San Juan Bautista
Las fuentes principales relativas a la vida y ministerio de San Juan Bautista son los Evangelios canónicos. De estos, San Lucas es el más completo, rogiendo como hace las maravillosas circunstancias que acompañaron el nacimiento del Prursor y detalles sobre su ministerio y su muerte. El Evangelio de San Mateo se mantiene en estrha relación con el de San Lucas, en cuanto se refiere al ministerio público de Juan, pero no contiene nada de lo relativo al comienzo de su vida. De San Marcos, cuyo relato de la vida del Prursor es muy escaso, no se puede roger ningún detalle nuevo. Finalmente el cuarto Evangelio tiene esta espial característica, que da el testimonio de San Juan tras el bautismo del Salvador. Aparte de las indicaciones suministradas por estos escritos, alusiones de pasada se producen en pasajes tales como Hhos, 13, 24; 19, 1-6; pero son pocos y se refieren al asunto sólo indirtamente. A lo anterior debe añadirse lo que Josefo relata en su Antigüedades Judías (XVIII, v, 2); pero debe rordarse que es lamentablemente errático en sus fechas, equivocado en los nombres propios, y pare manipular los hhos según sus propias opiniones políticas; sin embargo, su juicio sobre Juan, también lo que nos dice sobre la popularidad del Prursor, junto con algunos detalles de menor importancia, son dignos de la atención del historiador. No se puede dir lo mismo de los evangelios apócrifos, porque la escasa información que dan del Prursor es o bien copiada de los Evangelios canónicos (y no añade autoridad a estos), o bien es un conjunto de divagaciones infundadas.
Zacarías, el padre de Juan el Bautista, era un sacerdote de la estirpe de Abías, la octava de las veinticuatro clases en que fueron divididos los sacerdotes (I Cro., 24, 7-19); Isabel, la madre del Prursor, era "descendiente de Aarón" según San Lucas (1, 5); el mismo evangelista, unos versículos después (1, 36) la llama "prima" (syggenis) de María. Estas dos afirmaciones paren contradictorias, pues, se preguntará, ¿ cómo podía ser una prima de la Santísima Virgen "descendiente de Aarón"? El problema se podría resolver adoptando la lectura que se da en una antigua versión persa, donde encontramos "hermana de la madre" (metradelphe) en vez de "prima". Una explicación en cierto modo análoga, probablemente tomada de algún escrito apócrifo, y tal vez corrta, se da por San Hipólito (en Nicefor., II, iii). Según ella, Mathan tuvo tres hijas, María, Soba, y Ana. María, la mayor, se casó con un hombre de Belén y fue la madre de Salomé; Soba se casó también en Belén, pero con "un hijo de Leví", de quien tuvo a Isabel; Ana desposó a un galileo (Joaquín) y dio a luz a María, la Madre de Dios. Así Salomé, Isabel, y la Santísima Virgen fueron primas hermanas, e Isabel, "descendiente de Aarón" por línea paterna, era, por su madre, prima de María. El hogar de Zacarías se designa sólo de una manera vaga por San Lucas: era "una ciudad de Judá", en "la región montañosa" (1, 39). Reland, que aboga por la injustificada suposición de que Judá pueda ser un error de ortografía del nombre, propuso leer en vez de él, Yuttá ( Josué, 15, 55; 21, 16), una ciudad sacerdotal al sur de Hebrón. Pero los sacerdotes no siempre vivían en ciudades sacerdotales (el hogar de Matatías estaba en Modin, el de Simón Macabeo en Gaza). Una tradición que puede remontarse a la época anterior a las Cruzadas, señala a la pequeña ciudad de Ain-Karim, a cinco millas al suroeste de Jerusalén. El nacimiento del Prursor fue anunciado de la manera más chocante. Zacarías e Isabel, como sabemos por San Lucas, "eran los dos justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril" (1, 6-7). Habían rezado mucho para que su unión fuera bendida con descendencia; pero, ahora que "los dos eran de edad avanzada", el reproche de esterilidad pesaba sobre ellos. "Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Y se le aparió el Ángel del Señor, de pie, a la derha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, y le prederá con el espíritu y el poder de Elías para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la sabiduría de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (1, 8-17). Como Zacarías fue lento en creer esta asombrosa predicción, el ángel, al hacérsela conocer, le anunció que, en castigo a su incredulidad, estaría aftado de mudez hasta que la promesa se cumpliera. Y "cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses" (1, 23-24).
Ahora bien durante el sexto mes tuvo lugar la Anunciación, y, como María había oído al ángel que su prima había concebido, fue "con prontitud" a felicitarla. "Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño" - lleno, como la madre, del Espíritu Santo-"saltó de gozo en su seno", como si ronociera la presencia de su Señor. Entonces se cumplió la profética dlaración del ángel de que el niño estaría "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre". Ahora bien, como la presencia de cualquier pado es incompatible con la presencia del Espíritu Santo en el alma, se deduce que en este momento Juan quedó limpio de la mancha del pado original. Cuando "le llegó a Isabel el tiempo de dar a luz... tuvo un hijo (1, 57); y "al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: No, se ha de llamar Juan. Le dían: No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre. Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Y todos quedaron admirados" (1, 59-63). No se dieron cuenta de que ningún nombre le convenía más (Juan, en hebreo: Jehohanan, esto es, "Yahveh tiene misericordia") al que, como profetizó su padre iba a ir "delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios" (1, 76-78). Además, todos esos acontimientos, a saber, un niño nacido a una pareja de edad avanzada, la repentina mudez de Zacarías, su ruperación, igualmente repentina, del habla, su asombrosa dlaración, tenían que infundir admiración a los vinos congregados; estos apenas podían preguntarse: "Pues, ¿qué será de este niño?" (1,66).
Respto a la fecha del nacimiento de Juan el Bautista, no se puede dir nada con seguridad. El Evangelio sugiere que el Prursor nació unos seis meses antes de Cristo; pero el año del nacimiento de Cristo no ha sido determinado. Ni hay tampoco certeza sobre la estación del nacimiento de Cristo, pues es bien sabido que la fijación de la fiesta de Navidad al veinticinco de Diciembre no se basa en la evidencia histórica, sino que está sugerida posiblemente por consideraciones meramente astronómicas, también, quizá, deducidas de razonamientos astronómico-teológicos. Aparte de eso, no se pueden hacer cálculos sobre la época del año en que la clase de Abías prestaba servicio en el Templo, puesto que cada una de las veinticuatro clases de sacerdotes hacía dos turnos al año. De los primeros años de la vida de Juan San Lucas sólo nos dice que "el niño cría y su espíritu se fortalía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel" (1, 80). Si nos preguntáramos cuándo se fue el Prursor al desierto, una vieja tradición a la que hace o Paul Warnefried (Paulo el Diácono), en el himno"Ut queant laxis", compuesto en honor del santo, da una respuesta apenas más definida que la dlaración del Evangelio: "Antra deserti teneris sub annis... petiit.." Otros autores, sin embargo, pensaron que lo sabían mejor. Por ejemplo, San Pedro de Alejandría creía que San Juan fue dejado en el desierto para escapar de la ira de Herodes, quien, si hacemos caso de su relato, fue impulsado por el miedo de perder su reino a buscar la muerte del Prursor, igual que fue, más tarde, a buscar la del Salvador rién nacido. Se añadía también en este relato que Herodes hizo matar a Zacarías entre el templo y el altar, porque profetizó la venida del Mesías (Baronio, "Annal Apparat.", n.53). Estas son leyendas sin valor calificadas hace mucho tiempo por San Jerónimo como "apocryphorum somnia".
Pasando por alto entonces, con San Lucas, un periodo de unos treinta años, llegamos a lo que podemos considerar el inicio del ministerio público de San Juan (ver CRONOLOGÍA BÍBLICA). Hasta éste llevó en el desierto la vida de un anacoreta; ahora va a entregar su mensaje al mundo. "En el año dimoquinto del imperio de Tiberio César... fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán, predicando" (Lucas 3, 1-3), vestido no con los suaves ropajes de un cortesano (Mateo, 11, 8; Lucas 7, 24), sino de "piel de camello con un cinturón de cuero a sus lomos"; y "su comida" - paría como si no comiera ni bebiera (Mateo, 11, 18; Lucas, 7, 33)-- "eran langostas y miel silvestre" (Mateo, 3, 4; Marcos, 1, 6); toda su figura, lejos de sugerir la idea de una caña sacudida por el viento (Mateo, 11, 7; Lucas, 7, 24), manifestaba una constancia imperturbable. Algunos incrédulos burlones fingían escandalizarse: "Tiene un demonio" (Mateo, 11, 18) Sin embargo, "Jerusalén, toda Judea, y toda la región del Jordán" (Mateo, 3, 5), atraídos por su fuerte y atractiva personalidad, acudían a él; la austeridad de su vida aumentaba inmensamente el peso de sus palabras; para la gente sencilla, era verdaderamente un profeta (Mateo, 11, 9;cf. Lucas, 1, 76,77). "Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mateo, 3, 2), tal era el estribillo de su enseñanza. Hombres de todas las condiciones se congregaban a su alrededor.
Allí había fariseos y saduceos; estos últimos atraídos quizá por curiosidad y escepticismo, los primeros esperando posiblemente una palabra de alabanza por sus numerosísimas imposiciones y prácticas, y todos, probablemente, más ansiosos de ver de cuál de las stas rivales ordenaría el nuevo profeta que se siguieran las instrucciones. Pero Juan puso al descubierto su hipocresía. Sacando sus ejemplos del escenario que los rodeaba, e incluso, según el modo oriental, haciendo un juego de palabras (abanimbanium), fustigó su orgullo con esta bien merida reprimenda: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, dignos frutos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro interior: Tenemos por padre a Abraham; pues os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Y ya está el hacha puesta en la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego" (Mateo, 3, 7-10; Lucas, 3, 7-9). Estaba claro que algo había que hacer. Los hombres de buena voluntad entre los que escuchaban preguntaban: "¿Qué debemos hacer?" (Probablemente algunos eran ricos y, según la costumbre del pueblo en tales circunstancias, estaban vestidos con dos túnicas- Josefo, "Antig.", XVIII, v, 7). "Y él les respondía: El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo" (Lucas, 3, 11). Algunos eran publicanos; a ellos les ordenó no exigir más que lo que estaba fijado por la ley (Lucas, 3, 13). A los soldados (probablemente policías judíos) les romendó que no hicieran violencia a nadie, ni denunciaran falsamente a ninguno, y que se contentaran con su paga. (Lucas, 3, 14). En otras palabras, les advirtió contra la confianza en sus privilegios nacionales, no aprobó los dogmas de ninguna sta, ni abogó por el abandono del forma de vida ordinaria de cada uno, sino que (predicó) la fidelidad y honradez en el cumplimiento de los deberes propios, y la humilde confesión de los propios pados.
Para confirmar las buenas disposiciones de sus oyentes, Juan los bautizaba en el Jordán, "diciendo que el bautismo era bueno, no tanto para liberar a uno de ciertos pados [cf. Sto. Tomás, "Summ. Theol.·, III, A.xxxviii, a. 2 y 3] como para purificar el cuerpo, estando ya el alma limpia de sus corrupciones por la justicia" (Josefo, "Antig.", XVIII, vii). Este rasgo de su ministerio, más que ningún otro, atrajo la atención pública hasta tal punto que fue apodado "el Bautista" ( esto es, el que bautiza) incluso durante su vida (por Cristo, Mateo, 11,11; por sus propios discípulos, Lucas, 7, 20; por Herodes, Mateo, 14, 2; por Herodías, Mateo, 14, 3). Aun así su derecho a bautizar fue cuestionado por algunos (Juan, 1, 25); los fariseos y letrados rehusaron someterse a esta ceremonia, con el argumento de que el bautismo, como una preparación para el reino de Dios, sólo estaba relacionado con el Mesías (Ezequiel, 36, 25; Zacarías, 13, 1, etc.), Elías, y el profeta del que se habla en el Deuteronomio, 18, 15. La réplica de Juan fue que él había sido divinamente "enviado a bautizar con agua" (Juan, 1, 33); a esto, más tarde, nuestro Salvador aportó su testimonio, cuando, en respuesta a los fariseos que intentaban tenderle una trampa, implícitamente dlaró que el bautismo de Juan era del cielo (Marcos, 11, 30). Mientras bautizaba, Juan, para que la gente no pudiera creer "si no sería él el Cristo" (Lucas, 3, 15), no dejó de insistir en que la suya era sólo una misión de prursor: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y roger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga" (Lucas, 3, 15,17). Fuera cual fuese lo que Juan quería dir con su bautismo "de fuego", en todo caso, definió claramente en esta dlaración su relación con el que había de venir.
Aquí no vendrá mal tratar sobre el escenario del ministerio del Prursor. La localidad debe buscarse en la parte del valle del Jordán (Lucas, 3, 3) que es llamada el desierto (Marcos 1, 4). En relación con esto se mencionan dos lugares en el Cuarto Evangelio: Betania (Juan 1, 28) y Ainón (Juan 3, 23). Respto a Betania la versión Betabara, primero dada por Orígenes, puede descartarse; pero el erudito alejandrino estaba quizá menos equivocado al sugerir la otra versión, Bethara, posiblemente una forma griega de Betharan; en cualquier caso, el sitio en cuestión debe ser buscado "al otro lado del Jordán" (Juan, 1, 28). El segundo lugar, Ainón, "cerca de Salim" (Juan, 3, 23), el punto más al norte señalado en el mapa del mosaico de Madaba, se describe en el "Onomasticon" de Eusebio como estando a ocho millas de Seythopolis (Beisan), y debe buscarse probablemente en Ed-Deir o El-Ftur, a poca distancia del Jordán (Lagrange, en "Revue Biblique", IV, 1895, pags. 502-5). Además, una tradición establida de antiguo, que se remonta al año 333, asocia la actividad del Prursor, particularmente el Bautismo del Señor, con los alrededores de Deir Mar-Yuhanna (Qasr el-Yehud).
El Prursor había estado predicando y bautizando durante algún tiempo (cuánto exactamente no se sabe), cuando Jesús vino de Galilea al Jordán a ser bautizado por él. ¿Por qué, puede preguntarse, "el que no cometió pado" (I Pedro, 2, 22) buscaría "el bautismo de conversión para el perdón de los pados" de Juan (Lucas, 3, 3)? Los Padres de la Iglesia responden muy apropiadamente que ésta fue la ocasión prevista por el Padre en que Jesús iba a manifestarse ante el mundo como Hijo de Dios; además, al someterse a él, Jesús sancionaba el bautismo de Juan. "Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que nesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" (Mateo, 3, 14). Estas palabras, que implican que Juan conocía a Jesús, están en aparente contradicción con una ulterior dlaración de Juan registrada en el Cuarto Evangelio: "Yo no le conocía" (Juan, 1, 33). La mayor parte de los intérpretes toman esto como que el Prursor tenía alguna intuición de que Jesús fuera el Mesías: indican ésta como la razón por la que Juan al principio rehusó bautizarlo; pero la manifestación celestial, unos momentos después, cambió esta intuición en conocimiento perfto: "Respondióle Jesús: Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos...Y una voz que venía de los cielos dijo: Este es mi hijo muy amado, en quien me complazco" (Mateo, 3, 15-17).
Tras su bautismo, mientras Jesús estaba predicando por las ciudades de Galilea, yendo a Judea sólo ocasionalmente para las fiestas, Juan continuó su ministerio en el valle del Jordán. Fue en esta época "cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: ¿Quién eres tú? Él confesó, y no negó; confesó: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías? Él dijo: No lo soy ¿Eres tú el profeta? Respondió: No. Entonces le dijeron: ¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo? Dijo él: Yo soy la voz que clama en el desierto: Rtificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías" (Juan 1, 19-23). Juan negó ser el profeta Elías, a quien los judíos estaban esperando (Mateo, 17, 10; Marcos, 9, 10). Ni lo admitió Jesús, aunque sus palabras a sus discípulos paren a primera vista señalar ese camino, "Ciertamente Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo, que Elías ha venido ya" (Mateo, 17, 11; Marcos, 9, 11-12). San Mateo señala que "los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista" (Mateo, 17, 13). Esto era lo mismo que dir, "Elías no va a venir en forma humana." Pero al hablar a la multitud, Jesús explicó que llamaba a Juan Elías en sentido figurado: "Si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga" (Mateo, 11, 14,15). Esto había sido anticipado por el ángel cuando, al anunciar a Zacarías el nacimiento de Juan, predijo que el niño predería al Señor "con el espíritu y el poder de Elías" (Lucas, 1, 17). "Al siguiente día vio a Jesús venir hacia él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, que quita el pado del mundo. Éste es por quien yo dije: Viene un hombre detrás de mí, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo...pero he venido a bautizar con agua para que él sea manifestado a Israel...Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios" (Juan 1, 20-34).
Entre los muchos oyentes que rodeaban a San Juan, algunos, más profundamente conmovidos por su doctrina, permanieron con él, formando así, como alrededor de otros famosos doctores de la ley, un grupo de discípulos. A estos exhortaba a ayunar (Marcos, 2, 18), a estos enseñaba formas espiales de oración (Lucas, 5, 33; 11, 1). Su número, según la literatura pseudo-clementina, llegaba a treinta (Hom. ii, 23). Entre ellos estaba Andrés de Betsaida de Galilea (Juan, 1, 44). Un día, cuando Jesús pasaba a lo lejos, Juan le señaló y repitió su dlaración anterior: "He ahí el Cordero de Dios". Entonces Andrés, con otro discípulo de Juan, al oír esto, siguieron a Jesús (Juan, 1, 36-38). El relato de la vocación de Andrés y Simón difiere materialmente del que encontramos en San Mateo, San Marcos y San Lucas; aunque puede percibirse que San Lucas, en particular, narra de tal manera el encuentro de los dos hermanos con el Salvador, que podemos deducir que ya lo conocían. Ahora bien, por otra parte, puesto que el Cuarto Evangelio no dice que Andrés y su compañero dejaran en el acto sus ocupaciones para dedicarse exclusivamente al Evangelio o a su preparación, no hay claramente discordancia absoluta entre la narración de los tres primeros Evangelios y el de San Juan.
El Prursor, tras un lapso de varios meses, apare de nuevo en escena, y aún está predicando y bautizando a orillas del Jordán (Juan, 3, 23). Jesús, mientras tanto, había reunido a su alrededor un séquito de discípulos, y vino "al país de Judea; y allí se estaba con ellos y bautizaba" (Juan, 3, 22) - "aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos" (Juan, 4, 2) - "Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y los judíos [los mejores textos griegos tienen "un judío"] acerca de la purificación" (Juan, 3, 25), lo que quiere dir, como se sugiere por el contexto, acerca del valor relativo de ambos bautismos. Los discípulos de Juan fueron a él: "Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van con él" (Juan, 3, 26-27). Indudablemente querían dir que Jesús debería ceder ante Juan que le había romendado, y que, al bautizar, estaba usurpando los derechos de Juan. "Juan respondió: Nadie puede arrogarse nada si no se le ha dado del cielo. Vosotros mismos sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es priso que él crezca y que yo disminuya. El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos: da testimonio de lo que ha visto y oído" (Juan, 3, 27-36).
La narración anterior ruerda el hecho antes mencionado (Juan, 1, 28), de que parte del ministerio del Bautista se ejerció en Perea: Ainón, el otro escenario de sus acciones, estaba junto a las fronteras de Galilea; Perea y Galilea formaban la tetrarquía de Herodes Antipas. Este príncipe, digno hijo de su padre, Herodes el Grande, se había casado, probablemente por razones políticas, con la hija de Aretas, rey de los nabateos. Pero durante una visita a Roma, se enamoró de su sobrina Herodías, esposa de su hermanastro Filipo (hijo de Mariamne la joven), y la indujo a venirse a Galilea. Cuándo y dónde se encontró el Prursor con Herodes, no se nos dice, pero por los Evangelios Sinópticos sabemos que Juan se atrevió a reprochar al tetrarca sus malas acciones, espialmente su adulterio público. Herodes, influido por Herodías, no permitió al importuno rriminador marchar sin castigo: "envió a prender a Juan y le encadenó en prisión". Josefo nos cuenta una historia bastante distinta, que contiene tal vez un elemento de verdad. "Como se apiñaban alrededor de Juan grandes multitudes, Herodes sintió miedo de que abusara de su autoridad moral sobre ellas para incitarlas a la rebelión, lo que harían si se lo mandaba; por tanto pensó como lo más sabio, para evitar posibles sucesos, quitar de en medio al peligroso predicador... y lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte" ("Antig.", XVIII, v, 2). Cualquiera que fuera el motivo principal de la política del tetrarca, es seguro que Herodías alimentaba un amargo odio contra Juan. "Herodías le aborría y quería quitarle la vida" (Marcos, 6,19). Aunque Herodes al principio compartía su deseo, "temía a la gente porque le tenían por profeta" (Mateo, 14, 5). Después de un tiempo este resentimiento de Herodes pare haberse reducido, pues, según Marcos, 6, 19,20, escuchaba a Juan con gusto e hizo muchas cosas a sugerencia de él.
Juan, en su prisión, era asistido por sus discípulos, que le mantenían en contacto con los acontimientos del momento. Así se enteró de las maravillas eftuadas por Jesús. En este punto no se puede suponer que la fe de Juan vacilara lo más mínimo. Algunos de sus discípulos, sin embargo, no estaban convencidos por sus palabras de que Jesús era el Mesías. Por consiguiente, los envió a Jesús, mandándoles dir: "Juan el Bautista nos ha enviado para que te digamos: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Y en aquel momento curó a muchos [del pueblo] de sus enfermedades y dolencias y malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.) Y les respondió: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no se escandalice de mí!" (Lucas, 7,20-23; Mateo, 11, 3-6).
Cómo aftó esta entrevista a los discípulos de Juan, no lo sabemos; pero conocemos el elogio de Juan que salió de los labios de Jesús: "Cuando los mensajeros de Juan se alejaron, se puso a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?" Todos sabían muy bien por qué Juan estaba en prisión, y que en su cautividad era más que nunca el campeón impávido de la verdad y la virtud. -"¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre vestido con ropas elegantes? Los que visten magníficamente y viven con molicie están en los palacios. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, el cual te preparará por delante el camino. Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno más grande que Juan el Bautista" (Lucas, 7, 24-28). Y a continuación, Jesús señaló la inconsistencia del mundo en sus opiniones tanto sobre él como sobre su prursor: "Ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y dís: Tiene un demonio. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dís: Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y padores. Y la sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos" (Lucas, 7, 33-35).
San Juan languidió probablemente durante algún tiempo en la fortaleza de Maqueronte, pero la ira de Herodías, a diferencia de la de Herodes, nunca disminuyó: aguardaba su oportunidad. Esta llegó en la fiesta de cumpleaños que Herodes, según la moda romana, dio a los "magnates, a los tribunos, y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías [Josefo da su nombre: Salomé], danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré...Salió la muchacha y preguntó a su madre: ¿Qué voy a pedir? Y ella le contestó: La cabeza de Juan el Bautista. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan... y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre" (Marcos, 6, 21-28). Así ocurrió que la muerte del más grande "entre los nacidos de mujer" fue el premio otorgado a una bailarina, el peaje exigido por un juramento imprudente, criminalmente mantenido (San Agustín). Incluso los judíos se conmovieron por una ejución tan injustificable, y atribuyeron a la venganza divina la derrota sufrida después por Herodes a manos de Aretas, su legítimo suegro (Josefo, loc. cit). Los discípulos de Juan, al enterarse de su muerte, "vinieron a roger el cuerpo y le dieron sepultura" (Marcos, 6, 29), "luego fueron a informar a Jesús" (Mateo, 14, 12).
La duradera impresión dejada por el Prursor sobre los que estuvieron bajo su influencia no se puede ilustrar mejor que mencionando el temor que sobrogió a Herodes cuando oyó las maravillas obradas por Jesús, quien, en su opinión, no era sino Juan el Bautista vuelto a la vida (Mateo, 14, 1,2,etc.). La influencia del Prursor no murió con él. Fue de largo alcance, además, como sabemos por Hhos,18, 25; 19, 3, donde encontramos que prosélitos en Éfeso habían ribido de Apolo y otros el bautismo de Juan. Además los primeros autores cristianos hablan de una sta que tomaba su nombre de Juan y se atenía sólo a su bautismo. La fecha asignada en los calendarios litúrgicos a la muerte de Juan el Bautista, 29 de Agosto, apenas se puede considerar fiable, porque no se basa casi en documentos dignos de confianza. El lugar de su sepultura ha sido fijado por una antigua tradición en Sebaste (Samaria). Pero si hay algo de verdad en la afirmación de Josefo, de que Juan fue ejutado en Maqueronte, es difícil comprender por qué fue enterrado tan lejos de la fortaleza herodiana. Aun así, es perftamente posible que, en una fecha posterior que nos es desconocida, sus sagrados restos fueran llevados a Sebaste. En cualquier caso, hacia mediados del Siglo IV, su tumba era venerada allí, como sabemos por el testimonio de Rufino y Teodoreto. Estos autores añaden que el santuario fue profanado en tiempos de Juliano el Apóstata (hacia el año 362), siendo parcialmente quemados los huesos. Una parte de las reliquias rescatadas fueron llevadas a Jerusalén, luego a Alejandría; y allí, el 27 de Mayo de 395, estas reliquias fueron depositadas en la magnífica basílica ahora dedicada al Prursor en el sitio del otrora famoso templo de Serapis. La tumba de Sebaste continuó, no obstante, siendo visitada por piadosos peregrinos, y San Jerónimo aporta testimonio de los milagros allí obrados. Tal vez algunas de las reliquias fueron devueltas a Sebaste. Otras partes en diferentes épocas lograron llegar a muchos santuarios del mundo cristiano, y es larga la lista de iglesias que afirman poseer una parte del priado tesoro. Lo que sucedió con la cabeza del Prursor es difícil de determinar. Nicéforo (I, ix) y Metarastes dicen que Herodías la enterró en la fortaleza de Maqueronte; otros insisten en que fue enterrada en el palacio de Herodes en Jerusalén; allí fue encontrada durante el reinado de Constantino, y de allí sretamente llevada a Emesa, en Fenicia, dónde se ocultó, permaniendo desconocido el lugar durante años, hasta que se manifestó por revelación en el año 453. En las muchas y discordantes informaciones relativas a esta reliquia, predomina por desgracia mucha inseguridad; las discrepancias en casi todos los puntos hacen el problema tan intrincado como para impedir una solución. Esta insigne reliquia, en todo o en parte, es rlamada por varias iglesias, entre ellas Amiens, Nemours, St.Jean d’Angeli (Francia), San Silvestro in Capite (Roma). Este hecho lo retrotrae Tillemont a una confusión de un San Juan por otro, una explicación que, en algunos casos, pare estar fundada sobre buenas bases y justifica esta multiplicación, de otra forma problemática, de reliquias.
La veneración tributada desde tan temprano y en tantos lugares a las reliquias de San Juan Bautista, el celo con el que muchas iglesias han sostenido en todas las épocas sus infundadas pretensiones a algunas de sus reliquias, las innumerables iglesias, abadías, ciudades y familias religiosas colocadas bajo su patronato, la fruencia de su nombre entre la gente cristiana, todo atestigua la antigüedad y extensa difusión de la devoción al Prursor. La conmemoración de su nacimiento es una de las fiestas más antiguas, si no la más antigua, introducida tanto en la liturgia griega como en la latina para venerar a un santo. Pero, ¿por qué es la fiesta propia, como lo fue, de San Juan el día de su nacimiento, mientras que en los demás santos es el día de su muerte? Porque se entiende que el nacimiento de quien, a diferencia del resto, estaba "lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre", debe ser señalado como un día de triunfo. La celebración de la Degollación de San Juan Bautista, el 29 de Agosto, disfruta casi de la misma antigüedad. Encontramos también en los martirologios más antiguos mención de una fiesta de la Concepción del Prursor el 24 de Septiembre. Pero la celebración más solemne en honor de este santo fue siempre la de su Natividad, predida hasta rientemente por un ayuno. Muchos lugares adoptaron la costumbre introducida por San Sabas de tener un doble oficio este día, como en el día de Navidad. El primer oficio, que pretendía significar el tiempo de la ley y los profetas que duraba hasta San Juan (Lucas, 16, 16), comenzaba a la puesta de sol, y se cantaba sin aleluya; el segundo, que significaba la celebración de la apertura del tiempo de gracia, y se alegraba con e
San Juan Bautista de la Salle
Fundador del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, reformador educativo y padre de la pedagogía moderna. Nació en Reims, Francia el 30 de abril de 1651 y murió en Saint-Yon, Rouen, el Viernes Santo 7 de abril de 1719. La familia de la Salle tiene sus orígenes en Johan Salla, quien, a principios del siglo IX fue comandante en jefe de las fuerzas reales de Alfonso el Casto de Castilla. No fue, sin embargo, sino hasta alrededor de 1350 que la rama menor de esta familia, de la cual descendió nuestro santo, se mudó a Francia y se establió en Champagne. Juan Bautista fue el primogénito de Luis de la Salle y Nicolle de Moet de Brouillet. Sus padres fueron muy solícitos con la educación de su hijo, espialmente en lo relativo con su desarrollo moral e inteltual. Después de su preparación inicial, fue enviado al Colegio des Bons Enfants, donde cursó sus estudios superior y, el 10 de julio de 1669, obtuvo el grado de Maestro en Artes. El canónigo Pierre Dozet, canciller de la Universidad de Reims, presidio las sesiones académicas y, aprovhando su puesto, pudo estudiar el carácter de su joven primo, de la Salle, resultando en su disión de renunciar a su canonjía en su favor. Louis de la Salle, sin embargo, acariciaba la esperanza de que Juan Bautista escogería la carrera de abogado y continuaría con la tradición de la familia. Pero el joven de la Salle insistió en que sentía el llamado de servir a la Iglesia y por lo tanto, ribió la tonsura clerical el 11 de marzo de 1662 y fue instalado solemnemente como canónigo de la Sede Metropolitana de Reims el 7 de enero de 1667.
Cuando de la Salle hubo completado sus cursos clásicos, literarios y filosóficos y se graduó, fue enviado a Paris al seminario de San Sulpicio el 18 de octubre de 1670. Durante su residencia en el seminario, asistió a clases de teología en la Sorbona. Allí, bajo la dirción de Louis Tronson, progresó de tal modo en la virtud que M. Lhassier, superior general de la congregación de Sn. Sulpicio, dejó el siguiente testimonio: "De la Salle fue un constante observador de la regla. Su conversación fue siempre agradable e irreprochable. Pare que nunca ha ofendido a nadie, ni ha incurrido en censura por parte de nadie." En el seminario, de la Salle se distinguió por su piedad y por el vigor de su progreso inteltual y la habilidad con la cual manejaba asuntos teológicos. Nueve meses después de su llegada a Paris, su madre murió el 19 de julio de 1671 y el 9 de abril de 1672, su padre fallió. Dicha circunstancia lo obligó a dejar San Sulpicio el 19 de abril de 1672. Aún no tenía veintiún años y ya era el jefe de su familia y por consiguiente tenía la responsabilidad de educar a sus hermanos. Su atención se dedicó a los asuntos domésticos y mantuvo una administración discreta y casi empresarial. El canónigo Blain día que en esta época padió muchos temores. Desconfiando de su propia inteligencia, de la Salle tenía el rurso de la oración y de asesores discretos, entre ellos, Nicolas Roland, canónigo y teólogo de Reims, un hombre de gran discernimiento espiritual. Actuando bajo la dirción del ultimo, el futuro fundador fue ordenado subdiácono en Cambrai por el Arzobispo Ladislas Jonnart el 2 de junio de 1672.
Cuando no estaba ocupado con los deberes de su canonjía o con sus estudios teológicos, hacía buenas obras, bajo la guía de su dirtor espiritual. Después de cuatro años, fue ordenado diácono en París el 21 de marzo de 1676 por Francois Batailler, Obispo de Belén. En esta ocasión, de la Salle obtuvo de Maurice Le Tellier, Arzobispo de Reims, el permiso para renunciar a su canonjía y dedicarse al trabajo parroquial. Nicolas Roland lo apresuró a dar este paso, alegando que una rica canonjía no estaba muy en armonía con el celo y la actividad juveniles. Su arzobispo, sin embargo rhazó su solicitud. Con humilde sumisión, de la Salle aceptó la disión y regresó a Reims a proseguir sus estudios y a hacer las preparaciones finales para su ordenación sacerdotal. Fue ordenado presbítero por el Arzobispo de Reims el sábado santo 9 de abril de 1678. El joven sacerdote fue modelo de piedad y sus biógrafos dicen que las personas iban a su Misa para edificarse y compartir su piedad. Después de la Misa había muchos que buscaban su consejo y se colocaban bajo su guía espiritual. De la Salle nunca omitió la Santa Misa. En junio de 1680, tomó su examen final y se doctoró en teología. En esta etapa de su vida, de la Salle, demostró una docilidad de espíritu, auto desprio tales que demostraron el carácter del hombre y del santo. En apariencia física, era de presencia fuerte, algo más alto que el promedio y bien proporcionado. Tenía grandes y penetrantes ojos azules y frente amplia. Sus retratos presentan una figura de dulzura y dignidad, con inteligencia y respirando un aire de modestia y gracia refinada. Una sonrisa juega en los finos labios e ilumina una expresión de inteligencia y amor.
Durante los pocos años que se sucedieron entre su ordenación al sacerdocio y el establimiento de su instituto, de la Salle se ocupó de llevar a cabo el testamento y última voluntad de Nicolas Roland, quien, al morir, le había confiado la rién establida Congragación de las Hermanas del Niño Jesús. "Tu celo la hará prosperar," le dijo Roland. "Completarás el trabajo que he iniciado. En todo esto, el padre Barre será tu modelo y guía." Así fue de la Salle llevado, imperceptiblemente a su misión en la vida. "La idea nunca se me ocurrió a mí," escribió en una memoria. " Si alguna vez hubiera pensado que tendría que lo que hice por pura caridad con los maestros pobres iba a terminar haciendo que viviera con ellos, hubiera renunciado al instante." Este sentimiento lo expresó de nuevo en el ocaso de su vida en estas enfáticas palabras: "Si Dios me hubiera revelado lo bueno que podría ser logrado por este instituto, y de la misma manera me hubiera hecho saber las pruebas y los sufrimientos que lo acompañarían, mi valor habría fallado, y yo nunca lo habría emprendido." En esta época, de la Salle aún cumplía con sus funciones de canónigo. Sin embargo, se sentía fuertemente atraído a una tarea más importante propiciado por un mensaje de Madame Maillefer, en marzo de 1679, solicitándole que ayudara a Adrien Nyel a abrir una escuela gratuita en Reims. Pero apenas había logrado abrir la escuela de St-Maurice cuando calladamente se alejó, como si esa no fuera su misión. Poco después, la apertura de otra escuela gratuita en St-Jacques lo volvió a sacar de su rlusión, pero pronto se retiró de nuevo.
A pesar de ser el principal instrumento en la apertura de estas escuelas elementales. Se sentía inconscientemente atraído al trabajo. Diariamente visitaba a los maestros para animarlos o sugerirles métodos prácticos para obtener resultados espíficos. Pero cuando descubrió que los maestros se desanimaban debido a la falta de guía aduada después de las horas en la escuela, procedió a juntarlos para poder dirigirlos y darles lciones prácticas de empleo útil del tiempo y para prevenir golpes y disgustos. No solo los ayudaba en clase y después de clases, sino que les alivió la vida. Inclusive los admitió a su mesa y después los acogió bajo su propio tho. Por consiguiente se fueron acercando cada vez más, formando una hermandad íntima con los maestros de los pobres. "Fue sin duda," día Mons. Guibert, "el amor lo que indujo a de la Salle a dedicarse a los jóvenes maestros de Reims. Estaban como ovejas abandonadas sin un pastor. Asumió la responsabilidad de unirlos." Entonces de la Salle no tenía planes definitivos para el futuro, inclusive en junio de 1682, cuando mudó su pequeña comunidad a la vindad de la Rue Nueve. Simplemente se mantuvo listo para seguir la guía de la providencia. Renunció a su canonjía en julio de 1683 y distribuyó su fortuna entre los pobres en el invierno de 1684, dando pruebas convincentes de que no dudaría en hacer cualquier sacrificio que fuera nesario para completar el trabajo que había comenzado. Pere Barre le aconsejó a de la Salle que dejara cualquier cosa que pudiera distraer su atención de lograr la gloria de Dios. En respuesta a las serias romendaciones de sus amigos respondió: "Debo hacer el trabajo de Dios y si lo peor debe pasar roguemos al Señor por fuerza." La confianza en la Providencia Divina fue algo imprescindible para la fundación de las Escuelas Cristianas.
Hasta este período (1684), el instituto no tenía las características de una organización permanente. De 1694 a 1717, la lucha por la subsistencia fue más que crítica. En 1692 el instituto estaba tan debilitado por las muertes y renuncias que de la Salle apenas pudo encontrar dos hermanos que estuvieran dispuestos a atarse por medio de un voto para mantener las escuelas gratuitas. La muerte de Henri L’Heureux en diciembre de 1690, materialmente aftó las reglas de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. De la Salle pretendiendo que este dotado y joven hermano fuese el futuro superior de la congregación, mantuvo la esperanza de que se ordenara sacerdote, y con esto en mente, lo envió a París a estudiar teología en la Sorbona. Después de un brillante curso, el Hermano Henri L’Heureux estaba listo para ordenarse, pero antes de esto, el joven candidato enfermó y murió. La pérdida de este hermano fue un duro golpe para el fundador. Después de pasar toda la noche en oración, se levantó, no solo confortado, sino fortalido e iluminado sobre el carácter de su futuro instituto. Entonces determinó que no debería haber sacerdotes entre los miembros de su instituto. A pesar de que había sacerdotes y hermanos laicos en casi todas las órdenes religiosas existentes, de la Salle estaba convencido de que era hora de un cambio en este sentido en la nueva congregación. El hermano Lucrad, quien fuera analista del instituto, resume el asunto así: "A partir de la muerte de Henri L’Heureux, de la Salle estuvo convencido de que su instituto se debía fundar en la simplicidad y la humildad. Ningún hermano podría, siguiendo en la congregación, permitirse distraerse de sus funciones como maestro, dedicándose a estudios espiales, a la lectura del Oficio Divino o al cumplimiento de las obligaciones del ministro sagrado." Por lo tanto, ningún hermano puede aspirar al sacerdocio ni realizar ninguna función sacerdotal y ningún lesiástico puede ser miembro del instituto. Esta fue la nueva regla que de la Salle agregó y se encuentra en la Constitución del Instituto.
A partir de 1702, el fundador pasó por un largo período de prueba, agravado por la persución por parte de ciertas autoridades eclesiásticas. En noviembre de 1702, fue depuesto por el cardenal de Noailles y sustituido durante algún tiempo por el Rev. B. Bricot. En 1703 uno de sus más confiables discípulos, Nicolas Vuvart, lo dejó. Durante los siguientes diez años el santo fundador se vio envuelto en una serie de dificultades para la preservación de su instituto, en el curso de los cuales su nombre fue atacado y se le negó justicia en los tribunales civiles. Después de treinta y cinco años de trabajo duro, su labor paría estar al borde del fracaso. Su confianza en Dios era tan firme que en realidad nunca se desanimó. Convocó un capítulo con el propósito de solidificar el trabajo y para elegir a un superior general. Pretendía tener un hermano ya elegido mientras el vivía y así perfcionar el gobierno del instituto de acuerdo con la regla que él había formulado. La elección de los hermanos reunidos rayó en el hermano Barthelemy, un hombre estimado por todos debido a su sapiencia y virtud. El instituto era ahora un hecho consumado. Y desde la primera entrevista con Adrien Nyel en 1679, de la Salle pertenía por completo a los hermanos, compartiendo con ellos la rigidez de la labor y la observancia de la regla común. Nunca les permitió dedicarse a otros asuntos.
De la Salle fue siempre prudente y siempre estuvo inspirado por Dios, por ello no cejó en darle a su instituto un carácter positivo para cumplir su objetivo: la educación cristiana de la juventud y la cultivación del espíritu de fe, piedad, mortificación y obediencia que debía caracterizar a sus miembros. Su don de ganar almas para Dios y guiarlas a hacer grandes sacrificios, se complementó con la espléndida habilidad ejutiva que le permitió fundar un instituto y supervisarlo y dirigir su desarrollo gradual. Un estudio de las extraordinarias condiciones religiosas, sociales y educacionales de la época en que de la Salle fundó el instituto muestra el puliar carácter de las dificultades que tuvo que enfrentar y sobrellevar. El jansenismo había ganado adeptos en Francia y diseminado sus perniciosas doctrinas; adoptaba disensiones internas y promovía el galicanismo, con gran detrimento de la fe y de la lealtad a la Santa Sede. En el orden social, un espíritu de exagerada independencia condenaba la autoridad o la ignoraba. Cuando tales condiciones prevalen en las clases privilegiadas, uno se pregunta cuál sería la condición de las masas. Las interminables guerras internas y externas, con sus correspondientes males, producían un efto desastroso en la gente. Las demandas exorbitantes por parte de los oficiales del ejército, la violencia de la soldadesca, la rapiña de los supervisores, los saqueos, hambrunas y ruina, dejaban a provincias enteras de Francia bajo el peso de terribles sufrimientos y miseria inenarrable. Aún cuando la oscuridad del caos interno fue momentáneamente iluminada con las espléndidas victorias en el extranjero, el triste efto de la Gloria del reinado de Luis XIV hizo de las quejas en los cotos que fuesen más amargas debido a la pérdida de los seres queridos en los campos de batalla. Las escuelas estaban pobre y negligentemente atendidas. Los niños y la gente generalmente eran ignorantes y el vicio, de acuerdo con las autoridades contemporáneas era flagrante en todas las clases. De la Salle cuidadosamente estudió estas condiciones y, movido por la compasión por los pobres, resolvió mejorar su estatus moral y social. El fundador analizó la situación y propuso como remedio la creación de escuelas gratuitas populares aduadamente equipadas y a cargo de celosos maestros, quienes implantarían en los corazones de los niños la semilla de aquellas virtudes que tendieran a regenerar tanto a los alumnos como a sus padres. Vio que una congregación religiosa compuesta por hombres ilustrados, ansiosos de la salvación de las almas, podría luchar contra la irreligiosidad, el vicio y la ignorancia. Claramente percibió que, en las condiciones puliares que rodean a cualquier instituto en su origen, el trabajo propuesto debería tener como fin los requisitos espiales de la época en la que se originara. También vio que, mientras el espíritu guiador de dicho instituto debía permaner fundamentalmente sin cambios, su objetivo, como organización permanente trabajando en beneficio de la humanidad, debía tener el carácter de una fuerza social que respondiera a las nesidades de cualquier época y país.
Las varias reformas educativas introducidas por de la Salle probaron que legislaba sabiamente. Los cursos de estudio para las primarias gratuitas, escuelas técnicas y colegios evidencian su amplia cultura y gran comprensión de los problemas educativos. Así pues, si las nesidades de una cierta localidad pedían materias espiales o si los tiempos y condiciones demandaban ciertos estudios avanzados, de la Salle no tardaba en responder dichas peticiones y darle a esos asuntos un lugar de acuerdo a la importancia de su valor educativo. Aún más, de la Salle desarrolló su genio en darle a su instituto un carácter distintivo, el de un cuerpo colegiado consagrado a trabajar en la educación popular. De este modo, se convirtió en el creador de un sistema de pedagogía psicológica que incluía los principios esenciales posteriormente adoptados por otros reformadores educativos, espialmente Pestalozzi, Fröbel y Herbart. Para la elaboración de la base vernácula de toda la instrucción, de la Salle apela a la inteligencia del niño, preparando el camino para el estudio de una literatura nacional y llevando al hombre adulto a aquellas avenidas del conocimiento real. Con el enfoque científico percibió lo absurdo de mantener los textos latinos para enseñar el arte de leer. Para dicho cambio, él dio las siguientes razones:
· La enseñanza del arte de leer en escuelas primarias, por medio de la lengua vernácula, es mucho más útil que con los textos latinos.
· La lengua vernácula es más fácil de enseñar a los niños, quienes ya tienen algún conocimiento de la misma, que el latín, del cual son completamente ignorantes.
· Se requiere considerablemente menos tiempo para aprender el arte de leer en vernácula que en una lengua extranjera.
· Los niños y niñas que asisten a las escuelas primarias, pueden solo permaner unos pocos años en instrucción. Ahora, si se les enseña a leer de un texto latino, generalmente dejarán la escuela sin ser capaces de leer en la lengua vernácula, y con un imperfto conocimiento de cómo leer en latín. Así pues, pronto olvidarán lo poco que aprendieron.
· Leer es uno de los métodos más eficaces de adquirir conocimiento. Selcionando cuidadosamente los libros, los niños que puedan leer en la lengua vernácula pueden llevar la doctrina cristiana dentro del círculo familiar y, por las noches, leer algunos libros útiles o instructivos a la familia reunida; si solo pudieran leer latín, sin entenderlo, resultarían privados de muchos beneficios valiosos resultantes de la lectura inteligente de un buen libro.
· Es imposible para los niños de escuelas primarias dominar la lectura de textos latinos, porque no están conscientes de la importancia del asunto. Es, por lo tanto, parte de la sabiduría de entrenar a los niños metódicamente la lectura inteligente de trabajos escritos en la lengua vernácula. Por lo tanto, habiendo dominado el arte de leer en vernácula, unos cuantos meses podrían ser suficientes para que lean el latín de forma fluída, mientras que por el método tradicional, ello requiere de varios años. [Annales de l’Institut, I (1883), pp. 140, 141].
Este hecho prueba que de la Salle era un profundo pensador, un genio de la educación popular. Abarcó a todas las clases y condiciones de la sociedad. Haciendo las escuelas -populares gratuitas, abarcó las nesidades crientes de la sociedad en su tiempo y en todos los tiempos. Ninguna fase del problema educativo escapó a su penetrante visión.
Debido a que de la Salle está espialmente identificado con el "Método Simultáneo" de enseñanza, una explicación del métodos y su historia probará el interés del educador. Mediante el "Método Simultáneo," los alumnos se clasifican de acuerdo a su capacidad, colocando a aquéllos con alcances similares en la misma clase, dándoles los mismos libros de texto y pidiéndoles que tomen la misma lción con el mismo maestro. Este método ha pasado la prueba del tiempo y la experiencia, y es el que los hermanos de las escuelas cristianas y la mayoría de las instituciones educativas siguen utilizando actualmente. Como toda idea fructífera, el "Método Simultáneo" no es resultado exclusivo de un solo hombre. Difiere notablemente del sistema universitario de la edad media. Los jesuitas organizaban cada clase en subdivisions; cada division estaba comandada por un alumno avanzado llamado durión, a quien los niños repetían sus lciones cada determinado tiempo, mientras que los maestros corregían ejercicios u oían las lciones de alumnos particulares. Después, toda la clase ribía explicaciones del maestro. Sn. Pedro Fourier (1565-1640) vio en la educación cristiana el remedio para muchos de los desórdenes existentes entre los pobres y la clase trabajadora. Anticipó más de uno de nuestras modernas mejoras educativas. De hecho, fue uno de los primeros en aplicar algunos de los principios del "Método Simultáneo." En sus constituciones, se prescribe que mientras pueda realizarse, todos los alumnos en la misma clase deben tener cada uno el mismo libro, con el fin de que mientras uno lee la lción en voz alta, todos los demás la están oyendo y siguiéndola en sus libros al mismo tiempo, puede aprenderse así más pronto, más eficazmente y con mayor perfción. De este modo, el principio del "Método Simultáneo," queda, por primera vez, claramente establido. Sin embargo, cuando entra en detalles prácticos, pare perder la persptiva del principio que estable. En el siguiente párrafo de las Constituciones, se indica que la tutora debe llamar a dos alumnos a la vez y colocarlos a ambos lados del escritorio. El pupilo más avanzado leerá la lción; el otro escuchará; este es el método individual. Para los discípulos más pequeños, romienda que cuatro o seis se acerquen a la vez al escritorio y utilicen algunas tarjetas que contengan letras o sílabas. (Sommaire des Constitutions des Religieuses de la Congrégation de Notre-dame, 1649, 3rd part.)
Cornelius (o Amos Komensky, 1592-1674), en su "didáctica Magna," pide al maestro que instruya a sus pupilos semel et omnes simul, "todos juntos al mismo tiempo" (edit. 1647, cap. Xix, Probl. I, Col, 102, 103). Mons. De Nesmond (1629-1715) dividió la clase en cuatro o cinco grupos, e cada uno con el mismo libro, "para que todos los niños del mismo grupo o banca puedan ribir la misma lción y cuando uno empie a leer, los otros lean en voz baja al mismo tiempo" (Méthode pour instruire en peu de temps les Enfants, p. 59). Alrededor de 1674, Charles Démia, de Lyon adoptó el método de Mons. de Nesmond. Dio el mismo libro de lectura a cada grupo, pidiéndoles que cada quien siguiera, con su dedo o un marcador las palabras que estaban siendo leídas. El prursor inmediato de Sn. Juan Bautista de la Salle fue un teórico, el autor anónimo de "Avis touchant les Petites oles" (Bibl. Nat. 40 R. 556). En este pequeño trabajo, el cual es datado por Leopold Delisle anterior a 1680, el autor se queja de la condición de las escuelas primarias y propone un método por el cual un gran número de alumnos debe ser enseñado por un maestro, un libro y una voz. La escuela, dice, debe regular que uno y un solo libro, uno y el mismo maestro, una y una sola lción, una y solo una corrción, deben servir para todos, de modo que cada alumno tendrá todo el tiempo y cuidaddo del maestro, como si fuera el único alumno ( pp. 14 y 19). Es razonable suponer que de la Salle fruentaba las escuelas de la congregación de Notre-Dame, la cual fue fundada en Reims en 11634, y observó el método usado por dicha congregación. En 1682, de la Salle había organizado ya a los Hermanos de las Escuelas Cristianas y les había enseñado el "Método Simultáneo." El hermano Azarias dice: "Lo que Sn. Pedro Fourier tocó, que Komensky y Mons. De Nesmond y Charles Démia divisaban, lo que el anónimo autor no pudo descubrir y pensó realizar, es un hecho ahora." De la Salle aplicó el Método Simultáneo no solo para lectura como sus predesores, sino también para catismo, escritura, ortografía y aritmética en las clases elementales y entonces a todas las espialidades enseñadas en las escuelas que fundó. Es, por consiguiente, el genio que introdujo y perfcionó el método simultáneo en todos sus detalles prácticos. De la Salle definitivamente apunta el "Método Simultáneo" como aquél que deseaba que sus discípulos siguieran. No más un solo maestro gobernando a toda la escuela; serán dos o tres, o más, de acuerdo con el número de alumnos, cada uno tomando a aquellos con la misma capacidad y enseñándoles juntos. Sus instrucciones al respto son exactas:
Los hermanos prestarán espial atención a tres cosas en clase: (1) Durante las lciones, corregir cada palabra que el alumno que está leyendo pronuncie mal; (2) Hacer que todos lean la misma lción; (3) Que haya estricto silencio en la escuela (Reglas Comunes).
Los alumnos siguen la misma lción, observan estricto silencio, el maestro al corregir a uno, corrige a todos. Esta es la esencia del "Método Simultáneo." De la Salle generaliza el principio para todas las lciones, así pues:
En toda lción de tarjetas de alfabeto, silabarios y otros libros, ya sea en francés o en latín, e inclusive durante aritmética, mientras uno lea, todos los demás de la misma clase deberán seguir, esto es, ellos leerán de sus libros sin hacer ruido con sus labios, lo que el que está leyendo pronuncie en voz alta de su libro. (Conduite des écoles chrétiennes, Avignon, 1724)
Con razón ha dicho Matthew Arnold, hablando de este manual del método: "Trabajos posteriores al mismo respto poco han mejorado estos preptos." En la administración de las escuelas cristianas, de la Salle estable concisamente las siguientes reglas prácticas para ensañar metódicamente:
1. El maestro determina la inteligencia relativa de cada alumno en su clase.
2. Adapta su lenguaje y explicaciones a la capacidad de su clase y tiene cuidado en no ignorar a los pupilos más lentos.
3. Se asegura de que los alumnos conozcan el significado de las palabras que emplea.
4. Avanza de lo simple a lo complejo, de lo fácil a lo difícil.
5. Insiste grandemente en la parte elemental de cada material; no avanzando sino hasta que los alumnos tienen bases firmes...
9. Establer pocos principios a la vez, pero explicarlos bien...
10. Hablar mucho viendo a los alumnos, utilizando el pizarrón.
11. Preparar con cuidado cada lción.
12. No dar malos ejemplos a los alumnos; siempre hablar con corrción y con claridad y prisión.
13. No emplear sino definiciones exactas y divisions bien fundadas...
18. No asegurar nada a menos que se esté completamente seguro de su veracidad, espialmente hhos importantes, definiciones o principios.
19. Hacer uso fruente del sistema de preguntas y respuestas. (Cap. V Art. Ii, pp. 31-33)
Es verdad, que de la Salle, al establer su instituto, tenía en mente, principalmente la escuela primaria y elemental, la cual fue la real razón de ser de la existencia de los hermanos de las Escuelas Cristianas. Fue el organizador de la instrucción pública de su tiempo y ningun maestro de pedagogía le negará esa distinción. Pero, si bien la escuela primaria fue el principal trabajo de la Salle, hubo aún otro campo de trabajo, el cual revela su gran genio. Al principio del siglo diiocho, se enfrentó con condiciones perplejamente singulares. La criente generación estaba cansada de glorias pasadas, disgustada con el presente y ansiaba lograr renombre en campos inexplorados de la actividad humana. Mientras la educación llegaba más a las masas, a la luz de la instrucción llegaron nuevas ideas, nuevas ocupaciones, nuevas empresas y un parte aguas de la civilización, con el deseo de luchar con problemas que surgían de las nuevas condiciones. Aún aquellos entrenados en métodos tradicionales se daban cuenta de un gran cambio en los hombres y las cosas. Sentían que había algo espial en el nuevo sistema de educación. Con sus hijos experimentaron el espíritu del mundo que respiraba en la moribunda civilización de Luis XIV. El horizonte político había cambiado, la sociedad se volvió más degenerada, el mundo inteltual despertó y salió de su letargo, asumiendo una actitud más despierta y aspirando a mayor libertad en el campo del pensamiento y la investigación. De la Salle había sido golpeado por la seria grieta en la instrucción reservada a los niños acomodados, quienes eran dedicados a las profesiones liberales. Así, mientras organizaba la escuela primaria, también creó, en 1705 un establimiento espial desconocido hasta entonces en el mundo educativo. Esta nueva creación fue el internado en Saint-Yon, donde inauguró el sistema de la moderna instrucción sundaria. Saint-Yon fue el modelo para dichos colegios y el de Passy, Paris, se convirtió en el ejemplo moderno de instituciones similares en Francia y en cualquier otro lugar. M. Drury, en su reporte acerca de la educación técnica, dice que Francia está, indudablemente en deuda con de la Salle por la instalación y popularización práctica de esa forma de instrucción.
Así, desde la creación del instituto, hubo una adaptación constante de programas dedicados a las nesidades creadas por las transformaciones sociales que tenían lugar. Esta flexibilidad, que contrastaba con la rigidez de los programas universitarios, causó sorpresa y no poca oposición entre los representantes de la autoridad académica de aquellos días. La instrucción dada en el colegio fundado por de la Salle y sus sucesores se adaptaba puliarmente a las nesidades de una clase muy interesante de jóvenes. Las reformas educativas así planeadas y realizadas por él evidenciaron que la providencia lo había destinado a ser el legislador de la educación elemental, así como el creador del nuevo sistema de entrenamiento inteltual, combinando la prisión del método tradicional con el enfoque más amplio del nuevo. Nada más natural que de la Salle, quien había asimilado lo mejor que el siglo diisiete pudo dar y quien había notado la ineficiencia del viejo sistema para satisfacer los requisitos de las nuevas condiciones creara escuelas que fueran entonces y que siguen siendo, la admiración de los educadores. Los internados fundados por de la Salle para la moderna instrucción sundaria son, una creación distinta. La fecha del de Saint-Yon es 1705. Después añadió una escuela técnica para desarrollar las habilidades mánicas de los estudiantes y también un jardín espial para botánica.
Ya había escuelas dominicales antes del siglo diisiete. Pero la Academia Cristiana, fundada por de la Salle para adultos en la parroquia de San Sulpicio, en 1699, era diferente, la primera de su tipo en la historia de la educación. El programa de esta academia, o escuela dominical, incluía no solo las materias ordinarias enseñadas en las otras escuelas dominicales, sino que añadía geometría, arquittura y dibujo.
Alain dice que las primeras escuelas normales fueron los noviciados de las órdenes educativas. Pero no había escuelas normales para maestros laicos. De la Salle fruentemente ribía peticiones del clero para que enviara a un hermano para manejar sus escuelas. Esta solicitud era rhazada, porque había establido en la regla que no habría menos de dos hermanos en cada escuela. Por lo tanto, ofreció abrir un seminario para maestros, una institución en la cual los jóvenes serían entrenados en los principios y prácticas de los nuevos métodos de enseñanza. La escuela normal fue abierta en Reims en 1684. Sin duda, tre años antes que Francke organizara su clase para maestros en Halle y cincuenta años antes de que Hker fundara el colegio normal prusiano en Stettin, de la Salle había desarrollado un programa el cual es considerado excelente aún hoy en día. El mismo año establió, para jóvenes destinados a ser hermanos, una academia cristiana, o noviciado preparatorio, en el cual se les enseñaba ciencias, literatura y los principios de la pedagogía científica.
De la Salle está considerado el mayor de los educadores avanzados del siglo diiocho y entre los más grandes pensadores y reformadores educativos de todos los tiempos. Su sistema abarca lo mejor en métodos educativos modernos. Dio ímpetu al elevado progreso educativo que distingue a los tiempos modernos, y confirió a sus propios discípulos y a los educadores en general, un sistema de enseñanza adaptable a los deseos de la juventud estudiante en cada país. Pero fue espialmente como sacerdote que Juan Bautista de la Salle amó su vocación como educador. Como San Ignacio de Loyola, quedó probado que tenía el derecho de enseñar la doctrina cristiana. Rlamando este privilegio, de la Salle actuó guiado por los motivos más puros y elevados. No había nada oculto en sus planes educativos. Era demasiado sabio como para no darse cuenta de que los más útiles hijos de la Iglesia deben estar entre los más hábiles en los asptos humanos. El entrenamiento inteltual estaba complementado por un curso completo de moral cristiana. El hombre tenía un destino y el maestro debía inculcar su verdad cultivando y desarrollando las virtudes teológicas en las almas de los niños.
Este pensamiento pare haber estado constantemente en la mente y el alma de de la Salle, cuando diseñó esos excelentes programas para sus escuelas, colegios e instituciones técnicas- Su principio pedagógico era que nada humano debía ser extraño a los estudiantes y que la enseñanza de la ciencia y las letras no le quitaba nada al maestro de su ministerio como apóstol. En septiembre de 1713, Clemente XI escribió la bula "Unigenitus," condenando los errores de Quesnel, escritos en sus "Reflexiones
San Juan Bautista de Rossi
En medio de una Europa conmocionada políticamente y en una época de marcado orgullo espiritual y de grandes desviaciones de la auténtica vida cristiana, nace el 22 de febrero de 1698 Juan Bautista de Rossi, en la pequeña ciudad de Voltaggio perteniente al Arzobispado de Génova. Sus padres, Carlos de Rossi y Francisca Anfossi, aunque de escasos rursos onómicos, eran muy apriados por sus conciudadanos por ser personas de gran devoción. De ellos ribió el pequeño Juan las primeras enseñanzas acerca de los misterios de Dios y del amor al prójimo, y desde su más temprana edad se mostró inclinado por los actos de piedad y bondad, sobrepasando en ellas a sus otros tres hermanos. Cuando tenía diez años, una pareja de nobles que se encontraba en la ciudad pasando el verano, impulsada por los dones del muchacho, pidió permiso a los padres para llevarlo a Génova para su educación. Al poco tiempo de comenzar su nueva vida, Juan ribió la noticia de la muerte de su padre, sin embargo, no regresó a su ciudad natal y permanió en Génova por tres años.
Durante ese tiempo, la casa donde vivía era visitada por dos monjes capuchinos, quienes se encargaron de llevarle al Padre Provincial tan excelentes referencias del muchacho, que el sacerdote no dudó en romendarlo con Lorenzo de Rossi, pariente de Juan y canónigo de santa María de Cosmedine, en Roma, quien de inmediato lo invitó a continuar su educación en la Ciudad Eterna. Juan aceptó la invitación e ingresó al Collegium Romanorum, bajo la dirción de los jesuitas, donde comenzó su educación sacerdotal. En aquel tiempo era rtor del colegio el padre Aníbal Miarchetti, devoto del sagrado Corazón, activo promotor de la catequesis entre los pobres, a quienes rogía y cuidaba en la iglesia de san Ignacio, y fundador, junto con el padre Pompeo de Benedictis, de la Congregación de los Doce Apóstoles, compuesta por jóvenes romanos que aprendían a hacer oración, a visitar casas de beneficencia y hospitales, y a practicar la caridad entre sus compañeros. San Juan se hace miembro de esta Congregación y de la Hermandad de la Santísima Virgen, y el tiempo que no dedica a sus estudios, en los que se destaca por su entrega y aplicación, lo utiliza en ejercicios piadosos, visitando a los enfermos y haciendo obras de caridad con tal entrega que le meren el sobrenombre de "el Apóstol". Sin embargo, tanto sus compañeros, como los religiosos encargados de su educación, ignoraban que el joven san Juan tenía la costumbre de practicar las más severas penitencias, hasta que cayó gravemente enfermo y tuvo que suspender sus estudios.
A los diesiséis años ingresó al colegio de los dominicanos donde, a pesar de sus ataques de epilepsia consuencia de la grave enfermedad por la que había pasado, se dedicó a profundizar la filosofía escolástica y la teología, sin abandonar sus prácticas caritativas. Se sabe, por ejemplo, que además de ayudar a los enfermos y abandonados, le gustaba ir en las madrugadas a la plaza de mercado donde le enseñaba el catismo a los campesinos, preparándolos para la confesión y la primera comunión. Antes de cumplir los diisiete años alcanzó la condición clerical y durante aquellos días tuvo la oportunidad de conocer mucho a Clemente XI, en quien encontró una profunda inspiración. Fue prisamente el 8 de marzo del mismo año de la muerte del papa, 1721, que Juan, a los 23 años, fue ordenado sacerdote, alcanzando de esta manera la meta por la que tanto había luchado, y celebró su primera misa en la iglesia de san Ignacio, en el Collegium Romanorum, en el altar de san Luis Gonzaga, por quien sentía una espial devoción. Una de las primeras disiones que tomó fue la de comprometerse por medio de un voto a no aceptar ningún beneficio lesiástico, a menos que se le ordenara por obediencia, para poder dedicar por completo el resto de su vida al servicio de los pobres y nesitados. Los primeros pasos en su ministerio los da en el Hospicio de Pobres de Santa Galla y pasando gran parte del día, e incluso de la noche, entre los labradores y mulateros que trabajaban en la Campaña, predicándoles en el viejo Foro Romano (Campo Vaccino). Sin embargo, temeroso de contagiarles su enfermedad y sintiéndose incapaz de dar los consejos aduados, se resistía a confesarlos y tenía por costumbre enviar a otro sacerdote a las personas que, iluminados por sus prédicas, didían arrepentirse y confesar sus pados.
En 1731, imitando los célebres hospicios romanos, funda uno cerca de santa Galla para mujeres desamparadas. Él mismo las rogía y las cuidaba durante un tiempo, hasta que lograba conseguirles algún trabajo digno. En 1735, a pesar de su voto, es nombrado canónigo titular de santa María de Cosmedine y, a la muerte de Lorenzo de Rossi dos años más tarde, el voto de obediencia lo fuerza a aceptar la canonjía. Sin embargo, utilizó el salario para comprar un órgano para la iglesia y pagar al organista; donó a su orden religiosa, los capuchinos, la casa asociada con su puesto y se mudó a un ático. El nuevo cargo no impidió que siguiera dedicado a sus prédicas, sus obras de caridad, su servicio a los más nesitados, y, sobre todo, a escucharlos en confesión, pues se sentía espialmente atraído por este sacramento; sin embargo, en 1738 cayó gravemente enfermo. Para acelerar su ruperación didió pasar una temporada en Civita Castellana donde, a instancias del Obispo del lugar, aceptó ayudarle en las confesiones y, después de revisar su teología moral, ribió el extraordinario privilegio de confesar en todas las iglesias de Roma. Él mostró gran celo por el ejercicio de este nuevo privilegio y pasaba varias horas al día escuchando confesiones, principalmente de personas pobres e iletradas que él visitaba en los hospitales y en sus propias casas. Se cuenta que un día fue a ayudar a un sacerdote en una iglesia a la que acudían muy pocas personas, pero desde que san Juan empezó a confesar allí, el templo comenzó a ribir más y más gente, la mayoría llevados por quienes ya se habían confesado con el sacerdote.
El Sumo Pontífice le encomendó el oficio de ir a predicar y confesar en las cárceles y allí logró muchas conversiones, no sólo entre los presos, sino también entre los mismos vigilantes. En el Segundo Nocturno del Breviario Romano, se lee: "El esplendor de su amor de Dios se manifestaba en su fisonomía mientras oficiaba, y no podía hablar de la bondad del Creador, sin lágrimas (...) y durante la salmodia paría caer en éxtasis. Fue cumplidor muy exacto en todas las sagradas ceremonias preocupado de la belleza de la casa de Dios, y contribuyó espontáneamente con sus medios personales a tal objeto. Inculcó en los demás su propio amor hacia la Madre de dios, y promovió el culto de la Virgen en su propia iglesia, en la que instituyó un sermón diario en su honor, además de su oficio. Trató de imbuirse del espíritu de Felipe de Neri, y si bien fue devoto de todos los moradores del cielo, alentó el culto hacia los príncipes de los apóstoles; fue constante en la oración y en las buenas obras, y rico en dones de gracia" ("Breviario Romano", tr. Bute, vol. III, p. 573).
Sin embargo, el exceso de trabajo terminó por minar su ya de por sí débil estado de salud y después de varios ataques de parálisis, murió el 23 de mayo de 1764 en una habitación del hospital de la Santísima Trinidad del Pellegrini, en cuya iglesia reposan sus restos. Su pobreza era tal que el entierro tuvieron que costeárselo con limosnas; pero la profunda estimación que se le tenía quedó demostrada por la gran asistencia a sus funerales: 260 sacerdotes, un Arzobispo, varios religiosos y una inmensa multitud lo acompañaron en la misa de réquiem que fue cantada por el coro pontificio de la Basílica de Roma.
En tiempos de Pío IX se dio inicio al proceso de beatificación y después de confirmarse algunos milagros, excepcionalmente sorprendentes por las circunstancias en que se dieron, fue beatificado el 13 de mayo de 1860. En 1879 vuelve a hablarse de nuevos milagros y ese mismo año la Iglesia difunde el dreto que los aprueba, dando de esta manera el paso disivo hacia su canonización del sacerdote romano. Con un nuevo dreto, de abril de 1881, siendo relator de la causa el Cardenal Miislao Leodochowski y promotor de la fe el padre Salvati, se concede el permiso para proceder a ella. Por fin, el 8 de diciembre de ese mismo año, junto con los beatos José de Labre, Lorenzo de Brindis y Clara de Montefalco, Juan Bautista de Rossi fue canonizado por Su Santidad León XIII.
Su fiesta se celebra el 23 de mayo.
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MAURICIO ACOSTA ROJAS
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