Tradición y Magisterio
La palabra tradición (el griego paradosis, en sentido lesiástico, que es el único en el que se utiliza aquí, a ves se refiere a la cosa (doctrina, narración o costumbre) transmitida de una generación a la otra, otras ves al órgano o modo de transmisión (kerigma ekklesiastikon, predicatio clesiastica). En el primer sentido, por ejemplo, es una vieja tradición que Jesucristo nació un 25 de diciembre, en el segundo sentido la tradición relata que en el camino al Calvario una piadosa mujer enjugó el rostro de Jesús. En lenguaje teológico, que en muchas circunstancias se ha vuelto común, hay aún más prisión, y esto en muchas dirciones. Al principio sólo se trataba de tradiciones que se adjudicaban un origen divino, pero subsuentemente emergieron cuestiones de tradición oral, como algo distinto de la tradición escrita, en el sentido de que una doctrina o institución no depende dirtamente de la Sagrada Escritura como fuente sino de la enseñanza oral de Cristo o de los apóstoles. Finalmente, en lo que toca al órgano de la tradición, debe ser uno oficial, un magisterium o autoridad docente.
En ese aspto hay varios puntos controvertidos entre los católicos y las diversas ramas del protestantismo. ¿Toda la verdad revelada está consignada en la Sagrada Escritura? ¿Puede o debe admitirse que Cristo dio a sus apóstoles instrucciones divinas para que las transmitieran a su Iglesia? ¿Debe admitirse que ellos las ribieron de los mismos labios de Jesús o de la inspiración o la revelación, y que luego las transmitieron a la Iglesia sin que estén incluidas en las escrituras inspiradas? ¿Debe admitirse que Cristo, en virtud de la autoridad divina, instituyó su iglesia como el órgano oficial y auténtico de transmisión y explicación de la revelación hecha a los hombres? El principio protestante es: la Biblia y solamente la Biblia. Según ellos, la Biblia es la única fuente teológica; no hay otra verdad revelada fuera de la que se contiene en la Biblia. Para ellos, la Biblia es la sola regla de fe y es sólo a través de ella que deben resolverse todos los problemas de fe. Ella es la única autoridad que obliga. En el otro extremo los católicos sostienen que puede haber, o de hecho hay y debe haber nesariamente, algunas verdades reveladas aparte de aquellas que aparen en la Biblia. Sostienen que Jesucristo ha establido de hecho y- para aduar los medios al fin- que Él debió establer un órgano vivo tanto para transmitir la Escritura y la revelación escrita como para poner la verdad revelada al alcance de todos y en todas partes. Tales son en ese sentido los dos puntos principales de controversia entre los católicos y los así llamados protestantes ortodoxos (diferentes de los protestantes liberales que no admiten ni la revelación sobrenatural ni la autoridad de la Biblia). Las otras diferencias se contan con esos dos puntos o se siguen de ellos, del mismo modo que las diferencias entre las diferentes stas protestantes: se alejan o acercan a la posición católica según que sean más o menos fieles al principio protestante.
No existe la misma diferencia fundamental entre los católicos y las stas cristianas orientales, ya que ambas partes admiten la institución divina y la autoridad divina de la Iglesia, con un sentido más o menos vivo y explícito de su infalibilidad e indeftibilidad, y de sus otras prerrogativas de enseñanza. Pero hay diferencias respto a los sujetos de la autoridad, a la unidad orgánica del cuerpo docente, a la infalibilidad del Papa, y a la existencia y naturaleza del desarrollo dogmático en la transmisión de la verdad revelada. Sin embargo, la teología de la tradición no consiste solamente en controversias y discusiones con adversarios. Todo católico que desee dar razón exacta de su fe y de los principios que profesa se hace fruentemente preguntas semejantes. ¿Cuál es exactamente la relación entre la tradición oral y las verdades reveladas de la Biblia; entre el magisterio vivo y las escrituras inspiradas? ¿Es posible que nuevas verdades entren a la corriente de la tradición, y qué papel juega el magisterio en relación con las revelaciones que Dios pueda hacer aún? ¿Cómo se organiza el magisterio oficial y en qué se basa para ronocer una tradición divina o una verdad revelada? ¿Cuál es su verdadero papel respto a la tradición? ¿Cuándo y dónde se preserva y transmite la verdad revelada? ¿Qué le aconte al depósito de la tradición durante su transmisión a través de las épocas? Estas y otras preguntas semejantes se tratan en otras partes de la ENCICLOPEDIA CATÓLICA, pero debemos separar y agrupar todas las que hacen referencia a la tradición y al magisterio vivo en cuanto que éste es el órgano de preservación y transmisión de la tradición y de la verdad revelada.
He aquí los puntos que hemos de tratar:
I. La existencia de una tradición divina que no está contenida en la Sagrada Escritura, y la institución divina del magisterio vivo para defender y transmitir la verdad revelada y la prerrogativa de ese magisterio.
II. La relación de la Escritura con el magisterio vivo, y de éste con la Escritura.
III. El modo corrto de la existencia de la verdad revelada en la mente de la Iglesia y de la manera de ronocer esa verdad.
IV. La organización y el ejercicio del magisterio vivo, su papel priso en la defensa y transmisión de la verdad revelada; sus límites y modos de acción.
V. La identidad de la verdad revelada en la multitud de fórmulas, sistematización y desarrollo dogmático; la identidad de la fe en la Iglesia y a través de las variaciones de la teología.
Un tratamiento completo de esas cuestiones requeriría un desarrollo muy largo; aquí sólo se puede dar una breve descripción. El lector deberá referirse a trabajos espializados para una explicación más completa (En espial al capítulo segundo de la 1ª. Parte del Nuevo Catismo de la Iglesia Católica y al documento Dei Verbum, del Concilio Vaticano II. N.T.).
I. Tradiciones divinas no contenidas en la Escritura. Institución del magisterio vivo. Sus prerrogativas
Los ataques de Lutero contra la Iglesia se refirieron al principio solamente a detalles doctrinales, pero la misma autoridad de la Iglesia se involucró en la disputa, como quedó pronto evidente a ambas partes. Ello hizo que la controversia se prolongara por muchos años, terminando por dirigirse a puntos particulares de la enseñanza tradicional más que a la autoridad para enseñar, y las armas principales fueron los textos bíblicos. El Concilio de Trento, aunque implicaba en sus disiones y anatemas la autoridad del magisterio vivo (que los mismos protestantes no osaban negar explícitamente), mientras citaba la tradición lesiástica y el sentido de la Iglesia para la determinación del canon o para la interpretación de algunos pasajes de la Sagrada Escritura, mientras establía una regla para interpretar los asuntos bíblicos, nunca se pronunció explícitamente en lo relativo a la autoridad docente. Se contentó con dir que la verdad revelada se encuentra en los libros sagrados y en tradición no escrita que viene de Dios a través de los apóstoles; esas eran las fuentes en las que se habría de fundar. Como es evidente, el Concilio sostenía que hay tradiciones divinas que no están contenidas en la Sagrada Escritura, revelaciones hhas a los apóstoles ya sea oralmente por Jesucristo, ya por inspiración del Espíritu Santo y transmitida por los apóstoles a la Iglesia. La Sagrada Escritura no es por tanto la única fuente teológica de la revelación hecha por Dios a su Iglesia. Junto a la Escritura está la tradición; junto a la revelación escrita hay una revelación oral. En este contexto, es imposible quedar satisfho con sólo la Biblia para solucionar todas las cuestiones dogmáticas. Ello constituyó el primer campo de controversia entre los teólogos católicos y los reformistas. La designación de la tradición divina no escrita no siempre fue hecha con la claridad deseada, espialmente en los primeros tiempos. Sin embargo los apologistas católicos pronto probaron a los protestantes que para ser lógicos y consistentes debían admitir como reveladas las tradiciones no escritas. Si no fuera así ¿porqué descansan en domingo y no en sábado? ¿Cómo pueden considerar válido el bautismo de niños, o el bautismo por infusión? ¿Cómo pueden ellos admitir los juramentos si Cristo nos romendó que no juráramos para nada? Los cuáqueros son más lógicos pues rhazan cualquier juramento. Igual los anabaptistas, pues bautizan de nuevo a los adultos, o los sabatistas pues descansan en sábado. Pero ninguno es tan consistente que no esté abierto al criticismo en algún punto. ¿Dónde dice en la Biblia que la Biblia es la única fuente de fe? Si vamos más lejos, los apologistas católicos mostraron a sus oponentes que no podrían tener un canon auténtico de la misma Biblia, a la que ellos se refieren como única fuente, ni garantía suficiente, sin una autoridad distinta de la Biblia. Calvino esquivó la crítica mencionando un cierto sabor por el que la palabra divina se manifiesta, en forma parida a como el paladar ronoce la miel. De hecho esa fue la única laguna: Calvino afirmó que ninguna autoridad humana podía ser aceptada en ese asunto. Claro que ello constituye un criterio muy subjetivo y demanda praución. Los protestantes no quisieron adherirse a él. Finalmente, una vez rhazada la tradición divina ribida de los apóstoles por la Iglesia infalible, ellos didieron apoyar su fe únicamente en la Biblia en cuanto autoridad humana, lo cual era claramente insuficiente dadas las circunstancias, ya que abría toda clase de dudas y preparaba el camino para el racionalismo bíblico. De hecho nunca habrá suficiente garantía para el canon de las escrituras, ni para su inspiración total, ni para su infalibilidad, si no se le busca en un testimonio divino que, al no estar amplia y claramente contenido en los libros sagrados, ni siendo fácilmente discernible en el escrutinio de los académicos, que son sólo académicos, no llega a nosotros con la misma garantía que aportaría si fuese transmitido por una autoridad asistida divinamente cual es, según los católicos, la autoridad del magisterio vivo de la Iglesia. Tal es la forma como los católicos demuestran a los protestantes que debe existir una tradición divina no contenida en la Sagrada Escritura. Igualmente les demuestran que es imposible no tener una autoridad docente, un magisterio vivo con autoridad de origen divino para solucionar controversias que surjan entre ellos y de las que fruentemente la Biblia es la causa. La experiencia ha probado que cada hombre encuentra en la Biblia lo que desea encontrar, como lo dijo uno de los primeros reformistas: "Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque, invenit et pariter dogmata quisque sua." Una persona encuentra la presencia divina, otro una simple presencia simbólica, otro una cierta forma de presencia eficaz. El ejercicio de la libre interpretación en lo concerniente a los textos bíblicos conduce a disputas interminables, a la anarquía doctrinal y, finalmente, a la negación de todo dogma. De acuerdo a la intención divina, tales disputas, anarquía doctrinal y negación no deben existir. De ahí la nesidad de una autoridad competente que resuelva las controversias e interprete la Biblia. Afirmar que la Biblia es perftamente clara y suficiente para todos fue indudablemente una expresión de desesperación, contraria a la experiencia y el sentido común. Los católicos la refutaron sin dificultad y su posición quedó más que justificada cuando los protestantes se empezaron a involucrar con los poderes civiles y a rhazar la autoridad doctrinal del magisterio lesiástico para raer en la de los príncipes. Más aún, bastaba ver la Biblia, leerla sin prejuicios, para notar que la onomía de la predicación cristiana era una de enseñanza oral. Cristo predicó, no escribió. En su predicación Él hacia mención de la Biblia, pero no se conformaba con su mera lectura; la explicaba y la interpretaba, la utilizó en su enseñanza, pero no la sustituyó con su enseñanza. Existe el ejemplo del misterioso viajero que explicó a los discípulos de Emmaus lo que hacía referencia a si mismo en las Escrituras para convencerlos de que el Cristo debía sufrir para entrar en su gloria. Y tal como Él predicó, así envió a sus apóstoles a predicar. No los envió a escribir sino a enseñar, y fue a través de la predicación y la enseñanza oral que ellos instruyeron a las naciones para traerlas a la fe. Fue algo incidental el que algunos de ellos hayan escrito por inspiración divina. No escribieron por simple afán de escribir, sino para complementar su enseñanza oral cuando no podían explicarla o clarificarla personalmente, o resolver problemas prácticos. San Pablo, el apóstol que más escribió, nunca pensó en escribir todo, ni en substituir su enseñanza oral con sus escritos. Por último, los mismos textos que nos muestran a Cristo instituyendo su Iglesia y a los apóstoles fundando comunidades y extendiendo la doctrina de Cristo al mundo nos describen una Iglesia dotada de autoridad para enseñar; los mismos apóstoles afirman tener esa autoridad, y con ella envían a otros del mismo modo come ellos habían sido enviados por Cristo, y como Cristo había sido enviado por Dios, siempre con el poder de enseñar la doctrina y de gobernar la Iglesia y bautizar. Quien creyera en ellos se salvaría; quien los rhazara se condenaría. San Pablo nos dice que es la Iglesia viva y no la escritura lo que constituye el pilar y el terreno firme de la verdad. De los textos y de los hhos se puede inferir la naturaleza exacta de la realidad. Ningún libro, así sea inspirado y divino, existe para explicarse a si mismo. Si es obscuro (y cualquier persona sin prejuicios sabe que hay oscuridades en la Biblia) debe ser interpretado. Y aunque fuese claro, no por ello tiene garantía de ser inspirado por la divinidad, ni de su autenticidad, ni de su valor. Alguien debe ponerlo al alcance de la gente, y el creyente no encontrará en él el objeto de su fe hasta que no haya hecho un acto de fe en la autoridad intermedia entre la Palabra de Dios y su lectura. Ahora bien, si se trata de comparar autoridades, ¿no es más confiable la de la Iglesia que la de cualquier advenedizo? Los protestantes liberales como M. Auguste Sabatier han sido los primeros en ronocer que el sistema católico, con su maravillosa organización del magisterio vivo, manifiesta una autoridad mayor que la del sistema protestante que sólo descansa en la autoridad de un libro.
Los textos ponen de manifiesto las prerrogativas de esta autoridad docente, que también están implícitas en la misma institución. Según la carta de san Pablo a Timoteo, la Iglesia es el pilar y la base de la verdad; los apóstoles y, consuentemente, sus sucesores, tienen el derecho de imponer su doctrina. Quienes la rhazan serán condenados. Quienquiera que la rhace ha naufragado en la fe. La autoridad es, por tanto, infalible. Y tal infalibilidad está garantizada implícita pero dirtamente en la promesa del Salvador: "Miren, estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos". En breve, la Iglesia continúa la misión de Cristo de enseñar, así como la misión de santificar. Su poder es la misma que Él ribió de su padre, y así como Él vino lleno tanto de gracia como de verdad, la Iglesia es una institución de verdad y de gracia. Su doctrina debe ser extendida por todo el mundo a pesar de tantas dificultades. El cumplimiento de esa misión ha requerido de milagros, de modo que Cristo dio a sus apóstoles la fuerza milagrosa que garantizaba su enseñanza. De mismo modo que Él confirmaba sus palabras con sus obras, así desea Él que los discípulos apoyen su doctrina con motivos excepcionales de credibilidad. Sus milagros eran los sellos divinos de su misión y la de sus apóstoles. El sello divino siempre se ha estampado sobre la autoridad de magisterio. No hace falta que cada misionero haga milagros, la Iglesia misma es un milagro viviente que lleva en su frente el testimonio excepcional de que Dios está con ella.
II. La relación de la Escritura con el magisterio vivo y del magisterio vivo con la Escritura
Esta relación es igual a la que existe entre el Evangelio y la predicación apostólica. Cristo utilizó la Biblia; la citó como una autoridad irrefutable; la explicó y la interpretó. Y cuando ella iluminaba su propia doctrina y misión, nos dejó una clave para su interpretación. Lo mismo hicieron los apóstoles cuando hablaban con los judíos. Ambas partes tenían acceso a la Sagrada Escritura a través de un texto admitido por todos. Ambos ronocían en las Escrituras la autoridad divina, la verdadera palabra de Dios. Los fieles seguían este mismo procedimiento en sus estudios y discusiones. Pero siempre fue nesario comenzar por presentar la Biblia y garantizar su autoridad cuando se trataba de hablar con los no creyentes. La doctrina cristiana referente a la Biblia tenía que ser explicada, y demostrada la garantía de esa doctrina, inclusive a los creyentes. La Biblia ha sido encomendada al cuidado del magisterio vivo. Corresponde a la Iglesia guardar la Biblia, presentarla a los fieles en ediciones autorizadas y traducciones prisas. Es misión de la Iglesia dar a conocer la naturaleza y el valor del libro sagrado a través de dlarar que está cierta de su inspiración e infalibilidad. Ella debe proveer la clave de su entendimiento explicando cómo y porqué fue inspirada la Biblia; en qué forma contiene la revelación. Igualmente, explicar que el objeto propio de la revelación no es una simple instrucción humana, sino una doctrina religiosa y moral orientada hacia nuestro destino sobrenatural y los medios para alcanzarlo; en qué forma se pueden encontrar bajo la corteza de la letra, significados, figuras y profías típicas que hacen del Antiguo Testamento una preparación y anuncio del Mesías y de la nueva alianza. En consuencia, le corresponde a la Iglesia determinar el canon auténtico y espificar las reglas y condiciones para la interpretación; de determinar, en caso de duda, el sentido exacto de algún libro o texto. Cuando sea nesario, debe salvaguardar incluso el valor histórico, profético o apologético de algún texto o pasaje. En ciertas cuestiones referentes a autenticidad, cronología, exégesis y traducción debe también pronunciarse por el rhazo de opiniones que comprometan la autoridad de algún libro o la veracidad de su doctrina, o por sostener algún cuerpo de doctrina contenido en un texto dado. Sobre todo ha sido siempre propio de la Iglesia hacer circular el Libro Sagrado acuñando su doctrina, adaptándola y explicándola, ofriéndola a los fieles como alimento de sus almas, complementando brevemente el libro mismo, utilizándolo y enseñando a otros a utilizarlo. Esa sería la deuda que la Escritura tiene con el magisterio vivo. Aunque más debe el magisterio vivo a la Escritura, pues en ella encuentra la palabra de Dios, rién pronunciada- por así dirlo-, según fue expresada por el autor inspirado bajo designio divino. Mientras que la tradición oral, aunque fielmente transmite la verdad revelada con asistencia divina, sin embargo la transmite solamente en fórmulas humanas. En cierta medida, en forma que trasciende cualquier duda, la Escritura nos da una expresión humana de la verdad que presenta, dado que es elaborada por medio del cerebro humano actuando humanamente, pero, también en cierta medida, nos presenta una expresión divina ya que ese desarrollo humano tiene lugar bajo la acción de Dios. Así que, guardadas las debidas proporciones, se puede dir de la palabra inspirada lo que Cristo dijo de la suya propia: "Es espíritu y vida". En forma divergente de la interpretación protestante, que a ves llega a deificar la Biblia, nosotros también admitimos que Dios nos habla a través de la Biblia más dirtamente que a través de la enseñanza oral. Esta última, sin embargo, siempre fiel a las romendaciones que Pablo hizo a su discípulo Timoteo, nunca deja de fundamentarse en las fuentes bíblicas para su instrucción y sacar de ahí la doctrina divina, una doctrina segura, siempre joven; una perenne expresión de esa doctrina, más aduada que cualquier otra a pesar de la inevitable inaduación de las fórmulas humanas a la realidad divina. En las manos de los maestros, la Sagrada Escritura puede convertirse en arma poderosa para la defensa y ataque contra la herejía. Cuando apare una controversia, siempre se rurre primero a la Biblia. Con fruencia, cuando se encuentran textos disivos, los maestros los manejan hábilmente y de tal modo que ponen de manifiesto su fuerza irresistible. Si no se encuentra texto alguno con la claridad nesaria, no se abandona sin embargo el rurso a la Sagrada Escritura. Guiado por el sentido claro de la verdad viva y luminosa que lleva en si mismo, por su semejanza con la fe a la que defiende contra el error bajo la asistencia divina, el magisterio vivo se esfuerza, explica, arguye y, ocasionalmente, matiza para hacer valer textos que, carentes por si mismos de un valor absoluto e independiente, adquieren una fuerza ad hominem, o valor, gracias a la autoridad del intérprete auténtico. El pensamiento de éste, a su vez, aunque en si mismo puede no estar contenido en la Escritura, sí queda claramente definido en su manejo de la Escritura, por su contacto con ella.
Es claro que no se trata aquí de algún significado que no esté en la Escritura pero al que el magisterio quiera hacer ver como si estuviera en la Escritura. Algunos escritores, individualmente, sí han hecho eso, porque como individuos sí son falibles. Pero nunca ha sido ese el caso del magisterio auténtico. Se trata sencillamente del beneficio que el magisterio saca de la Escritura ya para alcanzar una más clara conciencia de su propio pensamiento, ya para formularlo en términos solemnes, ya para rhazar triunfalmente una opinión a favor del error o la herejía. La Iglesia es infalible en lo tocante a la interpretación bíblica propiamente dicha en el sentido de que si por disión del Papa o del concilio, o en su enseñanza, ella afirma que un cierto pasaje de la Escritura tiene determinado sentido, ese sentido debe verse como el verdadero respto a dicho pasaje. La Iglesia afirma que el poder de la infalibilidad de interpretación sólo le compete en asuntos de moral o de doctrina, o sea, cuando la verdad moral o religiosa está en peligro dirtamente, si el texto o pasaje pertene al orden moral o religioso, o indirtamente, si al atribuir un significado a un texto o libro la veracidad de la Biblia, su valor moral o, el dogma que en él se inspira, su infalibilidad, están amenazadas. Sin adentrarse más en los múltiples servicios que la Biblia presta al magisterio vivo, se debe mencionar, empero, el que presta en el orden apologético. De hecho, la Escritura por su valor histórico, indisputable e indiscutido en muchos asptos, provee al apologista con argumentos irrefutables para apoyar la religión sobrenatural. Por ejemplo, contiene milagros cuya realidad es tan cierta para el historiador como puede ser cualquiera otro dato histórico ronocido. Esto se aplica verdaderamente y quizás con mayor razón, de los argumentos sacados de las profías. Pues las Escrituras, tanto en el antiguo como en el nuevo testamentos, contienen profías cuyo cumplimiento nosotros observamos en Cristo y sus apóstoles o en el desarrollo posterior de la Iglesia.
En vista de todo lo anterior se entiende fácilmente porqué la Iglesia, desde tiempos de San Pablo, ha venido romendando a sus ministros el estudio de las Sagradas Escrituras y ha estado celosamente atenta a su transmisión integral, su traducción exacta y su fiel interpretación. Si ocasionalmente la Iglesia se ha mostrado restrictiva en el uso de la Escritura, o en su difusión, es también debido a un fácilmente comprensible amor y estima de la Biblia. El libro sagrado no debe ser tomado como objeto de simple curiosidad, de interminable debate o de abuso de cualquier clase. En breve, ya que la Iglesia finalmente prueba ser la mejor salvaguarda de la razón humana en contra de sus propios excesos, así mismo se muestra, con el aval de protestantes sinceros, como la mejor defensora de la Biblia en contra de un biblicismo desenfrenado o de un criticismo ilimitado.
III. El modo propio de existencia de la verdad revelada según la mente de la Iglesia y la forma de ronocer esta verdad
Hay un principio común de la enseñanza cristiana (aprendido del mismo San Pablo) que dice que la verdad tradicional fue confiada a la Iglesia como un depósito que ella debe guardar y transmitir fielmente, tal como lo ribió, sin quitar ni añadir cosa alguna. Este principio expresa muy bien uno de los asptos de la tradición y una de las tareas principales del magisterio vivo. Pero la idea del depósito no nos debe hacer perder de vista la manera en la que la verdad tradicional vive y es transmitida en la Iglesia. El depósito no es una cosa inanimada que pueda pasar de mano en mano. Tampoco es, hablando apropiadamente, un conjunto de doctrinas e instituciones consignadas en libros u otros monumentos. Los libros y los monumentos son medios, órganos de transmisión, pero no son, estrictamente hablando, la tradición misma. Para mejor entender esto se debe representar como una corriente de vida y verdad que mana de Dios, a través de Cristo y de los apóstoles, hasta el último de los fieles que repite el credo y aprende el catismo. Este concepto de tradición no es siempre tan claro a la primera vista. Empero, se debe llegar a él si se quiere formar una idea clara de ella. Podemos intentar explicárnosla del siguiente modo: todos somos conscientes de un conjunto de ideas u opiniones que viven en nuestra mente y que forman parte de la vida de nuestra mente. A ves encuentran su expresión corrta; a ves nos encontramos sin una forma aduada de expresarlas a nosotros mismos o a los demás. Toda idea busca siempre su expresión, a ves actuando sobre nosotros y llevándonos a acciones de las que apenas somos conscientes reflexivamente. Algo semejante se podría dir de las ideas u opiniones que paren vivir y provocar sentimientos sociales en la gente, en las familias o en cualquier otro grupo para formar ahí el espíritu del día, de la familia, de un pueblo.
Este sentimiento común equivale, en cierto sentido, a la suma de los sentimientos individuales y sin embargo tenemos la clara impresión de que se trata de algo muy distinto al sentimiento individual tomado individualmente. Es algo sabido por la experiencia que hay un sentimiento común, algo parido a un espíritu común, y que ese espíritu común es el albergue de ciertas ideas y opiniones que son, ni duda cabe, compartidas por todo hombre, pero que adoptan una expresión puliar en cada persona en cuanto son ideas y opiniones de todos. La existencia de la tradición en la Iglesia debe verse como algo que vive en el espíritu y en el corazón, y que de ahí se traduce en actos, expresados en palabras o escritos pero que no manifiestan el sentimiento individual de cada fiel sino el común de la Iglesia; el sentimiento de los fieles. O sea, de todos aquellos que viven la vida de la Iglesia y están en comunión de pensamiento entre si y con ella. La idea viva es la idea de todos, es la idea de los individuos pero no en cuanto son individuos sino en cuanto son parte del mismo cuerpo social. Esto constituye la puliaridad del sentimiento de la Iglesia: que está toda bajo la acción de la gracia. De ello se sigue que dicho sentimiento no es sujeto, a diferencia del de los demás grupos humanos, a error, descuido o tendencias culpables. El Espíritu de Dios, que vive siempre en su Iglesia, sostiene ese sentimiento de verdad revelada que permane en ella.
Cualquier tipo de documento (escrito, monumento) puede ser, en manos de los expertos, así como de los fieles, un medio de encontrar o ronocer la verdad revelada a la Iglesia bajo la dirción de sus pastores. Entre el magisterio vivo de la Iglesia y los documentos escritos hay una relación semejante a la que se da, proporcionalmente hablando, entre la Escritura y el magisterio vivo. En ellos se encuentra el pensamiento tradicional expresado de acuerdo a los diferentes ambientes y circunstancias, que no son ya expresados en lenguaje inspirado como en el caso de las Escrituras, sino en uno puramente humano, sujeto consuentemente a las imprisiones y deftos del pensamiento humano. No obstante, entre más se acerca el documento a la expresión exacta del pensamiento vivo de la Iglesia, más posee el valor y la autoridad que pertenen a ese pensamiento, pues se convierten en mejor expresión de la tradición. A menudo fórmulas antiguas han entrado al flujo de la tradición y se han convertido en fórmulas oficiales de la Iglesia. De ahí se entiende que el magisterio vivo escruta el pasado tanto en busca de autoridades que favorezcan el pensamiento presente para defenderlo en contra de ataques o mutilaciones, tanto en busca de luz bajo la cual caminar sin distracción en el verdadero camino. El pensamiento de la Iglesia es esencialmente tradicional, y el magisterio vivo, al tomar conocimiento de antiguas fórmulas de ese pensamiento, reúne para si su fuerza y se prepara para dar a la verdad inmutable una expresión nueva que estará en armonía con las circunstancias del día actual y dentro del alcance de la mente contemporánea. La verdad revelada ha encontrado fórmulas definitivas desde los primeros tiempos. En esos casos el magisterio sólo tiene que preservarlas, explicarlas y ponerlas en circulación. A ves los intentos por expresar la verdad revelada han sido fallidos. Ha sucedido incluso que al intentar expresar la verdad revelada en términos de alguna filosofía, o de fundirla con alguna corriente del pensamiento actual, se ha distorsionado tanto que es difícil ronocerla o está tan entremezclada con el error que es difícil separarla. Cuando la Iglesia estudia los antiguos monumentos de su fe ella manda al pasado el reflejo de su pensamiento vivo y presente, y por simpatía de la verdad de hoy con la de ayer la Iglesia puede ronocer entre las obscuridades e imprisiones de las fórmulas antiguas las partes de la verdad tradicional, aunque estén mezcladas de error. También es la Iglesia (en la doctrina religiosa y moral) la mejor intérprete de documentos. Ella ronoce como por instinto lo que pertene a su pensamiento vivo y lo distingue de los elementos foráneos que se le hayan podido pegar en el curso de los siglos.
El magisterio vivo, por tanto, hace uso extenso de documentos del pasado, pero lo hace interpretando y juzgando, contento de encontrar en ellos su pensamiento actual. De la misma manera, cuando es nesario, lo hace distinguiendo su pensamiento actual de lo que sólo en apariencia es tradicional. Es siempre la verdad revelada, viva en la mente de la Iglesia o, si se prefiere, el pensamiento actual de la Iglesia en continuidad con su pensamiento tradicional, lo que constituye el criterio final según el cual el magisterio vivo adopta como verdadero o rhaza como falso las fórmulas fruentemente obscuras y confusas que aparen en los documentos del pasado. Así se explican tanto su respeto por los escritos de los Padres de la Iglesia como su total independencia de los mismos; los juzga más que permite ser juzgada por ellos. Harnack ha dicho que la Iglesia está acostumbrada a ocultar su evolución y borrar mientras pueda las diferencias entre sus pensamientos presente y pasado a base de condenar como heréticos a los más fieles testigos de lo que en un tiempo fue ortodoxo. Por no entender lo que es la tradición, el pensamiento siempre vivo de la Iglesia, ese autor cree que la Iglesia aborre su propio pasado cuando lo que hace es simplemente distinguir entre lo que era una verdad tradicional en el pasado y lo que era mezcla humana en esa verdad; la opinión personal de un autor que se presentaba en vez del pensamiento general de la comunidad cristiana. En cuanto a documentos oficiales, la expresión del magisterio infalible de la Iglesia encarnado en las disiones de los concilios o en los juicios solemnes de los papas, la Iglesia nunca contradice lo que ya ha didido una vez. Ella está vinculada con su pasado porque en él está fundada la totalidad de si misma, no solamente alguna parte falible de su pensamiento. De ahí que ella aún encuentre su doctrina y reglas de fe en esos venerables monumentos. Las fórmulas pueden haberse hecho viejas, pero la verdad que expresan constituye siempre su pensamiento actual.
IV. La organización y el ejercicio del magisterio vivo. Su papel espífico en la defensa y transmisión de la verdad revelada: Sus límites y modos de acción
Un estu
Transfiguración de Cristo, Fiesta de la
Señalada el 6 de agosto, para conmemorar la manifestación de la Divina Gloria, registrada por San Mateo (Cap. 17).
Origen: El Obispo armenio Gregorio Arsharuni (ca. 690 d. C.), adscribe el origen de ésta fiesta a San Gregorio el Iluminador ( m. en 337 d. C. ?), quien, afirma, sustituyó una celebración pagana de Afrodita llamada Vartabah (Llama de rosa), reteniendo la antigua apelación de la fiesta: Cristo abrió Su gloria como una rosa en el Monte Tabor. Sin embargo, no ha sido hallada en los dos antiguos calendarios armenios impresos por Conybeare (Ritual Armenio, 527 sq). La fiesta se originó probablemente, durante el s. IV o V d. C., en lugar de alguna otra de naturaleza pagana, en algún lugar de las tierras altas de Asia Menor.
Propagación: Al presente, los armenios observan la fiesta por tres días, como una de las cinco celebraciones mayores del año (séptimo domingo después de Pentostés), predida por un ayuno de seis días. También en la Iglesia Siria es una fiesta de primer orden. En la Iglesia Griega incluye una vigilia y Octava. La Iglesia Latina adoptó lentamente esta fiesta, no siendo mencionada antes del 850 d. C. (Martirologio de Wandelbert, Gavanti. "Thesarurus Liturg", II, August). Fue adaptada en la liturgia en muchas diócesis, cerca del s. X y celebrada mayormente el 6 de agosto. En la Galia e Inglaterra, el 27 de julio; Asimismo, en Meissen, el 17 de marzo; en Halberstadt, el 3 de septiembre, etc. En 1456, Calixto III extendió la fiesta a la Iglesia Universal, en memoria de la victoria de Hunvady sobre los turcos en Belgrado, el 6 de agosto del mismo año. El Papa mismo redactó el Oficio. Es la fiesta titular de la Basílica Laterana en Roma y fue elevada a categoría de fiesta de doble segundo orden para la Iglesia Universal, el 1 de noviembre de 1911.
Costumbres: En la Misa de éste día, el Papa emplea vino nuevo o presiona una racimo de uvas maduras en el cáliz; También en Roma son bendidas uvas pasas. Griegos y rusos bendicen uvas y otras frutas.
F.G. HOLWK
Transcrito por Paul T. Crowley
Dedicado al Padre Edward V. Rutowski
Traducido por Carlos Posadas
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.