Liturgia de la Misa
A. Nombre y definición
B. El origen de la Misa
C. La Misa entre los siglos V y VII
D. Del siglo VII a los tiempos modernos
E. La actual misa romana
A. Nombre y definición
La misa es el conjunto de oraciones y ceremonias que conforman el ritual de la Eucaristía en los ritos latinos. Como es el caso en toda la terminología litúrgica, el nombre es menos antiguo que la cosa nombrada. Desde los albores de la primera predicación de la fe cristiana en Occidente, lo mismo que en otros lugares, la Santa Eucaristía ha sido celebrada tal como fue instituida por Cristo en la Última Cena, de acuerdo a su mandato, en memoria suya. Y no pasó mucho tiempo antes de que la palabra latina missa, usada en un sentido muy vago, se conviertiera en el nombre técnico y casi exclusivo de ese ritual.
En la primera época, cuando el griego aún era la lengua de los cristianos en Roma, encontramos los nombres comúnes griegos que estaban en uso allí, al igual que en Oriente, para referirse al ritual de la Cena. El más ordinario era Eucharistia, usado tanto para refererirse al pan consagrado como a todo el ritual. Clemente de Roma (+ alrededor de 101 d.C.) usa en ocasiones la forma verbal, que aún conservaba su significado de "dar gracias", pero también en relación con la liturgia (I Clem., Ad Cor., XXXVIII, 4: kata panta eucharistein auto). Entre otros testigos principales de la primitiva liturgia romana, Justino Mártir (+ circa 167), habla reiterativamente de eucharistia en ambos sentidos (Apol., I, LXV, 3, 5; LXVI, 1; LXVII, 5). La palabra comenzó a ser usada siempre desde entonces, y pasó sin modificaciones al latín (eucharistia) desde los inicios de la literatura cristiana latina [Tertuliano (+ c. 220), "De pr scr.", XXXVI, en P.L., II, 50; San Cipriano (+. 258), Ep., liv, etc.]. Y continúa siendo el nombre normal para el sacramento a lo largo del desarrollo la teología católica, pero poco a poco fue superado por Missa para todo el ritual. Clemente llama leitourgia a todo el ceremonial (I Cor 40, 2, 5; 41, 1) y prosphora (ibid. 2, 4), con cierta diferencia de matiz ("rito", "oblación"). Esos y otros nombres griegos ordinarios (klasis artou en las catacumbas; koinonia, synaxis, syneleusis en Justino, "I Apol., 67, 3), cuya connotación aún no era tan estrictamente restringida en lo técnico, fueron usados durante los dos primeros siglos en Oriente y Occidente. Con el inicio del uso del latín en el siglo III aparieron las primeras traducciones de términos griegos. Aunque eucharistia es muy común, también encontramos gratiarum actio (Tertuliano, "Adversus Marcionem, I, XXIII, en P.L. II, 274). Benedictio (=eulogia) apare también (Ibid., III, XXII; "De idolol.", XXII). Sacrificium, generalmente acompañado de un adjetivo (divina sacrificia, novum sacrificium, sacrificia Dei), es una de la expresiones favoritas de San Cipriano (Ep. LIV, 3; "De Oratione dominica", IV; "Test. Adv. Iud.", I, XVI; Ep. XXXIV, 3; LXIII, 15, et.). También encontramos solemnia (Cipriano, "De lapsis", XXV), "dominica solemnia" (Tertuliano, "De fuga", XIV), prex, oblatio, coena Domini (Tertuliano, "Ad uxor.", II, IV, en P.L. I, 1294), Spirituale ac coeleste sacramentum (Cypr., Ep., lxiii, 13), Dominicum (Cypr., "De opere et eleem.", XV; Ep. LXIII, 16), Officium (Tert., De orat.", XIV), incluso Passio (Cypr., Ep. XLII), y otras expresiones que más que nombres técnicos constituyen descripciones.
Todas las anteriores palabras estaban destinadas a ser substituidas en el Occidente por el nombre clásico Missa. El primer uso cierto de esa palabra se encuentra en San Ambrosio (+397). Él escribe a su hermana Marcelina para describirle los problemas con los arrianos en los años 385 y 386, cuando los soldados fueron enviados a su iglesia para desbaratar una ceremonia: "El día siguiente (un domingo), después de las lturas y el tracto, habiendo despedido a los catecúmenos, expliqué el credo (symbolum tradebam) a algunos de los competentes [personas aceptadas para ribir el bautismo] en el bautisterio de la basílica. Ahí fui inesperadamente informado que ellos habían enviado soldados a la basílica Porciana...pero permaní en mi sitio y comencé a dir la misa [missam facere coepi]. Mientras ofrezco [dum offero], escucho que un tal Cástulo ha sido aprendido por la gente" (Ep. I, XX, 4-5). Debe notarse que aquí missa significa la ceremonia eucarística propiamente dicha, la liturgia de los fieles exclusivamente, sin incluir la de los catecúmenos. Ambrosio usa la palabra sabiendo que es usual y bien conocida. Hay una mención anterior de la palabra, en una carta del Papa Pio I (entre los años 142 y 157), pero quizás no puede considerarse auténtica: "Euprepia ha cedido el uso de su casa a los pobres, donde... celebramos misas con nuestros pobres (cum pauperibus nostris...missas agimus", Pio I, Ep. I en Galland, "Bibliotha veterum Patrum", Venia, 1765, I, 672). La razón por la que la autenticidad de la carta ha sido puesta en duda es que si Missa realmente hubiese sido usada en el sentido que tiene actualmente en el siglo II, resulta extraño que nunca apare en el siglo III. Podemos considerar, por tanto, que San Ambrosio es la primera autoridad certificada que la utiliza.
A partir del siglo IV el término se hace cada vez más común. Durante un tiempo casi siempre apare con el sentido de despedida. San Agustín (+430) dice: "Luego del sermón tiene lugar la despedida de los catecúmenos" (post sermonem fit missa cathumenorum -- Serm., xlix, 8, in P.L., XXXVIII, 324). El Sínodo de Lérida, en España (524), dlara que las personas culpables de incesto pueden ser admitidas a la iglesia "usque ad missam cathumenorum", o sea, hasta que los catecúmenos sean despedidos (Can., IV, Hefele-Llercq, "Hist. des Conciles", II, 1064). La misma expresión apare en el Sínodo de Valencia, por el mismo tiempo (Can I, ibid, 1067=, en Hincmar de Reims (+ 882) ("Opusc. LV capitul.", XXIV, en P.L. CXXVI, 380), etc. Etheria (siglo IV) se refiere continuamente a todo el ritual, a la Liturgia de los Fieles, como missa ("Peregr. Silviæ", e.g., xxiv, 11, Benedicit fideles et fit missa, etc.). Igualmente Inocencio I (401-417) en Ep., XVII, 5, P.L., XX, 535, y León I (440-461), en Ep., IX, 2, P.L., LIV, 627. Si bien desde el comienzo la palabra Missa usualmente describe el rito eucarístico, o alguna parte de él, también la encontramos utilizada en ocasiones refiriéndose a otros ritos eclesiásticos. En la Regla de san Benito (+ 543), fiant missae indica la despedida al final de la ritación de las horas canónicas (capítulo XVII, passim). A lo largo de todo el Sacramentario Leoniano (siglo VI. Cfr. LIBROS LITÚRGICOS), se presupone el sentido actual de la palabra. El título "Item alia", al inicio de cada misa, significa "Item alia missa". El Libro Gelasiano (siglos VI o VII. Cf. Ibid) propone las palabras "Item alia missa", "Missa Chrismatis", "Orationes ad missa [sic] in natale sanctorum", etc. Desde ese entonces dicha palabra se convirtió en el nombre más usual, prácticamente exclusivo, de la santa liturgia en los rituales romano y gálico.
Aunque durante algún tiempo fue objeto de muchas discusiones, ahora no hay duda sobre el origen y significado original de la palabra. Podemos rhazar, de entrada, algunas explicaciones fantasiosas tales como que missa es la latinización de la palabra hebrea missah (oblación, según Reuchlin y Lutero), o del griego myesis (iniciación), o del alemán Mess (asamblea, mercado). Tampoco es el participio femenino de mittere (enviar), con un sustantivo sobreentendido ("oblatio missa ad Deum", "congregatio missa, i.e. dimissa- como explican Diez, "Etymol. Wörterbuch der Roman Sprachen", 212, y otros). Es un sustantivo correspondiente a una forma tardía de missio (envío). Existen muchos paralelos en el latín medieval: collta, ingressa, confessa, accessa, ascensa. Todas son formas en "io". No significa un ofrimiento (mittere, en el sentido de entregar a Dios), sino la despedida de la gente, como en la frase "Ite, missa est" ("Marchaos, es la despedida"). Pare raro que un detalle tan aparentemente insignificante haya dado su nombre a todo el ritual. Pero hay varios casos semejantes en el lenguaje litúrgico. Las palabras comunión, confesión, breviario, por ejemplo, no significan el carácter esencial de lo que ellas denotan. En el caso de la palabra missa podemos rastrear paso a paso el desarrollo de su significado. La hemos visto utilizada por san Agustín, sínodos del siglo VI e Hincmar de Reims para significar "despedida". Missa cathumenorum significa la despedida de los catecúmenos. Pare ser que missa fit o missa est era la forma normal de despedir a las personas al final de un proceso legal o un juicio. Avito de Viena (+ 523) dice: "En los templos y en los palacios o tribunales la despedida se proclama [missa pronuntiantur] para despedir a la gente que participa" (Ep. I). Cosa parida comenta san Isidoro de Sevilla: "La despedida al momento del sacrifico [missa tempore sacrificii est] se lleva a cabo cuando los catecúmenos son enviados fuera, con las palabras del diácono: "Si queda dentro algún catecúmeno, salga por favor". Y esa es la despedida [et inde missa]" (Etymol." VI, XIX, en P.L. LXXXII, 252). Del mismo modo como se despedía a los catecúmenos al final de la primera parte del ritual, también había una despedida de los fieles bautizados después de la comunión. Había, pues, una missa cathumenorum y una missa fidelium, ambas entendidas como despedidas. Por ello Floro Diácono (+ 860): "Missa se entiende exclusivamente como dimissio, o sea, absolutio, que el diácono pronuncia al despedir a la gente de la ceremonia solemne. El diácono pronunciaba las palabras y los fieles eran enviados [mittebantur], eran despedidos fuera [o sea, dimittebantur foras]. La missa cathumenorum se realizaba antes de la acción sacramental (i.e. antes del canon actionis), la missa fidelium se realiza- adviertase la diferencia del tiempo verbal; en la época de Floro ya no se usaba la despedida de los catecúmenos- después de la consagración y de la comunión" [post conftionem et participationem] (P.L. CXIX, 72). No es difícil entender cómo cambió la palabra su significado original de "despedida" para indicar el ritual completo, incluyendo la despedida misma. Ya se puede notar el fundamento de tal cambio en los textos que hemos citado. Permaner en la iglesia hasta la missa cathumenorum sencillamente se transformó en permaner durante, la missa cathumenorum. Vemos que estas dos missae se referían a las dos mitades de la liturgia. Ivo de Chartres (+ 1116) olvida el significado original y escribe: "Quienes oyen la missa cathumenorum evitan la missa sacramentorum" (Ep. CCXIX, en P.L: CLXII, 224). Las dos partes comienzan a conocerse con esos dos nombres. A medida que la disciplina de los catecúmenos paulatinamente era olvidada, y sólo quedaba un único ritual continuado, a éste se le comenzó a llamar con el nombre que ya se había hecho familiar, missa, sin ningún calificativo. Sin embargo, a través de la Edad Media se pueden encontrar las formas de plural missarum solemnia, missae sacramentum, y otras paridas. En ocasiones la palabra se traslada a la fiesta del día. La fiesta de san Martín, por ejemplo, se llama Missa Sancti Martini. De esta costumbre nacen las formas germánicas Mess, Messtag y sus derivaciones. La fecha y el lugar de la fiesta local era un momento ideal para el mercado (sobre esto Cfr. Rottmanner, op. Cit. En la bibliografía abajo). Kirmess (flamenco, Kermis; francés, kermesse) viene de Kirch-mess, el aniversario de la dedicación de una iglesia, la ocasión de una feria. La palabra latina missa se adaptó a todos los idiomas occidentales (italiano: messa; español: misa; francés: messe; alemán: Messe, etc.). La forma inglesa anterior a la conquista era maesse; en inglés medio: messe, masse. "It nedith not to speke of the masse ne the seruise that thei hadde that day" (No hace falta hablar de la misa y de la ceremonia que ellos tuvieron ese día. "Merlin" in the Early Engl. Text Soc., II, 375) --"And whan our parish masse was done" (Y cuando terminó la misa de nuestra parroquia. "Sir Cauline", Child’s Ballads, III, 175). También existía en forma verbal: "to mass" significaba "dir misa"; "massing-priest" (literalmente: sacerdote dice-misas; en la expresión castiza: cura de misa y olla) era una expresión peyorativa en tiempos de la Reforma.
Debe ponerse atención al hecho de que la palabra misa (missa) se refiere a la celebración eucarística de los ritos latinos solamente. Nunca ha sido aplicada a los ritos orientales en griego o latín. En éstos, la palabra correspondiente es "liturgia". Referirse a la liturgia oriental con la palabra "misa" es un error que causa confusión, o por lo menos inexactitud científica.
B. El origen de la Misa
La misa occidental, como todas las liturgias, comienza, claro, con la Última Cena del Señor. Lo que Él hizo, reiterado en memoria suya según su mandato, es el núcleo de la misa. Tan pronto como llegó la fe a Occidente se comenzó a celebrar la Eucaristía, al igual que en Oriente. Al inicio, el lenguaje usado era el griego. De esa liturgia original, y habiendo cambiado la lengua al latín, nacieron los dos grandes ritos occidentales: el latino y el gálico (Cfr. LITURGIA). De esos dos, la misa gálica puede ser rastreada más fácilmente. Es tan antioquena en su estructura y en el texto de muchas de sus oraciones, que podemos estar seguros al afirmar que constituye una forma traducida de la liturgia de Jerusalén-Antioquía, llevada a Occidente casi al mismo tiempo que la más o menos flexible liturgia universal de los primeros tres siglos daba origen a los diferentes ritos fijos (Cfr. LITURGIA; RITO GALICO). El origen de la misa romana, por otra parte, es una cuestión más difícil de resolver. Tenemos aquí dos datos ciertos y establidos: la liturgia griega descrita por san Justino Mártir (+ circa 165), que es la de la Iglesia Romana del siglo II y, en el otro extremo del desarrollo, la liturgia de los primeros sacramentarios romanos en latín, del siglo VI. Ambos son diferentes. La descripción de Justino nos muestra un ritual al que hoy llamaríamos del tipo oriental, que corresponde con notable exactitud al de las Constituciones Apostólicas (Cfr. LITURGIA). Los sacramentarios Leoniano y Gelasiano, por su parte, nos permiten conocer lo que hoy es prácticamente nuestra actual misa romana. ¿Cómo pasó la celebración de uno a otro rito?. Esta es prisamente una de las dificultades principales en la historia de la liturgia. Durante los últimos años, sobre todo, se han propuesto toda clase de soluciones y combinaciones. Empezaremos por observar algunos puntos ciertos que pueden servirnos de referencia en una investigación.
Justino Mártir, Clemente de Roma, Hipólito (+ 235) y Novaciano (+ 250), todos están de acuerdo en las liturgias que describen, si bien la evidencia de los últimos dos es muy débil (Probst, "Liturgie der drei ersten christl. Jahrhdte"; Drews, "Untersuchungen über die sogen. Clement. Liturgie"). De entre los Padres de los primeros tres siglos, Justino es quien nos ofre la descripción más completa de la liturgia (Apol. I, LXV, LXVI, citado y disutido en LITURGIA). Nos describe cómo se celebraba la Sagrada Eucaristía en la Roma del siglo II. Su narración es un punto de partida nesario, un extremo de la cadena cuyos eslabones intermedios andan extraviados. Apenas tenemos datos sobre los diferentes pasos que siguió el desarrollo del rito romano en los siglos III y IV. Es un tiempo de misterio en el que abundan las conjeturas. Pero volvemos a tomar piso firme al inicio del siglo V, luego de un cambio radical. Son de este tiempo el fragmento del Pseudo-Ambrosio, "De sacramentis" (alrededor del año 400. Cf. P.L. XVI, 443), y la carta del Papa Inocencio I (401-417) a Dencio de Eugubio (P.L. XX, 553). En esos documentos vemos que la liturgia romana ya se día en latín y que ya su rito era en esencia el que aún usamos nosotros. Algunas indicaciones del fin del siglo IV confirman eso. Poco después llegamos a los primeros sacramentarios (Leoniano, del siglo V o VI; Gelasiano, del siglo VI o VII) y de ahí en adelante se clarifica bastante la historia de la misa romana. Los siglos V y VI son, así, el otro extremo de la cadena. Respto al intervalo entre el siglo II y el V, durante el cual tuvo lugar el gran cambio, aunque poco conocemos a través de la misma Roma, tenemos datos valiosos que llegan de Africa. Hay muchas razones para pensar que en asuntos litúrgicos la Iglesia de Africa seguía muy de cerca a la romana. Podemos saber mucho acerca de Roma a través de los Padres africanos del siglo III: Tertuliano (+ circa 220), san Cipriano (+ 258), las Actas de las santas Perpetua y Felícitas (+ 203), san Agustín (+ 430) (cfr. Cabrol "Dictionnaire d’archéologie", I, 591-657). La cuestión referente al cambio del griego al latín es menos importante de lo que pudiera parer. Simplemente ocurrió cuando el griego dejó de ser la lengua usual de los cristianos romanos. El Papa Víctor I, un africano, pare haber haber sido el primero en utilizar latín en Roma. Novaciano escribe en latín. Hay señales que nos hacen pensar que la costumbre litúrgica de la segunda mitad del siglo III en Roma ya utilizaba el latín (Kattenbusch, "Symbolik", II, 331), aunque durante muchos siglos se conservaron también fragmentos de griego. Otros escritores piensan que el latín no fue adoptado sino hasta el fin del siglo IV (Probst, "Die abendländ. Messe", 5; Rietschel, "Lehrbuch der Liturgik", I, 337). Sin duda, durante algún tiempo, ambos lenguajes fueron usados a la par. Este asunto ha sido discutido a fondo en la obra de C.P.Caspari "Quellen zur Gesch. des Taufsymbols u. der Glaubensregel" (Christiania, 1879), III, 267 ss. En ocasiones el Credo se rezaba en griego; algunos salmos también. Hasta el siglo VIII, las lturas del Sábado Santo se proclamaban en griego y latín (Ordo Rom., I, P.L., LXXVIII, 966-68, 955). Aún quedan fragmentos de griego en la misa romana: "Kyrie eleison", "Hagios O Theos". El cambio de lengua, empero, no nesariamente implica un cambio de rito. Las alusiones que hace Novaciano en latín acerca de la oración eucarística concuerdan casi totalmente con las que hace Clemente Romano en griego y con las formas griegas de las Constituciones Apostólicas, VIII (Drews, op. Cit. 107-122). Los africanos, Tertuliano, san Cipriano, etc., quienes escribían en latín, describen un ritual my cercano al de Justino y de las Constituciones Apostólicas (Probst, op. cit., 183-206; 215-30). El rito gálico, como muestra Germano de París (Duchesne, "Origines du Culte", 180-217), demuestra qué tan oriental- o sea, griega- puede ser la liturgia latina. Consuentemente, debemos percibir el cambio de idioma como un detalle que no aftó gran cosa el desarrollo del ritual. Mas indudablemente que el uso del latín sí fue un factor que influyó en la tendencia romana de abreviar las oraciones, de dejar fuera de las fórmulas lo que pariese redundante, y de simplificar toda la ceremonia. El latín es naturalmente terso, comparado con la retórica abundancia del griego. Esta diferencia es una de las más obvias entre el rito romano y los ritos orientales. (A raíz de la promulgación de la Constitución Apostólica "Sacrosanctum Concilium" del Concilio Vaticano II, en 1963, el latín dejó de ser la lengua universal de la misa. Cada país celebra la Eucaristía en su lengua vernácula, N.T.)
Si pudiésemos suponer que durante los primeros tres siglos existió una liturgia común a lo largo de toda la cristiandad, cuyas diferencias eran simples variaciones de detalles, pero que era uniforme en sus puntos principales, y que esa liturgia común está representada por el capítulo octavo de las Constituciones Apostólicas, en él encontraríamos el origen de la misa romana y de todas las demás liturgias (Cfr. LITURGIA). Hay, claro, razones espiales para asumir que este tipo de liturgia era el que se utilizaba en Roma. Nuestras más grandes autoridades al respto (Clemente, Junstino, Hipólito, Novaciano) son todos romanos. A pesar de ello, incluso el actual rito romano, que pasó por varias modificaciones posteriores, guarda algunos elementos que se asemejan notablemente a los de la liturgia de las Constituciones Apostólicas. Por ejemplo, nunca ha habido una oración pública para el ofertorio. El "oremus" que se dice antes del ofertorio formaba parte de algo muy distinto: de las antiguas oraciones de los fieles, de las que aún conservamos un ejemplo en la serie de "coltas" del Viernes Santo. El ofertorio se hace en silencio mientras que el coro canta parte de un salmo. Mientras tanto, el celebrante dice algunas oraciones privadas del ofertorio que en la forma antigua de la misa son solamente las "sretas". Las antiguas sretas son verdaderas oraciones de ofertorio. En el rito bizantino, por otro lado, las ofrendas son preparadas de antemano y se llevan al altar mientras se canta el Cherubikon, y luego ofridas sobre el altar por un Synapte público de diáconos y fieles, y la oración es cantada una vez en voz alta por el celebrante (hoy día sólo la Ekphonesis se canta en voz alta). La costumbre romana de un ofertorio silencioso con oraciones privadas se corresponde con el de las Constituciones Apostólicas. También en ellas la rúbrica indica: "Los diáconos llevan las ofrendas al obispo en el altar" (VIII, XII, 3) y "El obispo, orando en silencio [kath heauton, "silenciosamente"] con los presbíteros..." (VIII, XII, 4). Ni duda cabe que en este caso también se cantaba un salmo simultáneamente, que servía de único contraste para la oración callada. Las Constituciones Apostólicas ordenaban que en este punto los diáconos deberían agitar unos abanicos sobre las ofrendas (praución práctica para ahuyentar los instos, VIII, XII, 3). Tal cosa se conservó también en Roma hasta el siglo XIV (Martène, "De antiquis cl. ritibus", Antwerp, 1763, I, 145). La misa romana, al igual que las Constituciones Apostólicas (VIII, XI, 12), tenían un lavatorio de manos dirtamente antes del ofertorio. Y alguna vez tuvo el ósculo de paz antes del prefacio. El Papa Inocencio I, en su carta a Dencio de Eugubio (416), comenta sobre esta antigua costumbre de ubicarlo ante confta mysteria (antes de la oración eucarística. P.L. XX, 553). Ahí lo colocan las Constituciones Apostólicas (VIII, XI, 9). En Roma, durante la fracción del pan, y después del Padre Nuestro, el celebrante entonaba: "Pax Domini sit semper vobiscum". Pare ser que fue a este punto al que se movió primeramente el beso de la paz (tal como lo dice la carta de Inocencio I). Este saludo (he eirene tou theou meta panton hymon: la paz de Dios esté con todos ustedes), único en el rito romano, apare de nueva cuenta en las Constituciones Apostólicas. En éstas apare dos ves: después de la intercesión (VIII, XIII, 1) y durante el ósculo de paz (VIII, XI, 8). Las dos oraciones romanas después de la comunión, la post-comunión y la Oratio super populum (ad populum, según el sacramentario Gelasiano) corresponden a las dos oraciones de las Constituciones Apostólicas (VIII, XV, 1-5 y 7-9): una de acción de gracias y una sobre el pueblo.
Algo interesante se puede deducir del actual prefacio romano. Algunos prefacios comienzan sus referencias a los ángeles (quienes cantan el sanctus) con la forma et ideo (y por tanto). En algunos de esos casos no queda claro a qué se refiere ese ideo. Al igual que el igitur al inicio del canon, no pare que lo justifiquen las palabras que lo anteden. ¿Podría ser que nos estemos olvidando de algo?. El comienzo de la oración eucarística en las Constituciones Apostólicas, VIII, XII, 6-27 (nuestro prefacio, la parte anterior al Sanctus, se encuentra en Brightman, "Liturgies, Eastern and Western", I, Oxford, 1896, 14- 18), es mucho más largo y enumera puntualmente los beneficios de la creación y de varios eventos del Antiguo Testamento. A los ángeles se les menciona dos ves, al inicio, como primeras creaturas, y después al fin, de improviso, sin conexión con lo que antede, para introducir el Sanctus. La brevedad de los prefacios romanos nos hace pensar que fueron abreviados. Todos los otros ritos inician la oración eucarística (luego de la fórmula "Demos gracias") con una larga acción de gracias por los diferentes beneficios de Dios, los cuales enumeran. Sabemos también qué cantidad del desarrollo de la misa romana es debida a la tendencia a simplificar las antiguas oraciones. Si, de esa misma manera, suponemos que el prefacio romano es una simplificación del de las Constituciones Apostólicas, dejando de lado los detalles de la creación y de la historia del Antiguo Testamento, podremos dar razón del ideo. Las dos referencias a los ángeles de la oración antigua se han fundido en una. El ideo se refiere a la lista de beneficios que ha sido omitida y en la cual los ángeles también tenían parte. El paralelo entre los diferentes órdenes de ángeles en ambas liturgias es exacto:
Misal romano
Constituciones Apostólicas
. . . . cum Angelis
et Archangelis, cum Thronis
et Dominationibus, cumque
omni militia cælestis exercitus
. . . sine fine dicentes.
. . stratiai aggelon,
archallelon, . . . . thronon,
kyrioteton, . . . .
. . . . stration
aionion, . . . .
legonta akatapaustos.
Otro paralelo se halla en las formas antiguas del "Hanc igitur". Baumstark ("Liturgia romana", 102-07) ha encontrado dos formas romanas primitivas de esta oración en los sacramentarios de Vauclair y de Ruán, impresos por Martène ("Voyage littéraire", Paris, 1724, 40). En ellas la oración es mucho más larga y tiene un carácter definido de intercesión, como lo encontramos en los ritos orientales al fin de la anáfora. La forma es: "Hanc igitur oblationem servitutis nostrae sed et cunctae familiae tuae, quaesumus Domine placatus accipias, quam tibi devoto offerimus corde pro pace et caritate et unitate sanctae clesiae, pro fide catholica... pro sacerdotibus et omni gradu clesiae, pro regibus..." (Por tanto te pedimos, Señor, que te dignes ribir esta oblación de nosotros tus siervos y de toda tu familia, la cual ofremos de corazón por la paz y la caridad y la unidad de la santa Iglesia, por la fe católica...por los sacerdotes y todos los grados eclesiásticos, por los gobernantes..."), etc., y enumera una lista de personas por las que se ofre la oración. Baumstark ha colocado estas cláusulas en forma paralela con las de las intercesiones de varios ritos orientales. La mayoría de ellos pueden ser encontrados en las Constituciones Apostólicas (VIII, XII, 40-50 y XIII, 3-9). Esto nos da luz sobre otro elemento perdido de la misa. En algún momento fueron suprimidas las cláusulas que enumeraban las peticiones, quizás porque constituían una reiteración innesaria de las oraciones "Te igitur", "Communicantes" y de los dos mementos (Baumstark, op.cit. 107). Y la introducción de esa intercesión (Hanc igitur... placatus accipias) se fusionó con lo que alguna vez debió ser una oración por los difuntos (diesque nostros in tua pace disponas, etc: y dispón nuestros días en tu paz, etc).
Aún conservamos un débil o de la antigua intercesión en la cláusula acerca de los rién bautizados, interpolada en el "Hanc igitur" de Pascua y en Pentostés. El inicio de la oración tiene un paralelo en las Constituciones Apostólicas, VIII, XIII, 3 (el comienzo de la letanía de intercesión que debe ser ritada por el diácono). Drews piensa que la forma citada por Baumstark, cuyas cláusulas comienzan con pro, era ritada por el diácono en forma de letanía, como las cláusulas de las Constituciones Apostólicas que comienzan con hyper (Untersuchungen über die sog. clem. Lit., 139). La oración que contiene las palabras de la institución en la misa romana (Qui pridie . . in mei memoriam facietis) tiene las mismas construcciones y epítetos de su contraparte en las Constituciones Apostólicas VIII, XII, 36-37. Este y otros paralelos entre la misa y la liturgia de las Constituciones Apostólicas pueden ser estudiados en Drews (op. Cit.). No hay duda de que también se pueden encontrar paralelos en otras liturgias, sobre todo en la de Jerusalén (Santiago). Hay varias formas que corresponden a las del rito egipcio, como por ejemplo la forma romana "de tuis donis ac datis" en el "Unde et memores" (San Marcos: ek ton son doron; Brightman, "Eastern Liturgies", p. 133, 1, 30); "offerimus pralare maiestatis tuae de tuis donis ac datis", corresponde excatamente a la forma del rito copto ("ante tu santa gloria ofremos estos dones que son tuyos", ibid. P. 178, 1, 15). Mas todo ello no simplemente significa que existen pasajes paralelos entre dos ritos distintos. Las semejanzas de las Constituciones Apostólicas son más obvias que las de cualquier otro. La misa romana, incluso sin el testimonio de Justino Mártir, Clemente, Hipólito y Novaciano, aún conserva señales de su desarrollo a partir de un tipo de liturgia cuyo único espimen sobreviviente son las Constituciones Apostólicas (Cfr. LITURGIA). Es más, hay razones para creer que nuestra misa ha sido influenciada desde Jerusalén-Antioquía y Alejandría, si bien muchas de las formas comunes a ella y a estas dos últimas pueden ser remanentes de aquel rito flexible, universal y original que no ha sido conservado en las Constituciones Apostólicas. Debe tenerse en mente que nadie ha afirmado que la liturgia de las Constituciones Apostólicas corresponde letra por letra a la primera liturgia universal. La tesis propuesta por Probst, Drews, Kattenbusch, Baumstark y otros dice que lo que conservan las Constituciones Apostólicas es simplemente una muestra de lo que fue un rito comparativamente indefinido y flexible. Pero entre ese rito romano original (que podemos estudiar exclusivamente en las Constituciones Apostólicas) y la misa que va emergiendo en los primeros sacramentarios (siglos VI y VII) hay un cambio muy profundo. Gran parte de ese cambio puede ser explicado a partir de la tendencia romana a abreviar. Las Constituciones Apostólicas tienen cinco lturas; en general, Roma tiene sólo dos o tres. En Roma han desaparido las oraciones de los fieles que se acostumbraban después de la salida de los catecúmenos, así como la intercesión al final del canon. Sin duda ambas fueron consideradas superfluas dado que también hay una serie de peticiones semejantes en el canon. Pero, también, ambas han dejado su huella. Aún dimos oremus antes del ofertorio, ahí donde alguna vez estuvieron las oraciones de los fieles. Aún tenemos esas oraciones en las coltas del Viernes Santo. Y el "hanc igitur" es un trozo de la intercesión. El primer gran cambio que separa a Roma de todos los ritos orientales es la influencia del año lesiástico. Las liturgias orientales siempre permanen iguales excepto por las lturas, el Prokeimenon (versículo gradual) y una o dos modificaciones menores. Por su parte, la misa romana sufre enormes cambios según la época o la fiesta en la que se celebra. La teoría de Probst día que este cambio es obra del Papa Dámaso (366-384, "Liturgie des vierten Jahrh", p 448-472). Esta idea, sin embargo, ya fue abandonada (Funk, en "Tübinger Quartalschrift", 1894, p. 683 ss.). Contamos con la autoridad del Papa Virgilio (540-555) acerca del hecho que en el siglo VI el calendario todavía no aftaba gran cosa el orden de la misa ("Ep. Ad Eutherium", en P.L. LXIX, 18). Pare que la influencia del calendario fue gradual. Por supuesto que las lturas siempre fueron muy variadas y cada vez cría más la tendencia a hacer referencia a los tiempos o las fiestas en las oraciones, en los prefacios e incluso en el canon. Esto culminó en el estado actual del ritual, que de hecho ya estaba siendo puesto en práctica en el Sacramentario Leoniano. Es un hecho que el Papa Dámaso fue uno de los pontífices que modificaron los antiguos ritos. San Gregorio I (590-604) dice que él llevó a Europa desde Jerusalén el uso del Alleluya ("Ep. Ad Ioh. Syracus" en P.L. LXXVII, 956). Fue en el pontificado de Dámaso que la Vulgata se convirtió en la versión oficial romana de la Biblia que se utilizaba en la liturgia, y una larga tradición atribuye al amigo de Dámaso, san Jerónimo (+ 420), el ordenamiento del leccionario romano. Mons. Duchesne piensa que el canon fue fijado por este Papa (Origins du culte, 168-169). Un error curioso de algún teólogo del tiempo de Dámaso, que identificó a Melquised con el Espíritu Santo, involuntariamente nos muestra que una oración de nuestra misa ya existía en su tiempo, a saber, "Supra quae", con su alusión al "summus sacerdos tuus Melchisedh" ("Quaest V.
Liturgia de las Horas (Oficio Divino)
I. LA EXPRESIÓN "OFICIO DIVINO"
Esta expresión significa etimológicamente una obligación para con Dios, en virtud a un prepto Divino. En lenguaje lesiástico, significa ciertas oraciones a ser rezadas a determinadas horas del día o de la noche por sacerdotes, religiosos o clérigos, y, en general, por todos aquellos obligados por su vocación a cumplir con este deber; incluyendo a los fieles laicos. El Oficio Divino comprende solo la ritación de ciertas oraciones en el Breviario y no incluye la Misa ni otras ceremonias litúrgicas. "Horas Canónicas", "Breviario", "Oficio Diurnal y Nocturnal", "Oficio lesiástico", "Cursus clesiasticus", o simplemente "cursus" son sinónimos de "Oficio Divino". "Cursus" es la palabra usada por San Gregorio cuando escribe: "exsurgente abbate cum monachis ad celebrandum cursum" (De glor. martyr., xv). También se usaron "Agenda", "agenda mortuorum", "agenda missarum", "solemnitas", "missa". Los griegos emplean "cena" y "canon" en este sentido. La expresión "officium divinum" es usada en el mismo sentido por el Concilio de Aix-la-Chapelle (800), el IV Laterano (1215), y el de Viena (1311); pero es también usada para denotar cualquier oficio de la Iglesia.De este modo Walafrid Strabo, Pseudo-Alcuin y Rupert de Tuy titulan sus obras sobre ceremonias litúrgicas "De officiis divinis". Hittorp, en el siglo XVI, tituló su colción de obras litúrgicas "De Catholicae clesiae divinis officiis ac ministeriis" (Colonia, 1568).El empleo de la expresión "saint-office" en Francia como sinónimo de "office divin" no es corrto. "Saint-office" (El Santo Oficio, actualmente conocida como la Congregación para la doctrina de la Fe en el Vaticano) es una congregación romana, cuyas funciones son muy conocidas y esas palabras no deben ser usadas para reemplazar el nombre de "Oficio Divino", que es mucho más aduado y ha sido usado desde tiempos muy antiguos. En los artículos BREVIARIO; HORAS CANÓNICAS; MAITINES; TERCIA; SEXTA; NONA, VÍSPERAS, el lector encontrará el desarrollo de algunos temas concernientes al significado e historia de cada una de las horas, la obligación de ritar estas oraciones, la historia de la formación del Breviario, etc. Aquí sólo tratamos con las cuestiones generales que no han sido desarrolladas en esos artículos.
II. FORMA PRIMITIVA DEL OFICIO
La costumbre de ritar oraciones a ciertas horas del día o la noche viene desde los judíos, de quienes la tomaron los cristianos. En los Salmos encontramos expresiones como: "Pensaré en Ti por la mañana"; "Me levanto a medianoche para alabarte", "Noche y día, y al mediodía hablaré y dlararé: y Él escuchará mi voz"; "Siete ves al día Te he alabado"; etc. (Cf. "Jewish Encyclopedia", X, 164-171, s. v. "Prayer"). Los apóstoles cumplían la costumbre judía de orar a media noche, tercia, sexta y nona (Hch, x, 3, 9; xvi, 25; etc.). La oración cristiana de aquella época consistía de casi los mismos elementos que los judíos: ritación o canto de los Salmos, leer el Antiguo Testamento, a lo que pronto se añadió la lectura de los Evangelios, Hhos y Epístolas, y a ves canciones compuestas o improvisadas por los asistentes. El "Gloria in excelsis" y el "Te det laus" son aparentemente vestigios de aquellas inspiraciones primitivas. Actualmente los elementos que componen el Oficio Divino son más numerosos, pero son derivados, a través de cambios graduales, de los elementos primitivos. Como apare en los textos de los Hhos citados anteriormente, los primeros cristianos conservaron la costumbre de ir al Templo a la hora de orar. Pero también llevaban a cabo sus reuniones o synaxes en casas particulares para la celebración de la Eucaristía y para sermones y exhortaciones. Pero la cena eucarística pronto motivó otras oraciones; la costumbre de ir al Templo desaparió; y los abusos del stor judaizante forzó a los cristianos a separarse y diferenciarse de los judíos y sus prácticas y cultos. Desde entonces la liturgia cristiana no ha tomado casi nada del judaísmo.
III. DESARROLLO
El desarrollo del Oficio Divino fue probablemente de la siguiente manera: La celebración de la Eucaristía estuvo predida por la ritación de los salmos y la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. A esto se le llamaba la Misa de los Catúmenos, que se ha mantenido casi en su forma original. Probablemente esta parte de la Misa fue la primera forma del Oficio Divino, y, en un principio, las vigilias y la Cena Eucarística eran una. Cuando no se celebraba el servicio eucarístico la oración estaba limitada a la ritación o canto de los Salmos y la lectura de las Escrituras. De este modo las vigilias separadas de la Misa se convirtieron en un oficio independiente. Durante el primer período el único oficio celebrado en público era la Cena Eucarística con vigilias prediéndola, pero formando con ella un todo. En esta hipótesis la Misa de los Catúmenos sería el núcleo original de todo el Oficio Divino. La Cena Eucarística iniciada al atarder no terminaba hasta el amaner. Las vigilias, independientemente del servicio eucarístico, estaban divididas naturalmente en tres partes; el inicio de las vigilias, o el oficio de la tarde; las vigilias propiamente dichas; y la conclusión de las vigilias o el oficio matutino. Cuando las vigilias eran aún el único oficio y se celebraban, aunque raramente, eran continuadas durante la mayor parte de la noche. De este modo el oficio que hemos llamado oficio de la tarde o Vísperas, el de la medianoche, y el de la mañana llamado Maitines primero y luego Laudes, eran originalmente un solo oficio. Si se rhaza esta hipótesis, se debe admitir que en un principio existía un solo oficio público, las vigilias. El servicio del atarder, Vísperas, y el de la mañana, Maitines o Laudes, fueron gradualmente separadas de ellas. Durante el día, la Tercia (9:00 de la mañana), la Sexta (mediodía) y la Nona(3:00 de la tarde, la hora de la muerte del Señor), horas habituales para oraciones privadas para los primeros cristianos, se convirtieron después en Horas eclesiásticas, como Vísperas o Laudes. Las Completas aparen como una repetición de las Vísperas, primero en el siglo IV (vea COMPLETAS). La Prima fue la única hora de la que se conoció con exactitud su origen y fecha - a finales del siglo IV (vea PRIMA).En todo caso, durante el transcurso del siglo V, el Oficio estaba compuesto de un oficio nocturno, a saber: Las vigilias - posteriormente Maitines - y los siete oficios del día, Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. En las "Constituciones Apostólicas" leemos: "Prationes facite mane, hora tertia, sexta, nona, et vespere atque galli cantu" (VIII, iv). Éstas eran las horas como entonces existían. Están omitidas sólo la Prima y las Completas, que se originaron no antes del final del siglo IV, y el uso de las cuales se difundió gradualmente. Los elementos de los que estas horas están compuestas eran originalmente pocos en cantidad, idénticos a los de la Misa de los Catúmenos, Salmos ritados o cantados ininterrumpidamente (octavilla) o a través de dos coros (antífonas) o a través de un cantor alternando con el coro (responsos y versículos); enseñanzas (lturas del Antiguo y el Nuevo Testamentos, el origen del capitular), y oraciones (vea BREVIARIO).Este desarrollo del Oficio Divino, según la liturgia romana, fue completado al final del siglo VI. Los cambios posteriores no fueron en puntos esenciales, sino adiciones de poca importancia, como las antífonas a Nuestra Señora, al final de ciertos oficios, asuntos del calendario, y oficios opcionales, como los del Sábado (vea PEQUEÑO OFICIO DE NUESTRA SEÑORA), o de los muertos (vea OFICIO DE LOS MUERTOS), y la celebración de nuevas fiestas, etc. La influencia de San Gregorio el Grande en la formación y la fijación del Antifonario Romano, influencia que ha sido cuestionada, hoy apare como verdadera (vea "Dict. d’archéol. et de liturgie", s. v. "Antiphonaire").Si bien la Iglesia permitía cierta libertad respto a la forma exterior del oficio (por ejemplo, la libertad de la que gozaban los monjes de Egipto y luego San Benito en la constitución del Oficio Benedictino), insistió siempre, desde los tiempos más antiguos en su derecho a supervisar la ortodoxia de la fórmula litúrgica. El Concilio de Milevis (416) prohibió cualquier fórmula litúrgica no aprobada por un concilio o por alguna autoridad competente (cf. Labbe, II, 1540). Los Concilios de Vannes (461), Agde (506), Epaon (517), Braga (563), Toledo (espialmente el cuarto concilio) promulgaron dretos similares para la Galia y España. En los siglos V y VI muchos hhos (vea CÁNON DE LA MISA) nos permitieron conocer los derechos rlamados por los papas en asuntos litúrgicos. El mismo hecho está establido por la correspondencia de San Gregorio I. Bajo sus sucesores, la liturgia romana tiende gradualmente a reemplazar las otras, y esta es una prueba adicional del derecho de la Iglesia para administrar la liturgia (una tesis bien establida por Dom Guéranger es sus "Institutions Liturgiques", París, 1883, y en su carta al Arzobispo de Reims sobre ley litúrgica, op. Cit, III, 453 ss.). Desde el siglo XI, bajo San Gregorio VII y sus sucesores, esta influencia se acrienta gradualmente (Bäumer-Biron, "Hist. Du Bréviaire", espialmente II, 8, 22 ss.). En el Concilio de Trento, la reforma de los libros litúrgicos ingresa a una nueva etapa. Roma se convierte, bajo los Papas Pío IV, San Pío V, Gregorio XIII, Sixto V, Gregorio XIV, Urbano VII y sus sucesores Benedicto XIV, en la escena de un empresa laboriosa - la reforma y corrción del Oficio Divino-, resultantes en la costumbre moderna, con todas las rúbricas y reglas de la ritación del Oficio Divino y su obligación, y con la reforma de los libros litúrgicos, corregidos de acuerdo con las disiones del Concilio de Trento y aprobados solemnemente por los papas (Bäumer-Biron, "Hist. Du Bréviaire").
IV. LA RENOVACIÓN LITÚRGICA CONCILIAR
Desde la primera edición de la Enciclopedia Católica, disivos acontimientos cambiaron el rostro de la liturgia. Esta renovación, en pleno espíritu de continuidad con la tradición, estuvo marcada por el Concilio Vaticano II, espialmente por la Constitución "Sacronsanctum Concilium" sobre la Sagrada Liturgia. En el Capítulo IV, este documento conciliar define el oficio Divino señalando:"Por una tradición cristiana antigua, el Oficio divino está estructurado de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche y cuando los sacerdotes y todos aquellos que han sido destinados a esta función por institución de la Iglesia cumplen debidamente ese admirable cántico de alabanza, o cuando los fieles oran junto con el sacerdote en la forma establida, entonces es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, en su Cuerpo, al Padre" (SC 84).En el número 89 del documento, se establen las siguientes normas como parte de la reforma:
a) Las Laudes, como oración matutina, y las Vísperas, como oración Vespertina que, según la venerable tradición de toda la Iglesia, son el doble quicio sobre el que gira el Oficio cotidiano, se deben considerar y celebrar como las Horas principales.
b) Las Completas tengan una forma que responda al final del día.
c) La Hora llamada de Maitines, aunque en el coro conserve el carácter de alabanza nocturna, compóngase de manera que pueda rezarse a cualquier hora del día y tenga menos salmos y lturas más largas.
d) Suprímase la Hora de Prima
e) En el coro, consérvense las Horas menores, Tercia, Sta y Nona. Fuera del coro, se puede dir una de las tres, las que más se acomode al momento del día
El mismo documento, más adelante, destaca la importancia de alentar la oración de la Liturgia de las Horas entre los laicos, al señalar que "procuren los pastores de almas que las Horas principales, espialmente las Vísperas, se celebren comunitariamente en la iglesia los domingos y fiestas más solemnes. Se romienda asimismo que los laicos ren el Oficio divino, o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular" (SC 100).
IV. LA IMPORTANCIA DEL OFICIO DIVINO
La Ordenación General de la Liturgia de las Horas, publicada en abril de 1971 para aplicar las reformas del Concilio Vaticano II, señala que "la Iglesia no cesa un momento en su oración", "no sólo con la celebración eucarística, sino también con otras formas de oración, principalmente con la Liturgia de las Horas que, conforme a la antigua tradición cristiana, tiene como característica propia la de servir para santificar el curso entero del día y de la noche"."Consiguientemente, siendo fin propio de la Liturgia de las Horas la santificación del día y de todo el esfuerzo humano, se ha llevado a cabo su reforma procurando que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento del día, y teniendo en cuenta al mismo tiempo las condiciones de la vida actual"; porque "ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día, como para ritar con fruto espiritual las Horas, que en su ritación se observe el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica" (Ordenación General, 11).Luego, respto de quiénes celebran la Liturgia de las Horas, la Ordenación señala que la Liturgia de las Horas, no es una acción privada sino que pertene a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta e incluye en él.Por tanto, aunque "su celebración lesial alcanza el mayor esplendor, y por lo mismo es romendable en grado sumo, cuando con su Obispo, rodeado de los presbíteros y ministros la realiza una Iglesia particular", es romendable realizarla en cualquier manera comunitaria, en templos o capillas; porque "cuando los fieles son convocados y se reúnen para la Liturgia de las Horas, uniendo sus corazones y sus voces, visibilizan a la Iglesia, que celebra el misterio de Cristo". (Ordenación General, 22)Por eso, el documento solicita a los sacerdotes que procuren que todos los que están bajo su cuidado vivan unánimes en la oración y que cuiden, por tanto, de invitar a los fieles y de proporcionarles la debida catequesis para la celebración común de las partes principales de la liturgia de la Horas, sobre todo en los domingos y fiestas: "Enséñenles a participar de forma que logren orar de verdad en la celebración, y encáucenlos mediante una instrucción apropiada hacia la inteligencia cristiana de los salmos, a fin de que gradualmente lleguen a gustar mejor y a hacer más amplio uso de la oración de la Iglesia" (Ordenación General, 23).EL texto dice explícitamente que "se romienda asimismo a los laicos, donde quiera que se reúnan en asambleas de oración, de apostolado, o por cualquier otro motivo, que riten el Oficio de la Iglesia, celebrando alguna parte de la Liturgia de las Horas. Es conveniente que aprendan, en primer lugar, que en la acción litúrgica adoran al Padre en espíritu y verdad, y que se den cuenta de que el culto público y la oración que celebran atañe a todos los hombres y puede contribuir en considerable medida a la salvación del mundo entero.
Conviene finalmente que la familia que es como un santuario doméstico dentro de la Iglesia no sólo ore en común, sino que además lo haga ritando algunas partes de la Liturgia de las Horas, cuando resulte oportuno, con lo que se sentirá más insertada en la Iglesia (Ordenación General, 27).Fue prisamente en este espíritu que el Papa Juan Pablo II, durante la Catequesis del miércoles 4 de abril de 2001, señaló que "al cantar los Salmos, el cristiano experimenta una espie de sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal".
La oración cristiana nace, se nutre y se desarrolla a la luz del evento por excelencia de la fe, el Misterio pascual de Cristo. Por eso, por la mañana y por la tarde, al salir el sol y al ponerse, se rordaba la Pascua, el paso del Señor de la muerte a la vida". Por este motivo, "las horas del día evocan a su vez el relato de la pasión del Señor, y la hora tercia la venida del Espíritu Santo en Pentostés. La oración de la noche tiene carácter escatológico, y evoca la vigilia romendada por Jesús en espera de su retorno", dijo el Papa Juan Pablo II. "Los cristianos respondieron al mandamiento del Señor de ’orar siempre’, pero sin olvidar que toda la vida debe ser, en cierto modo, oración".
BONA, De divina Psalmodia, ii, par. 1; THOMASSIN, De vet. cl. disc., Part I, II, lxxi-lxxviii; GRANCOLAS, Traité de la messe et de l’office divin (Paris, 1713); MACHIETTA, Commentarius historico-theologicus de divino officio (Venice, 1739); PIANACCI, Del offizio divino, trattato historico-critico-morale (Rome, 1770); De divini officii nominibus et definitione, antiquitate et excellentia in ZACCARIA, Disciplina populi Dei in N. T., 1782, I, 116 sq.; MORONI, Dizionario di erudizione storico clesiastica, LXXXII, 279 sqq.; BÄUMER-BIRON, Histoire du Bréviaire (Paris, 1905), passim; CABROL, Dict. d’archéol. et de liturgie, s. vv. Antiphonaire, Bréviaire; GAVANTI, Compendio delle cerimonie clesiastiche; ROSKOVÁNY, De coelibatu et Breviario (Budapest, 1861); BATIFFOL, Origine de l’obligation personnelle des clercs à le récitation de l’office canonique en Le canoniste contemporain, XVII (1894), 9-15; IDEM, Histoire du Bréviaire romain (Paris, 1893).
FERNAND CABROL
Transcrito por Elizabeth T. Knuth
Traducido y actualizado por Armando Llaza
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