Persecuciones
Desde los inicios del Cristianismo, las persecuciones desencadenadas contra quienes profesaban la Fe fueron frecuentes. Se iniciaron en Jerusalén contra los Apóstoles, poco después de Pentecostés, y el protomártir o primer mártir de la Iglesia fue el diácono San Esteban, lapidado en esa ciudad.
Pero las persecuciones propiamente dichas fueron las desencadenadas por el imperio romano contra lo que consideraba una secta judía que atentaba contra su seguridad.
En el ámbito de la leyenda hay que situar la persecución de Nerón (64- 68), no porque no existiera sino por el supuesto origen de la misma al atribuir a los cristianos el incendio de Roma. A ella le siguieron las siguientes:
Persecución de Domiciano (81-96)
Persecución de Trajano (109-111)
Persecución de Marco Aurelio (161-180)
Persecución de Septimo Severo (202-210)
Persecución de Maximino (235)
Persecución de Decio (250-251)
Persecución de Valeriano (256-259)
Persecución de Diocleciano (303-313)
Persecución de Juliano el Apóstata (361-363)
No todas ellas fueron iguales ni ocasionaron el mismo número de víctimas. Destacaron en ese sentido la de Domiciano y, de manera muy especial, la de Diocleciano.
Hay que señalar que a los cristianos se les ofrecía la posibilidad de librarse del castigo ofreciendo un sacrificio simbólico, como muestra de aceptación del culto oficial del Imperio. Algunos lo hicieron e incluso llegaron a comprar el acta que certificaba ese acatamiento, lo que posteriormente planteó graves problemas al solicitar su retorno a la comunidad eclesial. Pero la mayoría, permanecieron fieles a su Fe, sufriendo crueles tormentos y ejecuciones sumarias. La sangre de aquellos mártires fue considerada la base sobre la fructificó después la Iglesia.
Como símbolo de aquellos padecimientos fue consagrado el Coliseo de Roma, aunque como han demostrado los investigadores no fue el lugar donde se llevaron a cabo la mayoría de los martirios, sino en el Circo Máximo y en las vías de acceso a la ciudad.
Pero las persecuciones no forman parte de un remoto pasado eclesial, sino que han continuado hasta nuestros días, siendo especialmente terribles las acontecidas en distintos países en el transcurso del siglo XX, a las que se hace referencia en otro lugar.
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