Redención
Profesado en el Símbolo de la Fe, el Misterio de la Redención constituye el núcleo central de la misma y constituye la manifestación del plan salvífico por el que Dios lleva a cabo su reconciliación con el género humano que había quedado manchado por el pecado original.
Ya en el relato del Génesis se anuncia esa futura Redención, por la que Jesucristo, por medio de su muerte en la Cruz, iba a reparar sobreabundantemente los efectos del mal en la descendencia de Adán.
Porque la Redención constituye la máxima expresión del amor de Dios, al enviar a su propio Hijo para que, con su muerte, hiciera posible la salvación de los hombres.
Como enseña el Catecismo, este designio divino de salvación, a través de la muerte de su Hijo, había sido anunciado en el Antiguo Testamento como un misterio de redención universal.
Y llegada la plenitud de los tiempos, Jesucristo libremente y cumpliendo la voluntad de Padre se ofreció como víctima propiciatoria para la salvación de todos, cargando con nuestra culpas.
Aunque la Redención alcanzó su momento culminante en la Pasión y la Muerte en la Cruz, toda la vida de Cristo, desde su Encarnación en el seno de la Virgen, fue una ofrenda al Padre, en plena comunión con Él.
El sacrificio de Cristo es único y sobrepasa a todos los antiguos sacrificios, porque es un don del propio Padre que entrega al Hijo para reconciliarnos con Él y, al mismo tiempo, es ofrenda del Hijo, hecho hombre, que libremente y por amor entrega su vida al Padre, por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.
El Sacramento de la Eucaristía, instituido por el propio Jesucristo la víspera de su Pasión, representa la renovación de ese misterio, por medio del cual los fieles participan de los frutos de la Redención.
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