Belén
A 7 km largos de Jerusalén, sobre la carretera que conduce a Hebrón, se asienta “Belén, en el país de Judá” (hoy una pequeña ciudad). El topónimo Betlejem es antiquísimo y recibe distintas interpretaciones. Probablemente hay que derivarlo de un lugar de culto cananeo, como sugiere la designación de Bit Ilu Lajama (“casa de la diosa Lajama”) que aparece en las cartas de Amarna (290:16). La forma acuñada bet-lejem (“casa del pan”) podría haberse formado después, cuando el culto de la diosa pertenecía ya al pasado, cuando ya ni siquiera era un cambio consciente del antiguo topónimo cultual en una designación general que podía referirse a la fertilidad cerealista de los valles de Belén.
La Belén del siglo XI a.C. se considera generalmente una aldea pequeña de criadores de ovejas y campesinos. Pero, aun siendo pequeña, no hay duda de que se la subestima un tanto insistiendo exclusivamente en esa característica. En Judá siempre fue la avanzadilla más adelantada frente a la ciudad yebusea de Jerusalén, que por su importancia militar para la seguridad del país debió de estar siempre ocupada por hombres de singular valor.
Además, también en el período israelita Belén siguió siendo un lugar ilustre por su centro de culto que entonces era ya un lugar de culto yahvista. Así puede deducirse de 1Sa 16:2 :“Lleva contigo una becerra y di: He venido a ofrecer un sacrificio a Yahveh.” Así hace hablar el narrador a Dios, que da instrucciones a Samuel, cuando éste temía acudir a Belén para ungir a uno de los hijos de Isaí (Jesé). El lugar de sacrificios (a la diosa y más tarde a Yahveh) hay que suponerlo en las cuevas del lugar, que hoy se muestran como las cuevas del nacimiento (de Jesús); el lugar quedaba al este de la ciudad antigua.
Queda, pues, demostrada la condición de Belén como lugar de sacrificios al tiempo en que se redactaron los libros de Samuel. Pero en 1Sa 16:2 se podría ver simultáneamente una indicación precisa del tiempo de redacción de dichos libros, pues que el lugar se menciona con toda ingenuidad como un centro legítimo de sacrificios a Yahveh, por lo que cabría suponer que tales historias fueron consignadas por escrito antes del rey Yosías (641-609 a.C.), que desplegó su celo contra los lugares altos.
Con la ascensión del betlemita David a la dignidad de rey no parece que Belén lograse nada especial; David eligió para lugar de su unción el santuario tribal de Mamré, y la ciudad cercana de Hebrón para su residencia.
El sucesor de Salomón en Judá, su hijo Roboam, sí que hizo fortificar la aldea de Belén, incrementando así una vez más su importancia militar.
En los siglos de la penetración del espíritu helenista en Palestina (desde aproximadamente el 330 a.C.), el antiguo lugar de culto experimentó un nuevo esplendor, favorecido tal vez por la presencia de las cuevas, y Belén se convirtió en lugar de culto a Adonis. Lo cual demuestra, por una parte, que el recuerdo de la “casa de la diosa Lajama,” una diosa de la fertilidad, nunca había desaparecido por completo, de modo que Lajama pudo ser sustituida por Adonis, el dios del ciclo de la floración y marchitamiento de las plantas. Por otra parte, las cuevas de la región ofrecían un emplazamiento ideal para las lamentaciones del culto funerario en pleno verano. En los tiempos de mayor rigidez religiosa judía (la época de Jesús y la siguiente) es posible que tales cultos se interrumpieran; pero volvieron a florecer más tarde, cuando la comunidad judía desapareció en tiempos del emperador Adriano (137 d.C.).
Varios evangelistas se refieren a Belén como lugar de nacimiento de Jesús. El sentido kerigmático de esa distinción se apoya en Miq 5:1 :“Pero tú, Belén, éfrata, aunque eres pequeña entre los clanes de Judá, de ti ha de salir el que dominará en Israel.” Como David y, por ende, la dinastía legítima de Judá, ¡también el rey Mesías tenía que proceder de Belén!
Sobre el lugar preciso del nacimiento de Jesús en Belén nada seguro se nos ha transmitido. Las cuevas tradicionales se brindaban casi espontáneamente como lugar de veneración del misterioso nacimiento. Ciertamente que con ello no se excluye el que José pudiera elegir las cuevas de culto abandonadas como lugar de refugio; menos aún se descarta el que buscase alguna otra cueva, o que el nacimiento de Jesús tuviera lugar en una casa tal vez parcialmente excavada en la roca: el pesebre puede también referirse a una casa. Comoquiera que fuese, el emperador Constantino hizo levantar una basílica cristiana sobre las cuevas, que desde aproximadamente el 160 d.C. eran veneradas como el lugar de nacimiento de Jesús.
El campo de los pastores, al que se refiere el Evangelio de Lucas, debe de entenderse como la elevación al este de la ciudad. Con esa representación tradujo Jerónimo en el texto de Lev 2:15 el propósito de los pastores: “Transeamus, pasemos a Belén...” Esos campos de los pastores constituyen el terreno de transición de la hondonada fértil, al oeste de la cual se alzaba Belén, hacia el desierto estéril. Esos campos de los pastores son también los pastizales en que el joven David apacentaba el ganado menor, según refiere el libro de 1Sa 16:11.
En cualquier caso, con la “iglesia de los pastores” la tradición ha desplazado el lugar de la vela nocturna de los pastores al valle al este de Belén. Lo cual obedecería al hecho de que los pastores no vigilaban a las ovejas pastantes, sino a las ovejas cuando dormían, sin que necesariamente los establos tuvieran que hallarse en el lugar de los pastos. Pero esa “iglesia de los pastores” (keniset er-rawat) podría también transmitir el nombre de “Rut,” que espigaba en el campo de cebada de Booz, en el valle de Belén.
La tumba de Raquel, la esposa favorita del patriarca Jacob, en el valle junto a Belén, no es histórica. Raquel — que según las narraciones bíblicas murió al dar a luz a Benjamín (Gen 35:16-19) — fue sepultada junto al camino de Bet-El a Efratá. Pero esa “Efratá” no puede ser Belén, aunque también se llame así, por su ocupación por el clan efratí. La tumba o la supuesta tumba de la tradición del Génesis de la madre de la tribu de Benjamín sólo podía encontrarse en el territorio tribal benjaminita; cualquier otra localización de la misma privaría de sentido al relato de que fue enterrada en el camino de Bet-El a Efratá. La mención del nombre de “Belén” en Gen 35:19 es una glosa del tiempo en que ya se veneraba la tumba de Raquel en la ciudad davídica.
Mucho antes del tiempo de Jesús se veneraba en el valle cerca de Belén la tumba de Raquel, tal vez ya desde la época de la división de los reinos (que se inició el 932 a.C.), cuando la tumba que todos veneraban como de la madre tribal quedó en territorio del Israel separado o fue destruida. No puede ponerse en duda que en tiempos de Jesús se veneraba en Belén la verdadera tumba de Raquel, de modo que Mateo pudo citar espontáneamente el versículo de Jer 31:15 al referirse a la matanza de los inocentes, aunque allí se hablase de Rama: “Raquel está llorando a sus hijos” (Mat 2:18).
La actual “tumba de Raquel” es una pequeña construcción musulmana con cúpula, en que tanto las madres mahometanas como las judías y las cristianas invocan la ayuda de la “madre Raquel” para sus necesidades, adornando su cenotafio respetuosamente con paños multicolores. De ahí que los habitantes del lugar designen también la tumba como “la casa de las telas abigarradas.”
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