Virgen María
Como relata el Génesis (Gn 4, 15) desde el mismo instante del pecado original de nuestros primeros padres, Dios anunció que la serpiente que representaba al demonio sería vencida por una mujer. A lo largo de todo el Antiguo Testamento los profetas reafirmaron esa promesa de que «la virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14).
Esa mujer, predestinada por Dios a tan alta misión era María, una joven de Nazaret desposada con José, a la que al llegar la plenitud de los tiempos se le apareció el arcángel San Gabriel para comunicarle que iba a concebir y dar a luz a un Hijo que será Hijo del Altísimo.
Pero el plan de Dios requería el consentimiento de María. Por eso, cuando pronunció su «Fiat» (Hágase según tu palabra) dio su aquiescencia al acontecimiento más importante de la historia de la humanidad: la encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hace hombre en su seno, para llevar a cabo el gran misterio de la Redención.
Desde aquel instante, Ella le acompañará a lo largo de su vida hasta el momento de su muerte en la Cruz, convirtiéndose en Madre de todos y Madre de la Iglesia, al compartir con los apóstoles la llegada del Espíritu Santo, reunidos en el cenáculo, en aquella mañana de Pentecostés.
No es de extrañar, por lo tanto, que desde los primeros siglos la devoción a la Virgen haya sido asumida por el pueblo cristiano de una forma muy especial que se manifiesta en ese culto de hiperdulía que lo diferencia del tributado a los santos (dulía).
Pero, al mismo tiempo, la Iglesia ha ido profundizando en la propia figura de la Virgen, a través de declaraciones dogmáticas que, en muchas ocasiones, habían sido ya aceptadas y reclamadas por los fieles.
El primero de esos dogmas es el de su virginidad, antes, durante y después del parto, incluido ya en las más antiguas formulaciones de la Fe. Lo había anunciado el ángel que se apareció a San José, cuando se planteaba repudiar a la joven con la que estaba prometido (desposado). «La criatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo», le revela y José no sólo la acoge sino que será el varón ejemplar que cuidará de esa Sagrada Familia durante la infancia de Cristo, asumiendo incluso la prueba del destierro a Egipto. De ahí que el papa Pío IX lo proclamara en 1870 patrono de la Iglesia universal.
Fue el concilio de Efeso (431) quien, frente a las herejías que negaban la maternidad divina de María, la proclamó «Theotokos» (Madre de Dios), entre las aclamaciones del pueblo que esperaba con ansiedad esa definición.
En 1854, por la Bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, en virtud del cual declaraba que fue concebida sin pecado original y llena de gracia, en previsión de los méritos redentores de su Hijo Jesucristo.
Desde hacía siglos los creyentes ya lo habían asumido y hubo lugares que emitieron voto de defender lo que consideraban verdad dogmática antes de que fuera proclamada.
Por la Constitución Apostólica Munifficentissimus Deus, el Papa Pío XI, proclamó en 1950 otro dogma relacionado con María, el de su Asunción gloriosa a los cielos, en cuerpo y alma, poco después de su fallecimiento.
Todo el año litúrgico está jalonado de fiestas en honor a la Virgen: María, Madre de Dios (1 de enero); la Presentación del Señor que es también la de la Purificación de María (2 de febrero); la Anunciación (25 de marzo); la Visitación a su prima Santa Isabel (31 de mayo); la Asunción (15 de agosto); María Reina (22 de agosto); la Natividad de María (8 de septiembre); Dulce Nombre de María (12 de septiembre); la Presentación de María en el templo (21 de noviembre) y la Inmaculada Concepción (8 de diciembre).
A ellas hay que unir las dedicadas a las numerosas advocaciones marianas, de carácter general o propio de los lugares en los que se le venera como Patrona, a través de imágenes que, en muchas ocasiones, han sido objeto de coronación canónica.
Los evangelios canónicos relatan diversos momentos relacionados con la presencia de María en el transcurso de la vida de su Hijo, pero son muy escasas las informaciones sobre su familia. De ahí que la piedad popular y los artistas que han reflejado la vida de la Virgen se hayan nutrido de relatos apócrifos e, incluso, se haya creado una parentela de la Virgen que tiene mucho más de fantasía que de realidad.
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