ábside. La reconstrucción se hizo en el siglo V, especialmente bajo el pontificado de san León I. En el siglo X la basílica debió ser nuevamente reconstruida como consecuencia de otro temblor de tierra. Los trabajos se realizaron bajo el pontificado de Sergio III. A fines del siglo XIII el papa Nicolás IV (franciscano) ordenó la reconstrucción total, conservando los cimientos constantinianos. Fue en esa época cuando el franciscano Santiago Torriti recompuso la imagen antigua del Salvador en el mosaico, retocó gran parte de las otras figuras y agregó las imágenes pequeñas de san Francisco, san Antonio, el Papa Nicolás IV y el artista. En el siglo XIV la basílica sufrió graves daños a causa de dos incendios (1308 y 1361)
El traslado de la curia pontificia a Aviñón influyó mucho en el deterioro de la basílica y de los palacios contiguos. No obstante, se le siguieron haciendo modificaciones en los siglos siguientes. El palacio pontificio en el siglo XIII consistía en una serie de edificaciones que ocupaban el actual palacio y se prolongaban a la izquierda de la basílica ocupando parte de la actual Plaza de San Juan de Letrán. De las antiguas edificaciones hoy no quedan más que algunos vestigios: la escala santa, que conducía a la capilla privada de los papas, ubicada hoy unos metros más allá de su emplazamiento primitivo y el «triclinium» de León III, del cual se conserva solamente el ábside con un mosaico. El actual palacio ubicado a la izquierda de la basílica fue construido en 1586. La basílica de San Juan de Letrán y sus alrededores fue probablemente el lugar de Roma más frecuentado por Francisco. Desde luego, hoy se encuentra notoriamente transformado en relación con lo que existía en el siglo XIII. En ese entonces prácticamente el centro de Roma gravitaba en torno a esta basílica, sede del obispo de Roma, de su bautisterio, donde eran bautizados todos los romanos, y del palacio de Letrán, sede de la curia pontificia. En sus alrededores estaba la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, de la cual nos ocuparemos más adelante, la residencia del cardenal Hugolino muy cerca de la iglesia de los Santos Pedro y Marcelino y, según algunos, el hospicio de San Antonio Abad, vecino también de la misma iglesia («entre el acueducto y la iglesia de los santos Pedro y Marcelino»), donde se hospedó Francisco en 1209. Un hospicio (u hospital) era el lugar donde eran acogidos los peregrinos pobres y los enfermos. El mencionado hospicio de San Antonio estaba dirigido por los hermanos hospitalarios de San Antonio, quienes acompañaban a la corte pontificia en sus desplazamientos. En su hábito llevaban cosida una gran T (tau) y su bastón terminaba en forma de T. Los Trinitarios afirman que en el siglo XIII no había hospital cerca de San Juan de Letrán y que Francisco debió hospedarse en el hospicio de Santo Tomás in Formis (cerca de Santo Stefano in rotondo), dirigido por ellos. SANTA CRUZ DE JERUSALéN La actual basílica se levanta hoy sobre una parte del palacio Sessoriano del siglo IV, residencia privada de la emperatriz Elena, madre de Constantino. En el año 329, Elena trajo de Jerusalén un fragmento de la verdadera cruz y lo conservó en su palacio. Ella murió ese mismo año. Uno de sus descendientes (Constantino?) adaptó una de las salas del palacio como iglesia para venerar la santa reliquia. Esta iglesia fue restaurada varias veces en el curso de los siglos. En una de estas restauraciones (1144), el papa Lucio II mandó agregar la torre de estilo románico que hoy vemos. La actual forma de la basílica con su recargado estilo rococó se debe al arquitecto Gregorini bajo el papa Benedicto XIV (año 1743)
La basílica fue conocida antes como «basílica Sessoriana» o como «Santa Jerusalén». Es una de las siete iglesias romanas visitadas por los peregrinos desde la antigÜedad, debido precisamente a la reliquia de la santa cruz. El cardenal Brancaleone, gran admirador de Francisco, era el titular de Santa Cruz de Jerusalén desde el año 1202, cerca de la cual tenía su palacio. Este palacio limitaba con las murallas aurelianas y el anfiteatro castrense («castrum» en el s. IV: residencia imperial)
Sobre las murallas había torres de vigilancia y seguridad. En la Edad Media todavía existían algunas de estas torres. Una de ellas fue facilitada a Francisco para que se pudiera dedicar a la oración. EL «SEPTIZONIUM» Y LA TORRE «MOLETTA» El «Septizonium» era un espléndido palacio construido por el emperador Septimio Severo en el año 203, adosado al monte Palatino. Tenía 100 m. de largo y 38 de alto. Por sus proporciones y belleza impresionaba a todos los viajeros que llegaban a Roma por la via Apia. En el siglo XIII existía todavía parte de este palacio, al pie del cual una de las ramas de la familia Frangipani tenía su residencia. Su nombre se identificaba por el lugar de la residencia: cerca del «Septizonium» («Septemsolis») = Settesoli. Esta residencia fue destruida en el año 1589, y de ella no queda más que una pequeña torre, la «Torre Moletta», en el costado sur del Circo Máximo, llamada así porque muy cerca de ella había un molino (la moletta)
Otra rama de la familia Frangipani residía cerca del arco de Tito, y la tercera rama (De Gradellis), en el Trastévere. El origen de esta familia se remonta al siglo X, pero fue durante los siglos XII y XIII cuando llegó a ser más poderosa e influyente en la vida romana. La familia Frangipani de Settesoli se extinguió en el siglo XVI. (Frangipane = «frangere panem»: partir o compartir el pan. Muchas familias ricas acostumbraban dar el pan a los pobres)
Uno de los miembros de la familia Frangipani, Graciano Frangipani de Settesoli, se casó con una noble dama romana llamada Jacoba de Normanni, descendiente de una familia de normandos. En el año 1217 murió Graciano, dejando dos hijos, quienes quedaron bajo la tutela de la joven viuda Jacoba. Jacoba de Settesoli fue una amiga íntima de san Francisco, a quien hospedó varias veces en su casa. Después de la muerte de éste, «fray Jacoba», como la llamaba el Santo, se trasladó a Asís en donde murió nonagenaria. Fue enterrada en la basílica de San Francisco, en Asís. SAN FRANCISCO A RIPA Donde hoy se levanta la iglesia de san Francisco a Ripa, existía a comienzos del siglo XIII una modesta iglesia dedicada a San Blas, al lado de la cual estaban las habitaciones de los que servían en el hospital contiguo de San Blas. El hospital acogía a los pobres y a los peregrinos. Tanto esta institución como la iglesia, pertenecían al vecino monasterio benedictino de San Cosimato. Una tradición no verificada asegura que Francisco se hospedó en dicho hospital y que pagaba su estadía sirviendo a los enfermos. Se trata de una noticia traída por Mariano de Firenze en el siglo XVI (cf. Itinerarium urbis Romae)
Por una bula del 23 de julio de 1229, el papa Gregorio IX ordenó que la iglesia de San Blas y el hospital anexo pasaran a los hermanos menores. De esta forma se estableció la primera residencia oficial de los hermanos menores en Roma. La bula indica claramente que los hermanos debían ser simples huéspedes de las habitaciones contiguas a la iglesia. Muy pronto la iglesia de San Blas cedió el espacio a otra iglesia más amplia, construida en honor de San Francisco. Con el correr del tiempo esta iglesia sufrió varias transformaciones. A un lado de la iglesia, sobre la sacristía, se encuentra la que se ha tenido como la celda que habitó San Francisco. Hoy está transformada en capilla, dominada por un altar de madera adosado a un inmenso y sofisticado relicario construido en el siglo XVII por el franciscano Bernardino Jesi. Al centro del retablo hay un cuadro de san Francisco atribuido a Margaritone de Arezzo (1262-1305)
ACONTECIMIENTOS FRANCISCANOS EN ROMA -- En el año 1206, cuando el joven Francisco está en búsqueda de la voluntad del Señor sobre su futuro, se dirige a Roma como peregrino. En la tumba de San Pedro deja una copiosa limosna y mendiga a la entrada de la basílica vestido como los otros pobres (2 Cel 8; LM 1,6; TC 10)
-- En el año 1209 se encamina de nuevo a Roma con sus primeros compañeros. Allí se encuentra con el obispo Guido de Asís, quien lo pone en contacto con el cardenal Juan de San Pablo. éste, a su vez, le consigue audiencia con el papa Inocencio III, quien finalmente aprueba de forma oral la proto-Regla, concede a los hermanos la tonsura eclesiástica y les da permiso de predicar la penitencia (1 Cel 32-34; 2 Cel 16-17; LM 3,9-10; TC 46-53; AP 31-36; LP 101; EP 26)
-- Afecto del cardenal Juan de San Pablo hacia los hermanos. Interés de los Cardenales por tener en su palacio un hermano menor (TC 61; AP 42)
-- El cardenal Hugolino, obispo de Velletri y de Ostia, es nombrado Protector de la Orden. Varios fueron los contactos que Francisco tuvo con él, muchos de los cuales tuvieron lugar en Roma, probablemente en su palacio vecino a la iglesia de los Santos Pedro y Marcelino (1 Cel 73-75. 100; 2 Cel 25. 148; LM 6,5; TC 61-62. 67; AP 43-45; LP 49; EP 43)
-- El encuentro de Francisco con Domingo de Guzmán se dio probablemente con motivo del IV Concilio de Letrán (1215), quizás en el Convento de Santa Sabina, que ya había sido asignado a los hermanos predicadores (2 C 148-150; EP 43)
-- Aprobación de la Regla bulada el 29 de noviembre de 1223 (2 Cel 209; LM 4,11; TC 62; AP 44)
-- Francisco es huésped del cardenal Brancaleone en Roma (2 Cel 119-120; LM 6,10; LP 117; EP 67)
-- Amistad de Francisco con «Fray Jacoba» de Settesoli (3 Cel 37-39; LM 8,7; LP 8; EP 112)
-- Práxedes, una reclusa romana, recibe el hábito de manos de Francisco (3 Cel 181)
La presencia de Francisco en Roma está ligada, ante todo, a su sentido de fidelidad a la Iglesia. él quiso siempre vivir su aventura evangélica en el seno de la Iglesia y en comunión con sus pastores. Este hecho nos invita a reflexionar sobre nuestra fidelidad a la Iglesia. PERUSA Y SUS ALREDEDORES PERUSA Los orígenes de la ciudad de Perusa se pierden en la leyenda. De todas maneras se tiene como algo seguro que las tribus umbras fueron sus primeros pobladores y que, alrededor del siglo V a.C., estas tribus fueron sometidas por los etruscos, quienes construyeron aquí uno de sus centros más importantes. El documento escrito más antiguo que habla de Perusa son unos fragmentos de la obra de Catón («Los Orígenes») en donde dice: «Sarcinates Perusiam condiderunt» («Los de Sarsinia fundaron a Perusa». Sarsinia era un pueblo de la Umbría, donde nació Catón)
Durante el período etrusco la ciudad alcanzó un gran desarrollo y se constituyó en uno de los centros etruscos más importantes. Después de resistir por varios años la expansión de los romanos, terminó aliándose con ellos durante la segunda guerra púnica; como recompensa por haber hospedado al ejército romano derrotado en la batalla del lago Trasimeno (217 a.C.), obtuvo el título de municipio romano con el derecho a los respectivos magistrados. Durante las invasiones bárbaras, la ciudad fue muy envidiada debido a su posición estratégica. A lo largo del siglo VI cayó primero en poder de los godos, luego fue recuperada por el imperio de Bizancio y poco después invadida por los longobardos, quienes establecieron allí un ducado floreciente. En el año 780 Carlomagno cedió al papado una vasta zona de la Umbría, dentro de la cual estaba incluida Perusa. Bajo la protección de los papas, la ciudad adquirió un gran desarrollo y poderío frente a las ciudades vecinas. Fue una de las primeras ciudades del centro de Italia que se constituyó en Comuna (comienzos del s. XII), nombrando su propio podestá y sus cónsules. Temporalmente extendió su dominio o hizo alianza con las ciudades vecinas: Asís, CittÀ di Castello, Gubbio, Foliño. Fue gÜelfa y, por tanto, partidaria del papa en las luchas contra el emperador. Fue frecuentemente visitada por los papas, quienes pasaban allí parte del período estivo. La ciudad fue sede de cinco cónclaves y tres pontífices murieron en ella, dos de los cuales estuvieron muy relacionados con la primera historia de la Orden: Inocencio III (1216) y Gregorio IX (1241)
A partir del siglo XIII la ciudad vivió fuertes divisiones internas entre los «raspanti» (los del pueblo) y los «beccherini» (nobles), quienes luchaban por el dominio de la ciudad. En ocasiones hubo de someterse al dominio de gobernadores y tiranos de otras partes, como Cola di Rienzo, Biordo Michelotti, Galeazzo Visconti. No obstante, el siglo XIV conoció el gran apogeo de Perusa, la cual extendió su dominio a varias ciudades vecinas. Actualmente Perusa es la capital de la provincia del mismo nombre y de la región de la Umbría. La ciudad tiene una topografía irregular. Su parte más antigua se halla sobre varias colinas a una altura máxima de 493 m. sobre el nivel del mar. Hoy experimenta una fuerte expansión que la ha llevado a extenderse por el circundante valle del Tíber. Desde el punto de vista franciscano tiene algunos sitios de interés que bien vale la pena visitar, aunque el escenario ha variado en relación con lo que había en el siglo XIII. De éstos resaltamos los siguientes: El mercado cubierto junto a la plaza Matteotti, sede de la antigua prisión de «Sopramuro» en donde se supone que estuvo prisionero Francisco entre 1202 y 1203. Se dice que a fines del siglo XIII la cárcel de Perusa se encontraba bajo el arco etrusco y estaba formada por unas grutas oscuras y húmedas. Otra versión afirma que la prisión se encontraba en el sitio denominado Campo de batalla, «debajo del lugar donde se levanta hoy el Palacio del Capitán del pueblo» (Bonazzi, L., Storia di Perugia, Perugia 1875, vol. I, p. 261)
La plaza central o plaza de San Lorenzo fue probablemente el escenario donde predicó Francisco a los perusinos. Dos siglos después, san Bernardino de Siena congregaba aquí a las multitudes desde el púlpito de mármol que todavía se puede observar en el atrio de la catedral. Es digna de mención, siquiera sea de paso, la fuente mayor que se encuentra en esta plaza; fue construida entre 1274 y 1278 y se ha constituido en el símbolo de la ciudad. La Canónica o sede del Capítulo catedralicio sirvió de residencia a varios pontífices y de lugar de reunión a cinco Cónclaves (1216: Honorio III; 1265: Clemente IV; 1285: Honorio IV; 1294: Celestino V; 1305: Clemente V)
Allí murió el papa Inocencio III el 16 de julio de 1216 y se asegura que Francisco vino por este motivo a Perusa. Al día siguiente allí mismo fue elegido el papa Honorio III y fue probablemente entonces cuando Francisco se acercó a él para pedirle la Indulgencia de la Porciúncula. En esta misma Canónica fue aprobado el proceso de canonización de san Francisco por el papa Gregorio IX y los Cardenales, quienes estuvieron aquí entre el 13 de junio y el 13 de julio de 1228. Actualmente es sede de un museo. El convento de San Francisco al Monte o de Monte Ripido, ubicado sobre una colina, fue un eremitorio entre los siglos XIII y XIV. Según algunos, su origen se remonta a san Francisco mismo; según otros, la colina fue donada al beato Gil en el año 1226 por un rico señor de Perusa llamado Giacomo Buonconte dei Coppoli. Lo cierto es que el beato Gil pasó allí gran parte de su vida y que la donación fue confirmada oficialmente el 14 de febrero de 1276 a favor de los hermanos menores. Un siglo después (1374), el eremitorio fue entregado a fray Pauluccio Trinci para que llevara adelante su grupo de reforma al interior de las Provincias del centro de Italia. En el convento se puede observar la celdita que, según la tradición, habitó el beato Gil, convertida en oratorio. Allí se conservan varias reliquias de él. Entre los acontecimientos franciscanos acaecidos en Perusa, destacamos: -- Francisco participó en las luchas de su ciudad contra la ciudad de Perusa, y cayó prisionero de los perusinos. Su comportamiento en la cárcel anunciaba su futuro (2 Cel 4; TC 4)
-- Francisco predicó a los perusinos en una plaza pública, denunciando la arrogancia de los nobles e invitándolos a la conversión, a la vez que les anunciaba la guerra civil (2 Cel 37; LP 75; EP 105)
-- En Perusa se llevó a cabo la reunión oficial que aprobó la causa de canonización de Francisco (1 Cel 123-124; 2 Cel 220; LM 15,7)
Los dos acontecimientos más importantes narrados por las fuentes en relación con Perusa, nos presentan a un Francisco que interviene directamente en favor del pueblo: por un lado, forma parte del ejército de la comuna de Asís, que lucha contra los nobles de su ciudad, aliados con los de Perusa; por otro, enrostra a los displicentes caballeros de Perusa su arrogancia y su desprecio por la gente del pueblo. Su sermón ante los perusinos es particularmente claro, profético y llega casi a la dureza. No obstante, lejos de ser un discurso político, se conserva dentro de los límites de la predicación evangélica. Aquí encontramos un ejemplo concreto de predicación para «situaciones difíciles», en cierto sentido muy semejantes a las que hoy vivimos en varias partes del mundo. Francisco nos enseña a no callar cobardemente y a no degenerar nuestra predicación en demagogia política. De otro lado, el comportamiento del joven Francisco en la cárcel, su alegría y su preocupación por los demás, nos dan una idea de la nobleza de su alma y, sobre todo, nos enseñan ciertas virtudes humanas, a veces tan olvidadas. Estas virtudes (alegría, cortesía...) deberían ser particular objeto de nuestras tareas formativas. LAGO TRASIMENO Está situado en la provincia de Perusa, a una altura de 258 m. sobre el nivel del mar. Tiene un área total de 128 Km cuadrados. Es el cuarto en extensión entre los lagos de Italia y el mayor de la parte peninsular del país. Es un lago de origen fluvial. Tiene la forma de un corazón. Su perímetro es de 52 Km y su máxima profundidad alcanza los 7 m. Contiene tres islas: la Polvese (la más larga, 1,5 Km), la Menor (al norte) y la isla Mayor. En los alrededores de la costa norte del lago tuvo lugar en el año 217 a.C. una sangrienta batalla en la que el ejército de Aníbal el Cartaginés mató a cerca de 16.000 soldados romanos, comandados por el cónsul Flaminio. Durante el siglo XIII, al parecer, la isla Mayor no estaba habitada. Francisco la escogió para hacer allí la cuaresma del año 1211 ó 1213 en una cabaña improvisada. Según la única fuente que narra el acontecimiento, las Florecillas, Francisco se hizo trasladar a la isla Mayor por un amigo suyo para hacer allí una cuaresma. Vivió en una especie de choza natural. Quiso que nadie se enterase. Llevó dos panes, de los cuales consumió medio (Flor 7)
Estando allí, en la isla «del lago de Perusa», se le acercaba dócilmente un conejo (1 Cel 60; LM 8,8)
Hay dos sitios que recuerdan la presencia de Francisco en la isla: la capilla del desembarcadero y la que se eleva sobre la colina, probablemente edificada sobre la cabaña que él habitó. CORTONA. LE CELLE Cortona fue probablemente un lugar fortificado de los umbros, que pasó bajo el dominio de los etruscos alrededor del siglo VII a.C.; más tarde adquirió la categoría de municipio romano. No se vuelven a tener noticias de ella hasta el año 450 d.C. cuando fue tomada por los godos. Se sabe que en el siglo XI tuvo conflictos con Perusa y Arezzo. Por esta misma época logró el régimen comunal y vivió un período de calma interna. Aquí pasó gran parte de su vida penitente santa Margarita de Cortona, que había nacido en Labiano. En la actualidad Cortona pertenece civilmente a la provincia de Arezzo. La parte antigua de la ciudad está edificada sobre una colina a una altura aproximada de 500 m. sobre el nivel del mar, muy cerca del lago Trasimeno. Es una típica ciudad medieval italiana con sus calles estrechas y empinadas, sus murallas y casas antiguas, sus iglesias y palacios de gran interés arquitectónico. Hay tres lugares que merecen nuestra atención desde el punto de vista franciscano: la iglesia de San Francisco, el santuario de Santa Margarita de Cortona y el Eremitorio de las Celdas (Le Celle) en las afueras de la ciudad. La Iglesia de San Francisco fue iniciada en el año 1245 siguiendo un diseño que, según opinan varios autores, fue hecho por fray Elías, dado que tiene ciertos rasgos comunes con la basílica superior de Asís. Desgraciadamente a la hora actual el recargo de elementos posteriores estorba el reconocimiento del estilo primitivo. En la sacristía se encuentra la tumba del arrepentido fray Elías. Santuario de Santa Margarita. Está edificado en la cima de la colina donde en el siglo XIII había un oratorio dedicado a san Basilio. Este oratorio fue hecho restaurar por la Santa y en él vivió los últimos nueve años de su vida como penitente reclusa. Después de la muerte de la penitente (1297), la capilla sufrió varias transformaciones y ampliaciones. La actual basílica fue construida durante la segunda mitad del siglo XIX (1855-1894) en un estilo mixto inspirado en el gótico lombardo. La torre fue edificada en 1650, cuando la antigua iglesia sufrió una de las ampliaciones. El cuerpo de la santa se halla incorrupto en una urna de vidrio con adornos de plata, ubicada debajo del altar mayor; está allí desde el año 1343. El elegante mausoleo de mármol hecho para ella a mediados del s. XIV nunca fue empleado (se encuentra en la pared izquierda del presbiterio)
Eremitorio delle Celle. Según la tradición, Francisco estuvo en este lugar por primera vez en el año 1211 y lo frecuentó varias veces. Aquí estuvo por última vez a mediados del año 1226 durante algunos días de reposo, cuando fue trasladado de Siena a Asís (1 Cel 105; 2 Cel 38. 88; LP 69. 96; EP 31)
Durante el siglo XIV fue habitado por los Fraticelli. Los hermanos Capuchinos habitan en este eremitorio desde los primeros años de su reforma y actualmente tienen en él un noviciado. El eremitorio está emplazado al borde de un torrente, en una cañada de la colina. La aspereza de las rocas y el bosque circundante nos ponen en contacto con uno de los escenarios preferidos por Francisco para su oración. A lo largo de los siglos se han agregado varias edificaciones de gran sobriedad para la habitación de los hermanos. GUBBIO «Ikuvium» (nombre primitivo) tiene un origen que se remonta a varios siglos antes de Cristo. Al parecer fue una ciudad importante de la civilización de los umbros, como lo demuestran varios vestigios arqueológicos, el más representativo de los cuales son las llamadas «tablas eugubinas» del siglo IV a.C. (Son siete tablas de bronce, de las cuales dos están escritas con caracteres umbros y las otras con caracteres latinos. Su contenido es de tema religioso)
Más tarde Gubbio hizo pacto con los romanos y adquirió la categoría de municipio con el nombre de «Iguvium» (Eugubium), conservando el derecho a sus propias leyes. De este período quedan hoy el teatro y un gran mausoleo que se cree era el sepulcro del rey Genzio de Iliria, quien estuvo en la ciudad como prisionero. A mediados del siglo V de la era cristiana figura ya como sede episcopal. Sufrió todas las consecuencias de las invasiones de los bárbaros, entre las cuales la peor fue la casi total destrucción por orden de Totila. En el siglo XI se constituyó en comuna libre, lo cual marcó un período de gran prosperidad para la ciudad. Inicialmente fue gibelina y después gÜelfa. Siempre se caracterizó por su valentía y altivez frente al poder de Perusa, la cual nunca pudo dominarla. Es particularmente memorable el año 1151 cuando, gracias a la intervención del obispo san Ubaldo (1090-1160), supo hacer frente y derrotó a once ciudades vecinas que se aliaron para atacarla. En 1163 el emperador Federico Barbarroja concedió el paso de los poderes a los cónsules de la ciudad; de esta forma, la ciudad tomó parte de una manera cada vez más activa en las luchas entre gÜelfos y gibelinos y en la defensa de las comunas libres. A comienzos del siglo XIII, el Podestá substituyó a los Cónsules, y en 1258 fue nombrado un Capitán del pueblo, encargado de mantener el orden público, y ocho Priores, uno de los cuales se encargaba de las finanzas públicas y de la policía urbana. Indudablemente el período de más progreso y esplendor de la ciudad fue el de su independencia comunal (ss. XI-XV), del cual quedan hoy varios testimonios elocuentes de carácter arquitectónico. Gubbio está edificada en un estrecho valle y sobre la pendiente del monte Ingino (o Sant’Ubaldo), a una altura de 500 m. sobre el nivel del mar. La parte antigua de la ciudad conserva todo el aire típico del Medioevo. Tiene varios edificios civiles y religiosos de gran belleza e interés. Desde el punto de vista franciscano vale la pena destacar los siguientes: La Iglesia de San Francisco, construida a finales del siglo XIII, según el diseño de fray Bevignate de Perusa, en estilo románico-gótico. El campanario octogonal es posterior. Su interior está dividido en tres naves que rematan en ábsides poligonales. Tanto su interior como la fachada sufrieron modificaciones en el año 1754. Después de los trabajos de restauración realizados en 1942, fueron descubiertos varios frescos en los tres ábsides, de los cuales son de particular interés los de la capilla de la izquierda, obra de Ottaviano Nelli (1375-1450), que representan la vida de la Virgen. Desde el punto de vista franciscano merecen especial atención los restos de la casa de la familia Spadalunga que se encuentran en el muro de la derecha, junto a la entrada de la sacristía. La sacristía merece una visita, lo mismo que el claustro del Convento, edificado también en el siglo XIII. Es denominado «el convento de las cien celdas». Por medio de él nos podemos formar una idea de la rápida evolución de la vida franciscana, la cual tenía aquí una de sus formas típicas: los hermanos de «la comunidad». Tanto la iglesia como el convento están bajo el cuidado de los hermanos Conventuales. La Iglesia de San Francisco de la Paz o iglesia de los albañiles, está ubicada cerca de la puerta romana. Fue construida en el siglo XVII en el sitio donde, según la tradición, se retiraba a dormir el lobo domesticado por san Francisco y donde fue sepultado. De hecho, cerca del año 1900 fue hallado el cráneo de un lobo cuando se hacían unas excavaciones. Una inscripción en lengua italiana, en la parte superior de la puerta de entrada, dice así: «El año 1220, san Francisco, habiendo domado por medio de la cruz, en las afueras de Gubbio, una loba que devoraba hombres y animales, en medio del gran estupor del pueblo la trajo aquí y después, predicando encima de esta piedra, obtuvo del animal el compromiso solemne de no causar más daño alguno, mediante la promesa de ser alimentada a expensas de la ciudad, de tal suerte que, muy dócilmente la loba habitó en adelante en una cueva muy cercana de este lugar». En el interior de la iglesia se conservan dos piedras: una habría servido como pedestal a san Francisco para predicar y la otra habría cubierto la tumba del lobo. La iglesita de la Vittorina está situada fuera de los muros de la ciudad saliendo por la Porta Metauro, a no más de diez minutos de camino. Se trata de una capilla muy antigua, que se remonta a la mitad del siglo XI, dedicada a Santa María de la Victoria, para conmemorar un triunfo sobre los sarracenos invasores. Según la tradición, fue en los alrededores de esta capillita donde Francisco se encontró con el lobo salvaje. De hecho, en el interior de la capilla hay varias pinturas sobre la vida de san Francisco, una de las cuales representa la escena del lobo, debajo de la cual está escrito: «Es aquí donde, en 1220, san Francisco apaciguó al lobo malvado». Varios cronistas afirman que junto a esta iglesita moraron los primeros hermanos menores de Gubbio. En Vallingegno, a pocos kilómetros antes de llegar a Gubbio (a la derecha), se encontraba la abadía de san Verecondo donde, según la tradición más común, pasó el joven Francisco algunos días después del juicio ante el obispo de Asís, antes de seguir para Gubbio. (La otra tradición afirma que el hecho ocurrió en el monasterio de San Pietro in Vigneti)
Acontecimientos franciscanos acaecidos en Gubbio y sus alrededores.- Una vez concluido el gesto profético del despojo ante el obispo de Asís, el joven Francisco se dirige hacia el norte, lleno de gozo por la libertad interior que había adquirido. Se proclama «el heraldo del gran Rey» ante los ladrones, quienes le propinaron una fuerte paliza. Después llega a un monasterio de benedictinos en donde se emplea como ayudante de cocina para ganarse el alimento. A los pocos días se dirige a Gubbio donde un antiguo amigo suyo (Federico Spadalunga?) le regala una túnica (1 Cel 16; LM 2,5-6)
La actitud de Federico Spadalunga para con su amigo Francisco, quien comenzaba a responder a la llamada de Dios, merece la gratitud de todos los franciscanos, no tanto por la túnica que le regaló sino, ante todo, porque nos recuerda el valor de la amistad desinteresada: ayuda a su amigo en un momento de dificultad, aunque quizás en ese momento no comparte todavía su forma de pensar. Durante su permanencia en Gubbio, Francisco convive con los leprosos y les sirve (LM 2,6)
En cierta ocasión, cuando era huésped en el monasterio de San Verecundo, maldijo a una cerda que había matado a un corderito (2 Cel 111; Lam 8:6)
En Gubbio Francisco curó a una mujer que tenía las manos paralizadas (1 Cel 67; LM 12,10)
Y las fuentes narran otros varios milagros concedidos a personas de Gubbio por intercesión de san Francisco (1 C 132. 134. 136. 142)
Con todo, quizás el acontecimiento más famoso de todos los que recuerdan la presencia de Francisco en Gubbio sea el relacionado con el lobo amansado por el Santo. La fuente que nos lo relata es muy tardía, pero la tradición es muy fuerte. El acontecimiento se suele ubicar alrededor del año 1220. Una corriente interpretativa que se ha desarrollado a lo largo del siglo XX, afirma que el lobo no era un animal sino un temible ladrón que fue pacificado por Francisco (Flor 21)
Este episodio de la pacificación del lobo de Gubbio -poco importa si relacionado con un animal real o con un ladrón-, nos invita a cuestionarnos sobre nuestro compromiso como franciscanos en la construcción de la paz. Por vocación específica, el franciscano debe ser un mensajero de la paz. A propósito de esta vocación específica, nuestra reflexión puede tener varios aspectos: la concepción que tenemos de la paz, nuestro aporte real a la construcción de la paz, nuestra disposición personal para ser «hombres de paz», principiando por el nivel más íntimo de la vida fraterna, etc. ENTRE FOLIñO Y NARNI CANNARA Cannara es un pueblecito ubicado a unos 12 Km de Asís, en el centro del valle de Espoleto. Se la conoce así desde el siglo XII debido a la gran cantidad de cañas (canna) que había en sus alrededores. Es sede comunal perteneciente a la provincia de Perusa. La iglesia de la Buena Muerte es el lugar en donde, según la tradición local, se dio comienzo a la Tercera Orden Franciscana con la imposición del hábito de la penitencia al beato Lucio Modestine. Frente a esta iglesia está el palacio de la familia Majolica, construido donde se encontraba el hospital atendido anteriormente por los hermanos menores. Todavía se señala el sitio donde quedaba antes la celdita habitada varias veces por Francisco. Francisco estuvo varias veces en Cannara. El recuerdo más importante de sus visitas a este pueblo es sin duda la fundación de la Tercera Orden, según una de las tradiciones. Después de haber recibido de la hermana Clara y del hermano Silvestre la respuesta a sus inquietudes sobre el género de vida que debía seguir, se dirigió a Cannara con varios compañeros y predicó allí con tanto fervor, que hombres y mujeres querían formar parte de su Orden. Fue entonces cuando nació la iniciativa de crear una Fraternidad de penitencia para seglares. El capítulo 16 de las Florecillas habla primero de la predicación a los habitantes de Cannara, y luego de la predicación a los pájaros (Flor 16)
En el relato paralelo de la LM 12,1-4, san Buenaventura coloca primero la predicación a las aves y luego la predicación a los habitantes de Alviano. Hay quienes afirman que es más verosímil el itinerario presentado por las Florecillas (cf. 1 Cel 59)
MONTEFALCO Las noticias sobre los orígenes de este pueblo no son muy precisas. En el período romano ya se le menciona con el nombre de «Coccorone», que conservará hasta el año 1249, cuando fue destruido por las tropas de Federico II. Después de su restauración tomó el nombre actual. Formó parte de ducado de Espoleto y después de estar sometido a varias dominaciones de gobernantes vecinos, pasó a formar parte de los Estados pontificios desde mediados del siglo XV. Edificada sobre una colina de 472 m. sobre el nivel del mar, goza de una vista maravillosa sobre el valle de Espoleto. No en vano ha sido llamada «el balcón de la Umbría». Es particularmente célebre por los frescos que adornan sus iglesias. De entre todas ellas destacamos aquí la de San Francisco, hoy convertida en pinacoteca municipal. Fue edificada entre 1336 y 1338, pero sufrió algunas reformas en el siglo XVI. En el ábside central hay un interesante ciclo de la vida de san Francisco en doce cuadros pintados por Benozzo Gozzoli entre 1450 y 1452, lo mismo que la glorificación de san Francisco entre los santos de la Orden (en la bóveda) y las figuras de san Francisco y sus primeros compañeros (en los medallones bajo el arco triunfal)
La obra fue encomendada por fray Jacobo de Montefalco, quien sugirió los temas y los retratos. Tiene un cierto influjo de fray Angélico, lo cual no le resta nada del carácter propio que le imprimió Gozzoli. El ciclo comienza en la parte baja de la izquierda. FOLIñO Como centro de los pueblos umbros, Foliño tuvo una cierta importancia. Luego fue conquistada por los romanos en el año 295 a.C. Adquirió la categoría de prefectura y municipio romano, conocido como «Fulginiae». Después disminuyó su importancia. En el siglo XII llegó a ser comuna libre y a comienzos del siglo XIII pasó a los dominios de la Iglesia, pero en ocasiones peleó contra la gÜelfa Perusa. Foliño fue cuna de algunos cristianos célebres, especialmente relacionados con la Orden franciscana: la beata Angela de Foliño (? 1309), la beata Angelina de Marsciano (? 1445) y el beato Paulucio Trinci (? 1391), iniciador del movimiento de la Observancia. Fue también sede de una importante escuela de pintura, entre cuyos representantes se encuentran Bartolomé de Tomaso, NiccolÒ de Liberatore «el Alumno», Pier Antonio Mezzastris y Lattanzio. En Foliño surgió la segunda imprenta del centro de Italia (después de Subiaco), en donde se imprimió el primer libro en lengua italiana: La Divina Comedia. La ciudad está ubicada a la izquierda del río Topino a una altura de 234 m. Hoy es un floreciente centro industrial y comercial. Su arquitectura es predominantemente moderna, aunque posee también interesantes edificios antiguos tanto civiles como religiosos. La Plaza de la República es el centro de la ciudad. Allí se encuentra el palacio comunal y la Catedral, construida en el siglo XII pero transformada varias veces. En esta plaza de la República, sobre la pared de la esquina que da frente al palacio comunal, se puede ver una placa que recuerda la venta de las telas y del caballo que hizo el joven Francisco en el mercado de Foliño cuando se encontraba en los comienzos de su conversión. Impulsado por el efecto de su oración en la iglesita de San Damián, Francisco se dirige a Foliño, un centro comercial que seguramente él ya había frecuentado antes, y allí vende las telas que había sacado del almacén de su padre y el caballo (1 Cel 8; LM 2,1; TC 16; AP 7)
Otro lugar ligado indirectamente al recuerdo de Francisco es la iglesia de san Francisco, construida a mediados del siglo XIX en el sitio que ocupaba una iglesia del siglo XIII. En tiempo de Francisco sólo existía una capillita que, según la tradición, él frecuentaba cuando pasaba por Foliño. Estando Francisco descansando algunos días en Foliño, «lugar para él tan querido», en compañía de fray Elías y de otros hermanos, recibió el anuncio de su muerte dos años antes (1 Cel 109; cf. LP 99; EP 121)
Entre los milagros obrados por el Santo cabe destacar la curación del endemoniado Pedro de Foliño y del paralítico Nicolás (1 Cel 129. 137; LM milagros 8,4)
BOVARA Era llamada así a causa de los bueyes (bovis) que eran purificados en las aguas sagradas del Clitunno antes de ser sacrificados a los dioses de los romanos. La iglesia de San Pedro de esta localidad fue edificada en el siglo XII por un tal maestro Atto, quien dejó su nombre grabado en el rosetón. Inicialmente perteneció a los monjes de Sassovino y después a los Olivetanos. Actualmente es una iglesia parroquial de la diócesis de Espoleto. En la capilla de la izquierda (entrando) se conserva un crucifijo del siglo XII delante del cual oró san Francisco; este hecho y la visión de fray Pacífico son recordados en la inscripción que dice: «A Dios Optimo Máximo. A san Francisco de Asís que orando toda una noche en este sagrado templo, atacado cruelmente por los espíritus infernales y visto por el B. Pacífico en éxtasis ocupando la sede perdida por Lucifer, los monjes de este cenobio en prenda de devoción erigen este monumento en el año del Señor 1739». A comienzos del siglo XIII había dos leproserías en las inmediaciones de Trevi y Bovara: la de Santo Tomás y la de San Lázaro. San Francisco y Fr. Pacífico se hospedaron en una de ellas una vez, según lo atestiguan las fuentes: Francisco se hospeda en una leprosería cercana de Trevi, lo que confirma su costumbre de visitar y servir a los leprosos (2 Cel 122; LP 65)
Por otra parte, en la iglesia de San Pedro de Bovara tuvo lugar la tentación de san Francisco una noche que oraba allí, y cerca de ella, a la mañana siguiente, su compañero tuvo la visión del trono vacante dejado por Lucifer y reservado para Francisco, visión que fue representada por Giotto en la Basílica superior de Asís (2 Cel 122-123; LM 6,6 y 10,3; LP 65; EP 59)
ESPOLETO Y MONTELUCO Los orígenes de Espoleto se remontan alrededor del siglo X a.C., cuando fue fundada por los pueblos umbros. En el siglo VII pasó bajo el dominio de los etruscos y en el III bajo los romanos, quienes hicieron de ella un importante centro militar, cultural y religioso. A la caída del imperio romano, Espoleto fue muy codiciada por los pueblos invasores: ostrogodos, bizantinos y longobardos. Estos últimos hicieron de ella el centro de un ducado importante. Este ducado conservó siempre su prestigio, por lo cual fue muy codiciado por los francos, los alemanes y el papado. Entre los siglos XI y XII, los emperadores concedieron frecuentemente el ducado en feudo a sus vasallos alemanes, uno de los cuales fue Conrado de Ürslingen, quien en 1198 fue obligado a entregarlo al papado en la persona del cardenal Gregorio Crescenzi. Otón IV lo retomó en 1210 y se lo entregó a Rinaldo, hijo de Conrado de Ürslingen. En 1231 el papa Gregorio IX obligó al emperador Federico II a deponer a Rinaldo después de muchas luchas y tensiones, y el ducado pasó definitivamente bajo el dominio del papado. Pero después de esto, no faltaron las luchas internas, las rebeliones y los deseos de independencia, especialmente durante los siglos XIV y XV. Los comienzos de la vida franciscana en Espoleto están ligados a la iglesia de San Elías, la cual se encontraba sobre el cerro donde hoy se levanta la fortaleza (la Rocca)
Una tradición afirma que fue junto a esta iglesia donde Francisco tuvo su famoso sueño. Por eso se edificó allí más tarde un convento franciscano que duró hasta cuando fue construida la fortaleza (siglo XIV)
Alrededor del año 1218 se suele fijar el comienzo del eremitorio franciscano en la altura de Monteluco, lugar frecuentado por los anacoretas desde el siglo V, cuando vinieron varios de ellos prófugos de Oriente. Fueron los monjes benedictinos de San Giuliano quienes dieron a Francisco la capillita de Santa Catalina, alrededor de la cual se inició el eremitorio franciscano. Este eremitorio fue frecuentado por varios hermanos de la Orden, entre los cuales se menciona a san Antonio de Padua, san Bernardino de Siena y Paulucio Trinci. El beato Leopoldo de Gaichis le dio un gran impulso a este eremitorio a fines del siglo XVIII. Espoleto es un importante centro urbano de la región de la Umbría. Ocupa una posición privilegiada en una de las colinas que se desprenden de Monteluco, a una altura aproximada de 400 m. sobre el nivel del mar. Como centro cultural que es, anima un centro de estudios sobre la alta Edad Media, el teatro lírico experimental y el famoso festival de los dos mundos. Tiene numerosos monumentos civiles y religiosos, de los cuales aquí solo mencionamos: La catedral, de estilo románico, construida sobre las ruinas de la anterior, destruida por Federico Barbarroja (1155)
Fue consagrada en 1198. En el siglo XVII sufrió varias reparaciones y readaptaciones. En ella se conservan, entre otras obras de arte, algunas pinturas y el sepulcro de Filippo Lippi. En la historia franciscana esta catedral es memorable porque en ella fue canonizado san Antonio de Padua el 30 de mayo de 1232 por el papa Gregorio IX. En su archivo se encuentra uno de los escritos autógrafos de san Francisco, la carta a fray León, considerada como «la carta magna» de la libertad franciscana. El eremitorio de Monteluco está a una altura de 804 m. sobre el nivel del mar, y constituye hoy el núcleo de la «montaña santa de Espoleto» (lucus = bosque sagrado)
El lugar más primitivo del eremitorio es la capillita de Santa Catalina de Alejandría, edificada en piedra burda. Muy cerca de ella fueron construidas las celditas para los hermanos, de las cuales hoy se conservan siete; sus dimensiones y la pobreza del material empleado en su construcción (cañas liadas con bejucos y recubiertas de arcilla) nos hablan muy claramente de los «pobrecillos lugares» que servían de morada a los primeros hermanos. A los lados de estas celditas el convento sufrió algunas ampliaciones en tiempo de Paulucio Trinci y más tarde otras por orden de san Bernardino de Siena. Posteriormente se le han hecho nuevas adendas. En la iglesita que está junto a la entrada se encuentra el cuerpo de fray Leopoldo de Gaiche. A la izquierda de la entrada del convento hay un hermoso bosque, en el cual se pueden observar varias grutas que recuerdan la presencia de varios hermanos famosos: san Antonio de Padua y el beato Francisco de Pavía ( 1456)
Acontecimientos franciscanos.- Espoleto está ligada a un acontecimiento de capital importancia dentro del proceso inicial de la conversión de Francisco: la así llamada «visión de Espoleto», narrada por varias fuentes primitivas, aunque no todas mencionan explícitamente la ciudad. ávido de gloria, el joven Francisco decide partir para la Pulla y formar parte del ejército de Gualterio de Brienne. Hallándose en Espoleto, probable lugar de concentración y de primer adiestramiento, Francisco tiene una fuerte experiencia de Dios que lo lleva a desistir del proyecto iniciado y a regresar a Asís (2 C 6; LM 1,3; TC 6; AP 6-7)
Por otra parte, la visita a Espoleto nos brinda la ocasión de hacer una lectura reflexiva de la Carta que Francisco dirigió al hermano León, cuyo original se conserva en la catedral. Tanto la «visión de Espoleto» como la Carta a fray León nos ponen en un contexto de obediencia. El joven Francisco, al escuchar la voz de Dios («ob-audire»), renuncia a su proyecto personal para acoger el proyecto de Dios. Pero él no conoce todavía ese proyecto. Debe regresar a Asís para descubrir, lenta y confiadamente, el plan de Dios sobre su vida. La Carta al hermano León nos presenta a un Francisco con un sentido de la obediencia bastante amplio, en el que las únicas limitaciones son la conciencia de agradar a Dios y las exigencias del seguimiento de Jesucristo. Estos textos pueden quizás iluminar y reorientar nuestro sentido de la obediencia, en el que muchas veces mistificamos o racionalizamos hábilmente nuestros proyectos personales, haciéndolos aparecer como «voluntad divina»; en el que reclamamos la libertad personal sin ningún criterio teológico; en el que tal vez recurrimos a rigorismos legales para exigir a otros lo que a nosotros no nos exigimos. SPECO DE SANT’URBANO (NARNI) Está ubicado al sureste de Narni, sobre el monte San Pancracio, a una altura de 568 m. sobre el nivel del mar. Antes del siglo XIII existía allí una ermita dedicada a San Silvestre. Algunos cronistas afirman que Francisco llegó aquí en el año 1213 y le agradó sobremanera este sitio para la oración por lo retirado, por las cuevas y por el bosque. Parece que desde el comienzo fue muy frecuentado por Francisco y por varios hermanos, aunque los hagiógrafos del siglo XIII sólo hacen una vez referencia a él. Así, una de las grutas está ligada a la memoria de san Antonio de Padua. Igualmente, se afirma que la capillita con la celda contigua, situada en la parte superior, cerca de la gran gruta, fueron construidas para que Francisco habitara allí. El conventito actual fue edificado en tiempo de san Bernardino (primera miad del siglo XV)
Las reformas y adaptaciones posteriores han sabido respetar la simplicidad del ambiente arquitectónico primitivo, conservándose hoy todavía como uno de los lugares que mejor nos pueden hablar por sí mismos del género de vida que llevaban los primeros hermanos. Desde el claustro-terraza del conventito se tiene una visión espectacular del paisaje, con el camino serpenteante que lleva a Narni, las aldeas cercanas y las ruinas del castillo de Federico II, que desde comienzos del siglo XV pertenece a la familia Pacelli. Tornando la vista hacia la montaña, se goza de un precioso conjunto: los arcos del claustro, el juego de techos, el campanario y, al fondo, el ábside de la capillita de San Francisco rodeada del verde bosque. La parte más antigua del convento es la capilla de San Silvestre, construida en el siglo XII. Un fresco posterior representa a Cristo rodeado de san Francisco, la Magdalena, san Juan y san Silvestre. En la bóveda están representados san Jerónimo, la Anunciación, santa Catalina de Alejandría y santa Clara. Un sendero conduce a la capillita de Santa Clara, cerca de la cual se encuentran las grutas de San Antonio y San Bernardino. Subiendo por el camino del Vía Crucis, se encuentra, en primer lugar, el castaño milagroso, nacido, según se afirma, de una vara clavada allí por san Francisco. Un poco más adelante está la capillita y la celda de San Francisco, con una rústica cama. Al frente de la celda hay un montículo de piedra, desde donde el ángel interpretó la música celestial, según la leyenda. Finalmente, avanzando un poco más se puede ver la gran caverna: una hendidura larga e irregular que penetra varios metros en la roca. Según las fuentes, estando Francisco gravemente enfermo en este eremitorio, pidió un poco de vino, pero no había. Le trajeron entonces un poco de agua, la cual, al ser bendecida, se transformó en un vino extraordinario (1 C 61; LM 5,10)
De otra parte, una leyenda cuenta que estando Francisco enfermo en la celdita contigua al oratorio, preso de una gran melancolía, sintió necesidad de algún consuelo para su espíritu. La soledad de aquel lugar no le ofrecía más que silencio. Se dirigió entonces al Señor quien, escuchando su oración, le envió un ángel del cielo, el cual interpretó en su violín unas melodías tan hermosas que devolvieron a Francisco la alegría (cf. Wadding, Annales, 1213, n. 14)
La presencia de Francisco en Narni está ligada a estos dos acontecimientos de dimensiones muy humanas: el penitente y austero Francisco de Asís manifiesta su deseo de un poco de vino para fortalecer su cuerpo y de un poco de música para consolar su espíritu. Estos hechos nos permiten captar mejor las dimensiones de su espiritualidad y probablemente nos pueden ayudar a integrar mejor las llamadas «realidades terrestres» dentro de nuestra espiritualidad. Tanto Francisco como las grandes figuras del franciscanismo primitivo frecuentaban los lugares solitarios para hacer períodos intensos de oración y contemplación. Allí encontraban seguramente la energía necesaria para su servicio de evangelización. Ellos sabían combinar muy bien la dimensión contemplativa con la dimensión activa de nuestra vida. [Extraído de Fernando Uribe, O.F.M., Por los caminos de Francisco de Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1990, pp. 9-22 y 119-149]
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.