Iconoclasia
Iconoclasia (Eikonoklasmos, "Ruptura de Imágenes) es el nombre de la herejía que alteró la paz de la Iglesia Oriental en los siglos octavo y noveno, causó la última de las muchas brhas con Roma que prepararon el camino al cisma de Fotio, y repercutió en menor escala en el reino Franco en Occidente. La historia en Oriente se divide en dos persuciones separadas de los Católicos, al final de cada una de las cuales apare la figura de una Emperatriz veneradora de imágenes (Irene y Teodora).
I. La primera persusión Iconoclásica
II. El Segundo Concilio General (Nicea II, 787)
III. La Segunda Persusión Iconoclasta
IV. La Iconoclasia en Occidente
I LA PRIMERA PERSUSIÓN ICONOCLÁSICA
El origen del movimiento contra la veneración (para el uso de esta palabra ver IMAGES, VENERATION OF) de imágenes ha sido muy discutido. Ha sido presentado como un efto de la influencia Musulmana. Para los Musulmanes, cualquier clase de pintura, estatua o representación de forma humana es un ídolo abominable. Es verdad que, en un sentido, el Califa de Damasco comenzó todo el disturbio, y que los emperadores Iconoclastas eran calurosamente aplaudidos y alentados en su campaña por sus rivales en Damasco. Por otra parte no parería que la causa principal del celo del emperador contra las imágenes fuera el ejemplo de su implacable enemigo, el jefe de la religión rival. Un origen más probable se encontrará en la oposición a las imágenes que había existido por algún tiempo entre Cristianos. Pare haber habido un disgusto hacia las imágenes santas, una sospha de que su uso era, o podría devenir, idólatra entre ciertos Cristianos por muchos siglos antes de que comenzara la persución Iconoclasta (ver IMAGENES, VENERACION DE). Los Paulicianos, como parte de su herejía, sostenían que toda materia (espialmente el cuerpo humano) es mala, que todas las formas religiosas externas, sacramentos, ritos, espialmente imágenes materiales y reliquias, debían ser abolidos. Honrar la Cruz era espialmente reprensible, ya que Cristo no había sido realmente crucificado. Desde el siglo séptimo se les había permitido a estos heréticos tener una gran influencia en Constantinopla, intermitente con el sufrimiento de una muy cruel persución. (ver PAULICIANOS). Pero algunos Católicos también compartían su aversión a las imágenes y reliquias. En el comienzo del siglo octavo, varios obispos, Constantino de Nacolia en Frigia, Teodosio de Efeso, Tomás de Claudiópolis, y otros, son mencionados como sosteniendo esta opinión. Un obispo Nestoriano, Xeneas de Hierápolis, fue un conspicuo prursor de los Iconoclastas (Hardouin IV, 306). Fue cuando la existencia de este partido llegó a oídos del Emperador León III ( el Isáurico, 716-41) que comenzó la persución.
El primer acto en la historia es una persución similar en los dominios del Califa de Damasco. Yezid I (680-683) y sus sucesores, espialmente Yezid II (720-24), pensando, como buenos Musulmanes, que todas las imágenes son ídolos, trataron de prevenir su uso aún entre sus súbditos Cristianos. Pero esta persución Musulmana, en sí misma una de muchas irritaciones intermitentes hacia los Cristianos de Siria, no es importante excepto como prursora de los problemas en el imperio. León el Isáurico fue un valiente soldado con un temperamento autocrático. Cualquier movimiento que excitara su simpatía estaba seguro de ser hecho cumplir severa y cruelmente. Ya había perseguido cruelmente a los Judíos y a los Paulicianos. Él era también sosphado de inclinaciones hacia el Islam. El Califa Omar II (717-720) trató de convertirlo sin éxito, excepto en persuadirlo de que las imágenes eran ídolos. Los enemigos de imágenes Cristianos, espialmente Constantino de Nacolia, ganaron entonces fácilmente su atención. El emperador llegó a la conclusión que las imágenes eran el principal impedimento para la conversión de Judíos y Musulmanes, la causa de la superstición, debilidad y división en su imperio, y opuestos al Primer Mandamiento. La campaña contra las imágenes fue parte de una reforma general de la Iglesia y el Estado. La idea de León III era purificar la Iglesia, centralizarla tanto como fuera posible bajo el Patriarca de Constantinopla, y por tanto fortaler y centralizar el Estado del Imperio. Había también una fuerte tendencia racionalista entre los emperadores Iconoclastas, una reacción contra las formas de la piedad Bizantina que se hacía más pronunciada cada siglo. Este racionalismo ayuda a explicar su odio a los monjes. Una vez persuadido, León comenzó a imponer su idea despiadadamente. Constantino de Nacolia fue a la capital en la primera parte de su reinado; al mismo tiempo Juan de Synnada escribió al patriarca Germano I (715-30), alertándolo de que Constantino había producido disturbios entre los otros obispos de la provincia predicando contra el uso de las santas imágenes. Germano, el primero de los héroes de los veneradores de imágenes (sus cartas en Hardouin, IV 239-62), escribió entonces una defensa de la práctica de la Iglesia dirigida a otro Iconoclasta, Tomás de Claudiópolis (l. c. 245-62). Pero Constantino y Tomás tenían al emperador de su lado. En 726 León III publicó un edicto dlarando que las imágenes eran ídolos, prohibidos por Éxodo, xx, 4, 5, y ordenando que debían ser destruidas todas tales imágenes en las iglesias. Al instante los soldados comenzaron a cumplir sus órdenes, con lo cual fueron provocados disturbios a todo lo largo del imperio. Había una famosa pintura de Cristo, llamado Christos antiphonetes, sobre la arcada del palacio de Constantinopla. La destrucción de esta pintura provocó una seria revuelta entre el pueblo. El patriarca Germano, protestó contra el edicto y apeló al papa (729). Pero el emperador lo depuso como traidor (730) y designó en su lugar a Anastasio (730-54), anterior sincello de la corte patriarcal y voluntario instrumento del Gobierno. Los más resueltos oponentes a los Iconoclastas a través de esta historia fueron los monjes. Es verdad que hubo algunos que se pusieron del lado del emperador, pero como un cuerpo, el monaquismo Oriental fue firmemente leal a la vieja costumbre de la Iglesia. León por lo tanto, unió a su iconoclasia una fiera persución a los monasterios y eventualmente trató de suprimir todo el monaquismo.
El papa de ese momento era Gregorio II (713-31). Aún antes de haber ribido la apelación de Germano le llegó una carta del emperador ordenándole aceptar el edicto, destruir las imágenes en Roma, y convocar a un concilio general para prohibir su uso. Gregorio le contestó en 727, con una gran defensa de las imágenes. Le explica la diferencia entre ellas y los ídolos, con sorpresa de que León no lo hubiera entendido así. Describe el legítimo uso y reverencia brindada, a las imágenes por los Cristianos. Culpa a la interferencia del emperador en materias eclesiásticas y su persución de los veneradores de imágenes. No se quiere un concilio; todo lo que tiene que hacer León es dejar de alterar la paz de la Iglesia. En cuanto a la amenaza de León que él iría a Roma, rompería la estatua de San Pedro (aparentemente la famosa estatua de bronce en San Pedro), y tomaría al papa prisionero, Gregorio la contestó apuntando que el podía fácilmente escapar a la Campaña, rordándole al emperador cuán fútil y aborrida era para todos los Cristianos la persución de Constancia a Martín I, También dice que todo el pueblo en Occidente detesta la acción del emperador y nunca consentirá en destruir sus imágenes por su orden (Greg. II, "Ep. I ad Leonem"). El emperador contestó, continuando con su argumento diciendo que ningún concilio general había dicho todavía ninguna palabra a favor de las imágenes, que él mismo era a un tiempo emperador y sacerdote (basileus kai lereus) y por tanto tenía el derecho de hacer dretos sobre tales materias. Gregorio le escribió respondiéndole que lamentaba que León no hubiera visto el error de sus modos. En cuanto a los anteriores Concilios generales, ellos no pretendían discutir cada punto de la fe; había sido innesario en aquellos días defender lo que nadie atacaba. El título Emperador y Sacerdote había sido concedido como un cumplido a algunos soberanos en razón de su celo en defender la verdadera fe que ahora atacaba León. El papa se dlara determinado a resistir la tiranía del emperador a cualquier costo, aunque él no tuviera defensa alguna salvo rezar pidiendo que Cristo le enviara un demonio para torturar el cuerpo del emperador y que su alma fuera salvada, tal lo expresado en 2 Corintios 5.5.
Mientras tanto la persución arrió en el Este. Los monasterios fueron destruidos, los monjes muertos, torturados o desterrados. Los Iconoclastas comenzaron a aplicar su principio también a las reliquias, a romper los sepulcros y quemar los cuerpos de los santos quemados en las iglesias. Algunos rhazaron toda intercesión de los santos. Estos y otros puntos (destrucción de reliquias y rhazo de las plegarias a los santos), aunque no estaban nesariamente involucrados en el programa original son desde esta época (aunque no siempre) adicionados a la Iconoclasia. Mientras tanto, San Juan Damasceno (754 DC) a salvo de la ira del emperador bajo la autoridad del Califa estaba escribiendo en el monasterio de Santa Saba sus famosas apologías "contra aquellos que destruyen los íconos sagrados". En el Occidente, en Roma, Ravena y Nápoles, la gente se sublevó contra la ley del emperador. Este movimiento anti-imperial es uno de los factores de la brha entre Italia y el viejo imperio, la independencia del papado, y el comienzo de los Estados Papales. Gregorio II ya se había rehusado a enviar impuestos a Constantinopla y se designó a sí mismo dux imperial en el Ducatus Romanus. El enojo del emperador contra los veneradores de imágenes se fortalió con la revuelta que irrumpió aproximadamente en estos tiempos en Hellas, ostensiblemente en favor de los íconos. Un cierto Cosmas fue erigido como emperador por los rebeldes. La insurrción fue pronto aplastada (727), y Cosmas fue dapitado. Después de esto fue publicado un nuevo y severo edicto (730) y la furia de la persución redoblada.
El Papa Gregorio II murió en 731. Fue sucedido rápidamente por Gregorio III, quien continuó con la defensa de las santas imágenes exactamente en el espíritu de se predesor. El nuevo papa envió un sacerdote, Jorge, con cartas contra la Iconoclasia a Constantinopla. Pero Jorge, cuando llegó, sintió miedo de presentarlas, y volvió sin haber cumplido su misión. Fue enviado una segunda vez con el mismo encargo, pero fue arrestado y hecho prisionero en Sicilia por el gobernador imperial. El emperador continuó entonces con su política de agrandar y fortaler su propio patriarcado en Constantinopla. Concibió la idea de hacerlo tan grande como el imperio que aún realmente regía. El lugar de nacimiento de León, Isauria, fue quitado a Antioquía por un edicto imperial y agregado al patriarcado Bizantino, ampliando el mismo con Metrópolis, Seleucia y cerca de otras veinte sedes. Aún más, León pretendió apartar Ilírico del patriarcado romano y agregárselo al de Constantinopla, y confiscó todas las propiedades de la Santa Sede que pudieron caer en sus manos, en Sicilia y en la Italia del sur. Esto naturalmente incrementó la enemistad entre la Cristiandad Occidental y Oriental. En 731 Gregorio III llevó a cago un sínodo de noventa y tres obispos en San Pedro en el cual todas las personas que rompían, ensuciaban o quitaban imágenes de Cristo, de Su Madre, de los Apóstoles u otros santos fueron dlarados excomulgados. Otro delegado, Constantino, fue enviado con una copia de los dretos y de su demanda al emperador, pero fue nuevamente arrestado y encarcelado en Sicilia. León envió entonces una flota a Italia para castigar al papa; pero naufragó y fue dispersada por una tormenta. Mientras tanto toda clase de calamidades afligieron al imperio; terremotos, pestilencias y hambrunas devastaron las provincias mientras los Musulmanes continuaron su victoriosa carrera y conquistaron más territorio.
León III murió en Junio, 741, en el medio de estos problemas, sin haber cambiado su política. Su trabajo fue continuado por su hijo Constantino V (Copronimo, 741-775), quien se convirtió en un perseguidor de veneradores de imágenes aún más grande que su padre. Tan pronto como León III estuvo muerto, Atabasdo (quien había casado con la hija de León) aprovhó la oportunidad y tomó ventaja de la impopularidad del Gobierno Iconoclasta para levantar una rebelión. Dlarándose a sí mismo el prottor de los íconos santos tomó posesión de la capital, se coronó a sí mismo emperador mediante influencia del patriarca Anastasio e inmediatamente restauró las imágenes. Anastasio, quien había sido introducido por la fuerza en lugar de Germano como el candidato Iconoclasta, se dio vuelta en el modo Bizantino usual, ayudó la restauración de las imágenes y excomulgó a Constantino V como a un herético y negador de Cristo. Pero Constantino marchó sobre la ciudad, la tomó, le quitó la vista a Artabasdo y comenzó una furiosa venganza contra los rebeldes y veneradores de imágenes (743). Su trato a Anastasio es un típico ejemplo de la manera en que estos emperadores tardíos se comportaban hacia los patriarcas a través de los cuales trataban de gobernar la Iglesia. Anastasio fue azotado en público, enceguido, conducido vergonzosamente a través de las calles, se lo hizo regresar a su Iconoclasia y finalmente fue reinstalado como patriarca. El desdichado vivió hasta 754. Las imágenes restauradas por Artabasdo fueron nuevamente quitadas. En 754 Constantino, retomando la idea original de su padre convocó un gran sínodo en Constantinopla que fue contado como el Séptimo Concilio General. Cerca de 340 obispos asistieron, como la Sede de Constantinopla estaba vacante por la muerte de Anastasio, presidieron Teodosio de Efeso y Pastilias de Perge. Roma, Alejandría, Antioquía y Jerusalén se rehusaron a enviar delegados, ya que estaba claro que los obispos habían sido convocados meramente para cumplir las órdenes del emperador. El evento demostró que los patriarcas habían juzgado corrtamente. Los obispos en el sínodo asintieron servilmente a todas las demandas de Constantino. Dretaron que las imágenes de Cristo son o Monofisitas o Nestorianas, ya que - desde que es imposible representar Su Divinidad - ellas solamente confunden o divorcian sus dos naturalezas. La única legítima representación de Cristo es la Santa Eucaristía. Las imágenes de los santos deben ser igualmente aborridas; es blasfemo representar con una madera o piedra muertas a aquellos que vivieron con Dios. Todas las imágenes son una invención de los paganos - de hecho son ídolos - como se muestra en Ex xx, 4, 5; Deut. v, 8; Juan iv, 24; Rom. i, 23-25. Algunos textos de los Padres son también citados en sostén de la Iconoclasia. Los veneradores de imágenes son idólatras, adoradores de madera y piedra, los Emperadores León y Constantino son la luz de la fe Ortodoxa, nuestros salvadores de la idolatría. Se pronuncia una maldición espial contra los tres principales defensores de las imágenes: Germano, el anterior Patriarca de Constantinopla, Juan Damasceno, y un monje, Jorge de Chipre. El sínodo dlara que "la Trinidad ha destruido a estos tres ("Actas del Sínodo Iconoclasta de 754" en Manse XIII, 205 ss.).
Los obispos finalmente eligieron un sucesor para la vacante sede de Constantinopla, Constantino, obispo de Sylaeum (Constantino II, 754-66), que fue por supuesto una criatura del Gobierno, preparado para llevar a cabo sus campañas. Los dretos fueron publicados en el Foro el 27 de agosto de 754. Después de esto la destrucción de imágenes continuó con renovado celo. Se requirió a todos los obispos del imperio que firmaran las Actas del sínodo y que juraran eliminar los íconos en sus diócesis. Los Paulicianos no fueron tratados bien, mientras que los veneradores de imágenes y los monjes fueron ferozmente perseguidos. En lugar de las imágenes de los santos, las iglesias fueron doradas con pinturas de flores, frutas y pájaros, de tal modo que la gente dijo que parían almacenes y tiendas de pájaros. Un monje, Pedro, fue azotado hasta morir el 7 de junio de 761; el Abad de Monagria, Juan, que rehusó pisotear un ícono, fue atado en una bolsa y tirado al océano el 7 de junio de 761; en 767, Andrés, un monje Cretense, fue azotado y lacerado hasta que murió (ver el Acta SS., 8 Oct.; Martiriología Romana para el 17 Oct.); en Noviembre del mismo año un gran numero de monjes fue torturado hasta la muerte de varias maneras (Martiriología, 28 Nov.), El emperador trató de abolir el monaquismo (como el centro de la defensa de imágenes); los monasterios fueron convertidos en barracas, el hábito monástico prohibido; se hizo jurar al patriarca Constantino II en el púlpito de su iglesia que, aunque antes fuera monje, se había ahora unido a la clería sular. Las Reliquias fueron desenterradas y tiradas al mar, prohibida la invocación de los santos. En 766 el emperador se hartó de su patriarca, lo hizo azotar y dapitar y lo reemplazó por Nicetas I (766-80), quien fue también, naturalmente, un obediente sirviente del Gobierno Iconoclasta. Mientras tanto los países a los que no alcanzaba el poder del emperador, mantuvieron la vieja costumbre y rompieron la comunión con el Patriarca Iconoclasta de Constantinopla y sus obispos. Cosmas de Alejandría, Teodoro de Antioquía y Teodoro de Jerusalén fueron todos defensores de los santos íconos en comunión con Roma. El Emperador Constantino V murió en 775. Su hijo León IV (775-80), aunque no rhazó la ley Iconoclasta, fue mucho más suave en hacerla cumplir. Permitió a los monjes exiliados que regresaran, toleró al menos la intercesión de los santos y trató de ronciliar a todos los partidos. Cuando el patriarca Nicetas I murió en 780 fue sucedido por Pablo IV (780-84), un monje Chipriota quien llevó a cabo una política Iconoclásica con la mitad de su corazón solo debido al miedo al Gobierno. Pero la mujer de León IV, Irene, fue una resuelta veneradora de imágenes. Aún durante la vida de su marido ocultaba íconos sagrados en sus cuartos. Al final de su reino León tuvo un estallido de fiera Iconoclasia. Castigó a los cortesanos que habían reemplazado las imágenes en sus departamentos y estuvo a punto de desterrar a la emperatriz cuando murió el 8 de setiembre de 780. De inmediato se produjo una completa reacción.
II. EL SEGUNDO CONCILIO GENERAL (NICEA II, 787)
La Emperatriz Irene fue regente de su hijo Constantino VI (780-97), quien tenía nueve años cuando su padre murió. Inmediatamente comenzó a deshacer el trabajo de los emperadores Iconoclastas. Las imágenes y reliquias fueron restituidas a las iglesias; los monasterios fueron reabiertos. El temor al ejército, entonces fanáticamente Iconoclasta, la detuvo por un tiempo de repeler las leyes; pero sólo esperaba la oportunidad para hacerlo y restaurar la rota comunión con Roma y los otros patriarcados. El Patriarca de Constantinopla, Pablo IV, renunció y se retiró a un monasterio, dando abiertamente su razón para ello: su arrepentimiento por sus anteriores concesiones al Gobierno Iconoclasta. Fue sucedido por un didido venerador de imágenes, Tarasio. Tarasio y la emperatriz abrieron entonces las negociaciones con Roma. Enviaron una embajada al Papa Adriano I (772-95) ronociendo la primacía y rogándole ir en persona, o por lo menos enviar delegados a un concilio que desharía la obra del sínodo Iconoclasta de 754. El papa contestó con dos cartas, una para la emperatriz y una para el patriarca. En ellas repite los argumentos para la veneración de imágenes, acuerda con las propuestas del concilio, insiste en la autoridad de la Santa Sede, y demanda la restitución de la propiedad confiscada por León III. Censura la repentina elevación de Tarasio (quien de ser un laico se convirtió repentinamente en patriarca), y rhaza su título de Patriarca uménico, pero alaba su ortodoxia y su celo por las imágenes santas. Finalmente encomienda todas estas materias al juicio de sus delegados. Estos delegados eran el arcipreste Pedro y el abad Pedro de Santa Saba cerca de Roma. Los otros tres patriarcas estuvieron impedidos de contestar ya que ni siquiera ribieron la carta de Tarasio, debido a los disturbios que había en esos momentos en el estado Musulmán. Pero dos monjes, Tomás, abad de un monasterio Egipcio y Juan Syncelio de Antioquía, aparieron con cartas de sus comunidades explicando el estado de situación y mostrando que los patriarcas habían permanido siempre fieles a las imágenes. Los dos paren haber actuado como cierta clase de delegados para Alejandría, Antioquía y Jerusalén.
Tarasio abrió el sínodo en la iglesia de los Apóstoles en Constantinopla en Agosto de 786 pero el mismo fue de inmediato dispersado por los soldados Iconoclastas. La emperatriz desbandó esas tropas y las reemplazó por otras; se acordó que el sínodo debía reunirse en Nicea en Bitinia, el lugar del primer concilio general. Los obispos se reunieron allí en el verano de 787, en un número aproximado de 300. El concilio duró desde el 24 de setiembre al 23 de octubre. Los delegados romanos estuvieron presentes; firmaron primeros las Actas y siempre estuvieron en primer lugar el la lista de miembros, pero Tarasio condujo los procedimientos, aparentemente porque los delegados no podían hablar Griego. En las tres primeras sesiones, Tarasio dio cuenta de los acontimientos que habían conducido al primer Concilio, fueron leídas las cartas papales y otras, y se ronciliaron muchos obispos iconoclastas arrepentidos. Los padres aceptaron las cartas papales como fórmulas verdaderas de la Fe Católica. Tarasio, cuando leyó las cartas, no leyó los pasajes sobre la restitución de las propiedades papales confiscadas, los reproches contra su repentino ascenso y el uso del título de Patriarca uménico, y modificó (pero no esencialmente) las afirmaciones de la primacía. La cuarta sesión establió las razones por las cuales el uso de las imágenes santas es legítima, citando pasajes del Viejo Testamento sobre las imágenes del templo (Ex., xxv, 18-22; Num., vii, 89; Ezeq., xli, 18-19; Hebr., ix, 5), y citando también a gran número de los Padres. Eutimio de Sardes, al final de la sesión, leyó una profesión de fe en este sentido. En la quinta sesión Tarasio explicó que la Iconoclasia venía de los Judíos, Sarracenos y herejes; fueron expuestas algunas citas Iconoclastas erróneas, quemados sus libros, y se colocó un ícono en el hall en medio de los padres. La sexta sesión fue ocupada con el sínodo Iconoclasta de 754; se negó su reivindicación como concilio general, porque ni el papa ni los otros tres patriarcas habían participado en él. El dreto de aquel sínodo (ver arriba) fue refutado cláusula por cláusula. La séptima sesión se erigió en el símbolo (horos) del concilio, en la cual, después de repetir el Credo Niceno y renovar la condena de todas las maneras anteriores de herejía, desde lo Arrianos a los Monotelitas, los padres fijaron su definición. Las imágenes son para ribir veneración (proskynesis), no adoración (latreia); el honor que se les rinde es solo relativo (schetike), invocando a su prototipo (por el texto de esta, la definición esencial del concilio, ver IMAGENES, VENERACIÓN DE). Son pronunciados anatemas contra los líderes Iconoclastas; Germano, Juan Damasceno y Jorge de Chipre son elogiados. En oposición a la fórmula del sínodo Iconoclasta los padres dlararon: "La Trinidad ha hecho a estos tres gloriosos" (he Trias tous treis edoxasen). Fue enviada una delegación a la emperatriz con las Actas del sínodo; una carta a los clérigos de Constantinopla informándolos de sus disiones. Veintidós cánones fueron borrados, de los cuales estos son los principales:
· cánones 1 y 2 confirman los cánones de todos los anteriores concilios generales;
· canon 3 prohíbe la designación de eclesiásticos por el Estado; sólo los obispos pueden elegir otros obispos;
· los cánones 4 y % son contra la simonía;
· el canon 6 insisten sobre los sínodos provinciales anuales;
· el canon 7 prohíbe a los obispos, bajo pena de deposición, consagrar iglesias sin reliquias;
· el canon 10 prohibe a los sacerdotes cambiar sus parroquias sin el consentimiento de sus obispos;
· el canon 13 ordena que se restauren todos los monasterios profanados;
· los canones 18 - 20 regula los abusos en los monasterios;
Una octava y última sesión se llevó a cabo el 23 de octubre en Constantinopla en presencia de Irene y su hijo. Después de un discurso por parte de Tarasio, fueron leídas en voz alta las Actas y firmadas por todos, incluidos la emperatriz y el emperador. El sínodo fue cerrado con la usual Policronia o aclamación formal, y Epifanio, un diácono de Catania en Sicilia, pronunció un sermón a la asamblea de padres.
Tarasio envió al Papa Adriano un informe de todo lo que había ocurrido, y Adriano aprobó las Actas (carta a Carlomagno) y las hizo traducir al Latín. Pero la cuestión de la propiedad de la Santa Sede en la Italia de Sur y la amistad del papa hacia los Francos todavía causó resentimientos entre el Este y el Oeste; más aún, todavía existían en Constantinopla partidarios de la Iconoclasia, espialmente en el ejército.
III- LA SEGUNDA PERSUCIÓN ICONOCLASTA
Veintisiete años después del Sínodo de Nicea, la Iconoclasia irrumpió de nuevo. Nuevamente las santas imágenes fueron destruidas, y sus defensores ferozmente perseguidos. Por veintiocho años la historia anterior se repitió con asombrosa exactitud. Los lugares de León III, Constantino V y León IV son ocupados por una nueva línea de emperadores Iconoclastas: León V, Miguel II, Teófilo. El Papa Pascual I actúa exactamente como lo hizo Gregorio II, el fiel Patriarca Nicéforo es el Germano I, San Juan Damasceno vive nuevamente en San Teodoro el Estudita. Nuevamente un sínodo rhazó los íconos, y otro que los siguió, los defendió. Nuevamente una emperatriz, regente de su joven hijo, pone un fin a la tormenta y restaura la vieja costumbre, esta vez definitivamente.
El origen de este nuevo brote no debe buscarse demasiado lejos. Habían quedado, espialmente en el ejército, un partido Iconoclásico considerable. Constantino V, su héroe había sido un general valiente y exitoso contra los Musulmanes, Miguel I (811-13), quien mantuvo la Fe del Segundo Concilio de Nicea, fue singularmente desafortunado en su intento de defender el imperio. Los Iconoclastas miraban con pesar hacia atrás las gloriosas campañas de su predesor, desarrollaron la asombrosa concepción de que Constantino era santo, fueron en peregrinación a su tumba y lloraron sobre él: "Levántate, vuelve y salva el moribundo imperio". Cuando Miguel I, en junio de 813, fue absolutamente derrotado por los Búlgaros y huyó a su capital, los soldados lo forzaron a renunciar a su corona y colocaron uno de los generales León el Armenio (León V, 813-20) en su lugar. Un oficial (Teodoto Cassiteras) y un monje (el Abad Juan Gramático) persuadieron al nuevo emperador que todo el infortunio del imperio era un juicio de Dios por la idolatría de los veneradores de imágenes. León, una vez persuadido, usó todo su poder para derribar los íconos, y por tanto todo el problema comenzó de nuevo.
En 814 los Iconoclastas se reunieron en asamblea en el palacio y prepararon un elaborado ataque contra las imágenes, repitiendo casi exactamente los argumentos del sínodo de 754. El Patriarca de Constantinopla era Nicéforo I (806-15), el que se convirtió en uno de los principales defensores de las imágenes en esta segunda persución. El emperador lo invitó a una discusión de la cuestión con los Iconoclastas; se rehusó ya que la misma ya había sido fijada por el Séptimo Concilio General. El trabajo de demoler las imágenes comenzó nuevamente. La pintura de Cristo restaurada por Irene sobre la puerta de hierro del palacio, fue nuevamente quitada. En 815, el patriarca fue convocado a presencia del emperador. Fue rodeado de obispos, abades y monjes y mantuvo una larga discusión con León y sus seguidores Iconoclastas. En el mismo año el emperador convocó a un sínodo de obispos, los que, obediendo sus órdenes depusieron al patriarca y eligieron a Teodoto Cassiteras (Teodoto I, 815-21) para sucederlo. Nicéforo fue desterrado más allá del Bósforo. Hasta que murió defendió la causa de las imágenes mediante escritos controversiales (la "Apología Menor", "Antirrhetikoi", "Apología Mayor", etc. en P. G., C, 201-850; Pitra, "Spicileg. Solesm.", I, 302-503; IV, 233, 380), escribió una historia sobre su propio tiempo (Historia syntomos, P. G., C, 876-994) y una cronografía desde Adán (chronographikon syntomon, in P. G., C, 995-1060). Entre los monjes que acompañaron a Nicéforo a presencia del emperador en 815, estaba Teodoro, Abad del monasterio Studium de Constantinopla (f. 826). A todo lo largo de esta segunda persución Iconoclasta Santo Teodoro (Theodorus Studita) fue el líder de los monjes fieles, el principal defensor de los íconos. Ronfortó y alentó a Nicéforo en su resistencia al emperador, fue desterrado tres ves por el Gobierno, escribió un gran número de tratados, cartas controversiales, y apologías a las imágenes en varias formas. Su principal punto es que los Iconoclastas son herejes Cristológicos, desde que niegan un elemento esencial de la naturaleza humana de Cristo, esto es, que puede ser representado gráficamente. Esto equivale a una negación de su realidad y cualidad material, por lo que los Iconoclastas reviven la vieja herejía Monofisita. Ehrahard juzga que San Teodoro sería "quizás el más ingenioso [der scharfsinnigste] de los defensores del culto a las imágenes" (en Krumbacher’s "Byz. Litt.", p. 150). En cualquier caso su posición solo puede rivalizar con la con la de San Juan Damasquino (Ver su trabajo en P.G.,XCIX; por un informe sobre ellos ver Krumbacher, ob. cit.,147-151, 712-715; su vida por un monje contemporáneo, P. G., XCIX, 9 sq.) Su fiesta es el 11 de nov. en el Rito Bizantino, el 12 de noviembre en la Martiriología Romana.
Lo primero que hizo el nuevo patriarca Teodoto fue mantener un sínodo que condenó el concilio de 787(el segundo Niceno) y dlaró su adhesión al de 754. Obispos, abades, clérigos y aún funcionarios del Gobierno que no habrían de aceptar sus dretos fueron depuestos, desterrados, torturados. Teodoro de Studium rehusó la comunión con el patriarca Iconoclasta y se fue al exilio. Una cantidad de personas de todos los rangos fueron muertos en este tiempo y sus referencias, imágenes de todo tipo fueron destruidos por todos lados. Teodoro apeló al papa (Pascual I, 817-824) en nombre de los perseguidos veneradores de imágenes Orientales. Al mismo tiempo Teodoto, el patriarca Iconoclasta, envió delegados a Roma los que, si embargo, no fueron admitidos por el papa, ya que Teodoto era un intruso cismático en la sede de la cual aún era Nicéforo el legítimo obispo. Pero Pascual ribió a los monjes de Teodoro y les dio el monasterio de San Praxedes a ellos y a otros que habían escapado de la persución del Este. En 818 el papa envió delegados al emperador con una carta defendiendo los íconos y refutando una vez más la acusación Iconoclasta de Idolatría. En esta carta insiste principalmente en nuestra nesidad de signos exteriores para cosas invisibles: sacramentos, palabras, la señal de la Cruz, y todos los signos tangibles de este tipo; ¿cómo puede, entonces, gente que admite esto rhazar las imágenes? (El fragmento de esta carta que ha sido preservado es publicado en Pitra, Spicileg. Solesm.". II, p. xi sq.). La carta no tuvo ningún efto sobre el emperador; pero es espialmente desde este momento que los Católicos en el Este se volvieron con más lealtad que nunca hacia Roma como su líder, su último refugio en la persución. Los bien conocidos textos de Santo Teodoro en los que defiende la primacía en el lenguaje más enérgico posible fueron escritos durante esta persución e.g., "Cualquier novedad que es traída a la Iglesia por aquellos que se desvían de la verdad debe ciertamente estar referida a Pedro o su sucesor.... Sálvanos jefe pastor de la Iglesia bajo el cielo" (Ep. i, 33, P. G.., XCIX, 1018); "Arregla que una disión sea ribida desde la vieja Roma, tal como ha sido trasmitida la costumbre desde el comienzo por la tradición de nuestros padres" (Ep. ii, 36; ibid., 1331). Las protestas de lealtad a la vieja Roma hecha por los Cristianos Ortodoxos y Católicos del la Iglesia Bizantina de aquellos tiempos son su último testimonio antes del Gran Cisma. Hubo entonces dos partidos separados en Oriente que no tuvieron comunió
Iconografía Cristiana
La ciencia de la descripción, historia, y la interpretación de las representaciones tradicionales de Dios, los santos y otros objetos sagrados en el arte. Desde su inicio la iglesia ha empleado el arte como un fuerte medio de instrucción y edificación. En los primeros siglos las paredes de las catacumbas estaban doradas con pinturas y mosaicos (ver Catacumbas), a través de su historia las iglesias han permitido que sus paredes, thos, ventanas, al igual que sus altares, muebles, libros y utensilios litúrgicos sean adornados con escenas del nuevo y antiguo testamento, de la vida y leyendas de los santos y hasta con antiguas historias mitológicas, modificadas por supuesto y armonizadas con la enseñanza cristiana. (Para los detalles de la iconografía cristiana lea los artículos, Dípticos; Marfiles; Trabajo metálico; Mosaicos; Pinturas; Relicarios; Estatuas, Ventanas; Talla en madera.)
El objetivo de la iconografía es de dar la historia de estas distintas representaciones, para hacer notar su predominio o su ausencia en un tiempo y lugar determinado, para comparar aquellos de diferentes tierras y periodos, para explicar lo personal o lo histórico y para interpretar lo simbólico. Estudiado en estos términos ellos tienen un interés histórico y dogmático muy importante, testificando la unidad de la tradición lesiástica y la fe de las edades en que fueron producidos.
Otros artículos espiales que tienen que ver con temas de la Iconografía Cristiana, aparte de los ya mencionados son: Ancla; Paloma; Eucaristía, Símbolos tempranos de; Pez, Simbolismo de; Oveja; Nimbo. Verse también Arte lesiástico.
Transcrito por Michael C. Tinkler.
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