Salmos
El libro de los Salmos que en la Biblia se inserta tras el de Job y delante del de los Proverbios, es una recopilación de 150 poemas, concebidos para la oración y el canto, cuyo número se ha buscado intencionadamente, dado que hay salmos que originalmente se concibieron como una unidad y, en algún caso, su brevedad sugiere la posibilidad de que se trate de un mero estribillo.
Son numerosas las discrepancias en cuanto a su autoría ya que, si bien se atribuye al rey David un elevado número de los mismos, se trata de algo simbólico y, como en la introducción a este libro en la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española se sintetiza de forma muy plástica, el problema de la autoría: «Los Salmos son de David como el Pentateuco lo es de Moisés».
Pero, hay un hecho cierto, nos encontramos ante una colección poética de enorme interés, tanto por su antigüedad, forjada a lo largo del tiempo, ya que algunos parecen proceder de época preisraelita, como por los recursos literarios que se utilizan en su composición.
Si traducir poesía a un idioma diferente en el que fue escrita siempre es complicado, mucho más lo es en este caso, en el que la versión que manejamos, procede de la de los Setenta y de la Vulgata, que ya no se ajustaban la realidad textual.
Dentro de los salmos hay himnos y oraciones; salmos proféticos y sapienciales, pero posiblemente todos ellos con un fin litúrgico que la Iglesia ha aprovechado de manera que la lectura y canto de los salmos, forma parte, tanto de la Liturgia de la Palabra en la celebración eucarística, como de la Liturgia de las Horas.
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