Retablo
En los primitivos templos cristianos la liturgia eucarística se centraba en el altar sin que, en la mayoría de los casos, existiera otra decoración en el presbiterio, aunque en determinadas basílicas bizantinas, fue frecuente la utilización de mosaicos para embellecer el ábside y los muros.
En los templos románicos se utilizaron pinturas murales que tenían un fin catequético, aunque comenzaron a introducirse imágenes de Cristo Crucificado o de la Virgen María. En los templos más importantes hubo pequeños retablos portátiles, realizados con materiales ricos, así como frontales de altar de gran belleza.
Fue en la época del arte gótico cuando comenzaron a introducirse los grandes retablos, tras los altares, formados por tablas pintadas que respondían a un programa iconográfico cuidadosamente elaborado.
Posteriormente, y al compás de los nuevos gustos artísticos, fueron siendo sustituidos por grandes muebles construidos en madera o piedra, con profusión de imágenes y gran riqueza ornamental, presididos por la imagen titular del templo.
Dentro de un retablo hay que distinguir varias partes, entre las que destaca el banco o predela (que puede tener un sotabanco), sobre el que se asienta la estructura, dividida en calles y pisos o cuerpos, rematados por un ático. En el caso de los retablos góticos rodeando al conjunto había un guardapolvo o polsera.
Especial esplendor alcanzaron en época barroca, asociados al culto de los santos, cuyas imágenes eran frecuentemente introducidas en ellos, junto con escenas de sus respectivas hagiografías.
Las últimas reformas litúrgicas han hecho decaer el interés por los retablos, hasta el punto de que muchos de los nuevos templos carecen de ellos y, en algunos de los antiguos, se llegaron a eliminar muchos, hasta que se tomó conciencia de la importancia patrimonial de ese conjunto artístico reunido en el transcurso de los siglos.
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