Herejía
I. Connotación y definición.
II. Distinciones
III. Grados de herejía
IV. Gravedad del pado de herejía
V. Origen, difusión y persistencia de la herejía
VI. Cristo, los Apóstoles y los Padres hablan de la herejía
VII. Justificación de sus enseñanzas
VIII. Legislación lesiástica sobre la herejía: legislación antigua, medieval, actual.
IX. Sus principios
X. Jurisdicción lesiástica sobre los herejes
XI. Repción de los conversos
XII. Papel de la herejía en la historia
XIII. Intolerancia y crueldad.
I. CONNOTACIÓN Y DEFINICIÓN
El término "herejía" connota, desde el punto de vista etimológico, tanto el acto de elegir como la cosa elegida. Sin embargo, su significado se ha reducido a la elección de doctrinas religiosas o políticas, a la adhesión a iglesias o partidos políticos.
Flavio Josefo aplica ese nombre (airesis) a las tres stas religiosas prevalientes en Judea desde el tiempo de los Macabeos: Los saduceos, los fariseos y lo esenios (La Guerras de los Judíos II, VIII, 1; Antigüedades Judías XIII, V, 9). San Pablo es presentado ante el gobernador Félix como el líder de la herejía (aireseos) de los nazarenos (Hhos 24,5). En Roma, los judíos le dicen al mismo Apóstol: "En lo tocante a esta herejía (aireseos), sabemos que todo mundo la contradice". San Justino (Dial., XVIII, 108), utiliza la palabra "airesis" con el mismo significado. La segunda carta de San Pedro (2,1) aplica el término a las stas cristianas: "Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas (aireseis apoleias)". En el griego tardío se llamó "herejías" tanto a las diferentes escuelas filosóficas como a las stas religiosas.
Santo Tomás (II-II: 11,1) define la herejía del modo siguiente: "Una espie de infidelidad de aquellos que, habiendo profesado la fe en Cristo, corrompen sus dogmas". "La corrta fe cristiana consiste en asentir voluntariamente con Cristo en todo aquello que pertene verdaderamente a su enseñanza. Hay, consuentemente, dos formas de desviarse del cristianismo: una, cuando uno se rehúsa a creer en Cristo, y es lo que se llama infidelidad, que comparten los paganos y los judíos; la otra, cuando uno restringe su creencia solamente a ciertos puntos de la doctrina de Cristo, selcionados y modificados según la propia conveniencia, y es lo que se llama herejía. El objeto de la fe y de la herejía es, por tanto, el depósito de la fe, o sea, la suma total de las verdades reveladas por la Escritura y la Tradición según nos la propone la Iglesia para que la creamos. El creyente acepta la totalidad del depósito según lo propone la Iglesia; el hereje acepta sólo aquellas partes que su juicio le romienda. Las razones de la herejía pueden ser: ignorancia del verdadero credo, juicio erróneo, percepción y comprensión imperftas de los dogmas. En ninguno de esos casos juega la voluntad un papel importante, y ello hace que tal herejía sea solamente material u objetiva, al no darse una de las condiciones de la paminosidad: la elección libre. Por otro lado, la voluntad puede libremente inclinar el intelto a adherirse a algunas de las posiciones que han sido dlaradas falsas por la autoridad de la Iglesia. Los motivos para ello pueden ser: orgullo inteltual o confianza excesiva en las propias capacidades; la ilusión de celo religioso; la tentación de poder político o religioso; las ataduras de los bienes materiales y el nivel social; quizás otros menos honorables aún. Este tipo de herejía aceptada sí es sujeto de culpa, en grado variable. Se le llama formal porque al error material añade el elemento informativo de lo "libremente querido".
Para que la herejía sea formal, debe tener pertinacia, o sea, la adhesión obstinada a una posición particular. Mientras alguien tenga el deseo de someterse libremente a la disión de la Iglesia, dicha persona será un cristiano católico en el fondo de su corazón y sus creencias falsas no pasarán de ser errores pasajeros y opiniones momentáneas. Teniendo en cuenta que el intelto humano únicamente puede asentir ante la verdad, sea ésta real o aparente, la pertinacia deliberada, distinta de la oposición caprichosa, supone una firme convicción subjetiva que puede bastar para informar la conciencia y crear la "buena fe". Convicciones tan firmes pueden ser el resultado de circunstancias sobre las que la persona no tiene control, o de violaciones inteltuales que, en si mismas, pueden ser más o menos voluntarias y, por lo tanto, imputables. Una persona que nace y es formada en un ambiente herético puede llegar a morir sin jamás tener duda de la verdad de sus creencias. Por otro lado, una persona que nace católica puede dejarse arrastrar por remolinos de pensamiento contrario a la Iglesia, de los cuales ninguna autoridad doctrinal puede salvarla, y debido a los cuales su mente llega a ser influenciada por convicciones y consideraciones suficientemente fuertes como para superar su conciencia católica. No corresponde al hombre, sino a Aquel que conoce el fondo de los corazones, el sentarse a juzgar acerca de la culpa que corresponde a un alma herética.
II. DISTINCIONES
La herejía es distinta de la apostasía. El apóstata a fide abandona totalmente la fe cristiana y se adhiere al judaísmo, al Islam, al paganismo o sencillamente cae en el naturalismo o en el desdén por la religión. El hereje siempre permane fiel a Cristo. La herejía también es distinta del cisma. El cismático- según santo Tomás- es quien libremente se separa de la unidad de la Iglesia. La unidad de la Iglesia consiste en la conexión de sus miembros entre sí y de los miembros con la Cabeza. Esta Cabeza es Cristo y su representante en la Iglesia es el Sumo Pontífice. Es por ello que "cismática" se llama aquella persona que no desea sujetarse a la autoridad del Sumo Pontífice ni comulgar con los miembros de la Iglesia que le están sujetos a este último. Desde que fue proclamada la infalibilidad papal, la mayor parte de los cismas encierran también la negación de este dogma. La herejía se opone a la fe; el cisma, a la caridad. De ese modo, aunque los herejes son también cismáticos, en cuanto que la pérdida de fe también implica cierta separación de la Iglesia, no todos los cismáticos son nesariamente herejes, ya que cualquiera puede, por ira, orgullo, ambición o cosas semejantes, separarse de la plena comunión con la Iglesia y sin embargo seguir creyendo lo que la Iglesia propone para ser creído(II-II, Q. XXIX, a. 1). Claro que tal sujeto debería llamarse más bien rebelde que hereje.
III. GRADOS DE HEREJÍA
Tanto la materia como la forma de la herejía admiten grados, expresados en la siguiente fórmula técnica de teología y de derecho canónico. La adhesión pertinaz a una doctrina contradictoria referente a un asunto de fe claramente definido por la Iglesia es simple y llanamente herejía; herejía de primer grado. Mas si la doctrina en cuestión no ha sido definida expresamente, ni propuesta claramente como artículo de fe del magisterio ordinario y autorizado de la Iglesia, las opiniones contrarias a ella son tituladas sententia haeresi proxima, o sea, una opinión cercana a la herejía. Siguiente: una propuesta doctrinal, si bien en si misma no contradiga el dogma, puede tener consuencias lógicas que se desvíen de la verdad revelada. Tal propuesta no es hereje; es una propositio teologice erronea, o sea, teológicamente errónea. Puede ser que, en algún caso, la oposición de una teoría a un artículo de fe no sea demostrable estrictamente, sino que dicha oposición apenas alcanza cierto grado de probabilidad. En tal caso, la doctrina dudosa es llamada sententia in haeresi suspta, haeresim sapiens, o sea, una posición que es sosphosa de, o que sabe a, herejía (Véase CENSURAS, TEOLÓGICAS).
IV. GRAVEDAD DEL PADO DE HEREJÍA
La herejía es considerada un pado a causa de su propia naturaleza, destructiva de la virtud de la fe cristiana. Su malicia debe medirse, por tanto, por la excelencia del don del que priva al alma. Si la fe es la posesión más valiosa que pueda tener el ser humano- la raíz de su vida sobrenatural, la garantía de su salvación eterna-, entonces la privación de la fe es el mal más terrible que le puede ocurrir, y el rhazo deliberado de la fe es el pado mayor. Santo Tomás llega a la misma conclusión (II-II, Q. x, a. 3): "Todo pado es un acto de aversión de Dios. Por lo tanto, el pado es mayor entre más separa al hombre de Dios. Y la infidelidad - la falta de fe- separa al hombre de Dios más que ningún otro pado, porque el infiel (el no creyente) no tiene el verdadero conocimiento de Dios; su falso conocimiento no lo ayuda en nada, ya que en lo que cree no es Dios. Queda así demostrado, entonces, cómo es que el pado de infidelidad (infidelitas) es el mayor dentro del rango total de perversidad". Y añade: "Si bien los gentiles yerran en más asuntos que los judíos, y los judíos están más lejanos de la fe que los herejes, sin embargo la infidelidad de los judíos constituye un pado más grave que el de los gentiles porque aquellos corrompieron el Evangelio mismo después de haberlo adoptado y profesado... Es mayor pado no cumplir lo que se ha prometido que no cumplir lo que no se ha prometido". No se puede alegar en defensa de los herejes que éstos no niegan la fe que a ellos les pare nesaria para la salvación, sino sólo esos artículos de fe que ellos no consideran pertenientes al depósito original de la fe. Basta rordar que dos de las verdades más evidentes del depositum fidei son la unidad de la Iglesia y la institución de la autoridad magisterial, encargada de velar por dicha unidad. Tal unidad existe en la Iglesia Católica, y es conservada gracias a la operación de su cuerpo magisterial. Nadie puede negar esos dos hhos. En la constitución de la Iglesia no hay cabida para los juicios privados en lo referente a distinguir lo esencial de lo no esencial. Cualquier intento privado de selección rompe la unidad y atenta contra la autoridad divina de la Iglesia. Va dirtamente en contra de la fuente misma de la fe. El pado de herejía es medido no tanto por su objeto sino por su principio formal, que es idéntico para toda herejía: una rebelión en contra de la autoridad constituida divinamente.
V. ORIGEN, DIFUSIÓN Y PERSISTENCIA DE LA HEREJÍA.
(A) Origen de la herejía.
Diferentes causas y muchas circunstancias externas están en el origen, la difusión y la persistencia de la herejía. El debilitamiento de la fe que ha sido infundida y promovida por el mismo Dios es posible debido al elemento humano que está dentro de la misma fe: el libre albedrío. La voluntad determina libremente al acto de fe porque sus disposiciones morales la mueven a obeder a Dios, mientras que la debilidad de los motivos de credibilidad le permiten abstenerse de dar su consentimiento y abre la puerta a la duda e incluso al rhazo. La debilidad de los motivos de credibilidad tiene tres causas posibles: la obscuridad del testimonio divino (invidentia attestantis); la obscuridad de los contenidos de la revelación; la oposición entre las obligaciones que impone la fe y las inclinaciones perversas de nuestra naturaleza corrupta. Para conocer mejor el curso que sigue la voluntad humana al alejarse de la fe que antes profesó, es bueno observar casos históricos. Pio X, al analizar las causas del modernismo, dice: "La causa próxima es, sin duda alguna, un error de la mente. Las causas remotas son dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no es mantenida dentro de sus límites, es capaz por si sola de explicar todos los errores... Pero el orgullo es mucho más eftivo en la tarea de oscurer la mente y guiarla al error. Y es eso lo que está en la base de las teorías modernistas. Es por orgullo que los modernistas se sobrevalúan a sí mismos... No somos como los demás... rhazan toda sujión a la autoridad... se presentan como reformadores. Si de las causas morales pasamos a las inteltuales, la primera y más poderosa es la ignorancia... Ellos rinden culto a la filosofía moderna... ignorando completamente la filosofía escolástica y privándose a sí mismos de los medios de aclarar la confusión de sus ideas y de poder enfrentar los sofismas. Su sistema, tan plagado de errores, tuvo su origen en el matrimonio entre la falsa filosofía y la fe" (Encíclica "Pascendi", 8 Septiembre, 1907).
Hasta aquí, el Papa. Si hamos un vistazo a los líderes del modernismo para que nos den razón de sus defciones, no encontramos ninguna mención del orgullo o la arrogancia, sino que todos paren coincidir en aceptar que la curiosidad- el deseo de saber como la antigua fe puede enfrentarse con la nueva ciencia- ha sido su motivación. (El lector podrá conocer la posición católica respto al presunto conflicto entre ciencia y fe en la encíclica "Fides et Ratio", de S.S. Juan Pablo II. N.T.). En última instancia, apelan a la voz sagrada de la conciencia individual, que les prohíbe profesar externamente como verdadero lo que internamente, y honestamente, tienen como falso. Loisy, a quien se aplica el dreto "Lamentabili", confiesa a sus ltores que él llegó a su posición "a través de los estudios centrados principalmente en la historia de la Biblia, de los orígenes cristianos y de la religión comparada". Tyrrell se defiende afirmando: "Son los datos irrefutables del origen y composición del Antiguo y Nuevo Testamentos; del origen de la iglesia cristiana; de su jerarquía, sus instituciones, sus dogmas; del desarrollo gradual del papado; de la historia de la religión en general, que crean una dificultad contra la cual la síntesis de la teología escolástica debe ser, y ya ha sido, convertida en polvo". "Puedo señalar con mi dedo el punto exacto, o el momento, de mi experiencia, en el que nació mi ’inmanentismo’. En su "Reglas para el discernimiento de espíritus"... Ignacio de Loyola afirma...etc.". Es muy interesante desde la persptiva psicológica observar el punto o momento clave de la ruptura con la fe en las autobiografías de quienes se han separado de la Iglesia. Un análisis de las narraciones personales en "Caminos hacia Roma" y "Caminos desde Roma" lo deja a uno con la impresión de que el corazón humano es un santuario impenetrable a todos menos a Dios y, en cierta medida, a su dueño. Es por tanto romendable respetar a cada persona su propia individualidad y concentrarse en el estudio de la difusión de la herejía, o de los orígenes de las sociedades heréticas.
(B) Difusión de las herejías.
El crimiento de las herejías, como el de las plantas, depende de las influencias circundantes más que de su propia fuerza vital. Las filosofías, los ideales y las aspiraciones religiosas, las condiciones socioonómicas, etc. entran en contacto con la verdad revelada y de ese encuentro surgen nuevas afirmaciones y nuevas negaciones de la doctrina tradicional. El primer requisito de éxito para que una herejía se expanda es una persona fuerte, no nesariamente dotada de gran intelto o muchos estudios, pero sí muy voluntariosa y osada en la acción. Ese es el perfil de los hombres que, a través de los siglos, han dado sus nombres a nuevas stas. El segundo requisito es la posibilidad de acomodar la nueva doctrina a la mentalidad de sus contemporáneos y a las condiciones socio-políticas. Y el último, pero no por ello menos importante, es el apoyo de los gobernantes sulares. Un hombre fuerte, en sintonía con su tiempo y apoyado por la fuerza material, puede deformar la religión existente y construir una nueva sta herética. El modernismo fracasó en su intento de formar un cuerpo separado de la Iglesia porque no tuvo un dirigente ronocido, porque sólo pudo convocar a un grupo minoritario de mentes de su tiempo, espíficamente un grupo de personas desencantadas con la Iglesia de aquel tiempo, y porque ningún poder sular los apoyó. Mil y un stas pequeñas han fracasado por idénticas razones, proporcionalmente hablando. Sus nombres están ahí, ocupando páginas de la historia de la Iglesia, pero sus posturas solamente interesan a unos cuantos estudiosos, y no cuentan con seguidor alguno. Tales fueron, por ejemplo, en la época Apostólica, los judeo-cristianos, los judeo-gnósticos, los nicolaítas, los docetas, los cerintianos, los ebionitas, los nazarenos, etc., a quienes siguieron, en los dos siglos siguientes, una variedad de gnósticos sirios y alejandrinos, los ofitas, marcionitas, encatritas, montanistas, maniqueos y otros. Todas las primeras stas orientales bebieron de la fuente de asombrosas espulaciones, tan queridas a la mente oriental, pero, carentes del apoyo del poder temporal, desaparieron bajo los anatemas de los guardianes del depositum fidei.
El arrianismo fue la primera herejía que logró hacer pie en la Iglesia y amenazó seriamente su misma existencia y naturaleza. Arrio hizo su aparición en escena cuando los teólogos estaban esforzándose por armonizar las aparentemente contradictorias doctrinas de la unidad de Dios y de la divinidad de Cristo. En vez de ayudar a desanudar el problema, Arrio sencillamente lo cortó afirmando sin ambages que Cristo no es Dios como el Padre, sino una creatura creada en el tiempo. La simplicidad de la solución, el entusiasmo ostentoso de Arrio al defender al "único Dios", su modo de vida, sus conocimientos y habilidad dialéctica le ganaron muchos adeptos. "En particular, fue apoyado por el famoso Eusebio de Nicomedia, quien tenía mucha influencia ante el Emperador Constantino. Tenía muchos amigos entre los demás obispos de Asia e incluso entre los obispos, presbíteros y monjas de la provincia de Alejandría. Se supo ganar el favor de Constancia, la hermana del emperador, y diseminó su doctrina entre el pueblo a través de su conocido libro, al que él intituló "Thaleia", o entretenimiento, y a través de cantos apropiados para los marinos, molineros y viajeros" (Addis y Arnold, "A Catholic Dictionary", 7ª. ed., 1905, 54.). El Concilio de Nicea anatematizó al hereje, pero sus anatemas, al igual que los esfuerzos de los obispos católicos, se vieron anulados por la interferencia del poder civil. Constantino y su hermana protegieron a Arrio y a sus seguidores; el sucesor en el trono, Constancio, aseguró el triunfo de la herejía. La persución acabó por silenciar a los católicos ortodoxos. Pero inmediatamente se inició un conflicto interno entre las filas de los arrianos, pues la herejía, a la que le falta el elemento cohesivo de la autoridad, únicamente puede sostenerse por la coerción. Rápidamente surgieron stas arrianas: eunomianos, anomeanos, exucontianos, semi-arrianos, acaianos. El Emperador Valente (364-378) brindó todo su apoyo a los arrianos y sólo se logró la paz interna de la Iglesia cuando el Emperador Teodosio, un ortodoxo, revirtió la política de su antesor y se alió a Roma. Dentro de las fronteras del Imperio Romano prevalió la fe de Nicea, reforzada ahora por el Concilio de Constantinopla (381). Pero el arrianismo logró mantener reductos durante doscientos años en aquellos sitios donde gobernaron los godos arrianos: Tracia, Italia, África, España, Galia. La conversión del Rey Raredo de España, quien asumió el trono en 586, significó el fin del arrianismo en sus dominios, y el triunfo de los francos católicos selló el fin del arrianismo en el resto del mundo.
El pelagianismo, que no contaba con apoyo sular, fácilmente fue erradicado de la Iglesia. El eutiquianismo, el nestorianismo y otras herejías cristológicas que se sucedieron una a otra, como eslabones de una cadena, solamente florieron mientras los poderes temporales de Bizancio y Persia les dieron apoyo. En cuanto se les abandonó a su suerte, fueron sobrogidos por la división, el estancamiento y el dlive.
Pasando sobre el gran cisma que se desplazó del Occidente al Oriente, y sobre la multitud de pequeñas herejías que aparieron durante la Edad Media sin dejar apenas una huella en la Iglesia, llegamos a las stas modernas que hacen su aparición a partir de Lutero y que coltivamente se conocen como protestantismo. Los tres elementos de éxito que poseía el arrianismo vuelven a intervenir en el luteranismo y ocasionan que ambos fenómenos religiosos sigan prácticamente líneas paralelas. Lutero fue, en forma eminente, un hombre de su pueblo: bajo su hábito religioso y su toga doctoral convivían las cualidades rudas pero límpidas del campesino sajón. Su voz chillante, su piedad, su preparación académica lo levantaban sobre sus coterráneos, pero no lo alejaban de ellos. Su convivialidad, la crudeza de su lenguaje al conversar y predicar, y sus muchas debilidades humanas, ayudaron a labrarle una gran popularidad. Cuando el dominico John Tetzel comenzó a predicar las indulgencias proclamadas por León X a favor de quienes ayudaran a terminar la basílica de San Pedro en Roma, hubo gran oposición de parte de la gente y de las autoridades eclesiásticas y civiles. Lutero prendió la mha y la hó al combustible del descontento popular. En poco tiempo adquirió un buen número de seguidores muy fuertes tanto en la Iglesia como en el Estado. El Obispo de Würzburg lo puso bajo la protción del Eltor Federico de Sajonia. Lo más probable es que Lutero haya lanzado su campaña con la muy laudable intención de reformar algunos abusos patentes. Pero su inesperado éxito, su temperamento impetuoso y la ambición pronto lo llevaron más allá de los límites fijados por la Iglesia. En 1521, cuatro años después de su ataque contra el abuso de las indulgencias, ya había propagado una nueva doctrina: la Biblia es la única fuente de la fe; la naturaleza humana fue totalmente corrompida por el pado original; el hombre no es libre; el único responsable de toda acción humana, buena o mala, es Dios; sólo la fe salva; el sacerdocio cristiano no es exclusivo de la jerarquía sino que incluye a todos los fieles. Las masas populares rápidamente concluyeron, a partir de esas doctrinas, que el pado ya no era pado y que, más bien, era equiparable a una buena acción. Su capacidad para apelar a los más bajos instintos de la naturaleza humana también excitó el nacionalismo y la ambición. Buscó enfrentar al Papa con el emperador germano y a teutones contra latinos. Hizo un llamado a los príncipes sulares para que confiscaran todas las propiedades de la Iglesia. Y su voz encontró fuerte o. La historia de los siguientes 130 años del pueblo germano es una sucesión de guerras religiosas, de degradación moral, retroceso artístico y catástrofe industrial; de guerras civiles, pillería, devastación y ruina general. La paz de 1648 establió el principio: "Cuius regio illius et religio" (A tal rey, tal religión). Consuentemente, las fronteras territoriales se convirtieron en límites religiosos, en los que los pobladores debían practicar la religión del gobernante de esa región. Vale la pena hacer notar que la frontera fijada por los políticos en 1648 continúa siendo la demarcación entre católicos y protestantes alemanes en la era moderna. La reforma inglesa, más que cualquier otra, fue obra de hábiles políticos. La tierra había sido ya preparada por los Lollard o los Wycliff, los cuales eran bastante numerosos en todas las aldeas aún durante el siglo XVI. No hubo un Lutero británico, pero el trabajo sucio fue realizado por reyes y parlamentarios, a base de leyes penales de incomparable severidad.
(C) Persistencia de la herejía
Hemos visto cómo nace y se expande la herejía. Debemos ahora responder a la pregunta de cómo persiste, o cómo es que tanta gente permane en la herejía. Una vez que la herejía se apodera del terreno, aprieta la soga utilizando una miríada de formas de influencia sutil, y a ves inconsciente, en la vida de cada persona. Nace un niño en un ambiente herético. Antes de poder incluso pensar por si mismo, ya su mente ha sido llenada y moldeada en casa y la escuela, y en la iglesia, cuya autoridad jamás se pone en duda. Cuando, en la edad madura, las dudas surgen, jamás se tiene oportunidad de referirse a la verdad católica en forma objetiva. Los prejuicios, las desviaciones educacionales, las deformaciones históricas estorban el camino y a ves hasta lo imposibilitan. De ese proceso resulta el estado de conciencia que se conoce técnicamente como bona fides, o buena fe. Incluye una creencia errónea no culpable y errores morales inevitables y justificables, y hasta laudables en ocasiones. En ausencia de buena fe, los asuntos del mundo fruentemente se convierten en obstáculo para pasar de la herejía a la verdad. Si un gobierno, por ejemplo, favore a los seguidores de la religión de Estado, la burocracia se convierte en un ejército de misioneros más poderoso que los ministros ordenados. Prusia, Francia y Rusia fueron ejemplo de ello.
VI. CRISTO, LOS APÓSTOLES Y LOS PADRES HABLAN DE LA HEREJÍA.
La herejía, considerada como rompimiento con la fe, únicamente es posible cuando la fe ha sido promulgada por Cristo. Mateo 24, 11, 23-26 ya lo había vaticinado: "Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos... Entonces si alguno os dice: ’Mirad, el Cristo está aquí o allá’, no le creáis. Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes signos y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos. ¡Mirad que os lo he predicho!. Así que si os dicen: ’Está en el desierto’, no salgáis. ’Está en los aposentos’, no le creáis". Cristo también definió las características de los falsos profetas: "El que no está conmigo está contra Mí" (Lc 11, 23); "Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad, y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como gentil y publicano" (Mt 18, 17); "El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará" (Mc 16, 16). Los Apóstoles siguieron las indicaciones del Maestro. Todo el peso de su fe y misión divinas cae sobre los innovadores. "Si alguno- dice san Pablo- os anuncia un Evangelio distinto del que habéis ribido, ¡sea anatema!" (Gal 1, 9). San Juan opina que un hereje es un seductor, un anticristo, un hombre que causa división en Cristo (I Jn 4, 3; II Jn 7). "No lo ribáis en casa ni lo saludéis" (II Jn 10). Fiel a su oficio y a su naturaleza impetuosa, san Pedro ataca a los herejes con una espada de doble filo: "... falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre si una rápida destrucción... Estos son fuentes y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas" (II Pe 1, 1, 17). A lo largo de toda su epístola, san Judas sigue una línea semejante. San Pablo advierte a los perturbadores de la unidad en Corintio diciéndoles: "Las armas de nuestro combate... son capaces de arrasar fortalezas, deshacer sofismas y cualquier baluarte edificado contra el conocimiento de Dios... Y estamos dispuestos a castigar toda desobediencia" (II Cor 10, 4- 6).
Pablo exhorta a todo obispo a llevar a cabo lo que él hizo en Corintio. Así, a Timoteo le dice: "Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia rta. Algunos, por haberla rhazado, naufragaron en la fe; entre ellos están Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendiesen a no blasfemar" (I Tim 1, 18-20). Encare a los ancianos de la Iglesia de Éfeso a tener "cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios... Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán el rebaño... Por tanto, vigilad" (Hhos 20, 28-29. 31). A los filipenses (3, 2) les escribe: "Tengan cuidado con los perros", significando con esta última palabra lo mismo que "lobos crueles". Los Padres no muestran ninguna misericordia respto a quienes pervierten la fe. Un escritor protestante (Schaff-Herzog, s. v. Heresy) describe así la enseñanza de los Padres: "Policarpo consideraba a Marción como el hijo mayor del Diablo. Ignacio ve en los herejes a plantas ponzoñosas, o animales con forma humana. Tanto Justino como Tertuliano condenan sus errores considerándolos inspiraciones del Malo. Teófilo los compara a islas desiertas y rocosas contra las que naufragan las naves. Orígenes dice que los piratas colocan luces en puntos altos de los riscos para atraer y destruir las naves que buscan refugio y lo mismo hace el príncipe de este mundo, colocando en alto las luces del conocimiento falso para destruir a los hombres. Jerónimo (Ep. 123) llama "sinagogas de Satán" a las asambleas de herejes, y afirma que se debe evitar reunirse con ellos, así como se evita una serpiente o una alacrán (Ep. 130)". Estas persptivas primitivas acerca de la herejía han sido fielmente transmitidas por la Iglesia en épocas posteriores, y se ha actuado en concordancia. No ha habido rompimiento en la Tradición desde san Pedro a san Pío X (o al Papa actual).
VII. JUSTIFICACIÓN DE SUS ENSEÑANZAS.
La primera ley de la vida, en el reino vegetal o animal, entre las personas individuales o reunidas en sociedad, es la preservación de si mismo. El descuido de esta ley conduce a la ruina y a la destrucción. En la vida de una sociedad religiosa, el tejido que une a sus miembros en un solo cuerpo y que los anima con una sola alma, es el símbolo de la fe, el credo o confesión a la que se adhieren como conditio sine qua non para su membresía. Deformar el credo es deformar la Iglesia. La integridad de la regla de fe es más esencial a la cohesión de un grupo religioso que la observancia estricta de sus preptos morales. La fe tiene entre sus funciones primarias el otorgar los medios para corregir las deficiencias morales; la falta de fe, al cortar la raíz de la vida espiritual, es causa de la muerte del alma. En la larga lista de herejes solamente se encuentra el nombre de uno que se arrepintió: Berengario. El celo con el que la Iglesia guarda y defiende su depósito de la fe es idéntico al instinto de conservación y al deseo de sobrevivencia. Tal instinto no es ni siquiera puliar de la Iglesia Católica; como es natural, es universal. Todas las stas, denominaciones, confesiones, escuelas de pensamiento, y las asociaciones de cualquier tipo tienen un conjunto más o menos grande de postulados cuya aceptación es la condición de la que depende su membresía. En la Iglesia Católica esta ley natural ha sido promulgada divinamente, según constatamos en las enseñanzas de Cristo y los Apóstoles. Es una contradicción pedir la libertad de pensamiento en una iglesia, y querer hacerla extensible a todas sus creencias básicas. Al aceptar su membresía, los miembros aceptan las creencias esenciales y renuncian a su libertad de pensamiento en lo tocante a dichas creencias.
Pero ¿cuál autoridad es la que debe didir qué es y qué no es esencial?. No puede ser, ni duda cabe, ninguna autoridad individual. Al ingresar a una sociedad, del tipo que sea, el individuo cede parte de su individualidad para hacerse parte de la comunidad. Y esa parte es prisamente la capacidad de hacer juicios individuales en lo tocante a lo esencial. Si reasumiera esa libertad dentro del grupo, ipso facto se separaría de su iglesia. Se puede afirmar, entonces, que el poder de disión rae en la autoridad constituida, la cual en la Iglesia es la jerarquía en cuanto ésta actúa como maestra y guardiana de la fe. No se puede alegar, empero, que este principio limita indebidamente el papel de la razón humana. Es un hecho que sí limita dicho papel, pero no indebidamente, puesto que es consuencia de la ley natural y divina. El que esa limitación no sea indebida queda evidenciado por otro elemento: (1) el depósito de la fe es, por si mismo, objeto de los más nobles esfuerzos inteltuales, elevando la razón humana sobre su esfera natural, ampliando y profundizando sus persptivas, ejercitando sus mejores facultades; (2) a la par del depósito, pero contada lógicamente con él, existe una multitud de puntos dudosos cuya discusión es libre dentro de los límites de la caridad- "in nesariis, unitas; in dubiis, libertas; in omnibus, caritas". La substitución del Magisterio de la Iglesia por el juicio individual se ha convertido en el solvente que ha hecho desaparer a cuanta sta lo ha adoptado. Las stas que han mostrado cierta consistencia son aquellas que, si bien han adoptado el juicio individual en principio, en la realidad lo han considerado siempre como letra muerta y la enseñanza se realiza según ciertos credos y a través de catismos elaborados por clérigos capacitados.
VIII. LEGISLACIÓN LESIÁSTICA SOBRE LA HEREJÍA.
Siendo la here
Hermanas Cistercienses
El primer monasterio cisterciense para mujeres fue establido en Tart, en la diócesis de Langres (ahora Dijón), en el año de 1125, por hermanas del monasterio benedictino de Juilly, y con la cooperación de San Stephen Harding, abad de Cîteaux. En Juilly, una dependencia de Molesme, vivió y murió Sta. Humbleine, hermana de San Bernardo.
Las Hermanas Cistercienses de Tart fundaron sucesivamente Ferraque (1140) en la diócesis de Noyon, Blandques (1153) en la diócesis de St-Omer y Montreuilles-Dames (1164) cerca de Laon. En España el primer monasterio cisterciense de mujeres fue el de Tulebras (1134) en el reino de Navarra. Luego vino Las Huelgas en Valladolid (1140), Espirito Santo en Olmedo (1142), Villabona o San Miguel de Dueñas (1155), Perales (1160), Gradefes (1168), etc. Pero el más famoso fue Santa María la Real, o Las Huelgas de Burgos, fundado en 1187 por Alfonso VIII de Castilla. La observancia fue establida allí por monjas cistercienses que vinieron de Tulebras, bajo la guía de Misol, quién llegó a ser su primera abadesa. La segunda abadesa fue Constanza, hija del fundador, quién creía que ella tenía el poder de predicar en su iglesia y oír las confesiones de sus religiosas. En 1190, las diiocho abadesas de Francia celebraron su primer capítulo general en Tart. Las abadesas de Francia y España hacían por sí mismas las visitas regulares a sus casas de filiación. El Concilio de Trento (1545-63), mediante sus dretos relativos al claustro de religiosos puso fin al capítulo y a las visitas. En Ita-lia, en 1171, se fundaron los monasterios de Santa Lucía en Siracusa, San Michele en Ivrea y el de Conversano, el único en la península donde las abadesas portan un báculo. Un siglo más tarde las Hermanas Cistercienses estaban en Suiza, Alemania y Flandes.
La dadencia que se manifestó en la Orden Cisterciense hacia mediados del siglo XIV se sintió también en los conventos de monjas. Pero entre ellos se hicieron enérgicos esfuerzos por reestabler la primitiva observancia o introducir una nueva. Fue en este tiempo que la Orden de la Concepción fue fundada en Toledo, España, por Beatriz de Silva. Pero sus religiosas no fueron lentas en abandonar la regla cisterciense por la de las Clarizas. En Francia, Jeanne de Courcelles de Pourlan, habiendo sido elta abadesa de Tart en 1617, reestablió la disciplina regular en su comunidad, la cual fue transferida a Dijón en 1625. Debido a la hostilidad del Abad de Cîteaux a la reforma, el monasterio de ella fue retirado de la jurisdicción de la Orden de Cîteaux por la Santa Sede. Otra reforma fue realizada en Port-Royal des Champs, en 1602, por Angélique Arnauld (ver Arnauld, bajo Jacqueline-Marie-Angélique), quién previendo el siempre criente número de sus religiosas, fundó Port-Royal de París, en la villa de Saint-Jacques (1622). La reina María de Medicis se dlaró prottora de la institución y el Papa Urbano VIII la exentó de la jurisdicción del abad de Cîteaux y la puso bajo la de París. Las religiosas de Port-Royal de Paris y de Port-Royal des Champs terminaron consagrándose a la adoración del Bendito Sacramento. Pero la cercanía del Abad de Saint-Cyran resultó peligrosa para ellas y vieron la supresión y destrucción de Port-Royal des Champs por orden del rey (1710), mientras que ellas mismas fueron dispersadas. La pro-piedad y títulos abacales fueron anexados a Port-Royal de París, que subsistió hasta el tiempo de la Revolución Francesa, y fue transformado primero en prisión y luego en hospital de maternidad.
Después de la Revolución Francesa tuvo lugar otra reforma. Don Agustín de Lestrange reunió a las dispersas Hermanas Cistercienses de Francia, con miembros de otras órdenes que también habían sido disueltas, y ronstruyó la Hermandad Femenina Cisterciense. En 1795 les dio un monasterio que él bautizó como La Sainte-Volonté de Dieu (La Sta. Voluntad de Dios), situada en el Bas-Valais, en Suiza. Las Trapistinas, como fueron llamadas las nuevas religiosas, fueron obliga-das a salir de Suiza en 1798. Valerosamente siguieron las huellas de los monjes trapenses en sus viajes a través de Europa, volvieron a Suiza en 1803 y permanieron allí hasta 1816, cuando por fin pudieron regresar a Francia y fijar su residencia en Forges, cerca de La Trappe. Dos años después ocuparon un viejo monasterio de los Agustinos en Les Gardes, diócesis de Angers. Las Trapistinas se difundieron rápidamente por toda Francia y otros países de Europa. Tienen nuevos monasterios en casi todas partes del mundo y desde la reunión de las tres congregaciones de La Trappe, en 1892, han sido llamadas oficialmente: Cistercienses Reformadas de la Estricta Observancia.
En 1908 el status era como sigue: Monjas Cistercienses Reformadas, ocupaban 21 monasterios con 2000 religiosas. Los monasterios se distribuían como sigue: Francia (9), Países Bajos (3), Canadá (2), y uno en cada uno de los siguientes países: Italia, España, Bélgica, Alemania, Inglaterra, Suiza y Japón. A estos monasterios deben agregarse las 20 casas que tenían las monjas cistercienses No-Reformadas en España, afiliadas a la orden de Cistercienses Reformadas en lo que concierne a cuestiones espirituales, pero en lo demás sujetas a la jurisdicción de los obispos. Las No-Reformadas, o de la Observancia Común, poseían: en la Congregación de Austria, 3 monasterios con 124 miembros, en la Congregación de Suiza, 12 monasterios y 574 miembros y la Observancia de Sénanque, 2 monasterios con 30 miembros (Ver también Bernardinas).
Monjas Cistercienses en América
Una novicia cisterciense que vino de Europa al mismo tiempo que los Trapenses y que se unió a 17 mujeres americanas, trató de establer una comunidad. Las circunstancias lo impidieron. El padre Vincent de Paul Merle, en Tracadie, habiendo solicitado a la Congregación de Notre-Dame de Montreal tres hermanas que le ayudaran en su misión en Nueva Escocia, las establió allí y después del período de prueba las admitió a la profesión de votos simples de la Orden Tercera de La Trapa. Pero en realidad la comunidad nunca formó parte de la Orden de Cîteaux y nunca uti- lizaron el hábito cisterciense. El monasterio de Nuestra Señora del Buen Consejo en St .Romuald, cerca de Queb, la primera comunidad genuina de monjas cistercienses en América, fue establida en 1902 por la Madre Lutgarde, priora de Bonneval, Francia. El 21 de Noviembre de 1902, ella trajo una pequeña colonia de mujeres religiosas. El 29 de julio del año siguiente, Msg. Marois, como delegado del arzobispo de Queb, bendijo el nuevo monasterio. Aunque este tipo de vida era enteramente nuevo para las jóvenes de Canadá, las vocaciones no escasearon. Los medios de subsistencia para esta casa han sido las labores agrícolas y la fabricación de chocolate. La comunidad está bajo la dirción del arzobispo de Queb. Otro monasterio en Rogersville, New Brunswick, donde ya había algunos monjes cistercienses, fue establido por las hermanas del monasterio de Vaise, en Lyons, que fueron expulsadas por el gobierno francés.
Situación Actual (2001)
Las monjas cistercienses de la Estricta Observancia mantienen 67 monasterios, distribuidos en 30 países, con casi 1,770 miembros. Aunque la dispersión geográfica ha aumentado considerable-mente, continúa existiendo una concentración numérica muy acentuada, ya que 5 países explican el 60% de los conventos y el 63% de las monjas (País: Nº conventos / Nº monjas): Francia: 14 / 468; Japón: 5 / 206; España: 9 / 194; Bélgica: 7 / 154; y Estados Unidos: 5 / 100.
En el caso de las monjas cistercienses que no pertenen a la Estricta Observancia, aparte de la Observancia Común existe una multitud de Congregaciones, (de Castilla, de Aragón, de Mehrerau [Austria], de Sénanque [Francia], de Zirc [Hungría], del Purísimo Corazón [Alemania y Rep. Cha], de Brasil, Bernardinas de Esquermes, de Anagni y otras varias federaciones, predominantemente en España e Italia). Particularmente las Bernardinas de Esquermes (Francia) han establido monasterios en la Rep. Democrática del Congo (Zaire), en Japón y en Gran Bretaña. No se dispone de estadísticas comparables a las de la Estricta Observancia en cuanto al número de monjas, pero en cuanto a la distribución geográfica de los conventos, tienen presencia en 17 países con un total de 116 conventos; sin embargo, se registra una concentración de ellos en unos pocos países en un grado aún mayor que el que se registra en la Estricta Observancia, así 5 países mantienen el 76% de dichos conventos: España (49), Italia (18), Alemania (8), Suiza (7) y Fran-cia (6).
Esta predominancia de conventos españoles se explica porque luego de la Revolución Francesa y las olas sularizadoras durante el siglo XIX, las medidas contra los conventos femeninos fueron menos severas que contra los de monjes y en España, la legislación anticlerical de 1830 estable-ció la supresión únicamente de conventos de monjas con menos de 20 hermanas y, a menudo, esas leyes no se cumplieron. Las comunidades pertenientes a la Observancia Común se dedican principalmente a la educación de niñas, en tanto que las de la Estricta Observancia son más de tipo contemplativo.
Biliografía hasta 1908
Hélyot, Dictionnarire des ordres religieux; Gaillardin, Histoire de La Trappe; L’Abbaye de N.D. du Lac et l’ordre de Cîteaux au Canada et dans les Etats-Unis.
Bibliografía de actualización. Sitios :
Dirtory of OCSO Monasteries - Female Branch (www.rc.net/ocso/drcty_f.htm).
Order of Cistercians of the Strict Observance (Trappist). Statistics for Monasterys of Nuns - 2000
(www.rc.net/ocso/stats99n.htm).
Development of the Cistercian Orden in the USA (www.cistercian-usa.org/usdev.htm). Excelente página con víncu-los a todas las abadías de los Estados Unidos y con una redacción muy breve da información sobre ubica-ción (incluye mapa), año de fundación, cuál abadía promovió su fundación, etc. además que en cada una se incluye su página propia detallando sus actividades.
Bernardine Cistercian Order (www.bernardinistercians.org).
Louis J.Lekai, The White Monks, cap. 18 (versión Online en: www.monksonline.org). Esta publicación está en el si-to de la Abadía Cisterciense Our Lady of Spring Bank (de la Común Observancia), en Sparta, WI, USA.
F.M. GILDAS
Transcrito por Larry Trippett
En ruerdo de Fr.Columban, parroquia de Ntra.Sra. de Guadalupe, Oregon,
cuya amabilidad y sabiduría permanen conmigo.
Traducido y actualizado por Eduardo Torres
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