Cisma
I. IDEAS GENERALES, CARÁCTER MORAL Y SANCIONES PENALES
Cisma (del griego schisma, separación, división) es, en el lenguaje de la teología y el derecho canónico, la ruptura de la unidad y unión eclesiásticas, i.e. ya sea el acto por el cual uno de los fieles corta los vínculos que le unen a la organización social de la Iglesia y que le hacen miembro del cuerpo místico de Cristo, o el estado de disociación o separación que resulta de dicho acto. En su sentido etimológico y pleno el término apare en los libros del Nuevo Testamento. Mediante este nombre San Pablo caracteriza y condena los partidos formados en la comunidad de Corinto (I Cor x, 12) : "Os ruego, hermanos", escribe, ".... no haya cisma entre ustedes; antes sean acordes en el mismo pensar y en el mismo sentir". La unión de los fieles, dice en otra parte, debe manifestarse en la mutua comprensión y la acción convergente de manera similar a la cooperación armoniosa de nuestros miembros que Dios ha dispuesto "de manera que no pueda haber cisma en nuestro cuerpo" (I Cor xii, 25). Así entendido, el cisma es un género que abarca dos espies distintas: un cisma herético o mixto y un cisma puro y simple. El primero tiene como origen o acompañamiento la herejía; el segundo, el cual la mayoría de los teólogos designa como cisma propia-mente dicho, es la ruptura del vínculo de subordinación sin ir acompañado de un error persistente, dirtamente opuesto a un dogma definido. Esta distinción fue delineada por San Jerónimo y San Agustín. "Entre herejía y cisma", explica San Jerónimo, "hay esta diferencia, que la herejía pervierte el dogma, mientras que el cisma, por la rebelión contra el obispo, separa de la Iglesia. Sin embargo, no hay cisma que no invente una herejía para justificar su alejamiento de la Iglesia (En Ep. ad Tit. iii, 10). Y San Agustín: "Mediante las falsas doctrinas referentes a Dios los heréticos hieren la fe; mediante inicuas disensiones los cismáticos se apartan de la caridad fraterna, aunque creen lo que nosotros creemos" (De fide et symbolo, ix). Pero como San Jerónimo observa, práctica e históricamente, herejía y cisma casi siempre van de la mano; el cisma conduce casi invariablemente a la negativa de la primacía papal.
El cisma, por tanto, usualmente es mixto, en cuyo caso, considerado desde el punto de vista moral, su perversidad se debe principalmente a la herejía que contiene. En otro aspto y siendo cisma puro, es contrario a la caridad y la obediencia; contra la primera porque corta los vínculos de la caridad fraterna, contra la segunda porque el cismático se rebela contra la jerarquía divinamente constituida. Sin embargo, no toda desobediencia es un cisma; para que tenga este carácter debe incluir aparte de la trasgresión a las órdenes de los superiores, la negativa del derecho divino para ordenar. Por otra parte, el cisma no nesariamente implica adhesión, pública o privada, a un grupo disidente o a una sta aparte, mucho menos la creación de tal grupo. Llega a ser cismático cualquiera que, aunque desee permaner siendo cristiano, se rebele contra la autoridad legítima, sin llegar al rhazo de la Cristiandad como un todo, lo que constituye el delito de apostasía.
Anteriormente se consideraba corrtamente que un hombre era cismático cuando hacía caso omiso de la autoridad de su obispo; de allí las palabras de San Jerónimo citadas arriba. Antes de él San Cipriano había dicho: "Debe entenderse que el obispo está en la Iglesia y ésta en el obispo, y no está en la Iglesia quién no esté con el obispo" (Epis., Ixvi, 8). Mucho tiempo antes, San Ignacio de Antioquía asentó este principio: "Donde está el obispo, allí está la comunidad, así como donde está Cristo allí está la Iglesia Católica" (Smym., viii, 2). Ahora sin embargo la evolución centralizadora que enfatiza el papel preponderante del Soberano Pontífice en la constitución de la unidad lesiástica, el mero hecho de rebelarse contra el obispo de la diócesis es a menudo un paso hacia el cisma; no es un cisma en aquél que permane, o rlama permaner, sujeto a la Santa Sede. En el sentido material de la palabra existe un cisma, que es la ruptura del cuerpo social, si hubiera dos o más rlamantes del Papado, cada uno de los cuales, teniendo de su lado ciertas comparencias de derecho y consuentemente un número más o menos numeroso de partidarios. Pero bajo estas circunstancias la buena fe puede, al menos por un tiempo, evitar un cisma forma; éste se inicia cuando la legitimidad de uno de los pontífices llega a ser tan evidente como para hacer inexcusable la adhesión a un rival. El cisma es considerado por la Iglesia como una falla muy grave y se castiga con las mismas penas reservadas a la herejía, debido a que usualmente ésta lo acompaña. Las penas son: excomunión en la que se incurre ipso facto y que queda reservada al Soberano Pontífice (cf. "Apostolicae Sedis, I, 3); ésta es seguida por la pérdida de toda jurisdicción ordinaria e incapacidad de ribir cualesquier beneficios o dignidades eclesiásticos. Comunicar in sacris con cismáticos, p.e. ribir los sacramentos de sus ministros, asistir a los Oficios Divinos en sus templos, está estrictamente prohibido para los fieles.
Algunos teólogos distinguen entre cisma "activo" y "pasivo". Por el primero entienden apartarse deliberadamente del cuerpo de la Iglesia, renunciando libremente al derecho de formar parte de él. Llaman cisma pasivo a la condición de aquellos que la Iglesia por sí misma rhaza de su seno en virtud de la excomunicación, en vista de que emprenden esa separación al hacerse meredores de ella, independientemente de que la deseen o no. Por tanto, este artículo tratará dirtamente en forma exclusiva con el cisma activo, o cisma propiamente dicho. Es claro, sin embargo, que el llamado cisma pasivo no solamente no excluye el otro, sino que a menudo lo supone tanto en teoría como de hecho. Desde este punto de vista es imposible comprender la actitud de los protestantes que siguen responsabilizando de la separación a la Iglesia que abandonaron. Se prueba a través de todos los monumentos históricos y espialmente mediante los escritos de Lutero y Calvino que, antes del anatema pronunciado contra ellos en el Concilio de Trento, los líderes de la Reforma habían proclamado y repetido que la Iglesia Romana era la "Babilonia del Apocalipsis, la sinagoga de Satán, la sociedad del Anticristo"; que ellos debían alejarse de ella y que lo ha-cían así para re-entrar al camino de la salvación. Y en esto ajustaron la acción a sus palabras. Así el cisma lo completaron cabalmente antes de que fuera solemnemente establido por la autoridad que ellos rhazaban y que transformado por dicha autoridad en una justa sanción penal.
II. EL CISMA A LA LUZ DE LA ESCRITURA Y LA TRADICION
Como el cisma en su definición y pleno sentido es la negación práctica de la unidad lesial, la explicación del primero requiere una clara definición de la segunda y probar la nesidad de ésta para establer la malicia intrínsa del cisma. En realidad los textos de la Escritura y la Tradición muestran que estos asptos de la misma verdad están tan estrhamente unidos que el paso de uno a otro es constante y espontáneo. Cuando Cristo construyó sobre Pedro como fundamento firme del edificio indestructible de su Iglesia, de ese modo Él indicó su unidad esencial y espial mente su unidad jerárquica (Mt xvi, 18). Él expresó el mismo pensamiento cuando se refirió a los fieles como un Reino y como un rebaño: "Tengo otras ovejas, que no son de este redil: también debo traerlas y ellas oirán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Jn x, 16). La unidad de la fe y adoración es indicada más explícitamente por las palabras que esbozan la solemne mi-sión de los Apóstoles: "Vayan pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt xxviii, 19). Estas diversas formas de unidad son el obje to de la oración después de la Ultima Cena, cuando Cristo ruega por Él mismo y pide "que sean uno" como el Padre y el Hijo son uno (Jn xvii, 21-22). Aquellos que violan las leyes de la unidad llegarán a ser extraños a Cristo y a su familia espiritual: "Y si él no escucha a la Iglesia, sea para ti como gentil o publicano" (Mt xviii, 17).
A imitación fiel de la enseñanza de su Maestro, San Pablo a menudo se refiere a la unidad de la Iglesia, describiéndola como un edificio, como un cuerpo, un cuerpo entre cuyos miembros existe la misma solidaridad que hay entre los miembros del cuerpo humano (1 Cor xii; Ef 4). Él ennumera sus diversos asptos y fuentes: "Porque en un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo.... y hemos bebido en un solo Espíritu" (1 Cor xii, 13); porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo, todos los que participamos de un mismo pan" (1 Cor x, 17). Él lo resume en la siguiente fórmula: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu....un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef iv, 4-5). Finalmente llega a la conclusión lógica cuando anatematiza las novedades doctrinales y a sus autores (Gal i, 9), igualmente cuando escribe a Tito: "Al hombre que es hereje, después de la primera y segunda amonestación, evítalo" (Tit iii, 10); y de nuevo cuando con tanta energía condena las disensiones de la comunidad de Corinto: "Hay discordias entre ustedes... cada uno de ustedes dice: Yo, en realidad, soy de Pablo; y yo soy de Apolo; y yo de Cefás; y yo de Cristo. ¿Está dividido Cristo? ¿Entonces Pablo fue crucificado por ustedes, o fueron bautizados en su nombre? (1 Cor i, 11-13). "Ahora, les ruego hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos hablen la misma cosa y no haya cismas entre uste- des; sino que tengan el mismo pensar y el mismo sentir" (1 Cor i, 10). San Lucas hablando en elogio de la primitiva Iglesia menciona su unanimidad de creencia, de obediencia y de adoración: "Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la unión, en la fracción del pan y en la oración" (He ii, 42). Toda la primera carta de San Juan está dirigida contra los innovadores y cismáticos contemporáneos; y el autor, en contraste a los miembros de la Iglesia, "los Hijos de Dios", los considera como extraños a ésta y les llama "los hijos del diablo" (1 Jn iii, 10); los hi-jos "del mundo" (iv, 5), e incluso Anticristo (ii, 22; y iv, 3).
La misma doctrina es encontrada en todas las evidencias de la Tradición, comenzando por las más antiguas. Antes del fin del primer siglo San Clemente escribiendo a la Iglesia de Corinto para restabler la paz y la armonía fuertemente inculca la nesidad de la sumisión al "heugomenos" (1 Cor i, 3), "a los guías de nuestras almas" (lxiii, 1) y a los "presbíteros" (xlvii, 6; liv, 2; lvii, 1). Es, dice, un "grave pado" despriar la autoridad de ellos como lo están haciendo los corintios (xliv, 3, 4, 6; xlvii, 6); es un deber honrarles (i, 3; xxi, 6). No debe haber división en el cuerpo de Cristo (xlvi, 6). La razón fundamental para todo esto es el orden jerárquico divinamente instituio. La obra de Cristo es de hecho continuada por los Apóstoles, a quienes envió Cristo como Él fue enviado por Dios (xlii, 1, 2). Fueron ellos quienes establieron los "episcopi y diáconos" (xlii, 4) y didieron que otros deberían sucederlos en su ministerio (xliv,2). Así explica él la gravedad del pado y la severidad de las reprimendas dirigidas a los fomentadores de problemas. "¿Por qué habría de haber entre ustedes diputas, querellas, disensiones, cismas y guerra? ¿No tenemos un único y el mismo Dios, un único y el mismo Cristo? ¿No es el mismo espíritu de gracia que ha sido derramado sobre nosotros? ¿No tenemos una vocación común en Cristo? ¿Por qué dividir y separar a los miembros de Cristo?, ¿por qué estar en guerra con nuestro propio cuerpo?, ¿por qué ser tan tontos como para olvidar que somos miembros un so lo cuerpo?" (xlvi, 5-7). San Ignacio insiste no menos enérgicamente en la nesidad de la unidad y el peligro del cisma. Él es el primer autor en quien encontramos la unidad episcopal claramente delineada, y ruega a los fieles se coloquen al lado de los "presbíteros" y diáconos y espialmente a través de ellos y con ellos se coloquen al lado del obispo: "Es aduado que ustedes tengan una misma mente con el obispo, como la tienen, porque el venerable presbiterado de ustedes está ad-herido al obispo como las cuerdas a la lira" (Eph, vi, 1); "ustedes no deben aprovharse de la edad de su obispo, sino, estando atentos al poder de Dios Padre, muéstrenle de todas las maneras (posibles) el respeto, como lo hacen los santos sacerdotes" (Magn., iii, 1). El obispo es centro y pivote de la Iglesia: "Donde está él, allí debería estar la comunidad" (Smyrn., xi, 1). Los deberes de los fieles hacia la jerarquía están resumidos en uno: estar unidos a ella en sentimiento, fe y obediencia. Deben ser siempre sumisos al obispo, al presbiterado y a los diáconos ("Eph.", ii, 2; v, 3; xx, 2; "Magn.", ii; iii, 1; vi, 1,2; xiii, 2; "Trall.", ii, 1,2; xiii, 2; "Philad.", vii, 1; "Smyrn.", viii, 1; "Polyc.", vi, 1). Jesucristo siendo la palabra del Padre y el obispo estando en la doctrina de Cristo (en Iesou christou gnome) es aduado adherirse a la doctrina del obispo (Eph., iii, 2; iv, 1); "Aquellos que pertenen a Dios y a Jesucristo se alían ellos mismos con el obispo. Hermanos, no se dejen engañar; cualquiera que sigue a un cismático no heredará el Reino del Cielo" (Phi-lad., iii, 2,3). Finalmente como el obispo es el centro doctrinal y disciplinario así también es el centro litúrgico: "Que la Eucaristía es lícita cuando la consagra el obispo o a quién él designe.... está prohibido bautizar o celebrar el ágape sin el obispo; lo que él aprueba es lo agradable a Dios, para que todo lo que se haga sea estable y válido" (Smyrn., viii, 1,2).
Hacia el fin del siglo segundo San Ireneo alaba en términos resplandientes la unidad de la Iglesia universal "la cual tiene un solo corazón y una sola alma, cuya fe está a su cuidado" y que pare "como el único sol que ilumina el mundo entero" (Adv. haeres., i, 10). Condena toda división doctrinal, basando sus argumentos en la autoridad magisterial de la Iglesia en general y de la Iglesia Romana en particular. La doctrina de salvación, predicada por los Apóstoles, es preservada en las Iglesias fundadas por ellos; pero puesto que tomaría demasiado tiempo preguntar a todas las Iglesias Apostólicas es suficiente volverse a la de Roma: "Porque la Iglesia entera, que son todos los fieles del mundo, deberían estar de acuerdo con esta Iglesia Romana, debido a su preeminencia superior; y en la que todos los fieles han preservado la tradición Apostólica" (iii, 2, 3). Es por tanto de la máxima nesidad adherirse a esta Iglesia porque donde está ella, hay toda la gracia y el espíritu es la verdad (iii, 24). Pero adherirse a esta Iglesia es someterse a la jerarquía, a su viviente e infalible magisterio: "Los sacerdotes de la Iglesia han de ser obedidos, aquellos que son los sucesores de los Apóstoles y quienes con la sucesión episcopal han ribido un carisma cierto y seguro de verdad.... Aquellos que dejan a los sucesores de los Apóstoles y se reúnen en un lugar separado deben ser considerados con sospha o como heréticos, como hombres de malvadas doctrinas, o como cismáticos. Los que rompen la unidad de la Iglesia ribirán el castigo divino dado a Jeroboam; todos ellos deben ser evitados" (iv, 26).
Al inicio del tercer siglo, Clemente de Alejandría describe la Iglesia como la ciudad del Logos que debe ser buscada porque es la reunión de todos aquellos a quienes Dios desea salvar ("Strom.", iv, 20; vii, v; "Paedag.", i, 6; iii, 12). Orígenes es más explícito; para él la Iglesia es también la ciudad de Dios (Contra Cels., iii, 30), y agrega: "Que nadie sea engañado; fuera de es ta morada, esto es fuera de la Iglesia, nadie se salva. Si alguien la deja, él mismo será responsable de u muerte" (In lib. Jesu Nave, Hom., iii, 5). En Africa, Tertuliano igualmente condena toda separación de la Iglesia existente. Es famosa su "De praescriptionibus", y la tesis fundamental de la obra, inferida de su mismo título, es resumida en la prioridad de la verdad y la relativa novedad del error (principalitatem veritatis et posteritatem mendacii), implicando así la prohibición de retirarse de la guía del magisterio viviente: "Si el Señor Jesucristo envió a Sus Apóstoles a predicar, debemos concluir que no debemos ribir a otros predicadores más que los nombrados por Él. Lo que ellos han predicado, en otras palabras, lo que Cristo les reveló, solamente puede ser establido por las Iglesias fundadas por los Apóstoles mismos, a quienes ellos predicaron el Evangelio de palabra y por escrito" (De praescri., xxi).
Pero el gran campeón africano de la unidad lesiástica fue San Cipriano, contra los cismáticos de Roma y de Cartago. Él concibió esta unidad como descansando en la autoridad de los obispos, en su mutua unión y en la preeminencia del Romano Pontífice: "Dios es uno, Cristo es uno, una es la Iglesia y una la sede fundada sobre Pedro por la palabra del Señor" (Epist. lxx); "Nosotros los obispos que gobernamos la Iglesia, debemos sostener y apoyar esta unidad, para mostrar que el episcopado en sí mismo es uno e indiviso" (De clesiae unit., v); "Sepan que el obispo está en la Iglesia y ésta en el obispo, y que si alguien no está con el obispo, tampoco está con la Iglesia.... La Iglesia Católica es una sola, formada por la armoniosa unión de los pastores quienes se apoyan mutuamente" (Epist. lxxvi, 5). Para la unidad de la fe debe haber unidad litúrgica: "Un segundo altar y un nuevo sacerdocio no pueden establerse al lado del único altar y del único sacerdocio" (Epist. lii, 24). Cipriano no veía ninguna razón legítima para el cisma porque "que bribón, que traidor, que loco estaría tan extraviado por el espíritu de discordia para creer que está permitido desgarrar, o quién se atrevería a rasgar la unidad divina, la vestimenta del Señor, la Iglesia de Jesucristo?" (De cles. unit., viii); "La esposa de Cristo es casta e incorruptible. Quienquiera que abandona la Iglesia para seguir a una adúltera, renuncia a las promesas de la Iglesia. El que abandona a la iglesia de Cristo no ribirá las rompensas de Cristo. Llega a ser un extraño, un impío, un enemigo. Dios no puede ser el Padre para aquel quien la Iglesia no es su madre. Lo mismo que pudo salvarse alguien fuera del Arca de Noé, así puede salvarse fuera de la Iglesia.... Quien no respta su unidad (de la Iglesia), no respetará la ley de Dios; ése no tiene fe en el Padre y el Hijo, sin vida, sin salvación" (op.cit., viii).
Desde el siglo cuarto la doctrina de la unidad de la Iglesia fue tan clara y universalmente admitida que es casi superfluo citar testimonios particulares. Las largas polémicas de Optato de Milevis ("De Schism. Don.", P. L. XI) y de San Agustín (espialmente en "De unit.cl.", P.L., XLIII) contra los donatistas, a quienes acusa de estar separados del antiguo y primitivo tronco de la Cristiandad. Y para aquellos que representan su grupo como una porción de la Iglesia universal, San Agustín respondió: "Si ustedes están en comunión con el mundo cristiano, envíen cartas a las Iglesias Apostólicas y enséñenos sus respuestas" (Ep., xliv, 3). Estas cartas (litteræ formatæ) entonces constituían una de las marcas y elementos auténticos de la unidad visible. Respto a las diversas formas de esta unidad que él explica, San Agustín concuerda con San Cipriano al mantener que fuera de ella no hay salvación: "Salus extra clesiam non est" (De bapt., iv, 24), y agrega en confirmación de esto que fuera de la Iglesia los medios de salvación, el bautismo y aun el martirio no servirán para nada, porque el Espíritu Santo no es comunicado. Durante el mismo siglo la supremacía romana empezó a enfatizarse como factor de unidad. Jesucristo, dice San Optato, quiso adjuntar la unidad a un centro definido; con este fin, El hizo a "Pedro cabeza de todos los Apóstoles; a él (Cristo) le dio primero la sede episcopal de Roma, en cuya única sede debe preservarse la unidad para todos; es, por tanto, un pador y cismático aquel que erige otra sede en oposición a ella" (De schism. Don., ii, 2); "El cuidado por asegurar la unidad hizo que el bendito Pedro fuera preferido antes que todos los Apóstoles y ribiera, él solo, las llaves del Reino de los Cielos, para que pueda admitir a otros" (vii, 3). Paciano de Barcelo también dice que Cristo dio únicamente a Pedro el poder de las llaves "para hacerlo, a él solo, fundamento y principio de la unidad" (ad unum ideo ut unitatem fundaret ex uno Epist., iii, 11).
Escritores más contemporáneos en la Iglesia Latina, Hilario, Victorino, San Ambrosio, el Ambrosiaster, San Jerónimo, hablan de manera similar y bastante explícita. Todos consideran a Pedro como el fundamento de la Iglesia, el Príncipe de los Apóstoles, que fue constituido cabeza perpetua para cortar cualquier intento de cisma. "Donde está Pedro," concluye San Ambrosio, "allí está la Iglesia; donde está la Iglesia no hay muerte sino vida eterna" (In Ps., xl, 30). Y San Jerónimo: "Ese hombre es mi elección quién permane en unión con la silla de Pedro" (Epist., xvi, 2). Ambos dlaran, como San Optato, que estar fuera de la comunión romana es estar fuera de la Iglesia, pero ponen espial énfasis en la autoridad jurisdiccional y magisterial del centro de la unidad. Sus textos son clásicos: "Debemos tener rurso a tu clemencia, rogándote que no dejes la cabeza del mundo romano, la Iglesia Romana, y que no se altere la santísima Fe Apostólica; porque de ella derivan todos los derechos de la comunión católica" (Ambrosio, "Ep.", xi, 4). "Yo, que no sigo otra guía que Cristo, estoy en comunión con Su Santidad, esto es con la silla de Pedro. Yo sé que la Iglesia está construida sobre esta roca. Quienquiera que comparte el Cordero fuera de esta casa comete sacrilegio. Quien contigo no roge, desparrama: en otras palabras, quién no está con Cristo está con el Anticristo" (Jerónimo, WEpist.", xv, 2).
El Oriente también vio en Pedro y en la sede episcopal por él fundada la piedra angular de la unidad. Dídimo llama a Pedro "el corifeo, la cabeza, quien fue primero entre los Apóstoles, a través de quien los demás ribieron las llaves" (De Trinit., i, 27, 30; ii, 10, 18). Epifanio también lo considera como "el corifeo de los Apóstoles, la roca firme sobre la que descansa la fe inamovible" ("Anchor.", ix, 34; "Hær.", lix, 7, 8) y San Crisóstomo habla incesantemente de los privilegios conferidos a Pedro por parte de Cristo. Adicionalmente los griegos ronocieron en la Iglesia Romana una preeminencia y consuentemente un indiscutible papel unificador ronociendo su derecho a intervenir en las querellas de las Iglesias particulares, como está probado por los casos de Atanasio, Marcelo de Ancira y Crisóstomo. En este sentido San Gregorio Nazianceno llama a la antigua Roma "el presidente del universo, ten proeodron ton olon" (Carmen de vita sua), y es también la razón por la que aun los partidarios de Eusebio estuvieron dispuestos a que el caso de Atanasio, después que ellos lo habían aprobado, debiera ser sometido al juicio del Papa (Atan., "Apol.contra Arian", 20).
III. INTENTOS DE LEGITIMAR EL CISMA
Los textos anteriores son suficientes para establer la gravedad del cisma desde el punto de vista de la onomía de la salvación y de la moral. A este respto puede ser de interés citar la opinión de Bayle, un escritor libre de la sospha de parcialidad y de juicio tolerante: "No conozco", escribe, "un crimen más grave que el de desgarrar el cuerpo místico de Jesucristo, Su Iglesia que Él compró con Su propia sangre, la madre que nos engendró para Dios, la que nos nutrió con la le che de la comprensión, la que nos guía a la vida eterna" (Supplement to Philosophical Comment, prefacio).
Varios motivos se han alegado para justificar el cisma:
(1) Algunos han rlamado que la introducción de abusos en la Iglesia, novedades dogmáticas o litúrgicas, supersticiones, con las cuales no se les permite, e incluso se les fuerza a no, aliarse. Sin entrar en los fundamentos de tales acusaciones debería notarse que los autores citados arriba no mencionan ni admiten una sola excepción. Si aceptamos sus dlaraciones, la separación de la Iglesia es nesariamente un mal, un acto dañino y culpable, el abandono del verdadero camino de salvación y esto, independientemente de todas las circunstancias contingentes. Además las doctrinas de los Padres excluyen a priori cualquier intento de justificación; para usar sus palabras, está prohibido para los individuos o para las Iglesias nacionales o particulares, constituirse en jues de la Iglesia universal; el mero hecho de tener tal intento conlleva su propia condenación. San Agustín resumió toda su controversia contra los donatistas en la máxima: "El mundo entero sin vacilar los dlara equivocados a quienes por sí mismos se separan del mundo entero en cualquier porción del mismo" (quapropter sururs judicat orbis terrarum bonos non esse qui se dividunt ab orbe terrarum, in quacumque parteorbis terrarum). Aquí puede citarse nuevamente a Bayle: "Los protestantes presentan sólo razones discutibles; no ofren nada convincente, ninguna demostración: prueban y objetan, pero hay réplicas a sus pruebas y objiones; responden y se les contesta incesantemente; ¿por esto vale la pena crear un cisma?" (Dict. crit., art. Nihusius).
(2) Otros cismáticos han defendido la división de los artículos del Credo en fundamentales y no fundamentales. Bajo ARTICULOS FUNDAMENTALES se muestra que esta distinción, total-mente desconocida hasta el siglo diesiséis y repugnante a la concepción misma de la fe divina, es condenada en la Escritura y, queriendo una clara línea de demarcación, autoriza las más monstruosas divergencias. La indispensable unidad de la fe se extiende a todas las verdades reveladas por Dios y transmitidas por los Apóstoles. La Tradición repite, a través de diferentes formas, todo lo que Ireneo escribió: "La Iglesia extendida por toda la tierra, ribió de los Apóstoles y sus discí-pulos la fe en un solo Dios" (aquí siguen las palabras del Credo), luego el escritor continúa: "Depositaria de esta predicación y de esta fe, la Iglesia que se multiplica a través de todo el mundo, las vigila tan diligentemente como si ella habitara en una sola casa. Ella cree unánimemente en estas cosas como si tuviera un solo corazón y una sola alma; ella las predica, las enseña y da testimonio de ellas como si no tuviera sino una sola boca. Aunque hay en el mundo diferentes lenguajes no hay sino una única e idéntica corriente de tradición. Ni las Iglesias fundadas en Galia, ni las establidas entre los iberos, ni las de los países de los celtas, ni las del Oriente, ni las de Egipto, ni las de Libia, ni las del centro del mundo presentan alguna diferencia de fe o de predicación; pero como el sol creado por Dios es uno y el mismo a través de todo el mundo, así una sola luz, una única predicación de la verdad, ilumina todos los lugares e ilustra a todos los hombres que quieren lograr el conocimiento de la verdad" (Adv. Hær., i, 10). Se ha mostrado arriba cómo el Obispo de Lyons dlaró que los continuadores del ministerio Apostólico eran los "presbíteros de la Iglesia", y que un hombre era cristiano y católico sólo a condición de obederlos sin reservas.
(3) La teoría del feliz punto medio o via media defendida por los anglicanos, espialmente por los líderes de Oxford a principios del siglo XIX como una vía de escape de las dificultades del sistema de artículos fundamentales, es igualmente inaceptable. Newman demostró y exaltó al máximo de su talento su "Via Media", pero pronto ronoció su debilidad, la abandonó y rhazó aun antes de su conversión al Catolicismo. De acuerdo a esta teoría para salvaguardar la unidad y evitar el cisma bastaba permaner firme mediante la Escritura como es interpretada por cada in-dividuo bajo la dirción, o con la ayuda de, la tradición. En cualquier caso la Iglesia no debería ser considerada como infalible, sino sólo como testigo digno de confianza con respto al verdadero sentido del texto inspirado cuando ella testifica de una interpretación ribida de los tiempos Apostólicos. Pare innesario señalar el carácter iluso y casi contradictorio que tal regla asigna a la autoridad magistral viviente; obviamente no reúne las condiciones para la unidad de creencia que requiere conformidad con la Escritura y, no menos, con la autoridad viviente de la Iglesia, o más exactamente, que implica la obediencia absoluta a la infalible autoridad magistral -tanto para la que interpreta la Escritura como para la que preserva y transmite bajo cualquier otra forma el depósito de la Revelación.
San Ireneo es más explícito en todos estos puntos: de acuerdo a él la fe es probada, y sus enemigos confundidos igualmente, por la Escritura y la tradición (Adv. Hær., iii, 2), pero el auténtico guardián de ambas es la Iglesia, i.e. los obispos como sucesores de los Apóstoles: "La tradición Apostólica se manifiesta a través de todo el mundo y en todas partes en la Iglesia está al alcance de aquellos que desean conocer la verdad; porque podemos enumerar los obispos establidos por los Apóstoles, así como sus sucesores hasta el día de hoy (op.cit., iii). A estos guardianes, y a ellos únicamente, deberíamos rurrir con confianza: "La verdad que es fácil de conocer a través de la Iglesia no debe ser buscada en otro lado; en la Iglesia en la que como rico tesoro, los Apóstoles depositaron la totalidad de lo que atañe a la verdad: de ella quien lo desee ribirá la poción de vida. Ella es la puerta de la vida; todos los demás son ladrones y salteadores" (iii, 4). Tal es la autoridad de la tradición viva que, a falta de Escritura, debe rurrirse a la tradición sola. "¿Qué seríamos si los Apóstoles no nos hubieran dejado las Escrituras? ¿No tendríamos que rurrir a la tradición que ellos confiaron a quien encargaron del gobierno de las Iglesias? Esto es lo que hacen muchos pueblos bárbaros que creen en Cristo y que guardan la ley de la salvación escrita en sus corazones por el Espíritu Santo, sin tinta o papel y que fielmente conservan la antigua tradición" (iii, 4). Es claro que con la asistencia del Espíritu Santo la autoridad didáctica de la Iglesia es preservada del error; "Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia con todas las gracias y con el Espíritu de verdad" (iii, 24). "Esto es
el por qué debe darse obediencia a los presbíteros que están en la Iglesia, y que habiendo sucedido a los Apóstoles, junto con la sucesión episcopal han ribido por voluntad del Padre un cierto carisma de verdad" (iv, 26). Esto se encuentra bastante alejado de las afirmaciones del camino-medio y las restricciones de la Escuela de Oxford. La misma conclusión puede sacarse de la dlaración de Tertuliano sobre la imposibilidad de resolver una dificultad o terminar una querella rurriendo a la Escritura sola (De præscript., xix), y de las palabras de Orígenes: "Puesto que entre los muchos que presumen de una doctrina en conformidad con la de Cristo hay algunos que no concuerdan con sus predesores, todos adhirámonos a la doctrina lesiástica trasmitida de los Apóstoles vía la sucesión y preservada en la Iglesia hasta el día de hoy: no tenemos ninguna ver-dad en la cual creer sino la que no se desvía de la tradición lesiástica y Apostólica" (De princip., præf., 2).
IV. PRINCIPALES CISMAS
En este mundo la Iglesia es militante y como tal, expuesta a conflictos y prebas. Siendo la que es la condición humana, los cismas locales o parciales han de producirse: "Oigo", dice San Pablo, "que .... hay cismas entre ustedes; y en parte lo creo. Porque es priso que haya herejías, a fin de que se destaquen los de probada virtud entre ustedes (1 Cor xi, 18-19). En el pleno y primitivo sentido de la palabra cada seria ruptura de la unidad y consuentemente cada herejía es un cisma. Este artículo, sin embargo, pasará por alto la larga serie de herejías y tratará solamente aquellas deserciones o stas religiosas a las que los historiadores comúnmente dan el nombre espífico de cismas, porque muy fruentemente, y al menos al comienzo de cada una de tales divisiones starias, el error doctrinal solamente fue un accesorio. Serán tratadas en orden cronológico y las más importantes en forma breve, siendo éstas objeto de artículos espiales en la ENCICLOPEDIA.
(1) Ya se ha hecho mención de los "cismas" de la naciente Iglesia de Corinto, cuando se dijo entre sus miembros: "Yo, en realida
Cisma de Occidente
Este cisma de los siglos XIV y XV difiere en todos los asptos del Cisma de Oriente. El último fue una verdadera revuelta contra la suprema autoridad de la Iglesia, fomentada por la ambición de los patriarcas de Constantinopla, favorida por los emperadores griegos y apoyada por el clero y el pueblo de Bizancio, y ha durado diez siglos. El Cisma de Occidente fue un malentendido temporal, aunque obligó a la Iglesia a buscar durante cuarenta años a su verdadera cabeza; fue alimentado por la política y las pasiones y fue terminado por el ensamble de los concilios de Pisa y Constanza. Esta división religiosa, infinitamente menos seria que la otra, será examinada en su origen, su desarrollo, los medios empleados para terminarla y su final en 1417 mediante la elección unánime de un Papa. Desde el punto de vista legal y apologético, ¿qué pensaron de él los primeros doctores? ¿Cuál es la opinión razonada de los modernos teólogos y canonistas? ¿El verdadero Papa se encontraba en Aviñón o en Roma?
(1) El Papa Gregorio XI había dejado Aviñón para volver a Italia y había reestablido la sede pontifical en la Ciudad Eterna, donde murió el 27 de Marzo de 1378. De inmediato la atención fue dirigida a la elección de su sucesor. La cuestión era de lo mas serio. Cardenales, sacerdotes, nobles y romanos en general estaban interesados en ella, porque de la elección a ser hecha por el cónclave dependía la residencia del futuro Papa en Aviñón o en Roma. Desde el comienzo del siglo los pontífices habían fijado su residencia más allá de los Alpes; los habitantes de Roma cuyos intereses y rlamaciones habían sido largo tiempo ignorados, querían un Papa romano o al menos italiano. El nombre de Bartolomeo Pignano, Arzobispo de Bari, se mencionó desde el principio. Este prelado había sido Vice-Canciller de la Iglesia Romana y era considerado enemigo del vicio, la simonía y el boato. Su moralidad era ejemplar y su integridad, rígida. Fue considerado por todos como elegible. Los diesiséis cardenales presentes en Roma se reunieron en cónclave el 7 de Abril y al día siguiente escogieron a Prignano. Durante la elección, los disturbios reinaron en la ciudad. El pueblo de Roma y los alrededores, turbulento y fácilmente excitable, había, bajo el influjo de las circunstancias, dlarado ruidosamente sus preferencias y antipatías y trató de influir en la disión de los cardenales. ¿Fueron estos hhos, lamentables en sí mismos, suficientes para robar a los miembros del cónclave la nesaria independencia mental y hacer in-válida la elección? Esta es la pregunta que ha sido hecha desde el fin del siglo catorce. De esta solución depende nuestra opinión de la legitimidad de los Papas de Roma y Aviñón. Pare cierto que los cardenales tomaron todos los medios posibles para obviar todas las dudas posibles. En la noche del mismo día de la elección, tre de ellos procedieron a una nueva elección, con la intención de selcionar a un Papa legítimo, y de nuevo escogieron al Arzobispo de Bari. Durante los días siguientes todos los miembros del Sacro Colegio ofrieron su respetuoso homenaje al nuevo Papa, quién había tomado el nombre de Urbano VI y le solicitaron innumerables favores. Lo entronizaron, primero en el Palacio Vaticano y más tarde en San Juan de Letrán; finalmente el 18 de Abril lo coronaron solemnemente en San Pedro. Al día siguiente el Sacro Colegio dio notificación oficial del ascenso de Urbano a los seis cardenales franceses en Aviñón; éstos lo ronocieron y se congratularon de la elección realizada por sus colegas. Los cardenales romanos entonces escribieron a ka cabeza del Imperio y a los demás soberanos católicos. El Cardenal Robert de Geneva (Ginebra), el futuro Clemente VII de Aviñón, escribió en el mismo tenor a su pariente el Rey de Francia y al Conde de Flandes. Pedro de Luna de Aragón, el futuro Benedicto XIII, igual-mente escribió a varios obispos de España.
Hasta aquí, por tanto, no había una sola objión o insatisfacción con la elección de Bartolomeo Prignano, ninguna protesta, ningún titubeo y ningún temor respto el futuro. Desafortunadamente el Papa Urbano no se dio cuenta de las esperanzas que su elección había hecho surgir. Se mostró caprichoso, altanero, desconfiado y a ves colérico en sus relaciones con los cardenales que lo habían elegido. Brusquedad demasiado obvia y reprobables extravagancias parieron mostrar que su inesperada elección había alterado su carácter. Sta.Catalina de Siena, con valor sobrenatural, no vaciló en hacerle varias observaciones bien fundamentadas a este respto, ni dudó cuando tuvo que culpar a los cardenales en su revuelta contra el Papa que ellos mismos habían elegido. Algunos historiadores dlaran que Urbano abiertamente atacó las fallas, reales o supuestas, de los miembros del Sagrado Colegio y que enérgicamente se negó a reestabler la sede pontifical en Aviñón. Por consiguiente, agregan, la criente oposición. Sin embargo, ninguna de esas desagradables disensiones que surgieron luego de la elección podrían lógicamente reducir la validez de la elección hecha en Abril 8. Los cardenales eligieron a Prignano, no porque fueron mal influidos por el miedo, aunque naturalmente estaban algo temerosos de las desgracias que pudieran surgir del retraso. Urbano fue Papa antes de sus errores; aún era Papa después de sus errores. Las pasiones de Enrique IV o los vicios de Luis XV no impidieron a estos monarcas ser y seguir siendo verdaderos descendientes de San Luis y legítimos reyes de Francia. Desgraciadamente, éste no fue, en 1378, el razonamiento de los cardenales romanos. Su disgusto continuó incrementándose. Bajo el pretexto de escapar al insalubre calor de Roma, en Mayo se retiraron a Anagni y en Julio a Fondi, bajo la protción de la Reina Juana de Nápoles y doscientos lanceros gascones de Bernardon de la Salle. Entonces iniciaron una silenciosa campaña contra su elección de Abril y prepararon las mentes de los hombres para una segunda elección. El 20 de Septiembre, tre miembros del Sacro Colegio pripitaron las cosas al entrar a un cónclave en Fondi y escogiendo Papa a Robert de Geneva, quién tomó el nombre de Clemente VII. Unos meses después el nuevo pontífice forzado a salir del reino de Nápoles fijó su residencia en Aviñón; el cisma estaba completo.
Clemente VII estaba emparentado o aliado con las principales casas reales de Europa; era influyente, inteltual y hábil en política. La Cristiandad rápidamente se dividió en dos partidos casi iguales. En todos lados los fieles enfrentaban el preocupante problema: ¿dónde estaba el verdadero Papa? Los santos mismos se vieron divididos: Sta.Catalina de Siena, Sta.Catalina de Suia, el Bto.Pedro de Aragón, la Bta.Ursulina de Parma, Felipe de Alencon y Gerard de Groote estaban de lado de Urbano; San Vicente Ferrer, el Bto.Pedro de Luxemburgo y Sta.Colette pertenieron al bando de Clemente. Los más famosos doctores de la ley fueron consultados y la mayoría se didieron por Roma. Los teólogos estuvieron divididos. Los alemanes como Enrique de Hesse o Langstein (Epistola concilii pacis) y Conrado de Glenhausen (Ep.brevis; Ep. Concordioe) se inclinaron hacia Urbano; Pierre d’Ailly, su amigo Felipe de Maizieres, sus alumnos Jean Gerson y Nicolás de Clemanges y con ellos toda la Escuela de París, defendieron los intereses de Clemente. El conflicto de pasiones rivales y la novedad de la situación hicieron difícil el entendimiento e imposible la unanimidad. Como regla general los eruditos adoptaron la opinión de su país. Las potencias también tomaron sus bandos. La mayoría de los estados italianos y alemanes, Inglaterra y Flandes apoyaron al Papa de Roma. Por otra parte Francia, España, Escocia y todas las naciones en la órbita francesa se pusieron del lado del Papa de Aviñón. Sin embargo, Carlos V había primero sugerido oficialmente a los cardenales en Anagni la convocatoria de un concilio general, pero no fue oído. Desafortunadamente los Papas rivales lanzaron excomunicaciones ríprocas; crearon numerosos cardenales para compensar las defciones y los enviaron por la Cristian-dad a defender su causa, difundir su influencia y ganar adeptos. Mientras estas graves y ardientes discusiones se iban difundiendo al extranjero, Bonifacio IX había sucedido a Urbano VI en Roma y Benedicto XIII había sido elto Papa a la muerte de Clemente en Aviñón. "Hay dos capitanes en el barco, quienes están combatiendo y contradiciéndose entre sí", dijo Jean Petit en el Concilio de París (1406). Varias asambleas eclesiásticas se reunieron en Francia y otros lugares sin un resultado definitivo. El mal continuó sin remedio ni tregua. El rey de Francia y sus tíos comenzaron a cansarse de apoyar un Papa como Benedicto, quien actuaba únicamente de acuerdo a su humor y que causaba el fracaso de todo plan de unión. Además, sus exacciones y la severidad fiscal de sus agentes agobiaron grandemente a obispos, abades y clero menor en Francia. Carlos VI liberó a su pueblo de la obediencia a Benedicto (1398) y prohibió a sus súbditos, bajo severos castigos, someterse a este Papa. Cada bula o carta del Papa era enviada al rey; no se tomarían en cuenta los privilegios otorgados por el Papa; en el futuro, toda dispensa debería ser solicitada de los ordinarios.
Esto por tanto era un cisma dentro de un cisma, una ley de separación. El Canciller de Francia, quién ya era virrey durante la enfermedad de Carlos VI, por tanto llegó a ser incluso vice-Papa. No sin complicidad del poder público, Geoffrey Boucicaut, hermano del ilustre mariscal, puso sitio a Aviñón y un bloqueo más o menos estricto privó al pontífice de toda comunicación con aquellos que le permanían fieles. Cuando se reestablió la libertad en 1403 Benedicto no llegó a ser más conciliador, menos obstinado o terco. Otro sínodo privado, que fue convocado en París en 1406, se reunió sólo con éxito parcial. Inocente VII ya había sucedido a Bonifacio en Roma y, después de un reinado de dos años, fue reemplazado por Gregorio XII. Este último, aunque de carácter moderado, pare no haberse dado cuenta de las esperanzas que la Cristiandad, inmensamente preocupada de estas interminables divisiones, había colocado en él. El concilio que convocó en Pisa agregó un tercer rlamante al trono papal en lugar de dos (1409). Luego de muchas conferencias, proytos, discusiones (a menudo violentas), intervenciones de los poderes civiles, catástrofes de todo tipo, el Concilio de Constanza (1414) depuso al sosphoso Juan XXIII, ribió la abdicación del tímido y cortés Gregorio XII y finalmente despidió al obstinado Benedicto XIII. El 11 de Noviembre de 1417, la asamblea eligió a Odo Colonna, quién tomó el nombre de Martín V. Así terminó el Gran Cisma de Occidente.
(2) De este breve resumen será fácil concluir que este cisma en nada se pare al de Oriente, que fue algo único y que ha permanido así en la historia. No fue propiamente un cisma, siendo en realidad un lamentable malentendido respto a una cuestión de hecho, una complicación histórica que duró cuarenta años. En Occidente no hubo una revuelta contra la autoridad papal en general, ningún desprio del poder soberano del cuál San Pedro era representante. La fe en la nesaria unidad nunca vaciló en lo más mínimo; nadie deseó voluntariamente separarse de la cabeza de la Iglesia. ahora esta intención sola es la marca característica del espíritu cismático (Summa, II-II, Q.xxxix, a. 1). Al contrario, todo mundo deseaba la unidad, materialmente lipsada y temporal-mente comprometida, debería rápidamente brillar con nuevo esplendor. Los teólogos, canonistas, príncipes y fieles del siglo catorce sentían tan intensamente y mantenían tan vigorosamente que este carácter de unidad era esencial a la verdadera Iglesia de Jesucristo, que en Constanza la solicitud de unidad tomó predencia sobre la de reforma. El beneficio de la unidad nunca había sido aduadamente apriada hasta que había sido perdida, hasta que la Iglesia había llegado a ser bicéfala o tricéfala y paría no haber cabeza prisamente aporque había demasiadas. en realidad la única marca de la verdadera Iglesia consiste sobre todo en la unidad bajo una sola cabeza, el guardián divinamente nombrado de la unidad de la fe y la adoración. Ahora en la práctica no había ningún error voluntario respto a la nesidad de este rasgo de la verdadera Iglesia, mucho menos había una revuelta culpable contra la cabeza conocida. Había simplemente ignorancia, y entre la mayoría una invencible ignorancia respto a la persona del verdadero Papa, respeto a quién era en ese tiempo el depositario visible de las promesas de la Cabeza invisible. ¿Cómo podía de verdad ser despejada esta ignorancia? Los únicos testigos de los hhos, los autores de la doble elección, fueron las mismas personas. Los cardenales de 1378 mantuvieron opiniones sucesivas. Habían testificado por Urbano, el primer Papa elto el 8 de Abril, y por Clemente en Aviñón el 20 de Septiembre. ¿Quiénes debían ser creídos, los miembros del Sacro Colegio escogiendo y escribiendo en Abril, o los mismos cardenales hablando y actuando contradictoriamente en Septiembre? Fondi fue el punto de partida para la división; allí igualmente deberían buscarse los graves errores y las formidables responsabilidades.
Obispos, príncipes, teólogos y canonistas estaban en un estado de perplejidad del cual no podían salir a consuencia del conflictivo, no-desinteresado y tal vez insincero testimonio de los cardenales. De allí en adelante ¿cómo los fieles iban a despejar la incertidumbre y formar una opinión moralmente segura? Los fieles rurrieron a sus líderes naturales, y éstos, no sabiendo exactamente qué apoyar, siguieron sus intereses o pasiones y se adhirieron a probabilidades. Fue un terrible y angustioso problema que duró cuarenta años y atormentó a dos generaciones de cristianos; un cisma en el curso del cuál no hubo intención cismática, salvo algunas personas exaltadas que deberían haber antepuesto los intereses de la Iglesia a todo lo demás. También debería hacerse excepción de algunos doctores del período cuyas extraordinarias opiniones muestran lo que fue el desorden general de las mentes durante el cisma (N.Valois, I, 351; IV, 501). Aparte de estas excepciones nadie tuvo la intención de dividir la tela inconsútil [de la Iglesia], nadie formalmente deseó el cisma; los involucrados fueron ignorantes o mal guiados, pero no culpables. De parte de la gran mayoría del clero y del pueblo debe alegarse la buena fe que excluye todos los errores y la casi imposibilidad para el fiel sencillo de descubrir la verdad. Esta es la conclusión lograda por un estudio de los hhos y documentos contemporáneos. Tanto el rey Carlos V, el conde de Flandes, el duque de Bretaña y Jean Gerson, el gran canciller de la universidad, compiten entre sí en dlararlo. D’Ailly, entonces obispo de Cambrai, en sus sínodos diocesanos se hizo o de estos sentimientos moderados y conciliatorios. En 1409 dijo a los genoveses: "No conozco cismáticos, salvo aquellos que tercamente se niegan a conocer la verdad, o quienes después de descubrirla se niegan a rendirse a ella o aquellos que aun formalmente dlaran que no quieren seguir el movimiento hacia la unión". Cisma y herejía como los pados y los vicios, agrega en 1412, sólo pueden resultar de la terca oposición o a la unidad de la Iglesia, o a un artículo de fe. Esta es la doctrina pura del Doctor Angélico (cf. Tshackert, "Peter von Ailli", apéndice 32, 33).
(3) Los más modernos doctores sostienen las mismas ideas. Bastará citar a Canon J.Didiot, deán de la facultad de Lille: "Si después de la elección de un Papa y antes de su muerte o renuncia tiene lugar una nueva elección, ésta es nula y cismática; y el así elto no está en la Sucesión Apostólica. Esto fue visto al comienzo de lo que, de alguna manera incorrta, es llamado el Gran Cisma de Occidente, que desde un punto de vista teológico fue cisma sólo en apariencia. Si dos elciones tienen lugar simultáneamente o con muy corto intervalo, una de acuerdo a las leyes previa-mente aprobadas y la otra contraria a ellas, la apostolicidad pertene al Papa legalmente escogido y no al otro, y aunque haya dudas, discusiones y crueles discusiones sobre este punto, como en el tiempo del denominado Cisma de Occidente, no es menos cierto, no es menos real que la apostolicidad existe objetivamente en el verdadero Papa. ¿Qué importa, en esta relación objetiva, que no sea evidente a todos y no sea ronocida en forma unánime aun largo tiempo después? Si un tesoro me ha sido legado, perno no sé si está en el cofre A o en joyero B. ¿Soy por ello menos poseedor del tesoro?". Después el teólogo nos deja oír al canonista. Lo siguiente son las palabras de Bouix, tan competente en todas estas cuestiones. Hablando de los sucesos de este triste período, dice: "Esta disensión fue llamada cisma, aunque incorrtamente. Nadie se retiró del verdadero pontífice romano considerado como tal, pero cada uno obedió a aquel que consideraba verdadero Papa. Se sometieron a él, no en forma absoluta, sino a condición de que fuera el verdadero Papa. Aunque hubo varias obediencias, sin embargo, no hubo un cisma propiamente dicho" (De Papa, I, 461).
(4) Para los contemporáneos, como se ha mostrado suficientemente, fue un problema casi insoluble. ¿Son nuestras luces más plenas y brillantes que las suyas? Después de seis siglos somos capaces de juzgar más desinteresada e imparcialmente, y aparentemente el momento es oportuno para formar una disión, si no definitiva, al menos mejor informada y más justa. En nuestra opinión, el asunto avanzó rápidamente a fines del siglo XIX. El cardenal Hergenrother, Bliemetzrieder, He fele, Hinschius, Kraus, Bruck, Funk y el erudito Pastor en Alemania, Manion, Chenon, de Beaucourt y Denifle en Francia, Kirsch en Suiza, Palma, mucho después Rinaldi, en Italia, Albers en los Países Bajos (para mencionar sólo a los más competentes o ilustres), se han abiertamente dlarado a favor de los Papas de Roma. Noel Valois, quien pretende tener autoridad en el asunto, al principio consideró como dudosos a los Papas rivales y creyó "que la solución de este gran problema estaba más allá de la historia" (I, 8). Seis años más tarde él concluyó su autorizado estudio y revisó los hhos relativos en cuatro grandes volúmenes. La siguiente es su conclusión final, mucho más explícita y didida que su anterior juicio: "Una tradición ha sido establida a favor de los Papas de Roma, que la investigación histórica tiende a confirmar". Este libro en sí mismo (IV, 503), aunque el autor vacila en didir, ¿trae nuevos argumentos en apoyo de la tesis romana, la cual en opinión de algunos críticos son bastante convincentes? Un argumento final y bastante riente viene de Roma. En 1904 la "Gerarchia Cattolica", basando sus argumentos en la fecha del Liber Pontificalis, compiló una nueva y corregida lista de soberanos pontífices. Diez nombres han desaparido de esta lista de Papas legítimos, ni los Papas de Aviñón ni los de Pisa son incluidos en el verdadero linaje de San Pedro. Si esta omisión deliberada no es una prueba positiva, al menos es un supuesto muy fuerte a favor de la legitimidad de los Papas romanos Urba no VI, Bonifacio IX, Inocente VII y Gregorio XII. Adicionalmente, los nombres de los Papas de Aviñón, Clemente VII y Benedicto XIII, fueron tomados por Papas posteriores (durante los siglos diesiséis y diiocho) que fueron legítimos. Aunque ya hemos hecho muchas citas, habiendo tenido que rurrir a testimonios antiguos y contemporáneos, de los siglos XIV y XV así como del siglo XIX e incluso del siglo XX, transcribiremos dos textos tomados prestados de escritores que con respto a la Iglesia están en polos opuestos. El primero es Gregorovius, a quien nadie supondría con exagerado respeto por el Papado. Concerniente a las divisiones cismáticas del período escribe: "Un reino temporal habría sucumbido por ello; pero la organización del reino espiritual era tan maravillosa, el ideal del Papado tan indestructible, que éste, el más serio de los cismas, sirvió solamente para demostrar su indivisibilidad" (Gesch.der Stadt Rom im Mittelalter, VI, 620). Desde un punto de vista completamente diferente de Maistre sostiene la misma apriación: "Esta aflicción de los contemporáneos es para nosotros un tesoro histórico. Sirve para probar cuán inamovible es el trono de San Pedro. ¿Cuál organización humana habría resistido esta prueba?" (Du Pape, IV, conclusión).
LOUIS SALEMBIER
Transcrito por Judy Levandoski
Traducido por Eduardo Torres
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