Vulgata
Por encargo efectuado por el papa San Dámaso, en 382, San Jerónimo llevó a cabo una traducción de la Biblia, destinada a los fieles, que fue conocida con el nombre de Vulgata, en contraposición a otra más erudita, la Vetus Latina, que existía entonces, y que había sido realizada a partir de la versión griega conocida como la Biblia de los Setenta (Septuaginta).
San Jerónimo tradujo directamente del hebreo todo el Antiguo Testamento y utilizó también el arameo para algunos de sus libros. Sin embargo, en el caso del Nuevo Testamento parece ser que se limitó a depurar las traducciones latinas ya existentes, comparándolas con la versión de los Setenta.
La Vulgata tuvo una enorme difusión a lo largo de toda la Edad Media pero, en unos momentos en los que no existía la imprenta, los errores de los copistas se fueron multiplicando.
De ahí que, tan pronto como fue posible efectuar ediciones impresas, surgieran diversas iniciativas encaminadas de devolverle la pureza original. Una de las más importantes fue llevada a cabo, en Alcalá de Henares, por impulso del cardenal Cisneros. Se trata de la Biblia Políglota Complutense en la que, junto al latín se utilizó el griego, el hebreo y el arameo.
La Vulgata fue declarada versión oficial de la Iglesia por el Concilio de Trento, que encargó una nueva edición de la misma, publicada en 1590 bajo el pontificado de Sixto V. Su sucesor, Clemente VIII, volvió a revisarla en 1592 y esta Vulgata conocida con el apelativo de Sixto-Clementina es la que estuvo en vigor hasta 1979.
Fue, en este último año, cuando apareció la «Nueva Vulgata», una versión ordenada por San Pablo VI, atendiendo a los nuevos conocimientos que, en materia lingüística, se habían llevado a cabo en el largo período transcurrido desde la versión de 1592.
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