San Juan Crisóstomo
(Chrisostomos "boca dorada" llamado así debido a su elocuencia).
Doctor de la Iglesia, nacido en Antioquia, c. 347; fallido en Commana en Ponto, el 14 de Setiembre de 407.
Jun - cuyo sobrenombre "Crisóstomo" apare por primera vez en la "Constitución" del Papa Vigilio (cf. P.L., LX, 217) en el año 553 - es generalmente considerado el más prominente doctor de la Iglesia Griega y el más grande predicador jamás escuchado en un púlpito Cristiano. Sus dotes naturales, como así también circunstancias externas, lo ayudaron a convertirse en lo que fue.
I. VIDA
(1) Niñez
En la época del nacimiento de Crisóstomo, Antioquia era la segunda ciudad de la parte Oriental del Imperio Romano. Durante la totalidad del siglo cuarto disputas religiosas perturbaron al imperio y encontraron su o en Antioquia. Paganos, Maniqueos, Gnósticos, Arrianos, Apolinarios, Judíos, hicieron sus prosélitos en Antioquia, y los Católicos estaban ellos mismos separados por el cisma entre los obispos Melito y Paulino. Por tanto la juventud de Crisóstomo acaió en tiempos difíciles. Su padre, Segundo, era un oficial de alto rango en el ejército Sirio. A su muerte, poco después del nacimiento de Juan, Anthusa, su mujer, de solamente veinte años de edad, se hizo cargo sola de sus dos hijos, Juan y una hermana mayor. Afortunadamente era una mujer de inteligencia y carácter. No sólo instruyó a su hijo en la piedad, sino que además lo envió a las mejores escuelas de Antioquia, aún cuando se pudieran hacer sobre ellas muchas objiones con relación a moral y religión. Además de las clases de Andragatio, un filósofo no conocido en otra parte, Crisóstomo siguió las de Libanio, al mismo tiempo el más famoso orador de ese período y el más tenaz adherente al paganismo dlinante de Roma. Como podemos observar en posteriores escritos de Crisóstomo, obtuvo en ese momento una considerable erudición Griega y cultura clásica, que de ningún modo repudió en sus días posteriores. La hostilidad que se le atribuye a la sabiduría clásica, es en realidad una mala interpretación de ciertos pasajes en los cuales defiende la filosofía del Cristianismo contra los mitos de los dioses paganos, cuyos principales defensores en su tiempo eran los representantes y maestros de la sophia ellenike (ver A. Naegele en "Byzantin. Zeitschrift", XIII, 73-113; Idem, "Chrysostomus und Libanius" en Chrysostomika, I, Roma, 1908, 81-142).
(2) Crisóstomo como Ltor y Monje
El día que conoció al obispo Meletio (alrededor de 367) se produjo un muy disivo punto de inflexión en la vida de Crisóstomo. El carácter sincero, gentil y encantador de este hombre cautivó a Crisóstomo de tal manera que pronto comenzó a apartarse de los estudios profanos y a consagrarse a una vida ascética y religiosa. Estudió las Santas Escrituras y fruentó los sermones de Meletio. Alrededor de tres años después ribió el Santo Bautismo y fue ordenado lector. Pero el joven clérigo, atraído por el deseo de una vida más perfta, poco después entró en una de las sociedades ascéticas cerca de Antioquia, la que estaba bajo la dirción espiritual de Carterio y espialmente del famoso Diodoro, más tarde obispo de Tarso (ver Palladius, "Dialogus", v; Sozomenus, "Hist. cles.", VIII, 2). La oración, el trabajo manual y el estudio de las Santas Escrituras eran sus principales ocupaciones, y podemos muy bien suponer que sus primeros trabajos literarios datan de aquella época, ya que prácticamente todos sus escritos tempranos tratan temas de ascetismo y monasticismo [cf. abajo escritos de Crisóstomo: (1) "Opuscuia"]. Cuatro años después, Crisóstomo didió vivir como anacoreta en una de las cuevas cercanas a Antioquia. Permanió allí dos años, pero como su salud estaba bastante deteriorada por indiscretas vigilias y ayunos en heladas y frió, prudentemente regresó a Antioquia para ruperar su salud, y reasumió su oficio de lector en la iglesia.
(3) Crisóstomo como Diácono y Sacerdote en Antioquia
Como las fuentes sobre Crisóstomo dan una cronología incompleta de su vida, no podemos sino determinar aproximadamente las fechas para este período Antíoco. Muy probablemente a comienzos de 381 Meletio lo hizo diácono, antes de su propia partida hacia Constantinopla, donde murió como presidente del Segundo Concilio uménico. El sucesor de Meletio fue Flaviano (con relación a cuya sucesión ver F. Cavallera, "Le Schime d’Antioche", Paris, 1905). Lazos de simpatía y amistad ligaban a Crisóstomo con su nuevo obispo. Como diácono tuvo que asistir en las funciones litúrgicas, cuidar a enfermos y pobres, y probablemente fue encargado en alguna medida de enseñar a los catecúmenos. Al mismo tiempo continuó con su trabajo literario, y podemos suponer que compuso su más famoso libro, "On de Priesthood" (Sobre el Sacerdocio), hacia el fin de este período (c.386, ver Socrates, "Hist.cl", VI,3), o a mas tardar en el comienzo de su sacerdocio (c. 387, como con buenas razones lo consigna Nairn en su edición de "De Sacerd.", xii-xv). Puede haber alguna duda si fue ocasionado por algún hecho histórico real, viz., que Crisóstomo y su amigo Basilio fueron requeridos para aceptar obispados (c.372). Todos los primeros biógrafos griegos paren no haberlo tomado en este sentido. En el año 386 Crisóstomo fue ordenado sacerdote por Flaviano, y desde allí data su real importancia en la historia lesiástica. Su principal tarea durante los siguientes doce años fue la de predicar, lo que debía ejutar con el Obispo Flaviano, o en lugar del mismo. Pero no hay dudas que gran parte de la instrucción religiosa popular y la educación rayeron sobre él. La primera ocasión notable que mostró el poder de su oratoria y su gran autoridad fue la Pascua de 387, cuando dio sus sermones "Sobre las Estatuas" (P.G., XLVIII, 15, xxx.). El pueblo de Antioquia, excitado por la raudación de nuevos impuestos, habían volteado las estatuas del emperador Teodosio. En el pánico y temor al castigo que le siguió Crisóstomo brindó una serie de veinte o veintiún (el dimonoveno probablemente no es auténtico) sermones, llenos de vigor, consoladores, exhortativos, tranquilizadores, hasta que Flaviano, el obispo, trajo desde Constantinopla el perdón del emperador. Pero la prédica usual de Crisóstomo consistía en explicaciones consutivas de las Santas Escrituras. A esa costumbre, desafortunadamente en desuso, debemos sus famosos y magníficos cometarios, que nos ofren tan inagotable tesoro de conocimiento dogmático, moral e histórico sobre la transición del cuarto al quinto siglo. Estos años 386-98, fueron el período de mayor productividad de Crisóstomo, un período que por si mismo podría haberle asegurado para siempre un lugar entre los primeros Doctores de la Iglesia. Un signo de esto podría ser visto en el hecho que ya en el año 392 San Jerónimo otorgara al predicador de Antioquia un lugar entre sus Viri illustres ("De Viris ill.", 129, in P.L., XXIII, 754), refiriéndose expresamente a la grande y exitosa actividad de Crisóstomo como escritor Teológico. De este mismo hecho podemos inferir que durante esa época su fama se había esparcido lejos más allá de Antioquia, y que era bien conocido en el Imperio Bizantino, espialmente en la capital.
(4) San Crisóstomo como Obispo de Constantinopla
En el curso ordinario de las cosas Crisóstomo debió haberse convertido en el sucesor de Flaviano en Antioquia. Pero el 27 de Setiembre de 397, muere Ntario, Obispo de Constantinopla. Había una rivalidad general en la capital, abierta o sreta, por la sede vacante. Después de algunos meses se supo, para desilusión de los competidores, que el Emperador Areadio, por sugerencia de su ministro Eutropio, había enviado al Prefto de Antioquia a llamar a Juan Crisóstomo fuera de la ciudad sin el conocimiento de la gente, y a enviarlo dirtamente a Constantinopla. De esta repentina manera Crisóstomo fue urgido hacia la capital, y ordenado Obispo de Constantinopla el 26 de Febrero de 398, en una gran asamblea de obispos, por Teofilo, Patriarca de Alejandría, quien había sido obligado a renunciar a la idea de asegurar la designación de Isidoro, su propio candidato. El cambio para Crisóstono fue tan grande como inesperado. Su nueva posición no era fácil, situado en medio de una advenediza metrópolis, mitad Occidental, mitad Oriental, en las cercanías de una corte en la que la lujuria y la intriga siempre jugaban la parte más prominente. y a la cabeza de un clero compuesto por los más heterogéneos elementos, y aún más (si no canónicamente, al menos prácticamente) a la cabeza de todo el episcopado Bizantino. El primer acto del nuevo obispo fue provocar la ronciliación entre Flaviano y Roma. La misma Constantinopla comenzó pronto a sentir el impulso de una nueva vida lesiástica.
La nesidad de reforma era innegable. Crisóstomo comenzó "barriendo las escaleras desde arriba" (Palladius, op- cit., v). El llamó a su oonomus, y le ordenó reducir los gastos del mantenimiento de la sede episcopal; puso fin a los fruentes banquetes, y vivió poco menos estrictamente de lo que antes había vivido como sacerdote y monje. Con relación al clero, Crisóstomo al comienzo tuvo que prohibirle tener en sus casas syneisactoe, i.e. mujeres que había hecho votos de virginidad y atendían sus casas. También procedió contra otros que, por avaricia o lujuria, habían producido escándalo. Hasta tuvo que excluir del rango del clero a dos diáconos, uno por asesinato y otro por adulterio. De los monjes también, que ya por esa época eran muy numerosos en Constantinopla, algunos habían preferido vagar sin rumbo y sin disciplina. Crisóstomo los confinó a sus monasterios. Finalmente cuidó de las viudas eclesiásticas. Algunas de ellas estaban viviendo de manera mundana: las obligó a casarse nuevamente, o a observar las reglas del doro exigidas por su estado. Después del clero, Crisóstomo volvió su atención a su rebaño. Como había hecho en Antioquia, tal hizo en Constantinopla y con más razón, fruentemente predicó contra las extravagancias irrazonables de los ricos, y espialmente contra adornos en materia de vestimentas a que eran aftas mujeres cuya edad debía ponerlas más allá de tales vanidades. Algunas de ellas, las viudas Marsa, Castricia, Eugraphia, conocidas por tales ridículos gustos, pertenían al círculo de la corte. Pare que las clases altas de Constantinopla no habían estado previamente acostumbradas a tal lenguaje. Sin duda algunos sintieron que la reprimenda les estaba dirigida a ellos, y la ofensa producida fue mayor en proporción a lo merida que la reprimenda fuera. Por otra parte, el pueblo se mostraba deleitado con los sermones de su nuevo obispo, y fruentemente lo aplaudían en la iglesia (Socrates, "Hist. cl." VI). Nunca olvidaron su cuidado por el pobre y el miserable, ni que en su primer año había construido un gran hospital con el dinero ahorrado de sus gastos domésticos. Pero Crisóstomo tenía también muy íntimos amigos entre las clases ricas y nobles. La más famosa fue Olympias, viuda y diacona, una familiar del Emperador Teodosio, mientras que en la Corte propiamente dicha estaba Brison, primer acompañante de Eudoxia, quien asistía a Crisóstomo en la instrucción de sus coros, y siempre mantuvo una verdadera amistad por él. La emperatriz misma fue, desde el principio de lo más amistosa con el nuevo obispo. Siguió las procesiones religiosas, asistió a sus
sermones, y obsequió candelabros de plata para el uso de las iglesias (Socrates, op. cit., VI, 8; Sozomenus, op. cit., VIII, 8).
Desafortunadamente, los sentimientos de amistad no duraron. Al principio Eutropio, el antes esclavo, entonces ministro y cónsul, abusó de su influencia. Privó a algunas personas ricas de sus propiedades, y persiguió a otros de los que sosphaba fueran sus adversarios o rivales. Más de una vez Crisóstomo fue él mismo a lo del ministro (ver "Oratio ad Eutropium" en P.G., Chrys. Op., III, 392) para protestar ante el, y a advertirle de los resultados de sus propios actos, pero sin éxito. Entonces las damas arriba nombradas, quienes inmediatamente rodearon a la emperatriz, probablemente no ocultaron su resentimiento contra el estricto obispo. Finalmente, la misma emperatriz cometió una injusticia privando a una viuda de su viñedo (Marcus Diac., "Vita Porphyrii", V, no. 37, en P.G., LXV, 1229). Crisóstomo intercedió por esta última. Pero Eudoxia se mostró ofendida. Desde entonces hubo una cierta frialdad entre la Corte imperial y el palacio episcopal, el cual, criendo poco a poco, llevó a una catástrofe. Es imposible determinar exactamente en que período comenzó esta alienación, muy probablemente dató de comienzos del año 401. Pero antes que este estado de las cosas se tornara conocido para el público, ocurrieron eventos de la más alta importancia política, y Crisóstomo, sin buscarlo, fue implicado en ellos. Estos fueron la caída de Eutropio y la revuelta de Gainas.
En Enero de 399, Eutropio, por una razón no exactamente conocida, cayó en desgracia. Conociendo los sentimientos de la gente y de sus enemigos personales, huyó a la iglesia. Como él mismo había intentado abolir la inmunidad del asilo lesiástico no mucho tiempo antes, la gente parió poco dispuesta a perdonarlo. Pero Crisóstomo interfirió, entregando su famoso sermón sobre Eutropio, y el caído ministro fue salvado por el momento. Como, sin embargo, trató de escapar durante la noche, fue capturado, exiliado, y poco tiempo después matado. Inmediatamente le siguió otro evento más excitante y más peligroso. Gainas, uno de los generales imperiales, había sido enviado a someter a Tribigild, quien se había rebelado. En el verano de 399 Gainas se unió abiertamente con Tribigild, y, para restaurar la paz, Arcadio tuvo que someterse a las más humillantes condiciones. Gainas fue nombrado comandante en jefe del ejército imperial, y hasta le tuvieron que ser entregados Aureliano y Saturnino, dos hombres del más alto rango en Constantinopla. Pare que Crisóstomo aceptó una misión ante Gainas, y que, debido a esta intervención Aureliano y Saturnino fueron perdonados por Gaínas y hasta puestos en libertad. Poco después, Gainas, que era un Godo Arriano, demandó una de las iglesias Católicas de Constantinopla para él y para sus soldados. Nuevamente Crisóstomo tuvo una oposición tan enérgica que Gainas cedió. Mientras tanto el pueblo de Constantinopla se había comenzado a excitar, y en una noche varios miles de Godos fueron asesinados. Gainas sin embargo escapó, fue derrotado y asesinado por los Hunos. Tal fue el fin en el lapso de pocos años de tres cónsules del Imperio Bizantino. No hay duda que la autoridad de Crisóstomo se había fortalido grandemente por la magnanimidad y firmeza de carácter que había demostrado durante todos estos conflictos. Puede haber sido esto lo que aumentó los celos de aquellos que entonces gobernaban el imperio - una camarilla de cortesanos con la emperatriz a la cabeza. A estos se les unieron nuevos aliados de los rangos eclesiásticos incluyendo algunos obispos provinciales - Severiano de Gabala, Antíoco de Ptolemais, y, por algún tiempo, Acacio de Beroea - quienes preferían las atracciones de la capital a residir en sus propias ciudades(Sócrates , op. cit., VI, 11; Sozomenus, op. cit., VIII, 10). El más intrigante entre ellos era Severiano, quien se adulaba a sí mismo diciendo que era el rival de Crisóstomo en elocuencia. Pero hasta ese momento nada había sido revelado en público. Un gran cambio ocurrió durante la ausencia de Crisóstomo de Constantinopla por varios meses. Esta ausencia fue nesaria por un asunto lesiástico en Asia Menor, en el cual estaba involucrado. Aceptando la expresa invitación de varios obispos, Crisóstomo, en el primer mes de 401, fue a Efeso, donde designó un nuevo arzobispo, y con el consentimiento de la asamblea de obispos depuso a seis obispos por simonía. Tras haber fallado la misma sentencia sobre el Obispo Gerontio de Nicomedia, regresó a Constantinopla.
Mientras tanto habían ocurrido allí cosas desagradables. El Obispo Severiano, a quien Crisóstomo pare haberle encomendado el desempeño de ciertas funciones eclesiásticas, había entrado en abierta enemistado con Serapion, el archidiácono y oonomus de la catedral y del palacio episcopal. Cualquiera pueda haber sido la razón real, Crisóstomo encontró el caso tan serio, que invitó a Severiano a que regresara a su propia sede. Fue solamente debido a la intervención personal de Eudoxia, cuya confianza poseía Serapión, que se le permitió volver de Calcedonia, donde se había retirado.
La ronciliación que siguió no fue sincera, al menos de parte de Severiano, y el escándalo público había excitado muchos sentimientos enfermizos. Los eftos pronto fueron visibles. Cuando en la primavera de 402, el Obispo Porfirio de Gaza (ver Marcus Diac., "Vita Porphyrii", V, ed. Nuth, Bonn, 1897, pp. 11-19) fue a la Corte de Constantinopla a obtener el favor para su diócesis, Crisóstomo le contestó que no podía hacer nada por él, ya que él mismo había caído en desgracia con la emperatriz. Sin embargo, el partido de los descontentos no era realmente peligroso, a menos que pudieran encontrar algún líder prominente e inescrupuloso. Tal persona se presentó más pronto de lo que podrían haberlo esperado. Fue el bien conocido Teófilo, Patriarca de Alejandría. Aparió bajo circunstancias bastante curiosas, lo que de ningún modo anunciaba el resultado final. Teófilo, hacia el fin del año 402, fue convocado por el emperador a Constantinopla para disculparse ante el sínodo, que debería presidir Crisóstomo, por varios cargos, que habían sido presentados en su contra por ciertos monjes Egipcios, espialmente por los llamados cuatro "hermanos altos". El patriarca, su antiguo amigo, se había puesto repentinamente en su contra, y los había perseguido como Origenistas (Palladius, "Dialogus", xvi; Socrates, op. cit., VI, 7; Sozomenus, op. cit., VIII, 12).
Sin embargo, Teófilo no era fácilmente atemorizable. Siempre tenía agentes y amigos en Constantinopla, y conocía el estado de las cosas y los sentimientos en la corte. Entonces resolvió tomar ventaja de ellos. Escribió de inmediato a San Epifanio a Chipre, pidiendo que fuera a Constantinopla y convenciera a Crisóstomo de condenar a los Origenistas. Epifanio fue. Pero cuando se dio cuenta que Teófilo estaba meramente usándolo para sus propios propósitos, dejó la capital, muriendo en el regreso en 403. En ese tiempo Crisóstomo pronunció un sermón contra la vana lujuria de la mujer. Le fue reportado a la emperatriz como si ella hubiera estado aludida en él. De esta manera el terreno estaba preparado. Teófilo finalmente aparió en Constantinopla en Junio de 403, no solo, como se le había ordenado, sino con veintinueve de sus obispos sufragantes, como nos dice Palladius (ch.viii), con una buena cantidad de dinero y todo tipo de regalos. Tomó alojamiento en uno de los palacios imperiales, y mantuvo conferencias con los adversarios de Crisóstomo. Luego se retiró con sus sufragantes y otros nueve obispos a una villa cerca de Constantinopla, llamada epi dryn (see Ubaldi, "La Synodo ad Quercum", Turin, 1902). Una larga lista de ridículas acusaciones fueron erigidas contra Crisóstomo (ver Photius, "Bibliotha", 59, en P.G., CIII, 105-113), quien, rodeado por cuarenta y dos arzobispos y obispos reunidos para juzgar a Teófilo de acuerdo con las órdenes de emperador, fue ahora convocado a presentarse él mismo y disculparse. Crisóstomo naturalmente se rehusó a ronocer la legalidad de un sínodo en el cual sus abiertos enemigos fueran los jues. Después de la tercera citación a Crisóstomo, y con el consentimiento del emperador, se dlaró que fuera depuesto. A los eftos de evitar un inútil derramamiento de sangre, se rindió al tercer día a los soldados que lo esperaban. Pero las amenazas del excitado pueblo, y un repentino accidente en el palacio imperial, atemorizaron a la emperatriz (Palladius, "Dialogus", ix). Ella temió algún castigo del cielo por el exilio de Crisóstomo, y de inmediato ordenó su restauración. Después de alguna vacilación Crisóstomo re entró en la capital en medio de gran regocijo del pueblo. Teófilo y sus partidarios se salvaron huyendo de Constantinopla. El retorno de Crisóstomo fue, en si mismo, una derrota para Eudoxia. Cuando sus temores se fueron, revivió su rencor. Dos meses después, una estatua de plata de la emperatriz fue descubierta en la plaza justo frente a la catedral. Las celebraciones públicas que asistieron a este incidente, y que duraron varios días, se hicieron tan bulliciosas que molestaron los oficios en la iglesia. Crisóstomo se quejó al prefto de la ciudad, quien le informó a Eudoxia que el obispo se había quejado de su estatua. Esto fue suficiente para excitar a la emperatriz más allá de todo límite. Convocó a Teófilo y a los otros obispos para que volvieran y depusieran a Crisóstomo nuevamente. Sin embargo, el prudente patriarca, no deseaba correr el mismo riesgo por una segunda vez. El solamente escribió a Constantinopla que Crisóstomo debía ser condenado por haber reentrado a su sede en oposición a un artículo del Sínodo de Antioquía mantenido en el año 341 (un sínodo Arriano). Los otros obispos no tenían ni la autoridad ni el coraje para hacerle un juicio formal. Todo lo que ellos pudieron hacer fue urgir al emperador a que firmara un nuevo dreto de exilio. Un doble atentado contra la vida de Crisóstomo fracasó. En Vísperas de Pascua de 404, cuando todos los catecúmenos estaban por ribir el bautismo, los adversarios del obispo, con soldados imperiales, invadieron el baptisterio y dispersaron a toda la congregación. Al final Arcadio firmó el
dreto, y el 24 de Junio de 404, los soldados condujeron a Crisóstomo una segunda vez al exilio.
(5) Exilio y Muerte
Cuando ellos habían escasamente dejado Constantinopla, una inmensa conflagración destruyó la catedral, el senado y otros edificios. Los seguidores del obispo exiliado fueron acusado del crimen y perseguidos. Apresuradamente Arsacio, un hombre viejo, fue designado sucesor de Crisóstomo, pero fue pronto sucedido por el astuto Atico. Quienquiera que rehusara entrar en comunión con ellos era castigado con la confiscación de su propiedad y el exilio. En cuanto a Crisóstomo, fue conducido Cucusus, un aislado y escabroso lugar en la frontera este de Armenia, continuamente expuesto a las invasiones de los Isáuricos. En el siguiente año tuvo hasta que huir por cierto tiempo al castillo de Arabisso para protegerse de esos bárbaros. Mientras tanto siempre mantenía correspondencia con sus amigos y nunca abandonó la esperanza de regresar. Cuando las circunstancias de esta deposición fueron conocidas en el Occidente, el papa y los obispos italianos se dlararon en su favor. El emperador Honorio y el Papa Inocencio I intentaron convocar un nuevo sínodo, pero sus delegados fueron apresados y enviados a casa. El papa rompió toda comunión con los Patriarcas de Alejandría, Antioquia (donde un enemigo de Crisóstomo había sucedido a Flaviano), y Constantinopla, hasta que (después de la muerte de Crisóstomo) consintieron admitir su nombre en los dípticos de la Iglesia. Finalmente todas las esperanzas para el exiliado obispo se desvanieron. Aparentemente el estaba viviendo demasiado para sus adversarios. En el verano de 407. se dio la orden de llevarlo a Pithyo, un lugar en la frontera extrema del imperio, cerca del Caúcaso. Uno de los dos soldado que tuvo que llevarlo le causó todo tipo de sufrimientos posibles. Fue forzado ha hacer largas marchas, fue expuesto a los rayos del sol, a las lluvias y el frío de las noches. Su cuerpo, ya debilitado por varias enfermedades severas, finalmente se quebró. El 14 de Setiembre la partida estaba en Comanan en Ponto. En la mañana Crisóstomo había pedido descansar allí considerando el estado de su salud. En vano; fue forzado a continuar su marcha. Muy pronto se sintió tan débil que tuvieron que volver a Comana. Algunas horas después Crisóstomo murió. Sus últimas palabras fueron: Doxa to theo panton eneken (Gloria a Dios por todas las cosas) (Palladius, xi, 38). Fue enterrado en Comana. El 27 de Enero de 438, su cuerpo fue trasladado a Constantinopla con gran pompa, y puesto en una tumba en la iglesia de los Apóstoles donde Eudoxia había sido enterrada en el año 404 (ver Socrates, VII, 45; Constantine Prophyrogen., "Cæremoniale Aul Byz.", II, 92, in P.G., CXII, 1204 B).
II LOS ESCRITOS DE SAN CRISÓSTOMO
Crisóstomo ha merido un lugar en la historia lesiástica, no simplemente como Obispo de Constantinopla, sino principalmente como Doctor de la Iglesia. No poseemos tantos escritos de ningún otro de los Padres Griegos. Podemos dividirlos en tres porciones, los "opúsculos", las "homilías" y las "cartas". (1) Los principales "opúsculos" datan todos de los tempranos días de actividad literaria. Los siguientes se ocupan de materias monásticas: "Comparatio Regis cum Monacho" ("Opera", I, 387-93, in P.G., XLVII-LXIII), "Adhortatio ad Theodorum (Mopsuestensem?) lapsum" (ibid., 277-319), "Adversus oppugnatores vitae monasticae" (ibid., 319-87). Aquellos que tratan materias ascéticas están en general en el tratado "De Compunctione" en dos libros (ibid., 393-423), "Adhortatio ad Stagirium" en tres libros (ibid., 433-94), "Adversus Subintroductas" (ibid., 495-532), "De Virginitate" (ibid., 533-93), "De Sacerdotio" (ibid., 623-93). (2) Entre las "homilías" tenemos que distinguir comentarios sobre libros de las Sagradas Escrituras, grupos de "homilías" (sermones) sobre temas espiales, y un gran número de homilías aisladas. (a) Los principales "comentarios" sobre el Viejo Testamento son las sesenta y siete homilías "Sobre el Génesis" (con ocho sermones sobre el Génesis, que son probablemente una primera revisión (IV, 21 sqq., y ibid., 607 sqq.); cincuenta y nueve homilías "Sobre los Salmos" (4-12, 41, 43-49, 108-117, 119-150) (V, 39-498), concerniente a las cuales ver Chrys. Baur, "Der urspr ngliche Umfang des Kommentars des hl. Joh. Chrysostomus zu den Psalmen" en Chrysostomika, fase. i (Roma, 1908), 235-42, un comentario sobre los primeros capítulos de "Isaias" (VI, 11 sqq.). Los fragmentos de Job (XIII, 503-65) son espurios (ver Haidacher, "Chrysostomus Fragmente" en Chrysostomika, I, 217 sq.); la autenticidad de los fragmentos sobre Proverbios (XIII, 659-740), sobre Jeremias y Daniel (VI, 193-246), y la Sinopsis del Viejo y Nuevo Testamento (ibid., 313 sqq.), es dudosa. Los principales comentarios sobre el Nuevo Testamento son las primeras noventa homilías sobre "San Mateo" (alrededor del año 390, VII), ochenta y ocho homilías sobre "San Juan" (c. 389; VIII, 23 sqq - probablemente de una edición posterior), cincuenta y cinco homilías sobre "los Hhos" ( como fuera preservada por estenógrafos, IX, 13 sqq.), y homilías "Sobre todas las Epístolas de San Pablo" (IX, 391 sqq.). Los mejores y más importantes comentarios son aquellos sobre los Salmos, sobre San Mateo y sobre la Epístola a los Romanos (escrita c.391). Las treinta y cuatro homilías sobre la Epístola a los Galatas también es probable que llegue a nosotros de un segundo editor. (b) Entre las "homilías formando grupos conexos", podemos mencionar espialmente cinco homilías "Sobre Ana" (IV, 631-76), tres "Sobre David" (ibid., 675-708), sseis "Sobre Ozias" (VI, 97-142), ocho "Contra los Judíos" (II, 843-942), doce "De Incomprehensibili Dei Natur " (ibid., 701-812), y las siete famosas homilías "Sobre San Pablo" (III, 473-514). (c) Un gran número de "homilías individuales" tratan de temas morales, de ciertas fiestas o santos. (3) Las "Cartas" de Crisóstomo (alrededor de un número de 238: III, 547 sqq.) fueron todas escritas durante su exilio. De espial valor por sus contenidos naturaleza íntima son las diisiete cartas a la diácona Olimpia. Entre las numerosas "Apocrypha" podemos mencionar la liturgia atribuida a Crisóstomo, quien quizás modificó, pero no compuso el antiguo texto. El más famoso apocryphon es la "Carta a Cesarius" (III, 755-760). Contiene un pasaje sobre la santa Eucaristía que pare favorer la teoría de "impanatio", y las disputas sobre ella han continuado por más de dos siglos. El más importante trabajo espurio en Latín es el "Opus imperftum", escrito por un Arriano en la primera mitad del siglo quinto. (ver Th. , "Das Opus impeftum in Matthæum", Tübingen, 1907).
III. LA IMPORTANCIA TEOLÓGICA DE CRISÓSTOMO
(1) Crisóstomo como Orador.
El éxito de Crisóstomo predicando se debe principalmente a su gran facilidad natural de palabra, la que era extraordinaria aún para los griegos, a la abundancia de sus pensamientos como así también a la popular forma de presentarlos y de ilustrarlos, y, por último pero no menos importante, la sinceridad de todo corazón y la convicción con el que entregaba el mensaje el cual sentía le había sido entregado a él. Las explicaciones espulativas no atraían su mente, ni se hubieran aduado a los gustos de sus oyentes. Ordinariamente prefería materias morales y muy pocas ves seguía en sus sermones un plan regular, ni tampoco se cuidaba de evitar disgresiones cuando cualquier oportunidad la sugería. De este modo, no es de ninguna manera modelo para nuestra moderna prédica temática, la cual, aunque podamos lamentarlo, ha subplantado en tan gran medida al viejo método homiliético. Pero los fruentes arrebatos de aplausos entre su congregación pueden haberle dicho a Crisóstomo que estaba en la senda corrta.
(2) Crisóstomo como exégeta
Como exégeta Crisóstomo es de la mayor importancia, ya que es el principal y casi el único exitoso representante de los principios exegéticos de la Escuela de Antioquía. Diodoro de Tarso lo había iniciado en el métod gramático-histórico de esa escuela, el que estaba en fuerte oposición a la interpretación excéntrica, alegórica y mística de Orígenes y la Escuela Alejandrina. Pero Crisóstomo corrtamente evitó forzar sus principios hasta el extremo al que, más tarde los llevó, su amigo Teodoro de Mopsuestia, el maestro de Nestorio. Él ni siquiera excluyó todas las explicaciónes alegóricas o místicas, pero las confino a casos en los cuales el propio autor inspirado sugería este significado.
(3) Crisóstomo como Teólogo Dogmático
Como ya ha sido dicho, Crisóstomo no era una mente espulativa, ni estuvo durante su vida involucrado en grandes controversias dogmáticas. No obstante sería un error menospriar los grandes tesoros teológicos que esconden sus escritos. Desde los comienzos fue considerado por los Griegos y los Latinos como un muy importante testigo de la Fe. Aún en el Concilio de Efeso (431) ambos partidos, San Cirilo y los Antioques, ya lo invocaban en favor de sus opiniones, y en el Séptimo Concilio uménico, cuando un pasaje de Crisóstomo había sido leido en favor de la veneración de imágenes, el Obispo Pedro de Nicomedia exclamó: " Si Juan Crisóstomo habla de ese modo de las imágenes, quien se atrevería a hablar contra ellas?" lo que muestra claramente el progreso que había hecho su autroidad para esa fecha.
Curiosamente, en la Iglesia Latina, Crisóstomo fue invocado aún antes como una autoridad en materia de fe. El primer escritor que lo citó fue Pelagio, cuando escribió su perdido libro "De Naturæ" contra San Agustín (c. 415). El propio Obispo de Hippo, poco tiempo después (421) reclamó por la enseñanza Católica de Crisóstomo en su controversia con Julián de lanum, quien le había opuesto un pasaje de Crisóstomo (de "Hom. ad Neophytos", conservado solamente en latín ) como si estuviera contra el pado original (ver Chrys. Baur, "L’entrée littéraire de St. Jean Chrys. dans le monde latin" e la "Revue d’histoire clés.", VIII, 1907, 249-65). Nuevamente, en tiempo de la Reforma, crieron largas y ácidas discusiones sobre si Crisóstomo era un Protestante o un Católico, y esas polemicas no han cesado nunca totalmente. Es cierto que Crisóstomo tiene algunos extraños pasajes en nuestra Bendita Señora [ver Newman, "Certain difficulties felt by Anglicans in Catholic Teachings" (Ciertas dificultades sentidas por los Anglicanos en las Enseñanzas Católicas), Londres, 1876, pp. 130 sqq.], que pare ignorar la confesión privada a un sacerdote, que no hay ningun pasaje claro y dirto en favor de la primacía del papa. Pero debe ser rordado que ninguno de los resptivos pasajes contienen nada positivo contra la actual doctrina Católica. Por otro lado, Crisóstomo explícitamente ronoce como una regla de fe a la tradición (XI, 488), como prescripta por la enseñanza autorizada de la Iglesia (I, 813). Esta Iglesia, dice, es sólo una, por la unidad de su doctrina (V, 244; XI, 554); está esparcida por todo el
San Juan Damasceno
Nacido en Damasco, hacia el año 676; muerto en algún momento entre los años 754 y 787. La única biografía del santo existente es la de Juan, Patriarca de Jerusalén, que data del Siglo X (P.G. XCIV, 429-90). Esta vida es la única fuente de la que han sido extraídos los materiales de todas sus noticias biográficas. Es extremadamente insatisfactoria desde el punto de vista de la crítica histórica. Una exasperante falta de detalles, una pronunciada tendencia legendaria, y un estilo indigesto son sus principales características. Probablemente el nombre del padre de Juan fue Mansur. Lo poco que se sabe de él indica que era un excelente cristiano al que el ambiente infiel no aftaba en su fervor religioso. Aparentemente su adhesión a la verdad cristiana no constituía ofensa a los ojos de sus compatriotas sarracenos, pues pare haber gozado de su estima en grado eminente, y haberse hecho cargo de los deberes de principal funcionario financiero del califa, Abdul Malek. El autor de la vida sólo registra el nombre de dos de sus hijos, Juan y su medio hermano Cosme. Cuando el futuro apologista hubo alcanzado la edad de veintitrés años su padre buscó un tutor cristiano capaz de dar a sus hijos la mejor educación que permitía la época En esto fue singularmente afortunado. Estando un día en la plaza del mercado descubrió entre los cautivos tomados en una riente expedición a las costas de Italia a un monje siciliano llamado Cosme. La investigación le demostró que era un hombre de profunda y amplia erudición. Por medio de la influencia del califa, Mansur consiguió la libertad del cautivo y lo nombró tutor de sus hijos. Bajo la tutela de Cosme, Juan hizo tan rápidos progresos que, en el lenguaje entusiasta de su biógrafo, pronto igualó a Diofanto en álgebra y a Euclides en geometría. Iguales progresos hizo en música, astronomía y teología.
A la muerte de su padre, Juan Damasceno fue hecho protosimbolos, o alcalde, de Damasco. Fue durante el ejercicio de este cargo cuando la Iglesia de Oriente comenzó a verse agitada por los primeros rumores de la herejía iconoclasta. En 726, a despho de las protestas de Germán, Patriarca de Constantinopla, León el Isáurico publicó su primer edicto contra la veneración de las imágenes. Desde su seguro refugio en la corte del califa, Juan Damasceno inmediatamente se implicó contra él, en defensa de esta antigua tradición de los cristianos. No sólo se opuso personalmente al monarca bizantino, sino que promovió la resistencia del pueblo. En 730 el Isáurico publicó un segundo edicto, en el que no sólo prohibía la veneración de las imágenes, sino que incluso impedía su exhibición en lugares públicos. A este dreto real replicó el Damasceno con un vigor aún mayor que antes, y mediante la adopción de un estilo más sencillo puso el punto de vista cristiano de la controversia al alcance de la gente de la calle. Una tercera carta subrayaba lo que ya había dicho y advertía al emperador de que tuviera cuidado con las consuencias de su ilegal acción. Naturalmente, estas poderosas apologías suscitaron la ira del emperador bizantino. Habiendo conseguido una carta autógrafa escrita por Juan Damasceno, falsificó una carta, de letra exactamente igual, dando a entender que había sido escrita por Juan a el Isáurico, y que le ofría entregar en sus manos la ciudad de Damasco. Envió la carta al califa. No obstante la formal dlaración de inocencia del consejero, aquél la aceptó como genuina y ordenó que la mano que la escribió se le cortara por la muña. La sentencia fue ejutada, pero, según su biógrafo, por intervención de la Santísima Virgen, la mano amputada fue milagrosamente restaurada.
El califa, convencido ahora de la inocencia de Juan, lo habría repuesto con gusto en su anterior cargo, pero el Damasceno había oído una llamada a una vida superior, y con su hermanastro entró en el monasterio de San Sabas, a unas diiocho millas al sudeste de Jerusalén. Tras la habitual probación, Juan V, Patriarca de Jerusalén, le confirió el ministerio del sacerdocio. En 754 el pseudo-Sínodo de Constantinopla, reunido por orden de Constantino Coprónimo, el sucesor de León, confirmó los principios de los iconoclastas y anatematizó por su nombre a los que se habían opuesto a ellos de manera destacada. Pero la mayor parte del rencor del concilio se reservó para Juan de Damasco. Se le llamó "maldito favoredor de los sarracenos", "traicionero adorador de imágenes", "ofensor de Jesucristo", "maestro de impiedad" y "mal intérprete de las Escrituras". Por orden del emperador su nombre fue escrito "Manzer" (Manzeros, bastardo). Pero el Séptimo Concilio uménico de Nicea (787) hizo abundantes rtificaciones a los insultos de sus enemigos, y Teófanes, escribiendo en 813, nos dice que fue apodado Crisorroas (corriente de oro) por sus amigos por sus dotes oratorias. En el pontificado de León XIII fue incluido entre los doctores de la Iglesia. Su fiesta se celebra el 27 de Marzo.
Juan de Damasco fue el último de los Padres griegos. Su genio no fue el del desarrollo teológico original, sino el de la compilación de carácter enciclopédico. De hecho, el estado de pleno desarrollo al que había sido llevado el pensamiento teológico por los grandes escritores griegos y los concilios le dejaban poco más que la labor de un enciclopedista; y esta obra la realizó de manera tal que merió la gratitud de todas las épocas posteriores. Algunos le consideran el prursor de los escolásticos, mientras que otros lo consideran como el primer escolástico, y a su "De fide orthodoxa" como la primera obra del Escolasticismo. También los árabes deben no poco de la fama de su filosofía a su inspiración. La más importante y mejor conocida de todas sus obras es aquella a la que el propio autor dio el nombre de "Fuente de sabiduría" (pege gnoseos).
Esta obra se ha tenido siempre en la máxima estima tanto por la Iglesia Católica como por la Griega. Su mérito no es el de la originalidad, pues el autor afirma, al final del segundo capítulo de la "Dialéctica", que no es su propósito exponer sus propias opiniones, sino más bien cotejar y resumir en una única obra las opiniones de los grandes escritores eclesiásticos anteriores a él. Se le concede un interés espial porque es el primer intento de una summa theologica que ha llegado hasta nosotros.
La "Fuente de la sabiduría" se divide en tres partes, a saber, "Capítulos filosóficos" (Kephalaia philosophika), "Referente a la herejía" (peri aipeseon), y "Una exacta exposición de la Fe Ortodoxa" (Ikdosis akribes tes ortodoxou pisteos). El título del Libro primero es en cierto modo demasiado genérico para su contenido y por consiguiente se le llama más comúnmente "Dialéctica". Con excepción de los quince capítulos que tratan exclusivamente de lógica, tiene principalmente que ver con la ontología de Aristóteles. Es en gran medida un sumario de las Categorías de Aristóteles junto con la "Isagoge"de Porfirio (Eisagoge eis tas kategorias). La intención de Juan Damasceno pare haber sido dar a sus ltores únicamente el conocimiento filosófico que era nesario para comprender las partes siguientes de la "Fuente de la sabiduría". Por más de una razón la "Dialéctica" es una obra de interés inusual. En primer lugar es un listado de la terminología técnica utilizada por los Padres griegos, no sólo contra los herejes, sino también en la exposición de la Fe en beneficio de los cristianos. Es interesante, también, por la razón de que es una exposición parcial del "Organon", y por la aplicación de sus métodos a la teología católica un siglo antes de que hiciera su aparición la primera traducción árabe de Aristóteles. La segunda parte, "Referente a la herejía", es poco más que la copia de una obra similar de Epifanio, puesta al día por Juan Damasceno. De hecho el autor niega expresamente su originalidad, excepto en los capítulos dedicados al Islamismo, la Iconoclastia y los Aposquitas. A la lista de ochenta herejías que forman el "Panarion" de Epifanio, añadió veinte herejías que habían brotado desde su época. Al tratar del Islamismo, ataca vigorosamente las prácticas inmorales de Mahoma y las corruptas enseñanzas incluidas en el Corán para legalizar los delitos del profeta. Como Epifanio, acaba la obra con una ferviente profesión de Fe. La autoría de Juan sobre este libro se ha discutido, por la razón de que el autor, al tratar del Arrianismo, habla de Arrio, que murió cuatro siglos antes de la época del Damasceno, como viviendo aún y causando la ruina espiritual de su pueblo. La solución de la dificultad se encuentra en el hecho de que Juan Damasceno no resumió el contenido del "Panarion", sino que lo copió literalmente. De ahí que el pasaje referido esté en las términos exactos de Epifanio, que era contemporáneo de Arrio.
Referente a la Fe Ortodoxa", el tercer libro de la "Fuente de la sabiduría", es el más importante de los escritos de Juan Damasceno y una de las más notables obras de la antigüedad cristiana. Su autoridad ha sido siempre grande entre los teólogos de Oriente y Occidente. Aquí, de nuevo, el autor modestamente rhaza toda pretensión de originalidad - cualquier propósito de intentar una nueva exposición de la verdad doctrinal. Se asigna la tarea menos pretenciosa de roger en una sola obra las opiniones de los autores antiguos dispersas por muchos volúmenes, y de sistematizarlas y relacionarlas en un conjunto lógico. No es poco para el crédito de Juan de Damasco que fuera capaz de dar a la Iglesia en el Siglo VIII su primer resumen de opiniones teológicas relacionadas. Por orden de Eugenio III se tradujo al latín por Burgundio de Pisa, en 1150, poco antes de que apariera el "Libro de Sentencias" de Pedro Lombardo. Esta traducción fue utilizada por Pedro Lombardo y Santo Tomás de Aquino tanto como por otros teólogos, hasta que los humanistas la desharon por otra más elegante. El autor sigue el mismo orden que Teodoreto de Ciro en su "Resumen de Doctrina Cristiana". Pero, mientras que imita el plan general de Teodoreto, no hace uso de su método. Cita, no sólo de las páginas de la Sagrada Escritura, sino también de los escritos de los Padres. Como resultado, su obra es un inagotable tesoro de la tradición que se convierte en el modelo para los grandes escolásticos que vinieron después. En particular extrae generosamente de Gregorio Nacianceno, cuyas obras pare haber absorbido, de Basilio, Gregorio de Nisa, Cirilo de Alejandría, León Magno, Atanasio, Juan Crisóstomo, y Epifanio. La obra se divide en cuatro libros. Esta división, sin embargo, es arbitraria, ni contemplada por el autor ni justificada por el manuscrito griego. Es probablemente obra de un traductor latino que pretendía acomodarla al estilo de los cuatro libros de las "Sentencias" de Pedro Lombardo.
El primer libro de "La Fe Ortodoxa" trata de la esencia y existencia de Dios, la naturaleza divina y la Trinidad. Como evidencia de la existencia de Dios cita la concurrencia de opiniones entre los iluminados por la Revelación y los que tienen sólo la luz de la razón para guiarlos. Con la misma finalidad emplea el argumento sacado de la mutabilidad de las cosas creadas y el de su designio. Tratando, en el segundo libro, del mundo físico, resume todas las opiniones de su época, sin comprometerse, sin embargo, con ninguna de ellas. En el mismo tratado revela un conocimiento global de la astronomía de su tiempo. Aquí también se dedica espacio a la consideración de la naturaleza de los ángeles y los demonios, el paraíso terrestre, las propiedades de la naturaleza humana, la presciencia de Dios, y la predestinación. Tratando del hombre (c. xxvii)da lo que acertadamente se ha llamado "psicología en embrión". Contrariamente a las enseñanzas de Plotino, el maestro de Porfirio, identifica mente y alma. En el tercer libro se discute con gran habilidad acerca de la personalidad y doble naturaleza de Cristo. Esto conduce a la consideración de la herejía monofisita. En relación con esto trata de la añadidura de Pedro Fullo al "Trisagio", y combate la interpretación de Anastasio de este antiguo himno. Este último, que era abad del monasterio de San Eutimio en Palestina, refería el "Trisagio" sólo a la Segunda Persona de la Trinidad. En su carta "Referente al Trisagio" Juan Damasceno sostiene que el himno no se aplica al Hijo solo, sino a cada Persona de la Santísima Trinidad. Este libro también contiene una enérgica defensa del derecho de la Santísima Virgen al título de "Theotokos". Se enfrenta vigorosamente con Nestorio por intentar sustituir el título de "Madre de Dios" por el de "Madre de Cristo". Las Escrituras se discuten en el cuarto libro. Al asignar veintidós libros al Canon del Antiguo Testamento está tratando del Canon hebreo, y no del cristiano, tal cómo lo encuentra en una obra de Epifanio, "De ponderibus et mensuris". Su tratamiento en este libro de la Presencia Real es espialmente satisfactorio. El capítulo diinueve contiene un poderoso alegato en pro de la veneración de las imágenes.
El tratado "Contra los Jacobitas", se escribió a petición de Pedro, Metropolitano de Damasco, quien le impuso la tarea de ronducir a la Fe al obispo jacobita. Es una dura polémica contra los Jacobitas, que es como se llamaban los Monofisitas de Siria También escribió contra los Maniqueos y los Monotelitas. El "Folleto referente al juicio rto" es poco más que una profesión de Fe, confirmada por argumentos que exponen los misterios de la Fe, espialmente la Trinidad y la Encarnación. Aunque Juan de Damasco escribió voluminosamente sobre las Escrituras, como en el caso de tantos de sus escritos, su obra lleva escasamente la marca de la originalidad. Sus "Pasajes seltos" (Loci selti), como él mismo admite, están tomados en gran medida de las homilías de San Juan Crisóstomo y añadidas como comentarios a textos de las Epístolas de San Pablo. El comentario sobre las Epístolas a los Efesios, Filipenses, Colosenses, y Tesalonicenses está tomado de San Cirilo de Alejandría. Los "Paralelos sagrados" (Sacra parallela) es una espie de concordancia tópica que trata principalmente de Dios, el hombre, las virtudes y los vicios.
Bajo el título general de "Homilías" escribió catorce discursos. El sermón sobre la Transfiguración, del que Lequien afirma que se pronunció en la iglesia del Monte Tabor, es de excelencia mayor de la habitual. Se caracteriza por la elocuencia dramática, la vívida descripción, y la riqueza de imaginería. En él discurre sobre su tópico favorito, la doble naturaleza de Cristo, cita los textos clásicos de las Escrituras en testimonio de la primacía de Pedro, y atestigua la doctrina católica de la Penitencia sacramental. En su sermón sobre el Sábado Santo diserta sobre el cumplimiento pascual y la Presencia real.
La Anunciación es el texto de un sermón, que ahora existe sólo en la versión latina de un texto árabe, en el que atribuye diversas bendiciones a la intercesión de la Santísima Virgen. El segundo de sus tres sermones sobre la Asunción es espialmente notable por su detallado relato de la traslación del cuerpo de la Santísima Virgen al cielo, un relato, advierte, que se basa en la tradición más antigua y digna de confianza. Tanto Liddledale como Neale consideran a Juan de Damasco como el príncipe de los autores de himnos griego. Sus himnos se contienen en los "Carmina" de la edición de Lequien. Los "cánones" de la Navidad, Epifanía y Pentostés están escritos en trímetros yámbicos. Tres de sus himnos se han hecho ampliamente conocidos y admirados en su versión inglesa - "Esas moradas eternas", "Venid fieles, elevad el ánimo", y "Este es el día de la Resurrción". El más famoso de los cánones es el de Pascua. Es un canto de triunfo y de acción de gracias - el "Te Deum" de la Iglesia Griega. Es una opinión tradicional, últimamente controvertida, que Juan Damasceno compuso el "Octoëchos", que contiene himnos litúrgicos utilizados por la Iglesia Griega en sus servicios dominicales. Gerbet, en su "Historia de la Música sacra", le acredita de haber hecho para Oriente lo que Gregorio Magno llevó a cabo en Occidente-la sustitución por notas y otros caracteres musicales de las letras del alfabeto para indicar cantidades musicales. Es seguro que adaptó la música coral a las finalidades de la Liturgia. Entre las diversas obras que se atribuyen dudosamente a Juan Damasceno la más importante es la novela titulada "Barlaam y Josafat". A lo largo de la Edad Media gozó de una amplísima popularidad en todos los idiomas. No se considera auténtica por Lequien, y el descubrimiento de una versión siríaca de la "Apología de Arístides" demuestra que lo que equivale a diesiséis páginas impresas de ella fue tomada dirtamente de Arístides. El panegírico de Santa Bárbara, aunque aceptado por Lequien como genuino, es rhazado por muchos otros. El tratado titulado "Referente a los que han muerto en la Fe" es rhazado como espurio por Suárez, Belarmino y Lequien, no sólo por sus discrepancias doctrinales, sino también por su carácter fabuloso. La primera edición griega de las obras de Juan Damasceno fue la de la "Exacta exposición de la Fe Ortodoxa" publicada en Verona (1531) bajo los auspicios de Gian Matteo Giberti, obispo de Verona. Otra edición griega de la misma obra se publicó en Moldavia (1715) por Ioan Epnesinus. También se imprimió una edición latina en París (1507), por Jacobus Faber. Henry Gravius, O.P., publicó una edición latina en Colonia (1546) que contenía las siguientes obras: "Dialéctica", "Instrucción elemental y dogmática", "Referente a las dos voluntades y operaciones", y "Referente a la herejía". Una edición gro-latina con una introducción de Mark Hopper hizo su aparición en Basilea (1548). Una edición similar, pero mucho más completa se publicó en el mismo lugar en 1575. Otra edición latina, que constituye una colción parcial de las obras del autor es la de Michel Lequien, O.P., publicada en París (1717) y Venia (1748). A la reimpresión de esta edición, P.G., XCIV-XCVI (París, 1864), Migne ha añadido un suplemento de obras atribuidas por algunos a la autoría de Juan Damasceno.
JOHN B. O’CONNOR
Transcrito por Anthony A. Killeen
En Memoria del P. Cyril Power S.J.
Traducido por Francisco Vázquez
[N. del T: Tras la reforma del calendario romano llevada a cabo por Pablo VI después del Concilio Vaticano II, la fiesta de S. Juan Damasceno se trasladó al 4 de Diciembre]
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