Apologética Jesuita
Las acusaciones formuladas contra la Compañía han sido excepcionales por su fruencia e intensidad. En realidad muchas serían demasiado absurdas como para merer mención, si no estuvieran acreditadas por gente culta e ilustrada. Tales son por ejemplo las acusaciones de que la Compañía fue responsable de la Guerra Franco-Prusiana, del affaire Dreyfus, del escándalo de Panamá, del asesinato de Papas, príncipes, etc.- afirmaciones que se encuentran en libros y periódicos de algunas pretensiones. Semejante a eso es el así llamado juramento jesuita, una burda fabricación del falsificador Robert Ware, expuesta por Bridget en "Errores y Falsificaciones". La falacia de tales acusaciones puede a menudo dettarse por principios generales.
A. Los Jesuitas son falibles
B. Los acusadores
C. La proximidad a Cristo siempre invita a los ataques
D. La Leyenda Jesuita
E. Algunas objiones modernas
(1) Los anti-jesuitas de hoy acusan a la Compañía de hostilidad a la libertad
(2) También de hostilidad a lo que es culto e inteltual
(3) Fracaso
(a) Fracaso por dadencia interna o fracaso por violencia externa
(b) La dadencia tras la época de Acquaviva
(c) Conflicto y debates sobre el tiranicidio y la equivocación por controversias externas
(d) La alegación de que los jesuitas fueron inmensamente ricos es una fábula
(e) Ciertos problemas domésticos
A. Los Jesuitas son falibles
Los jesuitas son falibles, y pueden haber dado ocasión al acusador. Las acusaciones presentadas contra ellos nunca habrían sido formuladas contra ángeles, pero no son en lo más mínimo inconsistentes con que la Compañía sea un organismo de hombres buenos pero falibles. Dramáticas negaciones y un tono ofendido estarían fuera de lugar aquí y podrían ocasionar falsas concepciones. Como ejemplo de la falibilidad jesuita, se puede mencionar que escritos de casi un centenar de jesuitas han sido colocados en el "Index" romano. Puesto que esto implica también una reflexión sobre los censores jesuitas de libros, podría parer que es un fracaso en un asunto importante. Pero cuando rordamos que el número de autores jesuitas supera los 120.000, la proporción de los que han sido descalificados no puede considerarse extraordinaria; además, la censura infligida nunca ha sido de la clase más grave. Muchos críticos de la orden, que no consideran deshonrosas las censuras del Índice, no pueden perdonar tan fácilmente el exagerado espíritu de cuerpo en el que se complacen ocasionalmente jesuitas de experiencia limitada, espialmente en controversias o cuando elogian a sus colegas; ni pueden perdonar la estrhez o tendenciosidad con que algunos autores jesuitas han criticado a hombres de otras tierras, instituciones, o educación, aunque es injusto presentar los deftos de algunos como característicos de todo el coltivo.
B. Los acusadores
(1) En un pasaje muy citado sobre los mártires San Ambrosio nos dice: "Vere frustra impugnata qui apud impios et infidos impietatis arcessitur cum fidei sit magister" (En verdad es acusado en vano de impiedad por los impíos y los infieles, aunque es un maestro de la fe). El equilibrio personal del acusador es un factor de corrción de gran importancia; sin embargo hay que aplicarlo igualmente con gran praución; en ningún otro punto es una persona acusada tan propensa a cometer errores. Indudablemente, sin embargo, cuando encontramos a un hombre sabio como Harnack que dlara rotundamente (pero sin pruebas) que los jesuitas no son historiadores, podemos colocar esta afirmación suya junto a otra de sus dichos profesionales, que la Biblia no es historia. Si el mismo principio sirve de base a ambas proposiciones, la acusación contra la orden tendrá poco peso. Cuando un gobierno descreído, a punto de atacar las libertades de la Iglesia, empieza por expulsar a los jesuitas, con la acusación de que destruyen el amor a la libertad en sus estudiantes, sólo podemos dir que sus palabras no pueden contrapesar la lógica de sus actos. A principios de este siglo, el gobierno francés alegó como una de sus razones para suprimir todas las órdenes religiosas, entre ellas la Compañía, que los religiosos estaban excluyendo al clero sular de sus esferas de actividad propia. Apenas fueron suprimidas las órdenes religiosas cuando se aprobó la ley separando Iglesia y Estado para paralizar y dominar a los obispos y el clero sular.
(2) Tampoco hay que asombrarse de que los herejes en general, y aquellos en particular que impugnan las libertades de la Iglesia y la autoridad de la Santa Sede, estén siempre dispuestos a atacar a los jesuitas, que están ligados para siempre a la defensa de esa Sede. Pare extraño que los oponentes de la Compañía estén a ves dentro de la Iglesia, aunque es casi inevitable que tal oposición se produzca en ocasiones. No importa lo aduadamente que el derecho canónico que regula las relaciones de los religiosos con la jerarquía y el clero pueda disponer para su pacífica cooperación en empresas misioneras, educativas y caritativas, nesariamente habrá ocasión para la diferencia de opinión, discusiones sobre jurisdicción, métodos, y puntos vitales similares que en el calor de la controversia a menudo amargan e incluso enemistan a las partes en desacuerdo. Tales controversias religiosas surgen entre otras órdenes religiosas y la jerarquía y el clero sular; no son comunes ni permanentes, ni la regla sino la excepción, así que no justifican el siniestro juicio que a ves se forma de la Compañía en particular como incapaz de trabajar con otros, celosa de su propia influencia. A ves, espialmente cuando problemas de esta clase han aftado a amplias cuestiones de doctrina y disciplina, la agitación ha alcanzado proporciones inmensas, y la amargura ha permanido durante años. La controversia De auxiliis condujo a violentas explosiones de enojo, a intrigas, y a un furioso lenguaje que fue simplemente asombroso; y hubo otras, en Inglaterra por ejemplo sobre las facultades del arcipreste, en Francia sobre el Galicanismo, que fueron casi igualmente memorables por la pasión y la furia. El odium theologicum inspira con seguridad en todas las épocas una excitación de intensidad inhabitual, pero podemos ser comprensivos con los primitivos disputadores por la naturaleza belicosa de los tiempos. Cuando la época aprobaba enteramente a los caballeros que se mataban uno a otro en duelo por la más leve provocación, poco puede asombrarnos que los clérigos, cuando se les incitaba, olvidaran el doro y el autodominio, afilando sus plumas como puñales, y mojándolas en hiel, golpearan en cualquier puntos sensible de sus adversarios en el que pudieran herir. Las acusaciones divulgadas por partidistas tan excitados deben ser ribidas con la máxima cautela.
(3) Los miembros más amargados e indignos de confianza de la Compañía (afortunadamente no son muy numerosos) han sido siempre desertores de sus propias filas. Sabemos con cuánta malicia y virulencia algunos sacerdotes infieles acostumbran a atacar a la Iglesia, que en otro tiempo creían ser divina, y el odio de algunos jesuitas que han sido infieles a su vocación no ha sido distinto.
C. La proximidad a Cristo siempre invita a los ataques
¿Qué debe esperarse? La Compañía ciertamente ha tenido alguna participación en la bienaventuranza de sufrir por causa de las persuciones; aunque no es cierto, sin embargo, dir que la Compañía es objeto de aborrimiento universal. Destacados políticos, cuyos actos aftan a los intereses de millones, son mucho más violenta y calurosamente criticados, son mucho más libremente denunciados, caricaturizados y condenados en el curso de un mes, que los jesuitas individual o coltivamente en el curso de un año. Una vez que el político es derrocado, el mundo desvía su fuego sobre el nuevo poseedor del poder, y olvida al hombre que ha caído. Pero el fuego que ataca a la Compañía nunca cesa por largo tiempo, y sus eftos acumulados paren más serios de lo que deberían, porque la gente olvida los largos lapsos de tiempo que se producen entre los diferentes ataques señalados. Otro principio a rordar es que los enemigos de la Iglesia no atacarían a la Compañía en absoluto, si no fuera porque es notablemente popular en amplias capas de la comunidad católica. Por tanto no debe esperarse ni el odio universal ni la liberación de todo ataque, sino acusaciones que, por exageración, inversión, sátira, o ironía, de algún modo corresponden al lugar de la Compañía en la Iglesia.
Al no ser contemplativos como los monjes antiguos, los jesuitas no son desacreditados como perezosos e inútiles. Al no ser llamados a ocupar puestos de alta autoridad, o a gobernar, como Papas y obispos, los jesuitas no son seriamente denunciados como tiranos, ni difamados por nepotismo y crímenes similares. Ignacio describe su orden como un escuadrón volante dispuesto para el servicio en cualquier parte, espialmente como educadores y misioneros. Las acusaciones principales contra la Compañía son desfiguraciones de estas cualidades. Si están listos para el servicio en cualquier parte del mundo, son llamados entrometidos, turbulentos, políticos sin apego a ningún país. Si no gobiernan, al menos han de ser ansiosos, ambiciosos, intrigantes, y acostumbrados a bajos niveles de moralidad, al menos para ganar el control de las conciencias. Si están bien disciplinados, se dirá que es por espionaje y supresión de la individualidad e independencia. Si son populares como maestros, se dirá que son buenos para los niños, buenos quizá como preparadores apresurados, pero malos educadores, sin influencia. Si son los confesores favoritos, su éxito será atribuido a sus laxas doctrinas morales, a su casuística, y por encima de todo a la máxima que se supone que justifica cualquier y todo acto malo: "el fin justifica los medios". Este quizá es el más destacado ejemplo de la ignorancia y mala voluntad de sus acusadores. Sus libros están abiertos a todo el mundo. Una y otra vez se ha pedido a los que les imputan como coltivo, o a alguna de sus publicaciones, la utilización de esta máxima para justificar el mal de cualquier clase, que citen un ejemplo de la utilización, pero todo en vano. El notable fracaso de Hoensbroh para establer ante los tribunales civiles de Tréveris y Colonia (30 de Julio de 1905) un ejemplo tal de la enseñanza jesuita, debería silenciar ésta y similares acusaciones para siempre.
D. La Leyenda Jesuita
Es curioso que en la actualidad, incluso hombres ilustrados no tengan apenas interés en los hhos objetivos referentes a la Compañía, ni siquiera en los que se supone que van en su perjuicio. Toda la atención se centra en la leyenda jesuita; artículos de enciclopedia e historias generales apenas se refieren a otra cosa. La leyenda, aunque alcanzó su forma actual a mediados del Siglo XIX, empezó en un periodo muy anterior. Las primeras persuciones de la Compañía (que contó unos 100 mártires en Europa durante su primer siglo) fueron respaldadas por autores apasionados, ruidosos y sin escrúpulos tales como Hassenmueller y Hospinian, quienes reunieron diligentemente y defendieron todas las acusaciones contra los jesuitas. Las ofensivas ideas que expusieron estos autores adoptaron rasgos más sutiles de engaño y duplicidad por medio de las "Monita Sreta Societatis Iesu" de Zahorowski (Cracovia, 1614), una sátira que desfiguraba la regla de la orden, que es francamente creída como genuina por los adversarios crédulos (ver Monita Sreta). La versión actual de la leyenda es francesa tardía, desarrollada durante el largo fermento revolucionario que predió al Tercer imperio. Comenzó con las denuncias de Montlosier (1824-27), y se desarrolló con fuerza (1833-45) en la Universidad de París, que aftaba considerarse la representante de la Sorbona galicana, de Port-Royal, y de la Encyclopédie. La ocasión para las hostilidades literarias se dio por los intentos de reforma en la Universidad que, así fingieron creer los liberales, estaban instigadas por los jesuitas. En seguida se dio un lugar a las "Provinciales" en el currículum de la Universidad, y Villemain, Thiers, Cousin, Michelet, Quinet, Libri, Mignet, y otros respetables académicos tuvieron éxito mediante sus escritos y denuncias en dar al anti-jesuitismo una espie de moda literaria, no siempre con una escrupulosa observancia de la exactitud o la justicia. Más dañinas aún para la orden fueron las obras de teatro, las canciones, las novelas populares contra ella. De éstas la más célebre fue el "Juif errant"(Judío errante) de Eugène Sue (1844), que pronto se convirtió en el libro anti-jesuita más popular jamás impreso, y ha hecho más que ningún otro para dar su forma final a la leyenda jesuita.
La característica espífica de esta fábula es que apenas tiene nada que ver en absoluto con la orden, habiéndose copiado simplemente sus rasgos de la masonería. El anterior fantasma jesuita era uno que al menos habitaba iglesias y colegios, y operaba a través del confesionario y del púlpito. Pero esta creación de la ficción moderna ha perdido toda relación con la realidad. Él (o incluso ella) es una persona, no nesariamente un sacerdote, a las órdenes del Papa negro que vive en un mundo imaginario de escaleras traseras, armarios y oscuros pasadizos. Se ocupa de tramar e intrigar, hipnotizando a los débiles y corrompiendo a los honrados, ocupaciones diversificadas por crímenes secretos o intentos melodramáticos de crímenes de toda espie. Vemos que la idea está tomada en conjunto del método de vida real, o supuesto, del masón continental. Aún así ésta es la clase de absurdo sobre el que corresponsales espiales envían telegramas a los periódicos, sobre el que agitadores revolucionarios y astutos políticos hacen largos discursos inflamados, sobre el que obras corrientes de referencia discuten bastante seriamente, al que ninguno de nuestros autores populares se atreve a presentar como una impostura (ver Brou, op. cit., infra II, 199-247).
E. Algunas objiones modernas
(1) Sin haber renunciado a las viejas objiones históricas ( para cuyo estudio pueden consultarse las secciones históricas de este artículo), los anti-jesuitas de hoy acusan a la Compañía de estar anticuada respto del Zeitgeist moderno, de ser hostil a la libertad y la cultura, y de ser un fracaso. La libertad, a continuación de la inteligencia (y algunos la ponen antes), es la más noble de las cualidades humanas. Sus enemigos son los enemigos de la raza humana. Aun así se dice que el sistema de Ignacio, al aspirar a una "obediencia ciega", paraliza el juicio y por consiguiente expulsa la voluntad, introduciendo en su lugar la voluntad del superior, como un relojero reemplaza un muelle por otro (cf. Encyc. Brit., 1911, XV, 342); perinde ac cadaver, "como un cadáver", también, "similar al bastón de un anciano" - por tanto muerto y desmayado, similar a meras máquinas, incapaces de distinción individual (Bohmer-Monod, op. cit. infra, p. lxxvi).
La agudeza de esta objión reside en su audaz inversión de ciertas verdades simples. En realidad nadie amaba la libertad mejor o la aseguraba más cuidadosamente que Ignacio. Pero él sostenía el principio más profundo de que la verdadera libertad consiste en obeder a la razón, siendo licencia todas las demás opciones. Los que se consideran a sí mismos libres para desobeder incluso las leyes de Dios, que dlaran toda regla en la Iglesia una tiranía, y que aspiran al amor libre, al divorcio libre, y al libre pensamiento - rhazan, por supuesto, su teoría. Su costumbre en la práctica era formar la voluntad tan completamente que sus hombres fueran capaces en poco tiempo de "elevar a su nivel" a otros (una cosa más difícil), incluso aunque vivieran fuera de los claustros, sin apoyo externo para su disciplina. Los maravillosos logros de contener y hacer retroceder la marea de la Reforma, en lo que se debió a los jesuitas, fue el resultado del poder aumentado de la voluntad dado a los anteriormente irresolutos católicos por los métodos de Ignacio. Respto a la obediencia "ciega", debemos señalar que toda obediencia debe ser ciega hasta cierto punto - "Lo suyo no es razonar el por qué, sino que lo suyo es hacer y morir". Ignacio tomó de antiguos escritos ascéticos las fuertes metáforas del "hombre ciego", "el cadáver", "el bastón del anciano", para ilustrar la naturaleza de la obediencia de manera vívida; pero no quiere llevar esas metáforas hasta la muerte. No sólo quiere que el subordinado implique tanto a la cabeza como al corazón en la ejución de la orden, sino que conociendo la naturaleza humana y sus flaquezas, ronoce que surgirán cuestiones cuando la orden del superior pueda parer impracticable, irrazonable, o mala a un subordinado libre y puede que realmente así sea. En tales casos es una tarea ronocida del subordinado apelar, y su juicio tanto como su conciencia, incluso cuando pueda ocurrir que está mal formada, debe ser respetado; las Constituciones prevén la resolución de tales conflictos mediante la discusión y el arbitraje, una disposición que sería inconcebible, salvo que se ronociera y respetara una voluntad y una opinión libres, independientes de, y posiblemente opuestas a, la del superior. Ignacio espera de sus subordinados que estén "muertos" o "ciegos" sólo con respto a la pereza, a la pasión, al interés propio, y a la autoindulgencia, que impediría la pronta ejución de las órdenes. Tan lejos está de desear una ejución mánica, que explícitamente denigra "la obediencia, que se ejuta sólo en trabajo", como "indigna del nombre de virtud" y urge calurosamente a "inclinarse, con todas las fuerzas de la mente y el corazón, a que debemos llevar a cabo las órdenes rápida y completamente" (Carta sobre la obediencia, s. 5, 14). Una ilustración adicional del amor de Ignacio por la libertad la podemos encontrar en los Ejercicios Espirituales, y en el carácter de ciertas doctrinas teológicas, como el Probabilismo y el Molinismo (con sus modificaciones subsiguientes) que son enseñados habitualmente en las escuelas jesuitas. Así, el Molinismo "está por encima de todo determinado a rodear con un muro de seguridad la libre voluntad" (ver Gracia, Controversias sobre la) y el Probabilismo (vid.) enseña que la libertad no puede ser restringida salvo que la fuerza de restricción se fundamente en una base de seguridad. La característica de ambas teorías es enfatizar el carácter sagrado de la libre voluntad, algo más de lo que se hace en otros sistemas. Los Ejercicios Espirituales, el secreto del éxito de Ignacio, son una serie de consideraciones ordenadas, como él dice al ejercitante desde el principio, a permitirle hacer una opción o elección sobre los principios supremos y sin miedo a las consuencias. También se advierte al sacerdote que explica las meditaciones para que tenga el mayor cuidado de no inclinar al ejercitante más hacia un objeto de elección que hacia otro (Anot. 15).
Es obviamente imposible esperar que los autores antijesuitas de nuestra época se enfrenten a su materia con sentido común o de manera científica. Si lo hicieran, uno señalaría que la única manera racional de investigar la cuestión sería aproximarse a las personas bajo discusión (que son después de todo muy accesibles), y ver si no tienen carácter, como se dice que son. Otra prueba sencilla sería volver sobre las vidas de sus grandes misioneros, Brebeuf, Marquette, Silveira, etc. Ningún hombre menos parido a "meras máquinas" hubiera sido posible de concebir. Los éxitos de la Compañía en la educación confirman la misma conclusión. Es verdad que últimamente, como medida preparatoria del cierre de sus escuelas por la violencia, los anti-jesuitas franceses afirmaron tanto por escrito como en la Cámara que la educación jesuita produce meros instrumentos, apocados, nulidades sin iniciativa. Pero la razón real fue notoriamente que los estudiantes de las escuelas jesuitas eran excepcionalmente afortunados en los exámenes de ingreso como oficiales del ejército, y mostraron ser los hombres más valerosos y vigorosos de la nación. En un asunto controvertido como éste, la prueba más obvia de que la educación de la Compañía adapta a sus discípulos a la lucha de la vida se encuentra en la disposición constante de los padres a confiar a sus hijos a los jesuitas incluso cuando, desde un punto de vista meramente mundano, parería haber muchas razones para vacilar. (Una discusión sobre esta cuestión, desde un punto de vista francés, se encontrará en Brou, op. cit. infra, II, 490; Tampe en "Etudes", París, 1900, pp. 77, 749). Apenas es nesario añadir que naturalmente los métodos de disciplina escolar diferirán en gran medida en los distintos países. La Compañía preferiría ciertamente observar, mutatis mutandis, su bien probado Ratio Studiorum; pero está lejos de creer que las costumbres locales (como por ejemplo las relativas a la vigilancia) y la disciplina externa deban ser uniformes en todas partes.
(2) Otra objión análoga a la supuesta hostilidad a la libertad es la presunta Kulturfeindlichkeit, hostilidad a lo que es culto e inteltual. Este grito se ha elevado principalmente por los que rhazan la teología católica como un dogmatismo, que se burlan de la filosofía católica como escolástica, y de la insistencia de la Iglesia en la inspiración bíblica como retrógrada y acientífica. Tales hombres tienen poco en cuenta el trabajo por los ignorantes y los pobres, tanto en el interior como en las misiones, hablan de la pobreza evangélica, de las prácticas de penitencia y de mortificación, como si fueran enviledoras y retrógradas. Comparan sus numerosas y ricamente dotadas universidades con los pocos y relativamente pobres seminarios de los católicos y de los jesuitas, y sus progresos en una multitud de ciencias con la timidez inteltual (como ellos creen) de aquellos cuya suprema ambición es no ir más allá de la ortodoxia teológica. Los jesuitas, dicen, son los líderes de la Kulturfeindliche; su gran objeto es reforzar las tradiciones anticuadas. No han producido genios, mientras que hombres a los que habían formado, y que se liberaron de sus enseñanzas, Pascal, Descartes, Voltaire, han influido poderosamente en las creencias filosóficas y religiosas de grandes masas de la humanidad; mientras que la respetable mediocridad es la marca de la larga lista de nombres jesuitas en los catálogos de Alegambe y de Backer. Bajo Bismarck y Waldk-Rousseau argumentos de este tipo fueron acompañados de dretos de expulsión y de confiscación de bienes.
Esta objión surge principalmente del prejuicio -religioso, a nivel mundial, o nacional. El católico opinará más bien mejor que peor de hombres que son denunciados y perseguidos por razones que se aplican a toda la Iglesia. Es verdad que las escuelas jesuitas modernas son a menudo más pequeñas y pobres que los establimientos de sus rivales, que a ves se instalan en las academias que los jesuitas de épocas anteriores lograron fundar y dotar. No se va a cuestionar que la suma total de instituciones de enseñanza en manos de no católicos es mayor que la que está en manos de nuestros correligionarios, pero el amor a la cultura seguramente no se ha extinguido en los jesuitas franceses, alemanes o portugueses exilados, quienes quizá privados de todo lo que poseen, en seguida comienzan de nuevo su tarea de estudio, escritura o de educación. Son muy raros los casos en que los jesuitas, viviendo entre gente emprendedora, se han conformado con la inferioridad educativa. Por la superioridad sobre otros, incluso en enseñanza sagrada, la Compañía no compite ni debe hacerlo. En su propia línea, esto es, en teología católica, filosofía y exégesis, ellos esperan no estar en un nivel inferior al de su generación, y por eso, lejos de conformarse con una inferioridad inteltual, aspiran a hacer sus escuelas tan buenas como las circunstancias se lo permitan. También rlaman haber formado muchos buenos estudiosos en casi todas las ciencias.
La objión de que los maestros jesuitas no influyen en las masas de la humanidad, mientras hombres como Descartes y Voltaire, tras romper con la educación jesuita, lo han hecho, deriva su fuerza de pasar por alto la labor principal de los jesuitas, que es salvar las almas, y cualquier medio legítimo que ayude a ese fin, como, por ejemplo, el mantenimiento de la ortodoxia. Es fácil olvidar esto, y los que objetan probablemente lo despriarán, incluso si lo ronocen. La labor no es llamativa, mientras que la de los satíricos, los iconoclastas, y periodistas atrae la atención. Evitando comparaciones, es seguro dir que los jesuitas han hecho mucho por mantener la enseñanza de la ortodoxia, y que los ortodoxos superan mucho en número a los seguidores de hombres como Voltaire y Descartes.
Sería imposible, dada la naturaleza del caso, idear una prueba satisfactoria que demuestre qué amor a la cultura, espialmente a la cultura inteltual, hay en un coltivo tan diverso y disperso como la Compañía. Muchas podrían aplicarse, y una de las más eficaces es la regularidad con que cada prueba revela refinamiento y estudio en cualquier parte de sus filas, incluso en las pobres y lejanas misiones extranjeras. A alguno le parerá significativo que el Papa, cuando busca teólogos y consultores para diversos colegios y congregaciones romanas, deba tan fruentemente elegir a jesuitas,
Un coltivo relativamente pequeño, un treinta o un cuarenta por ciento de cuyos miembros están empleados en misiones extranjeras o entre los pobres de nuestras grandes ciudades. Los periódicos de los jesuitas, de los que una lista se da más abajo, suministran otra indicación de cultura, y favorable, a aquellos a quienes ha de rordarse que estas publicaciones están principalmente escritas con una finalidad de popularizar el conocimiento. Los libros más serios e ilustrados deben estudiarse por separado. La prueba más impresionante de todas es la ofrida por la gran bibliografía jesuita del Padre Sommervogel, mostrando más de 120.000 autores, y una lista casi interminable de libros, panfletos, y ediciones. No hay otro coltivo en el mundo que pueda mostrar tal monumento. Cavillers puede dir que el signo distintivo es la "respetable mediocridad"; incluso así el valor del conjunto será muy notable, y podemos estar seguros de que jues menos prejuiciosos y por tanto mejores tendrán una superior estimación. Las obras maestras, además, en todos los campos de la enseñanza lesiástica y en varias de las ramas sulares no son raras. La afirmación de que la Compañía ha producido pocos genios no produce impresión en las bocas de aquellos que no han estudiado, o son incapaces de estudiar o juzgar, a los autores en discusión. De nuevo la objión, sea cual sea su valor, confunde dos ideales. Los organismos educativos deben nesariamente formar por clases y escuelas y producir hombres formados sobre líneas definidas. Por otro lado, el genio es independiente de la formación y no se conforma a un tipo. Es irrazonable reprochar al sistema educativo de un misionero por no poseer las ventajas que ningún sistema puede ofrecer. Pues es bueno tener presente que el genio no se limita a solos los escritores y estudiosos. Hay un genio de organización, exploración, empresa, diplomacia, evangelización, y ejemplos de ello, en una u otra de estas dirciones, son bastante comunes en la Compañía.
Los hombres divergirán en sus estimaciones respto a si la cantidad de genios jesuitas es o no grande, según la estimación que hagan de estos estudios en los que es más fuerte la Compañía. Pero tanto si la cantidad es grande como si es pequeña, no se ve impedida por los esfuerzos de Ignacio en pro de la uniformidad. La objión tomada de las palabras de la regla "Did todos lo mismo siempre que sea posible" no es convincente. Esta es una cita truncada, pues Ignacio continua añadiendo "iuxta Apostolum", una referencia evidente a la epístola de San Pablo a los Filipenses, 3, 15,16, más allá de la cual no va. En realidad, el objeto de Ignacio es el práctico de evitar que celosos profesores malgasten su tiempo de enseñanza discutiendo pequeños puntos en los que puedan diferir de sus colegas. Los autores y maestros de la Compañía nunca están obligados a la misma rígida aceptación de las opiniones de otro como es a menudo el caso en otros lugares, vg., en la política, la diplomacia, o el periodismo. Los miembros de una plantilla de escritores destacados tienen constantemente que hacer pasar por propias convicciones, no realmente suyas, a mandato del editor; mientras que los autores y maestros jesuitas escriben y hablan casi invariablemente en su propio nombre, y con una variedad de tratamiento y una libertad de pensamiento que se compara favorablemente con otros exponentes de los mismos asuntos.
(3) Fracaso
La Compañía nunca se ha "relajado", ni prisado una "reforma" en el sentido técnico en que estos términos se aplican a las órdenes religiosas. Las constantes relaciones entre todas las partes capacita al general a descubrir muy pronto cuando algo va mal, y sus amplios poderes para nombrar nuevos cargos han sido siempre suficientes para mantener un alto nivel tanto de disciplina como de virtud religiosa. Por supuesto, han surgido críticos, que han trastocado este hecho generalmente ronocido. Se ha dicho que
* el fracaso se ha convertido en una nota de las empresas jesuitas. Otras instituciones religiosas y de enseñanza perduran siglo tras siglo. La Compañía apenas tiene una casa de cien años de antigüedad, muy pocos que no la hacen lo bastante moderna. Sus grandes glorias misioneras, Japón, Paraguay, China, etc. pasaron como el humo, e incluso ahora, en países predominantemente católicos, está prohibida y sus obras arruinadas, mientras que otros católicos se salvan y perduran. También que
* después de la época de Acquaviva, siguió un periodo de dadencia;
* las discusiones sobre el Probabilismo, el tiranicidio, la equivocación, etc., causaron un fuerte y continuo dlive en la orden;
* la Compañía tras la época de Acquaviva comenzó a adquirir enormes riquezas y los profesos vivían lujosamente;
* la energía religiosa fue enervada por las intrigas políticas y disensiones internas.
(a) La palabra "fracaso" se toma aquí de dos formas diferentes - fracaso por dadencia interna y fracaso por violencia externa. La primera es deshonrosa, la última puede ser gloriosa, si es buena la causa. Si los fracasos de la Compañía, como su supresión, y la violenta expulsión de varios países incluso en nuestra época fueron fracasos deshonrosos es una cuestión histórica tratada en otro lugar. Si lo fueron, entonces debemos dir que tales fracasos contribuyen a la reputación de la orden, que son más aparentes que reales, y que la Providencia de Dios hará, a su propia manera, buena la pérdida. En efto vemos a la Compañía sufriendo con fruencia, pero con igual fruencia ruperándose y renovando su juventud. Sería inexacto dir que las persuciones que ha sufrido la Compañía han sido tan grandes y continuas como para ser irronciliables con el habitual curso de la Providencia, que acostumbra a mitigar la adversidad con el alivio, para hacer posible la resistencia (I Cor., 10, 13). Así, mientras que se puede dir que muchas comunidades jesuitas se han visto forzadas a disolverse en los últimos treinta años, otras han tenido una existencia corporativa de dos o tres siglos. El Colegio de Stonyhurst, por ejemplo, sólo tiene 116 años en su actual sitio, pero su vida corporativa es 202 años más antigua todavía; aun así las páginas más gloriosas de su historia son las de sus persuciones, en las que perdió, tres ves en total, todo lo que poseía, y, escapando apenas por la huída, renovó una vida incluso más honorable y distinguida que la que le había predido, una fortuna probablemente sin igual en la historia de la pedagogía. También los Bolandos (vid.) y el Colegio Romano pueden citarse como ejemplos bien conocidos de instituciones que, aunque una vez derribadas, han revivido y florido después tanto como antes, si no más. Se puede citar como ejemplo, también, la provincia alemana que, aunque llevada al exilio por Bismarck, ha más que doblado su número anterior. El Cristianismo que los jesuitas implantaron en Paraguay sobrevivió de manera portentosa, después de irse ellos, y el redescubrimiento de la Iglesia en Japón presta un glorioso testimonio de la perfción de los antiguos métodos misioneros.
(b) Volviendo al punto de la dadencia tras la época de Acquaviva, podemos conceder libremente que ninguna generación su
Aponte Martínez Luis (1922-
Nacimiento. 4 de agosto de 1922, Lajas, diócesis de Ponce, Puerto Rico.
Educación. Seminario St. John, Brighton, Massachussetts, Estados Unidos; Universidad de Boston, EE.UU.
Sacerdocio. Ordenado el 10 de abril de 1950, San Germán, Puerto Rico. De 1950 a 1960, trabajo pastoral en la diócesis de Ponce; Secretario diocesano y vice-canciller; capellán de la Guardia Nacional.
Episcopado. Elegido Obispo titular de Lares y nombrado auxiliar de Ponce, 23 de julio de 1960. Consagrado, 12 de octubre de 1960, Ponce, por el Cardenal Francis Spellman, Arzobispo de Nueva York. Coadjutor de Ponce, con derecho a sucesión, 16 de abril de 1963. Obispo de Ponce, 18 de noviembre de 1963. Asistió al II Concilio uménico Vaticano, 1963 a 1965. Promovido a la sede metropolitana de San Juan, 15 de noviembre de 1964. Presidente de la Conferencia Episcopal de Puerto Rico. Asistió a la I Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, Ciudad del Vaticano, del 11 al 28 de octubre de 1969.
Cardenalato. Creado cardenal presbítero, 5 de marzo de 1973; ribió la birreta roja y el título de S. Maria della Provvidenza a Monteverde, 5 de marzo de 1973. Participó en el cónclave del 25 al 26 de agosto de 1978. Participó en el cónclave del 14 al 16 de octubre de 1978. Asistió a la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, México, 27 de enero a 13 de febrero de 1979. Asistió a la IV Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, República Dominicana, 12 a 28 de octubre de 1992. Asistió a la Asamblea Espial para América del Sínodo de los Obispos, Ciudad del Vaticano, 16 de noviembre a 12 de diciembre de 1997. Renunció al gobierno pastoral de la Arquidiócesis, 26 de marzo de 1999. Administrador apostólico sede vacante, del 26 de marzo al 8 de mayo de 1999.
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