Túmulo
En las exequias fúnebres no era costumbre introducir el cadáver en la iglesia y solía dejarse en el atrio. Cuando no era posible que estuviera allí, por haber muerto en otro lugar, se solía instalar un túmulo que contribuía a reforzar la sensación de duelo y centraba la atención de los fieles.
Situado en el centro del crucero, estaba formado por un armazón de madera recubierto por paños negros en los que, con frecuencia, se pintaban elementos relacionados con una visión un tanto dramática de la muerte. En torno al mismo se disponían cirios encendidos y, sobre él, podían colocarse algunos elementos relacionados con la persona por la que se oficiaban las exequias.
En el caso de que se tratara de altos dignatarios de la Iglesia o del Estado se construían, para la ocasión, túmulos de gran espectacularidad, a los que se conocía con el nombre de catafalcos. Eran diseñados por los mejores arquitectos, con profusión de alegorías y luminarias. Las trazas de estos monumentos efímeros han sido objeto de especial atención por parte de los investigadores, ya que constituyen una espléndida muestra de los gustos artísticos de la época.
Sin llegar a alcanzar esos niveles, toda iglesia de cierta importancia procuraba preparar catafalcos adecuados para esas ocasiones, y era habitual que se instalaran sobre tablados, con abundancia de luces y alfombras, colocando sobre los mismos: tiaras, coronas o mitras que hicieran alusión al fallecido.
El túmulo estaba presente también en las celebraciones de aniversario y todos los años en las tres misas que se celebraban el Día de Difuntos. En sustitución del mismo, podía extenderse en el suelo una alfombra negra.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.