Satanás
Palabra griega, derivada de la hebrea «Satán» que significa adversario y que en numerosos pasajes de la Sagrada Escritura se utiliza para referirse al diablo por excelencia y es sinónima de Lucifer el ángel caído que induce al hombre a desobedecer a Dios, por medio de la tentación, de la que no escapó ni el propio Jesucristo.
Sin embargo, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, el poder de Satanás no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura, por lo que no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque actúe en el mundo por odio y su acción cause graves daños, tanto de naturaleza espiritual como incluso de naturaleza física, tanto en el hombre como en la sociedad, su acción es permitida por la Divina Providencia que, con fuerza y dulzura, dirige la historia del hombre y del mundo.
Por su Pasión, Jesucristo nos libró de Satanás y del pecado, haciendo posible vencerle por medio de la oración. En su última petición dirigía al Padre, le pedía refiriéndose a los apóstoles que les guardara del maligno, aunque en ella hacía referencia a toda la familia humana, en comunión con la Iglesia.
Esa palabra «maligno» es utilizada en diversos pasajes de los Evangelios y también son sinónimas la de diablo y demonio, aunque esta última suele tener un carácter genérico aplicable a todos los ángeles caídos, mientras que el Diablo por excelencia, es Satanás, el «príncipe de las tinieblas»
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