CONVERSIÓN
La conversión (hebr. teSubah, gr. metanoia, lat. conversio, poenitentia) es propiamente el retorno a Dios, una continua renovación del espíritu. El primer enunciado fundamental sobre el Reino de Dios es: «El Reino de Dios está llegando. Convertíos (metanoeite) y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). De manera especial es el alejamiento de la idolatría, que es el estado más alejado y más contrario a Dios y fuente de otros pecados (Rom 1,18-32; Hch 26,18; 1 Tes 1,9), El sujeto de la conversión es la persona, va que sólo la persona es capaz de una determinación libre por el bien.
Sólo la persona, en el lenguaje bíblico, tiene un «corazón» en el que convertirse y un espíritu en el que renovarse (ROm 12,2). En la Escritura se habla de la conversión de los pecadores. que debe considerarse como un cambio total y sincero de mente y de corazón. El Nuevo Testamento habla de resurrección espiritual, de renacimiento, de regeneración, de salida de las tinieblas a la luz, de pasar del poder de Satanás a las manos de Dios, de transición del estado de ira al estado de gracia (Hch 26,18; Ef 2,3-6; Jn 3,5).
El contenido de la conversión es también una persona: Cristo. Nos convertimos creyendo en el Evangelio, acogiendo a Jesucristo en cuanto que es Hijo del hombre (Dn 13,7) y Siel~ C) de Yahveh (1s 53) y en cuanto tal, nuestro modelo moral y el « camino » hacia la conversión.
Gracias a esta fusión teándrica, la obra redentora del Mesías, entendida a lo largo del Antiguo Testamento sobre todo en sentido político como victoria sobre los enemigos, se transforma radicalmente en el sentido de una redención realizada mediante el humilde servicio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos » (M~2O,28; Mc 10,45). De este núcleo se derivan las bienaventuranzas como «carta magna» de la restauración de la escala de valores. La sequela Christi exige que el discípulo sea manso, pobre, puro de corazón, artífice de paz, ya que tiene que aprender de él, que es «sencillo y humilde de corazón» (Mt 1 1,29). La conversión, que es fruto de la gracia, consiste en la relación interpersonal con Jesús: « Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5); «Nadie puede aceptarme si el Padre, que me envió, no se lo concede» (Jn 6,44); «Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí» (Jn 14,6). De estos presupuestos evangélicos operativos nacen las notas características de la conversión, a saber, el reconocimiento del pecado, el arrepentimiento, la fe en Jesucristo, el cumplimiento de la voluntad divina y la observancia de sus mandamientos.
Tan sólo desde la cima de las conversiones personales de los discípulos se puede proceder a la transformación de las estructuras, entendidas más bien como estructuras religiosas que como políticas y sociales.
La familia se libera de todas las superestructuras parasitarias (divorcio, levirato, bigamia) introducidas por causa de la dureza del corazón humano y vuelve a la estructura original (Mt 19,1 -9). El sacerdocio entra en crisis debido a su vacío formalismo (cf. Lc 15, el episodio del buen samaritano). Lo mismo sucede con el templo, no va en cuanto casa de oración (Mt 5,23), Sino en cuanto lugar de privilegios, de comercio y de tradiciones humanas.
Estos episodios sólo a primera vista pueden dar la impresión de la escasa importancia política aparente del Evangelio. Jesús no se interesa directamente por las estructuras políticas, pero sus opiniones en función del Reino de Dios, del que la Iglesia es la estructura religiosa particular, implican fuertes consecuencias políticas. La llamada de Jesús a la conversión en función del Reino de Dios incluye en sí misma una invitación a renovar igualmente las relaciones de los hombres entre sí y no sólo en el plano sobrenatural de la caridad, sino también en el plano político de la convivencia humana.
Pues bien, la vida de Jesús se desarrolla entre dos condenaciones políticas, ambas capitales: la de Herodes en el momento de nacer y la de Pilato al final de su vida. Las dos tienen como base la misma motivación: rey de los judíos». Jesús preocupa, y delante de él, el poder político no se siente ya seguro y se empeña en reaccionar. E1 motivo se encuentra en el mensaje mismo de Jesús: la metanoia, para entrar en el Reino. Jesús libera y salva a la conciencia, inscribiendo en ella una escala de valores nuevos, basados en la libertad de los hijos de Dios respecto a la escala de valores mundanos sobre la que se basa el poder político. El acontecimiento pascual de la muerte y resurrección reviste una importancia decisiva: allí se hace objetivamente posible para el hombre la liberación predicada por Jesús. En el misterio pascual de Jesús se ve implicada toda la creación en la espera de que « se manifieste lo que serán los hijos de Dios» (Rom 8,19).
«El mundo grecorromano no se convirtió a ninguna de las religiones orientales que, por turno o simultáneamente, solicitaron su adhesión; no se comvirtió a la filosofía, a pesar de la predicación y de los ejemplos de los estoicos y de los cínicos; no se convirtió al judaísmo, a pesar de la propaganda de la ley mosaica, sino que se convirtió al cristiamismo» (G. Bardv). La maravillosa conversión de Pabjo, los relatos conmovedores de la revelación de Jesucristo que sacudió y cambió su vida (Hch9,1-19;22,3-21;26,9-20. Gál 1,III7) son un comienzo maravilloso de esa fila innumerable de convertidos al cristianismo que influyeron en la conversión del mundo grecorromano. Tan sólo unos treinta años después de la muerte del Señor, encontramos en la comunidad de Roma una multitud inmensa de mártires. Los testimonios de personas instruidas, literatos. filósofo como Justino, Taciano, Cipriano, Commodiano, Firmio Materno, Agustín, Hilario de Poitiers y otros muchos nos muestran la novedad excepcional del cristianismo que cambió sus vidas.
Pero también hay otros muchos entre la gente pobre, los esclavos, los comerciantes, los marineros, conquistados por la cruz de Cristo, de cuya conversión no tenemos testimonios, pero que son para nosotros insignes testigos de cómo se fueron propagando las conversiones al cristianismo.
De las razones principales que atrajeron a los espíritus antiguos hacia el cristianismo, la primera es el deseo de verdad. Este deseo llevó al catolicismo a Agustín, a Clemente de Alejandría, a Justino, a Taciano. Todos ellos se habían dirigido antes a la filosofía, que fue una especie de propedéutica (Clemente) o «semina Verbi» (Justino) para descubrir la verdad. Otro motivo que atrajo a las almas para que abrazaran la religión cristiana fue la liberación de la fatalidad y . del pecado. Los espíritus de los griegos y de los romanos estaban obsesionados por un cierto determinismo que tiene subyugado al hombre. Los mismos términos: heimannéne (fatalidad), tvché (mala suerte), anagké (destino),- fattem (hado), indican el estado de ánimo tan pavoroso de los que pensaban en su propio futuro. Por esto, el recurso a la astrología gozaba de una confianza casi universal en la antigüedad pagana. Sin embargo, el hombre de la antigüedad no encontraba ni en la filosofía ni en las religiones paganas el sostén tan poderoso que daba a los judíos y a los cristianos la fe en la Providencia. Una de las palabras más frecuentes en el Nuevo Testamento es la de la libertad interior ofrecida a todos, y sobre todo la libertad de la esclavitud del pecado y de la muerte.
Desde que se fijó el ritual del bautismo, se multiplicaron las ceremonias que expresaban la liberación. En el momento crucial antes del bautismo, en Mopsuestia, el recién convertido, vestido sólo con un sayal, arrodillado con las manos extendidas y los ojos elevados al cielo, renunciaba solemnemente al demonio. La santidad de los cristianos es otro elemento que atrajo a muchos al cristianismo. No sólo las primeras generaciones se sorprendieron ante el espectáculo de las comunidad naciente de Jerusalén (Hch 2,4445; 4,32-34). Las conversiones ascéticas de los grandes monjes (por ejemplo, Antonio y Basilio) y todo el programa de vida (le las comunidades monásticas antiguas se basaban en la santidad y en la koinonia de la Iglesia primitiva.
T. Z. Tensek
Bibl.: G. Bardy La conversión al cristianismo durante los primeros siglos. DDB. Bilbao 1961: K. Rahner. Conversión, en SM, 1, 976985; D, Mongilio, Conversión. en DTI, 11. 121-139.
PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teol\u243?gico Enciclop\u233?dico, Verbo Divino, Navarra, 1995
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.