Portapaz
En las primeras celebraciones eucarísticas era habitual que todos los asistentes, cumpliendo lo preceptuado por San Pablo: «Saludaos los unos a los otros en ósculo santo», se dieran el abrazo y el beso de paz, antes de la Comunión.
Para evitar excesivas confianzas, se dispuso, más tarde, que hubiera separación de sexos, de donde nació la costumbre de colocarse en lugares distintos. Finalmente, desapareció esa costumbre y se introdujo, hacia el siglo XIII, el uso del portapaz.
Era una placa realizada, habitualmente, en metal, aunque los hubo de marfil y otros materiales, en donde figuraba la imagen de Cristo o de la Virgen, en relieve. Tenía forma de un pequeño retablo rematado por un frontón y, en la parte posterior, disponía de un asa.
La persona encargada de dar la paz, revestida con sobrepelliz, si no era uno de los oficiantes, se colocaba un humeral cruzado, apoyado en el hombro izquierdo y cubierta la mano con el mismo, así el portapaz. Tras presentarlo al celebrante que era el primero en besarlo, tras recitar el Agnus Dei, lo llevaba a besar a todos los que se encontraban en el coro diciendo «Pax tecum» a lo que le respondían «Et cum spiritu tuo».
Tras las últimas reformas litúrgicas se suprimió su uso, siendo sustituido por el saludo con la mano que efectúan entre sí todos los asistentes, salvo los oficiantes que se abrazan como, de hecho, lo hicieron siempre.
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