San Cipriano de Cartago
(Cilio Cipriano Tascio)
I. La persución de Dio
II. La unidad de la Iglesia
III. Novacianismo
IV. Los Lapsos
V. Rebautismo de los herejes
VI. Apelación a Roma
VII. Martirio
VIII. Escritos
IX. Doctrina
X. Apócrifos
Obispo y mártir. De su fecha de nacimiento y los primeros años de su vida nada se conoce con exactitud. Al momento de su conversión al Cristianismo, probablemente ya había pasado la mitad de su vida. Fue famoso como rétor y jurista, tenía una considerable riqueza y gozaba, sin lugar a dudas, de una posición privilegiada en la metrópolis de Africa. Sabemos por San Poncio, su diácono, cuya historia sobre la vida del santo se ha conservado, que su semblante era solemne pero sin severidad, y alegre pero sin efusividad. Su don de elocuencia es evidente en sus escritos. No fue un pensador, un filósofo o un teólogo, sino un hombre de mundo y administrador, y de un carácter firme y vigoroso. Su conversión se debió a un presbítero de su misma edad llamado Ciliano, con el que aparentemente se fue a vivir. Antes de morir Ciliano encomendó su esposa y su familia al cuidado de Cipriano. Mientras aun era catecúmeno, el santo didió guardar castidad y repartió la mayor parte de sus bienes entre los pobres. Vendió sus propiedades, incluyendo sus jardines en Cartago. Estas le fueron regresadas (Dei indulgentia restituti, dice Poncio), al ser compradas aparentemen-te por sus amigos para devolvérselas; pero él las vendería de nuevo, movido por la persución. Su bautismo probablemente tuvo lugar en el 246, posiblemente en la noche de Pascua, el 18 de Abril.
El primer escrito Cristiano de Cipriano es "Ad Donatum", un monólogo dirigido a un amigo, sentado bajo la pérgola de una cava. Él cuenta cómo, hasta que la gracia de Dios lo iluminó y fortalió su conversión, le paría imposible dominar los vicios en una dadente sociedad Romana de la que traza una pintura entristedora; los esptáculos con gladiadores, el teatro, los tribunales injustos, la vacuidad del éxito político; el único refugio es la templanza, el estudio y la piadosa vida de los Cristianos. Probablemente al principio se colocaron las pocas palabras que Donato dirige a Cipriano, las cuales fueron impresas por Hartel como una carta ficticia. El estilo de este opúsculo es rebuscado y nos ruerda la grandilocuencia e incomprensibilidad de Poncio. No es como Tertuliano, brillante, bárbaro, inculto, sino que refleja el priosismo que Apuleyo puso de moda en África. En sus otros trabajos Cipriano se dirige a un auditorio cristiano; su propio fervor se manifiesta al máximo, su estilo se hace más simple aunque vigoroso, y en ocasiones poético pero no florido. Sin ser un clásico, está acorde a su tiempo, y la cadencia de las frases tiene un ritmo priso en todos sus escritos más cuidadosos. En general, su belleza de estilo ha sido raramente igualada y nunca superada entre los Padres Latinos, excepto por la energía y agudeza incomparables de San Jerónimo.
Otro trabajo de sus primeros días fue el "Testimonia ad Quirinum", en dos libros. Consta de pasajes de la Escritura ordenados bajo algunos títulos para ilustrar el fin de la Antigua Ley y su plena realización en Cristo. Un tercer libro, agregado más tarde, contiene textos que tratan temas de ética Cristiana. Esta obra es de un gran valor para la historia de la antigua versión Latina de la Biblia. Nos da un texto Africano cercanamente relacionado con el manuscrito Bobbio, conocido como k (Turín). La edición de Hartel ha tomado el texto de un manuscrito que muestra una versión revisada, pero lo que Cipriano escribió puede ser bastante bien ruperado del manuscrito citado en las notas de Hartel como L. Otro libro de exhortaciones sobre el martirio se titula "Ad Fortunatum", cuyo texto no puede ser apriado en ninguna edición impresa. Cipriano era, ciertamente, sólo un rién converso cuando se convirtió en Obispo de Cartago, hacia finales del 248 o a principios del 249, pero pasó por todos los grados del ministerio. Él había dlinado el cargo, pero el pueblo le obligó a aceptarlo. Una minoría se opuso a su elección, incluyendo cinco presbíteros que permane-cieron como sus enemigos; pero, como él nos lo cuenta, fue elegido válidamente "después del juicio Divino, el voto del pueblo y el consentimiento de los obispos".
I. La persución de Dio
La prosperidad de la Iglesia durante un periodo de paz de treinta y ocho años había producido grandes desórdenes. Hasta muchos de los obispos cedieron a la mundanería y el lucro personal, y nosotros nos enteramos aun de peores escándalos. En Octubre del 249, Dio se convirtió en emperador con el deseo de ruperar la antigua virtud de Roma. En Enero del 250, publicó un edicto contra los Cristianos. Se envió a la muerte a los obispos, muchas personas fueron castigadas y torturadas hasta que abjuraran.. El 20 de Enero fue martirizado el Papa Fabián, y casi al mismo tiempo Cipriano tuvo que huir y esconderse en un lugar seguro, hecho que sus enemigos continuamente le reprocharon. Pero permaner en Cartago era exponerse a la muerte, atraer mayores peligros sobre otros, y dejar a la Iglesia sin gobierno; y en esos tiempos elegir un nuevo obispo habría sido tan imposible como lo era en Roma. Concedió mucha potestad a un confesor, Rogaciano, para atender a los nesitados. Parte del clero perdió la fe, y otros se dispersaron; Cipriano suspendió sus estipendios para que ejercieran sus ministerios con menos peligro que el obispo. Desde su retiro animó a los confesores y escribió elocuentes panegíricos sobre los mártires. Quince murieron pronto en la prisión y uno en las minas. A la llegada del procónsul en Abril aumentó la severidad de la persución. San Mapálico murió gloriosamente el día 17. Los niños eran torturados, las mujeres deshonradas. Numídico, quien había confortado y animado a muchos, vio quemar viva a su esposa, y él mismo fue medio quemado y luego abandonado para morir; su hija lo encontró aún con vida, se ruperó y Cipriano lo hizo sacerdote. Varios, después de haber sido torturados dos ves, fueron destituidos o desterrados, a menudo en la mendicidad.
Pero existía la otra cara de la imagen. En Roma, los aterrorizados Cristianos corrieron a los templos para sacrificar. En Cartago la mayoría apostató. Algunos no sacrificarían sino que adquirirían los libelli, o certificados, para lograr la exención de sus familias aún al prio de su propio pado. De estos libellatici había varios miles en Cartago. De los que cayeron, los hubo que no se arrepintieron, otros se unieron a los herejes, pero los más de ellos clamaron por el perdón y su readmisión en la Iglesia. Hubo quienes, después de haber sacrificado bajo tortura, se retractaron y regresaron para ser torturados de nuevo. Casto y Emilio fueron quemados por abjurar, otros fueron exiliados; pero casos como estos fueron extremadamente raros. Unos pocos comenzaron a pagar un castigo canónico. El primero en sufrirlo fue un joven Cartaginés, de nombre Celerino. Él se roncilió y fue convertido en lector por Cipriano. Su abuela y dos tíos habían sido mártires, pero sus dos hermanas apostataron por temor a las torturas, y en su arrepentimiento ellas mismas se ofrieron para atender a quienes estaban en prisión. Su hermano buscaba con urgencia su readmisión. Su carta enviada desde Roma a Luciano, un confesor en Cartago, aún existe con la respuesta de este último. Luciano consiguió de un mártir de nombre Paulo, poco antes de su pasión, una encomienda para conceder la paz a todo aquel que la pidiera, y distribuyó estas "indulgencias" con una fórmula vaga: "Permitámosle a uno comulgar con su familia". Tertuliano habla en el 197 de la "costumbre" de aquellos que, sin estar ronciliados con la Iglesia, suplicaban a los mártires esta paz. Más tarde, en sus días como Montanista (c. 220), exhortaba a que los adúlteros a quienes el Papa Calixto estaba dispuesto a perdonar después de la debida penitencia, pudieran ya ser readmitidos mediante una simple imploración a los confesores y a aquellos que se encontraban confinados en las minas. Consuentemente, encontramos a Luciano expidiendo exculpaciones en el nombre de los confesores que aún se encontraban con vida, lo que constituía un manifiesto abuso. El heroico Mapálico había intercedido solamente por su propia madre y su hermana. Parería ahora como si no tuviera que hacerse cumplir nin-guna penitencia sobre los lapsos, y Cipriano escribió para protestar.
Mientras tanto llegaron desde Roma noticias oficiales de la muerte del Papa Fabián, junto con una carta sin firmar y mal escrita dirigida al clero de Cartago de una parte del clero Romano, acusando a Cipriano por haber abandonado a su grey y dando consejos sobre la forma de tratar a los lapsos. Cipriano explicó su conducta (Ep. XX), y envió a Roma copias de tre de las cartas que escribió a la comunidad de Cartago desde su refugio. Los cinco presbíteros que se opusieron a él estaban ya ribiendo de inmediato a la comunión a todo el que tuviera romendaciones de los confesores, y estos mismos emitieron una indulgencia general, de acuerdo a la cual los obispos readmitirían a la comunión a todos aquellos a quienes ellos hubieran examinado. Esto fue un atropello a la disciplina lesiástica, y aun Cipriano estaba dispuesto a dar cierto valor a las indulgencias que de esta forma incorrta se concedían, siempre y cuando todo se hiciera en sumisión al obispo. Él propuso que los libellatici podrían ser readmitidos, cuando estuvieran en peligro de muerte, por un presbítero o hasta por un diácono, pero el resto debería esperar a que la persución terminara, cuando pudieran celebrarse concilios en Roma y Cartago, y se lograra llegar a un acuerdo común sobre el tema. Se tendrían algunas consideraciones sobre las prerrogativas de los confesores, pero la situación de los lapsos no debería ser mejor que la de los que perseveraron, fueron torturados, despojados o exiliados. Los culpables se aterrorizaron por las maravillas que entonces ocurrieron. Un hombre se quedó sin habla en el mismo Capitolio en donde había renegado de Cristo. Otro se volvió loco en los baños públicos, y se le carco-mió la lengua con la que había probado un sacrificio pagano. En presencia del propio Cipriano, un infante que había sido llevado por su niñera a tomar parte de lo ofrido en un altar pagano y luego al Santo Sacrificio celebrado por el obispo, fue puesto en tortura y vomitó las Sagradas Espies que había ribido en un cáliz consagrado. Una mujer relapsa de edad avanzada, había caído en un ataque al aventurarse a comulgar indignamente. Otra, al abrir el ripiente en el cual, de acuerdo a la costumbre, había llevado a su casa el Santísimo Sacramento para una Comunión privada, fue disuadida de tocarlo sacrílegamente por un fuego que aparió de repente. Y aun otra mujer encontró dentro de su copón nada más que cenizas. Hacia Septiembre, ribió una promesa de apoyo de los sacerdotes Romanos en dos cartas escritas por el famoso Novaciano en nombre de todos sus colegas. A principios del 251 la persución dayó, debido al surgimiento sucesivo de dos emperadores rivales. Los confesores fueron liberados y se convocó un concilio en Cartago. Por la perfidia de algunos sacerdotes Cipriano no pudo dejar su refugio hasta después de la Pascua (el 23 de Marzo). Pero escribió una carta a su grey denunciando al más infame de los cinco presbíteros, Novato, y a su diácono Felicísimo (Ep. XLIII). A la instrucción de los obispos de aplazar la ronciliación de los lapsos hasta el concilio, Felicísimo había replicado con un manifiesto, dlarando que ninguno que hubiera aceptado las abundantes limosnas distribuidas por órdenes de Cipriano, podría comulgar con él. El tema de la carta es desarrollado en una forma más completa en el tratado "De clesiae Catholicae Unitate", que fue escrito por Cipriano alrededor de esta época (Benson pensó equivocadamente que fue escrita contra Novaciano algunas semanas más tarde).
Este celebrado panfleto fue leído por su autor al concilio con el que se encontró en Abril, y en el que pudo obtener el apoyo de los obispos contra el cisma iniciado por Felicísimo y Novato, quienes contaban ya con un gran número de seguidores. La unidad de la que San Cipriano trata no es tanto la unidad de toda la Iglesia, cuya nesidad él postula ligeramente, como la unidad que se ha conservado en cada diócesis por la unión con el obispo; la unidad de toda la Iglesia se mantiene por la estrha unión de los obispos quienes están "pegados uno con otro", de aquí que cualquiera que no está con su obispo está fuera de la unidad de la Iglesia y no puede estar unido a Cristo; el modelo del obispo es San Pedro, el primer obispo. Los controversialistas Protestantes han atribuido a San Cipriano el absurdo argumento de que Cristo dijo a San Pedro lo que Él realmente tenía la intención de hacerlo para todos, con el fin de dar un modelo o una imagen de unidad. Lo que San Cipriano dice en realidad es simplemente esto, que Cristo, valiéndose de la metáfora de un edificio, fundó su Iglesia sobre una sola base que manifestará y asegurará su unidad. Y así como Pedro es la base que sostiene a toda la Iglesia junta, el obispo lo es en cada diócesis. Con este único argumento Cipriano pretende cortar de raíz todas las herejías y cismas. Ha sido un error tratar de encontrar alusión a Roma en este pasaje (De Unit., 4).
II. La unidad de la Iglesia
En los días de la apertura del concilio (251), llegaron dos cartas desde Roma. Una de ellas, anunciando la elección del papa, San Cornelio, fue leída por Cipriano ante toda la asamblea; la otra contenía acusaciones tan violentas y poco probables contra el nuevo papa, que pensó que era mejor ignorarla. Pero dos obispos, Caldonio y Fortunato, fueron enviados a Roma para obtener mayor información, y todo el concilio tuvo que esperar su regreso con el mismo interés como si se tratara de una elección papal. Mientras tanto se ribió otro mensaje con la noticia de que Novaciano, el presbítero más eminente de todo el clero Romano, había sido hecho papa. Afortunadamente llegaron al mismo tiempo dos prelados africanos, Pompeyo y Estéfano, que habían estado presentes en la elección de Cornelio y pudieron testificar que él había sido elegido válidamente "en el lugar de Pedro", cuando no hubo otro pretendiente. Fue así posible replicar a las rriminaciones de los mensajeros de Novaciano, y se envió a Roma una breve carta explicando la discusión que había tenido lugar en el concilio. Poco tiempo después llegó el reporte de Caldonio y Fortunato junto con una carta de Cornelio, en la que este último se quejaba un poco de la tardanza en ronocerlo. Cipriano escribió a Cornelio explicándole su prudente conducta. Además añadió una carta dirigida a los confesores que eran el principal apoyo del antipapa, dejando a Cornelio la disión de si debería entregarla o no. También envió copias de sus dos tratados "De Unitate" y "De Lapsis" (este había sido compuesto por él inmediatamente después del otro), y deseaba que los confesores los leyeran en ese orden para que pudieran entender la cosa tan horrible que es el cisma. Es en esta copia del tratado "De Unitate" en la que, al parer con mucha probabilidad, Cipriano agregó en el margen una versión alterna del capítulo cuarto. El texto original, como se encuentra en la mayoría de los manuscritos y como está impresa en la edición de Hartel, dice así:
Si cualquiera toma en cuenta esto, no hay nesidad de un extenso tratado y de argumentos. ’El Señor dijo a Pedro: ’Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalerán sobre ella; a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que tú ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que tú desates en la tierra será desatado en el cielo.’ Sobre uno solo edifica el Señor Su Iglesia, y aunque a todos Sus Apóstoles después de Su resurrción Él les atribuye una potestad igual y dice: ’Como Mi Padre me envió a Mi, así los envío Yo: Riban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos’, aunque Él puede hacer la unidad evidente, dispuso que esa unidad provenga de uno. Ciertamente los demás Apóstoles eran lo que era Pedro, dotados, como una hermandad, de honor y poder, pero el comienzo procede de uno, con lo que la Iglesia demuestra que es una sola. A esta única Iglesia el Espíritu Santo en la persona del Señor la designa en el Cantar de los Cantares, y dice, Única es Mi Paloma, Mi perfta, única es ella para su madre, la preferida de la que la engendró. El que no sostiene esta unión con la Iglesia, ¿acaso cree que mantiene la Fe? El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella ¿puede pensar que está en la Iglesia?
El texto que lo substituye dice así:
...atado en el cielo. Sobre uno solo edifica el Señor Su Iglesia, y al mismo Él dice después de Su resurrción, ’apacienta Mis ovejas’. Y aunque a todos Sus Apóstoles Él les atribuye una potestad igual, constituyó una sola cátedra, y dispuso así por su autoridad el origen y el fundamento de la unidad. Ciertamente los demás Apóstoles eran lo que era Pedro, pero el primado se da a Pedro, mostrando así que hay una sola Iglesia y una sola cátedra. Y todos son pastores, pero queda manifiesto que se trata de una sola grey que es apacentada con unanimidad de sentimientos por todos los Apóstoles. El que no sostiene esta unión con la Iglesia, ¿acaso piensa que mantiene la Fe? Quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia, ¿ puede pensar que está en la Iglesia?
Estas versiones alternativas están dadas una después de la otra en la familia principal de manuscritos que las contienen, mientras que en algunas otras familias las dos han sido parcial o completamente combinadas en una sola. La versión combinada es la única que ha sido impresa en varias ediciones, y ha jugado un papel importante en la controversia con los Protestantes. Desde luego esta forma combinada es espuria, pero la versión alternativa dada renglones arriba no sólo se ha encontrado en manuscritos de los siglos octavo y noveno, sino que es citado por Beda, por Gregorio Magno (en una carta escrita por su predesor Pelagio II), y por San Gelasio; de hecho, es casi seguro que fue conocida por San Jerónimo y por San Optato en el siglo cuarto. La evidencia de los manuscritos podría indicar una fecha igualmente temprana. Cada expresión y pensamiento en el pasaje puede ser comparado con el lenguaje habitual de San Cipriano, y pare ser hoy una idea generalmente aceptada que este texto alternativo es una alteración hecha por el mismo autor cuando reenvió su trabajo a los confesores Romanos. La "cátedra única" en Cipriano es siempre la silla episcopal, y Cipriano ha sido cuidadoso para enfatizar este punto, y al agregar una referencia al otro gran texto Petrino, el Cargo en Juan XXI. La dlaración de igualdad de los Apóstoles como Apóstoles permane, y las omisiones se hacen únicamente con el fin de abreviar. La vieja controversia de que es una falsificación Romana, está a todas luces totalmente fuera de discusión. Otro pasaje que también está alterado en todos los mismos manuscritos es el que contiene la interpolación; es un párrafo en el que la humilde y piadosa conducta de los lapsos "por una parte" (hic) es contrastada en una larga sucesión de paralelismos con el orgullo y malicia de los cismáticos "por otra parte" (illic), pero en el delicado estilo del tratado, estos últimos únicamente son aludidos de una manera general. En los manuscritos "interpolados" encontramos que los lapsos, cuya causa ha quedado ahora re-suelta por el concilio, están "por otra parte" (illic), mientras que la referencia a los cismáticos -significando los confesores Romanos que apoyaron a Novaciano y a quienes había sido enviado el libro- se hizo con toda la intención de ponerlos en un primer plano mediante la repetición constante de hic, "por una parte".
III. Novacianismo
La ronvención del santo tuvo sus eftos, y los confesores se reunieron en torno a Cornelio. Pero durante dos o tres meses la confusión por toda la Iglesia Católica había sido terrible. Ningún otro evento en estos primeros tiempos nos muestra tan claramente la enorme importancia del papado en Oriente y en Occidente. San Dionisio de Alejandría unió su gran influencia a la del primado Cartaginés, y muy pronto pudo escribir que Antioquía, Cesarea y Jerusalén, Tiro y Laodicea, toda Cilicia y Capadocia, Siria y Arabia, Mesopotamia, el Ponto y Bitinia, habían regresado a la unidad y que sus obispos estaban todos en armonía (Eusebius, Hist. cl., VII, v). De esto podemos calcular el área de los disturbios. Cipriano dice que Novaciano "asumió la primacía" (Ep. LXIX, 8) y envió a sus nuevos apóstoles a muchas ciudades: y en todas las provincias y ciudades en las que desde mucho tiempo atrás se habían establido obispos ortodoxos, probados en la persución, se atrevió a crear nuevos obispos con la intención de substituirlos, como si quisiera abarcar por completo el mundo entero (Ep. LV, 24). Tal fue el poder asumido por este antipapa del siglo tercero. Cabe rordar que en los primeros días del cisma no surgió ningún problema de herejía, y que Novaciano solamente proclamó su negativa de conceder el perdón a los lapsos hasta después de que él mismo se hizo papa. Las razones de Cipriano para sostener a Cornelio como el obispo legítimo están abundantemente detalladas en la Ep. LV que envió a un obispo, quien al principio había dado la razón a los argumentos de Cipriano y que había sido comisionado para informar a Cornelio que "ahora comulgaba con él, que es con la Iglesia Católica", pero que más tarde había vacilado. Esto implica, evidentemente, que si él no comulgaba con Cornelio, podría estar fuera de la Iglesia Católica. Escribiendo al papa, Cipriano se disculpa por su tardanza en ronocerle; y que, por lo menos, ha exhortado a todos aquellos que navegan hacia Roma para asegurarse de que ronozcan y se mantengan fieles a la cuna y raíz de la Iglesia Católica (Ep. XLVIII, 3). Esto probablemente significa "la cuna y raíz , la cual es la Iglesia Católica", pero Harnack y muchos Protestantes, así como muchos Católicos, encuentran aquí una dlaración de que la Iglesia Romana es la cuna y raíz. Cipriano continua y agrega que él esperó un reporte formal de los obispos que habían sido enviados a Roma, antes de comprometer a los obispos de África, Numidia y Mauritania a tomar una disión, la que, cuando ya no quedaran dudas entre sus colegas "pudiera firmemente demostrar y sostener su comunión, que es la unidad y la caridad de la Iglesia Católica". Es cierto que San Cipriano sostuvo que quien estaba en comunión con un antipapa sostenido fuera de la raíz de la Iglesia Católica, no se alimentaba de su pho, no bebía de su fuente. Era tan poco el rigor de Novaciano el que originó su cisma, que su principal partidario no podía ser otro que Novato, quien en Cartago había readmitido indiscriminadamente a los lapsos sin cumplir ninguna penitencia. Al parer él llegó a Roma poco después de la elección de Cornelio, y su incorporación al partido de los rigoristas tuvo el curioso resultado de acabar con la oposición a Cipriano en Cartago. Es verdad que Felicísimo luchó resueltamente durante algún tiempo; llegó a nombrar a cinco obispos, todos excomulgados y depuestos, fue él quien consagró para el partido a un cierto Fortunato opuesto a San Cipriano, con el fin de no ser relegado por los seguidores de Novaciano, quien ya tenía un obispo rival en Cartago. La facción inclusive apeló a San Cornelio, y Cipriano tuvo que escribir al papa una larga relación de circunstancias, ridiculizando su pre-sunción de "navegar a Roma, la Iglesia principal (clesia principalis), la Cátedra de Pedro, de donde brotó la unidad del Episcopado, y ni siquiera pensaron que aquellos son los mismos Romanos cuya fe alabó San Pablo (Rom., I, 8), a los que no debería tener acceso la perfidia". Pero esta embajada no fue exitosa, y el partido de Fortunato y Felicísimo al parer ha tenido que desaparer.
IV. Los Lapsos
Con respto a los lapsos el concilio didió que cada caso tendría que ser juzgado sobre sus méritos, y los libellatici deberían ser readmitidos después de cumplir periodos de penitencia variados y prolongados, mientras aquellos que de hecho tuvieron que sacrificar, luego de pagar una penitencia de por vida, podrían ribir la Sagrada Comunión a la hora de su muerte. Pero todo aquel que demorara la aflicción y la penitencia hasta el momento de estar enfermo, tendría que ser excluido de toda Comunión. La disión fue la más severa. Un rrudimiento de la persución, anunciado ya, según nos cuenta Cipriano, por numerosas visiones, motivó la reunión de otro concilio en el verano del 252 (como afirman Benson y Nelke, pero Ritsch y Harnack prefieren el 253), en el que se didió readmitir enseguida a todos aquellos que estuvieran haciendo penitencia, con objeto de que pudieran ser fortalidos por la Sagrada Eucaristía ante la prueba que se avinaba. En esta persución de Gayo y Volusiano, la Iglesia de Roma fue nuevamente probada, pero esta vez Cipriano pudo felicitar al papa por la firmeza mostrada; toda la Iglesia de Roma, dice él, ha confesado unánimemente, y una vez más su fe, alabada por el Apóstol, se ha celebrado por todo el mundo (Ep. LX). Hacia Junio del 253, Cornelio fue exiliado a Centumcellae (Civitavchia), y murió ahí, siendo contado entre los mártires por Cipriano y el resto de la Iglesia. Su sucesor, Lucio, fue enviado de inmediato al mismo lugar al momento de su elección, pero pronto le fue permitido regresar, y Cipriano le escribió para felicitarlo. Murió el 5 de Marzo del 254, y fue sucedido por Esteban, el 12 de Mayo del 254.
V. Rebautismo de los herejes
Mucho tiempo antes, Tertuliano esgrimió el argumento de que los herejes no tienen el mismo Dios, ni el mismo Cristo como los Católicos, por lo tanto su bautismo es nulo. La Iglesia Africana adoptó este punto de vista en un concilio celebrado bajo un predesor de Cipriano, Agripino, en Cartago. En Oriente también existía la costumbre de Cilicia, Capadocia y Galacia de rebautizar a los Montanistas que regresaron a la iglesia. La opinión de Cipriano sobre el bautismo administrado por heréticos fue expresada firmemente: "Non abluuntur illic homines, sed potius sordidantur, n purgantur delicta sed immo cumulantur. Non Deo nativitas illa sed diabolo filios generat" ("De Unit.", XI). Un cierto obispo, Magno, escribió para preguntar si el bautismo de los Novacianos sería respetado (Ep. LXIX). La respuesta de Cipriano puede datarse al 255; niega que ellos se distingan de cualquier otro de los herejes. Posteriormente encontramos una carta en este mismo sentido, proba-blemente de la primavera del 255 (otoño, de acuerdo a d’Ales), de un concilio de treinta y un obispos realizado bajo la presidencia de Cipriano (Ep. LXX), dirigida a diiocho obispos Numidios; aparentemente este fue el principio de la controversia. Pare ser que los obispos de Mauritania no siguieron la costumbre del Africa Proconsular y Numidia, y que el Papa Esteban les envió una carta aprobando su adhesión a la costumbre Romana.
Cipriano, siendo consultado por un obispo Numidio, Quinto, le envió la Ep. LXX, y respondió a sus preguntas (Ep. LXXI). El concilio celebrado en Cartago durante la primavera del año 256, fue más numeroso que lo usual, y sesenta y un obispos firmaron la carta conciliar dirigida al papa explicando sus razones para rebautizar, y afirmando que era una cuestión sobre la cual los obispos eran libres de diferir. Este no era el punto de vista de Esteban, y de inmediato publicó un dreto, expresando en términos aparentemente bastante perentorios, que no sería hecha ninguna "innovación" (lo que en términos modernos significa "ningún nuevo bautismo"), pero la tradición Romana de imponer simplemente las manos sobre los herejes convertidos en señal de absolución, debería seguirse en todas partes, so pena de sufrir la excomunión. Evidentemente esta carta fue dirigida a los obispos Africanos, y contenía algunas censuras severas sobre el mismo Cipriano. Cipriano escribe a Jubaino, que él está defendiendo a la única Iglesia, la Iglesia fundada sobre Pedro - ¿Por qué entonces es llamado un prevaricador de la verdad, un traidor de la verdad;? (Ep. LXXIII, 11). Al mismo destinatario le envía las Ep. LXX, LXXI, LXXII; él no hace leyes para otros, pero conserva su propia libertad. Envía también una copia de su tratado más riente "De Bono Patientiae". A Pompeyo, quien le ha pedido ver una copia de la versión de Esteban, le escribe con gran violencia: "A medida que la leas, notarás su error más y más claramente; al aprobar el bautismo de todas las herejías, él ha acumulado dentro de su propio seno los pados de todas ellas; ¡una magnífica tradición, en efto! ¡Qué ceguera de mente, qué depravación! - "ineptitud", "terquedad" - tales son los adjetivos que salen de la pluma de uno que dlaró que sobre este tema había libertad de opinión, y quien prisamente en esta carta explica que un obispo nunca debe ser camorrista, sino dócil y enseñable. En Septiembre del 256, se convocó un concilio todavía mayor en Cartago. Todos estuvieron de acuerdo con Cipriano; Esteban no fue mencionado, y algunos escritores han supuesto que el concilio se reunió antes de que se ribiera la carta de Esteban (Ritschl, Grisar, Ernst, Bardenhewer). Cipriano no quería que toda la responsabilidad fuera suya. Dlaró que nadie puede erigirse a sí mismo como obispo de obispos, y que todos deben dar su propia opinión. Por lo tanto, el voto de cada uno era dado en un pequeño discurso, y el acta ha llegado hasta nosotros en la correspondencia Cipriánica bajo el título de "Sententiae Episcoporum". Pero a los mensajeros enviados a Roma con este documento les fue negada una audiencia y aún cualquier tipo de hospitalidad por parte del papa. Entonces regresaron prontamente a Cartago, y Cipriano buscó obtener apoyo de Oriente. Escribió al famoso obispo de Cesarea en Capadocia, Firmiliano, enviándole el tratado "De Unitate" y la correspondencia sobre la cuestión bautismal. A mediados de Noviembre se ribió la respuesta de Firmiliano, y que ha llegado hasta nosotros en una traducción hecha por la época en Africa. Su tono es, posiblemente, más violento que el de Cipriano (Ver FIRMILIANO). Después de esto no sabemos más de la controversia.
Esteban murió el 27 de Agosto del 257, y fue sucedido por Sixto II, que ciertamente comulgaba con Cipriano, y es llamado por Poncio "un obispo bueno y amante de la paz". Probablemente fue examinando la situación en Roma y al darse cuenta que en el Oriente se había cometido extensamente la misma equivocación, fue que la cuestión quedó zanjada definitivamente. Se debe rordar que, aunque Esteban pedía obediencia incuestionable, aparentemente, y al igual que Cipriano, consideraba este asunto como una cuestión de disciplina. San Cipriano apoya su punto de vista sobre una inferencia equivocada de la unidad de la Iglesia, y nadie pensó en un principio fundamental que más tarde sería enseñado por San Agustín, que, dado que Cristo es el autor principal, la validez del sacramento es independiente de la indignidad del ministro: Ipse est qui baptizat. Esto es lo que estaba implícito en la insistencia de Esteban de que no era nesario nada más que la forma corrta, "porque el bautismo es dado en el nombre de Cristo", y "el efto se debe a la majestad del Nombre". La imposición de manos ordenada por Esteban se expresa reiteradamente in poenitentiam, sin embargo Cipriano continúa con la discusión de que el don del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos no es una regeneración, sino que debe ser subsuente a la misma e implicarla. Esto a llevado a algunos estudiosos a la idea de que tal vez Esteban tenía la intención de administrar la confirmación (Duchesne), o al menos que había sido muy mal interpretado por Cipriano (d’Ales). Pero el pasaje (Ep. LXXIV) no nesariamente indica esto, y es bastante improbable que la confirmación se hubiese siquiera pensado en esta situación. Al parer Cipriano considera la imposición de las manos una penitencia para ribir el Espíritu Santo. En Oriente, la costumbre de rebautizar herejes quizás habría surgido a partir del hecho que muchos herejes no creían en la Santísima Trinidad, y probablemente ni siquiera usaban la fórmula y la materia corrtas. Durante siglos esta práctica subsistió, al menos en el caso de algunas herejías. Pero en Occidente rebaut
San Cirilo de Jerusalem
Obispo de Jerusalem y Doctor de la Iglesia, nació aproximadamente en el 315, y murió probablemente el 18 de marzo de 386. En el oriente, su festividad se celebra el 18 de marzo, en el occidente el 18 o el 20. Poco se conoce de su vida. Tenemos información producto de sus contemporáneos más jóvenes, Epifanio, Jerome, y Rufino, y de historiadores del Siglo V, Sócrates, Sozomen y Theodoret.
Cirilo nos da por si mismo, la fecha de su "Cathequesis" setenta años después del Emperador Probus, cerca del 347, si él es exacto. Constans (d. 350) aún estaba vivo. Mader piensa que Cirilo ya era obispo, pero normalmente se considera que él era solamente un sacerdote. San Jerónimo relata (Chron. ad ann. 352) que Cirilo había sido ordenado sacerdote por San Máximo, su predesor, luego de cuya muerte el episcopado fue prometido a Cirilo por el metropolitano, Acacius de Caesarea, y por otros obispos arianos, con la condición de que él debía repudiar la ordenación que había ribido de Máximo.
El consintió tener el ministerio como diácono solamente, y fue compensado por esta impiead con la Sede. Máximo había consagrado Heraclius para sucederle, pero Cirilo, por medio de varios fraudes, degradó a Herclius en el sacerdocio. Asi dice San Jerónimo, pero Sócrates relaciona el hecho de que Acacius sacó a San Máximo y lo substituyó por San Cirilo. Una pelea estalló entre Cirilo y Acacius, aparentemente motivada por la cuestion de predentes o jurisdicción.
En Nicea, los derechos metropolitanos de Caesarea habían sido resguardados, mientras que una dignidad espial se había dado a Jerusalem. Aún así San Máximo sostuvo un sínodo y ordenó obispos. Esto puedo con mucho ser la causa de la enemistad de Acacius con él y de su apego a la fórmula de Nicea. Por otra parte, la corrta cristología de Cirilo puede haber sido real, aunque con fondos velados en cuanto a la hostilidad que Acacius le tenía.
Los eventos de 357 a causa de Acacius, forzaron a que Cirilo se fuera al exilio con los cargos de haber vendido muebles de la iglesia, durante un tiempo de hambre. Cirilo se refugió con Silvanus, Obispo de Taraus. Aparió en el Concilio de Seleucia en 359, en el cual resultó triunfante el partido semiariano. Acacius fue depuesto y San Cirilo pare haber retornado a su sede. Pero el emperador no estaba a gusto con el desarrollo de los acontimientos y en 360, Cirilo y otros que tenían posiciones moderadas, fueron sacados nuevamente, y sólo regresaron con la ascensión de Juliano en 361.
En 367, un dreto de Valens desvanió a todos los obispos que habían sido restaurados por Juliano y Cirilo permanió en el exilio hasta la muerte de su perseguidor en 378. En 380, San Gregorio de Nyssa llegó a Jerusalem con la romendación de llevar a cabo un concilio en Antioquia en el año predente. Encontró la fe de acuerdo con la verdad, pero la ciudad era presa de fiestas y de moralidad corrupta.
San Cirilo asistió al Gran Concilio de Constantinopla en 381, en el cual Theodosius había ordenado la fe niceana, ahora para ser promulgada como una ley del imperio. San Cirilo aceptó entonces las indicaciones; Sócrates y Sozomen llaman a esto, un acto de arrentimiento. Sócrates da el año 385 en el cual habría ocurrido la muerte de San Cirilo, pero San Jerónimo nos dice que San Cirilo vivió ochenta años bajo Theodosius, es dir desde enero de 379.
ESCRITOS
Los trabajos de San Cirilo de Jerusalem incluyen un sermón de Bethesda, una carta al Emperador Constantino, tres pequeños fragmentos, y el famoso "Catheses". La carta describe una hermosa cruz de luz, extendiéndose del Calvario al Monte de los Olivos, la que apare en el aire de mayo, luego de Pentostés, hacia el principio del episcopado del santo.
Las lturas catequeticas son parte de los más priosos restos que se tienen de la cristiandad antigua. Ellas incluyen una introducción, diiocho instrucciones entregadas en Cuaresma para aquellos que se están preparando para el bautismo, y cinco instrucciones "mystagogical" dada durante la Semana de Pascua a las mismas personas, una vez que ya han tenido el bautismo. Ellas tienen interesantes referencias locales tales como las encontradas en la Cruz, la posición del Calvario en relación con las paredes, y de otros sitios sagrados, y en referencia también a la gran basílica construida por Constantino en la cual se tenían las conferencias.
Paren haber sido dadas a conocer de manera extenporánea, y escritas después. Es estilo es admirablemente claro, digno, y lógico; el tono es serio y lleno de piedad. Los temas están divididos en:
1. Hortatory.
2. Sobre el pado y confianza en el perdón de Dios.
3. Sobre el bautismo, cómo el agua tiene el poder de la santificación: tal y como limpia el cuerpo, y también el espíritu y el alma.
4. Un ruento de la fe.
5. Sobre la naturaleza de la fe, 6-18, sobre el Credo.
6. Sobre la monarquía de Dios, y de las herejías que niegan eso.
7. Sobre el Padre.
8. Su Omnipotencia.
9. El Creador.
10. Sobre el Señor Jesucristo.
11. El Ser eternamente el Hijo.
12. Su Nacimiento de una Virgen.
13. Su Pasión.
14. Su Resurrción y Ascensión.
15. Su Segunda Venida.
16-17 Sobre el Santo Espíritu.
18. Sobre la resurrción del cuerpo y de la Iglesia Católica.
La primera de la catequesis "mystagogical" explica las renuncias a Satán, etc. las que preden al bautismo; la segunda es sobre los eftos del bautismo, la tercera sobre la confirmación, la cuarta sobre la Santa Comunión, y la quinta sobre la Santa Misa por los vivos y los muertos. Se dice que los oidores deben observar la disciplina, que no deben repetir nada a los paganos y catecúmenos, el libro también tiene una nota sobre el mismo efto.
Unos cuantos puntos deben ser puestos de manifiesto. Se habla del origen mítico de la Septuagésima, y la historia de fenix, muy popular desde los tiempos de Clemente. La descripción de la misa se refiere al misticismo del lavado de las manos, el beso de la paz, el "Sursum Corda", etc., y el Prefacio con la mención de los ángeles, el Sanctus, el Epiclesis, la transmutación de los elementos por el Espíritu Santo, la oración por toda la Iglesia y por los espíritus de los que se han ido, seguidos del Padrenuestro, el cual se explica brevemente.
Luego viene el "Sancta Sanctis" y la Comunión. "Se debe aproximar con con las manos extendidas en plano, ni con los dedos separados. Sino haciendo que la mano izquierda haga sitio a la derha, y haciendo que la palma pueda ribir el Cuerpo de Cristo, respondiendo Amén. Y teniendo mucho cuidado, con los ojos al momento de ribir el Santo Cuerpo, vigilantes de no dejarlo caer. Porque no se debe perder nada de él, como no nos debemos de privar de parte alguna de nuestro propio cuerpo".
Luego de la Comunión del Cuerpo de Cristo, se aproxima el Cáliz de Su Sangre, no con las manos extendidas, sino doblándolas abajo, y con adoración y reverencia diciendo Amen, santificándonos por el ribimiento de la Sangre de Cristo. Y cuando aún los labios están húmedos, tocarlos con las manos y santificar los ojos y la frente y otros sentidos (Cat. Myst., v, 22, 21-22).
Debemos hacer el signo de la cruz cuando comemos y bebemos, nos sentamos, vamos a la cama, nos levantamos, hablamos, caminamos, en suma: en cada acción (Cat., iv, 14). De nuevo: "si debes estar en ciudades foráneas, simplemente pregunta donde esta la iglesia (kyriakon), los impíos y los herejes tratan de llamarla kyriaka, no simplemente se preguntará donde esta la Iglesia (ekklesia), sino donde está la Iglesia Católica, porque este es el propio nombre de la Santa Madre de todos". (Cat., xviii, 26).
DOCTRINA
La doctrina de San Cirilo está espresada en su credo, el cual indica:
Creo en un solo Dios, todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles. Y en Jesús, nuestro Señor, su hijo único, nacido del Padre, antes de todos los tiempos, Dios de Dios, Vida de Vida, Luz de Luz, por Quien todas las cosas fueron creadas. Quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó por gracia del Santo Espíritu en María la Virgen, y se hizo hombre.
Fue crucificado ... y sepultado. Resucitó al tercer día, según las Escrituras, y está sentado a la derha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y los muertos y su reino no tendrá fin. Y en el el Espíritu Santo, Quien habló por los profets, y en el bautismo de arrentimiento, para la remisión de los pados, y en una, santa Católica Iglesia, y en la resurrción de la carne, y la vida perdurable.
Las palabras en itálicas son aquellas sobre las que no se tiene certeza. San Cirilo enseñó del Hijo con perfta claridad, pero evitó la palabra "consubstancial", la cual probablemente pensó que se podía prestar a malos entendidos. Nunca mencionó arianismo, aunque denunció la fórmula ariana, "Hubo un tiempo en el cual no estaba el Hijo". Él pertenió a la posición antiariana, o homoeana, y tiene alegría en dir que el Hijo es "en todas las cosas como el Padre".
El se comunicó libremente con los obispos tales como Basil de Ancyra y Eustathius de Sebaste. El no solamente no explica la Santísima Trinidad como encabezada por un solo Dios, sino que no dice que las Tres Personas son un solo Dios. El único Dios para él es siempre el Padre. "Hay un Dios, el Padre de Cristo, y un Señor Jesucristo, el Hijo único y amado del único Dios, y sólo un Espíritu Santo, Quien santifica y deifica todas las cosas" (Cat., iv, 16).
Mas él, estando en lo corrto, afirma: "nosotros no dividimos la Santísima Trinidad como hacen otros, ni tampoco la fundimos en uno sólo como Sabellius" (Cat., xvi, 4). Cirilo nunca llamó al Espíritu Santo Dios, pero debe ser honorado junto al Padre y al Hijo (Cat., iv, 16).
Por lo tanto no hay nada incorrto en su doctrina, solamente el uso explícito de la fórmula de Nicene, y esto, tal y como lo hicieron San Meletius y otros de su grupo, él lo acepto posperiormente.
Las enseñanzas de San Cirilo sobre los Santos Sacramentos es de primera importancia, él estaba hablando con libertad, fuera de la "disciplina del secreto". Frente a la Real Presencia, él no es ambiguo: "Debido a que Él mismo dlaró y dijo del pan: Este es Mi Cuerpo, ¿Quién es quién tendrá dudas? Y cuando Él dice: Esta es Mi Sangre, ¿Quién alguna vez estará reticente y dirá que no es Su Sangre?".
Sobre la Transformación, él argumenta, que si Cristo pudo cambiar el agua en vino, ¿No podía Él transformar vino en su Propia Sangre? El pan y el vino son símbolos: "En el tipo de pan se esta dando el Cuerpo, en el tipo de vino, la Sangre". Pero ellos ya no permanen en su condición original, ellos han sido cambiados, aunque los sentidos no nos puedan dir esto: "No pienses que es solamente pan y vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo, de conformidad con lo que ha dlarado el Señor".
Habiendo aprendido esto y estando seguros de ello, es evidente que el pan no es ya pan, aunque se percibe el sabor, sino el Cuerpo de Cristo, y lo que apare como vino, no es vino, aunque tenga el sabor de ello, sino la Sangre de Cristo ... fortaliendo tu corazón, siendo alimento espiritual, y regocijando el rostro de tu alma". Es difícil no ver la doctrina completa de la transubstanciación en estas explícitas palabras.
En la confirmación se trata de un acto bendito: "Así como el pan de la Eucaristía lugo de la invocación del Espíritu Santo, ya no es pan, sino el Cuerpo de Cristo, de igual manera esta santa mirra no es algo ya simple, como uno podría dir, sino que luego de la invocación un regalo de Cristo, capaz de contener la presencia del Espíritu Santo y de su Divinidad" (ii, 4). San Pedro y San Pablo fueron a Roma como cabezas (prostatai) de la Iglesia. Pedro es "ho koryphaiotatos kai protostates ton apostolon".
La fe será demostrada fuera de las Santas Escrituras. San Cirilo, tal y como hacen los Padres Griegos normalmente, se refiere al canon hebreo del Antiguo Testamento omitiendo los libros deutero-canónicos. Pero fruentemente los cita como Escrituras. En el Nuevo Testamento no ofre conocimiento del Apocalipsis.
Hay muchas ediciones de los trabajos de San Cirilo: --(Vienna, 1560); G. Morel (Paris, 1564); J. Prévot (Paris, 1608); T. Milles (London, 1703); the Benedictine edition of Dom Touttée (Paris, 1720; reprinted at Venice, 1763); una nueva edición de los manuscritos por G.C. Reischl, 8vo (Munich, 1848; 2nd vol. by J. Rupp, 1860); Migne gives the Bened. ed. in P.G., XXXIII; Photius Alexandrides (2 vols., Jerusalem, 1867-8); Eng. tr. in Library of the Fathers (Oxford). TILLEMONT, Memoires pour servir, etc., VIII; TOUTTEE in his edition, and REISCHL; Acta SS., March, II; DELACROIX, Saint-Cyrille de Jerusalem (Paris, 1865); MADER, Der hl. Cyrillus, Bischof von Jerusalem (Einsiedein, 1901).
JOHN CHAPMAN
Transcripción de Mike Humphrey
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes
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