San Francisco de Asís
Fundador de la Orden Franciscana, nació en Asís, en la Umbría, en 1181 o 1182- no se tiene un dato exacto. Allí mismo murió, el 3 de octubre de 1226.
Su padre, Pietro Bernardone, fue un rico mercader de telas de Asís. De su madre, Pica, poco se sabe, pero se dice de ella que pertenió a una familia noble de Provenza. Francisco fue uno de varios hijos. La leyenda que dice que él nació en un pesebre data apenas del siglo quince y pare haberse originado por el deseo de varios escritores de hacer que su vida se pariese a la de Cristo. En su bautismo el santo ribió el nombre de Juan, mismo que su padre cambió después por el de Francesco, a causa de su cariño por Francia, a donde sus negocios lo habían llevado en la época del nacimiento de su hijo. Como quiera que haya sido, el cambio de nombre ocurrió durante su infancia y no tuvo nada que ver con su aptitud para aprender francés, como algunos pensaron.
Francisco ribió alguna educación elemental de parte de los sacerdotes del templo de San Jorge en Asís, aunque quizás aprendió más en la escuela de los Trovadores, quienes en ese tiempo pugnaban por el refinamiento italiano. Una cosa es segura, él no era muy estudioso y su educación literaria nunca se completó. A pesar de que trabajó con su padre en el comercio, nunca mostró gran interés por la carrera mercantil, y pare que sus padres le consentían todos sus caprichos. Tomás de Celano, su primer biógrafo, habla de la juventud de Francisco en términos muy severos. Ciertamente la primera parte de la vida del santo no vaticinaba los años dorados que estaban por venir. Nadie disfrutaba más del placer que Francisco. Muy simpático, cantaba alegremente, y gustaba de lucir buena ropa. Bien parido, jovial, audaz, bien educado, pronto se convirtió en el favorito de los jóvenes nobles de Asís, el más aventajado en toda actividad marcial, líder de las parrandas, el auténtico rey de la diversión. Pero con todo, desde entonces ya mostraba una innata compasión por los pobres. Aunque despilfarraba el dinero, de algún modo éste siempre fluía de modo que testimoniaba una magnanimidad de espíritu digna de un príncipe.
Cuando rondaba los veinte años, Francisco salió con sus paisanos a pelear contra los habitantes de Perusa, en uno de tantos combates tan fruentes entre ciudades rivales de aquel tiempo. En esa ocasión En esa ocasión fueron derrotados los soldados de Asís, y Francisco, que se contaba entre los que fueron capturados, estuvo en cautividad en Perusa por más de un año. Una fiebre que lo aftó en ese lugar pare que lo hizo orientar sus pensamientos hacia las cosas eternas. Durante la larga enfermedad, por lo menos el vacío de la vida que había llevado hasta entonces se le hizo patente. A pesar de ello, en cuanto sanó, se despertó su sed de gloria y su fantasía volvió a vagar en busca de nuevas victorias. Al fin, didió abrazar la carrera militar y todo paría favorer tales aspiraciones. Un caballero de Asís, Walter de Brienne, quien había tomado las armas contra el emperador en los Estados napolitanos, estaba por alistarse en "la cuenta noble" y Francisco hizo todos los arreglos para unirse a él. Los biógrafos nos dicen que la noche anterior a partir Francisco tuvo un extraño sueño en el que él veía un gran salón lleno de armaduras marcadas que tenían la insignia de la Cruz. "Estas"- dijo una voz- "son para ti y tus jóvenes soldados". "Ahora sé que seré un gran príncipe" exclamó exaltado Francisco, mientras se ponía en camino hacia Apulia. Pero una segunda enfermedad detuvo su camino en Espoleto. Se narra que fue ahí donde Francisco tuvo otro sueño en el que se le ordenó volver a Asís, cosa que cumplió inmediatamente. Era el año 1205.
A pesar de que Francisco aún se unía a ves a las ruidosas fiestas de sus antiguos camaradas, la diferencia de su actitud claramente mostraba que su corazón ya no estaba del todo con ellos. Una espie de añoranza acerca de la vida del espíritu lo tenía poseído. Los compañeros hacían burla de él por andar en las nubes y le preguntaban si andaba pensando en casarse. "Sí"- les respondía- "estoy por tomar una esposa de insuperable hermosura". Ella era nada menos que la Dama Pobreza, a quien tanto Dante como Giotto han unido inseparablemente a su nombre, y a quien él ya había comenzado a amar. Luego de un corto período de incertidumbre empezó a buscar una respuesta a su llamado en la oración y la soledad. Ya había dejado de lado totalmente su ropa llamativa y sus despilfarros. Cierto día, mientras cruzaba las planicies de Umbría en su caballo, Francisco llegó inesperadamente cerca de un pobre leproso. La súbita aparición de tan repulsiva visión lo llenó de náusea e instintivamente dio marcha atrás, pero habiendo controlado su rhazo natural, desmontó, abrazó al pobre hombre y le dio todo el dinero que traía. Por ese tiempo, Francisco realizó una peregrinación a Roma. La vista de las pobres limosnas que se depositaban en la tumba de San Pedro lo mortificó tanto que ahí mismo vació toda su bolsa. Y enseguida, como para poner a prueba su carácter quisquilloso, intercambió sus ropas con un andrajoso mendigo y durante el resto del día guardó ayuno entre la horda de limosneros a un lado de la puerta de la basílica.
Poco después de su regreso a Asís, al estar en oración ante un antiguo crucifijo en la olvidada capilla de San Anselmo, camino abajo desde el poblado, escuchó una voz que le día: "Ve, Francisco, y repara mi casa que, como puedes ver, está en ruinas". Él entendió la llamada literalmente, como si se refirieran a la ruinosa iglesia en la que estaba arrodillado. Fue al taller de su padre, tomó un montón de telas de colores, montó su caballo y se dirigió apresurado a Foligno, por entonces una plaza mercantil de cierta importancia, donde vendió tanto las telas como el caballo para obtener el dinero nesario para restaurar San Damián. Sin embargo, cuando el pobre sacerdote que celebraba ahí se rehusó a ribir un dinero adquirido de tal modo, Francisco se lo arrojó en forma desdeñosa. El viejo Bernardone, un hombre muy tacaño, se puso inmensamente furioso por la conducta de su hijo y Francisco, para evitar la ira de su padre, se escondió en una cueva cercana a San Damián durante todo un mes. Cuando salió de su escondite y volvió al pueblo, mugriento y enflaquido por el hambre, una turba escandalosa lo seguía, arrojándole lodo y piedras y burlándose de él como de un loco. Finalmente su padre lo arrastró a casa, lo golpeó, lo ató y lo encerró en una alacena obscura.
Liberado por su madre durante una ausencia de Benardone, Francisco volvió inmediatamente a San Damián, donde buscó asilo con el sacerdote. Pronto fue citado por su padre ante el consejo de la ciudad. El padre, no contento con haber ruperado el oro desparramado en el piso de San Damián, buscaba obligar a su hijo a renunciar a su herencia. Francisco aceptó à9sto de muy buen grado, pero dlaró que, dado que él se había puesto al servicio de Dios, ya no estaba bajo la jurisdicción civil. Llevado a la presencia del arzobispo, Francisco se quitó incluso la ropa que traía puesta, y entregándola a su padre, dijo: "Hasta hoy te he llamado padre en la tierra. De ahora en adelante yo sólo deseo dir "Padre Nuestro que estás en los cielos". Como canta Dante, "ahí y entonces" se celebraron las nupcias de Francisco con su amada esposa, la Dama Pobreza, bajo cuyo nombre, y en el lenguaje místico que después le fue tan familiar, él comprendía el abandono total de los bienes terrenales, honores y privilegios. Y entonces Francisco se puso en camino a las colinas en la parte posterior de Asís, improvisando himnos al caminar. "Soy el heraldo del Gran Rey", dlaró como respuesta a unos bandidos que enseguida procedieron a despojarlo de lo que tenía y lo arrojaron desptivamente en la nieve. Desnudo y a medio congelar, Francisco se arrastró a un monasterio cercano en el que por un tiempo trabajó como galopín. En Gubbio, a donde viajó después, Francisco obtuvo como limosna de un amigo una túnica, un ceñidor y un bastón de peregrino. Vuelto a Asís, iba y venía por la ciudad pidiendo piedras para la restauración de San Damián. Llevaba éstas a la vieja capilla, las colocaba personalmente en su lugar y finalmente la ronstruyó. Del mismo modo Francisco restauró otras dos capillas abandonadas, San Pedro, a cierta distancia de la ciudad, y Santa María de los Ángeles, en la planicie camino abajo, en un punto llamado la Porciúncula. Mientras tanto, redoblaba su celo en trabajos de caridad, muy espialmente cuidando a los leprosos.
Cierta mañana de 1208, probablemente el 24 de febrero, Francisco participaba en misa en la capilla de Santa María de los Ángeles, cerca de la que él se había construido una choza. El evangelio del día hablaba de cómo los discípulos de Cristo no deben poseer ni oro ni plata, ni viáticos para el viaje, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón, y que deberían exhortar a los padores al arrepentimiento y la penitencia, y anunciar el Reino de Dios. Francisco tomó esas palabras como si fueran dirigidas dirtamente a él, de tal modo que en cuanto terminó la misa abandonó lo poco que le quedaba de bienes temporales: sus zapatos, la túnica, el cayado de peregrino y su bolsa vacía. Por fin había encontrado su vocación. Habiendo obtenido una áspera túnica de lana, de "color de bestia", la ropa usada por los más pobres campesinos de Umbría, y atándose una cuerda anudada a la cintura, Francisco se puso inmediatamente en camino, exhortando a la gente del campo a la penitencia, al amor fraterno y la paz. La gente de Asís había ya cesado de mofarse de Francisco; ahora se detenían asombrados. Su ejemplo incluso atrajo a otros. Bernardo de Quintavalle, un magnate de la localidad, fue el primero que se unió a Francisco. Pronto fue seguido por Pedro Cataneo, un renombrado canónigo de la catedral. Con verdadero espíritu de entusiasmo religioso Francisco reparó la iglesia de San Nicolás y buscó allí descubrir la voluntad de Dios acerca de ellos abriendo tres ves al azar el libro de los evangelios sobre el altar. Cada vez aparieron pasajes en los que Cristo les día a sus discípulos que debían dejar todo y seguirlo. "Esta será nuestra regla de vida", exclamó Francisco, y condujo a sus compañeros a la plaza pública, donde ellos entregaron todas sus pertenencias a los pobres. Luego consiguieron hábitos ásperos como el de Francisco, y se construyeron pequeñas chozas cercanas a la de él en la Porciúncula. Pocos días después, Giles, quien posteriormente se habría de convertir en el gran contemplativo y pronunciador de "buenas palabras", fue el tercer seguidor de Francisco. La pequeña banda se dividió y marchó, de dos en dos, causando tal impresión por sus palabras y conducta que antes que pasara mucho tiempo varios otros discípulos se agruparon en torno a Francisco, ansiosos de participar en su pobreza. Entre ellos estaba Sabatino, "vir bonus et justus", Moricus, quien había pertenido a los crucígeros, Juan de Capella, quien posteriormente abandonó, Felipe, el "Largo", y cuatro más de quienes sólo sabemos los nombres. Cuando el número de sus compañeros había crido hasta once, Francisco consideró conveniente escribir una regla para ellos. Esa primera regla, como se le conoce, de los frailes menores no nos ha llegado en su forma original. Pare que era muy breve y simple, una mera adaptación de los preptos evangélicos que previamente Francisco había selcionado para la guía de sus primeros compañeros, y que él deseaba practicar perftamente. Una vez redactada la regla, los Penitentes de Asís, como se llamaban a si mismos Francisco y sus seguidores, marcharon a Roma a buscar la aprobación de la Santa Sede, aunque en ese entonces no era obligatoria aún esa aprobación. Hay varias versiones acerca de la repción que Inocencio III dio a Francisco. Lo que se cuenta es que Guido, obispo de Asís, quien estaba en Roma por entonces, romendó a Francisco con el cardenal Juan de San Pablo y que, a instancias de este último, el Papa llamó al santo, cuyas primeras exposiciones, según pare, había rhazado con cierta grosería. Más aún, en vez de las siniestras predicciones de otros en el colegio cardenalicio, quienes veían el modo de vida propuesto por Francisco como inseguro e impracticable, Inocencio, movido, según cuentan, por un sueño que tuvo en el que vio al Pobre de Asís sosteniendo una tambaleante basílica de Letrán, dio una autorización verbal a la regla presentada por Francisco y concedió al santo y a sus compañeros salir a predicar el arrepentimiento en todas partes. Antes de partir de Roma todos ellos ribieron la tonsura lesiástica, y Francisco fue ordenado diácono posteriormente.
Luego de su retorno a Asís, los Frailes Menores, que así había llamado Francisco a sus hermanos- por los minores, o clases inferiores, como algunos piensan, o en referencia al Evangelio (Mateo 25, 40-45), como otros creen, y para perpetuo ruerdo de su humildad- encontraron cobijo en una choza abandonada en Rivo Torto, en la planicie colina abajo desde la ciudad. Pero fueron forzados a abandonar ese aposento por un rudo campesino que les hó encima su mula. Alrededor del año 1211 obtuvieron una base permanente cerca de Asís, gracias a la generosidad de los benedictinos de Monte Subasio, quienes les dieron la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula. El convento franciscano se formó en cuanto se levantaron unas cuantas chozas pequeñas de paja y lodo, cercadas por una valla, a un costado del humilde santuario que ya desde antes era el preferido de Francisco. De este establimiento, que se convirtió en la cuna de la Orden Franciscana (Caput et Mater Ordinis) y el punto central de la vida de San Francisco, los frailes menores salían de dos en dos exhortando a la gente de los alrededores. Igual que niños "sin cuidado por el día", iban de lugar en lugar cantando su gozo, llamándose trovadores del Señor. Su claustro era el ancho mundo; dormían en pajares, grutas, pórticos de iglesias, y trabajaban al lado de los operarios de los campos. Cuando no les daban trabajo, mendigaban. En poco tiempo Francisco y sus compañeros llegaron a tener una influencia enorme, de modo que varones de toda clase social y forma de pensar pedían ser admitidos a la orden. Entre los nuevos rlutas de esa época estaban los famosos Tres Compañeros, quienes posteriormente escribieron su vida, a saber: Angelus Tancredi, un caballero noble, León, el Secretario y confesor del santo, y Rufino, primo de Santa Clara. Además, Junípero, el afamado "juglar del Señor".
En la cuaresma de 1212 tuvo Francisco un nuevo gozo, tan grande como inesperado. Clara, una joven rica de Asís, movida por la predicación del santo en la iglesia de San Jorge, lo buscó y le solicitó que le permitiera abrazar la nueva forma de vida que él había fundado. Por consejo suyo, Clara, que a la sazón tenía apenas diiocho años, dejó en secreto la casa de su padre la noche siguiente al Domingo de Ramos, y acompañada de dos amigas se dirigió a la Porciúncula, donde los frailes le salieron al encuentro en procesión, con antorchas. Enseguida, habiéndole cortado el cabello, Francisco le puso el hábito de los menores y de ese modo la ribió en la vida de pobreza, penitencia y retiro. Clara permanió provisionalmente con unas monjas benedictinas cerca de Asís hasta que Francisco logró encontrar un lugar aduado para ella y para Santa Inés, su hermana, y las demás vírgenes piadosas que se habían unido a ella. Finalmente las establió en San Damián, en una habitación adjunta a la capilla que él había ronstruido con sus propias manos y que había sido donada al santo por los Benedictinos como morada para sus hijas espirituales. Esa casa se convirtió así en el primer monasterio de la Segunda Orden Franciscana de las Damas Pobres, conocidas hoy día como Clarisas Pobres.
En el otoño del mismo año (1212) el ardiente deseo de Francisco de convertir a los sarracenos lo llevó a embarcarse hacia Siria, pero habiendo encallado en la costa de Eslavonia hubo de volver a Ancona. La primavera siguiente se dedicó a evangelizar la Italia central. Por ese entonces (1213) Francisco ribió del Conde Orlando de Chiusi la montaña de La Verna, un aislado picacho en medio de los Apeninos toscanos que se levanta unos 1000 metros sobre el Valle de Casentino, para que sirviera de retiro, "espialmente favorable para la contemplación". Ahí se podía retirar de tiempo en tiempo a orar y descansar. Francisco nunca separó la vida contemplativa de la activa, de lo que dan testimonio los varios eremitorios asociados con su ruerdo y las prístinas reglas que él escribió para quienes los habitaban. Por lo menos en una ocasión pare haber dominado al santo el deseo de dedicarse totalmente a la vida contemplativa. En algún momento del año siguiente (1214) Francisco se dirigió a Marruos, en otro intento más de llegar a los infieles y de, si fuera nesario, derramar su sangre por el Evangelio, pero estando en España fue atacado por una enfermedad tan severa que se vio obligado a tornar de nuevo a Italia.
Desafortunadamente nos faltan detalles auténticos del viaje de Francisco a España y de su estancia en ella. Probablemente tuvo lugar en el invierno del 1214-1215. Luego de su regreso a Umbría ribió en la orden a varios hombres nobles y letrados, incluso a quien iba a ser posteriormente su biógrafo, Tomás de Celano. Los siguientes diiocho meses abarcan lo que se puede considerar el período más oscuro de la vida del santo. No se sabe a ciencia cierta si participó en el Concilio de Letrán, en 1215; pudo haber sido. Sabemos por cleston, sin embargo, que Francisco sí estuvo presente a la muerte de Inocencio II, acaida en la Perusa, en julio de 1216. Breve tiempo después, o sea, en los inicios del pontificado de Honorio III, se concedió la famosa indulgencia de la Porciúncula. Se cuenta que, una vez, mientras Francisco oraba en la Porciúncula, Cristo se le aparió y le ofreció cumplirle cualquier favor que le pidiera. La salvación de las almas era la procuración constante de la oración de Francisco y, deseando hacer de su amada Porciúncula un santuario donde muchas de ellas encontraran la salvación, solicitó una indulgencia plenaria para aquellos que, habiendo confesado sus pados, visitaran la pequeña capilla. Nuestro Señor concedió su deseo con la condición que el Papa ratificara la indulgencia. De modo que Francisco salió hacia Perusa con el Hermano Maseo, a entrevistarse con Honorio III. Este último, a pesar de cierta oposición de la Curia ante favor tan poco común, concedió la indulgencia. Pero la restringió, sin embargo, a un día al año. Posteriormente fijó el 2 de agosto, a perpetuidad, como el día en que debía ganarse la Indulgencia Porciúncula, comúnmente conocida en Italia como il perdono d’Assisi. Eso es lo que dice la tradición. Pero el hecho de que no exista mención de esa indulgencia ni en los archivos papales ni en los diocesanos, ni tampoco la menor alusión a ella en las primeras biografías de Francisco o en documentos contemporáneos, ha llevado a algunos escritores a rhazarla. Tal argumentum ex silentio fue rebatido, sin embargo, por M. Paul Sabatier, quien en su edición crítica del "Tractatus de Indulgentia" de Fray Bartholi (vea BARTHOLI, FRANCESCO DELLA ROSSA) ha aportado todo lo que puede ser considerado como evidencia realmente confiable en su favor. Pero aún aquellos que consideran la concesión de la indulgencia como un dato histórico sustentable en el que se creía tradicionalmente admiten la falta de certeza de la primera narración. (Vea PORCIUNCULA)
En mayo de 1217 se llevó a cabo el primer capítulo general de los Frailes Menores, en la Porciúncula, teniendo la orden dividida en provincias y el mundo cristiano en igual número de misiones franciscanas. Toscania, Lombardía, Provenza, España y Alemania fueron asignadas a cinco de los principales seguidores de Francisco. El santo se reservó Francia, y de hecho tomó rumbo hacia ese país, pero al llegar a Florencia fue persuadido por el cardenal Ugolino, quien había sido nombrado prottor de la orden en 1216, para que no siguiera. En su lugar, por tanto, envió Francisco a su utilísimo hermano Pacífico, ronocido en el siglo como poeta, junto con el Hermano Agnello, quien más adelante establió los Frailes Menores en Inglaterra. Aunque Francisco y sus frailes tuvieron gran éxito, con él también llegó la oposición. Para tratar de corregir cualquier prejuicio que la Curia pudiera haber albergado sobre sus métodos, Francisco, por insistencia del Cardenal Ugolino, fue a Roma y predicó ante el Papa y los cardenales en Letrán. La visita, que tuvo lugar entre 1217 y 1218, fue al parer la ocasión del memorable encuentro entre Francisco y Santo Domingo. Francisco dedicó el año 1218 a viajes misioneros en Italia, que constituyeron un triunfo para él. Generalmente predicaba a la intemperie, en los mercados, desde las escalinatas de las iglesias, de los muros de los patios del algún castillo. Atraídos por la magia de su presencia, las multitudes, admiradas por lo desacostumbrado de una predicación popular en el idioma del pueblo, seguían a Francisco de lugar en lugar, pendientes de sus labios; las campanas de las iglesias repicaban para anunciar su llegada; procesiones del clero con la gente salían a ribirlo con música y cantos; sacaban a sus enfermos para que los bendijera y sanara, y besaban hasta el suelo donde él caminaba, e incluso intentaban cortar trozos de su túnica. Al extraordinario entusiasmo con el que el santo era bienvenido en todas partes sólo se equiparaba el resultado inmediato y visible de su predicación. Sus exhortaciones, que difícilmente pueden ser llamados sermones: cortas, hogareñas, aftivas y patéticas, movían aún al más frívolo y endurido. Como resultado, Francisco se convirtió en un verdadero conquistador de almas. Una vez acontió que, mientras el santo estaba predicando en Camara, un pueblillo cerca de Asís, la multitud fue motivada de tal modo por sus "palabras de espíritu y vida" que se presentaron a él como una sola persona y le rogaron que los admitiera en su orden. Para responder a tales solicitudes fue que Francisco creó la Tercera Orden de los Hermanos y Hermanas de la Penitencia, como se llama hoy día, que él veía como una espie de camino intermedio entre el claustro y el mundo para quienes no podían dejar su hogar o traicionar sus vocaciones para entrar en la Primera Orden de Frailes Menores o la Segunda Orden de las Damas Pobres. No hay duda que Francisco prescribió obligaciones espíficas para esos terciarios. No debían portar armas, hacer juramentos, inmiscuirse en procesos legales, etc. Aunque se dice que diseñó una regla formal para ellos, también queda claro que dicha regla, que fue confirmada por Nicolás IV en 1289, al menos en la forma como nos ha llegado a nosotros, no representa la regla original de Los Hermanos y Hermanas de la Penitencia. De cualquier modo, ya es costumbre fijar la fecha de la fundación de la Tercera Orden en 1221, aunque se desconozca la fecha exacta con certeza.
Durante el segundo capítulo general (Mayo, 1219), didido a llevar adelante su proyto de evangelizar a los infieles, Francisco encargó una misión distinta a cada uno de sus discípulos más aventajados, y se reservó para si mismo el sitio de la guerra entre los cruzados y los sarracenos. Con once compañeros, que incluían al Hermano Iluminado y a Pedro de Cataneo, Francisco se embarcó en Ancona el 21 de junio, rumbo a San Juan de Acre, y estuvo presente durante el sitio y la toma de Damietta. Luego de predicar ahí ante las fuerzas cristianas, Francisco se pasó sin temor al campo de los infieles, donde fue tomado prisionero y llevado ante el sultán. Según el testimonio de Jacques de Vitry, quien estaba entre los cruzados en Damietta, el sultán ribió a Francisco cortésmente, pero fuera de haber obtenido del gobernante un trato más indulgente de los prisioneros cristianos, la predicación del santo no tuvo mayor efto. Se cree que el santo, antes de retornar a Europa, visitó Palestina y obtuvo ahí para los frailes el derecho, que aún conservan, de ser los guardianes de los santos lugares. Lo que sí consta es que Francisco fue obligado a regresar de prisa a Italia a causa de varios problemas que se habían suscitado en su ausencia. Hasta Oriente le llegaron las noticias de que Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, los dos vicarios generales que él había dejado a cargo de la orden, habían convocado a un capítulo que, entre otras innovaciones, buscaba imponer a los frailes un ayuno mayor y más estricto que lo que la regla requería. Además, el Cardenal Ugolino había impuesto a las Damas Pobres una regla que era prácticamente igual a la de las benedictinas y el Hermano Felipe la había aceptado, siendo que a él lo había delegado Francisco para que cuidara de los intereses de las hermanas. Para empeorar las cosas, Juan de Capella, uno de los primeros compañeros del santo, había reunido un gran número de leprosos, hombres y mujeres, con la idea de formar con ellos una nueva orden religiosa y había partido a Roma para solicitar la aprobación de la regla que había escrito para esos pobres. Por último, se había esparcido el rumor de que Francisco había muerto, así que cuando llegó a Italia de regreso con el Hermano Elías- pare que desembarcó en Venia en julio de 1220- los frailes se sumieron en un sentimiento general de inquietud. Aparte de esos problemas, la orden estaba pasando por un período de transición. Era evidente que las formas simples, familiares e informales que habían distinguido el movimiento franciscano en sus inicios, estaban desapariendo gradualmente. La pobreza heroica que practicaban Francisco y sus compañeros al principio se volvía cada vez más difícil en la medida en que aumentaba el número de frailes. Al regresar, Francisco no pudo evita darse cuenta de todo eso. El Cardenal Ugolino se había dado a la tarea de "ronciliar inspiraciones tan faltas de reflexión y tan libres con un orden de cosas que ellas mismas habían sobrepasado". Este notable varón, quien después ascendería al trono papal con el nombre de Gregorio IX, amaba profundamente a Francisco, a quien veneraba como santo y a quien, también, según nos cuentan algunos escritores, manejaba como a un fanático. Pare indiscutible que el Cardenal Ugolino tuvo mucho que ver con modelar los altos ideales de Francisco "dentro de cierto alcance y orientación". Tampoco es difícil ronocer su mano en los importantes cambios realizados en la organización de la orden en el así llamado Capítulo de las Esteras. Se dice que en esa famosa asamblea, llevada a cabo en la Porciúncula de Whitsuntide, en 1220 ó 1221, (no hay mucho campo de duda referente a la fecha exacta y al número de los primeros capítulos), estaban presentes cerca de 5000 frailes, además de 500 postulantes de la orden. Chozas de paja y barro brindaron abrigo a esa multitud.
Deliberadamente Francisco había evitado hacer provisiones para ella, pero la caridad de los poblados vinos les abastió de alimento, al tiempo que caballeros y nobles les servían con gusto. Fue en esa ocasión que Francisco, indudablemente molesto y desanimado por la tendencia mostrada por un gran número de frailes a relajar los rigores de la regla según los dictados de la prudencia humana, y sintiéndose quizás fuera de lugar en una posición que demandaba cada vez más habilidades de organización, cedió su lugar como general de la orden a Pedro de Cataneo. Mas este último fallió en menos de un año, siendo sucedido como vicario general por el infeliz Hermano Elías (vea ELIAS DE CORTONA), quien continuó en ese puesto hasta la muerte de Francisco. Mientras tanto, el santo, durante los años de vida que le quedaban, buscó siempre dar a los frailes una impresión de lo que él pensaba que deberían ser a través de la silenciosa enseñanza del ejemplo personal. Ya en una ocasión, pasando por Bolonia a su regreso de Oriente, se había rehusado a entrar en un convento porque oyó que lo llamaban "la casa de los frailes" y porque se había instituido en él un institutum. Además, ordenó a todos los frailes que ahí vivían, incluso a los que estaban enfermos, que lo abandonaran inmediatamente y no fue sino hasta cierto tiempo después, cuando el Cardenal Ugolino hubo dlarado que ese edificio era de su propiedad, que Francisco soportó que sus hermanos entraran en él de nuevo. Por más que las convicciones del santo fueran fuertes y definidas, y la línea de vida que adoptó fuera determinada, nunca se convirtió en esclavo de alguna teoría en lo concerniente a la observancia de la pobreza o de cualquier otra cosa. No había nada en él de estrhez de miras o de fanatismo. En lo tocante al estudio, Francisco sólo deseaba para sus frailes tanto conocimiento teológico como fuera nesario para la misión de la orden, que era ante todo una misión de ejemplo. De aquí que viera la acumulación de libros como un distanciamiento de la pobreza que los frailes profesaban, y resistió el deseo de simple erudición, tan popular en su tiempo, en la medida en que aftaba las raíces de la simplicidad que estaba tan hondamente enraizada en la esencia de su vida e ideal, y amenazaba sofocar el espíritu de oración, al que consideraba preferible sobre todo lo demás.
En 1221, nos cuentan algunos escritores, Francisco redactó una nueva regla para los Frailes Menores. Otros ven esta regla de 1221 no como una nueva regla sino como la primera que fue aprobada oralmente por Inocencio, no en su forma original, claro, porque ésta no ha llegado hasta nosotros, sino adicionada y modificada en el curso de doce años. Cualquiera que sea la verdad, la así llamada Regla de 1221 es totalmente distinta de cualquier otra regla que se haya elaborado. Era demasiado larga y vaga para ser una regla formal. Dos años después, Francisco se retiró a Fonte Colombo, un eremitorio cerca de Rieti, y reescribió la regla en una forma más compendiada. Confió el borrador de la regla revisada al Hermano Elías, quien poco después confesó que lo había perdido por negligencia. Ante esa circunstancia, Francisco regresó a la soledad de Fonte Colombo y volvió a escribir la regla siguiendo las mismas líneas de la anterior, pero reduciendo sus 23 capítulos a 12, y modificando ciertos detalles de algunos de sus preptos a instancias del Cardenal Ugolino. Fue en esta forma que la regla fue solemnemente aprobada por Honorio III, el 29 de noviembre de 1223 (Litt. "Solet annuere"). Esta Segunda Regla, como se le llama comúnmente, o Regula Bullata de los Frailes Menores, es la que desde entonces se ha profesado en la Primera Orden de San Francisco (vea SAN FRANCISCO, REGLA DE). Está basada en los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, con un énfasis espial en la pobreza, la que Francisco quiso que fuera la característica de su orden, y que se convirtió en el signo de contradicción. Este voto de pobreza absoluta en la primera y segunda órdenes y la ronciliación de lo religioso con el estado sular en la Tercera Orden de Penitencia son las principales novedades introducidas por Francisco en la regulación monástica.
Fue durante la Navidad de ese año (1223) que el santo concibió la idea de celebrar dicha fiesta en "una forma nueva", reproduciendo el praesepio de Belén en un templo de Grcio. De ese modo se convirtió en el iniciador de la devoción popular por el pesebre. La Navidad pare haber sido la fiesta favorita de Francisco y quiso persuadir al emperador de que hiciera una ley para obligar a los ciudadanos a cuidar bien de las aves y de las bestias, igual que de los pobres, de modo que todos tuvieran ocasión de regocijarse en el Señor.
A principios de agosto de 1224, Francisco se retiró con tres compañeros a "esa áspera roca entre Tiber y Arno", como Dante llamó La Verna, para ayunar cuarenta días en preparación de la fiesta de San Miguel. Durante el retiro los sufrimientos de Cristo se convirtieron más que nunca en el tema de sus meditaciones. En pocas almas, quizás, ha llegado a penetrar tan profundamente el significado total de la Pasión. Fue durante, o cerca de, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), mientras oraba en la ladera de la montaña, que tuvo la maravillosa visión del serafín, cuya suela fue la aparición en su cuerpo de las señales visibles de las cinco heridas del Crucificado que, dice uno de los primeros escritores, ya tenían tiempo de haber sido impresas en su corazón.
El Hermano León, quien estaba con Francisco cuando éste ribió los estigmas, nos ha dejado en su nota a la bendición autógrafa del santo que se conserva en Asís una narración simple y clara del milagro que, por otro lado, fue mejor atestiguado que
San Francisco de Borja
Francsico de Borja y Aragón nació el 28 de octubre de 1510, hijo de Juan de Borja, 3er duque de Gandía y de Juana de Aragón; murió el 30 de septiembre de 1572. El futuro santo descendía de famosos desafortunados. Su abuelo, Juan Borja, el Segundo hijo de Alejandro VI, fue asesinado en Roma el 14 de junio de 1497 por un asesino desconocido, pero su familia siempre creyó que había sido César Borgia (Borja). Rodrigo Borgia, elto papa en 1402 bajo el nombre de Alejandro VI, tenía ocho hijos. El mayor, Pedro Luis, obtuvo en 1485 el hereditario ducado de Gandía en el reino de Valencia, el cual, a su muerte, pasó a su hermano Juan, quien estaba casado con María Enríquez de Luna. Habiendo quedado viuda debido al asesinato de su marido, María Enríquez renunció a su ducado y se dedicó piadosamente a la educación de sus dos hijos, Juan e Isabel. Luego del matrimonio de su hijo en 1509, siguió el ejemplo de su hija, quien había retirado al convento de las Clarisas Pobres en Gandía y fue mediante estas dos mujeres que la santidad entró a la familia Borja y en la Casa de Gandía había empezado el trabajo de reparación que Francisco de Borja habría de culminar. Biznieto de Alejandro VI por vía paterna, era, por el lado de su madre, biznieto del Rey Católico Fernando de Aragón. Este monarca había procurado el nombramiento de su hijo natural, Alfonso al Arzobispado de Zaragoza, a la edad de nueve años. De Ana de Gurrea, Alfonso tuvo dos hijos, quienes lo sucedieron en su sede arquiepiscopal y dos hijas, una de las cuales, Juana, se casó con el duque Juan de Gandía y se convirtió en la madre de nuestro santo. De este matrimonio Juan tuvo tres hijos y cuatro hijas. De un segundo, contraído en 1523, tuvo cinco hijos y cinco hijas. El mayor de todos y heredero al ducado era Francisco. Piadosamente criado en una corte que sentía la influencia de las dos Clarisas, madre y hermana del duque reinante, Francisco perdió a su propia madre cuando tenía diez. En 1521, una sedición entre el populacho puso en peligro la vida del niño y la posición de la nobleza. Cuando el disturbio fue suprimido, Francisco fue enviado a Zaragoza a continuar su educación en la corte de su tío, el arzobispo, un ostentoso prelado que nunca había sido consagrado y ni siquiera ordenado sacerdote. A pesar de que en esta corte se mantenía la católica fe española, caía, sin embargo, en la laxitud permitida por los tiempos y Francisco no podía evitar notar la relación que tenía su abuela con el fallido arzobispo, a pesar de que estaba en deuda con ella por su temprano entrenamiento religioso. Mientras estuvo en Zaragoza, Francisco cultivó su mente y llamó la atención de sus parientes por su fervor. Ellos, deseosos de asegurar la fortuna del heredero de Gandía, le enviaron a los doce años a Tordesillas como paje de la Infanta Catalina, la hija menor y compañera en soledad de la infortunada reina, Juana la Loca.
En 1525 la infanta se casó con el rey Juan III de Portugal y Francisco regresó a Zaragoza a completar su educación. Finalmente, en 1528, la corte de Carlos V fue abierta para él y un futuro brillante aparió ante él. En su camino a Valladolid, mientras pasaba, brillantemente escoltado, por Alcalá de Henares, Francisco encontró a un pobre hombre a quien los asociados de la Inquisición llevaban a prisión. Era Ignacio de Loyola. El joven noble intercambió una mirada de emoción con el prisionero, sin pensar que algún día estarían unidos por lazos estrhos. El emperador y la emperatriz ribieron a Borja más como amigo que como súbdito. Tenía diisiete, dotado con múltiples encantos, acompañado por un magnífico tren de seguidores y, luego del emperador, su presencia era la más galante y caballerosa en la corte. En 1529, por deseo de la emperatriz, Carlos V le dio la mano de Leonor de Castro en matrimonio, haciéndolo al mismo tiempo, Marqués de Lombay y Escudero de la emperatriz y nombrando Camarera Mayor a Leonor. El rién creado Marqués de Lombay disfrutó de una posición privilegiada. Cuando el emperador viajaba o conducía una campaña, le confiaba al joven escudero el cuidado de la emperatriz y a su regreso a España lo trataba como confidente y amigo. En 1535 Carlos V guió la expedición a Túnez sin la compañía de Borja, pero al año siguiente el favorito siguió a su monarca a la desafortunada campaña en Provenza. Además de sus virtudes que lo hacían el modelo de la corte y los atractivos personales que le adornaban, el marqués de Lombay poseía un refinado gusto musical. Se deleitaba sobre todo, en composiciones eclesiásticas y testificando la habilidad del compositor, se puede asegurar que en el siglo XVI y antes de Palestrina, Borja fue uno de los principales restauradores de la música sacra.
En 1538 un octavo niño nació de los marqueses de Lombay y el 1 de mayo del año siguiente, la emperatriz Isabel murió. El escudero fue comisionado para llevar sus restos a Granada, donde fueron enterrados el 17 de mayo. La muerte de la emperatriz causó el primer revés en la brillante carrera de los Marqueses de Lombay. Los alejó de la corte y le enseñó al noble la vanidad de la vida y de sus grandezas. San Juan de Ávila predicó el sermón funerario y Francisco, haciéndole saber su deseo de reformar su vida, regresó a Toledo resuelto en ser un perfto cristiano. El 26 de junio de 1539, Carlos V nombró a Borja virrey de Cataluña y la importancia del cargo probó las genuinas cualidades del cortesano. Instrucciones prisas determinaron su curso de acción. Fue a reformar la administración de justicia, poner en orden las finanzas, fortificar la ciudad de Barcelona y reprimir a los que estaban fuera de la ley. A su llegada a la virreinal ciudad, el 23 de agosto, procedió de inmediato, con una energía que no podía derrumbar la oposición, a edificar los rampantes, limpiar el país de las bandas que lo asolaban, reformar los monasterios y desarrollar el aprendizaje. Durante su virreinato se mostró juez inflexible y sobre todo cristiano ejemplar. Pero una serie de graves pruebas estaban destinadas a desarrollar en él el trabajo de santificación iniciado en Granada. En 1543, a la muerte de su padre, se convirtió en Duque de Gandía y fue nombrado por el emperador Dirtor de la Casa del príncipe Felipe de España, quien se había casado con la princesa de Portugal. Este nombramiento paría indicar que Francisco sería el primer ministro del futuro reinado, pero los reyes de Portugal se opusieron al nombramiento. Francisco, entonces, se retiró a su ducado de Gandía y durante tres años esperó la terminación del disgusto que lo alejaba de la corte. Se dedicó por placer, a reorganizar su ducado, a encontrar una universidad para obtener el grado de Doctor en Teología y a buscar un grado aún más alto de virtud. En 1546 su esposa murió. El duque había invitado a los jesuitas a Gandía y se convirtió en su prottor y discípulo e incluso en ciertos casos, en su modelo. Pero deseaba aún más y el 1 de febrero de 1548 se hizo uno de ellos al pronunciar el solemne voto de religión, aunque fue autorizado por el Papa a permaner en el mundo, hasta que hubiera cumplido sus obligaciones hacia sus hijos y sus estados -sus obligaciones como padre y gobernante.
El 31 de agosto de 1550, el duque de Gandía abandonó sus estados para no verlos nunca más. El 23 de octubre arribó a Roma, se puso a los pies de San Ignacio y edificó mediante su rara humildad espialmente a aquellos que rordaban el antiguo poder de los Borja. Rápido para concebir grandes proytos, incluso entonces urgió a San Ignacio a fundar el Colegio Romano. El 4 de febrero de 1551, dejó Roma, sin dar a conocer la intención de su partida. El 4 de abril llegó a Azpeitia en Guipúzcoa y eligió como residencia la ermita de Santa Magdalena cerca de Oñate. Habiéndole permitido Carlos V renunciar a sus posesiones, abdicó a favor de su hijo mayor, fue ordenado sacerdote el 25 de mayo y de inmediato comenzó a predicar una serie de sermones en Guipúzcoa, la cual revivió la fe del país. Nada se habló más en España que este cambio de vida y Oñate se convirtió en lugar de intenso peregrinaje. El neófito fue obligado a apartarse de la oración con el fin de predicar en las ciudades que lo llamaban y a las cuales sus ardientes palabras, su ejemplo e incluso su mera presencia, marcaban profundamente. En 1553 fue invitado a visitar Portugal. La corte le ribió como mensajero de Dios y le rindió, por lo tanto, una veneración que se ha preservado. A su regreso de esta jornada, Francisco supo que, a petición del emperador, el Papa Julio III lo nombraba al cardenalato. San Ignacio logró que el Papa ronsiderara esta disión, pero dos años más tarde el proyto fue renovado y Borja ansiosamente si, en conciencia, se podría oponer al Papa. San Ignacio de nuevo lo relevó de esta carga al pedirle que pronunciara los solemnes votos de profesión, por los cuales se comprometió a no aceptar ninguna dignidad salvo bajo orden formal del Papa. De este modo, el santo se reaseguró. Pío IV y Pío V lo amaron demasiado como para imponerle una dignidad que le hubiera causado sufrimiento. Gregorio XIII, sin embargo, paría resuelto, en 1572 para ignorar este rhazo, pero en esta ocasión la muerte le salvó de la elevación que tanto había temido.
El 10 de junio de 1554, San Ignacio nombró a Francisco de Borja comisario general de la Compañía en España. Dos años más tarde le confió el cuidado de las misiones de las Indias Orientales y Occidentales, es dir de todas las misiones de la Compañía. Hacer esto fue confiarle a un rluta el futuro de su orden en la península, pero al hacer esto el fundador demostró su raro conocimiento de los hombres, dado que en siete años Francisco transformaría las provincias confiadas a él. Las encontró con pocos súbditos, con unas cuantas casas y poco conocidos. Las dejó fortalidas por su influencia y ricas en discípulos obtenidos de los más altos grados de la sociedad. Estos últimos, cuyo ejemplo les había atraído mucho, se reunían principalmente en su noviciado en Simancas y fueron suficientes para numerosas fundaciones. Todo le ayudó a Borja -su nombre, santidad, su notorio poder de iniciativa y su influencia con la princesa Juana, quien gobernó Castilla en ausencia de su hermano Felipe. El 22 de abril de 1555, la reina Juana la Loca murió en Tordesillas, asistida por Borja. A la presencia del santo se le atribuye la serenidad de la reina en sus últimos momentos. La veneración que inspiraba se incrementó, entonces y aún más su extrema austeridad, el cuidado que prodigaba a los pobres en los hospitales, las maravillosas gracias con las que Dios rodeaba su apostolado, contribuyeron a aumentar un renombre que él aprovhaba para ayudar el trabajo de Dios. En 1565 y 66 fundó las misiones de Florida, Nueva España y Perú, extendiendo así al Nuevo Mundo los eftos de su celo insaciable.
En diciembre de 1556 y en otras tres ocasiones, Carlos V se encerró en Yuste. De inmediato convocó a su antiguo favorito, cuyo ejemplo había hecho mucho para inspirarlo en el deseo de abdicar. En agosto siguiente lo envió a Lisboa con varios asuntos relacionados con la sucesión de Juan III. Cuando el emperador murió el 21 de septiembre de 1558, Borja no pudo estar presente a su lado, pero fue uno de los ejutores testamentarios nombrados por el monarca y fue quien, en los solemnes servicios en Valladolid, pronunció la elegía del soberano muerto. Este periodo de éxitos sería cerrado por una prueba. En 1559 Felipe II regresó a reinar a España. Prejuiciado por varias rezones (prejuicio fomentado por muchos envidiosos de Borja, algunos de cuyos interpelados trabajos habían sido rientemente condenados por la Inquisición), Felipe parió haber olvidado su antigua amistad con el Marqués de Lombay y manifestó hacia él un disgusto que se incrementó cuando supo que el santo había ido a Lisboa. Indiferente a esta tormenta, Francisco continuo por dos años en Portugal su predicación y sus fundaciones y entonces, a solicitud del papa Pío IV, fue a Roma en 1561. Pero las tormentas tienen su misión providencial. Podría cuestionarse si por la desgracia de 1543, el duque de Gandía se había hecho religioso y si, por la prueba que lo ausentó de España, pudo realizar el trabajo que le esperaba en Italia. En Roma no pasó mucho antes de que atrajera la atención del público. Los cardenales Otho Truchsess, arzobispo de Augsburgo, Stanislaus Hosius y Alejandro Farnesio le manifestaron una sincera amistad. Dos hombres principalmente se regocijaron con su llegada. Fueron Michael Chisleri, futuro papa Pío V y Carlos Borromeo, a quien el ejemplo de Borja ayudó a convertirse en santo.
El 16 de febrero de 1564, Francisco de Borja fue nombrado asistente general en España y Portugal y el 20 de febrero de 1565, fue nombrado vicario general de la Compañía de Jesús. Fue elegido general el 2 de julio de 1565 por 31 votos de 39, para suceder al Padre Santiago Laynez. A pesar de estar muy debilitado por sus austeridades, desgastado por ataques de gota y una afción del estómago, el nuevo general aún poseía mucha fortaleza, la cual, añadida a su abundancia de iniciativa, su atrevimiento en la concepción y ejución de vastos designios y la influencia que ejercía sobre los príncipes cristianos y en Roma, le hicieron de inmediato un modelo ejemplar y cabeza providencial de la Compañía. En España había tenido otros cuidados además del gobierno. En adelante sería únicamente el general. El predicador estaba silencioso. El dirtor de almas había cesado de ejercer su actividad, excepto mediante correspondencia, la cual, es cierto, fue inmensa y dio por todo el mundo, luz y fuerza a reyes, obispos y apóstoles, a casi todos los que en su tiempo sirvieron a la causa católica. Siendo su principal preocupación fortaler y desarrollar la orden, envió visitadores a todas las provincias de Europa, a Brasil, India y Japón. Las instrucciones con que los proveyó son modelos de prudencia, amabilidad y amplitud de mente. Para los misioneros así como para los padres delegados por el papa ante la Dieta de Augsburgo, para los confesores de príncipes y los maestros de escuelas marcó amplios y seguros caminos. Atrajo a los hombres principalmente por su bondad y ganó las almas al bien mediante su ejemplo. La edición de las reglas, en las cuales trabajó incesantemente, fue completada en 1567. Las publicó en Roma, las distribuyó y pidió su inmediata observancia. El texto de las normas vigentes fue editado luego de su muerte en 1580, pero difiere poco de las emitidas por Borja, a quien la Compañía le debe la principal edición de sus reglas, así como de los Ejercicios Espirituales, de los cuales había asumido el costo en 1548. Para asegurar la formación intelltual y espiritual de los jóvenes religiosos y el carácter apostólico de la orden, fue nesario tomar otras medidas. La tarea de Borja fue establer, primero en Roma y luego en todas las provincias, noviciados sabiamente regulados y florientes casas de estudio y desarrollar la vida interior al establer en todas ellas la costumbre de una hora diaria de oración.
Completó en Roma la casa e iglesia de S. Andre en el Quirinal en 1567. Ilustres novicios se apacentaron ahí, entre ellos Estanislao Kotska (m. 1568) y Rodolfo Acquaviva. Desde su primer viaje a Roma, Borja había tenido la preocupación de fundar un colegio romano y mientras estuvo en España, había apoyado generosamente el proyto. En 1567, construyó la iglesia del colegio, le aseguró un ingreso de seis mil ducados y al mismo tiempo trazó la regla de estudios, la cual, en 1583, inspiró a los compiladores del Ratio Studiorum de la Compañía. Siendo un hombre de oración como lo era de acción, el santo general, a pesar de sus inmensas ocupaciones, no permitía que su alma se distrajera de la continua contemplación. Fortalida por tan vigilante y santa administración, la Compañía no pudo sino desarrollarse. España y Portugal sumaron muchas fundaciones; en Italia San Francisco creó la provincia romana y fundó varios colegios en el Piamonte. Francia y las provincias del norte fueron, sin embargo, al mayor campo de sus triunfos. Sus relaciones con el Cardenal de Lorena y su influencia en la corte francesa hicieron posible para él finalizar numerosos malentendidos, asegurar la revocación de varios edictos hostiles y fundar ocho colegios en Francia. En Flandes y Bohemia, en el Tirol y en Alemania, mantuvo y multiplicó importantes fundaciones. La provincia de Polonia fue completamente su trabajo. En Roma todo se transformó por sus manos. Había construido S. Andrea y la iglesia del colegio romano. Ayudó generosamente en la construcción del Gesù y a pesar de que el fundador oficial de esa iglesia fue el Cardenal Farnesio y de que el Colegio Romano había tomado el nombre de uno de sus más grandes benefactores, Gregorio XIII, Borja contribuyó más que nadie a estas fundaciones. Durante los siete años de su gobierno, Borja había introducido tantas reformas en su orden como para merer ser llamado su segundo fundador. Tres santos de esta época trabajaron incesantemente para ayudar al renacimiento del catolicismo; ellos fueron San Francisco de Borja, San Pío V y San Carlos Borromeo.
El pontificado de Pío V y el generalato de Borja comenzaron con un intervalo de unos cuantos meses y terminaron casi al mismo tiempo. El papa santo tenía entera confianza en el general santo, quien correspondía con inteligente devoción a cada deseo del pontífice. Fue él quien inspiró al papa la idea de exigir de las Universidades de Perugia y Bolonia y eventualmente, de todas las universidades católicas, una profesión de fe católica. Fue también él quien, en 1568, deseó que el papa nombrara una comisión de cardenales encargados de promover la conversión de infieles y herejes, la cual fue el germen de la Congregación para la Propagación de la Fe, establida más tarde por Gregorio XV en 1622. Una fiebre pestilente invadió Roma en 1566 y Borja organizó métodos de alivio, establió ambulancias y distribuyó a cuarenta de sus religiosos para tal propósito, de manera que habiendo terminado la epidemia dos años después, fue a Borja a quien el papa confió la seguridad de la ciudad.
Francisco de Borja siempre había amado las misiones extranjeras. Reformó aquellas de la India y el Extremo Oriente y creó las de América. En unos cuantos años tuvo la Gloria de tener entre sus hijos a sesenta y seis mártires, los más ilustres de los cuales fueron los 53 misioneros de Brasil quienes con su superior, Ignacio Acevedo, fueron masacrados por corsarios hugonotes. Sólo le quedaba a Francisco terminar su Hermosa vida con un espléndido acto de obediencia al Papa y devoción a la Iglesia.
El 7 de junio de 1571, Pío V le pidió que acompañara a su sobrino, el cardenal Bonelli en una embajada a España y Portugal. Francisco estaba en ruperación de una severa enfermedad; se temía que no tendría la fortaleza para soportar la fatiga y él mismo sentía que tal viaje le podría costar la vida, pero él la entregó generosamente. España lo ribió con transportes. La Antigua desconfianza de Felipe II había sido olvidada. Barcelona y Valencia se apresuraron a ribir a su antiguo virrey y santo duque. Las multitudes en las calles gritaban: "¿Dónde está el santo?" Lo encontraron desgastado por la penitencia. Adonde quiera que iba, ronciliaba diferencias y suavizaba discordias. En Madrid Felipe II lo ribió con los brazos abiertos, la Inquisición aprobó y ronoció sus genuinos trabajos. La reparación estaba completada y paría que Dios había deseado este viaje para que España entendiera por última vez este sermón viviente, la vista de un santo. Gandía ardientemente deseaba contemplar a su santo duque pero nunca consintió en regresar. La embajada a Lisboa no fue menos consoladora para Borja. Entre otros felices resultados, logró del rey, Don Sebastián, pedir en matrimonio la mano de Margarita de Valois, la hermana de Carlos IX. Este era el deseo de San Pío V, pero, habiendo sido formulado demasiado tarde, fue frustrado por la reina de Navarra, quien mientras tanto había asegurado la mano de Margarita para su hijo. Una orden del Papa expresó su deseo de que la embajada también llegara a la corte francesa. El invierno prometía ser severo y sería fatal para Borja. Aún más fatal para él fue el esptáculo de la devastación que había causado la herejía en el país, lo cual hirió gravemente el corazón del santo. En Blois, Carlos IX y Catalina de Médicis le dieron a Borja la repción debida a un Grande de España, pero al cardenal legado, así como a él le dieron solo palabras amables con poca sinceridad. El 25 dejaron Blois. Para cuando llegaron a Lyon, los pulmones de Borja ya estaban aftados. Bajo estas condiciones el paso del monte Cenis, sobre caminos nevados fue extremadamente doloroso. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el inválido llegó a Turín. En el camino la gente salía de las villas clamando: "Queremos ver al Santo". Advertido de la condición de su primo, Alfonso de Este, duque de Ferrar, mandó por él a Alejandría y lo llevó a su ciudad ducal donde permanió del 19 de abril al 3 de septiembre. Desesperaron de su ruperación y se dijo que no sobreviviría al otoño. Deseando morir en Loreto o en Roma, partió en una litera el 3 de septiembre, pasó ocho días en Loreto y luego, a pesar de los sufrimientos causados por el más mínimo brinco, ordenó a los porteadores que se dirigieran con mayor velocidad a Roma. Se esperaba que en cualquier instante vería el final de su agonía. Alcanzó la "Porta del Popolo" el 28 de septiembre. El moribundo detuvo su litera y agradió a Dios que había sido capaz de completar este acto de obediencia. Fue trasladado a su celda, la cual pronto fue invadida por cardenales y prelados. Durante dos días Francisco de Borja, completamente consciente, esperó la muerte, ribiendo a todos los visitantes y bendiciendo, mediante su hermano menor, Tomás de Borja, a todos sus hijos y nietos. Poco después de la media noche del 30 de septiembre, su hermosa vida llegó a un hermoso e indoloro final. En la Iglesia Católica él ha sido uno de los más notables ejemplos de la conversión de las almas luego del Renacimiento y para la Compañía de Jesús había sido el prottor escogido por la Providencia a quien, luego de San Ignacio, le debe más.
En 1607, el duque de Lerma, ministro de Felipe III y nieto de San Francisco de Borja, habi eendo visto a su nieta milagrosamente curada por intercesión de Francisco, causó que iniciara el proceso de canonización. El proceso ordinario comenzó de inmediato en varias ciudades y fue seguido, en 1637, por el proceso Apostólico. En 1617 Madrid ribió los restos del santo. En 1624 la Congregación de los Ritos anunció que se procedería a su beatificación y canonización. La beatificación fue celebrada en Madrid con esplendor incomparable. Puesto que Urbano VIII había dretado, en 1631, que un Santo no podría ser canonizado sin un nuevo procedimiento, se inició otro proceso. Estaba reservado para Clemente X firmar la Bula de canonización de San Francisco de Borja el 20 de junio de 1670. Librado del dreto de José Bonaparte quien, en 1809, ordenó confiscar todos los santuarios y objetos priosos, el relicario de plata que contiene los restos del santo, luego de varias vicisitudes, fue llevado, en 1901, a la iglesia de la Compañía de Jesús en Madrid, donde es honrado actualmente.
Con razón España y la Iglesia veneran en San Francisco de Borja a un gran hombre y un gran santo. Los más altos nobles de España están orgullosos de descender de él o de tener conexión con él. Por su penitencia y vida apostólica reparó los pados de su familia y dio gloria a un nombre que, de no ser por él, habría permanido siendo fuente de humillación para la Iglesia. Su fiesta se celebra el 3 de octubre.
Fuentes: Archivos de Osuna (Madrid), de Simancas; Archivos Nacionales de Paris; Archivos de la Compañía de Jesús; Regeste du généralat de Laynez et de Borgia, etc. Monumenta historica S. J. (Madrid); Mon. Borgiana; Chronicon Polanci; Epistolæ Mixtæ; Quadrimetres; Epistolæ Patris Nadal, etc.; Epistolæ et instructiones S. Ignatii; ORLANDINI AND SACCHINI, Historia Societatis Jesu; ALCÁZAR, Chrono-historia de la provincia de Toledo; Lives of the saint by VASQUEZ (1586; manuscript, still unedited), RIBADENEYRA, (1592), NIEREMBERG (1643), BARTOLI (1681), CIENFUEGOS (1701); Acta SS., Oct., V; ASTRAIN, Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España, I and II (1902, 1905); BÉTHENCOURT, Historia genealógica y heráldica de la monarquía española (Madrid, 1902), IV, Gandia, Casa de Borja; Boletín de la Academia de la Historia (Madrid), passim; SUAU, S. François de Borgia in Les Saints (Paris, 1905); IDEM, Histoire de S. François de Borgia (Paris, 1909). ]
PIERRE SUAU
Transcrito por WGKofron
Traducido por Antonio Hernández Baca
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