Juan, Evangelio de San
Este capítulo será considerado bajo los siguientes títulos
* Contenidos y esquema del Evangelio
* Puliaridades distintivas
* Autor
* Circunstancias de su composición
* Preguntas críticas acerca del texto
* Autenticidad histórica
* Objetivo e importancia
CONTENIDOS Y ESQUEMA DEL EVANGELIO
De acuerdo al orden tradicional, el Evangelio de San Juan ocupa el último lugar entre los cuatro Evangelios Canónicos. Aunque en muchas de las antiguas copias este Evangelio, teniendo en cuenta la dignidad Apostólica de su autor, estaba ubicado inmediatamente después o aun antes del Evangelio de San Mateo, la ubicación que ocupa hoy fue desde el principio la más usual y la más aceptada. En cuanto a su contenido, el Evangelio de San Juan es una narración de la vida de Jesús desde Su Bautismo hasta Su Resurrción y Su propia manifestación en medio de Sus discípulos. La crónica se divide naturalmente en cuatro secciones:
* el prólogo (i, 1-18) contiene lo que es en cierto modo un breve resumen de todo el Evangelio en la doctrine (doctrina) de la Incarnation (Encarnación) de la Eternal Palabra (Eterna);
* la primera parte (i, 19-xii, 50), que relata la vida pública de Jesus (Jesús) desde Su baptism (Bautismo) hasta la eve (Víspera) de Su Passion (Pasión)
* la segunda parte (xiii-xxi, 23), que relata la historia de la Pasión y Resurrtion (Resurrción) del Saviour (Salvador)
* un corto epílogo (xxi, 23-25), que se refiere a la mayoría de las palabras y hhos del Salvador que no están descritos en el Evangelio.
Cuando consideramos la distribución del material por parte del Evangelista, encontramos que sigue un orden histórico de los sucesos, como es evidente por el análisis previo. Pero el autor tiene además una espial preocupación por determinar exactamente el momento en que ocurren y la conción de los distintos sucesos ajustados dentro de su estructura cronológica. Esto se ve claramente desde el comienzo de su narración cuando, como en un diario, él relata las circunstancias concomitantes de los comienzos del ministerio público del Salvador, con cuatro indicaciones definidas sucesivas de tiempo (i, 29, 35, 43, ii, 1). Le otorga un énfasis espial al primer milagro: "Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos... " (ii, 11), y "Este segundo signo lo hizo Jesús cuando vino de Judea a Galilea" (iv, 54). Finalmente, se refiere reiteradamente a las grandes festividades nacionales y religiosas de los Judíos con el propósito de indicar la exacta suencia histórica de los hhos relatados (ii, 13; v, 1; vi, 4; vii, 2; x, 22; xii, 1, xiii, 1).
Todos los exégetas antiguos y la mayoría de los modernos están plenamente justificados, por lo tanto, cuando consideran estrictamente esta distribución cronológica de los sucesos como base de sus comentarios. Las opiniones divergentes de algunos pocos estudiosos modernos no tienen un sustento objetivo ya sea en el texto del Evangelio o en su exégesis histórica.
II. PULIARIDADES DISTINTIVAS
El Cuarto Evangelio está escrito en Griego, y aun un estudio superficial es suficiente para revelar muchas particularidades, que le dan a la narración un carácter distintivo. La dicción y el vocabulario son espialmente característicos. Es cierto que su vocabulario es menos rico en expresiones puliares que el de Pablo o el de Lucas: él usa en total alrededor de noventa palabras que no se encuentran en ningún otro hagiógrafo. Son más numerosas las expresiones usadas más fruentemente por Juan que por los otros escritores sagrados. Más aun, en comparación con los otros libros del Nuevo Testamento, la narración de San Juan contiene una proporción muy considerable de aquellas palabras y expresiones que podrían llamarse el lenguaje común de los Cuatro Evangelios.
Lo que es aun más distintivo que el vocabulario es el uso gramatical de las partículas, pronombres, preposiciones, verbos, etc. en el Evangelio de San Juan. También se distingue por muchas particularidades de estilo - asíndeton, reduplicación, repetición, etc. En resumen, el Evangelista revela una estrha intimidad con el lenguaje helenístico del siglo primero de nuestra era, que encuentra en sus manos, en ciertas expresiones, un tono hebreo. Su estilo literario es alabado meridamente por su noble simpleza, natural y no exenta de arte. Combina armoniosamente el lenguaje rústico de los Sinópticos con la fraseología urbana de San Pablo.
Lo primero que llama nuestra atención en el tema central del Evangelio es que circunscribe la narración a lo cronológico de los sucesos que tienen lugar en Judea y Jerusalén. De los hhos del Salvador en Galilea Juan relata solo unos pocos sucesos, sin entrar en detalles, y de los mismos solo dos - la multiplicación de los panes y pes (vi, 1-16), y el viaje marítimo, (vi, 17-21) - ya han sido relatados por los Evangelios Sinópticos.
Una segunda particularidad del material se ve en la elección de su tema central, ya que en comparación con los otros Evangelistas, Juan relata solo unos pocos milagros y concentra su atención menos en los hhos que en los discursos de Jesús. En la mayoría de los casos los hhos sólo se relatan, como si fueran, una trama para las palabras, conversaciones, y enseñanzas del Salvador y Sus disputas con Sus adversarios. En realidad son las controversias con los miembros del Sanedrín en Jerusalén lo que pare llamar espialmente la atención del Evangelista. En estas ocasiones, el interés de San Juan es altamente teológico, tanto en la narración de las circunstancias como en el registro de los discursos y conversaciones del Salvador. Con justicia, por lo tanto, se le concedió a San Juan aun en los tiempos primitivos del Cristianismo, el título honorífico de "teólogo" de los Evangelistas. Existen, en particular, ciertas grandes verdades, a las cuales el Evangelio constantemente retorna y las cuales pueden ser consideradas como ideas gobernantes, y una mención espial debe hacerse de expresiones como Luz del Mundo, la Verdad, la Vida, la Resurrción, etc. No es infruente que esta y otras frases se encuentran en forma concisa y gnómica al comienzo de un coloquio o discurso del Salvador, y fruentemente retorna, como un leitmotif, a intervalos durante el discurso (ej. vi, 35, 48, 51, 58; x, 7, 9; xv, 1, 5; xvii, 1, 5; etc.).
En un grado mayor que en los Sinópticos, la narración completa del Cuarto Evangelio se centra alrededor de la Persona del Redentor. Desde las primeras frases iniciales Juan dirige su mirada al lugar más íntimo de la eternidad, a la Palabra Divina en el seno del Padre. El nunca se cansa de retratar la gloria y dignidad de la Palabra Eterna, Quien consintió en aceptar Su permanencia entre los hombres ya que, mientras riben la revelación de Su Divina Majestad, podrán participar en la plenitud de la Verdad y de su Gracia. Como evidencia de la Divinidad del Salvador el autor relata alguna de las grandes maravillas mediante las cuales Cristo revela su gloria, aunque él intenta más bien llevarnos hacia un profundo entendimiento de la Divinidad y majestad de Cristo mediante la consideración de sus palabras, discursos y enseñanzas, e imprimir así en nuestras almas las grandes maravillas de Su divino amor.
III. AUTOR
Con excepción de los heréticos mencionados por Irineo (Adv. haer., III, xi, 9) y Epifanio (Haer., li, 3), la autenticidad del Cuarto Evangelio raramente fue cuestionada seriamente hasta fines del siglo diiocho. Los primeros que cuestionaron la tradición en cuanto al autor del Evangelio fueron Evanson (1792) y Bretschneider (1820). Desde que David Friedrich Strauss (1834-40) adoptó los puntos de vista de Bretschneider y los miembros de la Escuela de Tübinger - debido a Ferdinand Christian Baur, quien niega la autenticidad de este Evangelio -, la mayoría de los críticos fuera de la Iglesia Católica niegan la autenticidad del Cuarto Evangelio. Teniendo en cuenta a muchas de estas críticas, la razón principal subyace en el hecho que Juan claramente ha enfatizado la Verdadera Divinidad del Redentor como centro de la narración, en sentido estrictamente metafísico. De todas formas, aun Harnack ha tenido que admitir, aunque niega la autenticidad del Cuarto Evangelio, que ha buscado en vano alguna solución satisfactoria para el planteo Joánico: "Una y otra vez he intentado resolver el problema desde varias posibles teorías, las cuales me llevaron a mayores dificultades, y aun generaron mayores contradicciones". ("Gesch. der altchristl. Lit.", I, pt. ii, Leipzig, 1897, p. 678.) Un breve examen de los argumentos tendientes a la solución del problema de la autoría del Cuarto Evangelio permitirán al lector formarse un juicio independiente.
Pruebas históricas dirtas
Si, como demanda el carácter de pregunta histórica, consultamos primero los testimonios históricos del pasado, descubrimos el hecho admitido universalmente que, desde el siglo diiocho hasta al menos el siglo tercero, se aceptó sin cuestionamientos al Apóstol San Juan como el autor del Cuarto Evangelio. Por lo tanto, al examinar las evidencias, podemos empezar desde el siglo tercero, y luego retroceder hasta el tiempo de los Apóstoles.
Las traducciones más antiguas de los manuscritos del Evangelio constituyen el primer grupo de evidencias. En los títulos, tablas de contenidos, firmas, que usualmente se agregan a los textos de los Evangelios por separado, Juan es siempre mencionado como el autor de este Evangelio sin la menor indicación de duda. Si bien es cierto que la data más antigua de este extenso manuscrito es de mediados del siglo cuarto, la perfta unanimidad de todos los códices prueba a toda crítica que los prototipos de este manuscrito, de una fecha mucho más antigua, deben haber contenido la misma indicación respto al autor. Es similar el testimonio de las traducciones del Evangelio, de las cuales la versión Siríaca, Copta y Latina antigua se remontan es sus formas más ancestrales hasta el siglo segundo.
Las evidencias aportadas por los autores eclesiásticos más tempranos, cuya referencia a cuestionamientos sobre la autoría del Evangelio es sólo incidental, están de acuerdo con las fuentes arriba mencionadas. Es verdad que San Dionisio de Alejandría (264-5), piensa en un autor distinto del Apocalipsis, debido a las espiales dificultades planteadas por los Milenieristas en Egipto; pero siempre tomó como garantizado sin lugar a dudas que el Apóstol Juan era el autor del Cuarto Evangelio. Es igualmente claro el testimonio de Orígenes (m.254). Sabía por la Tradición de la Iglesia que Juan fue el último de los evangelistas en escribir su Evangelio (Eusebio, "Hist. cl.", VI, xxv, 6), al menos en gran parte de sus comentarios al Evangelio de San Juan, deja en claro en todas partes su convicción del origen apostólico del trabajo que ha llegado hasta nosotros. El maestro de Orígenes, Clemente de Alejandría (m. antes de 215-6), relata como "tradición de los antiguos presbíteros", que el Apóstol San Juan, el último de los Evangelistas, "lleno del Espíritu Santo ha escrito un Evangelio espiritual" (Eusebio, op. cit., VI, xiv, 7).
De mayor importancia aun es el testimonio de San Irineo, Obispo de Lyon (m. alrededor 202), quién está unido inmediatamente a la Era Apostólica a través de su maestro Policarpo, discípulo del Apóstol San Juan. El país natal de Irineo (Asia Menor) y el escenario de su subsuente ministerio (Galia), lo convierten en un testigo de la Verdad en ambas Iglesias de Oriente y Occidente. Cita en sus escritos al menos cien versos del Cuarto Evangelio, fruentemente con la llamada "como dice San Juan, el discípulo del Señor". Hablando de la composición del Cuarto Evangelio, dice sobre este último: "Más tarde Juan, discípulo del Señor quien descansó en Su pho, también escribió un Evangelio, mientras residía en Éfeso en Asia" (Adv. Haer., III, i, n. 2). Tanto aquí como en los otros textos es claro que por "Juan, el discípulo del Señor", no significa otra cosa que el Apóstol Juan.
Encontramos que las mismas convicciones concernientes a la autoría del Cuarto Evangelio se expresan en mayor extensión en la Iglesia Romana alrededor del 170, por los escritos del Fragmento Muratoriano (líneas 9-34). El obispo Teófilo de Antioquía en Siria (antes del 181) también cita el comienzo del Cuarto Evangelio como palabras de San Juan (Ad Autolycum, II, xxii). Finalmente, de acuerdo con los testimonios de los manuscritos Vaticanos (Codex Regin Sui seu Alexandrinus, 14), el Obispo Papías de Hierápolis en Frigia, discípulo inmediato del Apóstol San Juan, incluye en su gran trabajo exegético, un relato de la composición del Evangelio de San Juan durante el cual él fue empleado como escriba por el Apóstol.
No es nesario repetir que, en los pasajes referidos a Papías y los otros antiguos escritores, éstos tienen en mente sólo a un Juan, llamado el Apóstol y el Evangelista, y no a otro Juan el Presbítero, para distinguirlo del Apóstol (Ver JUAN EL EVANGELISTA, SANTO).
Evidencias externas indirtas
Además de los testimonios y expresiones dirtas, los primeros siglos del Cristianismo testifican en forma indirta y de diversas formas el origen Joánico del Cuarto Evangelio.
El lugar preeminente entre las evidencias indirtas debe asignarse a las numerosas citas de textos sobre el Evangelio que demuestran su existencia y el ronocimiento de su clamor para formar parte de los escritos canónigos del Nuevo Testamento, tan temprano como a comienzos del siglo segundo. San Ignacio de Antioquía, que murió bajo Trajano (98 -117), revela en sus notas, alusiones y puntos de vista teológicos encontrados en sus Epístolas, un íntimo conocimiento del Cuarto Evangelio. En los escritos de la mayoría de los otros Padres Apostólicos, existe también, un conocimiento similar de este Evangelio que raramente puede ser discutido, espialmente en el caso de Policarpo; el "Martirio de Policarpo", la "Epístola de Dioneto" y el "pastor" de Hermas (cf. la lista de acotaciones y alusiones en la Edición de los Padres Apostólicos de F. X. Funk)
Hablando de San Papías, Eusebio dice que él usaba en sus trabajos pasajes de la Primera Epístola de San Juan. Pero esta Epístola nesariamente presupone la existencia del Evangelio, del cual es en cierta forma un trabajo introductorio o complementario. Má aun, San Irineo (Adv. Haer., V, xxxii, 2) cita la frase de los "presbíteros" que contiene una alocusión de Juan, xiv, 2, y de acuerdo a la opinión de aquellos nombrados como críticos, San Papías debe ser ubicado en el primer rango de los presbíteros.
De los apologistas del siglo segundo, San Justino (m. alrededor de 166) de manera espial, indica en su doctrina del Logos, y en muchos pasajes de sus apologías la existencia del Cuarto Evangelio. Su discípulo Taciano, en el esquema cronológico de su "Diatessaron", sigue el orden del Cuarto Evangelio, y emplea el prólogo del mismo como introducción a su trabajo. En su "Apología" también cita un texto del Evangelio.
Como Taciano, quien apostató alrededor del 172 y se unió a la sta Gnóstica de los Encratitas, varios otros herejes del siglo segundo también aportan testimonios indirtos respto del Cuarto Evangelio. Basilides apela a Juan. Valentino busca sostén a sus teorías de los eones en expresiones tomadas de Juan, su pupilo Heracleon compone, alrededor del 160, un comentario sobre el Cuarto Evangelio, mientras Ptolomeo, otro de sus seguidores, da una explicación del prólogo del Evangelista. Marción preserva una porción de los textos canónicos del Evangelio de San Juan (xiii, 4-15; xxxiv, 15, 19) en su propio evangelio apócrifo. Los Montanistas deducen su doctrina del Paráclito principalmente de Juan, xv y xvi. De forma similar en su "Discurso verdadero" (alrededor 178) el filósofo pagano Celso basa alguna de sus proposiciones en pasajes del Cuarto Evangelio.
Por otro lado, los testimonios indirtos concernientes a este Evangelio también son sostenidos por las antiguas liturgias eclesiásticas y los monumentos de arte Cristiano primitivos. Como en estos últimos, hallamos desde los comienzos, textos del Cuarto Evangelio usados en todas partes de la Iglesia, y no infruentemente con espial predilción. De nuevo, a modo de ejemplo, la resurrción de Lázaro representada en los dibujos de las Catacumbas, como si fuera, un monumento conmemorativo del capítulo once del Evangelio de San Juan.
El testimonio del Evangelio por sí mismo
El Evangelio por sí mismo facilita una solución totalmente inteligible a la pregunta de la autoría
(1) Carácter general del trabajo
En primer lugar, del carácter general de la obra podemos obtener algunas inferencias relacionadas con su autor. A juzgar por su lenguaje, el autor es un Judío Palestino, quien estaba a su vez al tanto del Griego Helenista de las clases altas. También despliega un conocimiento exacto de las condiciones geográficas y sociales de Palestina aun en sus más ligeras referencias incidentales. Debe haber disfrutado de una relación personal con el Salvador y debe haber pertenido al círculo de sus más íntimos amigos. Todo el estilo de su relato muestra que el escritor ha sido testigo ocular de la mayoría de los sucesos. Con respto a los Apóstoles Juan y Santiago el autor muestra una minuciosa y característica reserva. Nunca menciona sus nombres, aunque de le nombre de la mayoría de los apóstoles, y solo una vez, y quizás muy incidentalmente, habla de "los hijos del Zebedeo" (xxi, 2). En varias ocasiones, relatando incidentes en los cuales el Apóstol San Juan estaba involucrado, trata intencionalmente de evitar la mención su nombre (John 1:37-40; 18:15, 16; cf. 20:3-10). El habla de Juan el Prursor nueve ves sin darle el título de "el Bautista", como hacen los otros Evangelistas invariablemente para distinguirlo del Apóstol. Todas estas indicaciones apuntan claramente a la conclusión que el Apóstol Juan debe haber sido el autor del Cuarto Evangelio.
- El testimonio expreso del autor
Motivos aun más claros desde esta óptica se encuentran en el testimonio expreso del autor. Habiendo mencionado en su relato de la Crucifixión que el discípulo amado por Jesús permanía junto a la Cruz al lado de la madre de Jesús (John 19:26 sqq.), el agrega, después de relatar la Muerte de Cristo y de que abrieran Su costado derecho, la solemne sentencia: "El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis" (xix, 35). De acuerdo a lo que todos admiten Juan es el "discípulo que el Señor amó". Su testimonio es contenido en el Evangelio que por muchos años consutivos anunció en palabras de su boca y que ahora puso por escrito para instruirnos en la fe. Nos asegura, no solamente que este testimonio es verdadero, sino que él es testigo personal de esta verdad. De este modo se identifica con el discípulo amado por Jesús y de quien solo él puede dar tal testimonio por su íntimo conocimiento. En forma similar el autor repite este testimonio al final de su Evangelio. Luego de referirse nuevamente al discípulo que Jesús amó, inmediatamente agrega las palabras: "Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero" (John 21:24). Como demuestra el siguiente versículo, su testimonio se refiere no solamente a los sucesos rientemente descritos sino a todo el Evangelio. Está más de acuerdo con el texto y el estilo general del Evangelista el ver estas palabras finales como de la propia composición del autor. Aunque preferimos, de todas formas, ver este versículo como un agregado del primer lector y discípulo del apóstol, el texto constituye la evidencia más temprana y venerable del origen Joánico del Cuarto Evangelio.
- Comparación del Evangelio con las Epístolas de San Juan
Finalmente podemos obtener evidencia respto al autor del Evangelio por sí mismo, comparando su trabajo con las tres Epístolas, las cuales han mantenido su lugar entre las Epístolas Católicas como escritas por el Apóstol Juan. Podemos tomar aquí como garantizadas como un hecho admitido por la mayoría de los críticos, que estas Epístolas son un trabajo del mismo escritor, y que el autor es idéntico al autor del Evangelio. En realidad los argumentos basados en la unidad de estilo y lenguaje, de la uniforme enseñanza Joánica, en el testimonio de la antigüedad Cristiana, vuelven imposible cualquier duda razonable sobre la autoría en común. Al comienzo de la Segunda y Tercera Epístola el autor se denomina simplemente "el presbítero" -- evidentemente el título honorífico por el cual es comunmente conocido entre la comunidad Cristiana. Por otra parte, en su Primera Epístola, enfatiza repetidamente y con gran sinceridad el hecho que él era un testigo ocular de los sucesos concernientes a la vida de Cristo de quien él (en su Evangelio) ha dado testimonio entre los Cristianos: "Lo que existía desde el pricipio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida: pues la vida se ha manifestado; nosotros lo hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado; lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros (1 John 1:1-3; cf. 4:14). Este presbítero que encuentra suficiente usar tal título honorario sin otra calificación como su nombre propio, y que por otra parte fue ocular y auditivamente testigo de los incidentes de la vida del Salvador, no puede ser otro que el Presbítero Juan mencionado por Papías, y no puede ser otro que el Apóstol Juan (cf. SAN JUAN EVANGELISTA)
Podemos por lo tanto, mantener con la mayor certeza que el Apóstol San Juan, el discípulo favorito de Jesús, fue realmente el autor del Cuarto Testamento.
IV. CIRCUNSTANCIAS DE SU COMPOSICIÓN
Sin pasar por alto las íntimas circunstancias que las leyendas primitivas revisten sobre la composición del Cuarto Evangelio, discutiremos brevemente el tiempo y lugar de la composición, y los primeros ltores del Evangelio.
Respto a la fecha de su composición no poseemos información histórica cierta. De acuerdo con la opinión general, el Evangelio debe ser remitido a la última década de la primera centuria, o para ser más prisos, al año 96 o uno de los siguientes. Las bases para sustentar esta opinión se resumen brevemente en lo que sigue:
* el Fourth Gospel (Cuarto Evangelio) fue compuesto después de los tres Synoptics (Sinópticos);
* fue escrito después de la muerte de Pedro dado que el último capítulo - espialmente xxi, 18 -19 presupone la muerte del Príncipe de los Apostles (Apóstoles);
* también fue escrito después de la destrucción de Jerusalén (Jerusalén) y del Temple (Templo), ya que el Evangelist’s (Evangelista) se refiere a los Jews (Judíos) (cf. particularmente xi, 18; xviii, 1; xix, 41) que pare indicar que el fin de la ciudad y de su gente como nación ya ha sucedido;
* el texto de xxi, 23, pare indicar que Juan era de edad muy avanzada cuando escribió el Evangelio;
* aquellos que niegan la Divinidad de Christ (Cristo) punto principal al cual San Juan presta espial atención a lo largo de su Evangelio, comienzan a diseminar su heresy (Herejía) alrededor de fines de la primera centuria;
* finalmente, tenemos evidencia dirta respto a la date (fecha) de su composición. El llamado " Monarchian Prólogo (Monarquiano)" del Fourth Gospel (Cuarto Evangelio) que probablemente fue escrito alrededor del año 200 o algo más tarde, dice respto de la date (fecha) de la aparición del Evangelio: "Él [el Apostle (Apóstol) Juan] escribió su Evangelio en la Provincia de Asia (Asia) después de haber compuesto el Apocalypse (Apocalipsis) en la Isla de Patmos"(Patmos). El destierro de Juan a Patmos ocurrió en el último año del reinado de Domitian’s (Domiciano) (esto es alrededor del 95). Pocos meses antes de su muerte (18 de Septiembre del 96), el emperador discontinuó la persution (persusión) de los Christians (Cristianos) y llamó a los exilados [ Eusebius, (Eusebio) "Hist. cl.", III, xx, nn. 5 - 7]. Esta evidencia podría por lo tanto referir la composición del Evangelio al año 96 d. C. o a uno de los años inmediatamente siguientes.
El lugar de su composición fue, de acuerdo al prólogo arriba mencionado, en la provincia de Asia. Todavía en forma más prisa en los tratados de San Irineo, éste nos dice que Juan escribió su Evangelio "en Éfeso en Asia" (Adv. haer., III, i, 2). Todas las otras referencias tempranas están de acuerdo con este relato.
Los primeros ltores del Evangelio fueron los Cristianos de la segunda y tercera generación en Asia Menor. No había nesidad de iniciarlos en los elementos de la Fe; en consuencia Juan debe haber intentado más bien confirmarlos contra los ataques de sus oponentes, en la Fe legada por sus padres.
V. PREGUNTAS CRÍTICAS ACERCA DEL TEXTO
Respto del texto del Evangelio, las críticas tienen en cuenta tres pasajes, 5:3-4; 7:53-8:11; y 21.
Juan 5: 3 - 4
El capítulo cinco relata la cura del paralítico en la piscina de Betsaida en Jerusalén. De acuerdo con la Vulgata el texto de la segunda parte del versículo tres y del versículo cuatro es como sigue "...esperando la agitación del agua. Porque el Ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera". Pero estas palabras faltan en los tres manuscritos más antiguos, el Codex Vaticanus (B), el Codex Sinaítico (aleph), y el Codex Bez (D), en el texto original de los palimpsestos de San Efrén (C), en la traducción Siríaca de Cureton, así como en la traducción Copta y Sahídica, en varios minúsculos, en tres manuscritos de Italia, en cuatro de la Vulgata, y en varios manuscritos Armenios. Otras copias agregan a las palabras un signo crítico que indica una duda de su autenticidad. El pasaje es observado por lo tanto por la mayoría de las críticos modernos, incluyendo los exégetas Católicos, Schegg, Schanz, Belser, etc., como un agregado de Papias o de algún otro discípulo del Apóstol.
Otros exégetas como Corluy, Comely, Knabenbauer y Murillo defienden la autenticidad del pasaje insistiendo en importantes evidencias internas y externas a su favor. En primer lugar las palabras se encuentran en el Codex Alejandrino (A), el Codex Ephraemi enmendado (C), en casi todos los manuscritos minúsculos, en seis manuscritos de Italia, en la mayoría de los volúmenes de la Vulgata, incluyendo al mejor, en el Peshito Sirio, en la traducción siria de Philoxeno (con una nota de crítica), en las traducciones Persas, Árabe y Eslovaca y en algunos manuscritos del texto Armenio. Es más importante el hecho que, aun antes de la fecha de nuestros actuales volúmenes, estas palabras se encontraban en los Padres Griegos y Latinos y en los textos del Evangelio. Esto está claro en Tertuliano [De bapt., i (antes 202)], Dídimo de Alejandría [De Trin., II, xiv (alrededor 381)], San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Alejandría, San Ambrosio, y en San Agustín [Sermón xv (al. xii), De verbis Evangelii S. Joannis) aunque este último, en su tratado del Evangelio de San Juan, omite el pasaje. El contexto narrativo pare nesario para presuponer la presencia de estas palabras. La respuesta subsuente del hombre enfermo (v. 7) "Señor no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo", difícilmente se hace inteligible sin el versículo 4, y el Evangelista no está acostumbrado a omitir del texto este tipo de información nesaria. Luego ambos bandos tienen buenos argumentos para sostener sus opiniones, y no hay una disión final sobre la cuestión; desde el punto de vista de la crítica de los textos, ambas paren posibles.
Juan 7: 53 - 8: 11
Este pasaje se refiere al relato de la adúltera. La evidencia crítica externa pare en este caso aportar una disión más clara contra la autenticidad de este pasaje. Está ausente en los cuatro manuscritos más antiguos (B, A, C, y aleph) y en muchos otros, mientras que en muchas copias es admitido sólo con una nota crítica, indicativa de su dudosa autenticidad. Tampoco se lo encuentra en la traducción siria de Cureton, en la Sinaítica, en la traducción Gótica en la mayoría de los códices Peshitas, o en la traducción Copta y Armenia, o finalmente en los manuscritos más antigüos de Italia. Ninguno de los Padres Griegos ha tratado el incidente en sus comentarios, y entre los escritores latinos, Tertuliano, Cipriano e Hilario no paren tener conocimiento de esta perícopa.
No obstante el peso de la evidencia externa de estas importantes autoridades, es posible aducir testimonios más importantes en favor de la autenticidad de este pasaje. Desde los manuscritos, conocemos por la autoridad de San Jerónimo que el incidente "está contenido en muchos códices Griegos y Latinos" (Contra Pelagium, II, xvii), testimonio sostenido hoy en día por los Códices de Bez de Canterbury (D) y muchos otros. La autenticidad del pasaje también es favorida por la Vulgata, los Árabes Etíopes, y las traducciones Eslovenias, así como por muchos manuscritos de Italia y textos Sirios y Armenios. Sobre los comentarios de los Padres Griegos, los libros de Orígenes que tratan con esta parte del Evangelio no existen más; solo ha llegado hasta nosotros una porción de los comentarios de San Cirilo de Alejandría, mientras que las homilías de San Juan Crisóstomo sobre el Cuarto Evangelio deben considerarse como un tratado de pasajes seltos del Evangelio más que de todo el texto. Entre los Padres Latinos, San Ambrosio y San Agustín incluyen la perícopa en sus textos, y buscan una explicación a su omisión de otros manuscritos en el hecho que podría fácilmente dar lugar a ofender (cf. espialmente Agustín, "De coniugiis adulteris", II, vii). Por lo tanto es más fácil explicar la omisión del incidente de muchas de las copias, que el agregado de dicho pasaje en versiones tan antiguas de todas partes de la Iglesia. Más aún, los críticos admiten que tanto el estilo como el modo de presentación no tienen la más mínima traza de origen apócrifo, sino que revelan la mano de un auténtico maestro. No debe darse gran importancia a las diferencias en el vocabulario que pudiera encontrarse entre este pasaje y el resto del Evangelio, dado que la corrta lectura de los textos es en muchas partes dudosa, y cualquiera de estas diferencias de lenguaje puede ser fácilmente armonizada con el fuerte estilo individual del Evangelista.
Es por lo tanto posible, aun desde un punto de vista estritamente crítico, aducir una fuerte evidencia en favor de la canonicidad y carácter inspirado de esta perícopa, que por disión del Concilio de Trento, forma parte de la Sagrada Biblia.
Juan 21
Respto al último capítulo del Evangelio serán suficientes unas pocas consideraciones. Los últimos dos versículos del capítulo veinte indican muy claramente que el Evangelista trató de terminar aquí su trabajo: "Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (xx, 30 - 31) Pero la conclusión que puede deducirse de ésto, es que el capítulo veintiuno fue agregado posteriormente y debe por lo tanto considerarse como un apéndice del Evangelio. La opinión actualmente es bastante general, aun entre los críticos, en que el vocabulario, estilo, y modo de presentación en general, junto con el tema principal del pasaje, revelan un autor común de este capítulo con las partes predentes de este Cuarto Evangelio.
VI. AUTENTICIDAD HISTÓRICA
Objiones contra el carácer histórico del Cuarto Evangelio
La autenticidad histórica del Cuarto Evangelio es en la actualidad negada casi universalmente fuera de la Iglesia Católica. Desde David Friedrich Strauss y Ferdinand Christian Baur este rhazo ha sido postulado en la mayoría de las investigaciones críticas de los Evangelios y de la vida de Jesús. Influido por esta tendencia prevalente, Alfredo Loisy alcanzó el punto en que niega abiertamente la realida
Juana Papisa
La leyenda sobre un papa mujer, quien más tarde llevó el nombre de Johanna (Juana), aparió por primera vez a mediados del siglo XIII.
VARIACIONES DE LA LEYENDA
Primera versión: Jean de Mailly. El primero que pare haber tenido conocimiento de la leyenda fue el cronista dominico Jean de Mailly (Archiv der Gesellschaft fur altere deutsche Geschichte, xii, 17 sq., 469 sq.) de quien otro dominico, Etienne de Bourbon (1261), adoptó la historia y la incluyó en su trabajo sobre los "Siete dones del Espíritu Santo".
En dicho relato, la supuesta papisa se ubica alrededor del año 1100 y aun no se le pone nombre. La narración dice que una mujer muy talentosa, vestida como un hombre llegó a ser notario de la Curia, después cardenal y finalmente Papa; que un día esta persona salió a montar y en esta ocasión dio a luz un hijo; que entonces fue atada a la parte posterior de un caballo, arrastrada alrededor de la ciudad, apedreada por la gente hasta morir y enterrada en el sitio mismo donde fallió; y que ahí fue puesta una inscripción que día lo siguiente: "Petre pater patrum papissae prodito partum". Durante su mandato, añade la historia, fueron introducidas las témporas, que por eso eran llamadas los "ayunos de la papisa".
Segunda versión: Martín de Troppau. Una versión diferente apare en la tercera reseña de la crónica de Martin de Troppau (Martinus Polonus), insertada posiblemente por el autor y no por un transcriptor posterior. A través de este muy popular trabajo, la historia llegó a ser mejor conocida en la siguiente forma: Después de León IV (847-855) el inglés John de Mainz (Johannes Anglicus, natione Moguntinus) ocupó la silla papal dos años, siete meses y cuatro días. Él era, supuestamente, una mujer. En su juventud fue llevada a Atenas con ropas de hombre por su amante y allí fue tal su avance en el aprendizaje que nadie la igualaba. Llegó a Roma, donde enseñó ciencias y atrajo así la atención de inteltuales. Gozó del mayor respeto por su conducta y erudición y finalmente fue selcionada como Papa, pero, quedando embarazada de uno de sus asistentes de confianza, dio a luz un niño durante una procesión desde San Pedro a Letrán, en algún lugar entre el Coliseo y San Clemente. Ahí murió casi de inmediato y se dice que fue enterrada en el mismo sitio. En sus procesiones, los papas siempre evitaban este camino; muchas personas creían que los papas hacían esto por su animadversión a esa desgracia.
Aquí apare por primera vez el nombre de Johanna (Juana) como el de la supuesta papisa. Martín de Troppau había vivido en la Curia como capellán y penitenciario del Papa (murió en 1278), razón por la cual su historia papal fue ampliamente leída y a través de él la leyenda obtuvo aceptación general. Un manuscrito de su crónica relata de una manera diferente el destino de la supuesta papisa: tras de su alumbramiento Juana fue inmediatamente destituida e hizo penitencia por muchos años. Su hijo, se añade, llegó a ser Obispo de Ostia y la tuvo enterrada ahí después de su muerte.
Versiones posteriores. Crónicas posteriores hasta daban el nombre que llevaba de niña; algunas le llaman Agnes, otras Gilberta. Se encuentran más variaciones en los trabajos de diferentes cronistas, por ejemplo en la "Crónica Universal de Metz", escrita alrededor de 1250 y en ediciones subsuentes de la "Mirabilia Urbis Romae" del siglo XII (?).
Conforme a ésta última, en una visión le fue dado a escoger a la papisa entre la desgracia temporal y el castigo eterno; ella eligió lo primero y murió durante el parto en la calle.
VALORACIONES TEMPRANAS DE LA LEYENDA
Aceptación crédula. En los siglos XIV y XV esta papisa era ya considerada como un personaje histórico, de cuya existencia nadie dudaba. Tenía su lugar entre los bustos de la Catedral de Siena. Bajo Clemente VIII, y a petición suya, fue transformada en el Papa Zacarías. El hereje Jan Hus, en la defensa de su falsa doctrina antes del Concilio de Constanza, hizo referencia a la papisa y nadie cuestionó el hecho de su existencia. Sin embargo la papisa no se encuentra en el "Liber Pontificalis" ni entre los retratos de los papas de San Pablo extramuros en Roma.
Valoración crítica. Esta supuesta papisa es por completo un invento de la imaginación. En el siglo XV, tras el despertar del criticismo histórico, algunos estudiosos como Aeneas Silvius (Espist., I, 30) y Platina (Vitae Pontificum, No. 106) encontraron que la historia no tenía sustento. Desde el siglo XVI historiadores católicos empezaron a negar la existencia de la papisa, ejemplos de ello fueron Onofrio Panvinio (Vitae Pontificum, Venia, 1557), (Vitae Pontificum, Venice, 1557), Aventinus (Annales Boiorum, lib. IV), Baronius (Annales ad a. 879, n. 5) y otros.
Valoración protestante. También algunos protestantes, como Blondel ("Joanna Papissa", 1657) y Leibniz ("Flores sparsae in tumulum papissae" in "Bibliotha Historica", Göttingen, 1758, 267 sq.) admitieron que la papisa jamás existió. Sin embargo, numerosos protestantes hicieron uso del mito en sus ataques al papado. Todavía en el siglo XIX, cuando lo insostenible de la leyenda fue ronocido por historiadores serios, algunos protestantes (e.g. Kist, 1843; Suden, 1831; y Andrea, 1886) intentaron, con un espíritu anti-romano, probar la existencia de la papisa. Incluso Hase ("Kirchengesch.", II, 2nd ed., Leipzig, 1895, 81) no pudo reprimir escribir una nota llena de rencor y carente en absoluto de valor histórico sobre este tema.
PRUEBAS DE SU CARÁCTER MÍTICO.
Las pruebas principales del carácter enteramente mítico de la papisa son:
1. Ninguna fuente histórica contemporánea entre las historias de los papas tiene conocimiento de ella; tampoco se hace mención de ella hasta la mitad del siglo XIII. Resulta increíble que la aparición de una "papisa", si hubiera sido un hecho histórico, no hubiera sido notada por ninguno de los numerosos historiadores de entre los siglos X y XIII.
2. En la historia de los papas no hay lugar en donde encaje esta figura legendaria. Entre León IV y Benedicto III, donde Martinus Polonus la coloca, no es posible insertarla porque León IV fallió el 17 de julio del año 855 e inmediatamente después de su muerte Benedicto III fue elegido por el clero y por el pueblo de Roma; solo que a causa del advenimiento de un antipapa en la persona del cardenal depuesto Anastasius, Benedicto III fue consagrado hasta el 29 de septiembre. Existen monedas con las imágenes de Benedicto III y del emperador Lotario I, quien murió el 28 de septiembre del año 855; por lo tanto, Benedicto III debió haber sido ronocido como Papa antes de esta fecha; el 7 de octubre del año 855, Benedicto III emitió una carta para el monasterio de Corbie. Hinemar, arzobispo de Reims, informó a Nicolás I de que un mensajero que había enviado a León IV se enteró de la muerte de este Papa y por lo tanto dirigió su petición a Benedicto III, quien la resolvió (Hinemar, ep. xl in P.L., CXXXVI, 85). Todas esos testigos prueban que las fechas dadas en las vidas de León IV y Benedicto III eran corrtas y que no hubo interrupción de la línea de sucesión entre estos dos papas, de modo que en este lugar no hay espacio para la supuesta papisa.
3. Más adelante es aún menos probable que una papisa pudiera insertarse en la lista de papas cercanos al año 1100, entre Víctor III (1087) y Urbano II (1088-1099) o Pascual II (1099-1110) como se sugiere en la crónica de Jean de Mailly.
ORIGEN DE LA LEYENDA
Esta leyenda de una papisa romana pare haber tenido una contraparte previa en Constantinopla. En efto, en su carta a Miguel Caerularius (1053), León IX dice que él no creería lo que había oído, refiriéndose a que la Iglesia de Constantinopla ya había visto eunucos, de hecho una mujer, en su silla episcopal (Mansi "Concil.", XIX, 635 sq.).
Respto al origen en sí de la leyenda de la Papisa Juana, se han establido diferentes hipótesis.
Bellarmine (De Romano Pontifice, III, 24) cree que la historia fue llevada desde Constantinopla a Roma.
Baronius (Annales ad a., 879, n. 5) conjetura que la muy criticada debilidad afeminada del Papa Juan VIII (872-882) en su trato con los griegos pudo dar lugar a la historia. Mai ha mostrado (Nova Colltio Patr., I, Proleg., xlvii) que Proteo de Constantinopla (De Spir. Sanct. Myst., lxxxix) en tres ocasiones se refiere enfáticamente a este Papa como "el viril", como quitándole el estigma de afeminado.
Otros historiadores apuntan a la degradación del papado en el siglo X, cuando además tantos papas llevaron el nombre de Juan; paría por lo tanto un nombre ideal para la legendaria papisa.. De este modo Aventinus ve en la historia una sátira a Juan IX; Blondel, una sátira a Juan XI; Panvinio (notae ad Platinam, De vitis Rom. Pont.) la aplica a Juan XII, mientras que Leander (Kirkengesch., II, 200) la entiende como aplicable en general a la venenosa influencia femenina que durante el siglo X hubo sobre el papado.
Otros investigadores se esforzaron por encontrar en varios acontimientos y reportes una base definitiva para el origen de la leyenda. Leo Allantius (Diss. Fab. de Joanna Papissa) la relacionó con la falsa profetisa Theota, condenada en el Sínodo de Mainz (847); Leibniz revivió la historia de un supuesto obispo Johannes Anglicus que llegó a Roma y ahí fue ronocido como mujer. La leyenda también fue relacionada con los Pseudodretos Isidorianos, por estudiosos como Karl Blascus ("Diatribe de Joanna Papissa", Naples, 1779) y Gfrörer (Kirchengesch., iii, 978).
La explicación de Döllinger ha encontrado en general mayor aprobación ("Papstfabeln", Munich, 1863, 7-45). Él ronoce que la leyenda de la Papisa Juana es un vestigio de alguna tradición del folklore romano ligada originalmente con ciertos monumentos antiguos y costumbres puliares. Una antigua estatua descubierta en tiempos de Sixto V en una calle cercana al Coliseo, la cuál muestra una figura con un niño, fue considerada por el pueblo como la representación de la papisa. En la misma calle fue descubierto un monumento con una inscripción, al final de la cuál apare la bien conocida fórmula P.P.P. (proprie puniâ posuit) junto con un nombre con prefijo que dice: Pap. (?Papirius) pater patrum. Esto pudo fácilmente haber dado origen a la inscripción mencionada por Jean de Mailly (ver arriba). También se observaba que el papa en procesión solemne no transitaba por esta calle (quizás porque era muy angosta). Más adelante se destacó con ocasión de la inauguración formal de la Basílica de Letrán que el rién elto Papa siempre estuvo sentado en una silla de mármol. Esta silla era un antiguo mueble de baño de los que había tantos en Roma.; el Papa la usó realmente para descansar. Pero la imaginación popular llevó a pensar que así se probaba el sexo del Papa, con el fin de evitar que, de ahí en adelante, una mujer alcanzara el Trono de San Pedro.
Explicaciones equivocadas - como las que con fruencia fueron inventadas en la Edad Media ligadas con monumentos antiguos - y la imaginación popular fueron las originalmente responsables del mito de "La Papisa Juana" que cronistas acríticos, desde mediados del siglo XIII, dignificaron al consignarlo en sus páginas.
J.P. KIRSCH
Transcrito por Marie Jutras.
Traducido por Eladio Megchún.
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