Sacramento de la Unción de los Enfermos
Entre los siete sacramentos existe uno específicamente destinado a los enfermos que, anteriormente, se conocía con el nombre de Extremaunción, por el que, como enseña la Iglesia se les encomienda al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve.
Como en todo sacramento, hay que distinguir entre materia, forma, ministro y sujeto. La materia es el llamado «óleo de los enfermos» que el obispo consagra cada año en la Misa Crismal y se distribuye a todos los sacerdotes. Debe ser elaborado con aceite de oliva, aunque actualmente se permiten otros aceites vegetales en aquellos países en los que no se puede disponer del de oliva.
La forma está constituida por la fórmula sacramental: «Por esta Santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad».
El ministro debe ser un sacerdote, mientras que el sujeto es cualquier persona con uso de razón, no siendo necesario que se encuentre en peligro de muerte, sino que como señala el Código de Derecho Canónico se puede administrar al fiel que comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez y ello tantas veces como sea necesario, dado que este sacramento no imprime carácter.
Tras las últimas reformas, la celebración se lleva a cabo de forma litúrgica y comunitaria, generalmente dentro de la Eucaristía, pero siempre precedida por la Liturgia de la Palabra y un acto de penitencia. Seguidamente, el sacerdote bendice en silencio a quienes van a recibirlo, ora por ellos y los unge con el óleo, pronunciando la fórmula sacramental.
El Código de Derecho Canónico menciona explícitamente a «las unciones», aunque admite que, en caso de necesidad, basta con una sola. Ello se debe a que el rito antiguo era mucho más complejo y tenía lugar en el lecho del moribundo.
Comenzaba, tras la llegada del sacerdote a la casa, con la presentación de la cruz al enfermo para que la besara. Después, rociaba con agua bendita la cama y la habitación diciendo: «Purifícame, Señor, con hisopo y seré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve».
Era frecuente que, si las circunstancias lo permitían, lo confesara y le instruyera sobre el sacramento que iba a recibir. Recitaba a continuación tres oraciones preliminares, invocando la protección divina sobre la casa, sobre los que moran en ella, y también sobre sí mismo.
Después entonaba el Confiteor y, tras pedir a los presentes, que rezaran algún salmo penitencial u otras preces, extendía la mano derecha sobre la cabeza del enfermo, invocaba solemnemente a las tres Divinas Personas, a María Santísima y a su ínclito esposo san José, a los Ángeles y a todos los santos.
La administración del sacramento se realizaba mediante sucesivas unciones en los ojos, orejas, narices, boca, manos y pies, pronunciando en cada una de ellas esta fórmula que difería ligeramente de la actual: «Por esta santa unción y por su piadosísima misericordia, perdónete el Señor todo lo que has pecado por medio de (aquí se aludía al sentido de cada parte del cuerpo (oído, olfato, gusto y palabra, tacto, y andar). Así sea». Cuando el enfermo era sacerdote, la unción de las manos se efectuaba en la parte exterior de las mismas.
Solía terminar con unas palabras de aliento trasmitiendo la esperanza de una recuperación en virtud del sacramento o si el Señor así lo había dispuesto para ayudarle a morir en paz.
El Código de Derecho Canónico permite que, en caso de necesidad, pueda administrar el sacramento un ministro de otra confesión, siempre y cuando en ella lo admitan como tal sacramento. De igual forma los sacerdotes católicos pueden administrarlo, en la misma situación, a fieles de otras confesiones.
Al referirse a los efectos de este sacramento, el Catecismo actual señala que es un don particular del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente de desaliento y angustia ante la muerte. Puede favorecer la curación y sana el alma mediante el perdón de los pecados. Además, por la gracia del sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo, participando en su obra salvífica. Contribuye también a la santificación de la Iglesia y es especialmente útil para los que se disponen a morir.
Es interesante recordar la definición dogmática del Concilio de Trento, en relación con el mismo: «La unción hace desaparecer los pecados, si todavía hubiere que expiar algunos, y hace desaparecer también los restos de los pecados, y restablece el alma del enfermo, y le da fuerza, avivando en el enfermo una gran confianza en la misericordia divina, con la cual se le ayuda a éste y le son más llevaderas las molestias y las penas de la enfermedad, y resiste más fácilmente a las tentaciones del demonio que le acecha con su aguijón».
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.