Academias Romanas
El apogeo del Renacimiento Italiano, desde el final del Cisma de Occidente en 1418 hasta mediados del siglo XVI, encontró dos centros inteltuales: Florencia y Roma. La cultura científica, literaria y artística alcanzó en ellos un desarrollo tan intenso como multiforme, de los cuales las academias primitivas romanas y florentinas constituían ejemplos típicos de esta variedad. Restringiremos nuestra atención a las Academias Romanas, comenzando por una visión generalizada de ellas y añadiendo notas históricas y bibliográficas respto de las más importantes de estas asociaciones de eruditos, ya que las ?Academias? italianas eran solo eso y no institutos para la instrucción.
La Edad Media no llegó a Roma ninguna institución que pudiera propiamente llamarse una academia científica o literaria. Por regla general, existía una leve inclinación hacia dichas instituciones. La Academia de Carlomagno y la Academia Floral de Toulouse eran cortes principescas donde se celebraban reuniones literarias. La razón espial por la que la literatura no llegó a alcanzar una posición más fuerte en Roma se debe a los constantes disturbios político-religiosos del Medioevo. A causa de la opresión que sufrió el Papado bajo los emperadores de la casa de Hohenstaufen, a las luchas por la libertad lesiástica iniciada por Gregorio VII, al conflicto entre Güelfos y Gibelinos, a la intromisión de la dominación francesa que dio lugar al Papado de Aviñón y al Cisma de Occidente, la Roma medieval no constituía un lugar apropiado para las academias de sabios. Pero cuando se restauró la unidad Papal y los Papas volvieron a Roma, el Renacimiento estaba en su apogeo y la ciudad acogió y fomentó toda la cultura inteltual. En este momento favorable empieza la historia de las academias romanas.
En Roma, igual que en Florencia, las academias reprodujeron considerablemente las tradiciones de la academia de Platón; esto es, eran centros para el cultivo de la filosofía en aquel sentido más amplio tan caro para la antigüedad griega y romana, según la cual éstas representaban la cultura más amplia. Desde los primeros momentos del Renacimiento, la Iglesia constituía el más alto ejemplo de tales academias y la fuente más prolífica de cultura. El movimiento neoplatónico fue un factor extremadamente poderoso en el Renacimiento, implicaba un regreso al pensamiento clásico y una reacción contra la escolástica aristotélica dadente de esa época. A la cabeza de este movimiento en las mencionadas ?capitales del pensamiento?, se ubicaban dos griegos: Gemisto Pletón en Florencia, y el Cardenal Besarión, muerto en 1472, en Roma. Alrededor de 1450, la casa de este último se convirtió en el centro de una Academia floriente de filosofía platónica y de cultura inteltual variada. Su valiosa bibliota, que llegó a la ciudad de Venia, estaba a la disposición de los académicos, entre los que se podían contar los mayores inteltuales italianos y extranjeros residentes en Roma. Esta propaganda platónica, dirigida enérgicamente contra la restauración ?peripatética? y contra los ataques antiplatónicos de la escuela neoaristotélica, encuentra su o en un pequeño folio latino de Besarión, ?Contra los Calumniadores de Platón? (Roma, 1469). Besarión, en sus últimos años se retiró de Roma a Rávena pero dejó tras de sí unos adherentes entusiastas de la filosofía clásica. Desgraciadamente, el Renacimiento en Roma fue adquiriendo cada vez más un carácter pagano y cayó en manos de unos humanistas sin fe y sin moral. Esto impartió al movimiento académico una tendencia hacia el humanismo pagano, del cual podemos encontrar una prueba en la célebre Academia Romana de Pomponio Leto.
Julio, hijo natural de un noble de la familia de Sanseverino, nacido en Calabria en 1425, conocido por su nombre académico de ?Pomponio Lemus?, llegó a Roma donde dedicó sus energías al estudio entusiasta de la antigüedad clásica, y atrajo gran cantidad de discípulos y admiradores. Era un adorador no solamente de la forma literaria y artística, sino también de las ideas y del espíritu del paganismo clásico; por lo tanto una persona que despriaba al cristianismo y un enemigo de la Iglesia. El paso inicial de su programa fue la fundación de la Academia Romana en la cual cada miembro tomaba un nombre clásico. Sus principales miembros eran humanistas, y casi todos conocidos por sus vidas irreligiosas y epicúreas, entre ellos Bartolomé Platina y Felipe Buonaccorsi. Más aun, en su audacia, estos neopaganos se comprometieron políticamente, en una época en que Roma estaba llena de conspiraciones fomentadas por los barones romanos y los príncipes vinos. Paulo II (1464-1471), hizo arrestar a Pomponio y a los líderes de la Academia por irreligiosidad, inmoralidad, y conspiración contra el Papa. Los prisioneros rogaron piedad tan seriamente, que por haber expresado tales protestas de arrepentimiento, fueron perdonados. Sin embargo, la Academia fracasó (Pastor, ?Historia de los Papas?, II, ii, 2). El siglo XVI encontró en Roma un gran aumento de academias literarias y artísticas, inspiradas más o menos en el Renacimiento, habiendo asumido todas ellas, como era la moda, nombres curiosos y fantásticos. Sabemos por varias fuentes los nombres de dichas instituciones; en general pronto desaparieron sin dejar rastros. A comienzos del siglo XVI nació la ?Academia degl’Intronati? para el fomento de las representaciones teatrales. También existía la Academia de los ?Vignaiuoli? o ?Viñadores? (1530), y la Academia ?della Virtù? (1538), fundada por Claudio Tolomeo bajo el patronazgo del Cardenal Hipólito de Medici. A éstas le siguió la nueva Academia en los ?Orti? o jardines de Farnesio. También estaban las Academias de los ?Intrepidi? (1560), los ?Animosi? (1576), y de los ?Illuminati? 81598); esta última fundada por la Marquesa Isabel Aldobrandini Pallavino. Hacia mediados del siglo XVI, también existían la Academia de las ?Notti Vaticane? o ?Noches Vaticanas?, fundada por san Carlos Borromeo; una ?Accademia di diritto civile e canonico?, y otra de los eruditos y estudiantes universitarios de filosofía. (Accademia Eustachiana). En el siglo XVII, encontramos academias similares; la ?Umoristi? (1611), la ?Fantastici? (1625), y la ?Ordinati?, fundada por el Cardenal Dati y Julio Strozzi. Alrededor de 1700, se fundaron las academias de los ?Infondi?, los ?Occulti?, los ?Deboli?, los ?Aborigini?, los ?Immobili?, la ?Accademia Esquilina? y otras. Por regla general, estas academias, muy paridas entre sí, eran meros círculos de amigos o clientes reunidos alrededor de un sabio o patrono rico, y se dedicaban a pasatiempos literarios más que a un estudio metódico. No obstante, coincidían con la situación general y, a su modo, constituyeron un elemento del desarrollo histórico. A pesar de su carácter empírico y fugaz fueron de ayuda para mantener la estima universal por los estudios literarios, entre otros. Los cardenales, prelados y clero en general, manifestaron su favor hacia este movimiento, al que asistieron con su patronazgo y colaboración.
Con el siglo XVII empezó una nueva época mientras la Academia Romana, en su variante más antigua, seguía sobreviviendo. La Academia estaba constituida como un cuerpo público, es dir, que ya no se veía constreñida a un pequeño círculo de amigos. Se fijó a sí misma un ámbito fijo y permanente en el campo de la ciencia, las letras y las artes, a menudo de carácter polémico o apologético. Naturalmente, ésta forma más definitiva de las academias romanas remodeladas estaba aliada fielmente con el movimiento académico general en Italia y en los países extranjeros, cuyo ejemplo típico lo constituía la Academia Francesa fundada por Richelieu. Fue entonces que las academias se convirtieron en instrumentos de cultura prácticos y eficaces, con influencia dirta sobre la opinión pública; de esta forma, también, rlamaban la atención espial de las cabezas de estado. Éste fue el caso de Roma, donde el Papado mantenía su patronazgo tradicional sobre la erudición lesiástica y general más variada.
En este período, las primeras academias romanas dignas de mención son la ?Accademia dei Lincei? (Linces) fundada en 1603, y la ?Arcadia?, fundada en 1656. Las academias eclesiásticas cuyo ámbito estaba fijado por la Contrarreforma, eran la ?Accademia Liturgica?, fundada por Benedicto XIV, y la ?Accademia Theologica?, fundada en 1695. Todas existen aun.. Después de la Revolución Francesa y el retorno a Roma del gobierno Papal, las nuevas condiciones aconsejaban la adopción de la ?Academia? como unión entre la antigua y la nueva, y como medio de fortaler la cultura lesiástica y de promover la defensa de la Iglesia. Así surgieron nuevas academias, mientras que las antiguas fueron restablidas. Bajo Pío VII (1800-11823) se fundaron la ?Accademia di Religione Católica?, y la ?Accademia Tiberina?;en 1835 aparió la ?Immacolata Concezione?. La ?Accademia Liturgica? fue restablida en 1840, y en 1847, la ?Academia dei (Nuovi) Lincei?.Además de este grupo debemos registrar la aparición, en 1821, de la ?Accademia Filarmonica?. Después de la ocupación italiana de Roma (1870), se fundaron nuevas academias católicas para estimular el estudio y la apologética; entre ellas la ?Accademia di Conferenze Storico-Giuridiche? y la ?Accademia di San Tommaso?, fundadas por León XIII, a las que se debe añadir, a pesar de que no se llamó Academia, la ?Società di Conferenze di Archeologia Sacra?, fundada en 1875. En 1870, el gobierno italiano resucitó, o mejor dicho, fundó de nuevo, la ?Accademia dei Lincei?, y en 1875 la ?Accademia Medica?. En adelante trataremos con mayor detalle de estas diferentes academias.
ACCADEMIA DEI LINCEI Y DEI NUOVI LINCEI (1603)
El príncipe romano Federico Cesi (1585-1630), distinguido erudito y patrono de las letras, reunió en su palacio donde tenía una magnífica bibliota, un jardín botánico y un museo de antigüedades, a un número de sabios con los que fundó, el 17 de agosto de 1603, la ?Accademia del Lincei?, llamada así porque tomaron al lince por emblema, para destacar su afán por el estudio de la naturaleza. De acuerdo con los usos del momento, la Academia, aunque estaba dedicada al estudio de la física, las matemáticas y la filosofía, también se interesaba por la literatura. Este círculo inteltual era digno de alabanza porque promovía el estudio de la física y las matemáticas, entonces poco cultivadas, como contrapartida de la tendencia predominante hacia estudios puramente literarios. Por fin, se dedicó espialmente al estudio de las ciencias exactas, de las cuales se constituyó en el principal centro académico de Italia. No fue hasta 1657 que surgió su rival toscano con la ?Accademia del Cimento?. La bibliota Cesi, a la que se agregó la de Virginio Cesarini, se volvió una ayuda poderosa para los trabajos científicos. Muchos de sus académicos, mientras vivió Cesi y bajo su patronazgo, realizaron la preparación previa para la publicación de la gran obra inédita de Francisco Hernández sobre la historia natural de México (Roma, 1651). La edición abreviada en diez volúmenes, hecha por Nardo Antonio Rchi nunca se editó. También contribuyeron a la publicación de la obra botánica póstuma del príncipe, ?Tavole Filosofiche?. Otros colegas de Cesi en la fundación de la Academia fueron Fabio Colonna, autor de ?Fitobasano?, historia de plantas raras, y de otros trabajos científicos, y Francisco Stelluti, procurador general de la Academia en 1612, autor del tratado sobre ?Legno Fossile Minerale? (Roma, 1635), así como de algunas obras literarias. La Academia ganó mucho renombre a través de sus famosos miembros italianos, como Galileo Galilei, y otros extranjeros como Johann Faber de Bamberg, Marcos Velser de Augsburgo y muchos más. Después de la muerte del príncipe Cesi, la Academia se reunía en la casa de su nuevo y distinguido presidente, Casiano dal Pozzo. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, la asociación empezó a dlinar, tanto que luego de la mencionada publicación de las obras de Hernández en 1651, la ?Accademia dei Lincei? cayó en el olvido. Empero, su celebridad perduraba, y cuando al comienzo de su pontificado, Pío IX intentó proporcionar un centro académico para los estudios físico matemáticos, resucitó la sociedad creada por Cesi, y el 3 de julio de 1847, fundó la ?Pontificia Academia dei Nuovi Lincei?, inaugurándola personalmente el siguiente mes de noviembre, y dotándola de un presupuesto anual extraído del tesoro pontificio. Sus miembros se dividían en cuatro clases: honorarios, ordinarios, correspondientes y asociados; los últimos los formaban hombres jóvenes quienes, para completar sus estudios, mostraban espial aptitud para las ciencias físico matemáticas. La Academia estaba dirigida por un presidente, un Secretario, un Secretario asistente, un bibliotario y archivista, y un astrónomo. La sede se establió en el Campidoglio. Las ?Actas? que van desde 1847 hasta 1870 llenan veintitrés volúmenes. En 1870, algunos de sus miembros se retiraron de la Academia, que insistía en conservar su carácter Papal. Deseosos al mismo tiempo de mantener una conexión tradicional con el pasado, retomaron el nombre original, así aparió la ?Regia Accademia del Lincei?. Fue aprobada y subvencionada por el gobierno italiano en 1875, y empezó su carrera con un programa de estudios ampliado, dividido en dos clases, la primera de las cuales incluye ciencias físicas, matemáticas y naturales; la segunda, las que tienen un carácter moral, histórico, y filológico. Anualmente publica sus ?Actas?, y tiene su sede en el Palacio Corsini, cuya bibliota, a la disposición de la Academia, es muy rica en manuscritos, obras impresas y periódicos. Hoy en día cuenta con unos cien miembros, además de los correspondientes y muchos extranjeros. Sus miembros han publicado obras importantes en ciencias exactas y dentro del campo de la filología. Entre las últimas se encuentran los textos orientales y las disertaciones del Profesor Ignacio Guido, muchas de ellas de gran valor para las ciencias eclesiásticas. Desde 1870, la ?Pontificia Accademia dei Nuovi Lincei? ha continuado con sus trabajos y la publicación de su ?Actas? anuales sobre las ciencias físico matemáticas. Tiene alojamientos en el palacio de la Cancillería Apostólica y un cardenal patrono. Sobre la ?Accademia dei Lincei? original, ver la obra del historiador, Giano Planco (Juan Bianchi di Rimini), publicada en la segunda edición de la obra mencionada de Fabio Colonna (II Fitobasano, Florencia, 1744). El ?Statuto? o constitución de los ?Lincei? fue publicada en Roma en 1624. Para más información sobre ambas academias, pontificia y real, ver sus ?Actas?.
PONTIFICIA ACCADEMIA DEGLI ARCADI
Los orígenes de esta famosa academia literaria no fueron distintos de los de otras sociedades similares de la misma época. Un buen número de diletantes literarios, acostumbrados a tener reuniones ocasionales en casas de campo y jardines que constituían un rasgo pronunciado de la vida social durante el siglo XVIII, concibieron la idea de mejorar la organización de sus entretenimientos literarios. Así surgió la academia a la que, de acuerdo con el gusto contemporáneo, dieron el nombre poético de ?Arcadia?. Los miembros se llamaron a sí mismos ?pastores? y tomaron nombres clásicos. Todo esto ha sido narrado, más o menos sarcásticamente, por varios críticos y enciclopedias, con desprio abierto por tales ?locuras pastorales?. Sin embargo, en su fácil desdén, no llegan a explicar cómo tales comienzos triviales y objetivos pueriles consiguieron dar a la ?Arcadia? su gran vigor y reputación, aun cuando fueran meramente relativos. La verdadera razón de su fama descansa en el hecho de que además de la usual literatura ?pastoral? que fue entonces y más adelante, la ocupación puliar de tantas academias, la ?Arcadia? llevó a cabo un programa propio, artístico y literario, que fue entonces, generalmente hablando, tan oportuno como importante. Constituyó la era del triunfo de ese estilo ampuloso, insensato y paradójico conocido como el ?seicentismo? en alusión al siglo (1600-1700) en que florió y que en Inglaterra se llamó ?euphuism?. En Italia, este estilo ?seicentesco? había arruinado la literatura y el arte. Fue la época en que Achillini escribió un soneto para dir que el cañón de Carlos V usaba el mundo como pelota, y que rogaba al fuego que sudara para que fusionara de modo apropiado los distintos metales que se nesitaban para la artillería del César. Este gusto detestable, que tendía a rebajar no sólo las letras y las artes, sino también la dignidad y la seriedad de la sociedad, encontró una oposición organizada en la ?Arcadia?. No hay duda de que, en general, la ?Arcadia? y el ?Arcadismo? a menudo cayeron en el extremo opuesto y, en oposición a una literatura artificial, engreída y ampulosa, produjo otra literatura cuya simplicidad era igualmente artificial, y en cuanto a los presumidos sonetos a bomba, como el ya mencionado de Achillini, muchos fueron substituidos por otros en que tanto zagales como ovejas balaban al unísono sus idilios inverosímiles. A pesar de estos extremos, la actitud de la ?Arcadia? resultó beneficiosa. Clamaba por un retorno a la simplicidad de la naturaleza. Tan imperativo resultó este llamamiento a la naturaleza que en diferentes maneras se hizo oír del resto de Europa. Es bien sabido que en esta época en Francia, el arte de Greuze y de Watteau, y la literatura ?pastoral?, anunciaron en seguida y estimularon el culto de la simplicidad y de la naturaleza, en sí mismo producto del arte, que surgió en las letras y en el arte, incluso en la corte, en tiempos de Rousseau y de María Antonieta. Por esta razón la ?Arcadia? soportó y adquirió tan alta fama que contaba entre sus miembros a los principales literatos del momento: Menzini, Sergardi, Redi, Metastasio, Rolli, Filicata, Guido, Maggi y otros; algunos de estos nombres son aun hoy honrados en la historia de la literatura italiana.
El comienzo de la ?Arcadia? data de febrero de 1655, cuando surgió bajo los auspicios de la famosa Reina Cristina de Suia, pero no adoptó su forma definitiva ni nombre oficial hasta después de la muerte de su patrona (1689). La ?Arcadia? escogió como emblema la flauta de Pan con sus siete lengüetas desiguales. Los catorce fundadores eligieron al principio como primer ?Custode di Arcadia?, o presidente de la Academia, al escritor más bien mediocre, aunque entusiasta partidario de las bellas letras, Juan Mario Crescimbeni (Alfesibeo Cario), nacido en Macerata en 1633 y fallido en Roma en 1728, autor de una historia de la poesía italiana y de varias obras literarias. La primera reunión solemne de la ?Arcadi? tuvo lugar en el Janículo, en un bosque perteniente a los Menores Reformados (franciscanos), el 5 de octubre de 1690. En 1692, las reuniones se trasladaron al Esquilino, a los jardines del duque Orsini; en 1696, a los jardines Farnesio en el Palatino. Finalmente, la generosidad de Juan V de Portugal, que era uno de sus miembros, bajo el nombre de Arete Melleo, permitió que la sociedad pudiera asegurarse, en 1773, un sitio en el Janículo conocido como ?Bosco Parrasio?. Las reuniones se hicieron en este lugar en los agradables días estivales, y en el invierno se reunían para sesionar en el ?Teatro degli Arcadi? en el Palacio Salviati. Mientras la ?Arcadia? estaba todavía en el Palatino, se redactó su ?Statuto? o constitución. Debido a una excesiva admiración por la antigüedad, que seguía siendo el defto orgánico de esta academia, la constitución, obra de Gravina, fue modelada de acuerdo con la antigua ley romana de las ?Doce Tablas?, y grabada en mármol. Desgraciadamente pronto aparieron diferencias entre Gravina y el presidente Crescimbeni, una de esas pequeñas enemistades injuriosas para la sociedad. No obstante, la ?Arcadia? retuvo su vigor. Pronto todas las principales ciudades de Italia la habían imitado, y esto confirma nuestra dlaración previa de que, además de su ?pastorellerie? o nota rústica aftada, el movimiento arcadiano marcó un adelanto positivo en la reforma de la literatura. Nobles, eclesiásticos, y laicos, hombres famosos en todos los asptos, tenían en gran honor ser sus miembros; muy pronto llegaron a ser 1300. Pero esta misma cantidad pasó a constituir su ruina. No pocos de ellos fueron en adelante personas mediocres o incluso torpes. Así, esta institución llamada a ser un adelanto para las letras se convirtió en una amenaza para su existencia.
El arrogante estilo rococó en las artes y las letras había, ciertamente, merido los ataques proferidos contra la ?Arcadia? y por esta razón ribió, dirta o indirtamente, muchas críticas. Pero el ?Arcadianismo?, con sus propias exageraciones y parcialidades, pronto se convirtió en un peligro genuino para la literatura y el arte. Incluso se reflejaba en la inteligencia pública, ya que el grupo de la ?Arcadia?, aunque pretextando simplicidad y naturalidad, a menudo ocultaba una gran pobreza de pensamiento debajo de un aire literario superficial. Por otra parte, sus miembros más importantes, fruentemente llegaban a las profundidades del mal gusto. Entre estos podemos mencionar a un tal Bettinelli, notable por haber denigrado a Dante. La violencia de la reacción anti arcadiana se debió a sus principales líderes, Baretti y Parini, y al hecho de que, concientemente o no, esta reacción dio salida a un nuevo espíritu que entonces dominaba en vísperas de la Revolución Francesa.
El arcadianismo cayó, fue la última tentativa infructuosa, literaria y artística, del antiguo régimen. Esto explica por qué en algunos círculos, desde la Revolución, la Arcadia, tanto como academia que como símbolo, ha sido objeto de gran desprio, no solo exagerado sino, en el mejor de los casos, absolutamente injusto. Empero, cuando las primeras embestidas de la Revolución hubieron pasado, la ?Arcadia? luchó para renovarse de acuerdo con el espíritu de los tiempos, sin sacrificar su sistema tradicional de asociaciones rústicas y nombres pastorales. La academia ya no representaba a una escuela literaria, sino meramente a una tendencia general hacia el estilo clásico. Sus miembros comenzaron a honrar grandemente a Dante, incluso ahora las conferencias sobre el gran poeta son extremadamente interesantes. Más aun, el campo académico se amplió para incluir todas las ramas del estudio. Como consuencia, la historia, la arqueología, etc., atrajeron y continúan atrayendo a estudiantes asiduos. El nuevo resurgimiento arcadiano estuvo marcado por la fundación, en 1819, del Giornale Arcadico, que se publicó gracias a los esfuerzos de sabios distinguidos, Perticari, Biondi, Odescalchi y Borghesi. Su quinta serie se cerró en 1904. La serie actual, la sexta, empezó en 1906 como revista mensual de ciencias, letras y arte. Por su carácter francamente católico, la Arcadia ha provocado la oposición por parte de los críticos anticatólicos, que intentan minimizarla a los ojos del público irreflexivo, como si aun hoy los ?pastores? no hicieran otra cosa que escribir madrigales a Filis y Cloe. No obstante, mucha gente asiste a las conferencias científicas, literarias y artísticas, siempre a cargo de eruditos de nota. Desde 1870, se han establido cuatro secciones de filología: oriental, griega, latina e italiana, una de filosofía y otra de historia. El Papa, principal miembro, promueve el desarrollo científico y literario. La sede actual se encuentra cerca de San Carlo al Corso, en el Corso Humberto I, 437. Cf. Crescimbeni, ?Storia della volgar Poesia? (Roma, 16998) Bk. VI, y ?La Storia d’Arcadia? (Roma, 1709). Para la historia riente, ver los archivos del Giornale Arcadico.
PONTIFICIA ACCADEMIA TEOLÓGICA
Igual que las sociedades hermanas de Roma, esta academia tuvo origen privado. En 1695, un grupo de amigos se reunía en casa del sacerdote Rafael Cosme Girolami, para escuchar conferencias e intervenir en discusiones sobre temas teológicos. Estas reuniones pronto tomaron el carácter de academia. En 1707, se unió a la Academia lesiástica. Clemente XII la ronoció formalmente en 1718 y le asignó un salón en la Sapienza (Universidad de Roma), convirtiéndola por esto mismo en un estímulo para los jóvenes estudiantes de teología. La academia disponía de un fondo de ocho mil escudos ($18.000). Este presupuesto se destinaba a premios para los estudiantes de teología más competentes. Entre los patronos se contaban diversos cardenales y los profesores de la facultad de teología de la universidad actuaban como censores. Los sucesores de Clemente XII siguieron fomentando la academia. En 1720, Clemente XIII dispuso que de entre sus miembros, veinte sacerdotes sulares indigentes ribieran durante seis años, del tesoro Papal, un subsidio anual de cincuenta escudos y que tuvieran la preferencia en los exámenes competitivos. Sustancialmente, su trabajo sigue desarrollándose en el presente siguiendo estas líneas. La Academia tiene su sede en el Seminario Romano.
PONTIFICIA ACCADEMIA LITÚRGICA
Esta academia fue el resultado del notable movimiento en los estudios litúrgicos debidos al gran teólogo y liturgista Benedicto XIV (1745-1748). Dispersada en tiempos de la Revolución, la Academia fue reorganizada por los lazaristas bajo Gregorio XVI (1840), y ribió un cardenal prottor. Continúa trabajando bajo la dirción de los lazaristas y organiza fruentes conferencias en las que los temas litúrgicos y afines son tratados desde el punto de vista histórico y práctico. Tiene su sede en la casa Lazarista, y desde 1886, las actas se editan en la publicación mensual lazarista conocida como ?Ephemerides Liturgicae? (Diario Litúrgico).
PONTIFICIA ACCADEMIA DI RELIGIONE CATTOLICA
Esta academia surgió por la nesidad urgente de organizar la apologética católica con vistas a las polémicas anticristianas de la ?Enciclopedia? y la Revolución. El sacerdote romano Juan Fortunato Zamboni la fundó en 1801, con el objetivo dlarado de defender la enseñanza dogmática y moral de la Iglesia. Pío VII la ronoció formalmente y los Papas sucesivos han seguido dándole su apoyo. Realiza reuniones mensuales para tratar sobre distintos puntos de teología moral y dogmática, filosofía, historia, etc. Las conferencias se publican generalmente en algún periódico y se imprime una edición espial para la Academia. Muchas de estas disertaciones han sido impresas, y forman una colción de varios volúmenes titulados ?Dissertazioni lette nella Pontificia Accademia Romana di Religione Católica?. La Academia cuenta con varios cardenales como censores honorarios. El presidente de la Academia es también un cardenal. Está formada por promotores, censores, miembros residentes y miembros correspondientes. Concede un premio anual a los miembros más asiduos a las reuniones y tiene su sede en el palacio de la Cancelleria Apostolica.
PONTIFICIA ACCADEMIA TIBERINA
En 1809, el conocido arqueólogo A. Nibby, fundó una ?Accademia Ellenica? de corta vida. En 1813, muchos de sus miembros se retiraron para fundar a su vez la ?Accademia Tiberina?. Uno de ellos, A. Coppi, redactó las primeras reglas, según las cuales la Academia debía dedicarse al estudio de la literatura latina e italiana, reunirse semanalmente y tener una sesión mensual. Se debían señalar los grandes acontimientos científicos y literarios con reuniones extraordinarias. Se acordó también que la Academia se encargaría de la historia de Roma desde Odoacro hasta Clemente XIV, lo mismo que de la historia literaria desde la época de aquel pontífice. Quedaba a cargo del historiógrafo de la Academia editar su historia y reunir las biografías de hombres famosos, ya fueran romanos o residentes en Roma, que hubieran muerto desde la fundación de la ?Tiberina?. Para esto último, se establió un espial ?Nrologio Tiberiano?. En 1816, la Academia comenzó a acuñar anualmente medallas conmemorativas. Cuando en 1825, León XII ordenó que todas las asociaciones de Roma deberían ser aprobadas por la Sagrada Congregación de Estudios, la ?Tiberina? ribió ronocimiento oficial; se amplió su campo de acción para que incluyera investigación artística, comercio, y espialmente agricultura. Pío VII hizo mucho por la promoción de esta última en los Estados de la Iglesia, y León XII deseaba que se continuara con la buena obra de su predesor. En 1831, año de graves desórdenes y conspiraciones políticas, bajo el pontificado de Gregorio XVI, se cerró la Academia, pero pronto el mismo pontífice volvió a abrirla, ya que deseaba que la ?Tiberina? se dedicara a la cultura general, la ciencia y las letras, la historia romana, la arqueología y la agricultura. Las reuniones debían ser mensuales, y los informes impresos anualmente. Estos últimos llamados Rendiconti. De ese modo, la Academia podía establer importantes relaciones con científicos extranjeros. Sus miembros, entre los que se contaban los residentes, los correspondientes y los honorarios, llegaban a dos mil. La ?Tiberina? se encuentra actualmente algo dadente; sus actas ya no se imprimen. Su último prottor fue el Cardenal Parocchi. Como varias otras Academias romanas, tiene su sede en el palacio de la Cancillería Apostólica.
PONTIFICIA ACCADEMIA ROMANA DI ARCHEOLOGIA
En Roma, hacia finales del siglo XVII, se produjo un renacimiento de los estudios arqueológicos, debido tanto al amor por el arte como a la investigación documental en interés por la historia, espialmente después que el famoso trabajo realizado por Antonio Bosio en las Catacumbas atrajera la atención de los arqueólogos hacia un mundo hasta entonces olvidado. Este renacimiento culminó con la organización académica, en tiempos de Benedicto XIV, bajo cuyo erudito patronazgo se formó una asociación de estudiantes de arqueología romana. De manera discreta, esta asociación mantuvo su actividad hasta comienzos del siglo XIX, cuando el renacimiento del arte clásico debido, en Italia, a Canova impulsó grandemente el estudio de la antigüedad. En 1816, Pío VII, por romendación del Cardenal Consalvi y de Canova mismo, ronoció oficialmente la ?Accademia Romana di Archeologia? que ya se había establido bajo el régimen napoleónico. La Academia se convirtió en un importantísimo centro de estudio arqueológico, tanto más cuanto que todavía no se habían establido en Roma los distintos institutos de historia y arqueología. Entre los miembros extranjeros ilustres y los conferenciantes de que podía hacer gala la Academia, podemos nombrar a Niebuhr, Akerblad, Thorwaldsen y Nibby. Papas y soberanos querían que se los inscribiera como miembros, o demostrar de algún otro modo la estima que profesaban a la institución. Entre éstos podemos mencionar a Federico Guillermo IV de Prusia, Carlos Alberto de Cerdeña, y otros. Entre los distinguidos miembros italianos, encontramos a Canova, Fea, Piali y Canina. Se instituyeron premios para los mejores ensayos sobre la antigüedad romana, muchos de los cuales fueron otorgados a eruditos extranjeros como Ruperti, Herzen, etc. Debemos ronocer que uno de los méritos de la Academia lo constituyó la defensa de los derechos del arte y de la historia en la ciudad de Roma, donde, junto con el patronazgo principesco pervivía, del antiguo derecho romano, un cierto absolutismo de los derechos sobre la propiedad privada, los que a menudo causaban o perpetraban daños graves a los monumentos, o impedían que se los estudiara. Así, después de un largo conflicto con los propietarios de las casuchas adosadas al Panteón, la Academia logró obtener de Pío VII un dreto para la demolición de los edificios que se habían levantado en el costado izquierdo de la Rotonda (Panteón), y también protestó eficazmente para que no se cavaran agujeros nuevos en las paredes de este famoso documento de piedra. De modo parido, la Academia impidió algunas profanaciones proytadas por los burócratas o por ingenieros inescrupulosos. En 1833, cuando se intentó quitar la tumba de Rafael, Gregorio XVI escuchó la protesta formal de la Academia como expresión de un parer sensato. A través de uno de sus miembros, Juan Sauri, abogó por la restauración del Tabularium en la Colina Capitolina y por intermedio de otro, Pedro Visconti, obtuvo la abolición de la administración puramente comercial de las excavaciones en Ostia y que se prosiguieran desde una base científica. Con este objetivo, obtuvo un dreto de Pío IX que ordenaba que todas las excavaciones debían mantenerse abiertas, estar bien cuidadas y ser accesibles a los estudiantes. En 1824, Campanari, miembro de la Academia, propuso el establimiento de un Museo Etrusco. La Academia propició esta excelente iniciativa hasta que Gregorio XVI finalmente la llevó a cabo en el Vaticano. E
Acaico
Cristiano corintio que, junto a Fortunato y Estéfanas, llevó una carta de los corintios a San Pablo, y de San Pablo a los corintios (I Corintios 16,17; Cf. también 16,15).
A.J. MAAS
Traducido por Armando Llaza Corrales
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