Arquittura Gótica
El término "gótico" fue empleado primeramente con intención desptiva, durante el Renacimiento tardío. Según Vasari, "aparieron nuevos arquittos, quienes levantaron, a la manera de sus naciones bárbaras, edificios en el estilo que llamamos gótico", en tanto que Evelyn no puede menos que expresar la actitud mental de su tiempo al escribir: "La arquittura de griegos y romanos de la Antigüedad cumplía todas las perfciones esperadas en un edificio sin tacha y bien logrado", pero los godos y los vándalos la destruyeron e introdujeron "en su lugar una manera fantástica y licenciosa de construir: hacinamientos de pilares, gruesos, oscuros, melancólicos, monacales, sin proporción justa, utilidad o propósito". Se hacía por primera vez el intento de destruir una forma de arte instintiva y, por lo que a Europa concierne, casi universal, sustituyéndola con otra levantada sobre reglas artificiales y teorías premeditadas; por tanto, era nesario librar el terreno de un brote alguna vez abundante y aún vital, para lo cual, las escuelas de Vignola, Palladio y Wren se vieron obligadas a burlarse del arte que se proponían desacreditar. En su ignorancia, tanto del verdadero entorno del estilo como de su naturaleza, los italianos lo llamaron "maniera Tedesca", y dado que la palabra "godo" implicaba barbarie a la perfción, es natural que la aplicaran al estilo que deseaban destruir. El estilo desaparió, pues llegó a su fin ese tipo particular de civilización al que expresaba, pero el nombre permanió y ya a principios del siglo XIX, cuando en los inicios de una nueva época aparieron nuevos apologistas, el antiguo apelativo fue ruperado, siendo el único disponible. Desde entonces, se hacen constantes esfuerzos por definirlo con mayor exactitud, por darle un nuevo significado o por sustituirlo con uno más expresivo de la idea que se desea transmitir.
La palabra en sí misma, según su uso actual, repele todo sentido de pensamiento priso; en lo étnico, el arte al que describe es de origen franco-normando, en tanto que un golfo racial, religioso y cronológico se tiende entre los godos arios de una ribera y los francos y normandos católicos de la otra. "La raza y el nombre de los ostrogodos perió para siempre" (Bryce, "The Holy Roman Empire", III, 29) con la conquista de Italia y Sicilia a cargo de Justiniano (535-553), cinco siglos antes de los inicios del arte que lleva su nombre. La investigación moderna indaga más allá de las tendencias raciales acerca de la raíz del impulso artístico en cualquiera de sus formas, y al margen de la deseable enmienda un anacronismo histórico, se estima que el arte medieval (del cual la arquittura no es sino una de sus categorías) exige un nombre exacto y significativo, puesto que su existencia se debe a influencias y tendencias más fuertes que las de la sangre, un nombre que indique la estimación más justa en la que actualmente se le tiene.
No obstante, los intentos de definir el término han tenido poco éxito. Ese esfuerzo ha producido resultados tan variados como los epítetos de Vasari y Evelyn, las nebulosas y sentimentales paráfrasis de los románticos a principios del siglo XIX, las estrhas definiciones arqueológicas de De Caumont y los rígidos formalismos de rigoristas y espialistas estructurales como Viollet le Duc, Anthyme Saint-Paul, Enlart y el profesor Moore. El único intento científico es aquél del cual el primero fue el creador y el último, su exponente más erudito y puntual. En síntesis, lo que esta escuela afirma es que todo el esquema constructivo está determinado no por muros sino por una armazón exquisitamente organizado y francamente expuesto, donde reside toda su fuerza. Esta armazón, hecho de pilares, arcos y contrafuertes, se fabrica en todas sus partes tan esbelto como se puede sin comprometer su solidez, libre de todo el estorbo innesario que pudieran representar los muros, y la estabilidad del edificio no nesita la masividad inerte más que para apuntalar en la periferia las partes activas, cuyas fuerzas opuestas se neutralizan unas a otras. Se trata, por lo tanto, de un sistema de empujes en equilibrio, opuesto al antiguo sistema de estabilidad inerte. La arquittura gótica es un sistema tal, ejutado con un consumado espíritu artístico (Charles H. Moore, "Development and Character of Gothic Architture", I, 8).
Este es un admirable enunciado sobre el elemento estructural, que es fundamental para la arquittura gótica; pero dejándose arrastrar por su entusiasmo hacia el logro cimero del intelto humano en el ámbito de la construcción, quienes han demostrado su preeminencia con mayor claridad usualmente han caído en el error de afirmar que esta cualidad única es la piedra de toque de la arquittura gótica, lo cual minimiza la importancia de todas las consideraciones estéticas y niega el nombre "gótico" a todo aquello donde el sistema de empujes en equilibrio, bóvedas de nervadura y cargas concentradas no figura coherentemente. Moore mismo afirma que "dondequiera que esté ausente una armazón que se sostiene bajo el principio de empuje y contraempuje, nos falta el gótico" (Moore, op. cit., I, 18). El resultado es que se le niega el título de gótica a toda la arquittura medieval de Europa occidental, a excepción de la producida durante siglo y medio, principalmente dentro de los límites del antiguo Dominio Real de Francia. De toda la arquittura inglesa producida entre 1066 y 1528, se dice que "deben desharse las pretensiones inglesas de haber participado en el desarrollo inicial del gótico, o tener la arquittura ojival de la isla como propiamente gótica" (Moore, op. cit., prefacio a la primera edición, 8). Otro tanto se debe dir de la arquittura coetánea en Alemania, Italia y España. Lógicamente aplicada, esta regla también excluiría todas las iglesias con cubierta de madera y las estructuras civiles y militares erigidas en Francia a la par de las catedrales, inclusive las fachadas oeste de construcciones tan ronocidamente góticas como las catedrales de París, Amiens y Reims (si bien no se insiste sobre ello). Como lo afirma un comentarista de la arquittura gótica, "una definición tan restringida carga dentro de sí su propia condena (Francis Bond, "Gothic Architture in England ", I, 10).
Un argumento de mayor peso en contra de la aceptación de esta definición estructural reside en el hecho de que si bien como lo dlara Moore (op. cit., V, 190), "un monumento gótico, al que tenemos por maravilloso organismo estructural, es aún más admirable como obra de arte", este formidable componente artístico, predominante a lo largo de más de tres siglos en la mayor parte de Europa occidental, existió independientemente de ese supremo sistema estructural, variando sólo en pequeños detalles de preferencia racial o presentación, sea en Francia o Normandía, en España o Italia, Alemania, Flandes o la Gran Bretaña, y esto, que por sí mismo es manifestación de los impulsos sustentatorios y los verdaderos logros del periodo al cual connota, apare como un accesorio de la evolución estructural y queda desprovisto de nombre, como no sea el superficial término "ojival", aún menos descriptivo que la misma palabra "gótico".
La definición estructural care de aceptación general, dado que el temperamento de la época tiene cada vez menos paciencia con las definiciones materialistas, y existe la exigencia de interpretaciones más amplias, que darán cuenta de los impulsos sustentantes más que de las manifestaciones materiales. Se ronoce el hecho de que en torno y más allá de los asptos estructurales de la arquittura gótica residen otras cualidades de igual importancia y alcance más amplio, de modo que si la palabra ha de continuar usándose en el sentido general con el que siempre se le ha usado, vgr., para denotar espíficamente la expresión arquittónica de ciertos pueblos que respondían a ciertos impulsos dentro de límites temporales definidos, un principio estructural completamente desarrollado no puede servir como prueba única de ortodoxia, si excluye un gran número de obras ejutadas en ese lapso, que en todos los demás asptos presentan uniformidad y consistencia de significado.
Se puede dir de la arquittura gótica que es un impulso y una tendencia, más que un logro perftamente acabado; en lo estético, no alcanzó nunca la perfción en algún monumento o grupo de monumentos, y sus posibilidades no se trabajaron al máximo como no sea en relación a la ciencia de la estructura. En ello, sólo los constructores de catedrales de la Isla de Francia alcanzaron el culmen, pero este hecho no puede dar a su trabajo exclusividad sobre el término. El arte de cualquier época es la expresión de ciertas capacidades raciales, modificadas por herencia, tradición y entorno, que se resuelven a sí mismas bajo el control de impulsos religiosos y sulares. Cuando estos elementos son sólidos y vitales, se combinan en proporciones corrtas y operan durante un lapso suficiente, el resultado es un estilo definido, presente en una o más de las artes. La arquittura gótica es un estilo tal, y es a este estilo, considerado en su aspto más amplio, al que se le aplica por acuerdo generalizado el término "gótico", y es en ese sentido en el que aquí se le usa.
La arquittura gótica y el arte gótico son la expresión estética de aquella época de la historia europea en la que el paganismo estaba ya extinguido, las tradiciones de la civilización clásica, destruidas, se había rhazado o cristianizado o asimilado a las hordas de invasores bárbaros, y la Iglesia católica se había establido no sólo como el poder espiritual único, supremo y prácticamente indisputado como autoridad, sino también como árbitro de los destinos de soberanos y pueblos. Durante los primeros cinco siglos de la Era Cristiana, la Iglesia había luchado por sobrevivir, primero contra el imperialismo agonizante, luego contra las invasiones bárbaras. El traslado de la autoridad temporal a Constantinopla había prolongado las tradiciones de la civilización en la que elementos griegos, romanos y asiáticos se fundían en un curioso crisol, del que uno de sus resultados fue un estilo arquittónico que posteriormente, modificado por numerosos pueblos, sirvió como primera piedra de la arquittura católica de Occidente. Entretanto, en este ámbito imperaba el caos absoluto, mas el fin del oscurantismo estaba a la mano y durante todo el periodo del siglo VI acontieron eventos que sólo podían desembocar en su redención. En el desarrollo de esta nueva civilización, no puede sobreestimarse el papel desempeñado por la orden de san Benito y el Papa san Gregorio Magno: con aquélla, la fe católica se convirtió en un atributo más vivo y personal para el pueblo y comenzó, al mismo tiempo, a imponerse sobre la barbarie, al tiempo que los ideales de ley y orden, largamente perdidos, se restablieron por su conducto en cierta medida. En cuanto a San Gregorio Magno, casi puede considerársele la piedra fundacional de la nueva época. La redención de Europa se consumó durante los cuatro siglos que siguen a su muerte, en gran medida a manos de los monjes de Cluny, y el Papa San Gregorio VII (1073-1085), quien libró a la Iglesia del dominio sular. Durante el siglo XII ocurrirían la reforma cisterciense, la revitalización y purificación del episcopado y del clero seglar con los cánones del regular, el desarrollo de las grandes escuelas fundadas en el siglo predente, las comunas, las órdenes militares y las cruzadas; en el siglo XIII, con ayuda del Papa Inocencio III, Felipe Augusto, san Luis y los franciscanos y dominicos llevarían a su cúspide espiritual y material los potenciales desarrollados en el pasado inmediato.
Esta es la época de la arquittura gótica. Conforme analicemos los agentes que en conjunto hicieron posible una civilización que florió sólo en un arte preeminente, encontraremos que caen dentro de ciertas categorías prisas. En lo étnico, la sangre septentrional de lombardos, francos y escandinavos proveería la vitalidad física de la nueva época. En lo político, el Sacro Imperio, los reyes Capetos de los francos y los duques de Normandía restaurarían un sentido de nacionalidad sin el cual es imposible la civilización creadora, en tanto que el papado, sirviéndose de la irresistible influencia de las órdenes monásticas, dio el impulso fundamental. La Normandía del siglo XI no es más que Cluny en plena acción y durante ese periodo se crearon los elementos estructurales de la arquittura gótica. El siglo XII fue el siglo de cistercienses, cartujos y agustinos, en el que los primeros infundieron a toda Europa de un entusiasmo religioso que clamaba por expresión artística y en el que, antagonizando con el opulento arte de sus mayores, los benedictinos, hicieron de lado lo dorativo y centraron su atención sobre planta, forma y construcción. Las reformas cluniacense y cisterciense, por conducto sus propios miembros, y las otras órdenes a las que dieron origen fueron el brazo móvil y eficiente de un papado reformador, y se convirtieron en la manifestación visible de la ley y el orden desde el día en el que san Benito promulgó su regla. Al llegar el siglo XII, el episcopado y el clero regular se unieron a la labor de dar expresión aduada a una fe religiosa unida e incontestada, y podemos dir, por lo tanto, que la civilización de la Edad Media fue lo que de ella hizo la fe católica, organizada e invencible. Se puede, por lo tanto y con buenas razones, sustituir el título "gótico", no descripitivo, con el término "arte católico", exacto y razonablemente amplio.
Los inicios de ese arte que señaló el triunfo de la cristiandad católica se encuentran en Normandía. Ciertos elementos pueden rastrearse hasta los consrtuctores carolingios, los lombardos en Italia, los coptos y sirios del siglo IV y de ahí, a los griegos de Bizancio. No son más que elementos, gérmenes que no se desarrollaron sino hasta infundírseles de pujanza escandinava y animarles del espíritu de la reforma cluniacense. El estilo desarrollado en Normandía durante el siglo XI contenía la mayor parte de estas normas elementales que después serían amalgamadas y armonizadas aún más por los francos, llevadas a su perfción final y transfiguradas por el espíritu que fue el de todo el mundo medieval. Por maravilloso que fuera este logro, el de los normandos fue aún más notable pues en el estilo que entregaron a los francos yacía inherente todos su potencial esencial. En ese momento, Normandía era el foco de la vitalidad septentrional y casi, el centro religioso de Europa misma. La fundación de monasterios rayaba en manía y el resultado fue un notable renacer del estudio; las abadías de B, Fécamps y Jumièges se hicieron famosas en toda Europa, atrayendo estudiantes de todas partes; en este particular, inclusive Cluny misma quedó en segundo lugar. Fue una civilización muy vigorosa y extendida, en la que la expresión arquittónica se volvió un imperativo. Convencida de formar parte y desempeñar el papel protagónico de la civilización de Europa... Normandía percibió e imitó los progresos arquittónicos de otras naciones, aún las alejadas de sus fronteras. En este tiempo, no había ningún país europeo que pudiera compararse, en logros arquittónicos, con Lombardía. Fue por lo tanto allá hacia donde los normandos voltearon para inspirar sus propias edificaciones. Adoptaron lo vital del estilo lombardo, lo combinaron con lo que ya habían aprendido de sus vinos franceses y agregaron un cuantioso elemento de su propio carácter nacional (Arthur Kingsley Porter, "Mediaeval Architture", VI, 243, 244).
¿Cuáles son esos elementos que se tomaron prestados de los lombardos y los francos y formarían el cimiento de la arquittura gótica? De aquéllos, son:
- La columna en haz y la arquivolta.
- El sistema alterno.
- Las bóvedas de nervadura y vaída.
De éstos (es dir, de los vestigios carolingios):
la planta basilical modificada, con sus naves triples, atravesadas por un crucero extendido, y con tres ábsides. Esto, la base de la típica planta normanda y gótica, deriva dirtamente de la iglesia de la Natividad en Belén, desconociéndose su fecha de origen. Pudo ser construida por Constantino o por Justiniano, o en cualquier momento entre ambos. En todo caso, ni antes de 300 ni después de 550 d.C. las torres pareadas, hacia el oeste, la linternilla o torre central, sobre el crucero, y
el sistema interior triple, compuesto por arquería, triforio y clerestorio.
Se verá que las principales disposiciones de la planta gótica derivan del desarrollo carolingio sobre las modificaciones bizantinas hhas a la basílica cristiana temprana, que en sí misma era una adaptación de la Roma pagana; empero, de los lombardos se habían adquirido tres elementos que están en la base de la construcción gótica. Se rhazaron muchas de las características más típicas de las arquitturas bizantina, carolingia y lombarda, lo cual demuestra que no se siguió un proceso de imitación servil sino de selección consciente; no se apriaron las vastas posibilidades inherentes en otras características, por ejemplo, en el motivo de domo poligonal, rodeado por un ambulatorio abovedado, presente en San Vitale y Aquisgrán, de donde los francos desarrollaron la girola gótica, o en el arco ojival, nunca usado por los normandos con todo y que debieron conocer o imaginar su existencia.
Por fortuna, se conservan los pasos genuinos en el desarrollo de lo que puede llamarse "el orden gótico", desde la primitiva basílica hasta la plena perfción de Chartres, y podemos rastrear el progreso año tras año, a manos de los varios pueblos. Ya a principios del siglo X, agotadas las existencias de columnas de la antigüedad, los pilares cuadrados, hhos de piedras pequeñas, ocupaban el lugar de los fustes monolíticos, pero el sistema basilical de antaño permanía intacto (excepto en las iglesias carolingias poligonales), con sus arquerías cargando los muros portantes de la cubierta, éstos perforados por ventanas estrhas, más el muro envolvente, construido por separado, que limita las naves laterales cerradas con tejado de madera. En Sant’ Eustorgio, Milán (hacia 900), encontramos evidencia de arcos transversales, tendidos desde cada pilar de la arquería al muro circundante, lo que hacía nesario agregar una pilastra plana a cada pilar, para tomar el arranque del arco. Estos arcos pudieron surgir del propósito de reforzar la fábrica, de razones ornamentales o por imitación de arcos similares en las iglesias de domo carolingias, pero al margen de su origen subsiste el hecho de que en lo estructural constituyen el paso inicial hacia la evolución del sistema gótico de construcción. Posteriormente se tendieron arcos transversales sobre la nave, siendo el primer ejemplo registrado el de la iglesia de los santos Felice y Fortunato en Vicenza, fhada en 985. No era nesario, ni por razones estructurales ni estéticas, disponer un arco en cada pilar, de modo que sólo se colocaron alternados, lo que llevó a suprimir el correspondiente arco sobre la nave lateral y a reducir aquel pilar que no portaba ya arco alguno. Para cargar los grandes arcos de la nave se adosaron pilastras por la cara del pilar que ve hacia la nave central y estas pilastras, lo mismo que las que ven hacia la nave lateral, se hicieron de sción semicircular. Si suponemos, como es válido hacerlo, que en otros ejemplos se retuvieron todos los arcos transversales de la nave lateral, en tanto que sólo cada tercer pilar cargó un arco sobre la central, tendremos una planta formada por pilares en haz, que cargan arcos portantes, en sentidos longitudinal y transversal, los cuales dividen toda la superficie en cuadrados, grandes y pequeños, donde con fruencia los cuadrados grandes ocupan cuatro ves la superficie de cada uno de los de la nave lateral.
El siguiente de aquél pueblo en la vía del progreso sería abovedar estos cuadrados con mampostería, pues las cubiertas de madera eran tan inflamables; más aún, los constructores carolingios siempre habían abovedado sus áreas cuadrangulares pequeñas. El progreso inició de inmediato, por supuesto en los cuadrados laterales, donde el problema estructural era más sencillo. No hay fecha registrada; no quedan ejemplos tempranos en Lombardía, pero en Normandía encontramos, hacia 1050, iglesias que poseen naves laterales cubiertas por bóvedas de arista, cuadradas, donde se muestran los arcos transversales. El siguiente paso lo fue, desde luego, el abovedado de los grandes cuadrados de la nave, pero antes de intentar tal cosa se ideó la bóveda de nervaduras, lo que simplificó la tarea en lo estructural. Los antiguos arcos transversales proveyeron el indicio; cuando se quería abovedar una nave lateral así atravesada, los arcos ya existentes eran una plataforma por demás conveniente sobre la cual podían descansar los sillares de la bóveda, ahorrando, en igual medida, parte del encofrado temporal. El intelto no dejaría de sugerir que un rurso tan útil en lo transversal podría serlo también en las diagonales, mucho más difíciles de construir y más susceptibles de ceder en el caso de bóvedas de arista, sin nervaduras. ¿Cuándo ocurrió esta invención, gestadora de una época, y a manos de quiénes? Dónde, es probable que no lo sepamos nunca, ni cuándo, con exactitud, pero no pudo ser antes de 1025 ni después de 1075. San Flaviano Montefiascone, fhada con certeza en 1032, tiene naves laterales con bóvedas nervadas de origen, que son las más tempranas que se conozcan, mientras la bóveda central de Sant’ Ambrogio Milán (hacia 1060) es una construcción nervada completa. "Las autoridades más reacias (como Venturi, Storia dell’ Arte Italiana, 1903, quien cita a Stiehl, 1898), aceptan el punto de vista que las bóvedas son fábrica extranjera, derivada de Borgoña, más o menos coetáneas de la torre del campanario [1129]... La evidencia pare obligarnos a suponer que Sant’ Ambrogio derivó su esquema de construcción de Normandía. Puede ser que el origen de las bóvedas deba buscarse inclusive en Inglaterra, pero hay muchas razones para pensar que la semilla de la idea, como tantas otras, provino de Oriente". (W. R. Lethaby, "Mediaeval Art", IV, 100-111.)
Lo más probable es que los originadores de un rurso tan preñado de posibilidades futuras fueran los lombardos. La nueva bóveda, de arista, nervada, cupular, era todo un tipo nuevo, distinto de cualquier cosa anterior. Difería de la bóveda romana particularmente en que ésta tenía un coronamiento a nivel, resultado de usar arcos de medio punto, laterales y transversales, más arcos de arista elípticos (que se forman naturalmente con la intersción de dos bóvedas de cañón de radios iguales), en tanto que la bóveda "lombarda" se construía con diagonales de medio punto y el resultado presentaba esa forma de cúpula que los constructores góticos de Francia siempre mantuvieron, dada su belleza intrínsa. Por último, las nuevas diagonales sugerían nuevos soportes en los ángulos del pilar y de ahí obtenemos la columna en haz completamente desarrollada, la que posteriormente, a manos de los ingleses, alcanzaría extremos de belleza, siendo también un poderoso factor en el desarrollo del sistema estructural gótico.
Faltaba dar el último paso en la elaboración de la planta de bóvedas gótica: la sustitución de áreas abovedadas cuadradas por rtangulares. Esto se logró por fin en la Isla de Francia, luego de numerosos experimentos normandos de los que quedan evidencias en las bóvedas de San Jorge de Bocherville y en dos grandes abadías de Caen. El abovedado sexpartita de la última, junto al de otras cinco iglesias normandas de similar cubierta y al del coro de San Dionisio en París ha sido siempre una incógnita arquittónica, pues estando claro que se trata de una fase en el desarrollo de la bóveda cuatripartita rtangular, apare en los casos dichos algunos años después de que el sistema ulterior, según se sabe, fuera comprendido plenamente en Francia y tres cuartos de siglo luego de las bóvedas de Sant’ Ambroglio. Hay una razón para suponer que se trata del retorno a alguno de los experimentos más tempranos en el desarrollo de la bóveda rtangular, amplia y elevada, a partir de la pequeña y cuadrada, de las naves laterales. Puede suponerse que las bóvedas sexpartitas existieron en Lombardía antes de desarrollarse la cuatripartita, lo cual explicaría la persistencia, en Sant’ Ambroglio, de los fustes en los pilares intermedios, para los que no hay razón de ser aparente. La bóveda de la Abbaye aux Dames puede considerarse como bóveda nervada cuatripartita de planta cuadrada, bistada y reforzada con un arco transversal de enjuta cerrada, o como una serie de arcos transversales, uno en cada par de pilares, con los espacios de la cubierta cerrados por superficies de piedra curvas, cargadas por nervaduras diagonales que se encuentran entre sí en el coronamiento de cada tercer arco transversal. El primer caso indicaría el temor de confiar en la estabilidad de una bóveda cuatripartita tan grande hasta que se demostrara la eficiencia del experimento; el segundo, un paso en la evolución de la gran bóveda de Sant’ Ambroglio, de la que se ha perdido toda evidencia local. La bóveda de la Abbaye aux Hommes es un paso más en este desarrollo: los espacios abovedados se curvan tanto desde el arco transversal como del intermedio, que de esta manera deja de ser un arco -como en la Abbaye aux Dames- y se convierte en una verdadera nervadura. El resultado es un sistema de abovedado muy sólido, particularmente eftivo por su juego de luz y sombra y por su composición lineal, por lo cual no sorprende que de tiempo en tiempo, los constructores normandos lo usaran de nuevo, o que el abad Suger mismo lo empleara para su magnífica abadía, por su solidez o su belleza, en lugar de la bóveda cuatripartita, más simple y abierta.
Entretanto, el otro gran problema estructural, apuntalar los empujes de la bóveda, lo habían resuelto los normandos. La construcción romana neutralizaba el empuje de las bóvedas de cañón con muros de gran espesor, y el de las bóvedas de arista con el mismo y torpe rurso o con muros transversales; cuando los lombardos tendieron por primera vez arcos transversales sobre sus estrhas naves laterales, agregaron breves pilastras exteriores en el punto de contacto, dado que los muros ya eran suficientemente fuertes como para tomar el leve empuje de esos pequeños arcos. El problema se agravó al abovedar la nave; en Sant’ Ambroglio no se atrevieron a levantar el arranque de la bóveda por encima del piso del triforio y el empuje fue ribido con dos arcos masivos que salvan la nave lateral, uno abajo y otro arriba de dicho piso, escondiendo el arco superior bajo el tejado de la nave, que se continuó hasta el muro circundante. Por supuesto, no se trataba de otra cosa que del muro transversal romano, perforado mediante vanos en arco; el resultado no es bello y quedó a los normandos el desarrollo de un método mejor y más científico. En sus manos, la breve pilastra de los lombardos se convirtió de inmediato en un contrafuerte funcional y no un aditamento dorativo, al tiempo que los pasos sucesivos en el desarrollo del arbotante están registrados y son de particular interés. En la Abbaye aux Hommes se emplearon como rurso medias bóvedas de cañón, que arrancan en los muros circundantes y se apoyan contra las bóvedas de la nave por abajo del tejado. Aunque se trata en realidad de arbotantes ocultos, lo eran de mala manera, ya que sólo una pequeña parte de su acción ribía el empuje concentrado de las bóvedas que estabilizaban, mientras el resto operaba sobre los muros entre los pilares, donde no se requería apuntalamiento alguno (Moore, op. cit., I, 12, 13).
En la Abbaye aux Dames se remediaron estos deftos, pues se suprimió la bóveda de cañón excepto en la pequeña porción donde se apoya contra el arranque de la bóveda. He ahí el arbotante. Aún estaba escondido bajo el tejado del triforio, sin dlararse a la vista, pero en lo funcional estaba completo.
El fruto de la reforma cluniacense actuando en sangre normanda fue la evolución de los lineamientos principales de la planta gótica (excluyendo la terminación oriental o girola), junto al desarrollo del sistema gótico de abovedado y el principio gótico de concentrar empujes que se riben con contrafuertes y arbotantes. El verdadero "sistema gótico" es, entonces, un producto de Normandía. Entretanto, ¿qué se había hecho para resolver la otra mitad de la idea gótica, léase el redescubrimiento de los principios fundamentales de belleza pura, su análisis dentro de los elementos de forma, composición, proporción, relación y ritmo, línea y color, más claroscuro, y qué se había logrado en la vía de desarrollar esa nueva calidad de forma-expresión que, distinguiéndose de todas las escuelas del pasado, da al arte gótico su personalidad puliar? Nada, por lo que a Normandía concierne, salvo lo relativo a ciertas cualidades arquittónicas reveladas primeramente en Jumièges y, enseguida, en las abadías de Caen y San Jorge de Bocherville. La Abbaye aux Hommes es la norma de todas las catedrales francesas, la Abbaye aux Dames, del orden inglés; mientras Jumièges, antesora, permane como una de las más asombrosas construcciones de la historia. Si tuvo antedentes, si ocurrió como culminación de una larga y progresiva serie de experimentos en el desarrollo de la forma arquittónica, la evidencia se ha perdido para siempre pues como están hoy las cosas, permane aislada, casi sobrenatural. Hasta donde sabemos, no tuvo prursoras, pero ahí está, la majestuosa ruina de una iglesia monástica más grande que ninguna otra desde tiempos de Constantino y tanto más avanzada, por lo que a diseño y desarrollo se refiere, que ninguna estructura coetánea. Montier en Der, una abadía del alto Marne, construida por los abades Adso y Berenger (960, 998), es la única estructura registrada que tenga cierto parentesco con Jumièges y la diferencia entre las dos, a una distancia de sólo 50 años, es la que hay entre barbarie y civilización. Todo lo bueno en la arquittura lombarda está asimilado y por añadidura, encontramos fijadas para el resto del periodo gótico esas magníficas y enaltidas proporciones, esa magistral disposición de la planta, el poderoso agrupamiento de las elevadas torres; encontramos ya completo el organismo de triforio en arquería y clerestorio, que juntos establerían el carácter de la arquittura gótica durante toda su duración y seguirían sin cambio, si bien perfcionados una y otra vez mientras la civilización cristiana de la Edad Media permanió operativa. Luego de Jumièges, las abadías de Caen fueron fáciles y, dada la continuación de las condiciones culturales, Amiens y Lincoln resultan inevitables.
Durante la segunda mitad del siglo XI, estas condiciones culturales desaparieron de Normandía. Tiempos difíciles le vinieron al ducado luego de la muerte de Guillermo el Conquistador, y la elaboración del estilo, hasta su suprema y lógica culminación, quedó en otras manos, vgr. las de los franceses del antiguo Dominio Real y las de los normandos trasplantados a Inglaterra. En Francia, al siglo XI lo distinguió la ineficiencia real, la tiranía feudal sin freno, la rebeldía de los obispos al control papal, la indiferencia hacia la reforma cluniacense y en general, la anarquía. A mediados de siglo, Cluny ya había cumplido su labor inmediata y comenzaba a faltar a sus enaltidos ideales, pero otros ocuparían su lugar y harían su labor, y en 1075, san Roberto de Molesme fundó en Borgoña la primera casa del orden cisterciense, que desempeñaría en el siglo XII el papel de Cluny durante el siglo XI. La contienda preliminar que despejaría el terreno francés comenzó con el concilio de Reims, convocado por el Papa León IX (1049-1054), en el que el pontífice y las órdenes monásticas hicieron causa común contra la simonía, el mundanidad y la independencia del episcopado local. Esta lucha se libró al mismo tiempo que otra aún mayor contra el imperio, y al igual que en ésta, la victoria fue del papado. Con el final del siglo XI, las condiciones en Francia eran tales que la antorcha caída de las manos de los dadentes normandos pudieron rogerla y portarla, en su ascenso, los francos.
La explosión de vigor arquittónico en la Isla de Francia durante la primera mitad del siglo XII es de notar. Soissons, Amiens y Beauvais se convirtieron simultáneamente en centros de actividad y la bóveda nervada apare al mismo tiempo en muchos lugares. Durante la primera fase de la transición, 1100 a 1140, los constructores lucharon por dominar la bóveda de nervaduras en sus cuestiones más simples: a
Arrianismo
Una herejía que surgió en el siglo cuarto, y negaba la Divinidad de Jesucristo.
DOCTRINA
Es la primera entre las disputas doctrinarias que perturbaron a los Cristianos después que Constantino hubo ronocido a la Iglesia en A.D. 313, y origen de muchas otras durante tres siglos, el Arrianismo ocupa un gran lugar en la historia lesiástica. No es una forma moderna de descreimiento, y por tanto parerá extraña a los ojos modernos. Pero comprenderemos mejor su significado si la calificamos como un intento Oriental para racionalizar el credo despojándolo del misterio en lo concerniente a la relación de Cristo hacia Dios. En el Nuevo Testamento y en la enseñanza de la Iglesia, Jesús de Nazaret apare como el Hijo de Dios. Este nombre tomo Él para Él Mismo (Mateo 11:27; Juan 10:36), mientras el Cuarto Evangelio manifiesta de Él, el ser la Palabra (Logos), Quien en el principio estuvo con Dios y fue Dios, por Quien fueron hhas todas las cosas. Una doctrina similar es establida por San Pablo, en sus indudablemente genuinas Epístolas a los Efesios, Colosences y Filipenses. Es reiterada en las Cartas de Ignacio, y explica la observación de Plinio al mencionar que los Cristianos cantan en sus asambleas un himno a Cristo como Dios. Pero la cuestión de cómo estaba el Hijo relacionado al Padre (Él mismo ronocido totalmente como la Suprema Deidad), dio lugar, entre los años A.D. 60 y 200, a una cantidad de sistemas Teosóficos, llamados generalmente Gnosticismo, que tuvo por sus autores a Basilides, Valentino, Tatian, y otros espulativos Griegos. Aunque todos ellos visitaron Roma, no tuvieron seguidores en Occidente, el que permanió libre de controversias de una naturaleza abstracta, y fue fiel al credo de su bautismo. Los centros inteltuales eran principalmente Alejandría y Antioquía, Egipcios y Sirios, y la espulación se llevó a cabo en Griego. La Iglesia Romana sostuvo firmemente la tradición. Bajo esas circunstancias, cuando las escuelas Gnósticas habían muerto con sus "conjugaciones" de los poderes Divinos, y "emanaciones" del Supremo inconocible Dios (el "Profundo" y el "Silencio") toda espulación fue convertida en la forma de una pregunta tocante a la "semejanza" del Hijo con Su Padre y la "identidad" de Su Esencia.
Los Católicos han siempre sostenido que Cristo fue verdaderamente el Hijo y verdaderamente Dios. Ellos lo adoran a El con honores divinos; ellos nunca consentirían en separar a Él, en idea o realidad, del Padre, cuya Palabra, Razón, Mente, Él era, y en Cuyo Corazón Él mora desde la eternidad. Pero los términos técnicos de la doctrina no estaban completamente definidos; y aún en Griego palabras como esencia (ousia), sustancia (hypostasis), naturaleza (phisis), persona (hiposopon) conllevaban una variedad de significados arrastrados desde las stas de filósofos pre-Cristianos, lo que no podía sino implicar malos entendidos hasta que fueran aclaradas.
La adaptación del vocabulario empleado por Platón y Aristóteles a la verdad Cristiana fue cuestión de tiempo; no podía ser hecha en un día; y cuando fue llevado a cabo para el Griego tuvo que ser encarado para el Latín, a lo que no se prestaba rápidamente por nesarias aunque sutiles diferencias. Las disputas debían florer aún entre los ortodoxos todos los cuales sostenían una única fe, era inevitable. Y de todas estas discusiones tomarían ventaja los racionalistas para sustituir el antiguo credo por sus propias invenciones. El sentido en que todos avanzaron fue el siguiente: negar que en ningún verdadero sentido Dios podía tener un Hijo; como concisamente los expresó Mahoma mas tarde, "Dios no engendra, ni es engendrado" (Corán, 112). Hemos aprendido a llamar a esa negación Unitarismo. Fue alcance esencial de la oposición Arriana a lo que los Cristianos habían siempre creído. Pero el Arriano, aunque no venía dirtamente del Gnóstico, seguía una línea argumental y enseñaba una visión que el Gnóstico había hecho familiar. Describía al Hijo como segundo, o Dios inferior ubicado entre medio de la Primera Causa y las criaturas; como Él Mismo creado de la nada, aún como creando todas las otras cosas; como existente antes de los mundos de las edades; y como ataviado con todas las perfciones divinas excepto aquella que era su sustento y fundamento. Sólo Dios era sin-principio, no creado; el Hijo era creado, y alguna vez no había existido. Ya que todo lo creado debe comenzar a ser. Tal es la genuina doctrina de Arrio. Usando términos Griegos, niega que el Hijo es una sola esencia, naturaleza o sustancia con Dios; Él no es consustancial (homoousios) con el Padre, y por lo tanto no es como Él, o igual en dignidad, o coetáneo, o dentro de la esfera real de Deidad. El Logos al cual San Juan exalta es un atributo, Razón, perteniente a la Divina naturaleza, no una persona distinta de otra, y por lo tanto es un Hijo meramente como una representación idiomática. Estas consuencias reposan sobre el principio que Arrio mantiene en su carta a Eusebio de Nicomedia, que el Hijo "no es parte del Ingenerado". De allí que los starios arrianos que razonaban lógicamente eran del estilo de Anomoeans: dían que el Hijo era "distinto" del Padre. Y definían a Dios como simplemente el Increado. Ellos son asimismo calificados como los Exucontianos (ex ouk onton), porque sostenían que la creación del Hijo había sido hecha de la nada.
Pero una opinión tan distinta de la tradición encontró poco apoyo; requería suavizarla o paliarla, aún a costa de la lógica; y la escuela que suplantó al Arrianismo desde el comienzo afirmó la semejanza, ya sea sin adjuntos, o en todas las cosas, o en sustancia, del Hijo al Padre, mientras continuaban negando Su co-igual dignidad y co-eterna existencia. Estos hombres de la Vía Media, eran llamados Semi-Arrianos. Se aproximaban, en estricto razonamiento, al extremo herético; pero muchos de ellos sostenían la fe ortodoxa, aunque inconsistentemente; sus dificultades rondaban sobre el idioma o el prejuicio local, y en no pequeño número se sometieron a la larga, a la enseñanza Católica. Los Semi-Arrianos intentaron por años inventar un acuerdo entre opiniones irronciliables, y sus cambiantes credos, concilios tumultuosos y mundanas divisas nos dicen cuan mezclada y moteada era la multitud reunida bajo su bandera. El punto que debe rordarse es que, mientras que ellos afirmaban que la Palabra de Dios era perdurable, lo imaginaban a Él como habiéndose convertido en el Hijo para crear los mundos y redimir la humanidad. Entre los escritores ante-Nicenos, puede dettarse una cierta ambigüedad, excepto la escuela de Alejandría, en lo tocante a este ultimo encabezado de doctrina. Mientras los maestros Católicos sostenían la Monarquía. viz. que existía un solo Dios; y la Trinidad, que este Único Absoluto existía en tres diferentes subsistencias; y la Circuminession. que Padre, Palabra, y Espíritu no podían ser separados, en acto o idea, uno de otro; sin embargo se dejó una puerta abierta para la discusión relativa al término "Hijo", y el período de su "generación" (gennesis). Cinco Padres ante Nicenos son espialmente citados: Atenágoras, Tatian, Teófilo de Antioquía, Hipólito y Novatian, cuyo lenguaje pare involucrar una noción puliar de la Filiación, como si Ella no se convirtiera en ser o no se perfcionara, hasta los albores de la creación. A estos pueden agregárseles Tertuliano y Metodio. El cardenal Newman sostuvo que sus opiniones, como se encuentra claramente en Tertuliano, del Hijo existiendo después de la Palabra, está contado como un antedente con el Arrianismo. Petavio interpreta las mismas expresiones en un sentido reprensible; pero el Obispo Anglicano Bull los defiende como ortodoxos, no sin dificultad. Aún si es metafórico, tal lenguaje podría albergar injustos disputantes; pero no somos responsables por los deslices de los maestros que fallan en percibir todas las consuencias de las verdades doctrinarias realmente sostenidas por ellos. Roma y Alejandría se mantuvieron distantes de estas dudosas teorizaciones. El mismo Orígenes, cuyas imprudentes espulaciones fueron cargadas con la culpa del Arrianismo, y que empleó términos como "el segundo Dios"en lo concerniente al Logos, que nunca fueron adoptados por la Iglesia - este mismo Orígenes enseñó la eterna Filiación de la Palabra, y no era un Semi-Arriano. Para él el Logos, el Hijo, y Jesús de Nazaret era una eterna Divina Persona, engendro del Padre, y, de esta forma, "subordinado" a la fuente de su ser. El proviene de Dios como la Palabra creativa, y por tanto es un Agente ministerial, o, desde un punto de vista diferente, es el Primer-nacido de la creación. Dionisio de Alejandría (260) fue hasta denunciado en Roma por llamar al Hijo como una obra o criatura de Dios; pero se explicó ante el papa sobre principios ortodoxos, y confesó el Credo Homousiano.
HISTORIA
Pablo de Samosata, quien fue contemporáneo con Dionisio, y Obispo de Antioquía, puede ser juzgado el verdadero antesor de aquellas herejías que relegaban a Cristo mas allá de la esfera Divina, sea cuales fueren los epítetos de deidad que le concedieran a Él. El hombre Jesús, dice Pablo, fue distinto del Logos, y, en el posterior lenguaje de Milton, por mérito fue hecho el Hijo de Dios. El Supremo es uno en Persona y en Esencia. Tres concilios mantenidos en Antioquía (264-268, o 269) condenaron y excomulgaron al Samosateno. Pero estos Padres no aceptarían la fórmula Homousiana, temiendo que fuera tomado como significando una sustancia material o abstracta, de acuerdo con la costumbre de las filosofías paganas. Asociado con Pablo, y por años separado de la comunión Católica, encontramos al bien conocido Luciano, quien escribió la Septuaginta y se convirtió al final en mártir. La escuela de Antioquía obtuvo su inspiración de este erudito hombre. Eusebio el historiador, Eusebio de Nicomedia y Arrio mismo, todos cayeron bajo la influencia de Luciano. Por tanto, no debemos mirar a Egipto y sus enseñanzas místicas, sino a Siria, donde florió Aristóteles con su lógica y su tendencia al Racionalismo para ver el hogar de una aberración que de haber finalmente triunfado, se hubiera anticipado al Islam, reduciendo al Hijo Eterno a la categoría de profeta, y consiguientemente deshaciendo la revelación Cristiana.
Arrio, un Libio por descendencia, se crió en Antioquía y fue compañero de escuela de Eusebio, luego Obispo de Nicomedia, tomó parte (306) del oscuro cisma Meletiano, fue hecho presbítero de la iglesia llamada "Baucalis", en Alejandría, y se opuso a los Sabelios, comprometidos ellos mismos a una visión de la Trinidad que negaba toda real distinción en el Supremo. Epifanio describe al hereje como alto, grave y ganador; no se ha sostenido ninguna calumnia sobre su carácter moral; pero hay alguna posibilidad de que diferencias personales hayan llevado a su disputa con el patriarca Alejandro a quien, en sínodo público, acusó de enseñar que el Hijo era idéntico al Padre (319). Las reales circunstancias de esta disputa son oscuras; pero Alejandro condenó a Arrio en una gran asamblea, y este último encontró un refugio con Eusebio, el historiador de la Iglesia, en Cesárea. Motivos políticos o partidarios amargaron el conflicto. Muchos obispos de Asia Menor y Siria tomaron la defensa de su "compañero Lucianista", como no dudaba en llamarse a sí mismo Arrio. Sínodos en Palestina y Bitinia se opusieron a los sínodos en Egipto. Durante varios años la disputa fue furiosa; pero cuando, por su derrota a Licinio (324), Constantino se convirtió en amo del mundo Romano, se determinó a la restauración del orden lesiástico en el Oriente, como en Occidente ya había emprendido el aplastamiento de los Donatistas en el Concilio de Arles. Arrio, en una carta al prelado Nicomedio, había rhazado la fe Católica. Pero Constantino, alcionado por este hombre de mente mundana, envió de Nicomedia a Alejandro una carta famosa, en la cual trató la controversia como una disputa vana acerca de palabras y agrandada por la bendición de la paz. El emperador, deberíamos rordarlo, era solamente un catecúmeno, imperftamente familiarizado con lo Griegos, mucho más incompetente en teología, y aún así ambicioso de ejercer sobre la Iglesia Católica un dominio parido al que, como Potifex Maximus, ejerció sobre el culto pagano. De esta concepción Bizantina (rotulada en términos modernos como Erastianismo) debemos derivar las calamidades que durante muchos siglos marcaron el desarrollo del dogma Cristiano. Alejandro no podía permitir el paso en un tema de tan vital importancia. Arrio y sus seguidores no cederían. Un concilio fue, por tanto, convocado en Nicea, Bitinia, el que ha sido siempre considerado como el primero uménico, y que sesionó desde mediados de Junio de 325. (Ver PRIMER CONCILIO DE NICEA).
Comúnmente se dice que presidió Hosio de Córdoba. El papa San Silvestre, estuvo representado por sus delegados, y asistieron 318 Padres, casi todos del Oriente. Desafortunadamente, las actas del concilio no se preservaron. El emperador, que estuvo presente, prestó una religiosa deferencia a una reunión que desplegaba la autoridad de la enseñanza Cristiana de un modo tan remarcable. Desde un principio fue evidente que Arrio no contaba con un gran número de los patronos entre los obispos. Alejandro fue acompañado por su joven diácono, el siempre memorable Atanasio quien se involucró en una discusión con el propio hereje, y desde ese momento se convirtió en el líder de los Católicos durante casi cincuenta años. Los Padres apelaron a la tradición contra los innovadores, y fueron apasionadamente ortodoxos; mientras tanto se ribió una carta de Eusebio de Nicomedia, dlarando abiertamente que él nunca admitiría que Cristo era una sola sustancia con Dios. Este ronocimiento sugirió unos medios de discriminación entre los verdaderos creyentes y todos aquellos que, bajo ese pretexto, no sostenían la Fe ribida. Eusebio de Cesárea escribió un credo en nombre del partido de los Arrianos en el cual todo término de honor y dignidad, excepto la unidad de la sustancia, fue atribuida a Nuestro Señor. Claramente, entonces, ninguna otra prueba salvo la Homoousiana probaría una coincidencia para las sutiles ambigüedades de lenguaje que, como siempre, fueron agudamente adoptados por los disidentes del pensamiento de la Iglesia. Había sido descubierta una fórmula que serviría como comprobación, aunque no simple de encontrar en las Escrituras, sin embargo resumiendo la doctrina de San Juan, San Pablo y el propio Cristo, "Yo y el Padre somos uno". La herejía, como San Ambrosio destaca, había construido desde su propia vaina un arma para cortar su cabeza. La "consubstancialidad" fue aceptada, solamente tre obispos disintieron, y estos fueron rápidamente reducidos a siete. Hosio redactó la dlaración conciliar, al que fueron anexados anatemas contra aquellos que afirmaran que el Hijo alguna vez no había existido, y que por tanto Él fue engendrado, Él no había existido, o que Él había sido hecho de la nada, o que Él era de una substancia o esencia diferente del Padre, o era creado o variable. Todos los obispos hicieron esta dlaración excepto seis, de los cuales cuatro a la larga se retractaron. Eusebio de Nicomedia retiró su oposición a los términos de Nicea, pero no firmaría la condena de Arrio. El emperador consideraba la herejía como rebelión, por lo que la alternativa propuesta por él fue suscripción o destierro; y, en el terreno político, el Obispo de Nicomedia fue exiliado no mucho después del concilio, involucrando a Arrio en su ruina. El hereje y sus seguidores soportaron su sentencia en Iliria. Pero estos incidentes, que podría parer que cerraría el capítulo, probaron el comienzo de conflictos, y llevaron a los más complicados procedimientos de los que hayamos leído en el siglo cuarto. Mientras el credo Arriano plano era defendido por pocos, aquellos prelados políticos alineados con Eusebio llevaban a cabo una doble lucha contra el término "consustancial", y su campeón Atanasio. Este, el mas grade de los Padres Orientales había sucedido a Alejandro en el patriarcado Egipcio (326). No tenía más que treinta años de edad; pero sus escritos publicados, anteriores al Concilio, desplegaban, en pensamiento y prisión, una maestría de los asuntos involucrados que ningún maestro Católico podía sobrepasar. Su vida inmaculada, temperamento considerado y lealtad a sus amigos lo hacía de ningún modo fácil de atacar. Pero las artimañas de Eusebio, quien en 328 robró el favor de Constantino, estaba sundado por las intrigas Asiáticas, y comenzó un período de reacción Arriana. Eustatio de Antioquía fue depuesto bajo el cargo de Sabelianismo (331), y el Emperador envió su mandato de que Atanasio debía ribir de regreso a Arrio en comunión. El santo se rehusó firmemente. En 325 el hereje fue absuelto por dos concilios, en Tiro y Jerusalén, el primero de los cuales depuso a Atanasio basado en falsos y vergonzosos fundamentos de mala conducta personal. Fue exiliado a Trier y su estadía de diiocho meses en esos lugares cimentó más estrhamente a Alejandría con Roma y el Occidente Católico. Mientras tanto, Constanza, la hermana del Emperador, había romendado a Arrio, al que pensaba era un hombre injuriado, a la indulgencia de Constantino. Sus quedas palabras lo aftaron, llamó al Libio, le extrajo una solemne adhesión a la fe de Nicena, y ordenó a Alejandro, Obispo de la Ciudad Imperial, darle la Comunión en su propia iglesia (336). Arrio triunfó abiertamente; pero mientras andaba pavoneándose, la tarde anterior al día en que iba a tener lugar este acontimiento, murió de un repentino desorden, al que los Católicos no pueden dejar de atribuir a un juicio de los cielos, debido a las oraciones de los obispos. Su muerte, sin embargo, no detuvo la plaga. Constantino entonces no favorió más que a Arrianos; fue bautizado en sus últimos momentos por el artero prelado de Nicomedia; y heredó a sus tres hijos (337) un imperio desgarrado por disensiones a las que su ignorancia y debilidad habían agravado.
Constancio, quien nominalmente gobernaba el Oriente, era un títere de su emperatriz y de los ministros del palacio. Obedió a la facción de Eusebio; su dirtor espiritual, Valens, Obispo de Mursa, hizo lo que estuvo a su alcance para inftar Italia y el Occidente con dogmas Arrianos. El término "como en sustancia", Homoiousion, que había sido empleada meramente para librarse de la fórmula Nicena, se convirtió en lema. Pero tantos como catorce concilios, llevados a cabo entre 341 y 360, en los cuales encontraron expresión todos los matices de los subterfugios herejes, son testigos de la nesidad y eficacia de la comprobación Católica con los que todos fueron rhazados. Alrededor de 340, una reunión Alejandrina había defendido su arzobispo en una epístola al Papa Julio. A la muerte de Constantino, y por la influencia del hijo de ese emperador y su homónimo, fue restaurado a su pueblo. Pero el joven príncipe fallió, y en 341 el celebrado Concilio Antioque de la Dedicación degradó a Atanasio por segunda vez, y este buscó entonces refugio en Roma. Pasó allí tres años. Gibbon cita y adopta "una juiciosa observación" de Wetstein que mere ser rordada siempre. Desde el siglo cuarto en adelante, destaca el espialista Alemán, cuando las Iglesias Orientales estaban casi igualmente divididas en elocuencia y habilidad entre los stores contendientes, el partido que buscaba ganar, hizo su aparición en el Vaticano, cultivó la majestad Papal, conquistó y establió el credo ortodoxo por la ayuda de los obispos Latinos. Es por eso que Atanasio fue a Roma. Un extraño, Gregorio, usurpó su lugar. El Concilio Romano proclamó su inocencia. En 343, Constancio, quien reinaba sobre el Occidente desde Iliria hasta Bretaña, convocó a los obispos a reunirse en Sardica en Pannonia. Noventa y cuatro prelados Latinos, setenta Griegos u Orientales, comenzaron los debates; pero no pudieron llegar a término y los Asiáticos se retiraron, manteniendo una sesión separada y hostil en Filipopolis en Tracia. Se ha dicho justamente que el Concilio de Sardica revela los primeros síntomas de la discordia que, mas adelante, produjo el triste cisma de Oriente y Occidente. Pero para los Latinos esta reunión, que admitió las apelaciones al Papa Julio, o a la Iglesia Romana, parió un epílogo que completó la legislación Nicena, y a estos eftos fue citado por Inocencio I en su correspondencia con los obispos de África.
Habiendo vencido sobre Constancio, quien calurosamente aceptó su causa, el invencible Atanasio ribió de su soberano Oriental y Semi-Arriano tres cartas ordenándole y, a la larga suplicándole su retorno a Alejandría (349). El obispo faccioso, Ursacio y Vales, se retractaron de sus cargos contra él en manos del Papa Julio; y mientras viajaba al hogar, a través de Tracia, Asia Menor y Siria, la multitud de prelados de la corte le hicieron abjto homenaje. Estos hombres viraban con cada viento. Algunos, como Eusebio de Cesárea, sostenían una doctrina Platonizante que no dejarían, auque dlinaron la blasfemia Arriana. Pero muchos eran servidores de los tiempos, indiferentes al dogma. Y un nuevo partido había surgido, los estrictos y píos Homoiousianos, ni amigos de Atanasio, ni dispuestos a suscribir los términos de Nicena, pero aún así lentamente desplazándose más cerca del verdadero credo y finalmente aceptándolo. En los concilios que entonces siguieron, estos buenos hombres jugaron su parte. Sin embargo, cuando Constancio murió (350), y su Semi-Arriano hermano fue dejado supremo, la persución de Atanasio se redobló en violencia. Mediante una serie de intrigas los obispos Occidentales fueron persuadidos a removerlo a Arles, Milán, Aiminum. Fue con relación a este último concilio (359) que San Jerónimo escribió, "el mundo entero gemía y se maravillaba de encontrarse Arriano". Porque los obispos Latinos fueron conducidos mediante amenazas y chicanas a firmar concesiones que en ningún momento representaban sus genuinas opiniones. Los concilios fueron tan fruentes que sus fechas son todavía materia de controversia. Asuntos personales enmascaraban la importancia dogmática de la lucha que se había desarrollado por treinta años. El Papa del momento, Liberio, bravo al principio, indudablemente ortodoxo, pero arrancado de su sede y exiliado a la lóbrega soledad de Tracia, firmó un credo, en tono Semi Arriano (compilado principalmente de uno de Sirmium), Atanasio renunció, pero tomó una postura contra la así llamada "Homoeana" fórmula de Ariminum. El nuevo partido fue liderado por Acacio de Cesarea, un clérigo aspirante que sostenía que él, y no San Cyrilo de Jerusalén, era el metropolitano sobre Palestina. Los Homoeanos, un tipo de Protestantes, no emplearían términos que no fuesen encontrados en las Escrituras, y por tanto evadían firmar la "Consubstancial". Un más extremo conjunto, los "Anomoeanos", seguían a Aetio, fueron dirigidos por Eunomio, sostuvieron encuentros en Antioquía y Sirmiun, dlararon al Hijo como "distinto" del Padre, y se hicieron poderosos dentro del palacio en los últimos años de Constancio. Jorge de Capadocia persiguió a los Católicos Alejandrinos. Atanasio se retiró al desierto entre los solitarios. Hosio había sido obligado mediante torturas a suscribir el credo de moda. Cuando murió el vacilante emperador (361), Julián, conocido como el Apóstata sufrió lo mismo para volver a sus hogares a quienes habían sido exiliados debido a la religión. Una importante reunión, presidida por Atanasio en 362, en Alejandría, unió a los ortodoxos Semi Arrianos con él mismo y el Occidente. Cuatro años después cincuenta y nueve prelados Macedonios,i.e., hasta entonces anti Nicena, prestaron sumisión al Papa Liberio. Pero el Emperador Valens, un feroz hereje, todavía ponía devastación a la Iglesia.
Sin embargo, la larga batalla estaba entonces tornándose dididamente en favor de la tradición Católica. Los obispos Occidentales, como Hilario de Poitiers y Eusebio de Vercellae desterrados al Asia por sostener la fe Nicena, estaban actuando al unísono con San Basilio, los dos San Gregorio [de Nyssa y de Nazianzus], y los ronciliados Semi Arrianos. Como movimiento inteltual la herejía había perdido su fuerza. Teodosio, un Español y Católico, gobernaba el Imperio entero. Atanasio murió en 373; pero su causa triunfó en Constantinopla, prolongadamente una ciudad Arriana, primero por la prédica de San Gregorio Nazianzeno, luego en el Segundo Concilio General (381), cuya apertura presidió Meletio de Antioquía. Este santo varón había sido apartado de los campeones Nicenos durante el largo cisma; pero hizo la paz con Atanasio, y entonces, en compañía de San Cirilo de Jerusalén, representó una influencia moderada que ganó el momento. No aparieron diputados del Occidente. Meletio murió casi inmediatamente. San Gregorio Nazianeno, quien tomó su lugar, muy pronto renunció. San Gregorio de Nyssa redactó un credo encarnando al de Nicena, pero no es el que es cantado en la Misa, este último se dice que se debe a San Epifanio y la Iglesia de Jerusalén. El Concilio se convirtió en uménico mediante la aceptación del Papa y de los siempre ortodoxos Occidentales. Desde este momento el Arrianismo en todas sus formas perdió su lugar dentro del Imperio. Sus desarrollos entre los bárbaros fueron más políticos que doctrinales. Ulfilas (311-388), quien tradujo las Escrituras al Maeso-Gótico, enseñó a los Godos a través del Danubio una teología Homoeana. Los reyes Arios surgieron en España, África, Italia. Gépidas, Hérulos, Vándalos, Alanos y Lombardos ribieron un sistema que eran tan poco capaces de comprender como de defender, y los obispos Católicos, los monjes, la espada de Clovis y la acción del Papado, remediaron esto a comienzos del siglo octavo. En la forma que tomó bajo Arrio, Eusebio de Cesarea y Eunomio, no ha sido nunca revivido. Individuos, entre los que están Milton y Sir Isaac Newton, fueron quizás contaminados con el mismo. Pero la tendencia Sociniana a partir de las cuales las doctrinas Unitarias han crido no le debe nada a la escuela de Antioquía o a los concilios opuestos a Nicea. Tampoco ha quedado ningún líder arriano con un carácter de proporciones heroicas en la historia. En toda la historia no hubo sino un solo héroe - el corajudo Atanasio - cuya mente fue igual a los problemas, como su gran espíritu lo fue a las vicisitudes, una cuestión sobre la que el futuro del Cristianismo dependió.
WILLIAM BARRY
Transcripto por Anthony A. Killeen
A.M.D.G.
Traducido al español por Luis Alberto Alvarez Bianchi
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