Bonifacio VIII, Papa
(BENEDETTO GAETANO)
Nacido en Anagni alrededor de 1235 y fallido en Roma el 11 de octubre de 1303, hijo de Loffred descendiente de una familia noble española pero establida de antiguo en Italia ? primero en Gaeta y después en Anagni. Aunque su madre estaba contada con la casa de Segni, que ya había dado tres hijos ilustres a la Iglesia, Inocencio III, Gregorio IX y Alejandro IV.
Benedetto había estudiado en Todi y en Espoleto en Italia, quizás también en París y había obtenido el doctorado en derecho canónico y civil. Fue canónigo sucesivamente de Anagni, Todi, Paris, Lyon y Roma. En 1265 acompañó al cardenal Ottobuono Fieschi a Inglaterra a donde el Purpurado había sido enviado a restaurar la armonía entre Enrique III y los levantiscos barones. Su carrera en la Curia no comenzó hasta 1276, en la que estuvo varios años trabajando activamente como abogado consistorial y notario apostólico, adquiriendo pronto una influencia notable.
Bajo Martín IV, en 1281, fue creado cardenal ? diácono del título de San Nicolás in carcere Tulliano, y diez años después, con Nicolás IV, cardenal- presbítero del título de los Santos Silvestre y Martín del Monte. Como legado papal sirvió con habilidad conspicua en Francia y Sicilia. (H. Finke, Aus den Tagen Bonifaz VIII, Münster, 1902, 1 sqq., 9 ssq.). El 13 de diciembre de 1294, el santo pero incompetente Papa-ermitaño Celestino V, que cinco meses antes había sido Pietro di Murrhone, había sido llevado desde su lejana cueva en la montaña de los Abruzzi y elevado a la más alta dignidad de la Cristiandad, renunció a la intolerable carga del papado. El hecho no tenía predentes y con fruencia se ha atribuido a la indebida influencia y presión del intrigante cardenal Gaetani. Es altamente probable que la elevación del rluido de mente sencilla y sin experiencia no gustara a un hombre de la talla de Gaetano, con la reputación de ser el mejor jurista de su tiempo y muy versado en el arte de la diplomacias curial. Pero Bonifacio dlaró a través de Egidio Colonna que había intentado disuadir a Celestino de dar el paso y de ahí se admite que la idea de la renuncia al papado se originó primero en la mente de un perplejo y dolorido Celestino y que la parte que jugó Gaetani fue como máximo la de un consejero que romendaba insistentemente que emitiera una constitución antes o al mismo tiempo que la abdicación dlarando la legalidad de la renuncia papal y la competencia del colegio de cardenales para ribirla [Ver espialmente H. Schulz, Peter von Murrhone--Papst Celestin V-- en Zeitschrift für Kirchengeschichte, xvii (1897), 481 sqq.; también Finke, op. cit., 39 sqq.; y R. Scholz, Die Publizistik zur Zeit Philipps des Schönen und Bonifaz VIII, Stuttgart, 1903, 3].
Diez días después del gran rifuto de Celestino Quinto los cardenales se reunieron en cónclave en el Castel Nuovo de Nápoles y el 24 de diciembre de 1294, por mayoría de votos eligieron al cardenal Benedetto Gaetani que tomó el nombre de Bonifacio VIII (Para los detalles de la elección ver Finke, op. cit., 44-54.). Con la aprobación de los cardenales el nuevo Papa revocó inmediatamente (el 27 de diciembre de 1294) todos los extraordinarios favores y privilegios que ?en su completa simplicidad? Celestino V había distribuido con tan imprudente prodigalidad. A principios de enero del año siguiente, a pesar del rigor de la estación, Bonifacio salió para Roma, determinado a alejar inmediatamente al papado de la influencia de la corte napolitana. La ceremonia de su consagración y coronación se celebró en Roma el 23 de enero de 1295 entre escenas de esplendor y magnificencia sin paralelo.
El rey Carlos II de Nápoles y su hijo Carlos Martel, rey titular y pretendiente de Hungría, llevaban las riendas de su palafrén magníficamente equipado, blanco como la nieve, que avanzaba hacia San Juan de Letrán y más tarde, con sus coronas sobre sus cabezas, sirvieron al Papa en la mesa los primeros pocos platos antes de sentarse. Al día siguiente el Pontífice emitió su primera carta encíclica en la que tras anunciar la abdicación de Celestino y su propia sucesión, pintaba en la forma más brillante la naturaleza indeftible de la Iglesia.
El inusual paso dado por Celestino V había levantado mucha oposición, espialmente entre los partidos religiosos italianos. En manos de los Espirituales o Fraticelli y los Celestinos - muchos de los cuales no eran tan candorosos como su santo fundador, el pontífice anterior, si se les permitía que siguieran libremente podían resultar un peligroso instrumento para la promoción de un cisma en la Iglesia. Bonifacio VIII, por consiguiente, antes de salir de Nápoles ordenó que Celestino fuera llevado a Roma y puesto bajo la custodia del abad de Monte Casino. De camino hacia Roma, el santo escapó y volvió a su eremitorio cerca de Sulmona. Prendido de nuevo, se escapó por segunda vez y tras las fatigas de errar varias semanas por los bosques de Abulia llegó al mar y se embarcó hacia Dalmacia. Pero una tormenta arrojó al desafortunado fugitivo en la costa de Vieste en la Capitanata donde fue ronocido y apresado por las autoridades.
Llevado ante Bonifacio en su palacio de Anagni estuvo allí durante un tiempo bajo custodia y finalmente llevado a la fortaleza de Fumone en Ferentino, donde permanió hasta su muerte diez meses después, el 19 de mayo de 1296. La detención de Celestino fue una simple medida de prudencia por la que no hay que censurar a Bonifacio, pero el riguroso tratamiento al que fue sometido el anciano de más de ochenta años ?sea quien fuere el responsable? no será fácilmente perdonado. No hay duda de que este tratamiento existió. El lugar en que fue confinado era tan estrho que ?el lugar en el que el santo ponía los pies para dir la Misa era el mismo en el que rlinaba su cabeza cuando descansaba? (quod, ubi tenebat pedes ille sanctus, dum missam diceret, ibi tenebat caput, quando quiescebat), y sus dos compañeros estaban obligados con fruencia a cambiar los puestos porque el encierro y la estrhez le hacían enfermar. (Ver el importante y valioso ?"S. Pierre Célestin et ses premiers Biographes" in "Analta Bolland.", XVI, 365-487; cf. Finke, op. cit., 267). Aunque imbuido con los principios de sus grades y heroicos predesores Gregorio VII e Inocencia III, el sucesor de Celestino mantenía las más exaltadas nociones sobre la supremacía papal tanto en los asuntos eclesiásticos como en los civiles y siempre se pronunció en la afirmación de sus demandas. Con su profundo conocimiento de los cánones de la Iglesia, su agudo instinto político, su gran experiencia práctica de la vida y gran talento para llevar los asuntos, Bonifacio VIII paría excepcionalmente cualificado para mantener inviolados los privilegios y derechos del papado tal como le habían sido entregados. Pero falló al no ronocer el cambio en el espíritu de los tiempos o en calibrar con acierto el ímpetu de las fuerzas que se preparaban contra él y cuando intentó ejercer su autoridad suprema en asunto temporales como en los espirituales sobre gentes y provincias, se encontró en todas partes una didida resistencia. Sus propósitos de paz universal y de coalición cristiana contra los turcos no se llevaron a cabo y durante los nuevos años de su agitado reinado apenas logró triunfo disivo alguno. Bonifacio VIII aunque fue ciertamente uno de los más notables Pontífices que hayan ocupado el trono papal, también fue uno de los más desafortunados. Su pontificado marca en la historia el dlive del poder y de la gloria medievales del papado.
Bonifacio intentó al principio arreglar los asuntos de Sicilia, abandonados desde la época de las Vísperas Sicilianas (1282). Dos rivales rlamaban la isla; Carlos II, rey de Nápoles, por los derechos de su padre Carlos de Anjou que lo había ribido de Clemente IV; y Jaime II, rey de Aragón, que derivaba sus rlamaciones de los Hohenstaufen, a través de su madre Constanza, hija de Manfredo. Jaime II había sido coronado rey de Sicilia en Palermo en 1286 y por ello había incurrido en la sentencia de excomunión por atreverse a usurpar un feudo de la Santa Sede. En su sucesión al trono de Aragón, tras la muerte de su hermano Alfonso III, en 1291, Jaime acordó rendir Sicilia a Carlos II con la condición de casarse con la hija de éste, Blanca de Nápoles, además de una dote de 70 mil libras de plata. Bonifacio VIII como Señor feudal de la isla, ratificó el acuerdo el 21 de junio de 1295 y más tarde trató de ronciliar a los elementos conflictivos restaurando a Jaime II a la paz con la Iglesia, confirmándole en sus posesiones de Aragón y concediéndole las islas de Cerdeña y Córcega, que eran feudos de la Santa Sede, en compensación por la perdida de Sicilia. Con estas medidas Bonifacio VIII seguía la política papal tradicional sobre los asuntos sicilianos. No pare haber evidencia de que antes o poco después de su elección se hubiera propuesto ruperar Sicilia para la casa de Anjou. El hecho es que Sicilia no se pacificó con ese acuerdo entre el Papa y los reyes de Aragón y Nápoles. Amenazados con la renovación del detestado gobierno de los francesas los habitantes de la isla afirmaron su independencia y ofrieron la corona a Federico, el hermano pequeño de Jaime II. El Papa, en una entrevista con Federico en Velletri, intentó disuadirlo para que no aceptara al oferta sugiriendo que había persptivas de que pudiera suceder al trono de Constantinopla casándose con la princesa Catalina de Courtenay, nieta de Balduino II, el último emperador latino de oriente. Pero el joven príncipe no pudo ser disuadido. El legado papal fue expulsado de la isla Federico, contra las protestas de Bonifacio VIII, fue coronado rey de Sicilia en Palermo el 25 de marzo de 1296. Fue inmediatamente excomulgado y la isla puesta en entredicho. Ni el rey ni su gente prestaron atención a las censuras.
Una guerra se preparaba por instigación papal, en la que Jaime de Aragón, como Capitán General de la Iglesia, fue obligado a tomar parte contra su hermano. La lucha se acabó gracias a los esfuerzos del príncipe Carlos de Valois, al que el Papa había llamado en su ayuda en 1301. Se absolvería a Federico de las censuras en las que había incurrido, para que se casase con Leonor, hija menos de Carlos II, tendiendo Sicilia durante toda su vida. Después de su muerte, la isla revertiría al rey de Nápoles. Aun que sus esperanzas quedaron frustradas, Bonifacio ratificó el tratado el 12 de junio de 1303 y estuvo de acuerdo en ronocer a Federico como vasallo de la Santa Sede. Mientras tanto, Bonifacio VIII dirigía su atención al norte de Italia, donde durante cuarenta años, las dos repúblicas rivales de Venia y Génova habían tenido una amarga lucha por la supremacía comercial en Levante. Una cruzada era impensable sin la cooperación activa de estos dos poderes. El Papa, por consiguiente, ordenó una tregua hasta el 24 de junio de 1296 y ordenó a ambas partes que enviaran embajadores a Roma para arreglar términos de paz . Los venianos estaban inclinados a aceptar su mediación, pero no los genoveses, animados por su éxito. La guerra continuó hasta 1299, cuando las dos repúblicas fueron obligadas finalmente a llegar a la paz, tras quedar exhaustas, pero aun asó se rhazó la intervención papal.
Los esfuerzos hhos por Bonifacio VIII para restaurar el orden en Florencia y Toscaza tampoco dieron resultado. Durante los años que cierran el siglo tre la gran ciudad Güelfa fue arruinada por las violentas disensiones de los Bianchi y los Neri. Los Bianchi o Blancos de tendencias gibelinas, representaban al partido popular y tenían a algunos de los hombres más distinguidos de Florencia ? Dante Alighieri , Guido Cavalcanti y Dino Compagni. Los Neri o Negros profesaban los viejos principios güelfos, representaban a los nobles o a la aristocracia de la ciudad. Cada vez que uno de los partidos ganaba, enviaba a sus oponentes al exilio. Tras un vano intento de ronciliar a los líderes de ambos partidos Vieri dei y Corso Donati, el Papa envió al cardenal Matteo d’Acquasparta como legado papal para mediar y restabler la paz en Florencia. El legado no tuvo éxito y volvió pronto a Roma dejando a la ciudad bajo entredicho. Hacia el fin de 1300, Bonifacio VIII llamó en su ayuda a Carlos de Valois, hermano de Felipe el Hermoso. Nombrado Capitán General de la Iglesia e investido con el gobierno de la Toscaza (por estar vacante el imperio) el príncipe francés ribió plenos poderes para llevar a cabo la pacificación de la ciudad. Valois llegó a Florencia en 1 de noviembre de 1301, pero en vez de actuar como pacificador oficial del Papa se condujo como un destructor cruel. Después de cinco meses de su administración partidista, las Negros dominaban y muchos de los Blancos estaban exiliados o arruinados ?entre ellos Dante Alighieri . Además de atraer hacia sí y hacia el Papa el odio de los florentinos, Carlos no consiguió nada (Levi, Bonifazio VIII e le sue relazioni col commune di Firenze, in Archiv. Soc. Rom. di Storia Patria, 1882, V, 365-474. Cf. Franchetti, Nuova Antologia, 1883, 23-38.) Nótese que muchos eruditos de reputación cuestionan seriamente la famosa embajada de Dante a Bonifacio VIII a finales de 1301. La única evidencia contemporánea que apoya la misión del poeta es un pasaje de Dino Compagni y hasta eso está bajo sospha para algunos como una interpolación posterior.
Mientras intentaba promover la paz en varios estados del norte y sur de Italia, Bonifacio se había visto envuelto en una lucha desesperada en Roma con dos miembros rebeldes del Colegio Cardenalicio, Jacopo Colonna y su sobrino Pietro Colonna. Los cardenales Colonna eran principes romanos de la más alta nobleza que pertenían a una poderosa familia italiana que tenía numerosos palacios y fortalezas en Roma y en la Campaña. La enemistad y antipatía entre ellos y Bonifacio, ya desde 1297, se debía a dos causas. Jacopo Colonna, a quien se había conferido la administración de las vastas posesiones de la familia había violado el derecho de sus hermanos Matteo, Ottone, y Landolfo, apropiándose de propiedades que les pertenían por derecho, y se las había entregado a sus sobrinos. Para conseguir arreglarlo apelaron al Papa, que didió en su favor y advirtió repetidamente al cardenal que tratase a sus hermanos con justicia. Pero el cardenal y sus sobrinos se resintieron amargamente de la intervención del Papa y rehusaron obstinadamente someterse a su disión. Más aún, los cardenales Colonna se habían comprometido seriamente a mantener relaciones de alta traición con los enemigos políticos del Papa ? primero Jaime II de Aragón y después Federico III de Sicilia. Las repetidas advertencias contra estas alianzas no habían servido de nada. El Papa, en interés de su propia seguridad ordenó a Colonna que ribiera guarniciones papales en Palestrina ? la casa ancestral de su familia ? y en su fortaleza de Zagarolo y Colonna. Dlinaron hacerlo y rompieron las relaciones con el Papa. El 4 de mayo de 1298, Bonifacio reclamó la presencia de los cardenales y cuando, dos días más tarde, (el seis de mayo), aparieron, les mandó hacer tres cosas: devolver la consignación de oro y plata que su pariente Stefano Colonna había robado al sobrino del Papa, Pietro Gaetani, cuando lo traía de Anagni a Roma; entregar a Stefano como prisionero del Papa y; rendir Palestrina junto con las fortalezas de Zagarolo and Colonna. Cumplieron la primera de las demandas pero no las otras dos. Entonces Bonifacio, el 10 de mayo de 1297, emitió la bula "In excelso throno" privando a los cardenales rebeldes de sus dignidades pronunciando sentencia de excomunión contra ellos y ordenándoles que en el espacio de diez días, se sometieran so pena de pérdida de sus propiedades.
En la mañana del mismo día (10 de mayo) los Colonna fijaron un manifiesto a las puertas de varias iglesias romanas y hasta en el altar mayor de San Pedro en el que dlaraban inválida la elección de Bonifacio VIII sobre la base de que la abdicación de Celestino V ni era canónica y acusaban a Bonifacio de circunvenir a su santo predesor y apelaban a un concilio general contra cualquier medida que el Papa tomara contra ellos. Estas protestas se compilaron en Longhezza, con la asistencia de Fra Jacopone da Todi y otros dos Espirituales, anticipándose de alguna manera a la bula papal, en respuesta a la cual los Colonna emitieron un segundo manifiesto (16 de mayo) que contenía numerosos cargos contra Bonifacio y apelaba de nuevo al concilio general. El Papa se enfrentó a esta forma de proceder con mayor severidad. El 23 de mayo de 1297 una nueva bula "Lapis abscissus", confirmaba la excomunión previa y la extendía a los cinco sobrinos de Jacopo junto con sus herederos, los dlaraba cismáticos, desgraciados, privándoles de sus propiedades y amenazando con el entredicho a todos los lugares que los ribieran.
Bonifacio, al mismo tiempo, hizo público cómo los cardenales Colonna habían votado a su favor (en el cónclave en que fue elegido, votaron por Gaetani desde el principio, puesto que habían estado entre los que aconsejaban la abdicación de Celestino), le habían ronocido públicamente como Papa, asistieron a su coronación, le ribieron como huésped en Zagarolo, tomaron parte en los consistorios, firmaron documentos de estado con él y durante casi tres años habían sido ministros fieles del altar. Los rebeldes replicaron con un tercer manifiesto (15 junio), e inmediatamente se pusieron a preparar sus fortalezas para defenderse. Bonifacio se retiró de Roma a Orvieto donde el de septiembre de 1297 dlaró la guerra y confió el mando de las tropas pontificias a Landolfo Colonna, hermano de Jacopo. En diciembre del mismo año hasta proclamó una cruzada contra sus enemigos. Las fortalezas y castillos de los Colonna fueron tomadas sin mucha dificultad. Sólo Palestrina (Præneste), la más grande de sus fortalezas, resistió durante algún tiempo, pero en septiembre de 1298, fue obligada a rendirse también. Dante dice que fue tomada a traición por ?largas promesa y cortos cumplimientos? como aconsejó Guido de Montefeltro. Pero la historia del implacable gibelino ha sido desacreditada hace tiempo. Los dos cardenales, con otros miembros de su familia, fueron a Rieti a postrarse a los pies del Papa vestidos de penitentes, con una cuerda alrededor del cuello, a pedir el perdón del Pontífice. Bonifacio ribió a los cautivos rodeado los esplendores de la corte papal, les concedió el perdón y la absolución pero rehusó devolverles sus antiguas dignidades. Palestrina fue destruida hasta los cimientos, se pasó el arado sobre ella y se arrojó sal sobre sus ruinas. Una nueva ciudad? la Città Papale? la remplazó más tarde. Cuando poco después los Colonna organizaron otra revuelta (que fue rápidamente suprimida) Bonifacio volvió a proscribir y excomulgar al turbulento clan. Se confiscaron sus propiedades, entregando la mayor parte a los nobles romanos espialmente a Landolfo Colonna, a los Orsinis y a los familiares del Papa. Los cardenales Colonna y los miembros principales de su familia se retiraron de los Estado Pontificios ? algunos buscando refugio en Francia, otros en Sicilia (Denifle, ver abajo, Petrine, Memorie Prænestine, Rome, 1795.)
Al principio del reinado de Bonifacio VIII, Eric VIII de Dinamarca había aprisionado injustamente a Jens Grand, Arzobispo de Lund. Isarno, Arcipreste de Carcasota fue comisionado (1295) por Bonifacio para amenazar al rey con penas espirituales si no liberaba al arzobispo, pendiente la investigación del asunto de Roma a donde el rey fue invitado a enviar representantes, y así lo hicieron pero al llegar a Roma fueron ribidos por el arzobispo Grand, que mientras se había escapado. Bonifacio didió a favor del Arzobispo y cuando el rey rehusó ceder, lo excomulgó y puso su reino en entredicho (1298). En 1305 Eric cedió. Su adversario fue trasferido a Riga y su sede dada (1304) al legado Isarno. Mientras, en Hungría, Chambert o Canrobert de Nápoles rlamaba la corona como descendiente de San Esteban por la rama femenina y era apoyado por el Papa en su calidad tradicional de Señor y prottor de Hungría. Los nobles, sin embargo eligieron a Andrés III y tras su temprano fallimiento (1301) eligieron a Ladislao, hijo de Wenceslao II de Bohemia. No hicieron caso al entredicho del legado papal y los enviados de Wenceslao rhazaron la intermediación de Bonifacio. Wenceslao había aceptado de los nobles polacos la corona de Polonia, que estaba vacante por el destierro (1300) de Ladislao I. La solemne advertencia del Papa y su protesta contra la violación de su derecho como señor de Polonia fue desoída por Wenceslao, que pronto se alió con Felipe el Hermoso.
En Alemania, al morir Rudolfo de Hapsburg (1291), su hijo Alberto, duque de Austria, se dlaró rey a si mismo. Los eltores, sin embargo, eligieron (1292) al conde Adolfo de Nassau, a lo que Alberto se sometió, pero al ver que el gobierno de Adolfo de Nassau era insatisfactorio, tres de los eltores lo depusieron en Maguncia (23 junio, 1298) y entronizaron a Alberto. Los reyes rivales apelaron a las armas y en Göllheim, cerca de Worms, Adolfo perdió (2 de julio ,1298) su corona y su vida y Alberto, reelegido rey por la Dieta de Francfort y coronado en Aquisgrán (24 de agosto, 1298). Los Eltores habían rurrido regularmente a Bonifacio VIII para el ronocimiento de sus elciones y de la consagración imperial. Bonifacio rhazó ambas porque Alberto había asesinado a su señor feudal. Pronto estuvo Alberto en guerra con los tres arzobispo-eltores reinando y en 1301 el Papa lo llamó a Roma para que respondiera de varios cargos. Victorioso en la batalla (1302) Alberto envió agentes a Bonifacio con cartas en las que negaba haber asesinado al rey Adolfo y que no había buscado la batalla voluntariamente ni llevado el título real mientras vivió Adolfo etc.
Bonifacio acabó ronociendo su elección (30 de abril, 1303). Un poco después (17 de julio) Alberto renovó el juramento de su padre de fidelidad a la Iglesia Romana, ronoció la autoridad papal en Alemania tal como la proponía Bonifacio (mayo 1303) y prometía no enviar, sin el consentimiento papal, un vicario imperial a la Toscana o Lombardía en los próximos cinco años, y defender a la iglesia Romana de sus enemigos.
Bonifacio no tuvo éxito en su intento de mantener la independencia de Escocia. Tras la derrocamiento y prisión de John Baliol, y la derrota de Wallace (1298). El Consejo de Regencia Escocés envió emisarios al Papa para protestar contra la superioridad feudal de Inglaterra. Bonifacio, dían, era el único juez cuya jurisdicción se extendía sobre ambos reinos. El reino pertenía por derecho a la Sede Romana y a nadie más. Bonifacio escribió a Eduardo I (27 de junio de 1299) rordándole, dice Lingard, ?casi con las mismas palabras del memorial escocés?, que Escocia había pertenido de antiguo y aun pertenía a la Sede Romana. El rey debió cesar todas las agresiones injustas, liberar a los cautivos y presentar ante la corte de Roma dentro de los seis meses siguientes cualquier derecho que rlamase sobre toda o sobre parte de Escocia. La carta le llegó al rey tras mucha demora, por manos de Roberto de Winchelsea, arzobispo de Canterbury y presentada por Eduardo ante un Parlamento convocado en Lincoln. En su contestación (27 Septiembre, 1300) éste negaba, sobre los nombres de 104 señores laicos, la rlamación de soberanía del Papa sobre Escocia y afirmaba que ningún rey de Inglaterra había acudido ante juez alguno, lesiástico y civil, respto a sus derechos en Escocia o cualquier otro derecho temporal, ni permitiría que fuera así (Lingard, II, ch. vii). El rey, sin embargo (7 mayo, 1301), completó esas dlaraciones con una memoria en la que exponía el punto de vista real en las relaciones históricas entre Escocia e Inglaterra. En respuesta al rey los representantes escoceses reafirmaban la soberanía inmemorial de la Iglesia Romana sobre Escocia ?La propiedad, el alodio puliar de la Santa Sede?, y seguían diciendo que en todas las controversias entre estos dos reinos independientes e iguales, los rursos debían dirigirse al superior, la iglesia de Roma. Es conflicto de alguna manera académico pronto parió en Roma que no tenía solución debido a la mutua violencia y luchas del partido más débil (Bellesheim, "Hist. of the Cath. Church of Scotland", London, 1887, II, 9-11), y es de menos importancia que las relaciones malogradas entre Bonifacio y Eduardo a propósito de impuestos los injustos al clero. En 1294, por su propia autoridad, Eduardo I suestró todos los bienes encontrados en los tesoros de todas las iglesias y monasterios. Pronto exigió y obtuvo del clero la mitad de sus ingresos, tanto de los laicos como de beneficios. Al año siguiente exigió en tercio o un cuarto, pero rehusaron pagar más de un décimo. Cuando en la Convención de Canterbury (noviembre de 1296) el rey exigió un quinto de sus ingresos, el arzobispo Roberto de Winchelsea, siguiendo la nueva legislación de Bonifacio, ofreció consultar al Papa, por lo que el rey puso fuera de la ley a los clérigos sulares o regulares y se quedó con sus ingresos, bienes e inmuebles. La provincia de Cork, cedió, en la de Canterbury algunos resistieron algún tiempo, entre ellos el valiente Arzobispo que se retiró a una parroquia rural. Con el tiempo se roncilió con el rey y le fueron devueltos sus bienes, pero como Eduardo muy pronto reclamó por su propio derecho un tercio de los beneficios eclesiásticos, su ronocimiento de la Bula ? Clericis laicos ? fue muy efímero.
El memorable conflicto con Felipe el Hermoso, rey de Francia, comenzó a principios del reinado del Papa y no terminó ni siquiera con el trágico fin del su pontificado. El propósito general del Papa era la paz europea, en interés de la cruzada que rompería para siempre, en el que paría un momento favorable, el poder del Islam. El principal obstáculo a tal paz era la guerra entre Francia e Inglaterra por la injusta toma del País Gascón por Felipe el Hermoso (1294). Los principales combatientes continuaron la guerra a expensas de la Iglesia a cuyos representantes cargaban de impuestos. Esos impuestos habían sido con fruencia autorizados por los papas, pero sólo con el propósito de la cruzada, mientras que ahora se aplicaban solamente a propósitos sulares de guerra. Los legados enviados por Bonifacio a ambos reyes unas semanas tras su elección no consiguieron nada y los esfuerzos posteriores tampoco por la terca actitud de Felipe. Mientras tanto, las numerosas protestas del clero francés movieron al Papa a actuar y con la aprobación de los cardenales publico el 24 de febrero de 1295 la Bula " Clericis laicos ", en la que prohibía a los laicos quitar o ribir y al clero entregar, beneficios eclesiásticos y propiedad, sin permiso de la Sede Apostólica. Dlaraba excomulgados a los príncipes que imponían esas exacciones y a los eclesiásticos que las aceptaban.
Otros papas del siglo tre, en el Tercero y Cuarto Concilios de Letrán (1179,1215) habían legislado de forma similar contra los opresores del clero. Aparte de la primera línea de la Bula que paría ofensiva por reflejar a los laicos en general ( Clericis laicos infensos esse oppido tradit antiquitas, i.e. ?Toda la historia muestra claramente la enemistad de los laicos hacia el clero??en realidad era algo conocidísimo en la escuela y tomado de fuentes anteriores, pero no había nada en general que pudiera despertar de forma particular el enfado real. Pero Felipe estaba indignado y pronto respondió con una ordenanza real (17 de agosto) prohibiendo exporta oro o plata, piedras priosas, armas y alimentos de su reino. Prohibió también que los mercaderes extranjeros permanieran dentro de las fronteras de su reino. Estas medidas aftaron inmediatamente a la Iglesia Romana, que conseguía muchos de sus ingresos en Francia, inclusive los dineros de la cruzada, por lo que los numerosos roltores papales fueron prohibidos. El rey también dejó preparada para su publicación (aunque nunca lo fue) una proclamación respto a las obligaciones de los eclesiásticos para con las cargas públicas y el carácter revocable de las inmunidades eclesiásticas. (respto a las generosas contribuciones del clero francés a las cargas nacionales véase la exhaustiva estadística de Bourgain en "Rev. des quest. hist.", 1890, XLVIII, 62.). En la Bula "Ineffabilis Amor" (20 septiembre) Bonifacio protestó vigorosamente contra estas actuaciones reales y explicó que nunca había querido prohibir los regalos voluntarios del clero o las contribuciones nesarias para la defensa del reino, tema sobre el que eran jues el rey y su consejo. Durante 1297 el Papa trató de varias maneras de aplacar el amargo enfado real, sobre todo con la Bula ?Etsi de Statu? (31 julio), y sobre todo con la canonización del abuelo del rey, Luis IX, el 11 de agosto de 1297) rey.
La ordenanza real se retiró y el doloroso incidente paría cerrado. Mientras, la tregua por dos años que Bonifacio había tratado de imponer a Felipe y Eduardo fue finalmente aceptada por ambos reyes a principio de 1298. Los asuntos en disputa eran llevados ante Bonifacio como árbitro, aunque Felipe le aceptó no como Papa sino como una persona privada, como Benedetto Gaetano. El resultado favorable a Felipe se hizo saber por Bonifacio en un consistorio público (27 de junio).
En el Jubileo de 1300 el elevado espíritu de Bonifacio paría ribir una consolación y una compensación por las humillaciones anteriores. Esta celebración única, el apogeo del poder temporal del papado (Zaccaria, De anno Jubilæi, Rome, 1775), fue inaugurada formalmente por el Papa en la fiesta de los santos Pedro y Pablo (29 de junio). Giovanni Villani, un testigo ocular realza en su crónica florentina que alrededor de 200 mil romeros iban llegando constantemente a la ciudad. Fue nesario abrir un huo en la muralla de la ciudad Leonina, cerca del Tíber, para que la multitud tuvieran mayor libertad de movimientos. Los peregrinos llegaban de todos los países de Europa y hasta de la distante Asia. Pero ninguno de los reyes o príncipes europeos, si exceptuamos al hijo mayor del rey de Nápoles, llegaron para mostrar su respeto al Vicario de Cristo, lo que resultaba inquietante. Se dice que la segunda corona de la tiara pontificia, indicadora de su poder temporal, proviene de tiempos de Bonifacio, pudo ser añadida en este momento.
Mientras tanto Felipe continúo con su opresión fiscal inmisericorde con la Iglesia. Y abusaba cada vez más de las llamadas regalia, regalías o privilegios de roltar los beneficios de una diócesis mientras estaba vacante.
Desde mediados de 1297 los Colonna exiliados habían encontrado refugio y simpatía en la corte de Felipe, desde la que difundían calumnias contra Bonifacio y urgían la reunión de un Concilio general para deponerle. El absolutismo real tenía ahora una mayor incitación por las sugerencias de un dominio universal bajo la hegemonía de Francia. El nuevo estado había de asegurar además de Tierra Santa y una paz universal. Ambos imperios, bizantino y germánico debían incorporarse a él y el Papa sería un mero patriarca espiritual, cuyos bienes administraría el rey francés que pagaría al Papa un salario anual que correspondiente con su oficio. Tal era el nuevo Bizantinismo expresado en una obra sobre la ruperación de Tierra Santa ("De ruperatione terræ sanctæ", en Bongars, "Gesta Dei per Francos", II, 316-61, ed. Langlois, Paris, 1891), que aunque era una obra privada de Pierre Dubois, un funcionario de Felipe, probablemente reflejaba algún plan fantástico del rey (Finke, Zur Charakteristik, 217-18).
En la primera parte de 1301, Bonifacio comisionó a Bernardo de Saisset, obispo de Pamiers (Languedoc), como legado de Felipe. Debía protestar contra la continua opresión del clero y urgir al rey que se aplicara a la cruzada los diezmos rogidos con indultos papales. Por varias razones De Saisset no fue bien ribido (Langlois, Hist. de France, ed. Lavisse, III, 2, 143). De vuelta a Pamiers fue acusado de pronunciar discursos traidores e incitar a la insurrción., fue traído a París (12 de julio 1301) y de allí a Senlis, donde fue hallado culpable por un tribunal dirigido por Pierre Flote, alguien desconocido para los historiadores modernos (Von Reumont) como ?un modelo de injusticia y violencia?. En vano protestó De Saisset de su inocencia y negó la competencia del tribunal civil. Fue entregado temporalmente a la custodia del arzobispo de Carbona, mientras Pierre Flote y Guillermo de Nogaret iban a Roma a conseguir de Bonifacio la degradación de su legado y su entrega a la autoridad civil. Bonifacio actuó con disión. Exigió del rey la inmediata liberación de De Saisset y escrib
Botulfo San
(O BOTOLFO) Abad del cual se desconoce su fecha de nacimiento; murió aproximadamente en 680. San Botulfo, el santo cuyo nombre se ha perpetuado en la ciudad estadounidense de Boston, Massachussets, fue ciertamente un personaje histórico, aún cuando la historia de su vida es confusa y con datos insatisfactoriamente conocidos.
La información que poseemos sobre su vida proviene fundamentalmente de una breve biografía de Folcard, monje de San Bertín y Abad de Thorney, quien la escribió en el Siglo XI (Hardy, Catalogue of Brit. Hist., I, 373). De conformidad con esta obra, Botulfo tuvo padres sajones que eran cristianos y fue enviado conjuntamente con su hemano Adolfo, al continente a fin de realizar estudios.
Adolfo permanió en el extranjero, donde llegó a ser Obispo de Utrht, aunque su nombre no aparezca demasiado en las listas antiguas. Botulfo, regresó a Inglaterra, encontró el favor de un cierto Ethelmundo "Rey de los Angeles del Sur", a cuyas hermanas había conocido en Alemania. Y fue este personaje quien permitió que se pudiese contar con un terreno en el que se construyó un monasterio.
Este lugar, rodeado de agua, llamado Icanhoe, se identifica comúnmente con el pueblo de Boston en Lincolnshire, debido a una derivación del nombre (Boston = de Botulfo´s town). Existen evidencias, sin embargo, de que el terreno en verdad debió de haberse localizado en la villa de Iken en Suffolk, el que está casi rodeado por el pequeño río Alde. Allí hay también una iglesia dedicada a San Botulfo. A favor a Lincolnshire de debe rordar el hecho de que San Botulfo fue muy honrado en el norte y en Escocia.
Su festividad se encuentra en el calendario de York, pero no en el de Sarum. Más aún, Folcard habla de las vindades de Botufo (vicini). A favor de Suffolk, por otra parte, puede ser citada la tradición de que San Botulfo fue también llamado "Obispo", y fue enterrado en Grundisburgh, una villa cerca de Woodbridge, y luego trasladado a Bury, San Edmundo.
Sin embargo, esto se puede referir a otra persona, debido a que nuestro personaje muy fruentemente es asociado con San Jurmin (Arnold, Memorials of Bury, I, 352). Ese Botulfo, realmente no construyó un monasterio en Icanhoe, lo que está registrado en una entrada de la crónica anglosajona del año 654: Botulf ongan thoet mynster timbrian oet Yceanho, i.e. Botulfo principió a construir el ministerio en Icanhoe.
La situación mediante la cual nuestro santo habría vivido en condados del este, es algo que estaría probado en la "Historia Abbatum" (Plummer’s Bede, I, 389), donde vemos que Ceolfrid, en Wearmouth, "viajó a East Angles para que pudiera ver la fundación que realizaba el Abad Botulfo, cuya fama se había extendido ampliamente como un hombre de gran conocimiento, lleno de la Gracia del Señor",
Existe un ruento por medio del cual se puntualiza que Ceolfrid "habiendo sido muy instruido en tan poco tiempo, provocaba que nadie pudiera negar su erudición en cuanto a las tradiciones monásticas o lesiales". Folcard representa a San Botulfo como viviendo y muriendo en Icanhoe a pesar de las molestias de los malos espíritus a los que se exponía.
De conformidad con lo que se muestra por el Schleswig Breviary, se supone que el santo cambio de habitación varias ves en el proceso de construcción del monasterio. Incluso haría el intento de construer uno en los bancos del Támesis en honor a San Martín. Sus reliquias se dice que luego de las incursiones de los daneses, fueron robradas y divididas entre San Aethelwold, la Abadía de Thorney, y la capilla privada del Rey Edgar.
Lo que pare como más cierto es que San Botulfo fue honrado en muchas iglesias que se le dedicaron, más de cincuenta en total, en East Anglia y en el Norte. Su nombre se perpetúa no solamente en el pequeño pueblo de Boston en Lincolnshire con el homónimo estadounidense, sino también en Bossal en Yorkshire, Botesdale en Suffolk, Botolph Bridge en Huntingdonshire, y Botolph en Sussex. En Inglaterra su festividad se mantiene en el 17 de junio, en Escocia el 25 de junio.
STANTON, Menology, 271; Acta SS., June, III, 402; MABILLON, Acta SS. Benedict., III, 1; STUBBS in Dict. Christ. Biog.; GRANT, in Dict. Nat. Biog.; FORBES, Calendars of Scottish Saints (Edinburgh, 1872), 283; ARNOLD-FORSTER, Church Dedications (London, 1899), II, 52-56.
HERBERT THURSTON
Transcripción de Steve Fanning
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes
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