Relicario
Para conservar las reliquias de los mártires y los santos fueron elaborados unos receptáculos, denominados relicarios, cuya forma y características evolucionaron en el transcurso de los tiempos.
En los primeros tiempos del Cristianismo, la sangre de los mártires empapada en unos paños se conservaba en ampollas de vidrio, de uso común en la época. Más tarde, para venerar los cuerpos de los Santos se fabricaban arquetas que, en muchos casos, constituyen piezas de orfebrería de gran belleza. Cuando se trataba de una parte del cuerpo, solían adaptarse los relicarios a su forma. Así surgieron piezas en forma de cabeza en la que se guardaba toda o parte de la calota craneal. Fueron también muy frecuentes los bustos relicarios, con las reliquias en la parte anterior del pecho, y los brazos relicarios con huesos de las extremidades.
Para facilitar su veneración, se crearon más tarde los relicarios en forma de ostensorios y, para uso devocional privado, pequeños relicarios con los que las familias nobles llegaron a crear importantes colecciones.
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