Profeta
En el Antiguo Testamento, Dios eligió como profetas a unos hombres que, en ocasiones, no pretendían serlo, para que transmitieran en su nombre determinadas palabras, recibidas por inspiración, que no eran meras adivinaciones, sino incitaciones al pueblo elegido para mantenerse fiel a la Alianza, y reafirmar sus promesas, entre las que destaca el advenimiento futuro del Mesías.
A la cabeza de todos los profetas se sitúa Moisés, el hombre que gozó de la amistad de Dios y recibió directamente de Él, la Ley. Después, en determinados momentos de la historia de Israel surgieron hombres virtuosos que, junto con su misión profética, se constituyeron en mediadores entre Dios y el pueblo.
En el Antiguo Testamento se distingue entre profetas mayores y menores, no porque unos sean más importantes que los otros, sino por la extensión de los libros proféticos que se han conservado de cada uno de ellos.
Pero, Jesucristo representó la culminación de la Ley y del tiempo de los Profetas, ya que con su autoridad transmitió el mensaje de la Revelación, plasmado en los Evangelios. De ahí, que a partir de Cristo la misión de los antiguos profetas ya había finalizado.
Es cierto que la Virgen María, también profetizó y, en este sentido, el Magnificat proclamado al visitar a su prima Santa Isabel, constituye un ejemplo extraordinario de una profecía referida a Ella misma: «Me alabarán todas las generaciones».
No obstante, la Iglesia tras un minucioso discernimiento concede valor a algunas de las revelaciones protagonizadas por determinados Santos, en el transcurso de sus visiones, aunque en modo alguno pueden ser consideradas equivalentes a las antiguas profecías y mucho menos en aquellos casos que, a manera de acertijos, han alcanzado cierta difusión.
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