Guerra de los Treinta Años, La
La Guerra de los Treinta Años (1618-48), aunque una guerra prominentemente alemana, fue también de gran importancia para la historia de toda Europa, no sólo porque casi todos los países de Europa occidental tomaron parte en ella, sino además a causa de los resultados finales y de su conexión con las otras grandes guerras europeas de la misma época.
I. LAS CAUSAS DE LA GUERRA
La causa fundamental fue la dadencia interna del imperio alemán desde 1555, como lo evidenciaban el debilitamiento del poder imperial, la inmensa escasez de manifestaciones de patriotismo por parte de los estados del imperio, y la parálisis de la autoridad imperial y sus agencias entre los Estados protestantes del suroeste de Alemania, los cuales permanían en un estado de descontento desde 1555. Como resultado, Alemania entera se encontraba en un interminable malestar. La ruina del imperio animó a las otras naciones de Europa del Oeste a invadir su territorio. España y Holanda hicieron uso de la tregua de doce años para afianzarse en el distrito vino del Bajo Rin e incrementar su base estratégica. Por casi cien años Francia había firmado tratados con muchos de los estados hostiles al emperador. Enrique IV de Francia fue asesinado en 1610 cuando estaba a punto de entrometerse en la guerra por la sucesión de Jülich-Cleve. Jaime I de Inglaterra era el suegro del jefe del partido protestante de Alemania, el Eltor del Palatinado Federico V, y se inclinaba por tomar parte en una disputa continental. Dinamarca buscaba con vehemencia el poder de "administración" sobre las diócesis del norte de Alemania que se habían vuelto protestantes y tener control de la boca del Elba. Gustavo Adolfo (1611-32), de Suia, también mostraba un fuerte deseo de interferir en los asuntos alemanes. Cuando estalló la Guerra de los Treinta Años, todos estos países, en realidad, estaban impedidos de tomar parte en ella por dificultades internas o por conflictos en otras dirciones. Sin embargo, la disposición por hacerlo existía en todas partes.
Otra causa de la guerra fue el hecho de que los países que formaban la provincia austriaca pertenían al imperio. En primer lugar porque el imperio, debido a las posición geográfica de estos países, se veía involucrado en los asuntos contemporáneos de Europa Oriental. La reacción general de la aristocracia que manifestó en Europa a finales de los siglos 15 y 16, gradualmente se hizo tan poderosa en los países del este y del norte que a principios del siglo 17 estalló entre sus representantes y el poder soberano una pelea de vida o muete en los distritos más activos de estas secciones. Estas causas dieron el primer impulso a la Guerra de los Treinta Años (ver la sción II, abajo). Adicionalmente, la dinastía que gobernaba los países que formaban Austria era una rama de la familia Habsburgo, cuya línea más distinguida por ese tiempo gobernaba España. Desde el reinado de Felipe II (1556-98) los Habsburgo españoles eran los campeones del catolicismo en Europa Occidental y los principales rivales de Francia en la pelea por la supremacía en Europa. Desde cerca de 1612, espialmente durante la administración de Felipe IV (1621-65) y su distinguido ministro Olivares, desplegaron una energía incrementada y trataron de inducir a los Habsburgo alemanes para que apoyaran sus planes. El imperio estaba aún más aftado por esta política española porque la cabeza de los Habsburgo alemanes era el Emperador de Alemania.
Una importante causa adicional fue el starismo religioso, el cual, después de disminuirse por un corto periodo, crió con mayor intensidad a comienzos del siglo 17. Solamente los teólogos católicos y unos pocos príncipes tomaron parte en el movimiento católico (cerca de 1592) que siguió al Concilio de Trento; el segundo movimiento, por el contrario, reunió las masas del clero y los laicos y fue marcado por un ardiente espíritu de fe y una demanda apasionada por la difusión del catolicismo. Aunque entre los protestantes el entusiasmo idealista tal vez no fue tan grande, el sentimiento de sus partidarios era igualmente violento y su combatividad no menos ardiente. Después de comenzar la guerra pronto se hizo manifiesto que las razones sociales y onómicas hacían de Alemania un suelo favorable para su crimiento. La vida onómica, que por largo tiempo había prosperado mucho, desde la segunda mitad del siglo 16 se quedó estancada. Consuentemente, existía un gran número que estaba satisfho de tener la oportunidad de mantenerse como soldados pagados y de enriquerse con el pillaje. Los nobles, a su vez, y quienes eran numerosos en proporción al resto de la población, tomaron ventaja de la oportunidad para darse gusto en sus feudos y con sus robos. Ya que sólo un pequeño número de ellos se sentía atraído por guerras extranjeras, estaban listos por lo tanto para desórdenes internos. Pronto aparieron hábiles líderes que reunieron tanto a los nobles como a los burgueses bajos sus banderas y los retuvieron a su servicio dándoles rienda suelta a sus malvados instintos. Por otra parte, el pueblo de Alemania, que desde hacía tiempo se había desacostumbrado a la guerra y no estaba entrenado para soportar cargas públicas, se irritó bajo las dificultades ahora impuestas sobre él. Este descontento, combinado con el escaso equipamiento de las tropas, ayudó a prolongar la guerra.
II. LA REBELIÓN DE BOHEMIA
A comienzos del siglo 17, las regiones gobernadas por los Habsburgo de Alemania incluían Austria Alta y Baja, Bohemia junto con Moravia y Silesia, la parte más pequeña de Hungría que no había sido conquistada por los turcos, Estiria, Corintia, Carniola, el Tirol, y las provincias fronterizas de Alemania. Este territorio, sin embargo, se dividió entre tres ramas de la familia, la línea principal, los Estirios, y los del Tirol-Vorarlberg. Aunque la línea principal de los Habsburgo poseía por mucho la parte más grande de estos territorios, sus posesiones no formaban un todo compacto, sino que solamente eran un número de países vagamente contados, cada uno con su propios estados provinciales, los cuales estaban compuestos mayormente por nobles que mantenían una constante oposición a la dinastía, así como también un gran deseo de libertad religiosa, o sea, el derecho de volverse protestantes e introducir el protestantismo en sus dominios. La lucha de la nobleza contra la dinastía alcanzó su punto más alto durante la última década del reino de Rodolfo II (1576-1612). Todavía en esa época la nobleza mantenía relaciones con el Partido Protestante activo en el imperio. En 1604 los nobles húngaros se rebelaron con la ayuda del gobernador de Transilvania, y en 1607 se rebelaron de nuevo y se aliaron con los turcos. El 25 de junio de 1608, Rodolfo fue obligado a transferir el gobierno de Hungría, Austria y Moravia a Matías, su hermano más sumiso; sin embargo, no renunció a sus derechos como Rey de Bohemia, y en 1609 pudo pacificar un levantamiento de la nobleza bohemia al conceder la Carta Imperial (Majestätsbrief), la cual daba libertad religiosa no sólo a los nobles y a sus dependientes en Bohemia, sino también a aquellos que vivían en las tierras de la corona. Esta concesión ayudó a fortaler mucho el poder de los nobles.
Después de la muerte de Rodolfo, el Cardenal Klesl, como consejero de Matías (1612-19), buscó evitar a toda costa cualquier nueva crisis, así como la manera de ganar tiempo para reorganizar los rursos de la dinastía reinante. Matías, como Rodolfo, no tenía hijos y la familia real escogió como sucesor a Fernando, el jefe de la rama estiriana de los Habsburgo, quien había restaurado el catolicismo en Estiria. En 1617 la dinastía persuadió a los bohemios para aceptar a Fernando como su futuro rey, y en 1618 triunfaron sobre los húngaros al elegirlo. Antes de esto (en mayo de 1618) los nobles bohemios se habían rebelado otra vez, bajo el liderazgo del conde von Thurn, a causa de una presunta violación a la carta concedida por Rodolfo. La dinastía aún no estaba lista para la guerra. Cuando Matías murió (en marzo de 1619) los húngaros y los habitantes de Moravia se unieron a la revuelta, y en junio Thurn avazó con un ejército sobre Viena para persuadir a los austriacos de que se le unieran. Sin embargo, la actitud determinada de Fernando evitó la insurrción y Thurn se retiró. Fernando pudo ir ahora a Frankfort, donde su elección como emperador (el 28 de agosto) aseguró la dignidad imperial de su familia. Dos días antes de esto, los bohemios habían elegido al líder de los protestantes, Federico del Palatinado, como rival Rey de Bohemia.
Los habitantes de Austria Baja se unieron ahora a la revuelta. Bethlen Gabor, Príncipe de Transilvania, hizo una alianza con sus líderes y en unión con ellos amenazaron una vez más a Viena a finales de 1619. Sin embargo, desde entonces la disciplina del ejército bohemio dlinaba constantemente y los líderes se mostraban en desacuerdo. La ayuda esperada del partido protestante nunca fue ribida, excepto porque un puñado de los nobles menos importantes del imperio se unieron a las fuerzas insurgentes. Por otro lado, en octubre de 1619, Fernando obtuvo la ayuda de Maximiliano de Baviera, quien tenía el ejército más grande en el imperio, y del Eltor protestante de Sajonia. España y Portugal también enviaron tropas. Maximiliano aterrorizó de tal manera al partido protestante, el cual había formado la Unión desde 1608, que fue completamente desmantelado. Entonces se internó en Bohemia apoyado por las tropas Austriacas y derrotó disivamente a los bohemios en la batalla de la Montaña Blanca, cerca de Praga. El Eltor Federico, llamado el "Rey Invierno" a causa de la breve duración de su reinado, huyó. Fernando tomó posesión de sus provincias y restauró el orden. La guerra con Transilvania, sin embargo, se prolongó con interrupciones hasta 1626.
III. LA GUERRA EN EL PALATINADO Y LA GUERRA CON DINAMARCA
El emperador puso a Federico, el Eltor palatino, bajo la prohibición del imperio el 22 de enero de 1621; aquel se rehusó a suplicar el perdón. La ronciliación se hizo más difícil por la demanda de Maximiliano de Baviera de la parte de las tierras del Palatinado llamadas el Palatinado Superior, como rompensa por los gastos de la guerra; también deseaba, de acuerdo con los rlamos tradicionales de la familia gobernante de Baviera, la dignidad eltoral perteniente al Palatinado; el emperador se lo concedió vacilante y bajo ciertas condiciones (21-25 de febrero de 1623). Maximiliano obtuvo las tierras deseadas al llevar la guerra al territorio Palatinado. Las tropas españolas se habían establido en estos distritos a comienzos de 1620, y apuntaban a retener la posesión del Palatinado con el propósito de establer comunicación entre las posesiones italianas de España y sus territorios en Burgundy y Los Países Bajos. Al llevar a cabo este propósito los españoles se apoderaron en el mismo año (1620) de la Valtellina y el territorio de la Liga Raetiana. Antes de esto, en 1617, cuando Fernando se convirtió en el jefe de la dinastía Habsburgo de Alemania, España había expresado sus deseos por la devolución de los territorios austriacos en Alsacia.
Ninguno de los vencedores deseaba continuar la guerra. El emperador estaba completamente ocupado con la restauración de su poder en las posesiones heredadas y con la guerra contra Transilvania. Los españoles sólo tenían una pequeña fuerza militar, como se mostraba por la manera desanimada con la que retomaron la guerra con los Países Bajos en 1621. Maximiliano realmente deseaba posesionarse de sus conquistas; pero no confiaba en los españoles, y encontraba muy difícil lidiar con los gastos de la guerra, pues no ribía ayuda exterior de importancia. Por otro lado, el Conde Palatino no ribió ayuda activa ni de los estados protestantes del imperio o de los extranjeros, pero a comienzos de 1622 varios aventurados partidarios suyos - Ernesto de Mansfeld, Cristian de Brunswick (llamado "Cristian el loco") y Margrave Jorge Federico de Baden - reunieron 50 mil mercenarios, un ejército de tamaño inusual para la época. Esta fuerza debía oponerse al ejército de Maximiliano y los españoles, y tan rápido como disminuía su número eran rlutados de nuevo. El comandante en jefe bávaro, Tilly, derrotó a este ejército cuando intentaba evitar que sus tropas y las españolas ocuparan los pueblos fortificados del Eltoral Palatinado (combate indefinido en Wimpfen, el 6 de mayo de 1622; derrota severa de Cristian en Höchst, el 20 de junio de 1622). Después de esto, sin embargo, los Países Bajos, el enemigo de España, permitieron al todavía no conquistado Mansfeld entrar a su territorio; desde aquí, él avanzó en 1623 al interior de Frisia del Este. El plan era que Cristian vendría en su apoyo con un nuevo ejército. Sin embargo, Tilly persiguió a Cristian y lo derrotó completamente el 6 de agosto de 1623, en Stadtlohn, Westafalia, pero no pudo en ese momento atacar a Mansfeld. Bajo estas circunstancias, Tilly fue obligado a permaner en el noroeste de Alemania; los estados de estos territorios no habían tomado parte en la guerra, y pronto el acuartelamiento de los soldados y las contribuciones forzadas levantaron un descontento violento entre ellos.
Un movimiento stario se hizo sentir gradualmente. En 1623 fue elegido por primera vez un católico como Obispo de la Diócesis de Osnabrück. Por esto, los estados de la Baja Sajonia demandaron la garantía del emperador para la seguridad en sus tierras que antiguamente habían pertenido a la Iglesia. El emperador, sin embargo, sólo tenía la voluntad de prometer seguridad contra la fuerza, no contra el juicio de expropiación. En 1624 Maximiliano comenzó a hacer de nuevo católico el Alto Palatinado. En Suabia, los estados católicos buscaban ruperar las muchas edificaciones católicas que habían sido adquiridas por los protestantes. Un gran número de demandas relacionadas con propiedad lesiástica estaban aún en litigio ante las cortes del imperio. Se desarrolló por un lado el deseo, y por el otro el temor, de que todos los cambios hhos por los protestantes en todo el imperio contrarios a la Paz Religiosa de Augsburgo fuesen abolidos. Los países extranjeros comenzaron a prestar una atención criente a la guerra. Francia buscó espialmente separar a Maximiliano del emperador; Holanda concedió subsidios; en 1624 una embajada francesa intrigó contra la dinastía Habsburgo en las Cortes de Alemania y el norte; Inglaterra y Holanda negociaron con el rey Cristian IV de Dinamarca y con Gustavo Adolfo para inducir a estos gobernantes a tomar parte en la guerra. Cristian, quien pertenía a los estados del imperio como Conde de Holstein, fue elegido comandante de sus fuerzas por los estados oprimidos y levantados del círculo bajo de Sajonia, y el 9 de diciembre de 1625, llegó a un acuerdo con Inglaterra y Holanda y marchó hacia el imperio.
De esta manera, los enemigos del emperador y del Duque de Baviera se hicieron tan poderosos que el emperador nunca más pudo dejar las cargas o la dirción de la guerra a un solo príncipe del imperio, aunque este príncipe fuese tan capaz como Maximiliano. La lucha amenazaba ahora con extenderse a toda Europa. Wallenstein, un noble bohemio, y el más hábil de todos los líderes de los mercenarios, ofreció roger y mantener de la misma manera que el enemigo, una fuerza más grande y mejor equipada que la de los protestantes. Fernando aceptó la oferta de Wallenstein y el 7 de abril de 1625 lo nombró general. Por alguna razón desconocida Wallenstein y Tilly no llegaron a un entendimiento. En 1626 Wallenstein tomó una posición en el Elba. Mansfeld planeaba rodearlo y establer comunicación con el Príncipe de Transilvania, pero Wallenstein lo derrotó el 25 de abril en el puente sobre el Elba en Dessau. Sin embargo, Mansfeld pudo marchar a Transilvania donde encontró que Bethlen Gabor había didido hacer la paz. Poco después de su llegada, murió de fiebre. Wallenstein incrementó su ejército a 70 mil hombres y en el verano de 1627 derrotó las tropas de Mansfeld, ahora sin un líder, en Dosel, Silesia, el 9 de julio. Mientras tanto, Tilly había derrotado al rey danés Cristian el 27 de agosto de 1626, en una batalla cruelmente sangrienta en Lutter en el Barenberg. Durante el invierno Cristian equipó un nuevo ejército; no obstante, Tilly lo condujo desde el bajo Weser y el Elba, pero no tomó Stade.
IV. EL EDICTO DE RESTITUCIÓN
El éxito de los ejércitos imperial y bávaro en el norte de Alemania permitió a los católicos rlamar las tierras de la Iglesia. En 1626 el enérgico Francisco Guillermo de Wartenberg, un pariente de Maximiliano, se convirtió en Obispo de Osnabrück, Él buscaba convertirse en obispo también de las diócesis de Minden y Verden, que se habían vuelto protestantes. En 1627 el Archiduque austriaco Leopoldo Guillermo se convirtió en Obispo de Halberstadt; a comienzos de 1628 fue derrotado por un príncipe de Sajonia en su intento por asegurar la Arquidiócesis de Magdeburgo, pero en el verano de 1628 obtuvo el derecho de sucesión a la Arquidiócesis de Bremen. En 1627, al sur de Alemania, Maximiliano se comprometió a hacer el Eltoral Palatinado católico de nuevo. Las demandas católicas eran ahora enviadas al emperador desde todas partes. De acuerdo con el método de administración de los Habsburgo y con la propia manera de pensar del emperador, estas demandas fueron todas entregadas en 1628 al Concilio Áulico para investigación judicial. Después, en marzo de 1929, Fernando promulgó el Edicto de Restitución. En su primera parte el edicto establía el significado de las ordenanzas disputadas de la Paz Religiosa; ordenaba que todas las demandas legales surgidas de la Paz Religiosa que estuvieran pendientes ante las cortes imperiales fuesen resueltas sumariamente de acuerdo con el edicto. Más adelante nombraba tres comisiones para determinar y corregir las violaciones de la Paz Religiosa en todas las partes del imperio. Los güelfos, en el norte de Alemania, fueron obligados a devolver lo que habían tomado de la Diócesis de Hildesheim en 1523 con la excepción de una pequeña parte; en marzo de 1630, los comisionados imperiales tomaron posesión de Magdeburgo, y en mayo y julio de 1630, Francisco Guillermo de Wartenberg se establió en Varden y Minden. Al sur de Alemania Würtemberg, en particular, fue forzado ha indemnizar.
Al comienzo de los problemas, durante el periodo de la revuelta de Bohemia, el más poderoso de los estados protestantes se mantuvo fiel al emperador. La transferencia del eltorado a Maximiliano, sin embargo, indignó a los sajones y a los brandenburgueses porque ponía fin a la igualdad de religiones en el Colegio Eltoral. Para evitar que Brandenburgo se uniera al lado opuesto, Wallenstein la arrasó entre 1626 y 1627. El Edicto de Restitución, no obstante, apartó a todos los gobernantes protestantes y a los nobles del emperador. Por su deseo de paz y la escasez de fuerza optaron por no tomar acción contra él. No fue sino hasta que los estados católicos también se separaron del emperador que surgió la crisis en los asuntos internos del imperio lo cual influenció ampliamente la continuación de la guerra.
El método de Wallenstein para rlutar mercenarios y mantener el ejército requirió del establimiento de divisiones extremadamente grandes. Siguiendo una costumbre introducida por Fernando en Austria, asignó a cada una de estas divisiones un distrito definido para la reunión de rlutas y suministros. Al principio, estos distritos estaban en los dominios de los gobernantes y nobles hostiles al emperador, gradualmente, sin embargo, los territorios de los príncipes espirituales que habían estado unidos por Maximiliano en la Liga fueron entonces asignados y finalmente, en mayo de 1628, los dominios del Eltor de Sajonia quien había sido, por otro lado, protegido por los Habsburgo. Los estados resistieron, apelando a la Ley de la Dieta Imperial de 1570, y se quejaban de que sus países fuesen utilizados como depósitos de rlutas sin su consentimiento. Protestaron contra la extraordinaria cantidad de contribuciones obligatorias, su larga duración y contra la cantidad de pillaje. Enfatizaron estas quejas con amenazas de tomar la ley en sus propias manos. Miraban al emperador con sospha cuando, después de que él había puesto, en 1621, el Eltor Palatinado bajo la prohibición del imperio sin el consentimiento de los Eltores, revivió otros privilegios imperiales que habían caído en desuso. De esta manera, dlaró los estados de la Baja Sajonia, que habían tomado parte en la guerra danesa contra sus órdenes, culpables de traición penalizada con la pérdida de sus territorios. Los estados sabían instintivamente que la soberanía de sus territorios, la cual existía de hecho desde 1555, dependía solamente de la pasividad del imperio en asuntos foráneos, y que ellos tendrían que ser más sumisos a la autoridad del emperador podría convertir la guerra civil en un conflicto europeo, como paría más probable año tras año. Este pensamiento los perturbaba grandemente. El horizonte no era claro; ignoraban las políticas europeas. Dían que bajo la influencia de Wallenstein, Fernando podría volver absoluto el poder imperial, y la libertad germana, que era su libertad como príncipes, estaba en peligro. El hecho de que el ejército de Wallenstein estuviera compuesto tanto de católicos como de protestantes, y de que tan celosamente había nombrado como general a un luterano como Hans Georg von Arnim, imprimió en los estados católicos la idea de que sus intereses comunes con el emperador se habían debilitado, y los indujo a unirse por interés propio con los estados protestantes en oposición al emperador. Maximilano, en particular, estaba ansioso y descontento. Un capuchino italiano, Valerio Magni, lo irritaba con reportes acerca de Wallenstein y las intenciones del emperador, mientras Wallenstein avivaba la llama con su tratamiento severo del Eltor de Baviera, con sus constantes demandas al emperador por mayor autoridad militar, y asegurando su propio nombramiento como príncipe del imperio (abril de 1628).
Los primeros síntomas claros de la tensión entre el emperador y los estados del imperio fueron: el encuentro de la Liga en Würzburg, en enero de 1627; la sesión de los Eltores en Mülhausen entre octubre y noviembre de 1627; y el encuentro de los Eltores Católicos en Bingen, en junio de 1628. La asamblea en Mülhausen ya había demandado un cambio en la organización militar y el despido de Wallenstein. Al principio, Fernando buscó reducir la tensión trabajando sobre Maximiliano; en el Tratado de Munich, en 1628, le concedía la dignidad Eltoral y la posesión tanto del Eltoral Palatinado Superior y el de la ribera derha del Rin por treinta años. En el curso de 1628, sin embargo, la posición marcadamente superior del emperador sobre los estados fue seriamente comprometida por su deseo, después de completar la reorganización de sus territorios en Austria, de asegurar la continuidad de la corona imperial en su familia con la elección de su hijo como Rey de los Romanos. Este deseo lo hizo depender de la buena voluntad de los Eltores. En la primavera de 1628 forzó a Wallenstein a reducir un poco el tamaño de su ejército, y en el otoño del mismo año a hacer una mayor reducción. Enojados por esto, los Eltores se rehusaron a acceder a los deseos del emperador para la convocatoria del Colegio Eltoral y quisieron aplazarla hasta el final de la guerra. El Edicto de Restitución también aplazó la reunión, pero sólo por un corto tiempo. Por demanda de Fernando, el Eltor de Mainz finalmente convocó al colegio para junio de 1630. Antes de la reunión, el emperador forzó de nuevo a Wallenstein para despedir una gran parte de sus tropas. El encuentro de los Eltores, el cual tuvo lugar en Ratisbon desde el 3 de julio hasta el 12 de noviembre de 1630 y al que no asistieron los dos Eltores protestantes, se desarrolló bajo condiciones políticas y militares totalmente cambiadas.
V. LA GUERRA SE CONVIERTE EN UN CONFLICTO EUROPEO
Cerca de 1625 los Habsburgo españoles comenzaron a desarrollar una política enérgica, como lo habían hecho durante el siglo 16. Creían que había llegado una gran oportunidad de darle al protestantismo un golpe aplastante; además tenían la esperanza de ribir ayuda de Francia, aunque esta esperanza era vana. Las tropas españolas fueron enviadas primero contra los holandeses; en 1626 Spinola tomó la importante fortaleza de Breda. Mientras tanto, Austria y Baviera ayudaron a los españoles cortando la principal fuente de ganancias comerciales de los holandeses, el Báltico. De esta manera, los españoles pensaron utilizar contra los holandeses los mismos medios que éstos habían empleado contra ellos cuando trataron de asilar las flotas españolas que llevaban a España el producto de las minas de plata de América. Al principio, Fernando dudó y Maximiliano aún más. Sin embargo, en la conferencia de Bruselas de 1626 se acordó bloquear la costa del Mar del Norte y, al menos, un puerto del Báltico. Austria descubrió muy pronto que podría favorer sus propios intereses en esta empresa. Fernando planeaba ganar una ruta al mar en aguas libres para sus productos por medio de tratados con los países en las riberas del Elba y el Oder, y con tratados con las más grandes ciudades holandesas podría obtener una buena salida para sus productos de exportación, espialmente al enviar cobre húngaro a España. En 1627 los Duques de Mklenburg fueron privados de sus posesiones por apoyar al Rey de Dinamarca, y Wismar fue confiscado como un buen puerto en el Báltico. De acuerdo con el plan, los españoles aparerían ahora con una flota en el Báltico, la cual le permitiría a Wallenstein ganar la supremacía en el mar. Durante este periodo, sin embargo, las actuaciones de España en el mar fueron depcionantes y en esta ocasión ninguna flota aparió. Mientras tanto, los pueblos hanseáticos, con quienes se había contado desde el principio para llevar a cabo el plan, fueron intimidados por Dinamarca para que no enviaran barcos. Wallenstein intentó construir una flota propia, pero sólo logró reunir una pequeña flotilla bajo el mando de Gabriel Leroy, con la cual realizaba ocasionales ataques sorpresa. La última esperanza de ayuda de España se evaporó cuando la flota española cargada de plata fue destruida el otoño de 1628. Los deftos del método de Wallenstein para desarrollar la guerra aparieron al mismo tiempo como consuencia de las puliares características de los problemas que intentaba resolver. No se atrevió a utilizar su ejército para asedios difíciles o ataques relámpago; donde era forzado a hacerlo, su proyto falló. Dejó en la retaguardia y sin tomar la fuertemente fortificada ciudad de Magdeburgo, que controlaba el paso sobre el Elba. En mayo de 1628 quiso tomar por asalto la ciudad de Stralsund, la cual formaba una conexión entre la costa del Báltico alemán y Suia, pero renunció a su plan y la asedió desde el lado de tierra. Sin embargo, no pudo forzar a la ciudad a rendirse ya que tropas danesas y suas vinieron en su ayuda. Su victoria, en agosto de 1628, sobre un ejército danés de relevo en Wolgast no cambió el resultado. Dinamarca firmó la Paz de Lubk el 22 de mayo de 1629, con la condición de que todos los territorios conquistados fuesen restituidos. Pero esto provocó que Gustavo Adolfo entrara en la guerra.
En el otoño de 1629, Gustavo Adolfo dlaró ante la Dieta de Suia que el emperador quería conquistar Suia y el Báltico, y que debería evitarse que lo hiciera, pero que si Suia obtenía la victoria en suelo alemán, los estados alemanes se convertirían en el botín de Suia. Por esta misma época, a pesar de ofrecer varios incentivos, el rey se había limitado a guerras con oponentes débiles. No obstante, siempre había estado en guerra, no sólo porque la amaba, sino también por la nesidad de apoyar a su ejército en los países extranjeros, como Suia era un país pobre, de otra manera no podría mantenerla. Mientras tanto, el rey no rhazaba nada por incrementar la prosperidad de Suia. Sólo hasta entonces él esperaba asegurar las riquezas de las ciudades y principados del norte de Alemania. Pero ahora, los planes político-onómicos del emperador amenazaban con poner fin al comercio de cobre de Suia, su más valiosa fuente natural de riqueza, mientras las tropas de Wallenstein amenazaban con expulsar las fuerzas suas del país más allá del Báltico, por cuyas ganancias, espialmente de aduanas, obtenía ampliamente sus medios puniarios. La autodefensa al igual que el espíritu de aventura forzó al rey a prestar algo de atención al emperador. Sin embargo, lo dudó hasta 1630, cuando, el 6 de junio, desembarcó en la costa alemana de Pomerania. Excepto por algunas personas de importancia, Gustavo Adolfo no fue bien ribido, aún por los protestantes, y fue obligado a hacer su camino hasta Pomerania por la fuerza de las armas. En poco tiempo se le había agotado el dinero completamente, y se debatió durante meses si debía o no aventurarse tierra adentro. Wallenstein quizás pudo aplastarlo, pero en cambio dejó el camino abierto para él, porque resentido con la orden del emperador en la primavera de 1630 para que redujera el número de sus tropas, había dispersado la mayor parte de las fuerzas imperiales en los distritos ahora ocupados por Gustavo, y había permitido a otros destacamentos irse a pelear en Holanda e Italia. El año anterior Tilly había rogado inútilmente el permiso de Maximiliano para atacar a los holandeses en el momento priso y en su propio país, dando como razón que el dinero de los holandeses estaba siendo usado constantemente para renovar la oposición a las tropas bávaras. No obstante, Maximiliano no tenía el coraje para entrar en conflicto abierto con un país enemigo. De esta manera el gobernante holandés, Federico Enrique, en 1629, después de que el gran general español Spinola se había retirado, pudo sitiar Bois-le-Duc, propinándole así el primer desaire a España. Ahora no era Tilly quien se apresuraba a ayudar a los españoles; se envió una fuerza imperial, desprendida del ejército de Wallenstein. Pero cuando los holandeses sitiaron la fortaleza de Wesel y de esta manera pusieron en peligro la retirada de las tropas imperiales, una parte de estas fuerzas se replegó. Bois-le-Duc se rindió el 14 de septiembre y los holandeses pudieron tomar la ofensiva. En Francia, Richelieu, desde 1624 hasta 1628, había restablido la autoridad interna del gobierno a tal punto de que después de veinte años de política exterior cautelosa, se podían adoptar medidas más positivas. Este cambio se hizo primero evidente para los Habsburgo de Lorraine. El Duque Carlos de Lorreine (desde 1624), un vasallo del emperador, presentó un rlamo como heredero al Ducado de Barr en Alsacia; pero Richelieu disputó sus derechos y hostigó a la autoridad sular del Obispo de Verdun al extremo que esta tuvo que refugiarse en el imperio. En 1627 la línea masculina de los Duques de Mantua-Montferrat, al norte de Italia, se extinguió. El siguiente heredero era el Duque de Nevers, un pariente de los Borbones. Tomó posesión de Mantua de inmediato y esperaba asegurar también Montferrat casando a su hijo con la hija de su predesor, ya que la sucesión de Montserrat estaba en la línea femenina. Sin embargo, Montserrat se asentaba muy por debajo de Mantua en la parte occidental del norte de Italia. Por consiguiente España y Saboya lograron apoderarse del distrito antes de que el Duque de Nevers pudiera entrar en él. España deseaba mantener una influencia controlada sobre la parte norte de Italia, la cual había adquirido durante el reino de Carlos V. Por otro lado, Francia ahora veía que Saboya, la cual se había vuelto dependiente de ella, de repente tomaba partido con España. España pidió la disión del emperador, quien era el prottor de Mantua. Fernando intervino en la pelea, no solo porque su dinastía había considerado siempre de gran valor los derechos imperiales en Italia, sino porque constantemente había sido, desde el tiempo en que gobernaba Estiria, un oponente de Venia, la cual creía que se podría tornar peligrosa. Pero ni él ni España desarrollaron las negociaciones de manera rápida y con insistencia, ya que su atención estaba en otras dirciones. De esta manera, Richelieu tuvo tiempo para castigar a Saboya (1628-29). Después de esto, las tropas de Fernando sitiaron Mantua y los españoles, bajo el mando de Spinola, asediaron Casale. Richelieu aún no consideraba a Francia lo suficientemente fuerte para enfrentarse a los Habsburgo dirtamente. Cuando fue tomada Mantua y la posición de Casale se hizo muy praria, Richelieu propuso una tregua; esta fue
Guillén de Castro y Bellvís
Poeta dramático español, nacido de familia noble en Valencia en 1569; murió en Madrid en 1631. Pare haberse distinguido muy pronto en el mundo literario, pues todavía jovencísimo lo hallamos ya miembro de los "Nocturnos", brillante imitación hispánica de las "Academias" por entonces de moda en Italia. En edad temprana siguió la carrera militar. Durante un tiempo fue capitán de caballería; en otro momento desempeñó una importante función de mando en Nápoles, gracias a su amistad con el virrey Conde de Benavente. De regreso a España, se ganó el favor del poderoso Conde-Duque de Olivares, quien le confió importantes cargos tan lucrativos como honrosos. Se granjeó también la amistad del Duque de Osuna, quien establió una renta a su favor. Pero si su habilidad literaria le procuró muchos amigos influyentes, su temperamento altivo y áspero, su espíritu descontento y su gran terquedad pronto le hicieron perder todos los beneficios que había ganado. Se vio obligado entonces a volver al teatro para subsistir penosamente como escritor dramático. Murió en la pobreza y fue enterrado por beneficencia. Pocos habrán superado a Guillén de Castro como poeta lírico y dramático. Escribió unas 40 comedias, las cuales ponen de manifiesto el genio creativo y el patriotismo de su autor; gozó de gran popularidad tanto dentro como fuera de España. Las más conocidas son probablemente "Las Mocedades del Cid" en dos partes, "Engañarse engañando" y "Pagar en propia moneda". A la primera de ellas se debe la reputación en Europa de Castro, pues de la primera parte de la misma rogió el dramaturgo francés Corneille los materiales para su brillante tragedia "El Cid", la cual, según Ticknor, determinó durante dos siglos, mucho más que cualquier otra obra dramática, el carácter del teatro en toda Europa. Las comedias de Guillén de Castro fueron publicadas en dos partes en Valencia, en 1621 y 1625 resptivamente.
VENTURA FUERTES
Transcrito por Gerald M. Knight
Traducido por Josep M. Prunés, O.M.
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