Subdiácono
La introducción del subdiaconado como institución eclesiástica es tardía y, al parecer, se debió al deseo de algunas iglesias de no tener más de siete diáconos, a semejanza de la práctica de la iglesia de Jerusalén.
El rito de ordenación de los subdiáconos no fue considerado sacramental, ya que no se le imponían las manos. Sin embargo, cuando el Concilio de Trento reguló las distintas órdenes del sacerdocio, terminó siendo considerada como la tercera de las mayores, tras el presbiterado y el diaconado, aunque con ese matiz expreso de no ser propiamente sacramental.
Entre los cometidos propios del subdiácono figuraban el de leer la Epístola y servir en el altar, subordinado al diácono, durante la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Era quien se encargaba de entregarle, en el Ofertorio, los vasos sagrados con el pan y el vino que iban a ser consagrados. Por eso, en el momento de su ordenación, tocaba con su mano derecha un cáliz vacío y la patena que le presentaba el obispo; luego tomaba unos recipientes con el agua y el vino, así como el libro de las Epístolas.
El subdiácono tenía obligación de guardar el celibato y leer en el Breviario el Oficio Divino todos los días.
En las ceremonias litúrgicas vestía, inicialmente, la tunicela, aunque terminó por generalizarse el uso de la dalmática, como los diáconos, aunque sin la estola.
Tras la Carta Apóstolica Ministeria quaedam, por la que el Papa San Pablo VI, a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, reformó la disciplina relativa a las órdenes menores, el subdiaconado fue suprimido, asumiendo sus cometidos el Acólito y el Lector, los dos únicos ministerios correspondientes a las antiguas órdenes menores que se mantuvieron. El Papa facultó a las conferencias episcopales para que, el acólito, pudiera ser conocido con el nombre de subdiácono, en aquellos lugares que estimaran oportuno.
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