San Buenaventura
Doctor de la Iglesia, Cardenal-obispo de Albano, Ministro general de los Frailes Menores, nacido en Bagnorea, en las proximidades de Viterbo en 1221; muerto en Lyon el 16 de Julio de 1274. Nada se sabe de los padres de Buenaventura salvo sus nombres, Giovanni di Fidanza y Maria Ritella. No está claro cómo se llegó a cambiar su nombre de pila, Juan, por el de Buenaventura. Se ha hecho un intento de encontrar el origen de este último nombre en la exclamación de San Francisco, O buona ventura, cuando se le trajo a Buenaventura de niño para ser curado de una peligrosa enfermedad. Este origen es muy improbable; pare basarse en una leyenda de fines del Siglo XV. El propio Buenaventura nos cuenta (Legenda S. Francisci Prolog.) que cuando era aún niño se salvó de la muerte por medio de la intercesión de San Francisco, pero no hay evidencia de que esta curación tuviera lugar durante la vida de San Francisco, ni de que el nombre de Buenaventura se originara en alguna palabra profética de San Francisco. Seguramente fue llevado por otros al Doctor Seráfico. No se han conservado ningún detalle de la juventud de Buenaventura. Ingresó en la Orden de los Frailes Menores en 1238 o en 1243; el año exacto es incierto. Wadding y los Bolandistas se inclinan por la última fecha, pero la primera es apoyada por Sbaradea, Bonelli, Panfilo da Magliano, y Jeiler, y pare más probable. Es seguro que Buenaventura fue enviado de la provincia romana, a la que pertenía, a completar sus estudios en la Universidad de París con Alexander de Hales, el gran fundador de la Escuela Franciscana. Este último murió en 1246, según la opinión generalmente ribida, aunque aún no claramente establida, y Buenaventura pare haberse convertido en discípulo suyo hacia 1242. Sea como sea, Buenaventura ribió en 1248 la "licenciatura" que le daba derecho a enseñar públicamente como Magister regens, y continuó enseñando en la universidad con gran éxito hasta 1256, cuando se vio obligado a dejarlo, debido a la entonces violenta explosión de oposición a las órdenes mendicantes por parte de los profesores seglares de la universidad. Estos, celosos, según pare, de los éxitos académicos de los Dominicos y Franciscanos, pretendían excluirlos de la enseñanza pública. Los elementos latentes de discordia se habían atizado en una llama en 1256, cuando Guillaume de Saint-Amour publicó una obra titulada "Los peligros de los últimos tiempos", en la que atacaba a los frailes con gran encarnizamiento. Fue en relación con esta disputa cuando Buenaventura escribió su tratado, "De paupertate Christi". No fue, sin embargo, Buenaventura, como algunos han afirmado erróneamente, sino el Beato Juan de Parma, quien comparió ante Alejandro IV en Anagni para defender a los Franciscanos contra sus adversarios. Habiendo la Santa Sede, como es bien sabido, restablido a los mendicantes en todos sus privilegios, y habiendo sido formalmente condenado el libro de Saint-Amour, se otorgó solemnemente el grado de doctor a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino en la universidad el 23 de Octubre de 1257.
Mientras tanto Buenaventura, aunque aún no tenía treinta y seis años, había sido elegido el 2 de Febrero de 1257 Ministro general de los Frailes Menores - un cargo de particular dificultad, debido al hecho de que la orden estaba dividida por disensiones internas entre las dos facciones de los Frailes designadas resptivamente como los Spirituales y los Relaxati. Los primeros insistían en la observancia literal de la Regla original, espialmente en lo relativo a la pobreza, mientras que los segundos deseaban introducir innovaciones y mitigaciones. Esta lamentable controversia se había visto además agravada por el entusiasmo con el que muchos de los frailes "espirituales" habían adoptado las doctrinas relacionadas con el nombre del abad Joaquín de Fiore y expuestas en el autodenominado "Evangelium aeternum". La introducción a este pernicioso libro, que proclamaba la llegada de la administración del Espíritu que iba a reemplazar la Ley de Cristo, fue falsamente atribuida al Beato Juan de Parma, que en 1257 se había retirado del gobierno de la orden en favor de Buenaventura. El nuevo general no perdió tiempo en golpear vigorosamente en ambos extremos de la orden. Por un lado, procedió contra varios de los "espirituales" joaquinistas como herejes ante un tribunal lesiástico en Citta della Pieve; dos de sus dirigentes fueron condenados a prisión perpetua, y Juan de Parma sólo se salvó de un destino similar por la intervención personal del cardenal Ottoboni, luego Adriano V. Por otro lado, Buenaventura había esbozado, en una carta encíclica publicada inmediatamente después de su elección, un programa de reforma de los Relaxati. Tres años más tarde pretendió poner en vigor estas reformas en el Capítulo General de Narbona cuando las constituciones de la orden que había revisado fueron promulgadas de nuevo. Las así llamadas "Constitutiones Narbonenses" se distribuían bajo doce capítulos, correspondientes a los doce capítulos de la Regla, de las que constituían una exposición ilustrada y prudente, y son de capital importancia en la historia de la legislación franciscana. El capítulo que publicó este código de leyes solicitó a Buenaventura que escribiera una "leyenda" o vida de San Francisco que sustituyera a las que entonces estaban en circulación. Esto fue en 1260. Tres años después Buenaventura, habiendo visitado mientras tanto una gran parte de la orden, y habiendo asistido a la dedicación de la capilla de La Verna y al traslado de los restos de Santa Clara y de San Antonio, convocó un capítulo general de la orden en Pisa en el que se aprobó oficialmente su rién compuesta vida de san Francisco como la biografía oficial del santo con exclusión de todas las demás. En este capítulo de 1263, Buenaventura fijó los límites de las diferentes provincias de la orden y, entre otras ordenanzas, prescribió que a la caída de la tarde sonara una campana en honor de la Anunciación, práctica piadosa de la que pare haberse originado el Ángelus. No hay base, sin embargo, para la afirmación de que Buenaventura prescribió en este capítulo la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción en la orden. En 1264, a solicitud formal del cardenal Caetani, Buenaventura consintió en reasumir la dirción de las Clarisas a que el Capítulo de Pisa había renunciado por completo el año antes. Sin embargo, requirió a las Clarisas a ronocer de vez en cuando por escrito que los favores hhos a ellas por los Frailes eran actos voluntarios de caridad que no procedían de obligación alguna. Se dice que el Papa Urbano IV actuó por sugerencia de Buenaventura cuando intentó establer la uniformidad de observancia en todos los monasterios de Clarisas. Por esta época (1264) Buenaventura fundó en Roma la Sociedad del Gonfalone en honor de la Santísima Virgen que, si no fue la primera confraternidad instituida en la Iglesia, como algunos han afirmado, fue ciertamente una de las primeras. En 1265 Clemente IV, por una Bula datada el 23 de Noviembre, designó a Buenaventura para el vacante arzobispado de York, pero el santo, de acuerdo con su singular humildad, rhazó resueltamente este honor y el Papa cedió.
En 1266 Buenaventura reunió un capítulo general en París en el que, aparte de otras disiones, se dretó que todas las "leyendas" de San Francisco escritas antes de la de Buenaventura debían destruirse en el acto, tal como el Capítulo de Narbona había ordenado en 1260 la destrucción de todas las constituciones anteriores a las entonces promulgadas. Este dreto ha provocado mucha crítica hostil. Algunos querrían ver en ello un deliberado intento por parte de Buenaventura de clausurar las fuentes primitivas de la historia franciscana, para suprimir al Francisco real, y sustituirle en su lugar con uno falso. Otros, sin embargo, consideran el dreto en cuestión como una ordenanza puramente litúrgica que pretendía garantizar la uniformidad de las "leyendas" en el coro. Entre estas dos opiniones en conflicto la verdad pare ser que este edicto no era nada más que otro intento heroico de liquidar las viejas disputas y empezar de nuevo. No se puede sino lamentar las circunstancias de este dreto, pero cuando se ruerda que las partes contendientes apelaban siempre a las palabras y acciones de San Francisco tal como se registraban en las "leyendas" primitivas, sería injusto acusar al capítulo de "vandalismo literario" al pretender proscribirlas. No tenemos detalles de la vida de Buenaventura entre 1266 y 1269. En este último año convocó su cuarto capítulo general en Asís, en el que se promulgó que se cantara una Misa cada sábado en toda la orden en honor de la santísima Virgen, no, sin embargo, en honor de su Inmaculada Concepción como Wadding entre otros, ha afirmado erróneamente. Fue probablemente poco después cuando Buenaventura compuso su "Apologia pauperum", en la que hace callar a Gerard de Abbeville que mediante un libelo anónimo había revivido el antiguo odio de la universidad contra los frailes. Dos años más tarde, Buenaventura contribuyó de manera principal a ronciliar las diferencias entre los cardenales reunidos en Viterbo para elegir un sucesor de Clemente IV, que había muerto cerca de tres años antes; fue por consejo de Buenaventura que, el 1 de Septiembre de 1271, eligieron unánimemente a Teobaldo Visconti de Piacenza que tomó el nombre de Gregorio X. Que los cardenales autorizaran seriamente a Buenaventura a designarse a sí mismo, como algunos autores afirman, es más improbable. Ni hay nada de cierto en el relato popular de que Buenaventura al llegar a Viterbo aconsejó a los ciudadanos que encerraran a los cardenales con vistas a apresurar la elección. En 1272 Buenaventura reunió por segunda vez un capítulo general en Pisa en el que, aparte de promulgaciones de adicionales observancias regulares, se publicaron nuevos dretos con respto a la dirción de las Clarisas, y se instituyó un aniversario solemne el 25 de Agosto en memoria de San Luis. Este fue el primer paso hacia la canonización del santo rey, que había sido amigo espial de Buenaventura, y a cuya solicitud había compuesto Buenaventura el "Oficio de la Pasión". El 23 de Junio de 1273, Buenaventura, muy contra su voluntad, fue creado cardenal-obispo de Albano por Gregorio X. Se dice que los enviados del Papa que le trajeron el sombrero cardenalicio encontraron al santo lavando platos en el exterior de un convento cerca de Florencia y que les pidió que lo colgaran en un árbol próximo hasta que sus manos estuvieran libres para tomarlo. Buenaventura continuó gobernando la Orden de Frailes Menores hasta el 20 de Mayo de 1274, cuando en el Capítulo General de Lyon, Jerónimo de Ascoli, después Nicolás IV, fue elegido para sucederle. Mientras tanto Buenaventura había sido encargado por Gregorio X de preparar las cuestiones a discutir en el Dimocuarto Concilio uménico, que se abrió en Lyon el 7 de Mayo de 1274.
El propio Papa presidía el Concilio, pero confió la dirción de sus deliberaciones a Buenaventura, encargándole espialmente de conferenciar con los griegos sobre los puntos relativos a la abjuración de su cisma. Fue en gran medida debido a los esfuerzos de Buenaventura y a los de los frailes que había enviado a Constantinopla, por lo que los griegos aceptaron la unión que se eftuó el 6 de Julio de 1274. Buenaventura se dirigió dos ves a los Padres reunidos, el 18 de Mayo, durante una sesión del Concilio, en que predicó sobre Baruch, 5,5, y el 29 de Junio, durante la Misa pontifical celebrada por el Papa. Mientras el Concilio estaba aún en sesión, Buenaventura murió, el domingo 15 de Julio de 1274. La causa exacta de su muerte es desconocida, pero si podemos dar crédito a la crónica de Peregrino de Bolonia, Secretario de Buenaventura, que ha sido ruperada rientemente (1905) y editada, el santo fue envenenado. Fue enterrado la tarde siguiente a su muerte en la iglesia de los Frailes Menores de Lyon, siendo honrado con un espléndido funeral al que asistieron el Papa, el rey de Aragón, los cardenales, y los demás miembros del Concilio. La oración fúnebre fue pronunciada por Pedro de Tarantasia, O.P., cardenal-obispo de Ostia, después Inocencio V, y al día siguiente durante la quinta sesión del Concilio, Gregorio X habló de la irreparable pérdida que había sufrido la Iglesia por la muerte de Buenaventura, y ordenó a todos los prelados y sacerdotes de todo el mundo celebrar Misa por el descanso de su alma.
Buenaventura disfrutó de espial veneración incluso durante su vida por su intachable carácter y por los milagros atribuidos a él. Fue Alexander de Hales quien dijo que Buenaventura paría haber escapado a la maldición del pado de Adán. Y la historia de Santo Tomás visitando la celda de Buenaventura mientras este último escribía la vida de San Francisco y encontrándolo en un éxtasis es bien conocida. "Dejemos a un santo trabajar por otro santo", dijo el Doctor Angélico mientras se retiraba. Cuando en 1434 los restos de San Buenaventura fueron trasladados a la nueva iglesia erigida en Lyon en honor de San Francisco, su cabeza se encontró en perfto estado de conservación, estando la lengua tan roja como en vida. Este milagro no sólo movió al pueblo de Lyon a elegir a Buenaventura como su patrono espial, sino que también dio un gran impulso al proceso de su canonización. Dante, escribiendo mucho antes, había dado expresión a la opinión popular situando a Buenaventura entre los santos en su "Paradiso" y ninguna canonización fue nunca más ardiente o universalmente deseada que la de Buenaventura. Que su comienzo se retrasara tanto tiempo fue debido a las deplorables disensiones dentro de la orden tras la muerte de Buenaventura. Finalmente el 14 de Abril de 1482, Buenaventura fue inscrito en el catálogo de los santos por Sixto IV. En 1562 el santuario de Buenaventura fue saqueado por los hugonotes y la urna que contenía su cuerpo quemada en la plaza pública. Su cabeza fue conservada por el heroísmo del superior, que la escondió a costa de su vida, pero desaparió durante la Revolución Francesa y todos los esfuerzos para descubrirla han sido vanos. Buenaventura fue inscrito entre los principales Doctores de la Iglesia por Sixto V, el 14 de Marzo de 1587. Su fiesta se celebra el 14 de Julio. [En la reforma del santoral llevada a cabo por Pablo VI, se trasladó su fiesta al 15 de Julio.- N. del T.]
Buenaventura, como señala Hefele, unía en sí los dos elementos de donde procede todo lo que era noble y sublime, grande y hermoso, en la Edad Media, a saber, tierna piedad y profundo saber. Estas dos cualidades brillan notoriamente en sus escritos. Buenaventura escribió sobre casi todos los asuntos tratados por los escolásticos, y sus escritos son muy numerosos. El mayor número de ellos tratan de filosofía y teología. Ninguna obra de Buenaventura es exclusivamente filosófica, pero en su "Comentario a las Sentencias", su "Breviloquium", su "Itinerarium Mentis in Deum" y su "De reductione Artium ad Theologiam", tratan de las cuestiones más importantes y difíciles de filosofía de tal manera que estas cuatro obras tomadas en conjunto contienen los elementos de un sistema completo de filosofía, y al mismo tiempo da notable testimonio de la mutua interpenetración de filosofía y teología que es una señal distintiva del periodo escolástico. El Comentario sobre las "Sentencias" sigue siendo sin duda la máxima obra de Buenaventura; todos sus demás escritos están de alguna manera subordinados a él. Se escribió superiorum praepto (por orden de los superiores) cuando sólo tenía veintisiete años y es un logro teológico de primera fila. Comprende más de cuatro mil páginas in folio y trata extensa y profundamente de Dios y la Trinidad, la Creación y la Caída del hombre, la Encarnación y la Redención, la Gracia, los Sacramentos, y el Juicio Final, es dir, que rorre todo el campo de la teología escolástica. Como las demás Summas medievales, el "Comentario" de Buenaventura se divide en cuatro libros. En el primero, segundo, y cuarto Buenaventura puede competir favorablemente con los mejores comentarios sobre las sentencias, pero se admite que en el tercero sobrepasa a todos los demás. El "Breviloquium", escrito antes de 1257, es, como su nombre implica, una obra más corta. Hasta cierto punto es un resumen del "Comentario" que contiene como dice Scheeben, la quintaesencia de la teología de la época, y es el más sublime compendio del dogma que poseemos. Es quizá la obra que mejor da una noción popular de la teología de Buenaventura; en ella sus facultades se ven en su mejor forma. Mientras que el "Breviloquium" deriva todas las cosas de Dios, el "Itinerarium Mentis in Deum" procede en la dirción opuesta, devolviendo todas las cosas a su Supremo Fin. Esta última obra, que constituyó la delicia de Gerson durante más de treinta años, y en la que el Beato Enrique Suso se inspiró tan ampliamente, se escribió en el Monte La Verna en 1259. La relación de lo finito y lo infinito, lo natural y lo sobrenatural, se trata de nuevo por Buenaventura en su "De reductione Artium ad Theologiam", una pequeña obra escrita para demostrar la relación que la filosofía y las artes tienen con la teología, y para probar que son absorbidas por ella como en su centro natural. No debe inferirse, sin embargo, que la filosofía, en opinión de Buenaventura no posea una existencia propia. Los pasajes de las obras de Buenaventura en que se pueda fundar tal opinión sólo van a probar que no considera la filosofía como el principal o último fin de la investigación científica y la espulación. Además, sólo cuando se la compara con la teología considera a la filosofía como de orden inferior. Considerada en sí misma, la filosofía es, según Buenaventura, una verdadera ciencia, anterior en cuanto al tiempo a la teología. Además, la preeminencia de Buenaventura como místico no permite oscurer sus trabajos en el dominio filosófico, pues fue indudablemente uno de los máximos filósofos de la Edad Media.
La filosofía de Buenaventura, no menos que su teología, manifiesta su profundo respeto por la tradición. Miraba con disgusto las nuevas opiniones y siempre se esforzó por seguir las generalmente ribidas en su época. Así, entre las dos grandes influencias que determinaron la tendencia del Escolasticismo hacia mediados del Siglo XIII, no cabe duda que Buenaventura siempre siguió siendo un fiel discípulo de Agustín y siempre defendió la enseñanza de ese Doctor; aunque de ninguna manera repudió la enseñanza de Aristóteles. Aunque basando su doctrina en la de la escuela antigua, Buenaventura tomó no poco prestado de la nueva. Aunque criticó severamente los deftos de Aristóteles, se dice que ha citado más fruentemente a éste que lo que lo había hecho ninguno de los anteriores escolásticos .Quizá se inclinaba más, en conjunto, a algunas opiniones generales de Platón que a las de Aristóteles, pero no se le puede llamar por ello un platónico. Aunque adoptó la teoría hilomórfica de la materia y la forma, Buenaventura, siguiendo a Alexander de Hales, cuya Summa pare haber tenido delante al componer sus propias obras, no limita la materia a los seres corporales, sino que sostiene que una y la misma espie de materia es igualmente el sustrato de los seres espirituales y corporales. Según Buenaventura, la materia prima no es un mero quid indeterminado, sino que contiene las rationes seminales infundidas por el Creador al principio, y tiende a la adquisición de las formas espíficas que finalmente asume. La forma sustancial no es, en opinión de Buenaventura, esencialmente una, como enseñaba Santo Tomás. Otro punto en el que Buenaventura, como representante de la escuela franciscana, discrepa de Santo Tomás es el que se refiere a la posibilidad de creación desde la eternidad. Dlara que la razón puede demostrar que el mundo no se creó ab aeterno. En sus sistema de ideología Buenaventura no favore ni la doctrina de Platón ni la de los ontologistas. Sólo malinterpretando por completo la enseñanza de Buenaventura puede leerse en ella una interpretación ontologista. Pues es más enfático al rhazar cualquier visión inmediata o dirta de Dios o de sus atributos divinos en esta vida. En cuanto al resto, la psicología de Buenaventura no difiere en ningún punto esencial de la enseñanza común de los escolásticos. Lo mismo es cierto, en términos generales, de su teología.
Los escritos teológicos de Buenaventura pueden clasificarse en cuatro capítulos: dogmática, mística, exegética y homilética. Su enseñanza dogmática se encuentra principalmente en su "Comentario sobre las Sentencias" y en su "Breviloquium". Al tratar de la Encarnación, Buenaventura no difiere sustancialmente de Santo Tomás. En respuesta a la pregunta "¿Habría tenido lugar la Encarnación si Adán no hubiera pado?", responde de manera negativa. También, no obstante su profunda devoción por la Santísima Virgen, favore la opinión que no la exime del pado original, quia magis consonat fidei pietate et sanctorum auctoritati. Pero el tratamiento por Buenaventura de esta cuestión señaló un claro avance, e hizo más quizá que ningún otro antes de Escoto para aclarar el terreno para su corrta presentación. Su tratado sobre los sacramentos es en su mayor parte práctico y se caracteriza por un elemento claramente devoto. Esto se muestra espialmente en su tratamiento de la Sagrada Eucaristía. Rhaza la doctrina de la eficacia física, y admite sólo una moral, en los sacramentos. Es de lamentar que las opiniones de Buenaventura en ésta y otras cuestiones controvertidas sean tan a menudo tergiversadas, incluso por autores rientes. Por ejemplo, al menos tres de los más rientes y mejor conocidos manuales de dogma al tratar de cuestiones como "De angelorum natura", "De scientia Christi", "De natura distinctionis inter caritatem et gratiam sanctificantem", "De causalitatem sacramentorum", "De statu parvulorum sine baptismo morientium", atribuyen gratuitamente a Buenaventura opiniones que son totalmente discrepantes con su enseñanza real. Es claro que Buenaventura, como todos los escolásticos, expuso opiniones no estrictamente corrtas con respto a cuestiones aún no definidas o claramente establidas, pero incluso aquí su enseñanza representa las ideas más aceptables y profundas de su época y señala un estadio notable en la evolución del conocimiento. La autoridad de Buenaventura siempre ha sido muy grande en la Iglesia. Aparte de su influencia personal en Lyon (1274), sus escritos tuvieron gran peso en los posteriores concilios de Vienne (1311), Constanza (1417), Basilea (1435), y Florencia (1438). En Trento (1546) sus escritos, como observa Newman (Apologia, cap. v) tuvieron un efto crítico en algunas de las definiciones del dogma, y en el Concilio Vaticano [I] (1870), frases de ellos se incorporaron a los dretos referentes a la supremacía e infalibilidad papal.
Sólo una pequeña parte de los escritos de Buenaventura son propiamente místicos. Se caracterizan por la brevedad y por una fiel adhesión a la enseñanza del Evangelio. El perfcionamiento del alma mediante el desarraigo del vicio y la implantación de la virtud es su principal preocupación. Hay un grado de oración en el que se produce el éxtasis. Cuando se alcanza, se ha de dar gracias sinceramente a Dios. Debe, sin embargo, ser considerado sólo como incidental. No es de ningún modo esencial a la posesión de la perfción en grado supremo. Tal es el esbozo general del misticismo de Buenaventura que es en gran medida una continuación y desarrollo del que St.Victor ya había expuesto. El resumen más corto y más completo de él se encuentra en su "De Triplici Via", a menudo llamada erróneamente el "Incendium Amoris", en el que distingue los diversos estadios o grados de caridad perfta. Lo que el "Breviloquium" es al Escolasticismo, es el "De Triplici Via" al misticismo: un compendio perfto de todo lo que hay de mejor en ello. Savonarola hizo un piadoso e ilustrado comentario sobre él. Quizá el mejor conocido de los demás escritos ascéticos y místicos de Buenaventura es el "Soliloquium", una espie de diálogo que contiene una rica colción de pasajes de los Padres sobre cuestiones espirituales; el "Lignum vitae", una serie de cuarenta y ocho meditaciones devotas sobre la vida de Cristo, el "De sex alis seraphim", un prioso opúsculo sobre las virtudes de los superiores, que el Padre Claudio Acquaviva hizo que se imprimiera separadamente y circulara por toda la Compañía de Jesús; la "Vitis mystica", una obra sobre la Pasión, que fue durante mucho tiempo atribuida erróneamente a San Bernardo, y "De perftione vitae", un tratado que pinta las virtudes que conducen a la perfción religiosa, y que pare haberse escrito para uso de la Beata Isabella de Francia, que había fundado un monasterio de clarisas en Longchamps.
Las obras exegéticas de Buenaventura fueron muy estimadas en la Edad Media y siguen siendo aún un tesoro de pensamientos y tratados. Incluyen comentarios sobre los Libros del lesiastés y la Sabiduría y sobre los Evangelios de San Lucas y San Juan. Además de su comentario al Cuarto Evangelio, Buenaventura compuso unas "Collationes in Joanem", noventa y una conferencias sobre asuntos relacionados con él. Sus "Collationes in Hexameron" es una obra de la misma clase, pero su título, que no es originario de Buenaventura, en cierto modo induce a error. Consiste en un curso inacabado de instrucciones dadas en París en 1273. Buenaventura no pretendía en estos veintiún discursos explicar la obra de los seis días, sino más bien extraer algunas instrucciones análogas del primer capítulo del Génesis, como advertencia a sus oyentes contra algunos errores del momento. Es una exageración dir que Buenaventura considera sólo el sentido místico de las Escrituras. En sus escritos que son propiamente exegéticos sigue el texto, aunque también desarrolla las conclusiones prácticas que se deducen de él, pues en la composición de estas obras tenía la ventaja del predicador principalmente en vistas. Buenaventura había concebido la idea más sublime del ministerio de la predicación, y no obstante sus múltiples labores en otros campos, este ministerio siempre tuvo un lugar espial entre sus trabajos. No descuidó ninguna oportunidad de predicar, bien al clero, al pueblo, o a sus propios frailes, y el Beato Francisco de Fabriano (muerto en 1322), su contemporáneo y oyente, da testimonio de que el renombre de Buenaventura como predicador sobrepasó su fama como maestro. Predicó ante Papas y reyes, en España y en Alemania, tanto como en Francia y en Italia. Casi quinientos sermones auténticos de Buenaventura han llegado hasta nosotros; la mayor parte de ellos fueron dados en París ante la universidad mientras Buenaventura era profesor allí, o después de que se convirtiera en ministro general. La mayor parte de ellos fueron tomados por algunos de sus oyentes y conservados así para la posteridad. En sus sermones sigue el método escolástico de adelantar las divisiones de su materia y exponer luego cada división según los diversos sentidos. Aparte de sus escritos filosóficos y teológicos, Buenaventura dejó un cierto número de obras referentes a la vida religiosa, pero más espialmente a la Orden Franciscana. Entre estas últimas está su bien conocida explicación de la regla de los Frailes Menores; en esta obra, escrita en una época en que las disensiones dentro de la orden respto a la observancia de la Regla eran tan dolorosamente acusadas, adoptó una actitud conciliatoria, no aprobando ni la interpretación de los Zelanti ni las de los Relaxati. Su objetivo era promover la armonía en lo esencial. Con esta finalidad en vistas, había elegido un camino intermedio al comienzo y se adhirió firmemente al mismo durante los diisiete años de su generalato. Si alguien hubiera podido tener éxito en unir la orden, habría sido Buenaventura; pero la vía media demostró ser impracticable, y la personalidad de Buenaventura sólo sirvió para contener los elementos de discordia, posteriormente representados por los Conventuales y los Fraticelli. A continuación de su explicación de la Regla viene el importante tratado de Buenaventura que incorpora las Constituciones de Narbona ya referidas. Hay también una respuesta de Buenaventura a algunas cuestiones relativas a la Regla, un tratado sobre la dirción de novicios, y un opúsculo en el que Buenaventura dlara por qué los Frailes Menores predican y oyen confesiones, aparte de cierto número de cartas que nos dan una idea espífica del carácter del santo. Estas incluyen las cartas oficiales escritas por Buenaventura como general a los superiores de la orden, tanto como cartas personales dirigidas, como esa "Ad innominatum magistrum", a individuos privados. La hermosa "Legenda" o vida de San Francisco completa los escritos de Buenaventura en que se esfuerza en promover el bienestar espiritual de sus hermanos. Esta bien conocida obra se compone de dos partes de muy desigual valor. En la primera, Buenaventura publica los hhos inéditos que había podido reunir en Asís y otros lugares; en la otra meramente resume y repite lo que otros, y espialmente Celano, ya habían registrado. En conjunto, es esencialmente una legenda pacis, compilada principalmente con vistas a pacificar la malhadada discordia que aún hacía estragos en la orden. El objetivo de San Buenaventura era presentar un retrato general del santo fundador que, mediante la omisión de ciertos puntos que habían dado origen a la controversia, fuera aceptable a todas las partes. Este objetivo era seguramente legítimo incluso aunque desde un punto de vista crítico la obra no sea una biografía perfta. De esta "Legenda Major", como vino a ser llamada, Buenaventura hizo un resumen ordenado para su uso en el coro y conocida como la "Legenda Minor".
Buenaventura fue el verdadero heredero y seguidor de Alexander de Hales y el continuador de la antigua escuela franciscana fundada por el Doctor Irrefragabilis, pero sobrepasó a este último en perspicacia, fertilidad de imaginación y originalidad de expresión. Su lugar apropiado está junto a su amigo Santo Tomás, en cuanto son los dos máximos teólogos del Escolasticismo. Si es verdad que el sistema de Santo Tomás está más acabado que el de Buenaventura, debe rordarse que, mientras que Santo Tomás fue libre de dedicarse al estudio hasta el fin de sus días, Buenaventura aún no había ribido el grado de doctor cuando fue llamado a gobernar su orden y se vio agobiado en consuencia por múltiples preocupaciones. Las pesadas responsabilidades que soportó hasta unas semanas antes de su muerte fueron incompatibles con ulteriores estudios e incluso le imposibilitaron de completar lo que había comenzado antes de los treinta y seis años. También, al intentar hacer una comparación entre Buenaventura y Santo Tomás, debemos rordar que los dos santos fueron de una diferente inclinación mental; cada uno tuvo cualidades en las que sobresalía; uno era en cierto sentido el complemento del otro; uno suplía lo que le faltaba al otro. Así Tomás era analítico, Buenaventura sintético; Tomás fue el Aristóteles cristiano, Buenaventura el verdadero discípulo de Agustín; Tomás fue el maestro de las escuelas, Buenaventura el de la vida práctica; Tomás ilustró la mente, Buenaventura inflamaba el corazón; Tomás extendía el Reino de Dios por amor a la teología, Buenaventura por la teología del amor. Incluso los que sostienen que Buenaventura no alcanza el nivel de Tomás en la esfera de la espulación escolástica conceden que como místico sobrepasa al Doctor Angélico. En este particular reino de la teología, Buenaventura iguala, si no sobrepasa, al propio San Bernardo. León XIII llama corrtamente a Buenaventura el Príncipe de los Místicos: "Habiendo escalado las difíciles cumbres de la espulación de una manera muy notable, trató la teología mística con tal perfción que en la opinión común de los sabios es el facile princeps en este campo." (Alocución del 11 de Octubre de 1890). No debe concluirse, sin embargo, que los escritos místicos de Buenaventura constituyan su principal título a la fama. Esta conclusión, en cuanto que pare implicar una desaprobación de sus trabajos en el campo del Escolasticismo, se opone a las dlaraciones explícitas de varios Pontífices y eminentes eruditos, es incompatible con la ronocida reputación de Buenaventura en las escuelas, y se excluye mediante una lectura inteligente de sus obras. Como cuestión de hecho, la mitad de un volumen de los diez que comprende la edición de Quaracchi basta para contener los escritos místicos y ascéticos de Buenaventura. Aunque las solas obras místicas de Buenaventura bastarían para colocarlo en primera fila, aun así solamente se le puede llamar un místico más
San Caedmon
Autor de Poemas Bíblicos en Anglo-Sajón, se desconoce la fecha de su nacimiento; murió entre 670 y 680. Mientras que la participación de Caedmon en la autoría de los así llamados poemas Caedmonianos ha sido constantemente limitada por los eruditos modernos, los acontimientos en la vida de este dotado poeta religioso son establidos definitivamente por el cuidadoso Bede, quien vivió en el monasterio cercano de Wearmouth en la siguiente generación (ver BEDE). Bede nos dice (Hist. cles., Bk. IV, ch. Xxiv) que Caedmon, cuyo nombre es tal vez Celta (Bradley), o un seudónimo Hebreo o Caldeo (Palgrave, Cook), fue primero asignado como un trabajador al monasterio doble de Whitby (Streoneshalh), fundado en 657 por Santa Hilda, amiga de San Aidan. (Ver AIDAN). Una noche, cuando los sirvientes del monasterio estaban reunidos alrededor de la mesa para la buena confraternidad, y el arpa pasaba de mano en mano, Caedmon, nada conocedor de poesía, dejó la compañía por vergüenza, como a menudo lo había hecho, y se retiró al establo, ya que había sido asignado esa noche al cuidado del ganado rogido. En cuanto se durmió, aparió delante de él en visión uno que lo llamó por su nombre, y lo invitó a cantar. "Yo no puedo cantar, y por eso abandoné la fiesta". "Canta para mí, sin embargo, canta sobre la Creación". Luego Caedmon comenzó a cantar en alabanza de Dios, versos que nunca había oído antes. De estos versos, llamados himno de Caedmon, Bede da el equivalente Latino, la traducción Alfrediana de Bede da una versión poética Sajona Occidental, y un manuscrito de Bede agrega una versión poética Nor-umbriana, tal vez las mismas palabras de Caedmon. En la mañana Caedmon ritó su relato y sus versos a Hilda y los hombres instruidos del monasterio, y todos estuvieron de acuerdo que había ribido un regalo Divino. Caedmon, habiendo mostrado además su don convirtiendo en excelente verso algunas historias sagradas relatadas a él, se rindió a la exhortación de Hilda para que tomara el hábito monástico. Le fue enseñada toda la serie de historia sagrada, y entonces, a la manera de un puro animal rumiante, la convirtió en dulce verso. Sus poemas trataban del Génesis, Exodo, y relatos de otros libros del Antiguo Testamento, la Encarnación, Pasión, Resurrción, y Ascensión, la Venida del Espíritu Santo, la enseñanza de los Apóstoles, el Juicio Final, Infierno y Cielo. Bede finaliza su narración con un relato de la santa muerte de Caedmon. De acuerdo con William de Malmesbury, en un escrito de 1125, probablemente fue sepultado en Whithy. Su santidad fue atestiguada por muchos milagros y su canonización probablemente fue más popular que formal.
Los poemas Caedmonianos, hallados en un único manuscrito del siglo décimo que se encuentra en la Bibliota Bodeliana, fueron primero publicados y atribuidos a Caedmon en 1665 por Francis Junius (du Jon), un amigo de Milton, y bibliotario del Conde de Arundel. El manuscrito consiste en poemas sobre el Génesis, Exodo, Daniel y un grupo de poemas en un estilo diferente, llamados ahora coltivamente "Cristo y Satán" que narran la Caída de los Angeles, el Descenso al Infierno, la Resurrción, la Ascensión, El Juicio Final, y la Tentación en el Desierto. La tendencia entre los eruditos Anglo-Sajones ha sido negar la autoría Caedmoniana de la mayoría de estos poemas, excepto parte del "Génesis", llamada A, y partes del "Cristo y Satán". En 1875 el Profesor Sievers anticipó la teoría, por motivos de métrica, lenguaje, y estilo, de que la parte del "Génesis" llamada B, ll. 235-370, y ll. 421-851, una evidente interpolación, eran meramente una traducción y ruperación de un poema "Génesis" perdido, en Sajón Antiguo, del siglo noveno, cuya parte del Nuevo Testamento existente se conoce como el "Heliand". El Sajón Antiguo es el dialto de la Antigua Baja Germania de los Sajones continentales, quienes fueron convertidos en parte de Inglaterra. La teoría de Sievers, cuya historia es uno de los episodios brillantes de filología moderna, fue establida en 1894 por el descubrimiento de fragmentos de un "Genesis" Antiguo Sajón. (Pasajes paralelos en Cook y Tinker).
Bede nos dice que muchos escritores ingleses de versos sacros han imitado a Caedmon, pero que ninguno lo ha igualado. El valor literario de partes de los poemas Caedmonianos es indudablemente de un orden elevado. Los relatos de la Biblia no son simplemente parafraseados, sino que han sido meditados por el poeta hasta desarrollarlos en un cuadro vívido, con pinceladas sacadas de la vida inglesa. El relato de la huida de Israel resuena con el paso de ejércitos y la excitación del campo y la batalla. El "Génesis" y el "Cristo y Satán" tienen el brillo de la vida dramática, y el personaje de Satán es delineado con agudeza. Los poemas, así se diga que son caedmonianos o de la escuela de Caedmon, marcan un comienzo meritorio de la larga y noble línea de poesía sacra Inglesa.
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J. VINCENT CROWNE
Transcrito por Matthew Reak
Traducido del Inglés por Daniel Reyes V.
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