Melio de Antioquía
Obispo, nació en Melitene, Armenia Menor; murió en Antioquía en el año 381. Antes de ocupar la sede de Antioquía había sido obispo de Sebaste, capital de Armenia Prima. Sócrates supone un traslado de Sebaste a Berea y de ahí a Antioquía; su elevación a Sebaste puede datar de 358 ó 359. Su estadía en dicha ciudad fue breve y no libre de vejaciones debido al apego popular a su predesor San Eustacio de Antioquía. Asia Menor y Siria estaban entonces agitadas por disputas teológicas de carácter arriano o semiarriano. Bajo Eustacio (324-330) Antioquía había sido uno de los centros de la ortodoxia nicena. Este gran hombre fue puesto a un lado, y sus primeros sucesores, Paulino y Eulalio ocuparon la sede por poco tiempo (330-332). Siguieron otros, la mayoría de ellos ineficaces para la tarea, y la Iglesia de Antioquía fue desgarrada en dos por el cisma.
Los eustacianos permanieron como una minoría ardiente e ingobernable en el campo ortodoxo, pero los detalles de esta división se nos escapan hasta la elección de Leonacio (344-358). Su simpatía por la herejía arriana era abierta, y su discípulo Aio predicaba el arrianismo puro que no impidió el que fuera ordenado diácono. Esto fue demasiado para la paciencia de los ortodoxos bajo el liderazgo de Flavio y Diodoro. Aio tenía que ser removido. A la muerte de Leoncio, Eudoxio de Germanicia, uno de los arrianos más influyentes, se fue inmediatamente a Antioquía, y mediante intrigas se aseguro su nombramiento a la sede vacante, la cual ocupó por poco tiempo, pues fue desterrado a Armenia. En 359 el Concilio de Seléucida nombró un sucesor llamado Ananio, que fue exiliado tan pronto fue instalado. Eudoxio robró el favor en 360, y fue nombrado obispo de Constantinopla, con lo cual se reabrió la sucesión episcopal antioquena. Se reunieron obispos de todas partes para la elección, en la cual los acacianos eran el partido dominante. Sin embargo, la elección parió ser un compromiso. Melio, quien había renunciado a su sede de Sebaste, y quien era amigo personal de Acacio, fue elegido. La elección fue en general satisfactoria, pues Melio le había hecho promesas a ambos partidos, de modo que los ortodoxos y los arrianos pensaban que estaba de su lado.
Indudablemente Melio creía que la verdad estriba en distinciones delicadas, pero esta fórmula era tan indefinida que incluso hoy día, es difícil captarla con prisión. No era ni un niceno completo ni un arriano didido. Mientras tanto pasaba como acaciano, homoousiano, homoiano, o neo-niceno, buscando siempre permaner fuera de cualquier clasificación inflexible. Es posible que estuviera todavía indiso y que esperaba del fermento teológico contemporáneo alguna nueva e ingeniosa combinación, satisfactoria para él, pero sobre todo no comprometedora. Hasta aquí lo había favorido la fortuna; estaba ausente de Antioquía cuando fue elto, y ni siquiera había sido auscultado sobre sus preferencias doctrinales. Los hombres estaban cansados de la discusión interminable, y el temperamento amable y gentil de Melio paría prometer la muy deseada paz. Él no era San Atanasio, ni la poco heroica Antioquía deseaba un hombre de ese tipo. Las cualidades de Melio eran genuinas; una vida simple, moral pura, piedad sincera y maneras afables. No tenía méritos extraordinarios, a menos que el incluso balance armonioso de sus virtudes cristianas pudieran aparer sobresalientes.
El nuevo obispo gozaba del afto de la gran y turbulenta población que gobernaba, y era estimado por hombres tales como San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio de Nisa, San Basilio el Grande, e incluso su adversario San Epifanio. San Gregorio Nacianceno nos dice que el era un hombre muy piadoso, simple y sin doblez; su semblante reflejaba paz y los que lo veían confiaban en él y lo respetaban. Él era lo que le llamaban, y su nombre griego lo revelaba, porque había miel tanto en su disposición como en su nombre. Al llegar a Antioquia fue ribido por una inmensa concurrencia de cristianos y judíos; cada uno se preguntaba a cuál facción pertenía, y pronto se esparció el informe de que él era simplemente un partidario del Credo de Nicea. Melio se tomó su tiempo. Comenzó reformando ciertos abusos notorios y educando a su pueblo, en cuyo trabajo posterior pudo haber creado enemistades si no hubiese evitado todas las preguntas en disputa. El emperador Constante, un arriano militante, citó una asamblea para extraerle a Melio sus pensamientos rónditos. El emperador invitó a varios obispos entonces en Antioquía para hablar sobre la principal prueba de la controversia arriana. "El Señor me poseía al principio de su camino." (Proverbios 8,22).
Al principio Melio fue algo prolongado y tedioso, pero exhibió un gran conocimiento de la Escritura. Pravidamente dlaró que "la Escritura no se contradice, que todo lenguaje es aduado cuando es cuestión de explicar la naturaleza del Hijo Unigénito de Dios. Uno no va más allá de una aproximación que nos permita entender hasta cierto alcance, y que nos lleve lenta y progresivamente de las cosas visibles a las escondidas. Ahora, creer en Cristo es creer que el Hijo es como el Padre, su imagen, quien está en todo, creador de todo; y no una imagen imperfta sino aduada, incluso como el efto corresponde a la causa. La generación del único Hijo engendrado, anterior a todos los tiempos, lleva consigo los conceptos de subsistencia, estabilidad y exclusivismo". Melio luego pasó a consideraciones morales, pero había satisfho a sus oyentes, principalmente por abstenerse de lenguaje técnico y discusión vana. La ortodoxia del obispo estaba completamente establida, y su profesión de fe fue un rudo golpe para el partido arriano. San Basilio le escribió al vacilante San Epifanio que "Melio fue el primero en hablar libremente a favor de la verdad y pelear la buena batalla en el reinado de Constante. Cuando Melio finalizó su discurso la audiencia le pidió que diera un resumen de su enseñanza. Él extendió tres dedos hacia la gente, luego cerró dos y dijo "Tres Personas se conciben en la mente pero es como si nos dirigiéramos a una sola". Este gesto se volvió famoso y se convirtió en una señal de unión. Los arrianos no fueron lentos en vengarse. Por pretextos vagos el emperador desterró a Melio a su nativa Armenia. Había ocupado la sede por menos de un mes.
Este exilio fue la causa inmediata de un largo y deplorable cisma entre los católicos de Antioquía, de ahí en adelante divididos entre melianos y eustacianos. Las iglesias permanían en manos de los arrianos, Paulino gobernaba a los eustacianos, mientras que Flavio y Diodoro eran los jefes del rebaño meliano. En cada familia un niño llevaba el nombre de Melio, cuyo retrato se grababa en sortijas, relieves, copas y en las paredes de los apartamentos. Melio se fue al exilio en la primera parte del año 361. Unos pocos meses después el emperador Constante murió repentinamente, y una de las primeras medidas de su sucesor, Juliano el Apóstata, fue revocar los dretos de destierro de su predesor. Es bastante probable que Melio regresara a Antioquia, pero su presencia era difícil frente a los eustacianos. El Concilio de Alejandría (362) trató de reestabler la armonía y poner fin al cisma, pero fracasó.
Ambos partidos estaban firmes en sus rlamos, mientras que la vehemencia e imprudencia del mediador ortodoxo aumento la disensión, y arruinó toda esperanza de paz. Aunque la elección de Melio estaba fuera de discusión, el impetuoso Lucifer de Cagliari cedió a las peticiones de la facción opuesta, y en lugar de contemporizar y esperar el inminente regreso de Melio del exilio, ayudado por dos confesores, se apresuró a consagrar obispo de Antioquia al líder eustaciano, Paulino. Esta medida desatinada fue una gran calamidad, pues establió el cisma definitivamente. Melio y sus seguidores no fueron responsables, y es una injusticia puliar de la historia que esta división se conozca como el cisma meliano cuando los eustacianos o paulinianos fueron los únicos responsables. Pronto llegaron Melio y San Eusebio de Vercelli, pero no pudieron hacer nada en esas circunstancias. La persución del emperador Juliano, cuya residencia estaba en Antioquia, trajo nuevas vejaciones. Ambas facciones del partido ortodoxo fueron igualmente hostigadas y atormentadas, y ambas enfrentaron valientemente sus juicios.
Un incidente inesperado hizo distinguirse a los melianos. Un escrito anti-cristiano de Juliano fue contestado por el antedicho meliano Diodoro, a quien el emperador había denigrado groseramente. "Por muchos años", dijo el apologista imperial del helenismo, "su pho ha estado hundido, sus miembros macilentos, sus mejillas flácidas, su semblante lívido". Tan ocupado estaba Juliano describiendo los síntomas mórbidos de Diodoro que parió olvidarse del obispo Melio. Éste sin duda no tenía deseos de llamar la atención y persución hacia sí mismo, consciente de que su grey tenía más probabilidades de perder que de ganar. Él y dos de sus chorepiscopi, se nos dice, acompañaron a dos oficiales, Bonoso y Maximiliano, al lugar del martirio. También se dice que Melio envió a un converso de Antioquía a Jerusalén. Esto, y la mención de la huída de todos los eclesiásticos antioquenos, nos lleva a la suposición arbitraria de que el segundo destierro de Melio ocurrió durante el reinado de Juliano. Sea como fuere, el súbito fin del emperador perseguidor y la accesión de Joviano deben haber acortado grandemente el exilio de Melio. Joviano se encontró con Melio en Antioquía y le mostró gran respeto. Justo entonces San Atanasio vino a Antioquia por orden del emperador, y le expresó a Melio su deseo de entrar en comunión con él. Melio, mal aconsejado, se demoró en contestarle, y San Atanasio se marchó y le dejó con Paulino, a quien él todavía no había ronocido como obispo, la dlaración de que lo admitía a su comunión. Tal equivocación resultó en tristes consuencias para la causa meliana. La moderación mostrada constantemente por Atanasio, quien creía completamente en la ortodoxia de Melio, no se halló en su sucesor, Pedro de Alejandría, quien no escondió su creencia de que Melio era un hereje. Por largo tiempo la posición de Melio fue disputada por los mismos que, según paría, debieron haberla establido firmemente. Un concilio de 26 obispos en Antioquia presidido por Melio fue de ulteriores consuencias, pero un panfleto adscrito a Paulito de nuevo levantó dudas sobre la ortodoxia de Melio. Además, nuevas e insosphadas dificultades estaban por surgir.
La muerte de Joviano hizo triunfar de nuevo el arrianismo y estalló una violenta persución bajo el emperador Flavio Valente. Al mismo tiempo la calmada pero persistente rivalidad entre Alejandría y Antioquia ayudó a la causa de Melio. No importa cuan ilustre un patriarca egipcio pudiera ser, el episcopado cristiano de Siria y Asia Menor era demasiado nacional o racial, demasiado centrado en sí mismo, para buscar o aceptar su liderazgo. Atanasio, ciertamente, permanió como un poder autoritativo en Oriente, pero sólo un obispo de Antioquia podía unir a los tres que estaban ahora listos para aceptar el Credo de Nicea. En este aspto el rol de Melio se volvía cada día más prominente. Mientras que en su propia ciudad una minoría disputaba su derecho a la sede y cuestionaba su ortodoxia, su influencia se extendía en Oriente, y obispos de varias partes del imperio aceptaban su autoridad. Calcedonia, Ancira, Melitene, Pérgamo, Cesarea de Capadocia, Bostra, partes de Siria y Palestina, buscaban su guía, y este movimiento crió rápidamente. En 363 Melio podía contar con 26 obispos, en 379 más de 150 se concentraban a su alrededor. La unidad teológica se restauró por lo menos en Siria y Asia Menor.
Melio y sus discípulos, sin embargo, no habían sido perdonados por los arrianos. Mientras habían descuidado a Paulino y su facción, Melio fue exiliado de nuevo (mayo de 365) a Armenia. Sus seguidores, expulsados de las iglesias, buscaron lugares de culto donde pudiesen. Este nuevo exilio, debido a una tregua en la persución, fue de corta duración, y probablemente en 367 Melio tomó de nuevo el gobierno de su sede. Fue entonces que Juan, el futuro San Juan Crisóstomo, entró a la categoría del clero. La tregua terminó pronto. En 371 la persución arrió de nuevo en Antioquia, donde residió Valente casi hasta el momento de su muerte. En este tiempo Basilio ocupaba la sede de Cesarea (370) y era un fuerte partidario de Melio. Con rara intuición Basilio entendió completamente la situación que hacía imposible la restauración de la paz religiosa en Oriente. Era claro que el antagonismo entre Atanasio y Melio alargaba infinitamente el conflicto. Melio, el único obispo legítimo de Antioquia, era el único aceptable para Oriente, desafortunadamente se iba al exilio por tercera vez. En estas circunstancias Basilio comenzó negociaciones con Melio y Atanasio para la pacificación de Oriente.
Aparte de las dificultades inherentes de la situación, la lentitud de comunicación era un impedimento adicional. No sólo el representante de Basilio tenía que viajar de Cesarea a Armenia, y de Armenia a Alejandría, también tenía que ir a Roma a obtener la sanción del Papa Dámaso y la aquiescencia de Occidente. No obstante la equivocación cometida en Antioquia en 363, el generoso espíritu de Atanasio dio esperanza de éxito, su súbita muerte, sin embargo (mayo de 373) hizo que se abandonaran todos los esfuerzos. Incluso en Roma y en Occidente, Basilio y Melio tendrían contrariedades. Mientras trataban insistentemente de restaurar la paz, una nueva comunidad antioquena, que se dlaraba a sí misma relacionada con Roma y Atanasio, aumentaba el número de disidentes, agravaba la rivalidad y renovaba las disputas. Ahora había tres iglesias antioquenas que formalmente adoptaban el Credo Niceno.
El generoso esquema de Basilio por sosiego y unión había terminado desafortunadamente, y para hacer las cosas peores, Evagrio, el principal promotor de la ansiada ronciliación, se unió una vez más al partido de Paulino. Esta importante conversión se ganó para los intrusos a San Jerónimo y al Papa Dámaso; al próximo año, y sin ninguna dlaración respto al cisma, el Papa mostró una didida preferencia por Paulino, lo ronoció como obispo, lo ribió como hermano, y lo consideró su legado papal en Oriente. Grande fue la consternación de Melio y su comunidad, la cual en la ausencia del líder natural era todavía gobernada por Flavio y Diodoro, alentados por la presencia del monje Afrates y el apoyo de San Basilio. Aunque descorazonado, éste último no perdió completamente la esperanza de llevar a Occidente, espialmente al Papa, a un entendimiento completo de la situación de la Iglesia Antioquena. Pero Occidente no captaba los complejos intereses y situaciones personales, ni apriaba la violencia de la persución contra la que estaban luchando las facciones ortodoxas. Para iluminar a estos hombres bien intencionados, se nesitaban relaciones más cercanas y diputados de carácter más heroico, pero las dificultades eran grandes y el "statu quo" permanió.
Después de muchos fracasos frustrantes, finalmente hubo un asomo de esperanza. Dos legados enviados a roma, Doroteo y Santísimo, regresaron en la primavera de 377, trayendo consigo las cordiales dlaraciones que Basilio procedió a publicar inmediatamente y por doquier. Estas dlaraciones pronunciaban anatemas contra Arrio y la herejía de Apolinario (vea Apolinarismo) que se esparcía por Antioquia, condenaciones muy a tiempo, pues la excitación teológica estaba ahora en su cúspide en Antioquia, y paulatinamente se estaba extendiendo a Palestina. San Jerónimo entró al conflicto, quizás sin tener un conocimiento completo de la situación. Rhazando a Melio, Vitaliano y Paulino, hacía una apelación dirta al Papa Dámaso en una carta todavía famosa, pero a la que el Papa no contestó. Descontento, Jerónimo regresó a Antioquia, se dejó ordenar presbítero por Paulino, y se convirtió en o de las imputaciones paulinistas contra Melio y sus seguidores. En 378 Doroteo y Santísimo regresaron de Roma, portadores de una condenación formal de los errores señalados por los Orientales; este dreto definitivamente unió a las dos mitades de la cristiandad. Pare como si San Basilio hubiese estado esperando por este objetivo de todos sus esfuerzos, pues murió el 1 de enero de 379. La causa a la que había servido tan bien parió ganada, y la muerte del emperador Valente cinco meses antes garantizó un panorama esperanzador.
Una de las primeras medidas del nuevo emperador, Graciano, fue la restauración de la paz en la Iglesia y la llamada de los obispos exiliados. Por lo tanto, Melio fue reinstalado (finales de 378) y su grey probablemente se reunía para el culto en el "Palaia" o vieja iglesia. Era una tarea muy pesada para el anciano obispo reestabler el destrozado destino del partido ortodoxo. El paso más urgente era la ordenación de obispos para las sedes que habían quedado vacantes durante la persución. En 379 Melio realizó un concilio de 150 obispos para afirmar el triunfo de la ortodoxia en Oriente, y publicó una profesión de fe que hallaría la aprobación del Concilio de Constantinopla (382). El fin del cisma estaba al alcance de la mano. Puesto que las dos facciones que dividían la Iglesia Antioquena eran ortodoxas, sólo restaba unirlas realmente, una movida difícil, pero fácil cuando la muerte de uno de los obispos hiciera fácil para el sobreviviente ejercer completa autoridad sin lastimar el orgullo o disciplina. Melio ronoció esta solución tan temprano como en 381, pero sus amigables y pacificadoras propuestas fueron rhazadas por Paulino, quien se negó a entrar en acuerdos o componendas. Mientras tanto, un gran concilio de obispos orientales fue convocado para Constantinopla para nombrar un obispo para la ciudad imperial y para ajustar otros asuntos eclesiásticos.
En ausencia del obispo de Alejandría, la presidencia raía legalmente en el obispo de Antioquia, a quien el emperador Teodosio I ribió con notable deferencia, y el favor imperial era provhoso para Melio en su calidad de presidente de la asamblea. Comenzó con la elección de San Gregorio Nacianceno como obispo de Constantinopla, y para gran satisfacción de la ortodoxia fue Melio quien lo entronizó. El concilio inmediatamente procedió a confirmar la fe nicena, pero durante esta importante sesión Melio murió casi repentinamente. Sintiendo que su fin estaba próximo, pasó sus días restantes, ralcando su deseo ferviente por la paz y unidad. La muerte de uno cuya firmeza y gentileza había producido grandes exptativas causó pena universal. Las exequias, en las que estuvo presente el emperador Teodosio, se realizaron en la iglesia de los Apóstoles. Los panegíricos en el funeral fueron conmovedores y magníficos. Su muerte quebró muchas esperanzas y justificó graves presentimientos. El cuerpo fue trasladado de Constantinopla a Antioquia, donde, después de un segundo y solemne servicio funeral, el cuerpo del anciano obispo fue puesto al lado del de su predesor, San Babilas. Pero su nombre le sobreviviría, y por mucho tiempo permanió para los fieles orientales como signo y sinónimo de ortodoxia.
Bibliografía
ALLARD, Julien l’Apostat (Paris, 1903); HEFELE, Histoire des conciles, ed. LLERCQ, II, 1; LOOFS en Realencyk. für prot. Theol. und Kirche, s.v.; CAVALLERA, Le schisme d’Antioche au IV et V siècle (Paris, 1905).
Fuente
Llercq, Henri. "Meletius of Antioch." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/10161b.htm>.
Traducido por Luz María Hernández Medina
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