Africana, Iglesia Primitiva
Se da el nombre de Iglesia Africana Primitiva a las comunidades cristianas que habitaban la región conocida políticamente como África romana, y comprendidas geográficamente dentro de los siguientes límites, a saber: el litoral mediterráneo entre la Cirenaica al este y el río Ampsaga (ahora llamado Rummel) al oeste; denominándose Mauritania aquella parte que da al océano Atlántico. Aparentemente, estas comunidades cristianas se extendían solo hasta la vindad de Tánger (Tangi). La evangelización de África siguió mayormente las mismas líneas trazadas por la civilización romana. Partiendo de Cartago, discurría por el África Proconsular y Numidia, e iba perdiendo carácter al irse acercando a Mauritania.
HISTORIA
La delimitación de las fronteras eclesiásticas de la Iglesia africana es un tema que ofre gran dificultad. La autoridad política romana arreglaba, una y otra vez, las divisiones provinciales, y en varias ocasiones, las autoridades eclesiásticas hicieron coincidir los límites de sus jurisdicciones resptivas con los del poder civil. Sin embargo, estos límites no solo eran susceptibles de rtificaciones, sino que en algunos casos, ni siquiera estaban marcados con claridad. Algunas partes de Mauritania se mantuvieron siempre independientes; la región montañosa hacia el oeste del Aure (Atlas Medio), y la meseta sobre el Tell nunca fueron romanas. Las tierras altas del Sahara y todo el país al oeste de la cadena del Atlas estaban habitados por tribus nómadas de los Getuli; no se encuentran allí ni iglesias ni organizaciones eclesiásticas definidas. El cristianismo se fue infiltrando, por dirlo de alguna manera, poco a poco. A medida que resultaron nesarios, se fundaron obispados entre los conversos; posiblemente los fueron trasladando de un sitio a otro hasta que desaparieron sin dejar rastros de su existencia.
El período histórico de la Iglesia africana empieza en el año 180 con algunos grupos de mártires. En fecha algo posterior, los escritos de Tertuliano nos indican la rapidez con la que el cristianismo en África había crido. Sobrepasaba las líneas militares romanas, y se había difundido entre la población del sur y del sureste del Aure. Alrededor del año 200, hubo una persución violenta en Cartago y en las provincias en poder de los romanos. En cuanto a sus diferentes fases, podemos obtener información de las actas del martirio de santa Perpetua y de los tratados de Tertuliano. No obstante, ni siquiera entonces dejó el cristianismo de hacer conquistas distantes; en Aumale se han encontrado epitafios cristianos fhados en 227; lo mismo que en Tipasa, en 238. Se trata de fechas contrastadas. Si confiamos en textos menos concretos aunque de gran valor, podremos admitir que la evangelización del Norte de África empezó muy temprano. A comienzos del siglo III, existía una gran población cristiana en las ciudades e incluso en regiones rurales, que incluían no solo a los pobres, sino a personas de alto rango. Diiocho obispos de la provincia de Numidia asistieron a un concilio celebrado en Cartago alrededor del año 220. Ochenta y siete obispos asistieron a otro concilio, celebrado en tiempos de san Cipriano, a mediados del siglo III. En esta época la Iglesia en África atravesó una grave crisis. La paz prolongada había hecho que los fieles se relajaran en la práctica de las virtudes que son nesarias en tiempos de persución. El Emperador Dio publicó un edicto, cuyo resultado fue que surgieran muchos mártires y confesores y no pocos apóstatas. Se pudo ver a un obispo, seguido de toda su grey, haciendo sacrificios a los dioses. Los apóstatas (ver LAPSI) y los tímidos que habían comprado con dinero un certificado de apostasía (ver Libellatici), aumentaron de tal manera que se imaginaron que podrían dictar la ley a la Iglesia, pidiendo ser readmitidos a la comunión lesiástica. Tal estado de cosas originó controversias y conflictos deplorables. Sin embargo, la Iglesia en África produjo mártires, incluso en esa época. Los nombres de san Cipriano de Cartago, de los mártires de Massa Candida, de Teógenes de Hipona, Agapito y Súndulo de Cirta, de Santiago, Marciano y otros; de Luciano, Montano y sus compañeros, demostraban que todavía existían cristianos valientes y sinceros en su redil. Las persuciones de finales del siglo III y comienzos del IV, no solo produjeron mártires; también fueron causa de una herejía que afirmaba que los cristianos podían, sin faltar a su fe, entregar los libros sagrados y los archivos de la Iglesia a los funcionarios estatales.
El acceso al trono de Constantino encontró a la Iglesia en África herida por controversias y herejías; los católicos y los donatistas luchaban en una contienda que no era solo de palabra, sino violenta y sanguinaria. Una ley promulgada por Constantino en 318 privaba a los donatistas de sus templos, muchos de lo cuales habían sido sustraídos a los católicos. Sin embargo, se habían vuelto tan poderosos que incluso una medida de esa magnitud no había conseguido aplastarlos; eran tan numerosos que a un concilio donatista celebrado en Cartago en 327 asistieron doscientos setenta obispos. Los intentos de ronciliación, sugeridos por el emperador Constantino, solo sirvieron para profundizar la brha y conducir a la represión armada, creando un desasosiego criente y una enemistad cada vez más rencorosa. Empero, en medio de estos disturbios, el Primado de Cartago, Gracio, en el año 361 dlaró: ?Dios ha devuelto la unidad religiosa a África?. Los disturbios en la Iglesia en África se incrementaron con el acceso de Julián al obispado en 361, quien dio permiso a todos los exiliados religiosos para que regresaran a sus hogares. Un obispo donatista ocupaba la sede herética de Cartago, opuesto al obispo ortodoxo. Los actos de violencia se sucedían y acarreaban nuevos conflictos. Alrededor de esta época, Optato, Obispo de Mileve, empezó a combatir la sta con sus escritos. Algunos años después, san Agustín, que se había convertido en Milán, regresó a su tierra natal y se opuso dididamente a todos los errores. Por aquel entonces, el paganismo había dejado de ser una amenaza; en 399 se cerraron los templos en Cartago. No obstante, la energía y el genio de Agustín estaban completamente ocupados en la enseñanza de los clérigos y la instrucción de los fieles, lo mismo que en la controversia teológica con los herejes. Durante cuarenta años, desde 390 hasta 430, los concilios de Cartago (ver Sínodos Africanos ) que agrupaban a gran parte del episcopado africano y que sostenían debates con los donatistas, con sermones, homilías, y comentarios de las Escrituras se sucedieron casi sin interrupción; esta actividad sin predentes tuvo resultados condignos. La herejía pelagiana, que había hecho grandes avances en África, fue condenada en el Concilio de Cartago en 412.
También el donatismo y el semi pelagianismo (ver DONATISMO, PELAGIANISMO ) ribieron heridas de muerte en un momento en que unos acontimientos políticos de la mayor gravedad cambiaron la historia y el destino de la Iglesia en África. En 426, Bonifacio, Conde de África, llamó a los Vándalos; en 429 se completó la invasión. Los bárbaros avanzaron rápidamente y se hicieron dueños de ciudades y provincias. San Agustín murió en 430 durante el asedio de Hipona; nueve años después, Genserico, rey de los Vándalos, tomó posesión de Cartago. Allí empezó para la Iglesia en África un período de persución desconocido hasta entonces. Los vándalos eran arrianos y starios. No solo deseaban establer su propia sta arriana, sino que estaban empeñados en destruir el catolicismo. Las iglesias que no habían sido arrasadas a causa de la invasión, fueron traspasadas a los arrianos o arrebatadas a los católicos y cerradas al culto público. A la intervención del emperador Zenón (474-491) y a la firma de un tratado de paz con Genserico, siguió una calma pasajera. Se reabrieron las iglesias, y se permitió a los católicos elegir un obispo (476), pero la muerte de Genserico y el edicto de Hunerico en 484, empeoraron las cosas. Un escritor contemporáneo, Víctor o Vital, nos ha contado lo que sabemos de esta larga historia de la persución de los vándalos. Aun en esa situación de peligro, los cristianos de África estaban lejos de mostrar aquellas virtudes que es dable esperar en tiempos de persución. Si bien es cierto que Salviano de Marsella se inclina a la exageración en todo lo que afirma, sin embargo, nos presenta un relato deplorable y no del todo inexacto de los crímenes de todas clases que hicieron de África una de las provincias más desgraciadas del mundo. Tampoco los vándalos habían escapado a los eftos de esta corrupción moral, que poco a poco destruyó su poder y eventualmente acarreó su ruina. En el último año de la dominación vándala en África, san Fulgencio, obispo de Ruspe, ejerció una influencia benéfica sobre los príncipes de la dinastía, que ya no eran bárbaros ignorantes sino cuya cultura, enteramente romana o bizantina, igualaba a la de sus súbditos nativos. Pero la monarquía vándala, que tuvo una duración de cerca de un siglo, paría no estar tan firmemente establida como en sus inicios. Hilderico, que había sucedido a Trasamondo en 523, era un príncipe demasiado culto y apacible para poder imponerse a los demás. Gilimer intentó despojarlo del poder, y una vez proclamado rey de los vándalos en 531, marchó sobre Cartago y destronó a Hilderico. Su causa paría haber tenido total éxito, y su autoridad estar firmemente establida, cuando una flota bizantina aparió en la costa africana. La batalla naval de Dimum, acaida el 13 de septiembre de 553, destruyó en pocas horas, el poder marítimo de los vándalos. El desembarco de las tropas bizantinas, la toma de Cartago, la huída de Gilimer y la batalla de Tricamarum, a mediados de diciembre, completaron su destrucción y desaparición.
A Belisario, el vencedor, le bastó con aparer para ronquistar la mayor parte de la costa, y colocar las ciudades bajo la autoridad del emperador Justiniano. Doscientos veinte obispos en representación de todas las iglesias, asistieron a un concilio celebrado en Cartago en 534. Se publicó un dreto prohibiendo el ejercicio público del culto arriano. Sin embargo, el establimiento de un gobierno bizantino estuvo lejos de restaurar la unidad de la Iglesia en África. En los concilios de Cartago se reunieron los obispos del África Proconsular, Bizacena y Numidia, pero los de Tripolitania y Mauritania no concurrieron. De hecho, Mauritania había ruperado su autonomía política durante le época de los vándalos. Se establió una dinastía nativa y el ejército bizantino de ocupación nunca pudo conquistar esa parte del país tan alejada de su base en Cartago.
El reinado de Justiniano marca una época triste en la historia de la Iglesia en África, debido a la parte asumida por el clero en lo que se ha dado en llamar la Tria Capitula. Mientras una parte del episcopado perdía su tiempo y sus energías en discusiones teológicas infructuosas, otras fracasaban en cumplir con su deber. En estas circunstancias, el Papa Gregorio Magno mandó hombres a África, cuyo temperamento elevado contribuyó grandemente a incrementar el prestigio de la Iglesia Romana. El notario Hilario se convirtió, hasta cierto punto, en Legado Papal con autoridad sobre los obispos africanos. Los convenció de cuál era su deber, los instruyó y reprendió, y convocó concilios en nombre del Papa. Con la ayuda del metropolitano de Cartago, logró restaurar la unidad, la paz, y la disciplina lesiástica en la Iglesia en África, que se vio fortalida por este cambio tan afortunado que restauró el respeto y la autoridad de la Sede de Roma. No obstante, esta renovación vigorosa no duró mucho. Los árabes, que habían conquistado Egipto, invadieron África. En 642 ocuparon Barca y Cirenaica; en 643 conquistaron parte de Tripolitania. En 647, el califa Omán dio orden de atacar África dirtamente, y un ejército que había obtenido una victoria en Sbeitla se retiró contra el pago de un rescate abultado. Siguieron algunos años de respiro. La Iglesia en África demostró su adhesión firme a la ortodoxia permaniendo fiel al Papa Martín I (649-655) en su conflicto con el emperador de Bizancio. Los últimos cuarenta años del siglo VII presenciaron la caída gradual de los fragmentos del África bizantina para pasar a manos de los árabes. Los beréberes, o tribus nativas, que con anterioridad parían próximos a convertirse al Evangelio, en poco tiempo y sin resistencia, se pasaron al Islam. En 695, los árabes tomaron Cartago. Dos años después fue retomada por el patricio Juan, pero solo por un período corto; en 698, Hassan tomó nuevamente posesión de la capital de África del Norte. Con este desastre aplastante que fue la invasión árabe, las Iglesias de África desaparieron. No todo se destruyó, pero ese resto de vida cristiana era tan pequeño que pasó a ser materia de estudio antes que de historia.
LITERATURA CRISTIANA DE ÁFRICA
La literatura lesiástica del África cristiana es la más importante de las literaturas cristianas latinas. El primer nombre que se nos presenta es el de Tertuliano, un escritor admirable, mucha de cuya obra ha llegado a nosotros, a pesar de las lacunae de los escritos perdidos. Se le han atribuido algunas obras como la ?Passio S. Perpetua?, pero el gran apologista tiene una obra tan completa que no le hace falta tomarla de otros autores. No quiere dir esto que Tertuliano sea siempre notable por su estilo, ideas y teología, pero ha proporcionado temas para que se hagan estudios muy trascendentes. Su estilo, por cierto, es a menudo exagerado, pero sus faltas son las que se cometían en una época no muy lejana de la edad dorada de la literatura latina. Tampoco todas sus ideas son igualmente nuevas ni originales, por lo que las que ahora paren ser suyas propias, ganan en importancia por ese motivo. A diferencia de los apologistas de su tiempo y anteriores, Tertuliano se negó a hacer de la apologética cristiana algo meramente defensivo; apeló a la ley del Imperio, reclamó el derecho a la existencia social, y tomó la ofensiva. Su teología es, a ves, atrevida e incluso inexacta; su moral inadmisible por sus mismos excesos. Algunos de sus tratados que han llegado hasta nosotros, se escribieron después de que se separara de la Iglesia; sin embargo, cualquiera que sea el veredicto expresado sobre este gran hombre, sus obras permanen entre las más valiosas de la antigüedad cristiana. El abogado, Minucio Félix, ha demostrado tener tanta destreza literaria en sus cortos tratados de pocas páginas que ha alcanzado meridamente la fama. La correspondencia, tratados, y sermones de san Cipriano, Obispo de Cartago, pertenen aproximadamente a mediados del siglo III, la correspondencia constituye una de las fuentes mejor valoradas de la historia del cristianismo en África y el Occidente en esta época. Sus relaciones con la Iglesia de Roma, los concilios de Cartago, sus interminables disputas con los obispos africanos, ocupan el lugar, hasta cierto punto, de los documentos perdidos de esta época. Aunque indudablemente, san Cipriano ya era un orador antes de ser obispo, no iguala a Tertuliano en cuanto a estilo. Sus tratados están bien compuestos, escritos con arte; no contienen, sin embargo, esa abundancia inagotable de puntos de vista y persptivas que constituyen el único privilegio de ciertas personas de mente elevada. Arnobio, autor de una apología del cristianismo, tiene un interés sundario; Lactancio, más culto y más literario, solo pertene a África en razón de la riqueza de su genio. La inclinación puliar de su talento es puramente ciceroniana, y no ribió educación en los colegios de su tierra natal. Entre todos estos, cada uno tiene su nombre y su lugar, pero hubo otros, casi desconocidos, o escondidos en impenetrables anonimatos. Algunos escritos reunidos en la Spuria de la literatura latina han sido atribuidos a ves, a Tertuliano, otras ves a san Cipriano, o incluso al papa Víctor, el contemporáneo del emperador Cómodo; pero no debemos, sin embargo, detenernos aquí. Otros autores, también, como Máximo de Madaura y Victorino, se encuentran, junto con Optato de Mileve, en primera fila de la literatura africana del siglo IV, antes de la aparición de san Agustín.
La obra literaria de san Agustín está tan estrhamente contada con su trabajo como obispo, que resulta difícil, en el presente, separar a una de otro. No escribía por escribir, sino con una finalidad. A partir del año 386 en adelante, sus tratados aparían anualmente. Tal profusión a ves se interpreta en detrimento de su valor literario; pero lo que resulta más perjudicial aun, es que se desentiende de la belleza de las formas, en las que apenas pare pensar, mientras se preocupa por otras cosas. Su objetivo principal por encima de cualquier otro, es el de asegurar la convicción; lo cierto es que debemos al esplendor de su genio los escasos pasajes hermosos salidos de su pluma. A la elevación de su pensamiento, antes que a la cultura de la mente, debemos algunas páginas que son admirables, si no perftas. El lenguaje de Agustín era, por cierto, el latín, aunque un latín que ya había caído en dadencia. Lo que él deseaba era que se lo entendiera, no que se lo admirara, lo que explica las deficiencias de su obra en lo que respta al estilo. Pero cuando pasamos de su estilo a sus pensamientos, podemos admirarlo casi sin reservas. Incluso aquí encontramos rastros ocasionales de mal gusto, pero se trata del gusto de la época: florido, lleno de brillo y retruécanos, de refinamiento de palabras y de la debilidad del latín contemporáneo. De todas las numerosas obras de san Agustín, las que ocupan un primer lugar, primer lugar también entre los escritos cristianos, son: las ?Confesiones?, la ?Ciudad de Dios?, y el ?Comentario al Evangelio de san Juan?. En cuanto a la teología, sus obras han dado al cristianismo un impulso cuyo efto se ha hecho sentir durante siglos; la doctrina de la Trinidad le proporcionó material para la exposición más acabada que pueda encontrarse entre los trabajos de los doctores de la Iglesia. Otros escritores, teólogos, poetas, o historiadores pueden encontrarse después de la época de san Agustín, pero sus nombres, por muy honorables que sean, no se pueden comparar en fama con los grandes que hemos citado pertenientes a los siglos III y IV. El intento de san Fulgencio, obispo de Ruspe, es pensar y escribir como discípulo fiel de san Agustín. Draconcio, poeta de mérito, care de elevación; solamente alguna que otra línea suya mere ocupar un lugar en la poesía inmortal. Víctor de Vita, historiador impetuoso, nos hacer añorar, en presencia de sus descripciones demasiado literarias, la simplicidad monótona de las crónicas, con su exactitud rigurosa. En los escritos teológicos e históricos de Facundo de Hermiane, Verundo, y Víctor de Tunnunum, se pueden encontrar estallidos de pasión no totalmente desprovistos de mérito desde un punto de vista literario, pero que con fruencia nos hacen dudar de la exactitud histórica de sus relatos o reminiscencias.
Los escritos de los autores africanos, como Tertuliano y san Agustín, están llenos de citas sacadas de las Sagradas Escrituras. Estos textos fragmentarios están entre los más antiguos testigos de la Biblia Latina, y tienen mucha importancia, no solo ,en conexión con la formación del estilo y vocabulario de los escritores cristianos de África, sino respto del establimiento del texto bíblico. África está actualmente representada por un grupo de textos en los que se preserva una versión comúnmente conocida como ?Versión Africana? del Nuevo Testamento. Es nesario aceptar que en el África cristiana primitiva nunca existió el latín oficial conocido por todas las Iglesias, o que fuera empleado por los fieles con exclusión del resto. Los obispos africanos accedían a permitir que se hicieran corrciones en una copia de las Sagradas Escrituras, o incluso alguna referencia, cuando fuera nesaria, al texto griego. Con algunas excepciones, para el Antiguo Testamento, prevalió la versión de los Setenta. Respto del Nuevo Testamento, los manuscritos eran del tipo occidental. (ver Biblia, Canon.). Sobre esta base, surgió una gran variedad de traducciones e interpretaciones. Este hecho corroborado en cuanto a la existencia de una cierta cantidad de versiones de la Biblia en África no implica, sin embargo, que no hubiera una versión más ampliamente usada y mejor acogida que el resto, es dir, la versión encontrada, casi completa, de la obra de san Cipriano. No obstante, ni siquiera esta versión caría de detractores. Además de las discrepancias encontradas en dos citas del mismo texto en la obra de dos autores distintos, y a ves del mismo autor, sabemos que de los varios libros de la Escritura existían versiones totalmente independientes una de otra. No había menos de tres versiones diferentes del Libro de Daniel en uso en África durante el siglo III; a mediados del IV el donatista Ticonio usaba y cotejaba dos versiones del Apocalipsis.
LITURGIA
Conocemos la liturgia de la Iglesia africana gracias a los escritos de los Padres, pero no existe ninguna obra completa ni libro litúrgico sobre ella. Los escritos de Tertuliano, de san Cipriano, de san Agustín están llenos de indicaciones valiosas que nos permiten colegir que la liturgia de África presentaba muchos y característicos puntos de contacto con la liturgia romana. El año litúrgico comprendía las fiestas en honor de Nuestro Señor y un gran número dedicado a los mártires, que se compensaban con algunos días de penitencia. Sin embargo, en este aspto, África no pare haber haberse ajustado rigurosamente a lo que era costumbre en otros lugares. Los días llamados ?de estación?. El ayuno de estos días se observaba solamente hasta la hora tercera después de mediodía. La Pascua en la Iglesia africana tenía el mismo significado que en otras Iglesias; seguía abarcando una parte del año dentro de su órbita, fijando la fecha de la Cuaresma y del Tiempo Pascual, mientras que Pentostés y la Ascensión gravitaban igualmente a su alrededor. La Navidad y la Epifanía se mantenían claramente aparte, y tenían días fijos. El culto de los mártires no siempre se debe distinguir del de los muertos; solamente, poco a poco, se fue trazando una línea divisoria entre los mártires a quienes se invocaba y los muertos por quienes había que orar. La oración (de petición) pidiendo un lugar de refrigerio, refrigerium, demuestra la creencia de un intercambio de ayuda entre los vivos y los muertos. Además, por otra parte, de la oración por los difuntos, encontramos en África la oración por ciertos vivos. (ver Liturgia Africana).
DIALTOS
Los pueblos africanos empleaban simultáneamente varias lenguas; los del norte paren haber sido en un comienzo latínoparlantes. Eftivamente, antes y durante los primeros siglos de nuestra era, encontramos allí una literatura latina floriente, muchos colegios y retóricos famosos. No obstante, se hablaba corrientemente el griego en Cartago en el siglo II; algunos de los tratados de Tertuliano estaban escritos también en griego. El firme avance de la civilización romana originó el descuido y abandono de esa lengua. A comienzos del siglo III, cualquier africano, elegido al azar, se hubiera expresado más fácilmente en griego que en latín; doscientos años después, san Agustín y el poeta Draconcio tenían a lo sumo, un leve conocimiento del griego. En cuanto a los dialtos locales, sabemos poco. No ha llegado a nuestros días ninguna obra escrita en púnico, aunque no puede caber la menor duda de que el clero y los fieles empleaban una lengua muy hablada en Cartago y en las ciudades costeras de la Provincia Proconsular. Las clases baja y media hablaban púnico, y los herejes circumceliones estuvieron entre sus últimos defensores. Los escritores cristianos casi en su totalidad ignoraban los dialtos nativos: el libio o el beréber. En efto, san Agustín nos indica que este lenguaje lo usaban solamente las tribus nómades.
Bibliografía
Llercq, L’Afrique chretienne (París, 1904); Idem., en el Dict. D’archeol. Chret. Et de lit. I, 576-775.
Escrito por H. Llercq.
Trascrito por R. Wiemann.
Traducción de Estela Sánchez Viamonte
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