Sandalias episcopales
Desde los primeros tiempos del Cristianismo y, probablemente, para diferenciarse de los antiguos sacerdotes judíos que oficiaban descalzos, se introdujo el uso de unas sandalias por parte de los obispos y prelados, durante las ceremonias litúrgicas.
Originalmente, las sandalias eran de cuero pero, posteriormente, perdieron sus correas y se fueron transformando en un calzado parecido a una zapatilla que se fabricaba en terciopelo o seda.
Su color era el propio del tiempo litúrgico e iban adornadas con una bordura, pero no se colocaba nunca una cruz, privilegio del Papa. En este caso, eran conocidas como las «sandalias del pescador» que, posteriormente, se llamaron mulas.
Tenían el carácter de vestidura litúrgica y su uso quedaba restringido a esa celebración de la Misa Pontifical. Se las calzaban al inicio de la celebración, a la vista del público, aunque ya en el siglo XX se dispuso que ello se hiciera en privado y su uso cayó en desuso tras el Motu Proprio Pontificalis insignia de 21 de junio de 1968.
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